La chispa se enciende en la acción. La filosofía de la praxis en el pensamiento de Rosa Luxemburgo


Por Michael Löwy

Algunas palabras personales, a título de introducción. Descubrí a Rosa Luxemburgo a los 17 años, alrededor de 1955, gracias al amigo Paulo Singer. Paulo me explicó largamente la teoría del imperialismo, pero lo que me atrajo mucho fueron los textos políticos que él me pasó, la crítica del centralismo, la visión revolucionaria y democrática. Adherimos juntos a una pequeña organización “luxemburguista”, La Liga Socialista Independiente, en compañía de Mauricio Tragtenberg, Herminio Sachetta, y, algunos años después, los hermanos Sader. Teníamos un local en el centro de San Pablo, que medía dos metros por cinco, cuyo único adorno era un cuadro con una figura representando a Rosa Luxemburgo. En esa época recibí de mi madre un ejemplar de las cartas de la prisión –Rosa Luxemburg, Briefe, Berlín, Verlag der Judgendinternationale,  1927- que ella había traído de Viena cuando emigró a Brasil, lo que me permitió apreciar mejor la dimensión humana y generosa de la revolucionaria intransigente. Años más tarde, escribí, bajo la dirección de Lucien Goldmann, una tesis sobre el joven Marx, presentada en la Sorbonne en 1964, inspirada toda por el marxismo de Rosa Luxemburgo (recientemente publicada en Brasil, por la editora Vozes). Fue una pasión que dura hasta hoy.

Esta conferencia es la primera, sobre Rosa Luxemburgo, en la que participo en Brasil. Nunca imaginé, hace cincuenta años atrás, que algún día habría tanto interés por Rosa Luxemburgo en Brasil y en especial en Natal, capital de Río Grande del Norte.

Es verdad que esta ciudad tiene un lugar especial en la historia del movimiento obrero brasileño: fue la única vez, en la historia del país, que un grupo de revolucionarios (de la Alianza Nacional Libertadora), reclamándose del proletariado, tomó el poder durante una semana. No consiguieron hacer gran cosa, pero por lo menos declararon la gratuidad de los transportes públicos y el pueblo disfrutó tomar el tranvía gratis…

 

1) Al publicar las Tesis sobre Feuerbach de Marx en 1888, Engels las calificaba como el “primer documento en el que está depositado el germen genial de una nueva concepción del mundo”. En efecto, en este texto Marx supera dialécticamente –la famosa Aufhebung: negación/conservación/superación- el materialismo y el idealismo anteriores, y formula una nueva teoría, que se podría designar como filosofía de la praxis. Mientras que los materialistas franceses insistían en que era necesario cambiar las circunstancias para que los seres humanos se transformen, los idealistas alemanes creían que, al promover una nueva consciencia en los individuos, en seguida se modifica la sociedad. Contra estas dos concepciones unilaterales, que conducían a un impasse –y a la búsqueda de un “Gran Educador” o Salvador Supremo- Marx afirma en la Tesis III: “La consciencia de los cambios de las circunstancias y de la actividad humana, o el cambio de sí mismo (Selbstveränderung) puede ser aprehendida y racionalmente comprendida solamente como praxis revolucionaria”. En otros términos: en la práctica revolucionaria, en la acción colectiva emancipatoria, el sujeto histórico –las clases oprimidas- transforman al mismo tiempo las circunstancias materiales y su propia conciencia. Marx vuelve a esta problemática en la Ideología Alemana, donde escribe: “La revolución, por lo tanto, no solamente es necesaria porque no hay otro medio de derrumbar a la clase dominante, sino incluso porque la clase subversiva (stürzende) puede tener éxito solamente por medio de una revolución para liberarse de toda la vieja mierda (Drek) y para volverse así capaz de efectuar una nueva fundación de la sociedad”[1]. Esto significa que la auto-emancipación revolucionaria es la única forma posible de liberación: es sólo por su propia praxis, por su experiencia en la acción, que las clases oprimidas pueden transformar su consciencia, al mismo tiempo en el que subvierten el poder del capital. Es  verdad que en textos posteriores –por ejemplo el famoso Prefacio de 1857 de la Crítica de la Economía Política- encontramos una versión mucho más determinista, que ve la revolución como resultado inevitable de contradicciones entre fuerzas y relaciones de producción, pero el principio de auto-emancipación de los trabajadores continúa inspirando el pensamiento político de Marx.

