Bolsonaro, la dictacracia y el suicidio populista


Por Silvio Schachter

Cuando el 55 % de los votantes elige al candidato que hizo campaña con explícitas bravuconadas racistas, xenófobas, machistas, violentas, que hace apología de la tortura y de la dictadura militar, que ataca constantemente a las organizaciones sociales y de derechos humanos, caracterizándolas  de terroristas, que fomenta la justicia por mano propia y la represión, la tardía sorpresa deviene rápidamente en la calificación simplista de ponerle el sayo a la sociedad brasileña: esta sociedad es mayoritariamente fascista.

La limitada estructura binaria para pensar la política no solo llevó a una encerrona al electorado, si no que prima en las interpretaciones basadas en análisis abreviados de una realidad multiforme, que responde a una diversidad fenómenos y cuyos efectos sólo son reconocidos cuando afloran como hechos consumados.

¿Por qué, después de 14 años de gobierno petista, una parte de su base se traslada al bolsonarismo? ¿Qué tipo de sujeto social se auto-construyó en estos años? ¿Cómo influye el cuadro hegemónico del contexto regional e internacional?

Las multitudinarias marchas del 2013, la casi nula respuesta a la destitución de Dilma Rouseff en 2016 y la débil reacción ante la detención de Lula este año fueron señales de la parálisis y la ataraxia que afecta al PT y su militancia. A pesar del “Fora Temer” y el descrédito de su figura, el vicepresidente golpista, competente en la tarea encomendada, logró imponer la Ley de la Tercerización y Reforma Laboral, la Ley del Techo del Gasto Público, y la de Reforma Previsional. En un breve lapso de tiempo, desde mayo de 2016, avanzó aceleradamente y con limitada resistencia, en el marco legal que profundiza la desigualdad y crea la condiciones para la barbarie social y política.

Brasil se aproxima a la década del 2020 de la mano de un energúmeno como presidente y un parlamento dominado por las bancadas del agronegocio, la “mano dura” y el fundamentalismo neopentecostal.

Varios de los futuros ministros son generales con trayectorias vinculadas a las fuerzas represivas. Militantes, intelectuales, docentes, científicos y artistas son víctimas de persecución política e ideológica, son amenazados con secuestros y muerte, aun antes de que Bolsonaro asuma el poder el próximo 1 de enero. Ante el peligro, puede que muchos inicien el penoso camino de exilio. El impune asesinato de Marielle Franco demuestra que los temores tienen base cierta.

En 2016 la izquierda y el progresismo brasileños pensaron que el golpe institucional era solo la antesala para el revanchismo de los partidos de la derecha neoliberal, de su maridaje con la Justicia y los medios concentrados; la posibilidad de una alternativa electoral de perfil fascista descrito como “personajes delirantes” no era considerada como una opción viable. Ahora, en un nuevo fallido, ven un Bolsonaro en uno de cada dos brasileños.

Post-fascismo a la brasileña

“El comparatismo histórico, apunta a captar analogías y diferencias entre las épocas, más que homologías o repeticiones. Para ser fructífero, el comparatismo no debe reducirse a puestas en paralelo mecánicas”. Enzo Traverso.[1]

El avance de las fuerzas de ultraderecha es un fenómeno mundial, gobiernan, co-gobiernan o tienen significativa presencia parlamentaria y política en Hungría; Grecia; Polonia; Italia; República Checa; Chipre; Eslovaquia; Estonia; Lituania; Bulgaria. Francia, Filipinas, Israel. A esta lista se suman varios países de Medio Oriente y África, EEUU y Rusia.

La época del fascismo originario puede estar muy lejana, pero sus latencias son más persistentes de lo que suponemos, afloran con fuerza ante la crisis del capitalismo salvaje, cargadas de prejuicios, estereotipos estigmatizantes y con la persecución del chivo expiatorio de siempre: los más vulnerables.

Un rasgo esencial que diferencia tanto al  post-fascismo de sus predecesores del siglo XX es que surgen en la época del fin de las ideologías. Ya no hay proyectos redentores de glorias imperiales, de revancha ante humillaciones bélicas, tampoco es el enemigo comunista cuyo fantasma recorre Europa y se materializa en la Revolución Rusa, no convoca a la creación de un colectivo de masas en torno al orgullo nacional y a mitos fundacionales.

Bolsonaro y secuaces no son líderes carismáticos, que magnetizan multitudes: él es un mediocre oportunista, que ni se atreve a confrontar ideas en un debate público, no convoca al pueblo brasileño, como colectivo, tras un ideal supremo. Su mensaje se dirige principalmente a la familia y los individuos, no hay sociedad, no existe enemigo exterior, los convoca a movilizarse contra el enemigo interior, campesinos pobres, los sin techo, los desocupados, homosexuales, ateos, intelectuales, ecologistas, feministas, los indios. La fabricación de una alteridad negativa no es nueva pero tiene otras víctimas. En el Brasil del siglo veintiuno, la limpieza social es la parte del Brasil que sigue en el siglo diecinueve.

