Todavía Rosa Luxemburg. Algunas notas para un proyecto antisistémico en América Latina


Por Isabel Loureiro

Hoy vivimos una crisis de credibilidad de la izquierda y de las ideas socialistas en el mundo entero. Mientras en Rusia y en los antiguos países del este de Europa ella es fruto de la falta de libertad y de la típica ineficiencia económica de la burocracia comunista, en Occidente la responsabilidad es de los gobiernos socialdemócratas y “progresistas”, que, habiendo adoptado el programa del adversario, asumieron el papel de gestores del capitalismo y de la funcionalización de la pobreza. Donde hay gestión, no hay política, sino la paz de los cementerios. Ahora ese vacío fue ocupado por la truculenta extrema derecha, que tiene como objetivo implementar una política de ajustes exclusivamente dedicada a la acumulación del capital.

En un escenario tan desolador, precisamos de manera urgente espacios de discusión que contribuyan a la reinvención de la izquierda. Eso me hace recordar el ejemplo de Mario Pedrosa, quien, tras la Segunda Guerra Mundial, se inspiró en las ideas socialistas libertarias de Rosa Luxemburg con el objetivo de crear una nueva izquierda, independiente de los grupos políticos entonces dominantes, estalinistas y socialdemócratas. Desde esa perspectiva, ella combatía por la formación de un partido socialista de masas, democrático y anticapitalista.

Pero hoy, cuando la idea del partido político es profundamente cuestionada y una parte relevante del campo antisistémico se adhirió a las luchas identitarias (fundamentales, por supuesto), con sus múltiples grupos aislados, cada uno ocupado en su causa, lo que hace falta para superar la fragmentación que nos debilita es retomar la construcción de un proyecto colectivo anticapitalista, por más arriesgada que sea la propuesta una el momento casi indescifrable en que vivimos. Este proyecto alternativo puede ser organizado alrededor de tres ejes principales: democratización de la democracia, desmercantilización, centralidad de la cuestión socioambiental. Rosa Luxemburg, cien años después de su asesinato, todavía tiene algo para decir acerca de estos tópicos.

Democratización de la democracia

En relación con el primer punto, Rosa Luxemburg es una referencia en el campo de la izquierda por su conocida defensa del socialismo democrático. Democracia y socialismo se condicionan recíprocamente; un socialismo autoritario no es más que un círculo cuadrado. Para Rosa, tanto el período de transición al socialismo, cuanto la propia construcción de una sociedad socialista, requieren no solo los derechos políticos que las revoluciones burguesas inventaron, sino también su complementación con los derechos de igualdad social. De ahí su apuesta a los consejos de trabajadores como una nueva forma de soberanía popular. En los consejos, los trabajadores aprendían a ejercer el poder ejerciendo el poder. Ese abecé del socialismo fue suprimido en los países comunistas y el resultado es conocido.

La defensa intransigente de las libertades democráticas por parte de Rosa Luxemburg parecía, en la época de vigencia de los gobiernos “progresistas”, algo menos importante, ya que después del período de las dictaduras militares era considerada una conquista irreprochable. Nada como el paso del tiempo para advertir cómo las mismas libertades fundamentales, fruto de las revoluciones burguesas en Occidente, pueden ir menguando hasta desaparecer nuevamente en América Latina. El retorno de la censura de la prensa en Bolivia, Ecuador y Nicaragua prueba que este continente, subalterno en la división internacional del trabajo, nunca será inmune a las transformaciones del mundo globalizado. Cuando este último se inclina hacia la derecha, nosotros vamos detrás. Por eso mismo, el famoso lema de la “libertad de los que piensan diferente” recuperó toda su actualidad entre nosotros.

        

Un aspecto interesante, y más actual que nunca, de esa defensa de la libertad es que, de acuerdo con Rosa Luxemburg, no existe sociedad libre sin individuos conscientes, que no se dejan manipular por los líderes políticos, ni por los medios de comunicación, ni por la propaganda, como diríamos hoy, con un lenguaje actualizado. Rosa Luxemburg es hija de la Ilustración, como todo el marxismo. Ese era su mundo y su límite. Aunque hoy se sepa que no basta con la ilustración racional para formar individuos libres, ella tenía razón en creer que no existe posibilidad de crear una sociedad justa, libre e igualitaria sin la participación activa y consciente de los sectores populares, que son los que más sufren con la desigualdad económica, social y política engendrada por el capitalismo.