Es Antonio Gramsci, en los Cuadernos de la Cárcel, quien va a utilizar, por primera vez, la expresión “filosofía de la praxis” para referirse al marxismo. Pretenden algunos que esto sería solamente una astucia para engañar a sus carceleros fascistas, que podrían desconfiar de cualquier referencia  a Marx; pero esto no explica por qué Gramsci no usó otra fórmula, como “dialéctica racional”, o “la filosofía crítica”. En verdad, con esta expresión él define, de forma precisa y coherente, lo que distingue al marxismo como visión del mundo específica, y se distancia, de forma radical, de las lecturas positivistas y evolucionistas del materialismo histórico.

Pocos marxistas del siglo XX estuvieron tan próximos al espíritu de esta filosofía marxista de la praxis como Rosa Luxemburgo. Claro, ella no escribía textos filosóficos, ni elaboraba teorías sistemáticas; como lo observa con razón Isabel Loureiro, “sus ideas, esparcidas en artículos de periódicos, folletos, discursos, cartas (…) son mucho más respuestas inmediatas a la coyuntura que una teoría lógica e internamente coherente”[2]. Aún así, la filosofía de la praxis, que ella interpreta de forma original y creativa, es el hilo conductor- en el sentido eléctrico de la palabra- de su obra y de su acción como revolucionaria. Pero su pensamiento está lejos de ser estático: es una reflexión en movimiento, que se enriquece con la experiencia histórica. Intentaremos reconstruir la evolución de su pensamiento a través de algunos ejemplos.

Es verdad que sus escritos están atravesados por una tensión entre el determinismo histórico –la inevitabilidad de la derrota del capitalismo- y el voluntarismo de la acción revolucionaria. Esto se aplica en particular a sus primeros trabajos (antes de 1914); Reforma o Revolución (1899), la obra con la cual Rosa Luxemburgo se volvió conocida en el movimiento obrero alemán e internacional, es un ejemplo claro de esta ambivalencia. Contra Bernstein, ella insiste que la evolución del capitalismo se orienta en el sentido de un desmoronamiento (Zusammenbruch) del capitalismo y que este desmoronamiento es “la vía histórica que conduce a la realización de la sociedad socialista”. Se trata, en último análisis, de una variante socialista de la ideología del progreso lineal e inevitable que dominó el pensamiento occidental desde la Filosofía de la Ilustración. Lo que salva su argumento de un economicismo fatalista es la pedagogía revolucionaria de la acción: “sólo en el curso…de luchas demoradas y tenaces, podrá el proletariado llegar al grado de madurez política que le permita obtener la victoria definitiva de la revolución”[3]

Esta pedagogía dialéctica de la lucha es también uno de los principales ejes de la polémica con Lenin en 1904: “es solamente en el curso de la lucha que el ejército del proletariado se recluta y que él toma conciencia  de los fines de esta lucha. La organización, la concientización (Aufklärung) y el combate no son fases distintas, mecánicamente separadas en el tiempo (…) sino sólo aspectos diversos de un único y mismo proceso.” Es claro que la clase se puede equivocar en el curso de este combate, pero en último análisis, “los errores cometidos por un movimiento realmente revolucionario son históricamente, infinitamente más fecundos y valiosos quela infalibilidad del mejor ‘Comité Central’.”

La auto-emancipación de los oprimidos implica la auto-transformación de la clase revolucionaria por su experiencia práctica; esta a su vez produce no sólo la conciencia- tema clásico del marxismo- sino que también produce la voluntad: “El movimiento histórico-universal (Weltgeschichtlisch) del proletariado hasta su victoria es un proceso cuya particularidad reside en el hecho de que aquí, por primera vez en la historia, las propias masas populares imponen su voluntad contra las clases dominantes (…) Mientras tanto, las masas no pueden conquistar esta voluntad si no en la lucha cotidiana con el orden establecido, esto es en el cuadro de este orden”[4].

