Las relaciones económicas internacionales entre Estados Unidos y China


Por Alberto Wiñazky

Las relaciones económicas y políticas  entre Estados Unidos y China han ingresado en un período complejo que recrudeció en el mes de mayo y dejó atrás el vínculo que ambas potencias habían mantenido durante largos años, donde los contactos que combinaban colaboración y competencia se sostenía en dosis relativamente equilibradas. Todo esto bajo el principio declarado de Estados Unidos de “contener el avance chino”. Por otro lado, la relación entre Estados Unidos y Rusia también se ha ido deteriorando, mientras se van exacerbando los enfrentamientos en diferentes escenarios como en Irak, libia, Ucrania y Venezuela.

A la escalada de las tensiones comerciales entre Estados Unidos y China, que ha dominado la acción política más reciente, se suma al problema del endeudamiento de los Estados—nación. De producirse un endurecimiento de las condiciones financieras globales o una desaceleración económica severa de los países y/o de las empresas más endeudadas, resultaría muy difícil que se pudiesen reembolsar esos préstamos. Asimismo, Trump resulta ser un líder que se nutre del conflicto y de la polarización. Se presenta como el presidente que se enfrenta a China tras años de inacción de los políticos que lo antecedieron. Esta posición le permite afianzar sus bases electorales, en un contexto donde comienzan a predominar los acontecimientos por las elecciones presidenciales de 2020.

La ronda número once de conversaciones comerciales entre China y Estados Unidos terminó en Washington sin ningún acuerdo. Estados Unidos ha puesto en marcha su anunciado aumento de aranceles sobre los productos chinos del 10% al 25% por valor de USD 200.000 millones de dólares. Si bien abundan las declaraciones acerca de que “los canales no se han roto”  y que se podrán retomar en Pekín en algún momento del futuro. Pero en las declaraciones de Liu He, el hombre de confianza del presidente Xi Jimping para los temas económicos, admitió que existen “desacuerdos sobre cuestiones de principios” acerca de los cuales China “no cederá bajo ningún concepto”.

Para pode llegar a un acuerdo, el gobierno chino considera necesario que Estados Unidos elimine los aranceles adicionales. Que el aumento del volumen de compras de productos estadounidenses, que Washington exige a China sea realista y se ciña a su demanda interna, y sobre todo que el documento final del acuerdo sea “equilibrado” y que permita garantizar la “igualdad y la dignidad de los dos países”.

Además, los actuales distanciamientos se incrementaron por los requerimientos de Estados Unidos sobre la protección a la propiedad intelectual, el acceso a los mercados de servicios financieros y la transferencia forzosa de tecnología, entre otros puntos en discusión. Para Estados Unidos, esos términos eran la garantía que permitiría cumplir lo que se había acordado anteriormente. Sin embargo para Pekín representaban una injerencia intolerable en su soberanía y un cambio en su modelo económico, que Xi Jimping no tenía ninguna intención de aceptar.China parece estar dispuesta a hacer algunas concesiones, pero no transformar su modelo económico y Xi considera que tiene margen de maniobra para sostener lo que cree, que puede ser una guerra de desgaste prolongada .Por eso Xi Jimping pidió al pueblo chino que se prepare para “una serie de situaciones difíciles ante importantes riesgos y desafíos” ante el agravamiento de la guerra comercial con Estados Unidos.