De ahí su entusiasmo por la libertad de prensa, por el derecho de asociación y reunión, por el debate de ideas en todos los niveles y en todos los lugares; también, y con mayor razón todavía, en los partidos de los trabajadores.

Fiel a la consigna “prohibido prohibir”, piensa que el partido es un espacio de debate intelectual y político, de ilustración, de argumentaciones, de creación de individuos autónomos (una escuela de socialismo) más que un instrumento de lucha por el poder. Sin trabajadores intelectualmente autónomos, reflexivos y críticos, no es posible la construcción de un proyecto anticapitalista.

La gran originalidad de Rosa Luxemburg reside en la comprensión de que la formación de la conciencia de los de abajo se da en la lucha práctica, en la acción en gran parte espontánea contra las instituciones vigentes, más que por medio de la lectura de libros y panfletos, o por la asistencia a las clases en las escuelas de formación de cuadros (aun cuando también esto es importante, como lo testifica su función de profesora en la escuela del Partido Socialdemócrata Alemán).

Eso significa que la conciencia no es introducida desde afuera por una vanguardia iluminada de revolucionarios profesionales que sustituye a las masas. En este sentido, es preciso rechazar la separación entre bases y líderes. La función del líder es dejar de liderar y transformar a las masas en líderes de sí mismas, lo que no solo recuerda el “mandar obedeciendo” de los zapatistas, sino que también excluye cualquier proyecto caudillista en que un grupo de líderes “infalibles” domina el aparato partidario e impone sus resoluciones a las bases infantilizadas. Desde esa perspectiva “autonomista”, no es posible hablar de revolución socialista en nombre del proletariado, y a tal punto es cierto esto que Rosa Luxemburg se opone a las revoluciones “fabricadas” por grupos armados en nombre del pueblo (cf. Luxemburg, 2017: 431 y s.).

En suma, el lema de la autoemancipación de las masas populares, como catalizadora de las transformaciones estructurales de la sociedad, es el hilo rojo, todavía no desmentido por la historia, que atraviesa toda la obra de Rosa Luxemburg. Y sirve hasta hoy de inspiración a las feministas: tal como ocurre con las masas, si las mujeres no actúan por sí mismas, siempre actuarán otros por ellas, en su nombre. La emancipación de los oprimidos solo puede resultar de la acción de los propios afectados. La libertad otorgada no es una libertad verdadera.

Desmercantilización

El segundo punto se refiere a la crítica del capitalismo, base de los análisis políticos de Rosa Luxemburg. En su obra magna de economía política, La acumulación del capital, presenta “una provocadora propuesta acerca del papel de los márgenes no capitalistas en la reproducción del capitalismo” (Bartra Vergés, 2014: 188). Es decir, ella muestra que, más allá de la apropiación de la plusvalía, la acumulación del capital como proceso histórico real solo fue posible en el intercambio entre economías capitalistas y no capitalistas. Desde sus orígenes, el capitalismo precisó de mercados externos para reproducirse; entre otras cosas, transformando economías simples en economías de mercado. Rosa Luxemburg considera que la violencia y el saqueo contra los estratos sociales no capitalistas, que Marx circunscribía al período de la llamada “acumulación originaria”, es una característica intrínseca del capitalismo hasta su plena madurez, en un proceso que David Harvey, actualizando la tesis de Luxemburg, llamó “acumulación por expropiación”. Hoy continuamos asistiendo a la transformación de todo en mercancía: servicios públicos, salud, educación, cultura, ciencia, conocimiento, derechos de autor, recursos ambientales, etcétera. La lista es larga. Las feministas alemanas de los años 1970-80, inspiradas en Rosa, incluían en ese ámbito el trabajo doméstico no remunerado de las mujeres, con lo que se indicaba que los espacios de acumulación del capital no son solo geográficos, sino también sociales; y van muy bien, gracias…

 Esa idea de “acumulación originaria permanente” fue retomada por Silvia Federici en su incitante libro Calibán y la bruja (2017), recientemente traducido al portugués en Brasil. Criticando a Marx (sin mencionar a Luxemburg), quien pensaba que la violencia de las primeras etapas de acumulación retrocedería con el desarrollo del capitalismo, en la medida en que la explotación y el disciplinamiento del trabajo fueran alcanzados, básicamente, por medio del funcionamiento de las economías, Federici escribe:

En esto estaba profundamente equivocado. Cada fase de la globalización capitalista, incluida la actual, ha venido acompañada de un retorno a los aspectos más violentos de la acumulación primitiva, lo que demuestra que la continua expulsión de los campesinos de la tierra, la guerra y el saqueo a escala global y la degradación de las mujeres son condiciones necesarias para la existencia del capitalismo en cualquier época (Federici, 2010: 24).

