Prólogo

Corresponde advertir desde el comienzo que estos ensayos no son obra de un historiador. Están escritos por un militante que sintió la necesidad de volver a reflexionar sobre la Revolución Rusa y la Unión de las Repúblicas Soviéticas Socialistas (URSS), para que la reivindicación (crítica) del proceso revolucionario que marcó el siglo XX fuese algo más que un acto de fe. Estos textos intentan poner en diálogo los conocimientos y saberes que pude adquirir en más de cincuenta años de intensa actividad política y social, con una inmensa masa de documentos y producciones historiográficas que en gran medida desconocía. Son reflexiones basadas en una experiencia de lucha individual y colectiva animada por la irrenunciable convicción de la necesidad y actualidad de la revolución, para lo cual se requiere también reconocer dolorosas derrotas y, sobre todo, asumir los muchos interrogantes que la praxis revolucionaria no pudo resolver en el pasado y hoy se replantean en condiciones, claro está, muy distintas.

Para ello, debemos enfrentar la realidad sin anteojeras, con un marxismo liberado del Diamat y las distorsiones con que fuera presentado como ideología de Estado en los tiempos del (mal) llamado “socialismo realmente existente”. Como escribió no hace mucho un querido compañero:

Queremos ayudar a reinventar el marxismo en sus posibilidades de acceder a la sociedad como totalidad en el marco de un proceso popular emancipador. Queremos re-interiorizarlo y recrearlo. […] Esto nos obliga a constituir nuestro marxismo como problema. Parafraseando a Immanuel Wallerstein, podríamos decir que nuestro intento nos obliga a impensar el marxismo, esto es: a realizar un esfuerzo por detectar todo aquello que, engendrado o alentado alguna vez por el marxismo, se ha convertido en un límite para sus posibles desarrollos. También nos compromete con una aproximación hermenéutica que es, posiblemente, el modo más adecuado de recuperar el sentido revolucionario más recóndito de algunos viejos textos. Se trata de un ejercicio eminentemente político (Mazzeo, 2018: 49).

He tratado de entender lo que dijeron (o escribieron) y lo que efectivamente quisieron o pudieron hacer aquellos revolucionarios: consciente o inconscientemente, movidos por arraigadas y elaboradas convicciones, por conveniencias tácticas u obligados por las circunstancias. Y no me refiero sólo a los líderes “bolcheviques” (con toda su diversidad), sino también a quienes fueron sus camaradas, compañeros de ruta y/o (en distintos momentos y circunstancias) adversarios: Mencheviques, Eseristas, Maximalistas, Anarquistas, Sindicalistas, Espartaquistas, Comunistas de izquierda, Consejistas, etc. Y lo que es más difícil aún, he tratado de dar visibilidad a las movilizaciones, esperanzas, frustraciones y sufrimientos del pueblo trabajador, de aquellas mujeres y hombres que, totalmente anónimos o casi desconocidos, fueron los protagonistas centrales de aquella gesta.

Para estudiar y aprovechar siquiera en parte de la inconmensurable cantidad de materiales que pude consultar, debí también aprender a des-aprender, poniendo en cuestión lo que se consideraba ya sabido, dando lugar a renovados aprendizajes...Una actitud realmente imprescindible cuando se trata de cuestiones que me han ocupado y preocupado mucho tiempo: más precisamente, toda una vida.

Comencé a militar allá por 1961. Primero, durante unos pocos pero intensos años, en la juventud comunista. Luego y por varias décadas, totalmente comprometido con el movimiento trotskysta. Desde el 2002, he tratado de ayudar a renovar y enraizar una izquierda con vocación de poder (hacer la revolución) a partir de la recuperación las ricas y potentes tradiciones y experiencias emancipatorias de la América Nuestra. Puedo decir entonces, sin exageración alguna, que la mayor parte de mi vida y formación política estuvieron signadas por la Revolución Rusa y sus secuelas. Y esto fue así debido a que, más allá de las circunstancias familiares y personales que pudieron incidir en mi temprana opción por el comunismo, viví un tiempo en el que la Revolución Rusa no constituía sólo un acontecimiento “histórico”. Quienes hacían política podían estar a favor o en contra de la Revolución Rusa, admirar o criticar severamente a la URSS y sus dirigentes, respaldar o combatir las grandes corrientes políticas con ella referenciadas…pero en todos los casos la Revolución Rusa operaba como un factor histórico y político presente. Incluso para los muchos que pretendían mantenerse equidistantes de Washington y Moscú pregonando una incierta “Tercera Posición”. Y más aún cuando la Revolución Cubana ratificó que el horizonte emancipatorio de nuestros pueblos se inscribía en un ciclo histórico iniciado en 1917.

