Brasil: Entrevista a Ricardo Antunes. “Llega una hora en que la salida es a la manera de la película Bacurau, ¿entiende?”


Por Helena Dias

La metáfora del título es de la autoría del sociólogo, que es uno de los mayores investigadores brasileños sobre el mundo del trabajo, Ricardo Antunes. En entrevista de Marco Zero, él analiza los impactos de la pandemia del nuevo coronavirus sobre la vida de la clase trabajadora de Brasil, a partir de conceptos abordados en su último libro, O Privilegio da Servidao [El privilegio de la servidumbre] (Boitempo). En la obra, Ricardo traza la actual situación de trabajadores y trabajadoras que viven el contexto de legitimación y expansión del trabajo intermitente, así como el crecimiento del trabajo digital.

El profesor de la Universidad Estadual de Campinas (Unicamp) no se limita a registrar todas las tragedias que ya se anuncian en la vida de buena parte de la población brasileña. Para Ricardo, en este momento de agravamiento de la crisis económica, las revueltas sociales pueden cambiar los rumbos de la onda neoliberal en el mundo. Esta es la entrevista completa:

En el Brasil que aprobó la ley de tercerización, las reformas laboral y previsional, ¿cómo analiza los impactos de la pandemia del nuevo coronavirus en la vida de los trabajadores?

Si uno tiene una clase trabajadora estable y con derechos, cualquier decisión tomada por los gobiernos y empresas tiene que estar respaldada por esos derechos. ¿Qué sucede cuando los trabajadores y las trabajadoras han quedado devastados, especialmente desde 2016, en lo que se refiere a los derechos del trabajo? Es lo que estamos viendo hoy. Una masa inmensa de trabajadores intermitentes, que no tienen otra alternativa que trabajar ocho, diez, doce y hasta catorce horas por día. Porque, si ellos no trabajan, no disponen de ningún derecho. Un trabajador de Uber, de Rappi, de ifood y de lo que sea, ¿qué va a hacer ahora? ¿Qué derecho tiene de quedarse en casa esperando que pase la tragedia? La sociedad política, el Estado y el capitalismo brasileño no le dieron ese derecho. Es por eso que denomino a aquello servidumbre digital. Esos trabajadores y esas trabajadoras están aprisionados en la informalidad predominante en esas plataformas digitales. En ellas existe una enorme manipulación cuando se dice que ellos son prestadores de servicios y, por ende, no son asalariados ni asalariadas; por eso, no tienen derechos. Todos los trabajadores uberizados que entrevisté eran metalúrgicos, ingenieros, y ya escuché a un veterinario también. Todos precisan de doce horas, de domingo a domingo, para conseguir en promedio 3.000 reales líquidos. Los gastos de combustible, limpieza, seguridad, educación, alimentación, el celular, su aplicación y todo lo demás son responsabilidades del trabajador. ¿Qué van a hacer ahora él y ellas? En el pasado, hablé de “sociedad de la tercerización total” cuando Temer, el señor de los pantanos, liberó la tercerización total; era evidente que iríamos a arrojar a una tragedia a un conjunto enorme de trabajadores y trabajadoras. Ese cuadro se acentuó con la reforma laboral de Temer, que denomino contrarreforma laboral. El trabajo intermitente ahora es “legal” y “formal”. Pero es un carácter legal que legitima la ilegalidad. Bolsonaro hizo y lo que Temer no consiguió hacer: desmontar el sistema previsional. Hay una masa inmensa de hombres y mujeres que no tienen cómo encontrar la formalidad y recurren al registro del Micro Emprendedor Individual (MEI), y eso es una tentativa para tapar al sol con un colador. Aquel que trabaja doce horas por día no es microempresario, sino un proletario de sí mismo. Y la pregunta es: “¿Y ahora, José?”. Son más de cinco millones; algunos hablan de cinco millones y medio de jóvenes trabajadores de aplicaciones. ¿Cómo van a hacer? ¿Van a entregar alimentos cuando todo el mundo está recluido en casa? Estamos viviendo en una sociedad salvaje que practicó una corrosión ilimitada del trabajo, y la resultante de eso va a ser que haya individuos sin sistema de previsión y sin sistema de salud.

Hay trabajadores que actúan en aplicaciones, pero hay también un comercio informal que, muchas veces, incorpora a inmigrantes y otras parcelas de la población más vulnerables en términos económicos y sociales. ¿Cómo analiza la situación de estas personas frente al escenario de la pandemia?