Luxemburg reconocía que el desarrollo capitalista no es solo “el dominio de la ‘competencia pacífica’, de las maravillas técnicas y del puro comercio de mercancías”, sino también “el terreno de la violencia ruidosa del capital” (GW: 5, 397 y s.). Lo mismo hacen hoy los movimientos socioambientales en América Latina, que denuncian la simbiosis entre el Estado y las grandes empresas como responsables de saquear los medios de vida de los pueblos tradicionales (pueblos de las selvas, quilombolas, ribereños, indígenas, trabajadores sin tierra, etcétera). Esos territorios y su biodiversidad, como en la época de la colonia, continúan siendo blanco del saqueo capitalista, contra lo cual se sublevan esas poblaciones en lucha para mantener sus modos de vida.[2]

Es verdad que Rosa Luxemburg veía al artesanado y al campesinado como formas de “economía natural” que, aunque conviven con la modernización capitalista, tienden a ser aniquiladas por el desarrollo de las fuerzas productivas. Como marxista, al mismo tiempo, crítica de la modernización capitalista y modernista, lamentaba, por un lado, la aniquilación de los pueblos “primitivos”, pero, por otro, comprendía la inexorabilidad de la colonización del mundo por el capital, cuyo lado luminoso consistía en pavimentar la ruta rumbo al socialismo. No le podemos exigir a Rosa Luxemburg que sea Walter Benjamin. El siguiente pasaje es un ejemplo, entre muchos, de la tensión entre la crítica de la Modernidad capitalista y el paradigma progresista presente en su obra:

Para los economistas y políticos burgueses los ferrocarriles, las cerillas suecas, el alcantarillado y las tiendas representan “progreso” y “cultura”. Estas obras por sí mismas, implantadas sobre condiciones económicas primitivas, no representan ni civilización ni progreso, pues se pagan al precio de la ruina económica y cultural de los pueblos, que han sufrido a un tiempo todos los padecimientos y horrores de dos épocas: la de las lecciones de poder tradicionales de la economía natural y de la más moderna y sutil explotación capitalista. Solo como condición material de la supresión de la dominación del capital y de la supresión de la sociedad de clases, las obras producto de la marcha triunfal del capitalismo en el mundo llevan el sello del progreso, entendido en amplio sentido histórico. En ese sentido, el imperialismo trabaja, en última instancia, para nosotros (Luxemburg, 2006: 123).

En ese escrito, un balance lúcidamente pesimista de las razones que conducirían a la Guerra Mundial, y que llevará a Rosa Luxemburg a la famosa consigna socialismo o barbarie, llega a dudar de la posibilidad de romper con la barbarie cuando afirma que la “actual guerra mundial representa un giro en la trayectoria del capitalismo”, es decir, en la marcha del capitalismo en dirección al socialismo:

Por primera vez, las fieras que la Europa capitalista había soltado sobre otros continentes irrumpieron, de un solo salto, en su centro […] este “mundo civilizado” acaba apenas de darse cuenta de que la mordedura de la fiera imperialista es mortal, de que su aliento es pérfido. Y se dio cuenta solo cuando las fieras hundieron sus afiladas garras en el propio seno materno, en la cultura burguesa europea (ibíd.: 123s.)

 La Primera Guerra Mundial fue para Rosa Luxemburg la explosión de la barbarie. Con amarga ironía observa que la guerra, al dar la señal de alarma en la metrópolis del capitalismo, Europa, reveló lo que podríamos llamar el efecto búmeran: las atrocidades perpetradas en el mundo colonial retornaban, ahora multiplicadas, a los países centrales. Las oleadas de refugiados de África en dirección a Europa ¿no muestran la actualidad de estas consideraciones?

