Epidemia y crisis de la sociedad humana


Por Antonino Infranca

El artículo de Badiou me llevó a salir del lugar de reserva al que los outsiders deberían relegarse. Salí porque esperaba una idea original, digna de un maestro como lo es Badiou, pero esta idea no surgió. Los otros que han participado antes, y mejor que yo, en en el debate, han puesto en evidencia con mayor enfásis y en modo mejor que yo, los límites y la superficialidad del artículo de Badiou y al no querer hacerme pasar como el que dispara contra la Cruz Roja, prometo nuevamente no referirme a la sugerencia faltante en el artículo de Badiou; sugerencia que esperaba recibir.

Mario Reale fue muy incisivo al recordar que, después de todo, Badiou solo habló de Francia. Para muchos otros intelectuales franceses, hablar de Francia ya es hablar del mundo. Aún más incisiva es la mención de Real que recae sobre Occidente. En el fondo, la epidemia de Covid-19 se convirtió en actual cuando golpeó a Occidente; en primer lugar a Italia; luego, lentamente, todos los demás Estados de Occidente, del centro del mundo, se vieron afectados. Mientras se trataba de un asunto de una provincia china, con sus mercados sucios y prácticas alimentarias incivilizadas, como dijo Badiou, no importaba, era un hecho periférico.

Precisamente esta consideración ha permitido la propagación global del virus, porque si bien es cierto que ha habido epidemias importantes en el pasado más cercano, ninguna ha alcanzado la difusión del coronavirus. Vittorio Giacopini mencionó justamente la española, pero se podría agregar la asiática después de la Segunda Guerra Mundial y remontarse hasta el pasado lejano de las epidemias de la peste de 1348 y 1630. Pero lo que ahora resulta desconcertante es que, ante el evidente carácter global de las epidemias, las respuestas son solo nacionales, a pesar de que la Organización Mundial de la Salud intente en todos los sentidos dejar en claro qué todos los Estados deberían actuar. Sin embargo, la OMS es una agencia de las Naciones Unidas y es tratada como la ONU, es decir: nadie la escucha.

La respuesta a la epidemia de Covid-19 ha quedado en las manos de los Estados-nación y, dado el estado de emergencia, las decisiones se han concentrado en manos de los jefes de Estado y de unos pocos responsables políticos más. Aquí surgió el lado más tenebroso del capitalismo actual y de sus líderes políticos. Los líderes más representativos de las grandes naciones, como Johnson en Gran Bretaña o Bolsonaro en Brasil y el líder del Estado más poderoso del mundo, Trump en los Estados Unidos no han ocultado su concepción social y política: la epidemia no es un asunto importante, proviene de una periferia miserable, afecta a los más débiles, a los ancianos, no puede afectar a grandes Estados como el nuestro. Esta es una concepción eugenésica de la política, porque considera superfluos a los demás, a los débiles, a los excluidos o a las víctimas. Esto no es ignorar el problema, como lo han hecho todos los líderes de las naciones afectadas, comenzando con Xi Jinping, ¡es una declaración de voluntad de poder! Quienes se permite expresar este tipo de ideas se sienten tan poderosos que pueden decir que las víctimas son superfluas. Hace treinta años, tales declaraciones probablemente habrían provocado una ola de indignación que habría envuelto a los emisores de estas declaraciones; hoy, a lo sumo, se cree que son declaraciones extrañas. La verdad es que quien ha realizado tales declaraciones sabe que puede hacerlo y que parte de la opinión pública de su país estará con él, como está sucediendo en Brasil. Pero Brasil no es Francia y, por lo tanto, no es noticia.

Giacopini recordó a algunas de las víctimas del coronavirus: los trabajadores precarios. Pero ¡ellos ya eran víctimas del capitalismo del siglo XXI! Hay nuevas víctimas: los ancianos. Antes de la epidemia, los ancianos eran un pilar de economías problemáticas y sufrientes como la nuestra, y el hecho de haberse convertido en víctimas sin duda tendrá profundas consecuencias. No quiero hacer predicciones, para evitar equivocarme, pero la ausencia de miles de personas mayores en la asfixiada economía italiana tendrá algunas consecuencias. Cuántas familias vivían con su importante apoyo financiero. Por supuesto, tampoco olvido el daño humano y espiritual de su muerte, pero ese daño es el que generalmente se maneja solo dentro de las familias y de los círculos de amigos.