La tecnología del datamining, que sistematiza en tiempo real la totalidad de la realidad,  que diseña  la perfilización y  anticipa  los comportamientos individuales y sociales, fue usado para  procesar  el sentimiento  racista  de hoy, que encuentra sus raíces en una tradición que es propia de Brasil: la esclavitud.

El neo-fascismo de la posmodernidad se apoya en la cultura del individualismo más cerril, del hedonismo y el consumismo, no hay causa común que sublimar, solo un patrimonialismo insolidario. No pretende unir al pueblo en torno al “Fascio” o refundar el “Deutsches Reich” o el “Estado Novo” varguista, no hay ideales que proyectar hacia el futuro. El consenso lo consiguió en base al miedo, la inseguridad, a la frustración y el resentimiento, el hartazgo ante la corrupción, la violencia y la descomposición del sistema político. De sus ancestros, el neo-fascismo hereda su metodología: alimentar el odio y la fobia hacia el diferente y crear consenso para reprimir.

Bolsonaro usa la retórica de un futuro con sus valores morales, solo para demonizar al PT y la izquierda.

Seduce a la clase media detrás de la falsa idea de la meritocracia, que  hace pie en sectores que sienten “merecer” lo que tienen por esfuerzo propio, consideran falazmente que el Estado no les dio nada y se colocan en un lugar de superioridad moral por sobre los pobres y los corruptos. Este camino  empata con el mensaje del cristianismo "secularizado" de los pentecostales devenidos en actores políticos para defender esa primacía moral y patrimonial.

El neofascismo brasileño no pretende unir a  la Nación detrás de un proyecto, su discurso de enfrentamiento y persecución lo lleva a gobernar un país profundamente dividido, por tanto el Armagedón bolsonariano será una mayor escalada de violencia dentro de un continuo histórico que  crece espiraladamente, sin freno alguno.

En la última década se calcula que han muerto 553.000 personas en Brasil por violencia intencional, la mayoría negros, pobres, jóvenes menores de 26 años. Principalmente víctimas de la acción de las diversas formaciones policiacas y escuadrones especiales.

El número de asesinados es un 26% superior al registrado en la década anterior y la cifra total es mayor que las víctimas de los siete años de guerra en Siria. Brasil es el principal fabricante de armas de América Latina y está entre los primeros diez del mundo, una parte significativa de estas armas son utilizadas en esta guerra cotidiana que atraviesa la sociedad.

Política de negocios, el negocio de la política

El maridaje histórico de los empresarios con la política y los políticos, se materializa en los conocidos y crónicos casos de corrupción propios del sistema, pero para el PT  formó parte de una estrategia premeditada. En Brasil, la conciliación y alianza con los grupos económicos hegemónicos fue la fórmula mágica del PT para avanzar en el proyecto neo-desarrollista, conciliar el capital y el trabajo, al mismo tiempo en que se garantizaba la gobernabilidad sin afectar las causas de la desigualdad, los privilegios de la élite, ni modificar ninguno de los pilares sobre los que se estructuran las relaciones sociales  de dominación.

Apoyado en condiciones internacionales favorables, como el superávit producto del aumento del precio de los commodities del agro, la minería y el petróleo, el gobierno del PT implementó el modelo que le permitió sacar de la situación de extrema pobreza a una parte significativa de la población. Los planes sociales “Fome Zero”, “Minha casa, Minha vida” y las cuotas sociales y raciales para el acceso a la universidad fueron los de mayor significación.

El proyecto de Brasil potencia, reciclado del llamado  milagro brasileño de los 60, adquirió perfil propio de la mano de Lula. El plan de hegemonía regional con proyección internacional se basó en un núcleo de empresas que contaron con todo el apoyo estatal para su desarrollo en el país y en el exterior. En 2003 Lula da Silva hace posible que el Banco Nacional de Desenvolvimento Econômico e Social (BNDS), el mayor banco de fomento del mundo fuera de China, pueda prestar capital a las empresas brasileñas fuera de Brasil, práctica que no era permitida desde su fundación en 1952. El conglomerado empresarial favorecido tuvo un despliegue inédito que llevó a estos grupos a hacer negocios en más de 20 países, convirtiéndose en poderosas corporaciones multinacionales. Solo Odebrecht tuvo una facturación anual de 31.000 millones de dólares, y 130.000 empleados.

Sectores especialmente privilegiados fueron el de la industria automotriz y particularmente el sector de la construcción, donde solo 5 empresas concentran casi el 50% de la actividad:

Camargo Correa, Odebrecht, OAS, Queiroz Galvão y Andrade Gutierrez, con actividades en Argentina, Bolivia, Ecuador, Colombia, Guatemala, México, Panamá, Paraguay, Perú y Venezuela. Todas también con fuerte presencia en diversos países africanos. Su producción abarca múltiples áreas: construcción, energía, industria naval, minería, petróleo, ferroportuaria, transporte, frigorífica, agronegocios, alimentación e indumentaria.

Todas ellas tiene presencia en Argentina, los casos más emblemáticos fueron la venta de las tradicionales empresas Loma Negra, Alpargatas y  Cervecería Quilmes a capitales   brasileños, en el caso de Odebrecht los contratos para gasoductos, potabilización de agua, obtención de potasio y el controvertido soterramiento del ferrocarril Sarmiento.