Esos son la punta más precarizada del sistema. Solo el desempleado está peor que ellos, ya que están en la desesperación completa. Los que están en el trabajo informal de las calles son una especie de trabajadores subutilizados; se dirigen al trabajo informal porque no encuentran puestos en el mercado formal. Brasil tiene mucho más del 40 % de la población ocupada en la informalidad; varias capitales del Nordeste están por encime del 50 % y el 60 %. No es casual que algunos de esos trabajadores sean inmigrantes; si usted toma ejemplos de Europa o incluso de EE.UU., también ve la misma cosa. El trabajador inmigrante es la punta más precarizada de lo que llamo precarización del trabajo a escala global. Un trabajador solo sale de África, Asia, Medio Oriente para ir a Europa o EE.UU., considerados “más desarrollados”, porque él ya vive n un vilipendio completo de la ausencia de trabajo. Si el mercado formal, el mundo de valorización del capital, está detenido e amplitud global, la bolsa de valores viene cayendo a niveles espectaculares, ¿qué está sucediendo con ese mercado de trabajo informal? Es la ausencia como tragedia. Primero, la ausencia de comprador. En consecuencia, la ausencia de recibir la cantidad mínima de recursos para la supervivencia. El tercer punto es la ausencia de un sistema de previsión y, como si esto fuera poco, también la inexistencia de un servicio público de salud capaz de atenderlos. Brasil tiene el Sistema Único de Salud (SUS), que es una experiencia muy importante, pero está siendo destrozado. La PEC [Propuesta de Enmienda Constitucional] que prohíbe el aumento de recursos para la salud, la educación y la previsión social, aprobada durante el gobierno tercerizado de Michel Temer, hace que los trabajadores lleguen a los hospitales y no reciban atención, e incluso se contagien el coronavirus y contagien a sus parientes. Es importante hacer la distinción; esta tragedia no es causada por el coronavirus, es amplificada exponencialmente por la pandemia. Porque la tragedia antecede a la situación actual. Si comparamos esto con los países escandinavos, como Suecia y Dinamarca, donde los índices de trabajo informal son menores, las personas se resguardan en casa y reciben su remuneración, tienen servicio de salud. En los países de la periferia, como Brasil, los trabajadores informales y precarios son arrojados a las calles y, más duramente, también los inmigrantes y los negros. Si estuviéramos en los países de Hispanoamérica, como Colombia o Perú, por ejemplo, los más afectados serían los indígenas. Estamos al borde de un colapso social profundo, pero que no es una novedad, porque este país está en colapso. La escena que vimos del ex capitán Bolsonaro yendo a una manifestación pro Gobierno Federal, mientras existen enormes dudas sobre si él está infectado o no, ya que no mostró ningún documento de ningún órgano de salud sellado y firmado… ¿Cómo puede ir a un encuentro y saludar a los asistentes? Para no hablar de la dimensión golpista y atolondrada de esos movimientos. Son las hordas fascistas y algunos ingenuos entremezclados que, en los momentos de caos, intentan crear agitación; ese es un rasgo muy importante del fascismo. Fue así en Italia y fue así en Alemania. En lo que se refiere a Brasil, estamos en una situación trágica. En los Estados Unidos, las grandes empresas van a buscar recursos para minimizar la tragedia. En Brasil, el neoliberalismo es devastador y las empresas no van a pagar a los trabajadores que no trabajen; las aplicaciones en su conjunto no van a pagar, porque los trabajadores son prestadores de servicios. La previsión social va a estar cerrada para ellos y la salud pública va a depender de las guardias y las camas existentes en la precaria situación de la salud pública, que fue destruida por los gobiernos neoliberales de Brasil. 

Empresas como Uber, 99, Rapi y Hood anunciaron la creación de fondos para los trabajadores que se contagien esa enfermedad y no puedan trabajar; también la distribución de kits de higiene para aquellos que están actuando. Es perceptible que la preocupación es mantener a los servicios funcionando, y no la salud de las personas. ¿Cree que esas medidas se corresponden, en algún nivel, con las necesidades de esos trabajadores?

