Coronavirus: apocalipsis, continuidad y efectos en América del Sur


Por Salvador Schavelzon

Sorprende la fuerza del coronavirus para cerrar tiendas, interrumpir la producción industrial –en algunos países–, imponer un aislamiento social con un considerable daño económico ponderable. El coronavirus hizo realidad el sueño de muchos militantes revolucionarios al interrumpir la circulación de bienes, estableciendo una pausa indefinida en la opresión del trabajo y la realización de ganancias basadas en el modelo de producción. También hizo realidad, en Brasil y en otros lugares, lo que muchos economistas progresistas propusieron en foros de debate o cátedras universitarias: la aprobación de un ingreso básico con 100 millones de destinatarios, en un congreso conservador que hace unos días hubiera ignorado la propuesta, o la habría considerado “comunista”. El corona puede incluso derrocar a los presidentes y exigir la confiscación de la infraestructura privada, alineando a toda la sociedad en función de su restricción. Muestra, como una fuerza de la naturaleza-sociedad, que el capitalismo no es eterno sino frágil, producto de relaciones, como la vida humana misma y los acuerdos con los que funciona y se organiza.

En este impulso movilizador, hasta hace poco impensable, las personas sienten la presencia del temor a infectarse o de infectar a sus seres queridos, pero también responden a algo de un orden diferente, como una responsabilidad colectiva, como si el mundo de repente se convirtiera en un solo cuerpo, una verdadera comunidad, una sociedad en el sentido sociológico clásico, donde se comparte una moral y, a partir de ella, también encontramos un sentido y un derecho que surge de este consenso de lo común. Los trabajadores de la salud, los productores de alimentos y otros, corren riesgos, como si fueran a la guerra. Ir al mercado, para algunos, se experimenta como una excursión militar. Para otros, la guerra es la continuidad del trabajo, la búsqueda del sustento, que no se detiene. Esta cohesión social, también nacional, de la ciudad, el barrio, la familia, se impone contra la enfermedad y contra cualquier opción individual que vaya en la dirección opuesta, independientemente del interés de cualquier capitalista en particular, o de cualquier libertad que no haya sido previamente cuestionada. Esta repentina “sociedad” no es general, pero existe con una fuerza inusual entre muchos de nosotros. El rechazo social contra los empresarios que mantienen sus lugares de trabajo en funcionamiento es significativo, así como el rechazo general, en algunos espacios sociales, hacia aquellos que no cumplen con la recomendación de no circular, u otras precauciones. Este consenso corporativo voluntario atrae mucha atención en una sociedad donde la acción colectiva y la lucha social contra la explotación, la injusticia, contra las precarias condiciones de trabajo que organizan la vida económica, disminuyeron mucho o prácticamente no existían en una escala significativa.

La pandemia logró una movilización que parecía imposible, y tal vez lo parezca, si su objetivo era acabar con el capitalismo, la explotación abusiva y un modelo social que reduce la esperanza de vida de las clases trabajadoras y también mata, si vemos las consecuencias y el efecto de la depredación de los bosques y los entornos naturales, los modos contaminantes de producción y devastación, y las muertes invisibles e inconmensurables que resultan de la depresión, el aburrimiento, el riesgo en el trabajo o en la vida metropolitana, ya sea para disciplinarse o no bajo lo que se les impone.

El capitalismo también muestra su fuerza en este contexto, y se las arregla para reabrir tiendas en algunos lugares; aún se las arregla para beneficiarse de la pandemia y mantener formas activas de producción de valor, o descubrir nuevas, convirtiendo a la pandemia en su laboratorio para probar nuevas formas de expansión. Su fuerza radica principalmente en su aceptación, donde no se cuentan sus muertes. Creemos en el hechizo de los productos básicos como creemos en la letalidad de un virus, pero no nos organizamos colectivamente contra ellos –aunque marginalmente–, sino a favor de ellos, porque el sistema ha logrado poner a su favor la continuidad de la supervivencia. Creemos que trabajamos para vivir, no para morir.

No tenemos un social organizado con su moral y ley contra el capitalismo y el modelo actual de organización de la vida, en una verdadera naturalización de su funcionamiento. Los corazones sensibles que hoy invocan las prácticas colectivas de buena higiene, quedarse en casa para frenar el contagio, dando lugar, de ese modo, a una sociedad cohesiva, se romperán por la lógica individualizadora de la vida bajo el régimen mercantil, diluyendo el vínculo común que hoy aparece, circunstancialmente, en la protección de la vida biológica amenazada por un virus. Poco después de enterrar a los muertos, el mundo volverá a unirse a las filas organizadas por capital, en la posición que toca a cada uno.

