Corona-crisis y libre comercio (O acerca de por qué en épocas de crisis, el libre comercio no se cuestiona)


Por Luciana Ghiotto

La profundidad de la crisis que estamos viviendo es innegable. Los diagnósticos son numerosos, y señalan hacia una crisis del capitalismo, crisis financiera, crisis ecológica y climática, crisis sanitaria, crisis de las instituciones globales, entre otros modos de comprenderla. Sin dudas, una de las formas más espectaculares que ha tomado esta crisis es bajo su forma financiera: en enero de 2020, con el crecimiento de casos de coronavirus en China, los tenedores de bonos hicieron una venta masiva, generando el alerta en los mercados financieros globales, llegando hasta el cimbronazo de principios de marzo. La expansión de la deuda en años recientes ha sido exponencial: desde el año 2017 hubo un nuevo crecimiento en las emisiones de deuda pública en las economías más avanzadas, superando el nivel de la deuda pública en la segunda posguerra[ii]. Frente a este nuevo terremoto en el sistema financiero, los Estados aparecen nuevamente, tal como lo hicieron en 2008, como el salvavidas para las empresas en quiebra y como soporte para el frágil sistema financiero a escala planetaria. Frente a las crisis, los establishment económicos no sólo no ponen en duda el rol interventor del Estado, sino que lo reclaman.

Sin embargo, esta crisis que recién empezamos a transitar, está evidenciando un problema mucho más profundo: la incapacidad del capitalismo de lograr una reestructuración de la producción que garantice un aumento de la tasa de ganancia a largo plazo. Esto se manifiesta como una crisis de sobreproducción en un contexto donde la economía y el comercio no se han expandido a gran escala desde 2008. Durante la última década, la economía global se ha caracterizado por un lento y débil crecimiento. No obstante, en el mismo periodo sí hemos visto ampliarse la red de tratados comerciales y de inversión que intentan generar marcos de certidumbre para los inversores a escala global. La arquitectura legal compuesta por miles de tratados ha ido mutando de acuerdo al modo en que se desarrollan las cadenas globales de valor, y a ciertos modos necesarios de regulación estatal frente al caos de la acumulación. La integración de las redes productivas ha alcanzado tal profundidad que el libre comercio no puede ser puesto en duda, ni se permite que los Estados adopten prácticas que tiendan a erigir barreras proteccionistas.

En este ensayo explicaremos que, en contextos de crisis, se vuelve aceptable (y requerido) el rol de los Estados como prestamistas de última instancia, ordenadores (reguladores) de las economías y salvadores de las empresas productivas al borde de la quiebra. No obstante, éstos no pueden erigir barreras extraordinarias a la circulación del capital y de las mercancías. Dada la profunda interrelación de las redes de producción global, resulta aceptable cierta regulación estatal, pero no el freno a la liberalización comercial. La rueda debe seguir girando.

La crisis de 2008, el inicio de la gran recesión y los Tratados de Libre Comercio “de nueva generación”

Para poder comprender el momento actual es imprescindible remitirse a la crisis de 2007-2008. Esa crisis puede ser entendida como el comienzo de una gran recesión que no ha sido resuelta y que no ha llevado a un nuevo proceso sostenido de acumulación de capital[iii]. Es más: los siguientes diez años pueden ser leídos como la expresión entrecortada de esa crisis[iv]. La crisis de 2008 no se cerró porque los Estados tuvieron allí un rol crucial salvando a las empresas productivas y al sector financiero en quiebra, evitando así una reestructuración exitosa del capital que permitiera salir del ciclo de crisis a corto plazo. De ese modo, se empujó la crisis hacia adelante mediante el crecimiento exponencial de la deuda.