Las únicas banderas posibles ahora serían acabar con la PEC del Fin del Mundo y con el límite de presupuesto para salud, educación y previsión social. Medidas paliativas son inaceptables. ¿Kit de higiene para el trabajador sin empleo que va a llegar a la casa de una familia que puede estar contagiada? Es insultante; lo mínimo que deberíamos tener es la garantía de un salario integral pagado por el Estado. Lo crucial no es salvar a las empresas; porque se ha oído decir: “Vamos a salvar a las empresas de aviación”. Pero ¿va a salvar a la empresa sin echar a nadie? ¿Cómo dar subsidios a las empresas sin decir que les está prohibido echar personal? El problema de fondo es que tenemos una clase dominante que no tiene higiene. Estoy hablando en el sentido metafórico y quiero decir que ella no tiene sentido humano y de sociedad. En Francia, en España o incluso en los tribunales de Londres, lo que se está haciendo es determinar que trabajadoras y trabajadores que actúan en una jornada extenuante para esas empresas de aplicaciones deben tener derechos laborales. Y en el momento en que no pueden trabajar, tienen que permanecer en casa recibiendo del Estado y de la previsión pública. Solo que nuestro país está siendo destruido por un gobierno y está llevándonos a nuevas destrucciones cada día. El orden del día fue mantener un desgobierno que es un ejemplo de descalabro inimaginable. Paulo Guedes (ministro de Economía) fue denominado, por un gran economista del capital financiero, que lucra en la cima del capital financiero, “liberal primitivo”. ¿Usted está percibiendo el tamaño del caos que estamos viviendo? El neoliberal financista y amante de la riqueza llamó a Paulo Guedes neoliberal primitivo. Y quien paga la cuenta de la burguesía primitiva son los trabajadores y trabajadoras; y cuanto más carente de derechos, más violento será ese proceso. Esto no puede durar mucho tiempo; no hay sociedad que soporte tanta devastación, y lo que estoy diciendo no tiene bola de cristal. Es el caso de Chile, donde ya van cuatro meses de explosiones. Y ahí vale todo; no hay una semana en que no haya manifestación, y la policía actúa de modo brutal porque el ejército allá es fascista, la policía es pinochetista. Entonces viene la masacre y la población responde con más confrontación.

Hemos visto a la población reivindicar respuestas eficaces para esta pandemia. Ya sea por medio de cacerolazos o en las redes sociales, ya que parte de la sociedad hoy está recluida en sus casas. En Portugal, trabajadoras que actúan en un comercio en el shopping protestaron con carteles en los que solicitaban la garantía de derecho de permanecer en casa y no exponerse al contagio del coronavirus. En Brasil, ¿cree que pueden intensificarse insurrecciones de la clase trabajadora?

Sería un análisis más profundo intentar entender por qué estamos en ese cuadro de relativa desmovilización y apatía de los movimientos populares. Lo que puedo decirle es que una cosa son las insurrecciones y las rebeliones organizadas, otra cosa son las insurrecciones y las rebeliones de personas que están desesperadas porque no tienen qué comer, no tienen cómo tomar un transporte y trabajar. Y, si son ancianos, no tienen jubilación. Chile fue el modelo que inspiró el sistema previsional de Bolsonaro y Guedes; los ancianos pobres no tienen previsión pública. ¡No tienen! Después de décadas de trabajo, reciben un valor irrisorio que a veces es 1/3 de lo que ganaban como trabajadoras y trabajadores, que, en América Latina como un todo, están muy mal pagos. Aun sin tener canales de organización, ya que estos están muy fracturados; pero llega una hora en que las insurrecciones tienen lugar. Si la población está muriendo por una enfermedad, ¿va a esperar a morir sin reaccionar? La película Bacurau[1] es una bella metáfora del mundo. No había organización en esa metáfora de Bacurau, es una fotografía del destrozo del país. Llega una hora en que la población se indigna y, claro, los ejércitos irán a masacrar y aniquilar. Pero hay cerca de 200 jóvenes en Chile que perdieron la visión de al menos un ojo, ¿entiende? La violencia policial y militar es tan brutal que apunta a los ojos. Lo que sucede es que usted tiene 12 millones de desempleados y otros cinco o seis millones en el abatimiento, y otros siete u ocho millones en el subempleo. Tiene también a un 50 % en la informalidad y, en los Estados del Nordeste, como en la ciudad de Salvador, que tiene más del 60 %; son índices reales o no maquillados. En medio de una pandemia de la que la población solo va a darse cuenta de que ella puede ser brutal de aquí a un tiempo, los datos que vienen de Italia muestran que no son solo los ancianos los acometidos por la enfermedad, hay personas jóvenes en las unidades de terapia intensiva de los hospitales en el norte de Italia. Llega un momento en que la población, como Bacurau, dice que no da más. Y entonces van a buscar allí el grupo que tenga un foco de resistencia que va a estructurar la organización, a fin de aniquilar al invasor extranjero. Un invasor ávido de saquear las riquezas de nuestra población trabajadora. Es esa metáfora la que tenemos que entender. La película Parásitos es otra metáfora, ya que la familia de coreanos pobres se doblegó hasta donde pudo ante una clase media rica para poder obtener empleo. Hicieron lo que tenían que hacer, pero en la hora de la venganza, el padre de familia que había concebido todo el plan doblegarse para sustentar a su familia, ¿a quién mató? Es simbólico. Mató al responsable de todo eso, a su patrón. Y uno no puede decir que eran una familia de izquierda; eran simplemente una familia trabajadora que armaba cajas de pizzas para delivery. Brasil no es un país dócil; Gilberto Freyre, con la idea de cordialidad, ayudó a masacrar una situación real. Tenemos una burguesía predatoria y la violencia es parte del país. ¿Cuántas acciones militares fueron necesarias para aplastar el quilombo de Palmares?[2] Y, al mismo tiempo, tenemos historias de muchas rebeliones en Brasil. No estoy anticipando nada, pero debe recordar que hace tres meses la prensa citaba a Chile como el ejemplo más maravilloso en América Latina. Ahora, su usted visita ese país, está todo alborotado, porque la población se cansó. Y lo que causó esa insurrección fue el aumento del pasaje de subterráneo, no la muerte de cien personas, sino la acumulación de saqueos y vilipendios. De devastación social, de sujeción y deshumanización y aplastamiento de la dignidad humana. Llega una hora en que la salida es a la manera de Bacurau, ¿entiende? No estoy anticipando nada. Pero dudo que una sociedad pueda destrozar tanto así, ilimitada y eternamente.

