En Alemania, la “locomotora de Europa”, crecen los indicios de una crisis social


Por Francisco Sobrino

Reseña de un texto de Victor Grossman

A fines del año pasado se publicó un libro en Londres: Germany’s Hidden Crisis. Social Decline in the Heart of Europe, de Oliver Nachtwey (Londres: Verso Books, 2018), donde se analiza la problemática actualidad del país considerado como el más poderoso de Europa. Este libro motivó un artículo en el número de abril pasado de Monthly Review, firmado por Victor Grossman.

De acuerdo a la reseña, la historia se remonta al siglo XIX, bajo el gobierno del canciller Otto Bismarck, que combatió al ascenso de la socialdemocracia, proscribiéndola primero y cooptándola después en 1883, estableciendo un limitado sistema de seguro de salud y jubilaciones, que sumado al sufragio femenino y el seguro a la desocupación, sistema que se mantuvo durante la república de Weimar, luego de la Primera Guerra Mundial y luego, aunque  parcialmente, en la época de Hitler.

Después de la derrota en la Segunda Guerra Mundial, y la caída del nazismo, con los primeros regímenes burgueses que lo sucedieron, en los años cincuenta hubo más mejoras, con la protección constitucional del derecho a sindicalizarse, a las huelgas y en las grandes fábricas, la representación obrera en la dirección de las empresas, aunque se reservaba el control final a los propietarios. El estado de bienestar, un elemento crucial de la democracia de posguerra, influyó durante muchos años en el desarrollo del país. El rápido crecimiento industrial y la escasez de trabajadores en los primeros años de la posguerra fortalecieron a los sindicatos, con las corporaciones aceptando sus limitadas exigencias. Esto condujo a un nivel de notable prosperidad, a la que se llamó el milagro económico alemán. Para  los trabajadores, que entonces pasaron en forma creciente a ser los propietarios de sus viviendas, con todos los equipos modernos de esa época, incluyendo el automóvil, y la posibilidad de vacacionar en los balnearios del sur europeo, un sueño inalcanzable para las generaciones anteriores.

Los trabajadores fueron olvidando los antiguos rasgos proletarios y plebeyos de la clase obrera alemana, con un nuevo sentido de la igualdad, no tanto en los ingresos, síno en la ciudadanía. Las distinciones de clase ya no parecieron ser tan insuperables. La educación se extendió más allá de las primitivas limitaciones de simplemente leer, escribir, y la aritmética, y esto abrió el camino para algunos de las clases plebeyas, o para sus hijos, a ascender socialmente, de los empleos manuales en la industria a las posiciones de la clase media, oficinesca, frecuentemente en las instituciones del servicio público. Aunque los niveles de prosperidad no eran los mismos para todos, eran mucho más altos que lo que había sido hasta entonces. El “efecto ascensor” impulsó a muchos hacia una conciencia más individualista, alejada de la conciencia clasista que había  sido tan poderosa en el pasado alemán. Aparte de lograr la semana de trabajo de 40 horas, y para algunos, la semana laboral de 38 horas o incluso 35 horas semanales, los sindicatos en general se conformaron con poder sentarse en las mesas de negociaciones con las patronales, sin participación ni acción masiva por parte de las bases obreras, salvo para sus votos por el “SI” o por el “NO”.

Este período de “movilidad ascendente” en gran parte del mundo occidental llegó a su pico más alto hacia fines de los años setenta. Para el autor del libro, la decisión estadounidense en agosto de 1971, de suspender la convertibilidad del dólar en oro fue un punto de inflexión. El relativo equilibrio basado en la dominación yanqui, acordado en 1944 en Bretton Woods, fue reemplazado por la inestabilidad financiera internacional que dura hasta hoy en día.

Hubo un giro, desde la prioridad en la producción de mercancías, motivado por la decreciente tasa de ganancias, hacia el creciente recurso a las inversiones financieras y bancarias. Esto significó un mayor acento en lograr grandes rentas velozmente, con menos desarrollo de empresas pero mayor búsqueda de rápidas ganancias, y con el menor riesgo posible. Luego de las “revoluciones de terciopelo” de 1989-93 en los países del bloque soviético, hubo una rápida expansión hacia Europa Oriental, donde había una fuerza laboral calificada  pero hambrienta, que buscaba cualquier trabajo y estaba dispuesta a aceptar salarios muy bajos y con muchos menos derechos. Esto también se aplicó aún más a los trabajadores de los continentes del sur global, especialmente los del sur y del suroeste asiático.