Después de 2008, la economía mundial se caracterizó por un crecimiento anémico o crecimiento débil en todas las economías más importantes. Este crecimiento estuvo marcado por una sobreacumulación de capital productivo[v]. A pesar de las bajas tasas de interés y la inundación de liquidez durante la primera década del nuevo siglo, no se generó un crecimiento económico sostenido. Durante la crisis de 2008, las exportaciones globales se ralentizaron en 3,4%, y en 2009 disminuyeron un 11,3%[vi], un desplome sin precedentes desde la crisis de 1930. Los niveles de crecimiento y comercio se estabilizaron en la post-crisis gracias al rol de la economía china como gran aspiradora de recursos naturales y movilizadora de inversiones a escala global a través de proyectos de infraestructura como el Belt and Road Initiative. Sin embargo, desde mediados de 2018 se produjo una nueva caída en la actividad industrial global y en el comercio. En el último trimestre de 2019, el comercio cayó 1,2%[vii]. Antes del inicio de la pandemia, las perspectivas de crecimiento de la economía mundial publicadas por la OCDE eran del 2,9% para 2020, aunque el Fondo Monetario Internacional (FMI) anunció recientemente la retracción de cerca del 3% de la economía global, una caída peor que la vivida tras la crisis de 2008[viii]. El problema a corto plazo para la salida de esta crisis es que China no está posibilitada para jugar el mismo rol que en la post-crisis de 2008, porque China misma se ha vuelto el escenario de la sobreacumulación mundial, y porque ha sido el país directamente afectado por el COVID-19, generando un freno generalizado de la producción[ix].

En 2008, el intento de salida coordinada de las potencias fue a través de relanzar un nuevo G-20 aggiornado para hacer frente a la crisis global. La convocatoria a un foro ampliado (a lo que otrora fuera el G7) mostraba la necesidad de buscar ciertos grados de cooperación para salir de la crisis, más allá del rol central (financiero y político) de EEUU. El acuerdo general era que se fundaría un nuevo orden global sustentado en la supervisión, el orden y la regulación mundial[x]. Lo más relevante es que el G20 en sus reuniones de 2008 y de 2009 acordó permitir las medidas fiscales necesarias para estabilizar el sistema financiero global. Sin embargo, también se acordó no caer en la tentación proteccionista habida cuenta de que las redes de producción globales requerirían un comercio libre y abierto para funcionar[xi]. Se trató entonces de una creciente regulación en un contexto de continua liberalización: la declaración de la Cumbre del G20 de noviembre de 2008 en Washington subrayó la importancia de no aislarse, de rechazar el proteccionismo y de “no establecer barreras a la inversión o al comercio de mercancías y servicios, de imponer nuevas restricciones a las importaciones, o poner en marcha medidas (…) para estimular las exportaciones”[xii].

La salida “reguladora” del G20 no funcionó; de hecho fue abandonada rápidamente. Sin embargo, la necesidad de avanzar en ciertos modos de intervención aceptada de los Estados en situación de crisis se plasmó en los tratados de libre comercio (TLC) negociados después de 2008, especialmente en los llamados mega-regionales. La conexión entre la crisis del 2008 y la última ola de TLC se ve especialmente mediante la incorporación de los nuevos temas relevantes para la acumulación de capital en el marco de la internacionalización de la producción, especialmente el comercio electrónico y los servicios digitales. Pero lo central para ver la conexión con la crisis es que estos tratados incorporan cierta reconfiguración de las funciones regulatorias de los Estados, especialmente de cara al sector financiero[xiii]. El Tratado Transpacífico (TPP) negociado por EEUU (aunque este luego se retirara) sumó un capítulo de Servicios Financieros donde se acepta un mayor rol de salvataje de los Estados, a partir de la incorporación de excepciones a la cláusula de Trato Nacional para el sector financiero extranjero. Así, el rol de salvataje estatal de la banca “nacional” y el sector financiero en contextos de crisis es permitido. Como vemos, la nueva ola de tratados de la última década puede ser leída a la luz de la salida (transitoria) que se encontró para la crisis de 2008.

Pero la salida de la crisis de 2008 no generó un impulso para el crecimiento del PBI global y el aumento del comercio, sino que se sostuvo sobre la expansión del crédito. La relación entre la deuda total (hogares, empresas y gobiernos) y el PBI global asciende a 322%, relación que aumenta a 383% en los países desarrollados[xiv]. El crédito se convirtió en una especie de colchón para evitar una gran crisis, la cual fue nuevamente pateada hacia adelante. Por ello, la única salida a corto plazo para el sistema en su conjunto es aceptar la centralidad del accionar de los Estados como “salvadores” del sistema[xv]. Ahora como en 2008, el salvataje lo realizan los Estados y sus bancos centrales, creando el estímulo monetario necesario para mantener lubricada la maquinaria del sistema financiero (bancos, aseguradoras, fondos de riesgo) y productivo (recordemos que en 2008 el gobierno norteamericano también salvó a mega-corporaciones como la General Motors). Otra vez, la crisis-y-reestructuración fue prolongada y postergada[xvi].