Podríamos comparar la visión de Lenin con la de Rosa Luxemburgo con la siguiente imagen: para Vladimir Illitsch, redactor del periódico Iskra, la chispa revolucionaria es traída por la vanguardia política organizada, desde fuera hacia dentro de las luchas espontáneas del proletariado; para la revolucionaria judía/polaca, la chispa de la conciencia y de la voluntad revolucionaria se enciende en el combate, en la acción de las masas. Es verdad que su visión del partido como expresión orgánica de la clase correspondía más a la situación en Alemania que a la de Rusia o a la de Polonia, donde ya se colocaba la cuestión de la diversidad de partidos refiriéndose al socialismo.

Los eventos revolucionarios de 1905 en el imperio Ruso zarista van a confirmar ampliamente a Rosa Luxemburgo en su convicción de que el proceso de toma de conciencia de las masas obreras resulta menos de la actividad “esclarecedora” del partido que de la experiencia de acción directa y autónoma de los trabajadores: “Es el proletariado el que va a derrumbar al absolutismo en Rusia. Pero el proletariado necesita para esto un alto grado de educación política, de conciencia de clase y de organización. Todas estas condiciones no pueden surgir de la lectura de los panfletos y folletos, sino solamente en la escuela de la lucha y en la lucha política viva, en el curso de la revolución en marcha. (…) El súbito levantamiento general (Generalerhebung) del proletariado en Enero, bajo el fuerte impulso de los acontecimientos de San Petersburgo, fue, en su acción dirigida al exterior, un acto político de declaración de guerra al absolutismo. Pero esta primera acción general directa de la clase tuvo un impacto todavía mayor en una dirección interna, despertando por primera vez, como por un choque eléctrico (einen elektrischen Schlag), el sentimiento y la conciencia de clase de millones y millones de individuos”[5].  Es verdad que la fórmula polémica de “los panfletos y folletos” parece subestimar la importancia de la teoría revolucionaria en el proceso; por otro lado, la actividad política de Rosa Luxemburgo, que consistía en gran parte en la redacción de artículos de periódicos y folletos –sin hablar de sus obras teóricas en el campo de la economía política- demuestra, sin lugar a dudas, el significado decisivo que  ella atribuía al trabajo teórico y a la polémica política en el proceso de preparación de la revolución.

En este famoso folleto de 1906 sobre la huelga de masas Rosa Luxemburgo todavía utiliza los argumentos deterministas tradicionales: la revolución sucederá “con la necesidad de una ley de la naturaleza”. Pero su visión concreta del proceso revolucionario coincide con la teoría de la revolución de Marx, tal como él la desarrolla en la Ideología Alemana (¡obra que ella no conocía, ya que sólo fue publicada después de su muerte!): la conciencia revolucionaria no puede generalizarse sino en el curso de un movimiento “práctico”, la transformación “masiva” de los oprimidos sólo puede generalizarse en el curso de la propia revolución. La categoría de la praxis –que es para ella como para Marx , la unidad dialéctica entre lo objetivo y lo subjetivo, la mediación por la cual la clase en sí se vuelve para sí-  le permite superar el dilema paralizante y metafísico de la social-democracia alemana, entre el moralismo abstracto de Bernstein y el economicismo mecánico de Kautsky: mientras que, para el primero, la transformación “subjetiva”, moral y espiritual de los “hombres” es la condición del advenimiento de la justicia social, para el segundo, es la evolución económica objetiva que lleva “fatalmente” al socialismo. Esto permite entender mejor por qué Rosa Luxemburgo se oponía no solamente a los revisionistas neo-kantianos, sino también, a partir de 1905, a la estrategia de “atentismo” pasivo defendida por el así llamado “centro ortodoxo” del partido.

Esta misma visión dialéctica de la praxis es la que le  permite superar el  tradicional dualismo encarnado en el Programa de Erfurt del SPD, entre las reformas, o el “programa mínimo”, y la revolución, o el “objetivo final”. Por la estrategia de la huelga de masas que ella propone en 1906 –contra la burocracia sindical- y en 1910 (contra Kautsky), Rosa Luxemburgo encuentra precisamente el camino capaz de transformar las luchas económicas o el combate por el sufragio universal en un movimiento revolucionario general.