La efectividad del fenómeno coronavirus para movilizar a una sociedad, incluso si esa movilización resulta ser incompleta y, en Brasil, incluso desafiada por el gobierno, es la efectividad del miedo. Miedo instintivo frente a una amenaza invisible, que no discrimina a nadie, aunque los medios de tratamiento están determinados por la condición social y económica de una manera diferente. El miedo muestra que la sociedad, la existencia biológica y social de sus miembros pueden existir como una acción común que se superpone al interés del capital, al menos momentáneamente. Esto no era tan fácil de imaginar como posible, ya lejos de las revoluciones del pasado, sin futuras revoluciones prefiguradas, en un momento en que el concepto de “programa” es obsoleto, tanto como cualquier imaginación teleológica en el camino del cambio social.

Como ejercicio epistemológico y político, la reacción al coronavirus nos permite imaginar que otros desafíos colectivos serán posibles. Sin que estemos motivados por el curso de un proceso revolucionario, la máquina social que es fuente de mucha injusticia se ha detenido. E incluso esto no se puede celebrar, ya que de inmediato resulta en impotencia y en dificultades materiales más pesadas para los más pobres; hay que tener en cuenta la reflexión sobre la posibilidad concreta de esta máquina sin la detención centralizada del comando. Su fuerza, necesidad, inexorabilidad pueden cuestionarse de otra manera, y sus límites, visibles también en tiempos de crisis social, pueden llevarnos a pensar en la posibilidad de alternativas al orden que ella impone.

El orden social continúa imponiéndose incluso cuando se suspende su funcionamiento normal. No nos enfrentamos al final de la máquina que organiza el mundo social, económico y cultural, pero hay transformaciones en curso, y es necesario pensar en una posición autónoma y anticapitalista que al menos pueda hacer su propia lectura del proceso de reorganización que viviremos en cuanto la pandemia sea enfrentada. Este problema se pierde cuando el enfrentamiento de la pandemia nos impone hacerlo con las estructuras actuales de poder político y organización económica y social que, en realidad, no son ajenas al escenario antropocéntrico, o al capitaloceno[1] que nos condujo a él.

Ciertamente, el capitalismo sabrá, como siempre hasta ahora, metamorfosearse y mutar para continuar su continua expansión y valorización. De hecho, la pandemia también muestra la capacidad de acelerar las tendencias en un escenario de RENTA BÁSICA para los pobres, capitalismo de plataforma, mayor monitoreo y control, crecimiento del mercado en línea, incluidos servicios básicos como educación y salud, y con descentralización de funciones en todos los niveles, incluyendo la desaparición de estructuras edilicias para operaciones empresariales. Las formas de consumo que algunos sectores del capital habían estado proyectando durante mucho tiempo se concretan.

En la movilización social, escuchamos las voces necesarias que, con cierta inocencia, confirman que no hay preparación estatal para enfrentar una pandemia. La destrucción del sistema de salud pública estatal, la mercantilización de los servicios, muestra que el desarrollo del capitalismo sin responsabilidad por la reproducción de las personas que lo producen y lo consumen, no permite enfrentar un problema de salud pública como el actual. La consecuencia de estas voces es el llamado a crear algo que, de manera preocupante, el modelo actual de sociedad no puede proporcionar.

De hecho, ya ha expirado la idea de que una sociedad organizada por el trabajo creará un sistema de seguridad social, educación, salud y bienestar. Lo mismo no es factible ni deseable, si pensamos en los problemas asociados con este modelo en sociedades que estaban cerca de lograrlo. Fue contra esta sociedad que se produjeron las rebeliones estudiantiles y obreras de los años sesenta y setenta en Europa, o el colapso interno de la Unión Soviética. El capitalismo que vemos hoy es la reacción a las luchas y transformaciones que vinieron después de la interrupción de un modelo más rígido y localizado, relacionado con una cultura jerarquizada y burocratizada de funcionamiento y una estética árida y autoritaria de marco disciplinario.

¿Qué capitalismo tendremos luego de la pandemia? Nacerá del apocalipsis de los cuerpos apilados y ya estaba aquí, porque no es de la nada que nace y se reproduce una pandemia. Aprovecha los canales de circulación de la sociedad mundial, y estos fueron construidos por el desarrollo capitalista. La pregunta al mismo tiempo es sobre el lugar de la revuelta, en este capitalismo transformado, y sobre los contornos para componer con él, buscando mejorar su fuerza y capacidad para enfrentar la máquina, no solo movilizada por miedo a la muerte, sino también por la búsqueda de otras formas de vida además del capital y la destrucción autoritaria y domesticadora que trae consigo. Al leer el post coronavirus se puede ver fácilmente la expansión de China, el retroceso de Europa, los actores en un mundo interconectado. Pero estos poderes también se organizan de acuerdo con lógicas externas a ellos, que lo cruzan todo, en las determinaciones de un mundo social donde la sociedad y el Estado desaparecen o son funcionalizados por el peso de formas precarias de sustento, formas concretas de usurpación del tiempo de trabajo, formas cada vez más omnipresentes de creación de valor y subordinación de la vida. La pandemia no interrumpe si no que acelera, de hecho, las nuevas formas de lucro, con vidas que están a merced del trabajo precario para sobrevivir, en un desierto de individuos endeudados, dopados, violentados por las autoridades y, al mismo tiempo, sin que la autorganización o la organización social tengan condiciones para existir.