El problema es que ese “tirar para adelante” estalló parcialmente entre diciembre de 2019 y marzo de 2020 con el freno de la producción en China, que afectó enormemente a industrias como la automotriz. Por ejemplo, un dato no menor es que el 9% de la producción de autos de China se producen en la región cuya capital es Wuhan, epicentro de la pandemia. Este freno implicó una enorme incertidumbre sobre el futuro del sistema productivo en su totalidad, debido a la incapacidad de saber por cuánto tiempo quedarían paralizadas las cadenas de valor que tienen a China en su eslabón principal. El freno se expresó rápidamente como venta masiva de acciones, como una crisis en el sistema financiero. En marzo, los mercados colapsaron. Con la intervención de la Reserva Federal (Fed) norteamericana y del Banco Central Europeo, los mercados globales se sostuvieron y evitaron que se disparara el precio del dólar. Sin embargo, esta intervención fue mucho más fuerte que cualquier rol que estas instituciones hayan tenido desde la crisis de 2008. Por ello, al decir de Adam Tooze, estamos sólo ante el inicio de la onda expansiva (shockwave) de una crisis que podría estallar en poco tiempo más[xvii].

El comercio no se toca: la necesidad de circulación de las mercancías en tiempos de crisis

La expansión del coronavirus en China y el consecuente cierre de fábricas impactaron fuertemente en todos los mercados, especialmente por la alta dependencia del encadenamiento productivo con ese país. Al inicio de 2020 ya se hizo evidente un freno generalizado en tres sectores[xviii]. Primero, en la producción (crisis de oferta) debido a las medidas de distanciamiento social. Esto ya está generando un fuerte aumento de la capacidad ociosa y enormes pérdidas en diversos sectores de las economías. Segundo, este parate lleva a una caída de la demanda global. Sin producción no se requiere tanto carbón, hierro, cobre o minerales. La caída de demanda de commodities de los países centrales y de China ya está impactando en las economías dependientes de dichas exportaciones, como las latinoamericanas. Tercero, el freno en la oferta y en la demanda se expresa en una caída brutal de la circulación, del comercio. La OMC estima que la caída del comercio mundial puede oscilar entre el 13% y el 32%, de acuerdo a la rapidez y capacidad de los Estados de afrontar la crisis[xix]. Por su parte, la UNCTAD proyectó la caída de la inversión extranjera directa entre un 30% y un 40% hasta 2021[xx].

Frente a esta situación sombría, circulan varios diagnósticos y propuestas de las instituciones y foros gubernamentales frente a la crisis en el comercio global. Varios organismos como la OMC, la UNCTAD y la CEPAL, y foros como la OCDE y el G20, han publicado notas con una serie de propuestas de políticas públicas orientadas a mantener el comercio abierto y funcionando. La posición común es acerca de la necesidad de que los Estados intervengan para resolver (de algún modo) la crisis sanitaria y garanticen el salvataje a las empresas. Pero también existe un consenso acerca de que el comercio abierto y las cadenas globales de valor son los motores fundamentales para la recuperación de la crisis económica. Así como el rol activo de los Estados está mitigando y conteniendo el shock económico, en el área del comercio los gobiernos sólo deberían implementar “medidas necesarias, efectivas y científicamente probadas para enfrentar la pandemia de Covid-19”[xxi].

