Isabel Larguía, documentalista en la Cuba revolucionaria


Por Mabel Bellucci y Emmanuel Theumer

La foto que ilustra la portada del artículo corresponde a  Isabel Larguía filmando en el puerto de La Habana a Inicios de los 70s (Agradececemos a Sebastian Elizondo, fotógrafo y documentalista)

El libro Desde la Cuba revolucionaria: Feminismo y marxismo en la obra de Isabel Larguía y John Dumoulin de Mabel Bellucci y Emmanuel Theumer (Clacso 2018) investiga el empeño que, en 1969, la dupla intelectual y política Larguía/ Dumoulin, pusieron en la teorización marxista y feminista sobre el trabajo doméstico. En cambio, este artículo, armado con datos biográficos extraído del propio libro, recupera la vocación y oficio de Isabel Larguía como documentalista, un perfil poco conocido de nuestra valiosa teórica feminista latinoamericana.

En 1932, Isabel nació en Rosario, la ciudad puerto. Los Larguía eran terratenientes vinculados a la concentración de estancias y fundación de pueblos en la provincia de Santa Fe. De adolescente se trasladó a Buenos Aires a estudiar como pupila en el Michael Ham, un colegio católico de monjas pasionistas y bilingüe. John Dumoulin, su compañero afectivo e intelectual de los últimos treinta años de vida de ella, graduado en Letras en la Universidad de Harvard y también radicado en la isla antes de la revolución, recuerda los inicios de la formación artística de Isabel: “Siendo joven ella se fue interesando cada vez más en serio en el tema del cine…En aquella época no se podía hacer una verdadera formación sistemática cinematográfica en Argentina sin probar antes Europa y, en particular, Francia.” [1]

Por esta razón, en 1956, Larguía se radicó en París. Tiempo después de su arribo, allí se vinculó afectivamente con Ángel Elizondo, el famoso mimo y actor argentino. Se conocieron en el epicentro cosmopolita de la Casa Argentina. Tenían la misma edad, 24 años, y una historia personal que por momentos coincidía. Tal como lo dicta el rito de iniciación de las clases medias altas en Argentina, la estadía en París les abrió un horizonte cultural, incluyendo desde luego a la formación universitaria. Isabel se encontraba desde hacía un año en la ciudad, intentando ingresar como estudiante regular del IDHEC (Institut des Hautes Études Cinématographiques), creado en 1943 por Marcel L'Herbier. Ser mujer hizo peligrar su admisión: tuvo que asistir en calidad de oyente durante varios meses hasta lograr su objetivo. Ángel Elizondo, en su departamento en pleno centro de Buenos Aires, con voz cansina relata con admiración la trayectoria de Isabel, quien para él “representaba una gran promesa cinematográfica latinoamericana. Sin embargo, ella abandonó la profesionalización en cine por la lucha política[2]. Según su opinión, Isabel intensificó su compromiso comunista por sus vínculos con profesores, militantes en la clandestinidad, intelectuales latinoamericanos y, en especial, con cubanos bajo el contexto de la guerra de Argelia contra la colonización francesa. Mientras que su vínculo con el feminismo lo llevó consigo desde Rosario por intermedio de su tía, Susana Larguía, consagrada sufragista argentina que junto a Victoria Ocampo y a María Rosa Oliver fundaron, en marzo de 1936, la Unión Argentina de Mujeres (UAM). Además, las convicciones de Isabel se radicalizaron por la hostilidad vivida cuando le impidieron ser estudiante regular de dirección de cine.

 Isabel Larguía y John Dumoulin en una conferencia en Estados Unidos en 1975. (Agradecemos a Sebastian Elizondo, fotógrafo y documentalista).

