La Pandemia


Por Pierre Salama

"Un mal que disemina el terror
Mal que el Cielo en su furor
Inventa para castigar los crímenes de la tierra...
No todos mueren, pero todos son golpeados..."

Jean de la Fontaine: Los animales enfermos con la peste


    La pandemia provoca una crisis de magnitud desigual en el mundo. En todas partes cae la producción, aumenta la desocupación, disminuyen los ingresos. En lo inmediato los gobiernos a veces intervienen con fuerza, sacuden principios sagrados a los que ayer se aferraban, en lo que hace a la magnitud del déficit, a soportar parcialmente el peso del desempleo, o posibles nacionalizaciones de sectores estratégicos, etc., y mañana probablemente esos gobiernos que hasta ayer eran partidarios de una intervención decreciente del Estado en la economía, y ordenar a los servicios públicos según las reglas del mercado, aceptarán derogar dichas reglas y pensarán redefinir los límites entre mercado y el Estado para recuperar un mínimo de soberanía sanitaria, o más aún, industrial.

La ironía de la Historia es que la crisis de la globalización llegó cuando ningún economista, ningún sociólogo, ningún político la había previsto. Ninguno. Aunque ahora algunos intenten hacer creer que ellos lo previeron. Claro que eran muchos los críticos de la globalización, provenientes de la derecha (frecuentemente extrema), o de la izquierda. Algunos, avanzaban su concepción de la Nación, preconizando un regreso a un proteccionismo veces emparentado con la autarquia, otros, más bien de izquierda y verdes, abogaban por una alter mundialización, rechazando las fronteras, buscando la cooperación entre Estados para imponer normas éticas (trabajo decente) y ambientales mucho más rigurosas. Pero nadie podía pensar que las nuevas formas adoptadas por la globalización, es decir la expansión internacional de la cadena de valor, podría fragilizar las diversas economías al extremo de hacerlas extremadamente vulnerables.

Los teóricos del caos habían mostrado que el batir de las alas de una mariposa podía provocar en el otro extremo de la tierra, un terremoto y que esta espada de Damocles podía caer en cualquier momento y provocar catástrofes. Esta tesis, se aplicaba a la finanza, pero no a la globalización, pero ha bastado una pandemia para que por una palmada en la espalda el actual sistema económico se hundiese por efectos en cadena que se alimentaban entre sí. La incapacidad de suministrar segmentos de la cadena internacional de valor aquí (la China, afectada en primer lugar por la pandemia, la paralización de sus fábricas y las consecuencias del confinamiento de la población excepto los que trabajasen en el sector de la salud, la alimentación o los transportes), provoca en otra parte, en los otros países, caídas en la producción más o menos importantes, un aumento de la desocupación y a causa de esto una caída de la demanda que precipita una depresión económica. Este "batir de alas de una mariposa" revela sobre todo que la desindustrialización, lo simétrico de esta globalización, la significativa pérdida de soberanía -en especial y sobre todo en la industria farmacéutica- tuvo un costo que se tradujo en mortalidad masiva.

Los países de América Latina viven simultáneamente  varias crisis que se alimentan entre sí. Es una crisis profunda. Es estructural, porque pone en cuestión el modo mismo de expansión del capitalismo en los últimos años. En América latina, la crisis por la pandemia se suma a otras crisis latentes o presentes. La mezcla es mucho más explosiva porque muchos gobiernos parecen no haber medido la magnitud del peligro y no adoptaron políticas económicas contra cíclicas a la altura del acontecimiento, a veces minimizando el peligro (un amuleto podía servir para curar la pandemia, dijo Presidente de México, se trataba de una gripecita para el presidente de Brasil, y le reclamaba a sus propios ministros que se cuidaran de adoptar medidas que pudieran hacer caer la economía).