La preocupación es que la crisis despierte una ola de políticas proteccionistas y aumento de aranceles, como ha sucedido en otros momentos de crisis. En ese sentido, Roberto Azevedo, Director General de la OMC, sostuvo que “los gobiernos están introduciendo estímulos fiscales y monetarios” para hacer frente a la crisis, y “eso es positivo”. Según Azevedo, el comercio tiene un rol importante para ser parte de la “respuesta global” que esta crisis requiere, ya que el comercio abierto ayudará a traer “la recuperación económica más rápida y fuerte para todos”[xxii]. La OCDE sostiene que es central que los Estados impulsen “la confianza en el comercio y los mercados mundiales mejorando la transparencia sobre las medidas e intenciones de política relacionadas con el comercio”, así como “evitar hacer el panorama más sombrío a través de implementar innecesarias restricciones y otras barreras comerciales”[xxiii]. En ese sentido, es necesario mejorar la coordinación en la facilitación del comercio global y especialmente en el comercio digital (sector que de hecho sale beneficiado de la crisis). Y en caso de que se apliquen barreras técnicas al comercio (o barreras no-arancelarias), entonces la necesidad para tal política debe estar basada en pruebas científicas, tal como se explicita en gran parte de los TLC firmados a nivel global.

A su vez, varios Estados están negociando o aprobando TLC durante la pandemia, lo cual muestra que el libre comercio no se pone en duda. Hay numerosos ejemplos de esta situación. La Asamblea Nacional de Ecuador, en plena crisis sanitaria que lo lleva a ser uno de los países con mayor tasa de mortalidad por el COVID-19 en la región, aprobó el 21 de abril el acuerdo con los países europeos de EFTA (Asociación Europea de Libre Comercio)[xxiv], y en la misma semana cerró negociaciones para un TLC con Chile. El Parlamento vietnamita se apresta a aprobar el acuerdo comercial con la UE en su próxima reunión a fines de mayo, a través de videoconferencia parlamentaria[xxv]. Mientras tanto, la UE continúa en plena pandemia sus negociaciones comerciales con EEUU, China, Australia y Nueva Zelanda[xxvi], a la vez que acaba de anunciar el fin de las negociaciones para la “modernización” del acuerdo comercial con México, lo cual fue denunciado por numerosas organizaciones sociales[xxvii]. El Mercosur anunció que la próxima ronda para un TLC con Corea del Sur será en mayo, aunque ahora sin la participación de Argentina en las negociaciones (aunque Argentina dejó en claro que no se retira de la última etapa de revisión técnica y legal del acuerdo con la UE)[xxviii]. Por su parte, y en el marco del TLCAN, EEUU ha presionado a México para que reabra las plantas ubicadas en la frontera en medio de fuertes paros laborales porque los trabajadores denuncian la falta de medidas de higiene y de protección de su salud[xxix].

El libre comercio es intocable. Todo el sistema depende cada vez más de la circulación del capital, de modo rápido, fácil y sin trabas. “Desregulación” no es lo mismo que “liberalización”: regular la banca, por ejemplo, es correcto a ojos del Banco Mundial[xxx] o del G20 en la post-crisis de 2008, pero la liberalización de los mercados de mercancías no se discute. A principios de abril, el periódico Financial Times vaticinaba el fin del neoliberalismo y clamaba por la necesidad de un nuevo “contrato social” donde los Estados tengan un rol más activo en la economía[xxxi], otorgando grandes préstamos[xxxii] e incluso la posibilidad de que nacionalicen empresas en quiebra (como recientemente ha permitido la UE[xxxiii]). Pero en ese movimiento de salvataje de las empresas hay que garantizar que las empresas vendan. En términos materialistas, la mercancía debe realizarse en el mercado global y de ese modo termine el ciclo de reproducción del capital. Esto implica que la rueda del capital siga girando: que las mercancías continúen circulando, que no se restrinjan las aduanas ni se establezcan barreras arancelarias (ni para-arancelarias) innecesarias que frenen la importación y exportación de productos. Como diría David Harvey, que el ciclo del “consumo demencial”[xxxiv] continúe, porque este mantiene la rueda de la producción andando.

Si algo hizo la “globalización”, o el proceso de internacionalización del capital, fue reducir o eliminar las barreras para dar vía libre al capital. El mundo entero fue convertido en un único mercado bajo la lógica de la acumulación capitalista. Entonces, desde la lógica del capital, es cierto que la libre circulación se vuelve crucial, por la centralidad que tiene la extracción de materias primas, el acceso a trabajo barato y disciplinado, y luego la ubicación final de la producción. Pero actualmente nos encontramos con un sistema caracterizado por la sobrecapacidad productiva, la existencia de enormes cantidades de capital y producción excedente con menores márgenes de beneficio, unido a una caída del consumo global. La firma de nuevos TLC y el mantenimiento de los existentes no garantizan exportar más ni atraer más inversiones extranjeras. Su único sentido es imponer las mejores condiciones posibles para la libre circulación del capital y de las mercancías. Pero sin una reestructuración efectiva del capital a escala planetaria, no se recompondrá la tasa de ganancia ni el comercio podrá generar una recuperación económica “que beneficie a todos”, como sostiene Roberto Azevedo.