En muchos casos fueron proyectos otorgados sin licitación, logrados con el abrepuertas crediticio del BNDES. En esta línea, amplios territorios de Paraguay, Bolivia y Uruguay fueron colonizados por empresarios de los agronegocios brasileños.

El fuerte crecimiento económico colocó a Brasil en el séptimo lugar entre los países con mayor PBI del mundo, generando un aumento del mercado interno, mejorando la capacidad adquisitiva de la clase media y sumando nuevos sectores de la población al consumo. Este es el momento de mayor popularidad del presidente Lula, lo cual le permite lograr la sede para el Mundial de la FIFA 2014 y los juegos Olímpicos de 2016. El festejo ocultó las condiciones leoninas que tanto la FIFA como el COI le impusieron a los organizadores, compromisos que afloraron años después con la realización de estadios e instalaciones con adjudicaciones de gigantescos presupuestos ligadas a actos de corrupción y sobornos.

El enfriamiento primero y la posterior crisis de la economía mundial, con la caída del precio de los commodities  afectó, como no podía ser de otro modo, también a Brasil, que pasó de una tasa de crecimiento del 7,5% en 2010 (en ese año la de EEUU fue del 2,5 %) a una negativa de -0,5% en 2014 y de –3,8% en 2015 /16, lo cual generó la ruptura de la conciliación policlasista. Quedó así expuesta la fragilidad de los acuerdos y las verdaderas contradicciones entre los intereses de los principales ganadores del crecimiento y quienes en la base de la pirámide recibieron el efecto derrame.

La  gran burguesía, que había aceptado pragmáticamente la tregua propuesta que les aseguraba una participación determinante en el modelo adoptado, rompe el pacto de gobernabilidad y queda al descubierto la falsa imagen de un país sin conflictos. La crisis tuvo su  correlato social con el aumento de la desocupación, que produjo un  rebrote de la violencia y condujo a  la quiebra a varios Estados, el más importante fue el de Río de Janeiro, donde se sumó un  clima de caos por el paro  prolongado de las fuerzas represivas.

Como era lógico, los del vértice superior exigieron medidas para sostenerse en su posición privilegiada y mantener su cuota de ganancia cortando el chorro hacia los de abajo. La ruptura inevitable de la alianza policlasista se consumó durante el segundo gobierno de Dilma, el intento del PT de seducir al sector financiero con la designación de Joaquin Levy, hombre del grupo Bradesco y del Banco Mundial, como ministro de hacienda en 2015, no alcanzó,  pero fue la señal clara, de cómo se pensaba salir de la crisis y quien debía pagarla. En ese momento la desocupación alcanzaba el 12%, 13 millones de trabajadores. El nuevo plan puso al descubierto la distancia entre las promesas electorales y los hechos. Después del golpe institucional de Temer, el ex vicepresidente del PT hizo el trabajo sucio y tomó las medidas más duras.

El triunfo de Bolsonaro también significará un viraje en la política exterior, con fuertes repercusiones regionales e internacionales. Prometió retirarse del Consejo de Derechos Humanos de la ONU, trasladar la embajada de Brasil en Israel a Jerusalén y adoptar una política de “cambio de régimen” para Venezuela. Su alineamiento con el gobierno de Trump abre un nuevo frente en la disputa estratégica comercial entre EEUU y China.

El futuro presidente declaró su admiración por Trump: “él quiere un Estados Unidos grande y yo quiero un Brasil grande”.[2] Habiéndole  ofrecido a Estados Unidos la base de Alcántara, en el norteño Estado de Maranhão recibió el parabién de Trump, que afirmó en un tuit que Estados Unidos tendrá “buenas relaciones comerciales y militares con Brasil”. Valdir Ferraz, hombre de confianza de Bolsonaro, viajó con frecuencia a Miami para recibir financiamiento e instrucciones del senador por Florida Marco Rubio, anticastrista de origen cubano que juega un papel clave en la política de Trump hacia América Latina. Ahora, con Bolsonaro, EEUU suma  un aliado decisivo  para nutrir planes de intervención en países latinoamericanos.

Por otro lado, China es el principal socio comercial de Brasil, con masivo consumo de materias primas exportadas en todo el ciclo económico de la década de 2000, especialmente la soja,  mineral de hierro y  también petróleo. El comercio bilateral entre China y Brasil fue de 75.000 millones de dólares en 2017, según estadísticas del gobierno brasileño.[3]

En paralelo, Bolsonaro visitó Taiwán en febrero pasado. Brasil y Taiwán no mantienen relaciones diplomáticas desde que Brasil reconoció a China continental como soberana de la isla taiwanesa en 1974. Bolsonaro fue el primer candidato presidencial del país en dar un paso tan significativo como esta visita. La Embajada China en Brasil reaccionó rápidamente y emitió un comunicado calificando el viaje como "una afrenta a la soberanía y la integridad territorial de China".[4]

Más allá del alineamiento político, EEUU y Brasil compiten económicamente, es lo que

Ruy Mauro Marini llamó “cooperación antagónica” para caracterizar esa relación que Brasil mantiene con EEUU, divergente y a la vez asociada.