La codicia por las ganancias rápidas también se sintió en el interior de la locomotora alemana. El estado de bienestar, a pesar de lo que alardeaban los anal, no había abolido a las clases, aunque permitiera un mayor ascenso social. Había menos confianza en la lógica de la cascada que mana del crecimiento de la economía, que las enormes ganancias para los peces gordos traerían mayores ingresos  para todos, que un marea creciente levantaría a todos los botes. La creciente reprivatización de los servicios público: transporte, energía, educación significó un alejamiento de toda preocupación keynesiana para todos los ciudadanos sobre el duro neoliberalismo de Hayek y Friedman. Menos trabajadores podrían confiar en los tradicionales empleos para toda la vida en una misma compañía, el ascenso en el status de la fábrica y los salarios y recibir una pensión tolerable, compañías que ofrecen seguridad o el ascenso social básico a cambio de habilidades y lealtad.

En la década de 1970, con el alivio de la tensión de la guerra fría, esto significó reemplazar la confrontación con la República Democrática Alemana (Oriental: RDA) por la seducción. Aunque era acompañada por el endurecimiento de las restricciones a la izquierda de Alemania Occidental, con cientos de miles de militantes controlados por sus ideas indeseables y despedidos de los empleos estatales, como en la enseñanza pública y el correo. Finalmente, con la caída del Muro de Berlín en 1989,  la seducción logró sus objetivos. Aunque fue mayormente obra de los gobiernos socialdemócratas, la unificación alemana se llevó a cabo bajo el gobierno de la conservadora Unión Democrática Cristiana (UDC). En 1998 los socialdemócratas volvieron a gobernar, compartiendo el gabinete con el Partido Verde, fundado en 1980 y parcialmente heredero de las protestas estudiantiles de 1968.

 Esta coalición fue marcada por dos eventos decisivos. Uno fue su ingreso a la OTAN y el otro su participación en el bombardeo a Serbia, con el primer despliegue militar de soldados alemanes desde la Segunda Guerra Mundial En la esfera social, luego de los anteriores recortes en el sistema jubilatorio, y de aliento a las dudosas jubilaciones privadas, el gobierno de los socialdemócratas y los verdes, recortó la ayuda al desempleo, hasta entonces se otorgaba por un tiempo ilimitado, a sólo un año (dos años para los mayores de 55 años). A partir de entonces, los desocupados reciben una suma mensual que apenas alcanza a la supervivencia más los costos de calefacción y alquiler (hasta cierto límite), pero deben aceptar cualquier empleo que se les ofrezca, independientemente de los requisitos, salarios, o condiciones de trabajo, y deben presentar pruebas escritas mensualmente de sus constantes intentos de hallar trabajo. En las obligatorias visitas mensuales a los centros de empleo, los desocupados deben informar sobre sus cuentas bancarias, pólizas de seguros, y todo patrimonio o propiedad de valor, desde automóviles hasta joyas. Cualquier cosa que sobrepase un cierto umbral desata recortes en los cobros mensuales.

Todo lo que se considere una violación de los deberes impuestos al desocupado, como faltar a una citación en el centro de empleo, acarrea sanciones. Deben estar siempre disponibles por teléfono y pedir la aprobación para viajes de vacaciones u otros motivos. Para los desocupados durante más de un año, esto requiere cambios radicales en su forma de vida. Las numerosas manifestaciones que se desataron contra estas reglamentaciones fracasaron y la resistencia a las mismas se fue debilitando.

Estos nuevos recortes y controles provocaron y difundieron un nuevo temor generalizado en los trabajadores y un decrecimiento de las luchas defensivas sobre salarios o condiciones de trabajo, que pudieran significar la pérdida del empleo. Como resultado, aumentaron los trabajos de media jornada, sin contratos legales, por un tiempo indefinido y por una cantidad indefinida de horas; o sea, el trabajo precario. Las grandes empresas, con su aversión al riesgo, apoyaron la posibilidad de tomar trabajadores rápidamente cuando eran necesarios y echarlos con igual rapidez cuando ya no lo eran. El nivel salarial alemán, relativamente alto hasta entonces, se estancó y retrocedió, dando mayores ventajas a la economía en las exportaciones y permitiendo al gobierno alardear de su baja tasa de desocupación, aunque gran parte de la misma estaba oculta bajo la cobertura del trabajo de media jornada, temporario y de los empleos pagados  en forma miserable.