El éxito (pasajero) del capitalismo parece entonces estar basado en una nueva brutal expansión del crédito, el cual tiene a los Estados y sus bancos centrales como protagonistas indiscutidos. Al mismo tiempo, los Estados intentan esquivar la crisis sanitaria y financiera con políticas de expansión monetaria, de protección del empleo y de sostenimiento de la producción. Tratan, a su vez de atraer parte del capital circulante hacia sus territorios para equilibrar sus cuentas nacionales, para lo cual fortalecen los niveles de confianza de los banqueros y los inversores acerca de que su ganancia está garantizada, por ejemplo mediante la negociación de nuevos TLC y el mantenimiento de los existentes. El problema es que si la crisis se prolonga por varios meses, las medidas expansivas comenzarán a tambalear: por ejemplo, las economías emergentes como las latinoamericanas no tienen la capacidad económica de los países desarrollados para mantener enormes subsidios por mucho tiempo. Por otra parte, los gobiernos encontrarán que los TLC vigentes restringen enormemente el margen de maniobra para realizar políticas mercado-internistas que ayuden a salir de la crisis. En un contexto de enorme incertidumbre, entonces, la encerrona a nivel de los gobiernos es notoria.

Ningún Estado individual (ni colectivo) podría resolver la crisis, sólo prolongarla hacia el futuro como sucedió en 2008. Frente a esta incapacidad inherente de los Estados, el problema entonces recae del lado de las salidas no-capitalistas de la crisis; ¿cómo construimos un “mundo post-coronavirus” que no esté basado en el salvataje a los que especulan sino se centre en las personas? ¿Se puede avanzar en nuevos pactos sociales globales[xxxv], en la construcción de nuevos internacionalismos que pongan en el corazón de la crítica la irracionalidad del comercio y proponga alternativas radicales y posibles? Esto dependerá en definitiva de la conformación de una correlación de fuerzas favorable que permita nuevas construcciones globales.

Mayo de 2020

Publicado por Comunizar

Notas:

[i] Investigadora del CONICET (Argentina) con sede en la Escuela de Política y Gobierno (EPYG), Universidad Nacional de San Martín (UNSAM). Se especializa en la agenda de comercio e inversiones. Colaboradora del Transnational Institute (TNI). Miembro del Grupo de Trabajo de CLACSO: “Lex mercatoria, derechos humanos y democracia”. La autora agradece los comentarios esclarecedores de Rodrigo F. Pascual y de Julio C. Gambina.

[ii] François Chesnais: “La economía mundial al principio de la gran recesión Covid-19”, abril de 2020. En: www.herramienta,com.ar/articulo.php?id=3168

[iii]  Rolando Astarita: “La crisis global se acelera y profundiza”, abril de 2020, en Blog de Rolando Astarita; David Harvey: “Política anticapitalista en tiempos de COVID-19”, marzo de 2020, en AA.VV., Sopa de Wuhan; David Harvey: El enigma del capital y las crisis del capitalismo, 2012, Madrid, Akal; Chesnais, op.cit.

[iv] Adam Tooze: “Shockwave”, abril de 2020, London Review of Books.

[v] Astarita, op.cit.

[vi] Leo Panitch y Sam Gindin: La construcción del capitalismo global; la economía política del imperio estadounidense, 2015, Madrid, Akal.

[vii] OMC en: https://www.wto.org/english/res_e/statis_e/daily_update_e/merch_latest.pdf

[viii] Inforegión en: https://www.inforegion.com.ar/2020/04/14/por-el-coronavirus-la-economia-mundial-caera-un-3/

[ix] Chesnais, op.cit.

[x] Jorge Arguello: ¿Quién gobierna el mundo? El rol del G-20 en el nuevo orden mundial, 2018, Buenos Aires, Capital Intelectual .