En este aspecto habrá que ver cómo juegan los grandes empresarios que tienen importantes negocios con Beijing. La minera Vale ya hizo saber su desagrado con los exabruptos de Bolsonaro hacia China. La delicada situación económica de Brasil es demasiado sensible para arrebatos, prisionera como todos los países periféricos de las decisiones de los grandes centros del capitalismo globalizado.

El  neo-cretinismo parlamentario

Los votos a Bolsonaro expresan un fenómeno político mundial: el hundimiento de los partidos tradicionales a favor de los grupos y partidos de extrema derecha, quienes logran capitalizar la descomposición de la partidocracia autorreferencial, insensible, soberbia y ligada a distintas formas de corrupción.

El aislamiento de la dirigencia quedó en evidencia en 2013, cuando las protestas surgidas por el reclamo del movimiento “Passe livre” estallaron en multitudinarias marchas en las principales ciudades del país. A las reivindicaciones relacionadas con mejoras en el transporte público se fueron sumando la insatisfacción y el hastío ante las conductas y las prácticas de una clase política desprestigiada, autorreferencial, inmoral y predadora. Las marchas auto-convocadas que ocuparon día tras día las calles de todo el país durante meses reclamaban mejoras en la salud y la educación pública, que habían sufrido silenciosos recortes y reformas durante la última gestión del PT. La promesa de una tibia reforma política se deshilachó rápidamente, primó el blindaje a los privilegios de la élite apoltronada en Brasilia.

Los casos de corrupción afectaron a las principales agrupaciones políticas: PT, al Partido Social Demócrata Brasileño (PSDB) y al Partido Movimiento Democrático Brasileño (PMDB), al que pertenece el actual presidente Temer. La lista de procesados contiene un sinfín de funcionarios, seis ministros; los dos últimos candidatos presidenciales de la oposición, Aécio Neves y José Serra; y los presidentes del Congreso y del Senado. Las acusaciones se extendieron a 29 senadores, al menos a  40 diputados y a  tres gobernadores, relacionados fundamentalmente con  los  escándalos del Mensalão y luego del Lava-jato. Así quedó expuesta la metodología del todo vale con el fin de  gobernar, escudada en el eufemismo de dinero para hacer política. El diputado Eduardo Cunha sintetiza la figura del político mafioso. Iniciado en la política como miembro del conservador Partido de Reconstrucción Nacional (PRN), recibió diversas imputaciones por casos de corrupción en el gobierno de Collor de Melo mientras estaba al frente de la empresa de Telecomunicaciones del Estado de Rio de Janeiro. En el año 2000 debió renunciar a la Secretaria de Vivienda a causa de denuncias de irregularidades en contratos sin licitación y favorecimiento a empresas. Convertido al PMDB, principal aliado del PT, fue elegido diputado en 2006. Apodado “el Frank Underwood de Brasil” por su ascensión al poder sin escrúpulos, fue elegido presidente de la Cámara de Diputados en 2015, desde donde lideró la maniobra del impeachment contra Dilma. Su tiempo de gloria duró poco: inmediatamente después de la destitución de la presidente electa, siendo investigado dentro de la operación “Lava-Jato”, se le descubren cuentas en Suiza, donde escondió millones de dólares fruto de sobornos y además aparece ligado a varias offshores, según los Panamá Papers. Fue destituido en el 2016 y en el 2018 se lo condenó a 15 años de prisión por corrupción, lavado de dinero y evasión de impuestos.

Todos los partidos han recibido aportes empresariales, se trata de compañías que se beneficiaron de las grandes obras de infraestructura y la permisividad para la expansión de los agronegocios. Odebrecht ha sido el principal aportante a las campañas electorales del PT. De los parlamentarios electos en el actual Congreso, el 54% recibió algún apoyo de las constructoras.  En esta elección las corporaciones aportaron 470 millones de dólares para la elección de sus candidatos.

Según Latinbarometro, que realiza desde 1995, una encuesta anual de opinión pública que involucra a unas 20.000 entrevistas en 18 países latinoamericanos, apenas el 13% de la población brasileña se mostraba satisfecha con la democracia y 97%  sostenía que la democracia sirve para que los poderosos gobiernen en su propio beneficio. Una situación que se vuelve más frágil cuando se observa que en un contexto de desconfianza con relación a todo, 69% de los brasileños confiaban en las iglesias 50% en el ejército, 27% en el poder judicial y sólo 11% en el parlamento, 8% en el gobierno y 7% en los partidos políticos.

Casi 1.000 candidatos de las fuerzas públicas de seguridad, activas o retiradas, algunas de ellas mujeres, se presentaron a cargos electivos. Al menos 72 han sido elegidos diputados. La bancada de los militares y policías supera a la de la organización política con mayor representación en el Congreso Nacional, el Partido de los Trabajadores, con 56 legisladores.

La bancada que defiende el agronegocio, el Frente Parlamentario Agropecuario, posee más de 260 representantes. Los legisladores evangélicos, la llamada “bancada de la Biblia” tendrá más de 100. El Partido Social Liberal, al que pertenece Jair Messias Bolsonaro, que tenía hasta la última elección 8 diputados, a partir del año que viene será la segunda fuerza del Congreso, con 52 legisladores, sumando, además, tres gobernadores (no tenía ninguno).