Contrariamente que Lenin, que distingue la “conciencia sindical” (tradeunionista) de la “conciencia socialdemócrata”, ella sugiere una distinción entre la conciencia teórica latente, característica del movimiento obrero en el periodo de dominación del parlamentarismo burgués, y la conciencia práctica y activa, que surge en el proceso revolucionario, cuando las propias masas –y no solamente los diputados y dirigentes del partido- aparecen en la escena política, cristalizando su “educación ideológica” directamente en la praxis; es gracias a esa conciencia práctica activa que las camadas menos organizadas y más atrasadas, se pueden volver, en períodos de lucha revolucionaria, el elemento más radical. De esta premisa surge su crítica a aquellos que basan su estrategia política bajo una sobreestimación del papel de la organización en la lucha de clases –que se acompaña generalmente por la subestimación del proletariado en la organización- olvidando la acción pedagógica en la lucha revolucionaria: “seis meses de revolución harán más para la educación de las masas actualmente no organizadas de lo que diez años de reuniones públicas y de distribución de panfletos”[6].

Entonces ¿Rosa Luxemburgo es espontaneísta? No es así, no… En este folleto sobre Huelga general, partido y sindicatos (1906) ella insiste que el papel de la “vanguardia consciente” no es el de esperar “con fatalismo”, que el movimiento popular espontáneo “caiga del cielo”. Al contrario, su papel es precisamente el de “anteceder  (vorauseilen) la evolución de las cosas e intentar acelerarla”. Ella reconoce que el partido socialista debe tomar “la dirección política” de la huelga de masas, lo que consiste en “dar a la batalla sus consignas, su tendencia, así como la táctica de la lucha política”; ella llega inclusive a afirmar que la organización socialista es “la vanguardia (Vorhut) dirigente de todo el pueblo trabajador” y que “la claridad política, la fuerza, la unidad del movimiento resultan precisamente de esta organización”[7] .

Es interesante observar que la organización polaca dirigida por Rosa Luxemburgo y Leo Jogisches, el Partido Social-demócrata del Reino de Polonia y Lituania (SDKPiL), clandestina y revolucionaria, tenía más semejanza con el partido bolchevique que con el social-demócrata alemán… Se debe también tener en cuenta, al discutir las concepciones organizativas de Rosa Luxemburgo, sus tesis sobre la Internacional como partido mundial centralizado y disciplinado, propuesta en un documento redactado en 1914, después del colapso de la Segunda Internacional. Por una ironía de la historia, Karl Liebknecht, en una carta a su amiga Rosa Luxemburgo, va a criticar esta concepción de la nueva Internacional como demasiado “centralista-mecánica”, con “demasiada disciplina y demasiado poca espontaneidad”, considerando a las masas “demasiado como instrumentos de la acción, no como portadores de voluntad; en cuanto que instrumentos de la acción querida y decidida por la Internacional, no en cuanto queriendo y decidiendo por ellas mismas”[8].

El optimismo determinista (económico) de la teoría del Zusammenbruch, el derrocamiento del capitalismo víctima de sus contradicciones, no desaparece de sus escritos, al contrario, se encuentra en el centro de su gran obra económica La acumulación del capital (1911) – es firmada con el seudónimo de “Junios”. Este documento, gracias a la consigna “socialismo o barbarie” es un marco en la historia del pensamiento marxista. Curiosamente, el argumento de Rosa Luxemburgo comienza refiriéndose a las “leyes inalterables de la historia”; ella observa que la acción del proletariado “contribuye a determinar la historia”, pero parece creer que se trata a penas de “acelerar o retardar” el proceso histórico ¡Hasta aquí nada de nuevo!

Pero luego inmediatamente ella compara la victoria del proletariado con “un salto de la humanidad del reino animal al reino de la libertad”, agregando: Este salto no será posible “si la chispa incendiaria (zündende Funke) de la voluntad consciente de las masas no surge de las circunstancias materiales que son fruto del desarrollo anterior.” Aquí aparece entonces esta famosa Iskra, esta chispa de la voluntad revolucionaria que es capaz de hacer explotar la pólvora seca de las condiciones materiales ¿Pero qué produce esta zündende Funke? Es gracias a una “gran cadena de poderosas luchas” que “el proletariado internacional hará su aprendizaje bajo la dirección de la social-democracia e intentará tomar en sus manos su propia historia (seine Geschichte)”[9]. En otras palabras: es en la experiencia práctica de la lucha que se enciende la chispa de la consciencia revolucionaria de los oprimidos y explotados.