Los trabajadores están divididos entre los que gozan de empleos seguros, y mejor pagados, y el personal precario, a menudo alquilado por agencias ilegales. Esta división socava la fuerza de los empleados en los consejos laborales y en su participación legalmente autorizada en las reuniones de las juntas, donde los trabajadores precarios raramente son representados. Muchos de los obreros legales temen convertirse en precarios, o perder su empleo, cuando las corporaciones más famosas recortan o cierran las plantas que no traen rápidamente suficientes ganancias.

El libro citado también describe un caso en especial, pero muy relacionado, que es el de los trabajadores extranjeros. En los primeros años de la posguerra, con la escasez de hombres físicamente aptos  para trabajar, se contrataron a desocupados provenientes de Portugal, España e Italia. Como estos trabajadores frecuentemente dejaban Alemania luego de unos pocos años, y la fuente laboral de la RDA se detuvo por la construcción del Muro de Berlín, comenzó a inmigrar gran cantidad de obreros turcos y kurdos, en su mayoría campesinos. Una gran cantidad de estos han optado por radicarse, y siguen en la actualidad, aunque ahora de la segunda y tercera generación. A pesar de algún progreso y de mejores posibilidades de integración, muchos todavía siguen haciendo los trabajos más pesados y peor pagados, y son rechazados para empleos mejores cuando se descubren sus orígenes.

En general, muy pocos de los sindicatos obreros han abordado estos problemas, y se contentan con proteger a los trabajadores legales en los sectores privilegiados, de gran importancia para la exportación, como la industria del automóvil, y se preocupan mucho menos por los desocupados, precarios varones, o mujeres de origen inmigrante

Ha habido diversas clases de rebeliones: los levantamientos estudiantiles de 1968 y en los años siguientes, las grandes manifestaciones contra el almacenamiento de residuos atómicos y para impedir la construcción de un proyecto ferroviario gigantesco y despilfarrador en Stuttgart, contra la “Asociación Transatlántica para el Comercio y la Inversión” planeada entre los EE. UU. y la Unión Europea, manifestaciones antiguerras, y más recientemente, contra los fascistas, racistas y xenófobos. Algunas fueron muy grandes y alentadoras. Pero la mayoría de estas manifestaciones fueron organizadas y protagonizadas por las clases medias o clases media alta, y profesionales. Raramente participan obreros en las manifestaciones.

En los años recientes también hubo algunas batallas sindicales, en su mayoría de los sectores de servicios y de la salud, con paros y huelgas; algunas de ellas, encabezadas por las mujeres. Las menciones a objetivos a largo plazo para enfrentar al creciente fracaso del sistema han sido excepcionales. Aunque algunas fuerzas están utilizando la acción de masas. Sobre todo, la extrema derecha, que  hace años se componía mayormente de pequeños grupos de antiguos seguidores de Hitler y bandas de jóvenes racistas y anti-izquierda. Pero desde 2014 ha habido marchas  anti-musulmanas, concentradas en la Sajonia oriental. Ha surgido una fuerza importante en la Alemania de hoy en día: un partido llamado “Alternativa para Alemania” (ApA), con más de noventa diputados racistas en el Bundestag y en otras legislaturas estatales. En los estados de Alemania Oriental ApA ha alcanzado el tercero o segundo lugar entre seis partidos. Al principio su principal  blanco era la Unión Europea, pero ahora moviliza el odio contra los numerosos refugiados recibidos por Merkel desde 2015. Con el chauvinismo y la xenofobia, desvían las preocupaciones de las clases medias bajas, que temen el descenso social para ellos o sus hijos, y también de crecientes sectores de trabajadores, que culpan a los extranjeros por recibir viviendas, empleos, y apoyo oficial,  que ellos también necesitan. Esto está provocando el rechazo a los partidos gobernantes, debilitando a los demócratas cristianos de Merkel y una peor caída para los socialdemócratas.

Los votantes que rechazan la denominada “gran coalición” de los dos partidos tradicionalmente gobernantes, están tomando uno de dos caminos: los infectados por la xenofobia votan por la ApA, mientras que quienes rechazan el racismo, se vuelcan ahora en cantidades notables hacia los verdes. Este partido defiende los derechos de los inmigrantes, las mujeres y la comunidad LGBTQ. Pero está dirigido mayoritariamente por profesionales e intelectuales de la clase media alta, sin relación ni interés en los problemas de la clase obrera.