Recordar el aire de aquellos tiempos permite advertir y destacar que la situación actual es muy diferente, por una suma de razones entre las que se destaca la restauración del capitalismo en la antigua Unión Soviética, en Europa del Este y en la República Popular China. Es verdad que desde 1989 y pasado el inicial triunfalismo de la “Revolución Conservadora” a nadie se le ocurre vaticinar El fin de la Historia (lo ha reconocido el mismo Francis Fukuyama, autor de aquel efímero best seller). Pero no es menos cierto que, con la desaparición del “Campo Socialista”, llegó a su fin también toda una época del movimiento obrero internacional, de los combates por la liberación nacional y las izquierdas con ellos relacionadas. Aquellas revoluciones, la encarnizada disputa entre socialdemócratas, comunistas, anarquistas, trotskystas, maoistas, castristas y nacionalistas revolucionarios, las experiencias y debates de ese complejo batallar emancipatorio tuvo el horizonte de sentido signado por la constelación histórica, política, cultural e incluso geopolítica de la Revolución Rusa. Ya no es así. Ni podrá volver a serlo.

Y sin embargo, el terremoto organizativo, político y simbólico que “se llevó puesto” al “campo socialista” fue seguido por réplicas que aún se dejan sentir. A pesar del tiempo transcurrido desde que fuera derrumbado el Muro de Berlín, las izquierdas siguen deambulando entre los escombros de aquel cataclismo. No se ha terminado de asimilar críticamente lo ocurrido y sigue siendo necesario ocuparse del tema. Por eso, al mismo tiempo que comprendemos y asumimos que para las nuevas generaciones la Revolución Rusa resulta un hecho histórico lejano y mal conocido, sostenemos que, como dijera Daniel Bensaïd, no todos los pasados tendrán el mismo futuro, ni renunciamos al ejercicio militante de la memoria. Al igual que Renán Vega Cantor, “concebimos a la memoria como una característica humana que no se reduce a recordar información desechable, sino que es esencial para nuestra vida, porque nos permite recordar, sentir, pensar, tener emociones y empatía”; como él luchamos por “la recuperación de la memoria de los vencidos y de sus luchas, para iluminar el tenebroso presente capitalista” (Vega Cantor, 2013: 187). El olvido, el desprecio infundado y la ignorancia sobre la Revolución Rusa y sus protagonistas hace parte del intento por generalizar la desmemoria que borra la historia de resistencia y lucha de los obreros, campesinos y pueblos coloniales que es el reverso de la historia oficial. La ofensiva neoliberal que impone como ilusión real la provocativa consigna lanzada por Margaret Thatcher en la década de 1980: “There Is No Alternative” (TINA), ha llevado a tal punto que, según observara Frederic Jameson, resulte más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. Cuando se ha hecho de la revolución un impensable, cuando la pretensión de ir más allá del capital es descalificada como algo demencial, parece oportuno y necesario desafiar el sentido común estatuido por el sistema. A comienzos del siglo XX, a contramano de la arrogancia del capital imperialista y del posibilismo en la izquierda, hubo quienes comenzaron por redescubrir la actualidad de la revolución y el socialismo. Después llegarían, la oposición a la guerra interimperialista de 1914, la Revolución de 1917, el poder de los Sóviets, la compleja experiencia del gobierno bolchevique, con sus luces y sombras, la apuesta internacionalista que no logró impedir el aislamiento de la revolución, el Termidor que desembocó en el stalinismo...Y, como efectos retardados, la restauración del capitalismo y la actual crisis de alternativa socialista.

De todo esto tratarán los ensayos reunidos en éste libro. Espero que el esfuerzo por ordenar mis propias ideas y experiencias pueda ser una humilde contribución a la impostergable tarea de re-conocer la actualidad de la revolución en el siglo XXI.

Aldo Casas