La debacle de los partidos  históricos fue contundente: Henrique Mirelles del PMDB (ahora llamado MDB en un intento de lavarle la cara), el partido de Temer, obtuvo 1,2 %; el PSDB, la agrupación del ex presidente Fernando Henrique Cardozo que con la candidatura de Aécio Neves tuvo, en 2014, 33% en primera vuelta y 48% en la segunda, obtuvo con Geraldo Alckmin 4,8 %.

El parlamento no sólo se compone de las bancadas partidarias, sino de los intereses corporativos que defienden los diputados y senadores agrupados en las bancadas interpartidarias mayoritarias. La bancada del agronegocio defiende la deforestación del Amazonas y el uso de agrotóxicos. Están ahí para cuidar  los intereses de los latifundistas, quienes  mantienen la mayor concentración de propiedad privada de tierra del planeta, el 0,92% de los propietario poseen el 45% de la tierra del país, mientras que solamente el 2,3% de la tierra pertenece a los pequeños propietarios, los dueños de la tierra viven del trabajo esclavo y apoyados en  los guardianes que defienden sus dominios a sangre y fuego. La bancada de los evangélicos activa contra el aborto legal, la igualdad de género, la diversidad sexual, el casamiento igualitario, exige la educación religiosa en las escuelas públicas y plantean que en la universidad se debe enseñar el creacionismo a la par de la teoría darwinista de la evolución.

Los miembros de la llamada “bancada de la bala”, formada por militares, policías o defensores de la violencia represiva del Estado, lucha activamente contra el Estatuto del Desarmamento. Sostienen que la población civil debe tener derecho a portar armas y a utilizarlas en legítima defensa.

Bolsonaro gobernará con la aquiescencia de estas  tres bancadas dominantes en el parlamento,  él es militar, evangélico y promotor del agronegocio contra los campesinos pobres y los ambientalistas. Sus atributos le permitirán amplia sintonía con “los representantes” que habitan el Palácio Nereu Ramos de Brasília. Esta triada es el núcleo básico, aceitado por la elite empresarial, que decidió acertadamente que el energúmeno autoritario era el candidato para frenar el retorno del PT. El odio de los blancos ante el avance de la negritud en áreas claves como la educación pública, encontró así su tiempo de revancha. Aunque ese cambio nunca  llegó a la política, de los 513 diputados sólo hay 20 que se declaran negros y  de los 81 senadores apenas dos que se declaran negros.

El Brasil mestizo, el sueño de Pedro Archanjo, el mulato protagonista de la Tienda de los Milagros de Jorge Amado, está aún más  lejos de realizarse.

La violencia divina

El peso de la corporación militar, que nunca se replegó, es consecuencia del ocultamiento de los crímenes durante la dictadura, de la ausencia de memoria colectiva sobre ese periodo. Las nuevas generaciones desconocen y las mayores olvidan cómo fue el accionar de las FFAA. La paradoja es que Bolsonaro y sus congéneres son quienes, al apologizarla, la traen al presente reivindicada.

La presencia de una tradición de planeamiento en manos militares fue ratificada en 2004, cuando Lula da Silva crea la Secretaría de Asuntos Estratégicos. Pocas personas como el coronel de la reserva Oswaldo Oliva Neto encarna la alianza entre el Estado, los grandes empresarios industriales brasileños y los militares. En poco menos de tres años, Oliva Neto fue el responsable de la intermediación de los dos mayores contratos en el sector de defensa realizados en Brasil en las últimas décadas: la compra de los helicópteros franceses EC-725 y de los submarinos, también franceses, Scorpéne. Los dos negocios movieron más de 20 mil millones de dólares, incluida la construcción de un enorme astillero en el Estado de Río de Janeiro. El Ejército prevé invertir casi 90.000 millones de dólares hasta 2030 en modernización y ampliación de efectivos. Cuando finalice el proceso de relocalización y reestructuración, sumaría 59.000 nuevos efectivos a los 210.000 que tenía a fines de la década de 2010. En 2013, Suecia recibió el encargo de 36 aviones supersónicos para la renovación de la flota de la FAB (Fuerza Aérea Brasileña), una transacción de 5.400 millones de dólares. Franceses y chinos fueron los favorecidos para atender los programas de satélites espaciales. Cuatro nuevas corbetas para la Marina fueron adquiridas en un contrato de un valor de 1.600 millones de dólares. Todas estas operaciones fueron intermediadas por militares. Al mismo tiempo, los gastos militares y en represión interna crecen año a año y ubican a Brasil dentro de los 11 países de mayor presupuesto destinado a ese fin. A pesar del papel activo  que les concedió a los militares el PT  durante su gobierno, queda claro de qué lado están. El comandante del Ejército interventor del estado de Rio de Janeiro, el general Villas Bôas, la semana anterior al juzgamiento del habeas corpus de Lula, que decidiría sobre  su prisión inmediata, amenazó  con  “actuar en caso de impunidad” y manifestó que el “ejército estaba atento a sus misiones institucionales”. Fue el aval fáctico al golpe y fraude electoral que mantuvo preso a Lula.