Los gobiernos, bajo la presión de los empresarios, se preocupan en no detener las industrias, en no detener la producción. El destino de los trabajadores no importa, como tampoco tenía importancia antes de la epidemia. Ni siquiera la idea de que una fuerza laboral diezmada por una epidemia puede ser una pérdida económica importante para una sociedad civil hace dudar a la clase política en su decisión de continuar enfocándose en la producción. La fuerza de trabajo de hoy es tan poco calificada que es factible reemplazarla. Esta es la confirmación de que la economía derrota a la vida humana.

El encierro de la sociedad civil, el lockdown, es aceptado casi por unanimidad por la sociedad civil, porque es el único remedio factible en este momento. Pero una gran minoría no lo respeta. En Italia hay más denuncias de personas que no respetan el encierro que infectados; por lo tanto, más imbéciles que enfermos. En realidad, estos imbéciles son los rebeldes, aquellos que le resultaban simpáticos a Hobsbawm, aquellos que están minando el consenso social y, con ello, el papel del Estado. En los suburbios italianos, es decir, en Palermo y Nápoles, se están produciendo episodios de rebelión porque el hambre comienza a asediar a las familias confinadas sin recursos económicos. Y en esas áreas, si el Estado no interviene, intervienen las organizaciones criminales. La vida humana se venga de la economía. El Estado no tiene otro medio para lidiar con estas revueltas que las represivas, o que satisfacer las demandas de capas cada vez más amplias de la sociedad civil, poniendo en peligro su propio balance y, con ello, su papel dentro de la Unión Europea, que sigue vinculado a los Estados-nación y no quiere dar el salto cualitativo hacia una verdadera federación europea.

Un capitalismo basado en la producción y el consumismo no puede sostenerse mucho sin consumo. Se nota que el capitalismo financiero, el vértice del capitalismo actual, advierte la crisis y comienza a confundirse. Este es el momento para invertir en algo sólido y, si la crisis continúa, pronto encontrará qué comprar: es decir, aquellos bienes de consumo que, con suerte, estarán disponibles para la sociedad civil a precios reducidos, porque entretanto sus dueños estarán  arruinados por el confinamiento. Mientras tanto, sin embargo, la crisis está en marcha y el futuro es incierto. La sociedad civil está confinada y la sociedad política ha desaparecido. Cuando aparece una manifiesta desconfianza por parte de la sociedad civil esto se debe a que esta, con sus disturbios cada vez más frecuentes, demuestra con los hechos que desconfía de la sociedad política. Son dos respuestas recíprocas: desconfianza por parte de ambos lados de la sociedad humana. ¿Cómo va a terminar? No quiero estar equivocado y por eso no hago predicciones. Espero lo que Badiou llamó, sin explicarlo, el “tercer comunismo”.

 


* “Epidemia e crisi della società umana”. Trad. del italiano de María Belén Castano.

** Antonino Infranca es graduado en Filosofía por la Univ. de Palermo, Italia. Especialización en Filosofía por la Univ. de Pavia. Dr. por la Academia de Ciencias de Hungría y por la Univ. de Buenos Aires. Recibió la Medalla Lukács para la Investigación Filosófica. Es autor de Giovanni Gentile e la cultura siciliana (1990), El otro Occidente (en castellano: 2000), Trabajo, individuo, historia. El concepto de trabajo en Lukács (en castellano: Herramienta, 2005), Los filósofos y las mujeres (en castellano: 2006), además de otros libros. Ha coordinado varias compilaciones y publicado numerosos artículos sobre Bloch, Gentile, Gramsci, Croce, Kérényi, Heidegger, filosofía de la liberación e historia de Sicilia. Tradujo y editó, en italiano, obras de Ricardo Antunes y Enrique Dussel; en castellano, obras de Lukács (Testamento político, Ontología del ser social: El trabajo, Ontología del ser social: La alienación, Táctica y Ética, entre otras). Es miembro del Consejo Asesor de Herramienta