Al introducir la expresión “socialismo o barbarie”, “Junius” se refiere a la autoridad de Engels en un escrito de “cuarenta años atrás” (esto es, el Anti-Dühring): “Friedrich Engels dijo una vez: ‘La sociedad burguesa se halla en un dilema: avance al socialismo o regresión a la barbarie’.”[10] En verdad, lo que dice Engels, es bastante diferente:

“Las fuerzas productivas engendradas por el modo de producción capitalista moderno, así como el sistema de repartición de los bienes que él creó, entraron en una contradicción flagrante con el modo de producción mismo, y eso a tal grado que se vuelve necesario un cambio del modo de producción y de repartición, si no quisiéramos ver toda la sociedad moderna perecer”.[11]

El argumento de Engels –esencialmente económico, y no político, como “Junius”- es más bien retórico, una especie de demostración por el absurdo de la necesidad del socialismo, si no la sociedad moderna va a “perecer” –fórmula vaga que no se sabe bien a qué se refiere. En verdad, es Rosa Luxemburgo que inventó, en el sentido pleno de la palabra, la expresión “socialismo o barbarie”, que tendría tanto impacto en el curso del siglo XX. Si ella se refiere a Engels es tal vez para intentar dar una legitimidad mayor a una tesis bastante heterodoxa. Evidentemente es la guerra, y el desarrollo del movimiento obrero internacional en agosto de 1914 que  terminó abalando su convicción en la victoria inevitable del socialismo.

En los parágrafos siguientes “Junius” va a desarrollar su punto de vista innovador: “Nos encontramos hoy, tal como profetizó Engels hace una generación, frente a la terrible opción: o triunfa el imperialismo y provoca la destrucción de toda la cultura y, como en la Roma antigua, el despoblamiento, la desolación, la degeneración, un inmenso cementerio; o triunfa el socialismo, o sea, la lucha consciente del proletariado internacional contra el imperialismo, sus métodos, sus guerras. Tal es el dilema de la historia universal, su alternativa de hierro, su balanza oscilando en el punto de equilibrio, aguardando la decisión del proletariado.” Se puede discutir del significado del concepto de “barbarie”: se trata sin dudas de una barbarie moderna, “civilizada” – por lo tanto es poco útil la comparación con la Roma antigua – y en este caso la afirmación del folleto Junius se revela profética: el fascismo alemán, manifestación suprema de la barbarie moderna, resultó de la derrota del socialismo. Pero lo más importante en la fórmula “socialismo o barbarie” es la palabra “o”: se trata en principio de una historia abierta, de una alternativa todavía no decidida – por las “leyes de la historia” o de la economía – que depende en último análisis, de los factores “subjetivos”: la consciencia, la decisión, la voluntad, la iniciativa, la acción, la praxis revolucionaria. No insisto más, porque escribí hace ya muchos años una artículo sobre esta cuestión (“El significado metodológico de la fórmula ‘socialismo o barbarie’”, en Metodo dialetico e teoría política, S. Paulo, Paz e Terra, 1975). Es verdad, como apunta Isabel Loureiro en su bello libro, que incluso en el folleto Junius – así como en los textos posteriores de Rosa Luxemburgo- todavía encontramos referencias al colapso inevitable del capitalismo, a la “dialéctica de la historia” y a la “necesidad histórica del socialismo”.[12] Mas de alguna manera, con la fórmula “socialismo o barbarie”, se colocaban las bases de otra concepción de la “dialéctica de la historia”, distinta del determinismo económico y de la ideología iluminista del progreso inevitable.