Pandemia en Sudamérica

En nuestro mundo político latinoamericano, la pandemia de coronavirus tendrá un efecto en la política que administrará el nuevo capitalismo naciente. El acuerdo neoliberal, producto de las transformaciones de la segunda mitad del siglo XX, y que los progresistas, conservadores y neoliberales manejaron en la región configurando un régimen estable entre 1990 y 2010, con signos de cuestionamiento y crisis anteriores a la pandemia, será transformado.

Los trabajadores, los precarios, los invisibles de hoy no tienen representación política en este juego de élites gobernantes. Pero su fuerza sigue siendo fundamental para el progreso de todo, como hemos confirmado en estos días, en vista de la incapacidad del capitalismo para prescindir del trabajo no solo en términos productivos, sino también en términos subjetivos. Es importante comprender, por lo tanto, dónde morirán los sectores más vulnerables, porque dependen de sistemas de salud precarios y porque las condiciones los obligan a continuar exponiéndose al virus en el transporte y las viviendas superpobladas. La derecha política ha interactuado e incluso movilizado a estos sectores mejor que nadie, pero fomentando una convivencia violenta, la eliminación de aquellos considerados débiles y, en el contexto de la pandemia, con una sacrificial falta de simplicidad.

En Chile, donde había un proceso de movilización antiliberal en curso, la movilización producida por el efecto coronavirus muestra un carácter ambiguo, al mismo tiempo que revela una lucha compartida para frenar una amenaza viral, en un alineamiento momentáneo entre el Estado y la sociedad que fue interrumpida recientemente. Pero también como un empoderamiento del Estado previamente cuestionado, ejecutando con sus brazos autoritarios el control de las ciudades, garantizando, ahora en el mismo sentido que los corazones buenos y cuidadosos, el cierre de la circulación, castigando la desobediencia con las recomendaciones sanitarias transformadas en normas estatales.

Vemos en Chile un poder estatal clásico, garante del orden público, aprovechando el coronavirus contra la reciente movilización y recuperando el poder de iniciativa, tanto para posponer el referéndum constituyente como para presentarse como un Estado padre curativo, defendiendo la salud de la población, cerrando fronteras y desinfectando plazas y calles. Las advertencias de Agamben[2] sobre el reemplazo del terrorismo por la pandemia funcionan para comprender cómo un Estado cuestionado recupera credibilidad. Las brigadas autónomas de salud que atendieron a los heridos en el enfrentamiento con la policía, en la Plaza de la Dignidad, hoy luchan junto con las instituciones estatales [como individuos licuados en el común][3] contra el coronavirus, o se desmovilizan.

En Argentina encontramos un poder estatal que restablece la unidad con la mayor legitimidad posible, de la mano de la oposición y cerrando “la grieta” de antagonismo político que el kirchnerismo de Néstor y Cristina tenían como eje central en su comunicación diaria. El nuevo peronismo de Alberto Fernández, definido por él mismo como “progresismo liberal”, tiene fuerza política para gobernar, controlar e incluso errar en una sociedad cohesionada para una lucha contra la pandemia que está políticamente alineada con el gobierno.

En Brasil la situación es completamente diferente. Las actitudes de Bolsonaro lo colocaron en el lugar del caos y la confrontación con el consenso colectivo contra el coronavirus. Su papel ha sido amplificar el desorden, con irresponsabilidad y omisión que causará muertes y que ha recibido el rechazo de la situación, la oposición, los actores externos. El 26 de marzo, un mes después del primer caso detectado oficialmente, cuando se espera un aumento vertiginoso respecto de los casos contados, la comunicación oficial lanzó la campaña “Brasil no puede parar”, pidiendo el regreso al trabajo, mientras el presidente refuerza la idea de que la gripe no debe tomarse en serio, y estimula la realización de caravanas de automóviles, en todo el país, a favor de la reapertura de los comercios.

Burlado por la sociedad ilustrada, que está en cuarentena, Bolsonaro logra varios objetivos, sin prestar atención a los cacerolazos de esta sociedad urbana, ex votante del PT y otros partidos, “civilizada” y consciente de los peligros del coronavirus que la afecta. Bolsonaro ocupa el centro de atención, por un lado, y, por otro, llega a miles de trabajadores precarios y desempleados, aquellos que viven en trabajos y trabajan sin ningún tipo de vínculo, sin la capacidad de mantener la cuarentena y, por lo tanto, preocupados por la necesidad de continuar trabajando.