Si Rosa Luxemburg es una fuente de inspiración para un nuevo proyecto antisistémico, no es precisamente como consecuencia del carácter marxista ortodoxo de su obra; de la aceptación, sin críticas, de la lógica del camino inevitable hacia el socialismo como resultado del desarrollo de las fuerzas productivas; es fuente de inspiración porque ofrece elementos para cuestionar el paradigma progresista del siglo XX al indicar que, en las sociedades tradicionales, existen formas de vida que no deben ser destruidas: gérmenes de futuro. Cuando, en la Introducción a la economía política, Rosa Luxemburg describe las comunidades comunistas, en oposición al individualismo posesivo de la sociedad burguesa, y enfatiza las características colectivas de ese modo de vida (propiedad común del suelo frente a la propiedad privada; funcionamiento igualitario y solidario de la comunidad que provee de alimentos a sus miembros, mientras que, en el capitalismo, todos son dominados por la “inseguridad de la existencia social”; cf. GW: 5, 697), podemos ver allí una visión precursora de lo que hoy ingresó al debate bajo el concepto de commons.[3]

Al mismo tiempo, Rosa Luxemburg no tiene una visión rousseauniana del “buen salvaje”; muestra los límites de las comunidades primitivas: el bajo desarrollo económico conduce a la guerra permanente entre esos pueblos, o a costumbres bárbaras como las relatadas por los portugueses en África, que describen cómo enterraban vivos a hombres y mujeres cuando sus jefes morían. Pero, por otro lado, Rosa Luxemburg comenta irónicamente que el despotismo y la desigualdad social de las sociedades primitivas son “en sí un fenómeno menos absurdo e insano que un hombre que, por la ‘gracia de Dios’ – de quien el peor enemigo no podrá decir que se trata de un hechicero–, domine sobre 67 millones de cabezas de un pueblo que produjo a un Kant, un a un Helmholtz, a un Goethe” (GW: 5, 696). Más interesante es que, incluso aceptando el papel económicamente progresista del capitalismo, ella muestra a cada paso una gran indignación por los abusos –“métodos infames de una sociedad de clases”– cometidos por la “infamia europea” (ibíd.: 671) contra las comunidades tradicionales.

No hay duda de que Rosa Luxemburg posee una clara simpatía por los pueblos primitivos, contraria a la visión eurocéntrica, de tipo hegeliano, de los “pueblos sin historia”. La modernización capitalista es introducida en la vida de esos pueblos por medio de la más extrema violencia. En ese sentido, se puede pensar que, para ella, el capitalismo es, sobre todo, negativo. El único aspecto positivo de la modernización capitalista consiste en la introducción de las libertades democráticas y de los derechos individuales, conquistas que los pueblos primitivos mencionados por ella no conocían.

Cuestión socioambiental

En un momento en que la humanidad se ve sumergida en una profunda crisis socioambiental, es posible revisar “ecológicamente” la tan criticada tesis central de La acumulación del capital. Rosa Luxemburg creía que el capital no podía acumular indefinidamente a causa de los límites geográficos para su expansión; hoy, su teoría de la acumulación puede ser actualizada a partir de la idea de los recursos limitados. Lo que quiere decir, independientemente de la flexibilidad infinita del capitalismo, de su poder de reproducción constante (cuestión para la que no hay ninguna respuesta segura),[4] que lo que interesa es el costo de esa expansión, la hipoteca que deja, en términos sociales y ecológicos.[5] La alternativa presentada por Rosa Luxemburg en La crisis de la socialdemocracia, mencionada anteriormente, capta ese impasse del presente: socialismo o barbarie.

En una época en la que el capitalismo, como un cáncer que crece sin parar e que, para sobrevivir precisa, más que nunca, extraer valor, sobre todo del trabajo y de la naturaleza, el socialismo solo puede ser entendido como ecosocialismo, como rechazo del desarrollismo “fósil”. Esto fue puesto en práctica tanto por los gobiernos “progresistas” como por los gobiernos conservadores en América Latina, apoyados en la exportación de commodities, el agronegocio, la industria minera, en una palabra, en el extractivismo depredador, que ignora las nefastas consecuencias sociales y ambientales de ese modelo: destrucción de los biomas, con la erosión de las tierras, la polución de las aguas y la reducción de la biodiversidad, el desplazamiento de comunidades, la violencia contra los territorios, asesinato de líderes de los movimientos sociales, etcétera. [6] El planeta precisa de manera urgente una alternativa civilizatoria antagónica al desarrollo entendido como puro crecimiento económico, para el cual no importa que el precio a pagar sea la destrucción del medio ambiente, como en la hidroeléctrica de Belo Monte, para citar apenas el ejemplo más conocido, o las ciudades brasileñas atestadas de automóviles, que hacen de ellas un infierno.