Volvemos a encontrar la filosofía de la praxis en el corazón de la polémica de 1918 sobre la Revolución Rusa – otro texto capital redactado detrás de las gradas de la prisión. El tenor de este documento es conocido: por un lado, el apoyo a los bolcheviques, que,  con Lenin y Trotsky a la  cabeza, salvaron la honra del socialismo internacional, osando la Revolución de Octubre; por otro, un conjunto de críticas, algunas de las cuales –sobre la cuestión agraria y la cuestión nacional- son bien discutibles, mientras que otras –el capítulo de la democracia- aparecen como proféticas. Lo que preocupa a la revolucionaria judía/polaca/alemana es encima de todo la supresión, por los bolcheviques, de las libertades democráticas –la libertad de prensa, de asociación y de reunión- que son precisamente la garantía de la “actividad política de las masas obreras”; sin ellas, “es inconcebible la dominación de las grandes masas populares”. Las tareas gigantescas de la transición al socialismo –“a las cuales los bolcheviques se apegaron con coraje y resolución”- no pueden ser realizadas sin “una intensa educación política de las masas y una acumulación de experiencias”, imposibles sin libertades democráticas. La construcción de una nueva sociedad es una “tierra virgen” que levanta “problemas para milenios”; ora, “sólo la experiencia es capaz de traer los correctivos necesarios y de abrir nuevos caminos”. El socialismo es un producto histórico “nacido de la propia escuela de la experiencia”: el conjunto de las masas populares (Volksmassen) debe participar de esta experiencia, de otro  modo “el socialismo es decretado, otorgado, por una decena de intelectuales reunidos en torno de un paño verde”.  Para los inevitables errores del proceso “el único sol curativo y purificador es la propia revolución y su principio renovador, la vida espiritual, la actividad y la auto-responsabilidad (Selbstverantwortung) de las masas que surgen con ella, y se forman en la más amplia libertad política”.[13]

Este argumento es mucho más importante que el debate sobre la Asamblea Constituyente, en el cual se concentraron las objeciones “leninistas” al texto de 1918. Sin libertades democráticas es imposible la praxis revolucionaria de las masas, la auto-educación popular por la experiencia práctica, la auto-emancipación revolucionaria de los oprimidos, y el propio ejercicio del poder para la clase trabajadora.

György Lukács, en su importante ensayo “Rosa Luxemburgo marxista” (enero de 1921), muestra con gran agudeza cómo, gracias a la unidad de la teoría y de praxis, -formulada “por Marx en sus Tesis sobre Feuerbach”- Rosa Luxemburgo abría conseguido superar el dilema de la importancia de los movimientos social-demócratas, “el dilema del fatalismo de las leyes puras y de la ética de las puras intenciones” ¿Qué significa esta unidad dialéctica? “De la misma forma que el proletariado como clase no puede conquistar y guardar su consciencia de clase, elevarse al nivel de su tarea histórica –objetivamente dada- sino en el combate y en la acción, el partido y el militante individual no pueden apropiarse realmente de su teoría sino al pasar esta unidad en su praxis”.[14]

Es por lo tanto sorprendente como, apenas un año más tarde, Lukács redacta el ensayo –que también va a figurar en Historia y Consciencia de Clase- “Comentarios críticos sobre la crítica de la revolución rusa en Rosa Luxemburgo” (enero de 1922), que rechaza en bloque el conjunto de los comentarios disidentes de la fundadora de la Liga Espartaco, afirmando incluso por arriba de ella “se representa la revolución proletaria bajo las formas estructurarles de las revoluciones burguesas”[15] –una acusación poco creíble, como lo demuestra Isabel Loureiro.[16] ¿Cómo explicar la diferencia, en el tono y en el contenido, entre el ensayo de enero de 1921 y el de enero de 1922? ¿Una conversión rápida al leninismo ortodoxo? Posiblemente, pero entra en juego también la posición de Lukács en relación a los debates del comunismo alemán. Paul Levi, principal dirigente del KPD, se había opuesto a la “Acción de Marzo de 1921”- apoyada con entusiasmo por Lukács, pero criticada por Lenin – tentativa fracasada de un levantamiento comunista en Alemania; excluido del partido decide Paul Levi publicar en 1922 el manuscrito de Rosa Luxemburgo sobre la revolución rusa, que la autora le había confiado en 1918. La polémica de Lukács con este documento es también, indirectamente, un aserto de cuentas con Paul Levi.