En Pekín domina la percepción de que el objetivo final de Estados Unidos es impedir que este país se convierta en el mediano plazo en una gran potencia, que logre superar la supremacía norteamericana. Como respuesta a la actitud de Trump, Pekín ha dado pasos para proteger su economía, aplicando desde el próximo 1º de junio tarifas arancelarias a productos de Estados Unidos por un valor de USD 60.000 millones. Además el gigante asiático produce el 90% de 17 metales esenciales que vende a Estados Unidos para la fabricación de teléfonos inteligentes, pantallas de plasma o vehículos electrónicos, y podría constituirse, de interrumpir su entrega, en uno de los elementos utilizados por China para responder a los ataques de EE.UU. También hay que considerar que después de treinta años de crecimiento, la segunda mayor economía del mundo está desacelerando su ritmo de expansión. Una cuestión importante son los USD 34 billones de su deuda pública y privada. Esta deuda de gran cuantía puede ser una amenaza para China y para la economía global, teniendo en cuenta que este país es uno de los motores del crecimiento mundial. De cualquier forma, China ha ido reforzando sus relaciones con muchos países, sumando ya 130 a su iniciativa de la Nueva Ruta de la Seda, en la búsqueda de la ampliación de su comercio internacional.

El enfrentamiento recrudeció el 15 de mayo pasado y resultó ser una fecha clave en este tablero. Ese día Estados Unidos puso en ejecución una medida que prohíbe a las empresas norteamericanas Google, Intel, Qualcomm, Xilinx y Bradcom, proveer de insumos y servicios a las empresas chinas Huawei y ZTE. Lo mismo harán los fabricantes de chips Micron Technology y Western Digital. Si bien Estados Unidos anunció una tegua de noventa días, el conflicto modificó abruptamente los planes de las telefónicas a nivel global. Esta pulseada tecnológica con China y sobre todo con Huawei, que produce celulares, pero además es uno de los mayores proveedores de infraestructura de redes de telecomunicaciones del mundo resulta ser un  hecho de gran envergadura. En este negocio compite esencialmente con Nokia y con la sueca Ericsonn y se ha constituido en líder del desarrollo del 5G. Por otro lado Google ha anunciado que dejarán de facilitarle y permitirle a Huawei el uso de su sistema operativo Android con el que operan los móviles de la firma china. Simultáneamente, operadores de telefonía móvil del Reino Unido y Japón anunciaron que suspenderán las ventas de los últimos modelos de la marca Huwaei.

Resulta evidente que detrás de la guerra por los aranceles, Trump busca presionar a China para que cambie sus políticas sobre la propiedad intelectual, reduzca sus masivos subsidios a las empresas estatales, compre más productos estadounidenses y deje de forzar a las compañías extranjeras a compartir secretos tecnológicos. Alineados con esta postura, la Cámara de Comercio Estadounidense sostuvo que “las empresas estadounidense están en contra de la aplicación de  aranceles, pero apoyan la idea en el corto plazo, si esto nos ayuda a lograr un acuerdo fuerte aplicable a largo plazo que solucione cuestiones estructurales”. En definitiva, la desaceleración del crecimiento mundial, la expansión del endeudamiento, la guerra comercial con EE.UU., más las reformas internas en marcha, resultan ser un gran desafío para el futuro de China.

El Fondo Monetario Internacional, en su Informe de perspectivas de la Economía mundial, de Abril 2019, sostiene que por “el aumento de los aranceles entre Estados Unidos y China, la merma de la confianza de las empresas, la constricción de las condiciones financieras y la agudización de la incertidumbre en torno a las políticas de muchas economías, la expansión económica [mundial] se frenó desde el segundo semestre de 2018 y continuó en el primer trimestre de 2019”.

En poco tiempo y antes o no que estos  países vuelvan a reunirse, la próxima gran cita se perfila en Osaka, Japón, a finales del mes de junio, es decir durante la cumbre anual del G20. Allí se verán las caras Trump y Xi Jimping, los únicos que tienen la última palabra para lograr cerrar un acuerdo.      Es una transacción que no llegará a buen puerto a cualquier precio y aunque a ambos países les interesa entenderse, el mantenimiento de la guerra comercial entre las dos principales economías del mundo influirá negativamentesobreel conjunto del capitalismo, no estando tan claro como decía Liu He, que las diferencias se solucionen con principios, igualdad y dignidad para ambas partes.

Alberto Wiñazky es economista, miembro del comité de redacción de Herramienta.