Tal vez resulte forzado invocar la idea de una Rosa Luxemburg precursora de los ecologistas. Pero lo cierto es que ella, a diferencia de otros marxistas contemporáneos, tenía una relación visceral con la naturaleza, manifestada en su inclinación por el estudio de las ciencias naturales, en el herbario al que se dedicó por largos años y a las cartas que dirigía desde la prisión a sus amigos. En lugar de subestimar ese aspecto de su personalidad como mero detalle biográfico, se percibe que las cartas revelan a un personaje preocupado por el destino de todas las formas de vida, elemento central de una concepción de socialismo más allá del humanismo, absolutamente necesaria en una era de desarraigo ecológico tal vez sin retorno. Cuando, en prisión, cuida de los pajaritos que se posan en la ventana de su celda para comer las migajas de pan que ella les ofrece; cuando intenta salvar un escarabajo de ser devorado por las hormigas; cuando describe las formas y el movimiento de las nubes sobre el patio de la prisión y las hierbas minúsculas a las que solo la solitaria prisionera les presta atención; cuando describe las bandadas de pájaros que huyen del invierno migrando hacia el Sur; cuando pide a sus amigos plantas para completar el herbario; todo ello da cuenta de que el valor que ella les confiere a todos los seres vivos forma parte de ella tanto como la fe en que la humanidad luchará con todas sus energías para no perecer en la barbarie capitalista.

Por último, no podemos olvidar que la crisis de 2008, en contra de lo esperado, reforzó la hegemonía del neoliberalismo en el mundo entero, asumiendo el carácter sistemático de poder oligárquico mundial, que gobierna a través de la crisis y de la vigilancia policial. Mucho más que un sistema económico, el neoliberalismo se configura como una nueva racionalidad que se caracteriza por ampliar e imponer la lógica del capital a todas las relaciones sociales. Y, desde el plano de la producción al de la subjetividad, se ha convertido en una forma de vida (Dardot/Laval, 2013 [2010]). Por ello, no puede ser combatido solo con medidas políticas, o con partidos “progresistas” en el poder. Es preciso oponerle una nueva forma de vida, asentada en una racionalidad diferente de la que domina el mundo desde hace treinta años.

En el caso de Europa, las manifestaciones minoritarias más importantes de formas de vida alternativas fueron las del movimiento M15 en España, que mostró la posibilidad de reconstrucción de nuevos sujetos colectivos; allí no hubo solo resistencia, sino también la invención de otro imaginario que, contra la privatización de todas las dimensiones de la vida, se apoyó en la idea y en la práctica de lo comum (Dardot / Laval, 2016 [2013]). Ese imaginario puede tener lugar en el momento oportuno, en la medida en que la mercantilización completa del mundo todavía no se realizó y es probable que no se realice. Baste con pensar en las poblaciones tradicionales de América Latina, que, en contra de la lógica de la competencia, resisten como pueden la extinción de sus formas de vida comunitarias. El clima es el ejemplo más claro de un bien común mundial que exige una lucha conjunta internacional contra el calentamiento global.

Los adeptos al desarrollismo rechazan esas elucubraciones por demasiado abstractas; argumentan que sin crecimiento, sin inversión no hay redistribución de ingreso ni empleo. Esa lógica nos aprisiona, es verdad. ¿Cómo salir de ella? Una pequeña fracción de la izquierda brasileña, preocupada por la cuestión socioambiental, cuestiona a la izquierda tradicional, que hasta ahora, solo discutió la redistribución del excedente. Pero de lo que se trata es de pensar de otra manera, de pensar en términos de desarticulación del capitalismo global, de configurar una nueva forma de vida, lejos del fetichismo de las fuerzas productivas o mejor aún, destructivas. Es preciso pensar en una sociedad de bienestar con crecimiento cero. Eso significa entrar en una lógica de enfrentamiento, no de conciliación, como siempre sucede cuando la izquierda llega al poder del Estado, cuya lógica de seguridad y desarrollista, imprescindible para la acumulación del capital, pasa a administrar. De lo que trata es de ejercitar la imaginación política y tomar en serio la percepción angustiosa de que nos encontramos en el umbral de una nueva época, que también es la del colapso de la democracia liberal; una época que clama de manera urgente por la democratización de la democracia, esto es, por la soberanía popular; que también es la del colapso del capitalismo, que muestra que no hay posibilidad de universalizar el “american way of life” en un planeta de recursos finitos. Precisamos de otra política y de otra economía para otra civilización.