En verdad, el capítulo sobre democracia de este folleto de Rosa Luxemburgo es uno de los textos más importantes del marxismo, del comunismo, de la teoría crítica y del pensamiento revolucionario en el siglo XX. Es difícil imaginar una refundación del socialismo en el siglo XXI que no tome en cuenta los argumentos desarrollados en estas páginas febriles. Los representantes más importantes del leninismo y del trotskismo, como Ernest Mandel, reconocían que esta crítica de 1918 al bolchevismo, en lo que concierne a las libertades democráticas, era en último análisis, justificada. Obviamente, la democracia a la que se refiere Rosa Luxemburgo es la ejercida por los trabajadores en un proceso revolucionario, y no la “democracia de baja intensidad” del parlamentarismo burgués, en la cual las decisiones importantes son tomadas por banqueros, empresarios, militares y tecnócratas.

A zündende Funke, la chispa incendiaria de Rosa Luxemburgo brilló una última vez en diciembre de 1918, en su conferencia frente al congreso de fundación del KPD, Partido Comunista Alemán (Liga Espartaco). Todavía encontramos en este texto referencias a la “ley del desarrollo objetivo y necesario de la revolución socialista”, pero se trata en realidad de la “amarga experiencia” que tienen que hacer varias fuerzas del movimiento obrero antes de encontrar el camino revolucionario. Las últimas palabras de esta memorable conferencia son directamente inspiradas por la perspectiva de la praxis auto-emancipadora de los oprimidos: “Es sólo ejerciendo el poder que la masa aprende a ejercer el poder. No hay otra manera de enseñarle. Nosotros ya superamos, felizmente, el tiempo en que se pretendía enseñar el socialismo al proletariado. Este tiempo aparentemente todavía no pasó para los marxistas de la escuela de Kautsky. Educar a las masas, esto quería decir: hacerles discursos, difundir panfletos y folletos. No, la escuela socialista de los proletarios no necesita nada de eso. Su educación se hace cuando ellas pasan a la acción (zur Tal greifen)”. Aquí Rosa Luxemburgo se va a referir a una famosa fórmula de Goethe, Am Anfang war dieTat! ¡En el comienzo de Todo no se encuentra el Verbo, y sí la Acción!

En palabras de la revolucionaria marxista: “En el comienzo era la Acción, tal es aquí nuestra divisa; y la acción, es cuando los consejos obreros y de soldados se sienten llamados a volverse la única fuerza pública del país y aprenden a serlo”.[17]

Rosa Luxemburgo no era infalible, cometió errores como cualquier ser humano y cualquier militante, y sus ideas no constituyen un sistema teórico cerrado, una doctrina dogmática para ser aplicada en cualquier lugar y en cualquier época. Pero sin dudas su pensamiento es una caja de herramientas preciosa para intentar desmontar la máquina capitalista que nos tritura. No es casualidad que ella se volvió en los últimos años, en una de las referencias más importantes en el debate, en América Latina en particular, acerca de un socialismo del siglo XXI, capaz de superar los impasses de las experiencias que se reclamaron del socialismo en el siglo pasado –sea la social-democracia sea el estalinismo. Su oposición irreconciliable al capitalismo y al imperialismo, su concepción de un socialismo al mismo tiempo revolucionario y democrático, basado en la praxis auto-emancipadora de los trabajadores, en la auto-educación por la experiencia y por la acción de las grandes masas populares es de una impresionante actualidad, sobre todo aquí, en Brasil y en América Latina.

Dicen los diarios que recientemente, noventa años después de su muerte, posiblemente habría sido encontrado su cuerpo ¿Habrá un nuevo entierro de Rosa Luxemburgo? Por más que la entierren una y otra vez, no van a conseguir librarse de su espectro. La chispa incendiaria de sus ideas nadie conseguirá apagar.

                                     


[1] Marx, Engels, L’idéologie allemande, (Euvre Philosophiquess), VI, p. 243

[2] Isabel Loureiro, Rosa Luxemburg.  Os dilemas da açâo revolucionaria, S.Paulo,  Unesp,  1995,  p. 23.