Ahora bien, entre el grupo selecto de amistades que cultivaba Isabel se encontraba Joris Ivens, realizador holandés de cine documental, de quien fue discípula. Este cineasta formado junto con Serguéi Eisenstein y Robert Flaherty tuvo como colaboradores a Ernest Hemingway y Orson Welles. Ivens, como admiraba la garra cinematográfica de Isabel, la postuló a una beca de especialización como camarógrafa de guerra en la República Democrática Alemana (RDA), más precisamente en Berlín Este, durante la Guerra Fría.

               En 1961, un acontecimiento histórico resultó para ella una oportunidad que cambió su vida para siempre: la invasión de mil quinientos militares-mercenarios -muchos de ellos cubanos contrarrevolucionarios patrocinados por el gobierno de los Estados Unidos- que desembarcaron en Playa Girón y Playa Larga, en Bahía de Cochinos. Los comunistas alemanes la enviaron de inmediato a Cuba para filmar esa coyuntura, pero llegó tarde, ya que la acción acabó en menos de sesenta y cinco horas al ser derrotados los invasores por las fuerzas del gobierno de Fidel Castro y el propio pueblo cubano. Hay que recordar que ese año fue decisivo para la isla: Fidel se asumió como marxista-leninista y la Revolución, inicialmente de carácter nacionalista y antiimperialista, selló su carácter socialista. Este clima la llevó a decidir a quedarse en ese país con una revolución en curso, con sus palmeras, el ron, la proximidad al mar y un clima de ideas eufórico por los agitados debates políticos anticapitalistas. Al tiempo, Isabel conoció a John Dumoulin. Sin demasiadas vueltas, entre ellos venció el amor y la producción intelectual.

     Emmanuel Theumer                                                                                 Mabel Bellucci

Alternativas emancipacionistas

Así, desde La Habana, a inicios de 1969, la pareja comenzó la investigación conjunta sobre la situación de la mujer, basada en encuestas que ellos mismos realizaron sobre el trabajo doméstico. A los dos les preocupaba el vacío de respuesta por parte de las ciencias sociales en relación con dicha temática desde una teorización marxista y feminista. Si bien en Cuba la legislación era de avanzada y se había incorporado de forma progresiva a este contingente a la vida social, era imprescindible un estudio específico. Surgió una necesidad imperiosa de aportar nuevos conceptos para la práctica de la liberación. Dumoulin relata que tanto él como ella tenían una formación marxista que les permitía abrir puertas para todos los niveles de cambios. Este fue el período en el que elaboraron su ensayo «Por un feminismo científico», que se difundía en forma manuscrita. La publicación “exótica” de Larguía-Dumoulin comenzó a introducir una diferencia ―la cuestión de la mujer― para interrogar no sólo el aparato teórico marxiano sino el propio desarrollo revolucionario en curso. La misma durante su recorrido tuvo diferentes variantes. Hacia 1971, comenzó a circular una adaptación del ensayo bajo el nombre «Hacia una ciencia de la liberación de la mujer». La revista cubana Casa de las Américas, Vol. XI, N° 65/66, compuso un dossier denominado «La Mujer», en el cual se publicó este último trabajo mencionado junto con cinco artículos más. El esfuerzo teórico que pergeñó la dupla estuvo dirigido a comprender las modalidades de explotación que atañen a las mujeres, así como las posibles alternativas emancipatorias. Ambos parecían tener el carácter suficiente para activar políticamente en un proceso revolucionario de increíble impacto en América Latina y en el mundo.

Ivens y otros cineastas extranjeros simpatizantes de la revolución fueron invitados por el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC) a pasar una larga estancia de trabajo en la isla. Posiblemente haya sido ella quien propuso su nombre, a sabiendas de los logros que se obtendría de inmediato, pues recordemos que había sido su mentor. Sin dudarlo, Ivens se lanzó a filmar antes a la Milicia Popular que al Ejército Rebelde, con el fin de retratar el carácter eminentemente popular del pronunciamiento. Sus dos documentales, realizados en 1961, fueron Carnet de viaje y Pueblo en armas, este último relacionado a las milicias populares compuestas por campesinos y obreros cubanos. Se los considera como cruciales para la cultura audiovisual de la isla dado su alto valor histórico. Entre 1967 y 1968, Isabel acompañó, como documentalista guerrillera, a los voluntarios cubanos que lucharon por la independencia de la colonia portuguesa de Guinea Bissau. De esa experiencia, Larguía rescató lecturas políticas que llevó luego a la cuestión de la mujer. Esto se hace patente cuando afirma en su consagrado ensayo:

 Para Amílcar Cabral […] la pequeña burguesía debe suicidarse como clase social incorporándose al proletariado. Las mujeres de su hogar y los pequeños productores son clases marginales [...] Un proceso revolucionario exige su asimilación a las clases trabajadoras principales, que son las únicas que poseen las condiciones necesarias para oponerse exitosamente al imperialismo. Pero el suicidio como clase de la mujer de hogar y su transformación revolucionaria requiere la destrucción de todos los rasgos que caracterizan su conciencia social dentro del capitalismo. Que todos los sectores femeninos se incorporen al trabajo proletario no implica liberación total”. (1971: 186)

Además, Isabel fue documentalista en el Congo[3]. También en Nicaragua participó en el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN)[4]. Intentó hacer lo mismo contra Somoza en Nicaragua, pero fue privada de su libertad.

             Tiempo después, trabajó como realizadora de documentales en los Estudios Cinematográficos de la Televisión de La Habana. Mientras tanto, su producción académica se orientó en dirección a la imagen de la mujer en los medios de comunicación, las artes plásticas y visuales. Escribió un ensayo «La mujer en los medios audiovisuales», editado, en 1982, por la Universidad Autónoma de México. Hacia fines de octubre de 1980, se produjo un éxodo en masa de cubanos quienes partieron del Puerto de Mariel hacia los Estados Unidos. Esta fuga multitudinaria se la conoció como “el éxodo de Mariel”. Su origen estaba dado por el asalto a la embajada del Perú (un país con el que se mantenía relaciones tensas) por parte de un grupo de civiles a bordo de un autobús público. El objetivo era entrar al recinto y solicitar asilo político. De acuerdo a las palabras del documentalista y fotógrafo, Sebastián Elizondo, hijo de Larguía, “ella estuvo filmando en los dos lados del conflicto para el Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT). Considero que ese material debe existir aún en los archivos de la televisión cubana”[5]. Para él, tanto éstos como los de Guinea Bissau fueron los más importantes en la obra fílmica de su madre.  

            Ya en sus últimos momentos de vida, en 1997, como un desafío cuerpo a cuerpo con la muerte, Isabel se concentró en escribir sus memorias sobre las vivencias guerrilleras durante su paso por Angola[6].

          El largo camino que abrió Larguía en Cuba, después de Sara Gómez, la primera mujer negra que realizó un largometraje en 1959, y otras que ignoramos, tiene sus seguidoras. Aún cuando crece el número de artistas en la isla no son tantas todavía. Cabría preguntarse qué de las obras de estas dos valerosas legendarias dialogan con lo que se está produciendo hoy en el cine, en el documental y en la ficción por parte de las realizadoras cubanas.

   

[1] Entrevista realizada a J. Dumoulin, comunicación informática vía Skype, junio de 2017.

[2] Entrevista realizada a Ángel Elizondo,  junio de 2017.

[3]. Hacia 1988, la familia Larguía-Dumoulin se trasladó de Cuba a la Argentina y se instaló en Buenos Aires.

[4] Ángel Elizondo sostiene que Isabel fue presa durante su estadía en Nicaragua y le pidió a él y a otros compañeros más que difundieran la noticia a nivel internacional para ser liberada.

[5] Entrevista realizada a Sebastián Elizondo, comunicación informática, diciembre de 2018.

[6] Entrevista realizada a Mariana Hernández Larguía, comunicación informática, abril de 2017.