Die Linke, (Partido de Izquierda), ha comenzado a cubrir ciertos espacios. En el este del país, ha ganado una cuarta parte del electorado y participa en los distintos gobiernos estatales.

Victor Grossman termina su reseña con una interesante crítica al autor del libro. Él ha pasado la mayoría de los años descritos en la RDA, y afirma que Nachtwey desconoce la interrelación que hubo entre los dos estados en la Alemania antes de 1990, un rasgo común para quienes vivieron en Alemania Occidental. Aunque menciona algunas veces a la RDA, descuida en gran parte lo que sucedió durante la Guerra Fría. El factor principal para que Alemania Occidental lograra su estado de bienestar fue la decisión oficial de los EE.UU. de permitir que volviera a crecer la fortaleza económica alemana y gradualmente, también la militar. La República Federal Alemana debía ser el bastión de Occidente contra cualquier influencia por parte de la RDA, y una posible rampa inicial  en una política de equilibrio agresivo al borde de la guerra atómica. Esto significó el regreso de los poderosos imperios de Bayer, y BASF, los ingenieros y los especuladores cómplices y culpables de Auschwitz, los financistas de Hitler, el Deutsche Bank y Allianz Insurance, los poderosos exportadores como Daimler, BMW, Volkswagen, Porsche, y Opel; los Krupps, Flicks, Rheinmetall y otros en el complejo militar-industrial, que recobraron el poder y la riqueza  basada en el sudor de millones de trabajadores esclavos, prisioneros de guerra y cautivos de los campos de concentración.

Esos gigantes, que habían sido completamente expropiados y nacionalizados en la Alemania Oriental, formaron la columna vertebral de la economía alemana occidental. La carga de las reparaciones cayó sobre los hombros de la parte más débil: Alemania Oriental, mientras que el Plan Marshall ofrecía enormes inversiones adicionales de capital en un programa que abiertamente confrontaba a la influencia socialista. Los intentos iniciales de nacionalizar bancos e industrias en Alemania Occidental, fueron velozmente frustrados, mientras Washington, el Pentágono, los grandes medios de comunicación y las corporaciones ayudaban a que Alemania Occidental fuera un modelo atractivo para todos en el lado oriental y en el resto de los países del “campo socialista”. Esto implicaba atraer a los alemanes orientales  con capacidades valiosas, como médicos, administradores, ingenieros, obreros especializados, para que emigraran al oeste, hasta que el Muro de Berlin lo hizo extremadamente difícil y además peligroso. Pero también hubo un efecto indirecto positivo. Los cuadros sindicalistas de Alemania Occidental han descrito a menudo cómo las condiciones laborales en las mesas de negociación eran afectadas por la presencia simbólica de un “delegado invisible” de la RDA. Mientras existió esa otra presencia, las corporaciones fueron relativamente indulgentes. Luego de la unificación, cuando faltó ese “delegado”, volvieron a apretarse los tornillos económicos y los beneficios antes conseguidos a reducirse.

A partir de 1990, los mercados del bloque oriental se abrieron totalmente para las ventas y las inversiones, y muchas compañías occidentales fueron liberadas de la molesta rivalidad con la competencia de las firmas orientales. Las compras o la destrucción lisa y llana de toda la industria alemana oriental, que siempre fue más débil que la occidental, trajo un aumento gigantesco en riqueza para las grandes empresas, mientras que esa rápida estrangulación abrió una enorme fuente de mano de obra altamente calificada, desesperada por conseguir empleos bajo cualquier condición.

Esta situación desilusionó a millones de alemanes del este, que habían creído en los “paisajes florecientes” en 1990, y ahora se han vuelto airados, huraños, y resentidos ante los “rivales extranjeros”. Esta errónea envidia abrió las puertas a la creciente amenaza fascista. Al mismo tiempo, en la izquierda también hay novedades, con la aparición de un ala de Die Linke que busca unir a todos quienes protestan,  desilusionados de todos los partidos, y ha formado un nuevo partido: Aufstehen (“Levantarse”), que se inspira en las posiciones del líder laborista Jeremy Corbyn en Inglaterra y de Jean-Luc Mélenchon en Francia. Si esto desplazará a la escena alemana hacia la izquierda, como esperan algunos, o causará una división destructiva, como temen otros, sigue siendo una cuestión candente, con un resultado incierto.     

Victor Grossman es periodista y escritor estadounidense que reside en Berlín desde 1952, donde se refugió huyendo de la persecución macartista en su país natal. Autor del libro A Socialist Defector – From Harvard to Karl-Max-Allee