Modesta apología del sensualismo. Recordando a Carlos Eduardo Jordão Machado (1952-2018)


Por Miguel Vedda

Una influencia que pesa como una pesadilla sobre el pensamiento y la praxis revolucionarios es la del ascetismo jacobino. Marcado por rasgos de la religiosidad protestante –que, como se sabe, ha cumplido un papel en la génesis del capitalismo–, el ascetismo engendró, sobre todo, una concepción de la militancia como entrega total a “la causa”, con el sacrificio de la vida y el intelecto, de la autonomía crítica y la felicidad personal. Heine, amigo de Marx y uno de los mayores poetas del siglo XIX, se ocupó de demoler la moral de la austeridad y de promover un socialismo fundado en la emancipación de la sensibilidad. En Alemania, un cuento de invierno, somete a corrosiva ironía los cantos con que los poderosos adormecen al pueblo alemán hablándole del “sacrificio y el reencuentro / allá arriba, en aquel mundo mejor / donde todos los sufrimientos desaparecen”.  Heine entona un canto distinto: “Queremos construir ya aquí, en la Tierra / el Reino de los Cielos. / Queremos ser felices sobre la Tierra / y ya no padecer hambre; / que no despilfarre la barriga ociosa / lo que procuraron las laboriosas manos”. Lo que exige Heine no es solo pan para todos, sino también placeres más refinados: “rosas y mirtos, belleza y placer”.

No sé si Cadu leyó el poema de Heine. Pero pienso en él cada vez que releo el poema. Los que lo conocimos sabemos que en su fe socialista vibraba como una cuerda muy intensa el imperativo de felicidad terrenal. El sensualismo había llegado a hacerse carne en Cadu; y si no se expresaba en palabras de Horacio o Heine, sí lo hacía en las de su querido Noel Rosa, cuya Fita amarela parece dedicada a él. Cabe recordar que también Marx fue un apasionado lector y un brillante creador de obras satíricas. La conjunción de sensualismo, sátira y emancipación en Marx y en sus mejores sucesores es sustancial para un marxismo que posea la ductilidad necesaria para romper con las formas osificadas –que solo pueden ser tomadas con seriedad trágica por los dogmáticos– y para llevar a la praxis el convencimiento que otros mundos son posibles.

Entre los libros de Cadu se destaca una notable reconstrucción del “debate sobre el Expresionismo”, hace poco reeditada. Su libro sobre el joven Lukács es lúcido y erudito y permitió volver conocidas en Latinoamérica dimensiones ignoradas de la filosofía temprana del pensador húngaro. Pero siento que el rigorismo moral y la fascinación por el heroísmo trágico del Lukács temprano no se corresponden bien con la idiosincrasia de Cadu (ni con la mía). Las mayores contribuciones de Cadu son sus estudios sobre Kracauer, en quien sin duda encontró a un alter ego, que podía por ser un artista de la sátira y la ironía, un teórico del cine, un etnólogo urbano, un analista apasionado del arte de masas. La publicación del inconcluso libro de Cadu sobre Kracauer es una deuda que deben cumplir las editoriales brasileñas, para beneficio de todos los estudiosos y practicantes del marxismo.

Bohemio y erudito, generoso y mordaz, Cadu fue, ante todo, un amigo entrañable. Como era la encarnación de la alegría, continúa pareciéndome una mentira su desaparición; seguiré esperándolo siempre para conversar de nuevo sobre Lukács, sobre Benjamin, sobre Bloch, sobre Kracauer y, por supuesto, sobre Noel.

Miguel Vedda

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