Bibliografía

Altvater, Elmar. O fim do capitalismo como o conhecemos. Río de Janeiro: Civilização Brasileira, 2010.

Bartra Vergés, Armando. “Rosa Luxemburg: violencia y despojo en los arrabales del capital”. En: Sánchez Daza, Germán / Álvarez Béjar, Alejandro / Figueroa Delgado, Silvana (comps.), Reproducción, crisis, organización y resistencia: a cien años de La acumulación del capital de Rosa Luxemburg. México: BUAP/FISYP, 2014.

Brand, Ulrich / Wissen, Markus. “Crisis socioecológica y modo de vida imperial”. En: Lang, Miriam / López, Claudia / Santillana, Alejandra (comps.).  Alternativas al capitalismo/colonialismo del siglo XXI. San Pablo: Fundación Rosa Luxemburg, 2013.

Dardot, Pierre / Laval, Christian. –. La nueva razón del mundo: Ensayo sobre la sociedad neoliberal. Barcelona: Gedisa, 2013 [2013a].

–.  La pesadilla que no acaba nunca. El neoliberalismo contra la democracia. Barcelona: Gedisa, 2013 [2013b].

–. Común – Ensayo sobre la revolución en el siglo XXI. Barcelona: Gedisa, 2015.

Federici, Silvia, Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria. Trad. de Verónica Hendel y  Leopoldo Sebastián Touza. Madrid: Traficantes de sueños, 2010.

Fernández Steinko, Armando. “Rosa Luxemburg, una teoría de los recursos limitados”. En: Trias, J. /Monereo, M. (comps.). Rosa Luxemburg – Actualidad y clasicismo. Madrid: El Viejo Topo, s/d.

Luxemburg, Rosa. La crisis de la socialdemocracia. Trad.: Grupo de Traductores de la Fundación Federico Engels. Madrid: Fundación de Estudios Socialistas Federico Engels. 2006.

–. “Credo”. En: –, Textos escolhidos. Vol. I. San Pablo: UNESP / Fundación Rosa Luxemburg, 2017.

Streek, Wolfgang. “How will capitalism end?”. En: New Left Review 87 (mayo-junio de 2014).

 


* “Ainda Rosa Luxemburg. Alguma notas para um projeto antissistêmico na América Latina”. Artículo enviado por la autora para su publicación en este número de Herramienta. Traducción de Martín Salinas.

[1] Este artículo resume mi experiencia de quince años en la divulgación de las ideas de Rosa Luxemburg en distintos cursos y conferencias, con apoyo de la fundación Rosa Luxemburg, dirigidos a los movimientos populares, colectivos urbanos y estudiantes universitarios de Brasil, Argentina, Uruguay y Paraguay. El interés de esos grupos por el pensamiento y el ejemplo de la revolucionaria polaca muestra que continúa siendo una fuente de inspiración para la izquierda de América Latina.

** Isabel Loureiro es Profesora retirada de la Universidad Estadual Paulista, ex presidenta del Instituto de la Fundación Rosa Luxemburg y actual colaboradora de la Fundación Rosa Luxemburg de San Pablo.

[2] La obra mencionada en la nota anterior muestra la relevancia teórica de la crítica de Rosa Luxemburg al imperialismo orientada a un proyecto antisistémico en América Latina.

[3] Un estudio sobre la idea de lo “común” se encuentra en Dardot / Laval: 2015.

[4] Actualmente retornó al debate la idea de que el capitalismo, volcado hacia de manera constante hacia el lucro y sin los frenos que impiden la transformación de todo en mercancía, como el socialismo y el sindicalismo, morirá de una sobredosis de sí mismo (cf. Streek, 2014).

[5] Cf. Fernández Steinko, s/d.:  67; cf. también Brand/Wissen, 2013: 456. Altvater (2010) defiende la tesis de que el capitalismo, cuya expansión es indisociable del uso de las energías fósiles, tropieza con límites insuperables, no en virtud de sus contradicciones y crisis internas, sino a causa de los límites de los recursos naturales.

[6] Los artículos reunidos en O eclipse do progresismo hacen un balance de la llamada “onda progresista” en América Latina y de sus efectos devastadores en términos sociales y ambientales.