El avance de los neo-pentecostales en Brasil no puede considerarse una sorpresa. Se diferencian  de las primeras iglesias evangélicas de base europea que arribaron a América, y de los baptistas de Martin Luther King; los evangélicos neo-pentecostales brasileños toman como modelo a sus fundamentalistas  parientes norteamericanos, poniendo énfasis en la guerra espiritual, se nuclean ante líderes carismáticos, realizan una fuerte oposición a los grupos no cristianos, predican la teología de la superación, hacen uso intensivo de los medios de comunicación y medios electrónicos y participan activamente en la vida social y política. En Brasil, tienen 43 millones de fieles, más del 20 \% de la población, cuentan con 20 canales de televisión de alcance nacional, 40 radios, varias editoriales y discográficas. También tienen una activa fuerza beligerante: algunos grupos como los “Gladiadores del Altar” visten ropas militares y usan armas de fuego.

Durante la década 2000-2010 la presencia de los evangélicos en el Congreso aumentó un 61%. En 2014 ya tenían 75 diputados. La Assembleia de Deus y la Iglesia Universal do Reino de Deus son las más numerosas, con 40 parlamentarios. En el nuevo parlamento tendrán 199 diputados y 4 senadores.

En el camino de su errática política de alianzas y con el objetivo de atraer a los evangélicos, Dilma designó como ministro de Agricultura y Pesca a Marcelo Crivella, del derechista Partido Republicano,  obispo de la iglesia Universal do Reino de Deus, sobrino del popular televangelista Edir Macedo. Macedo, dueño de la cadena televisiva Record, fue investigado bajo sospecha de haber enviado dinero ilegalmente a los paraísos fiscales por medio de las empresas Unimetro y Cremo. La promesa de Dilma, en su segunda presidencial, de no tratar los temas del aborto y el matrimonio igualitario no logró impedir que la bancada evangélica votara en bloque a favor del impeachment y la destituyera.

Existen múltiples razones que explican el crecimiento de la influencia evangélica. Podemos citar la plasticidad para adaptarse a cualquier terreno frente a la rigidez estructural de la iglesia católica, o la utilización de todas las vías para la conversión de nuevos fieles, desde el cotidiano cuerpo a cuerpo hasta el manejo de todos los recursos multimediáticos. También es relevante el perfil familiar que ofrecen a sus fieles, donde todos son hermanos y hermanas, y el hecho de que los pastores tienen mujer e hijos, algo que es también un objetivo de vida para la mayoría de los ciudadanos. Al mismo tiempo, los evangélicos promueven un mensaje sanador de cuerpo y alma, que invoca a Dios, pero para una vida mejor aquí en la tierra, para lo que cuentan con enormes recursos económicos que les proporciona el llamado “negocio de la fe”; aparte del diezmo, promueven las empresas evangélicas especialmente creadas para enlazar una  relación de producción y consumo. Pero no puede obviarse, para entender su crecimiento, que lograron ocupar el espacio vacío que dejaron entre los más pobres los seguidores de la Teología de la Liberación de las décadas de 60 y 70, perseguida y desmembrada por el accionar anticomunista del papa Juan Pablo II. A esta maniobra de extinción se sumó, a partir de la década del 2000, los repliegues de las organizaciones sociales y la militancia, confiados y disciplinados tras la política asistencial desde el Estado.

El PT y la izquierda, una bitácora vacía.

Si algo ejemplifica la deconstrucción del PT, que en 2002 ganó la elección presidencial con el 61% de votos, son las imágenes que mostraban la sede del Sindicato Metalúrgico en San Pablo, durante la prisión de Lula. En este mismo lugar desde donde surgió el mito de quien sería el primer y único presidente obrero de Brasil, sólo algunos miles de militantes resistieron y terminó preso y  proscripto como candidato. Lejos estaban las multitudes que en los años 80 lo ungieron esperanzados como líder en el corazón proletario de San Pablo. La apuesta a que el tema se resolvería en el plano institucional, primero en el Congreso y luego en el poder Judicial, demostró que no hubo alternativa de lucha frente  un territorio elegido por el enemigo. La destitución de Dilma y la prisión de Lula, impensadas un lustro atrás, se concretaron sin estallidos y por tanto con un costo político mínimo para los golpistas.

“Yo voy a elegir mi sucesor. No puedo decir quién es, pero les puedo asegurar que hay muchas posibilidades de que sea una mujer” declaró Lula en 2008.[5] Así fue ungida Dilma, acompañada por Michel Temer, como consecuencia de la decisiva alianza del PT con el PMDB, en ese momento el segundo partido más importante del país. Partido que también fue aliado del gobierno neoliberal de Fernando Henrique.

La verticalización de la política del líder infalible, reemplazó al debate y la democracia partidaria, significó el apoyo cerril y sin cedazo. Toda capacidad crítica fue acallada a cambio de puestos y beneficios. Aquellos que pensaban diferente no fueron tolerados

La consigna de “Agora é Lula” de la campaña del 2002 dejó paso a la de “Deixem o homem fazer”, que marcó su reelección. Esta metodología se expresó nuevamente en la reciente elección del candidato "bendecido” por el líder: “Hadad es Lula”.