Estamos en medio de una crisis pandémica que ocurre justamente en un período de avance del neoliberalismo, lo que implica pérdida de derechos y otras consecuencias sociales. ¿Hay contextos sociales en la historia del Brasil reciente que podamos comparar con el momento actual?

Si estuviéramos conversando entre 2011 y 2013, diría que estamos en una era espectacular de rebeliones. La generación “ni estudia ni trabaja” en España, los precarios inflexibles en Portugal, el Occupy en Wall Street, en Estados Unidos, explosiones en Francia, Inglaterra y Grecia. Explosión en varios países de Medio Oriente. Tuvimos una era de rebeliones que no se convirtió en una era de revoluciones porque se trata de dos cosas bastante distintas. Una cosa no es sinónimo de la otra. Y, al contrario, una era de rebeliones se desdobló en una era de contrarrevoluciones. Y ahí tenemos la elección de Donald Trump, de Boris Johnson en Inglaterra, y tenemos gobiernos de extrema derecha en Austria y Polonia. Vivimos en una era de contrarrevoluciones. La ola es la de la extrema derecha, pero la ola pasa. ¿Y sabe por dónde puede comenzar a pasar? Trump tiene grandes oportunidades de ser derrotado por el coronavirus, por una crisis económica que él no imaginaba que pudiese llegar al punto al que llegó. Y, si Trump cae, Bolsonaro pierde a su “ídalo”. Porque no es un ídolo, es grotesco y farsante. Los dos son grotescos y muy farsantes. Estoy hablando metafóricamente, pero si Trump pierde las elecciones, pierde a su gran brazo mundial. Podemos estar ante el inicio de una era de revueltas. Es claro que Brasil no es una isla; la mundialización del capital es también mundialización de las rebeliones y de las luchas sociales. Solo que hay una cosa: la historia es imprevisible. ¡Anote eso! El profesor Ricardo Antunes es el que está hablando. Si estuviéramos en 1988, y le dijera que la Unión Soviética iría a desaparecer, usted diría que estoy loco. Y la segunda mayor potencia mundial desapareció en pocas semanas. Porque la historia es despiadada. ¿Dónde están Hitler y Mussolini hoy? En el tacho de basura de la historia.

25/3/2020


* Ricardo Antunes es Profesor Titular de Sociología del Trabajo en la UNICAMP. Autor, entre otros libros, de O Privilégio da Servidão (Boitempo, 2018); Los sentidos del trabajo (Herramienta, publicado. originalmente en Brasil por Boitempo); ¿Adiós al trabajo? (Herramienta, publicado originalmente en Brasil). Coordina las colecciones Mundo do Trabalho (Boitempo) y Trabalho e Emancipação (Expressão Popular). Es miembro del consejo asesor de Herramienta.

** “Chega uma hora que a saída é ao modo do filme Bacurau, entende?”, adverte Ricardo Antunes”.  Publicado por Marco Zero Conteúdo.

Traducción del portugués para Herramienta a cargo de Miguel Vedda.

[1] Película brasileña de 2019, dirigida por Kleber Mendonça hijo. Narra acerca de un futuro en que en Bacurau, una ciudad en la región occidental de Pernambuco, muere la matriarca, Carmelita, a los 94 años de edad. Al poco tiempo, los habitantes de la ciudad notan que esta ha ido desapareciendo de los mapas. También van descubriendo cómo la comunidad se ve desprovista de los suministros y servicios más básicos a raíz de las acciones corruptas del gobierno. Entonces comienzan a organizar la resistencia (nota del trad.).

[2] El Quilombo de Palmares, ubicado en el norte del estado de Alagoas, fue una zona libre de esclavitud entre 1580 y 1710, organizado por esclavos negros fugitivos, en el que habitaron también mestizos, a partir de la vinculación con minorías blancas e indígenas. El líder de la organización fue Zumbi, una de las figuras más importantes de las históricas de las insurrecciones populares en Brasil. Zumbi fue asesinado el 20 de noviembre de 1695 y su cabeza fue expuesta como trofeo en Recife. El movimiento se debilitó y, en 1710, los últimos focos de resistencia fueron aplastados y tomados por colonos portugueses (nota del trad.)