La crisis tiene muchas dimensiones. No se produce en un "cuerpo sano" listo para rebotar una vez que pase la pandemia: 1) casi todos los países de la región y especialmente los más grandes y poderosos -Argentina, Brasil, México- padecen una tendencia al estancamiento de de la tasa de crecimiento del PBI, por distintas razones (vulnerabilidad externa acentuada por la reprimarización de sus economías o bien, en el caso de México, dependencia de las transferencias de sus connacionales emigrados a los Estados Unidos, débiles tasa de inversión a causa de comportamientos rentistas cada vez mayores (financierización excesiva, fugas de capital, consumos ostentosos) y gastos en investigación-desarrollo reducidos a un mínimo; 2) en algunos de ellos una crisis económica profunda acompañada por una inflación que se hizo más o menos incontrolable (Venezuela, Argentina), por la incapacidad para rebotar una vez pasada la crisis (Brasil), una caída en recesión (México), o una ralentización de la actividad económica (Colombia, etc.); 3) regreso de la restricción externa por la caída en los precios de las materias primas.

Dejando de lado a México, los países de América Central y en menor medida algunos andinos, tienen el punto positivo, si vale utilizar el término, de están poco abiertos al comercio internacional (aunque muy abiertos a la finanza internacional) y participan relativamente poco en la cadena internacional de valor. Podría pensarse que la repercusión de la crisis de la globalización sería entonces menor. No es lo que ocurrió, porque las repercusiones de la crisis vienen de la nueva división internacional del trabajo basada en la mayoría de ellos en la explotación de los recursos naturales. La caída de los precios de la materia prima, acentuada por la crisis (las ventas a China disminuyeron), pero también, en el caso del petróleo, a las estrategias seguidas por Rusia y Arabia Saudita frente a los Estados Unidos convertidos en exportador neto de petróleo, reducen muchísimo las capacidades de importación de estos países y en algunos sus ingresos fiscales, acarreando una crisis fiscal que disminuye igualmente la capacidad de respuesta presupuestaria.

La crisis de la pandemia tiene como vector la globalización. Se agarra a un tejido económico extremadamente debilitado. La primera víctima son los más pobres y como muy bien escribiera Jean de la Fontaine: "Según seais poderoso o miserable, Los juicios de valor os harán blanco o negro". La informalidad y la pobreza siguen siendo muy importantes. Y durante los últimos años tendió nuevamente a aumentar. El acceso a la salud está muy frecuentemente ligado al nivel de ingreso. Como señalan muchos sociólogos y médicos, los enfermos pobres no tienen los medios, y a veces ni siquiera tiempo para ir al hospital. Muchos mueren en sus casas o en la puerta del hospital. El aislamiento casi siempre es de imposible cumplimiento en las villas miserias por razones evidentes: superpoblación que hace difíciles la distancia social, desastrosas condiciones sanitarias que hacen muy difícil lavarse las manos con frecuencia y, sobre todo mucha informalidad y pobreza conjugadas hacen que el derecho quedarse en casa una abstracción, y que la opción sea de elegir entre trabajar o morir de hambre.

Cuando los gobiernos subestiman el peligro y no tienen políticas de prevención (distanciamiento social, etc.) y de aislamiento (confinamiento a pesar de todo), y no conceder a los más pobres un ingreso mínimo o éste es muy insuficiente, cuando los presidentes se enfrentan a sus ministros y abogan por mantener el nivel de actividad económica burlándose de los que exageran la crisis sanitaria cuando la verdadera catástrofe sería la crisis económica, cuando las sectas religiosas, cada vez más influyentes, dicen que con oraciones colectivas se puede rechazar a Satán, caballo de Troya de la pandemia… hay que ser pesimista.

Todos están golpeados, pero desigualmente. El castigo para los pobres es doble, simultáneamente la pandemia y la crisis económica, más fuertes porque se agarran a tejidos económicos que no están preparados. Pero golpean también a las clases medias e incluso los ricos con más posibilidades de supervivencia.

Es una crisis que invita a una completa renovación en la manera de pensar lo económico y lo político. Las salidas pueden ser desgraciadamente el aumento de la irracionalidad, la búsqueda de chivos emisarios, formas extremas de populismo. Pero también pueden ser más positivas. También puede esperarse que el pesimismo de la razón pueda ser el optimismo del corazón (como Valéry) y de la voluntad (como Gramsci). 

(El autor ha solicitado incluir este texto como anexo al artículo precedente "Notas sobre las ocho plagas latinoamericanas")