En los últimos 15 años el PT tejió una urdimbre de alianzas con fuerzas políticas reaccionarias y oportunistas para lograr una gobernabilidad cada vez más vacía de contenidos, que finalmente se transformó en un objetivo en sí mismo. En ese camino el PT decide abandonar su prédica socialista, los proyectos de transformación social radicales, moderar su discurso y ser un partido de la conciliación, del pacto social que garantizaría el orden institucional frente a un momento en que la desigualdad social amenazaba con quebrarlo.

El proyecto de Brasil potencia se apoyó en la rapaz e inescrupulosa corporación empresarial, que terminó arrastrando al PT al inevitable descrédito, parafraseando al tango de Discépolo “revolcaos en un merengue, terminaron, en un mismo lodo todos manoseaos”.
La corrupción dejó de ser una simple disfunción particular, y confirmó la esencia sistémica del fenómeno. De los 4 últimos presidentes electos en Brasil, dos sufrieron impeachment y uno está preso. Solo Fernando Henrique salió ileso, protegido por un blindaje político mediático, a pesar que su reelección fue parte de un escandaloso esquema de favores corporativos negociados.

Un caso emblemático de los compromisos del PT es el de la represa de Belo Monte, la central hidroeléctrica que se está construyendo en el río Xingú, en el estado de Pará, con un costo estimado de 18 mil millones de dólares, la tercera más grande del mundo después de Itaipu y Tres Gargantas en China. En una carta dirigida al presidente Lula, los indígenas kayapó declararon: “No queremos que esta presa destruya los ecosistemas y la biodiversidad que nosotros hemos cuidado durante milenios, y que queremos preservar”.

En la campaña electoral de 2002, Lula, respondiendo a ese reclamo nacional e internacional, se manifestó claramente contra el proyecto Belo Monte, pero poco después comenzó a defender la obra que significó la expulsión de unas 50.000 personas entre indígenas y campesinos, la inundación permanente de parte de la ciudad de Altamira y 19 aldeas, afectando a nueve pueblos indígenas, además de la modificación radical de la vida en la región por la disminución del cauce en un 80% a lo largo de 100 km.

En la construcción de la megaobra participan las tres principales constructoras de Brasil: Odebrecht, Camargo Corrêa y Andrade Gutierrez. En 2011, en la represa de Jirau, en Rondonia, se generó el levantamiento de una parte de los 20.000 trabajadores que trabajaban en su construcción, evento que se conoció como la “revuelta de los peones”[6]. Los trabajadores iniciaron una protesta por las humillantes condiciones de trabajo a los que eran sometidos por la constructora, encabezada también por Camargo Correa. La protesta fue reprimida y hasta hoy no se sabe cuántas personas fueron muertas o heridas, ya que no se permitió la entrada de la prensa. En ambos casos la  principal central de trabajadores, la otrora combativa CUT no jugó a favor de los oprimidos. Ahora para enfrentar las nuevas condiciones, con el músculo atrofiado, deberán desandar su largo camino de letargo. Tampoco es ajeno a la desmovilización el cambio de roles de parte de la dirigencia del movimiento sindical que con la llegada al poder del Partido de los Trabajadores, se integró al mercado financiero por medio de la administración de los fondos de pensión. El sociólogo Francisco de Oliveira sostiene que se trata de “una nueva clase social” formada a partir del “control del acceso a los fondos públicos y la capacidad que le otorga el conocimiento que tiene del “mapa de la mina”.[7]

La represión no es un producto del breve gobierno de Temer. Durante las presidencias del PT, continuó la actividad punitiva en la favelas por parte de la policía y fue el instrumento para contener la protesta, como ocurrió durante las huelgas docentes-estudiantiles del 2012, teniendo como saldo profesores golpeados y gaseados, la represión contra quienes protagonizaron las marchas del 2013 o contra quienes denunciaban los negociados del mundial de la FIFA en 2104 y se oponían al desalojo forzado de favelas, la limpieza social de los llamados indeseables de la copa y las olimpíadas y a su plan de remoción y gentrificación, que aprovechando el evento, favoreció a los grandes operadores inmobiliarios.

Quién construyó el reduccionismo político de hacer política desde el Estado y confiar en los resultados electorales como el excluyente y volátil camino para mejorar la situación social, ahora sostiene que millones de trabajadores que votaron a la ultraderecha, abrumados por la violencia criminal y la crisis se fascistizaron por el accionar conjunto de los evangélicos, los medios, la justicia y el imperialismo. Sin subestimar el peso de los poderosos recursos puestos en juego a favor de Bolsonaro, habría que preguntarse por qué votaron de esa manera y hace cuatro años 54 millones le dieron su voto a Dilma. Peor aún es la idea facilista que sostiene que siempre fue una sociedad fascista. Si es así, vuelvo a la pregunta inicial que requiere un replanteo profundo: ¿Por qué se mantiene después de 14 años de gobierno petista?