Bolsonaro se las arregla, al mismo tiempo, alineándose con el virus y no con la lucha contra él, para representar la fuerza de un capitalismo de bajo clero que se siente incómodo con cerrar sus puertas y con una multitud inmanejable de trabajadores que –dado el régimen de la vida al que están

sometidos– no tiene al coronavirus como la principal preocupación. López Obrador en México y Ortega en Nicaragua explotan un papel similar, subestimando el riesgo y apostando por el misticismo.

La izquierda revolucionaria se siente a gusto en este escenario, donde el cambio social se respira en todas partes, pero está perdida y sin lenguaje para entender y actuar en un mundo nuevo. También está en casa, aislada, con repertorios de respuestas que no dialogan con el momento actual. Bolsonaro, por el contrario, interpela a los trabajadores que no pueden parar, de hecho, y que no lo han hecho. Una huelga general por un período indefinido, que en otro contexto sería un objetivo para abrir formas de empoderar a los de abajo, hoy prácticamente existe, paralizando la esclavitud laboral, pero mediada por la prevención del contagio, sin orientación o perspectivas favorables para los trabajadores. No es un hecho menor que esa paralización sea impuesta por el aparato de seguridad y la legislación estatal, buscando en cada lugar del territorio nacional que se cumpla la ley. Una huelga total que afecta a sectores estratégicos hoy encontraría oposición incluso de sectores empresariales que apoyan la lucha contra el contagio. La paralización actual tiene un carácter de pausa, y no de organización distributiva o reorganización de la producción y la organización económica de la vida.

En el contexto de la contención de la pandemia, la izquierda no tiene la fuerza política para exigir medidas importantes, cuidar ante el virus, monitorear a las personas infectadas, promover una prevención generalizada, como sería la descontaminación de los suministros de consumo y los medicamentos necesarios, sin privilegios y diferenciaciones en el servicio, sentando las bases para un sistema más justo que se implemente con un control abierto bajo y completo.

Sí, en Chile, el coronavirus con su fuerza puso fin a las movilizaciones, las asambleas territoriales, mientras el Estado continúa persiguiendo a los manifestantes de primera línea con demandas judiciales. También en Argentina, el Estado, que estaba en crisis debido a la dificultad de controlar las variables económicas, recupera su aura de responsabilidad, liderando con la ley en la mano, aquella que todos los argentinos se encargarán de cumplir y hacer cumplir a sus familiares y vecinos, y cualquier persona que pase frente a ellos, en algunos casos como vigías desde las ventanas, o internamente cada uno para sí mismo, siendo llamado a obedecer, tal vez por un período muy largo, y que siempre será prorrogado.

Colocado en el lugar del mal gobierno, en Brasil, el liderazgo estatal propuso participar en un movimiento perverso, donde el colapso del sistema y el disparo de las muertes lo destruirían, pero una situación más controlada permitirá aumentar la popularidad, en un comando irresponsable que cede a una crisis permanente de gobierno y mala gestión. Este movimiento arroja a Bolsonaro a una existencia inestable y le recuerda a esos millones que, por necesidad y no como una opción política, corren riesgos en motocicletas, depósitos mineros o trabajos mal pagados. Le recuerda a aquellos que no pueden parar frente al coronavirus, e incluso enfrentan situaciones de mayor acoso, no solo para continuar trabajando, sino que se ven también obligados a vivir en situaciones de riesgo de muerte y enfermedad en la situación de pandemia actual.

Hoy enfrentamos una emergencia de salud en que la prioridad es salvar vidas. Pero vale la pena preguntar: ¿a dónde vamos? ¿Cómo nace el nuevo capitalismo de la destrucción del anterior, o en la reorganización de sus sectores más dinámicos, y cómo se desarrollan la revuelta, la lucha de los de abajo y la disputa contra la comercialización continua de todos los espacios de vida y muerte? En América Latina, los presidentes hacen sus cálculos y juegos polarizando contra el coronavirus, o encontrándose con el cuerpo social en contra. En ambos casos, vale la pena preguntar, ¿cuál es el lugar que aún tenemos para desobedecer, inventar y construir espacios de libertad y autocontrol de la vida?

 


* Traducción del portugués: Santiago De Arcos-Halyburton.

[1] Cf.  Moore, Jason W., Anthropocene or Capitalocene? Nature, History and the Crisis of Capitalism. Oakland: PM Press, 2016.

[2] Agamben, G. O estado de exceção provocado por uma emergência imotivada. Disponible en: https://www.ihu.unisinos.br/78-noticias/596584-o-estado-de-excecao-provocado-por-uma-emergencia-imotivada.

[3] Los corchetes son nuestros (nota del trad.).