[3] Rosa Luxemburgo, Reforma ou Revoluçâo ?,   São Paulo,  Expressâo Popular,  1999,  pp. 24,41,105.  Estoy citando la traducción brasileña de Livio Xavier  - bella figura de militante e intelectual,  que incluso llegué a conocer – reeditada por el MST. 

[4]Rosa Luxemburg,  « Organisationsfragen der russischen Sozialdemokratie »  (1904),  in Die Russische Revolution,  Frankfurt,  Europäische Verlaganstalt,  1963,  pp. 27-28,  42,  44.

[5]R. Luxemburg, « Massenstreik,  Partei und Gewerkschaften » en  Gewerkschaftskampf und Massenstreik,  Eingeleitet und Bearbeitet von Paul Frölich,  Berlin,  Vereinigung Internationaler Verlagsanstalten,  Berlin,  1928,  pp. 426-427..  Se trata de una colección de ensayos de Rosa Luxemburgo sobre la huelga de masas,  organizada por su excelente discípulo y biógrafo Paul Frölich,  excluido en los años 20 del Partido Comunista.   Conseguí este libro en una librería de segunda mano en Tel-Aviv ;  el ejemplar tenía un sello de Kibutz Ein Harod,  « Seminario de Idéias,  Biblioteca Central ».  El propietario del libro era sin duda un izquierdista judío alemán que emigró hacia Palestina en 1933 y entregó su biblioteca al kibutz donde se instaló.   Con la muerte de los viejos militantes del kibutz,  y como la nueva generación no lee alemán la biblioteca vendió a la librería su stock de libros en la lengua de Marx ...

[6] Íbid., p. 455-457

[7] R. Luxemburg, Íbid, p. 445-457

[8] Voir K. Liebknecht, « A Rosa Luxemburg : Remarques à propos de son projet de thèses pour le groupe ‘Internationale’ », in Partisans, no 45, janvier 1969, p. 113.

[9] Rosa Luxemburg, Brochura Junius em Rosa a Vermelha,  S.Paulo,  Busca Vida,  1988,  pp. 114-115  corregido de acuerdo al original alemán  Die Krise der Sozialdemokratie von Junius,  Bern,  Unionsdruckerei,  1916,  p.11.  Esta copia de  la edición perteneció a mi profesor y director de tesis Lucien Goldmann,  y la recibí recientemente de su viuda,  Annie Goldmann.

[10] Ibid. p. 115.

[11] Engels, Anti-Dühring, Paris,  Ed. Sociales,  1950,  p. 189.

[12] Isabel Loureiro,  Rosa Luxemburg.  Os dilemas da açâo revolucionaria, S.Paulo,  Unesp,  1995,  p. 123/

[13] Rosa Luxmeburgo,  A Revoluçâo Russa  (1918) in Rosa a Vermelha,  pp. 217-222.  Corregido por el original alemán,  Die Russische Revolution,  Frankfurt,  Europäische Verlagsanstalt,  1963,  pp. 73-76.

[14] G. Lukacs,  Histoire et Conscience de Classe (1923),  Paris,  Minuit,  1960,  p. 65.

[15] Íbid. P. 321

[16] I. Loureiro, Rosa Luxemburg,  pp. 85-88.

[17] Rosa Luxemburg,  “Rede zum Programm der KPD (Spartakusbund)”,  Ausgewählten Reden und Schriften,  Berlin,  Dietz Verlag,  1953, Band II,  p. 687. La edición que estoy utilizando aquí tiene una historia curiosa. Se trata de un compendio de ensayos de Rosa Luxemburgo editada por el « Marx-Engels-Lenin-Stalin Institut beim ZK der SED », con un prefacio de Wilhelm Pieck,  dirigente estalinista de la RDA e introducciones de Lenin y Stalin, criticando los errores de la autora. Compré este ejemplar en una librería de usados, y descubrí que traía una dedicatoria en ingles, fechada en 1957, firmada por “Tamara e Isaac”- sin dudas Tamara e Isaac Deutscher – pidiendo disculpas por no haber encontrado otra edición sin todas estas superfluas “Introducciones”!

Artículo enviado por el autor para ser publicado en Herramienta

Traducción del portugués: Raúl Perea