[xi] Panitch y Gindin, op.cit.

[xii] G20: “Summit on Financial Markets and the World Economy”, en: https://georgewbush-whitehouse.archives.gov/infocus/financialmarkets/index.html

[xiii] Luciana Ghiotto: “Tratados de Libre Comercio y crisis: apuntes para una crítica de los tratados de nueva generación”, en Orozco (coord.) Del TLCAN al T-MEC: 25 años de libre comercio, Ciudad de México, CLACSO GT Fronteras, Regionalización y Globalización, 2019 (en prensa).

[xiv] Chesnais, op.cit.

[xv] Julio C. Gambina: “La pandemia agrava la tendencia recesiva y sus efectos regresivos en el empleo y los ingresos populares”, 21 de marzo de 2020; en Blog de Julio Gambina.

[xvi] John Holloway: “La Corona-tormenta”; curso La Tormenta, Coronacrisis I; abril de 2020. En: www.comunizar.com.ar

[xvii] Tooze, op.cit.

[xviii] Astarita, op.cit.

[xix] OMC, en: https://www.wto.org/spanish/news_s/pres20_s/pr855_s.htm. Revisado en abril de 2020.

[xx] UNCTAD, Investment Trends Monitor: Impact of the COVID-19 on global FDI and GVCs. Marzo de 2020. En: https://unctad.org/en/PublicationsLibrary/diaeiainf2020d3

[xxi] Declaración: The Trade Policy Response to Covid-19: A Call for Urgent OECD ActionBusiness at OECD, 7 de abril de 2020.

[xxii] Mensaje de video del Director General de la OMC, Roberto Azevedo: Previsiones sobre el comercio 2020. En: https://www.wto.org/spanish/tratop_s/covid19_s/covid19_s.htm#dgvideo. Revisado en abril de 2020.

[xxiii] OCDE (2020) COVID-19 and international trade: issues and actions. Policy Brief, 10 de abril de 2020, en: https://read.oecd-ilibrary.org/view/?ref=128_128542-3ijg8kfswh&title=COVID-19-and-international-trade-issues-and-actions

[xxiv] https://www.eltelegrafo.com.ec/noticias/economia/4/acuerdo-comercial-efta-bienes

[xxv] https://www.bilaterals.org/?vietnam-s-parliament-to-ratify-fta&lang=en

[xxvi] Swedish Trade Policy, 24 de abril de 2020, en: https://twitter.com/setradepolicy/status/1253699231371661313

[xxvii] https://www.bilaterals.org/?preocupante-renovacion-del-acuerdo&lang=en

[xxviii] Entrevista a Luciana Ghiotto: “Argentina necesita salir acuerdo con la UE”, por Vanessa Dourado. 26 de abril de 2020. En: https://americalatinasintlc.org/2020/04/26/argentina-necesita-salir-del-acuerdo-mercosur-ue/

[xxix] https://www.bilaterals.org/?us-pressures-mexico-to-reopen&lang=en

[xxx] En Panitch y Gindin, op.cit.

[xxxi] Financial Times: “Virus lays bare the frailty of the social contract”, 3 de abril de 2020; en: https://www.ft.com/content/7eff769a-74dd-11ea-95fe-fcd274e920ca

[xxxii] En Argentina, el gobierno anunció en abril de 2020 un paquete de apoyo a las empresas que incluye el desembolso de 70 mil millones de pesos en salarios complementarios, 11 mil millones en créditos a monotributistas, y 26 mil millones en garantías para esos créditos. En total, el gobierno anunció el compromiso de cerca de USD 1.000 millones para las Pymes. En: https://www.infobae.com/economia/2020/04/20/el-paquete-total-del-gobierno-para-ayudar-a-empresas-y-cuentapropistas-suma-850000-millones-3-del-pbi/

[xxxiii] https://www.cronista.com/internacionales/Europa-se-prepara-para-la-nacionalizacion-masiva-de-empresas-20200423-0002.html

[xxxiv] David Harvey, 2020, op.cit.

[xxxv] Maristella Svampa. “Reflexiones para un mundo post-coronavirus”, Nueva Sociedad, abril de 2020.