Una aproximación al desfasaje entre el discurso y la realidad que aqueja al progresismo y parte de la izquierda latinoamericana puede leerse en la Declaración Final del XXI Encuentro del Foro de São Paulo, FSP, en la Ciudad de México del 1 de agosto de 2015. “En el momento actual afloran  elementos políticos de la mayor importancia. Uno de ellos es la indiscutible continuidad en el avance de las fuerzas progresistas y de izquierda en América Latina y el Caribe” y agrega más adelante  “Después de veinticinco años de la creación del FSP, una de las experiencias más exitosas y unitarias de la izquierda en la región latinoamericana y caribeña y en el mundo, el balance de la situación política en la región es favorable a las fuerzas políticas que lo componen”.[8]

En diciembre de ese año ganaba Mauricio Macri, dos años antes, Horacio Cartes del partido Colorado era elegido presidente en Paraguay, en 2017 Piñera fue reelegido en Chile. Lenin Moreno, ex vice de Correa, una vez electo presidente, persigue judicialmente a su mentor. En 2016 asume en Perú Pablo Kuczynski, un hombre del FMI que luego deberá renunciar involucrado en el caso Odebrecht. La elección de Bolsonaro es el más reciente y gravísimo eslabón de una cadena que se soltó de la rueda de un progresismo incapaz aún de mirarse autocríticamente, que un breve periodo pasó del panegírico a los pueblos al escarnio de la multitud manipulada.

En esa dirección vale recordar que, a pesar de los positivos  pasos para sostener una línea de independencia frente al histórico alineamiento con EEUU, la proclamada unidad continental no alcanzó para construir un frente común contra el gravoso peso de la deuda externa, que individualmente siguieron pagando todos los gobiernos de la región.

Ninguno de los planes del PT, que mejoraron el cotidiano  de millones, generó ni auto-conciencia ni auto-organización, por el contrario naturalizó una subjetividad adaptativa, pasiva frente a lo dado por la sociedad capitalista. Al Estado se le puede pedir la bolsa familia o exigir mano dura ante la violencia, un crédito favorable  o que haga  limpieza social de los indeseables. Al confiar en los liderazgos individuales, se alimenta la cesión incondicional de soberanía  a favor de quienes ejercen el poder desde la centralidad del Estado, lo cual  produce sujetos sumisos, permeables a todos los mecanismos con los que el capital metaboliza el cuerpo social para garantizar su reproducción. El consumismo, la apología del objeto sobre los sujetos, sólo crea  más deseo de consumir, no genera conciencia ni subjetividad transformadora, fortalece la lógica patrimonial individualista e insolidaria. La práctica de pensar que en política cada sujeto es solo un voto y no parte de una comunidad capaz de tomar en sus manos las decisiones sobre sus vidas, lleva, en la era digital, a transformarse en víctimas virtuales del algoritmo caníbal que decide por ellos.
Deberá  emerger una nueva  manera de hacer política, autónoma, desde abajo y anticapitalista, que recupere la dignidad y una ética que elimine las prácticas oportunistas de la partidocracia, justificadas en supuestos fines teleológicos,  construir un hacer que sume acción colectiva, una subjetividad reflexiva, conciencia, discurso, experiencia y saberes, de lo contrario lo reprimido tenderá siempre  a ser invisibilizado, sin voz y sin nombre, condenado a ser subordinado y sometido.
¿Por qué frente a la crisis en curso no aparecieron otras opciones? El accionar ante el peligro se vio forzado a la respuesta defensiva de sostener lo existente ante el avance de la ultraderecha. La alternativa superadora por izquierda no existió. En una mirada más amplia, es preciso reconocer que la caída de la URSS y de los regímenes de Europa del Este, las reconversiones de las revoluciones del siglo XX y la frustración de los intentos más recientes, se viven como el fracaso del socialismo. La lógica dominante de “no hay salida fuera del capitalismo” no solo fue impuesta por la derecha, la izquierda devenida en progresismo reformador alimentó esa consigna que se transformó en el brete al que condujo el posibilismo del capitalismo con rostro humano.

El impacto de lo que sucede en Brasil es gravísimo y sus consecuencias vienen cargadas de oscuros presagios. El riesgo es que nuestros reflejos sigan entumecidos. Se tardó demasiado en evaluar el impacto que produjo la implosión del llamado “socialismo real” de la Unión Soviética y de la caída del muro. Después de mucho tiempo de mirar para otro lado y frente los escombros del derrumbe, que ya no caben bajo la alfombra, debilitadas las esperanzas y las utopías, el riesgo es que el desespero y la sensación de impotencia conduzcan sin alternativa a la resignación y a  la parálisis. Las valiosas resistencias, habidas y por haber, a la barbarie del orden imperante, incluida en Brasil, la esforzada arremetida final de la campaña del “Ele Nao”, deberían replantearse ir más allá de sobrevivir, proyectándose hacia nuevas resistencias para el cambio social.

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 


* Este artículo fue escrito por el autor para este número de Herramienta

** Silvio Schachter integra el Consejo de Redacción de Herramienta

[1] Enzo Traverso, Espectros del fascismo, Pensar las derechas radicales en el siglo XXI
 https://www.herramienta.com.ar/articulo.php?id=2555
 

[2] Clarin: Campaña en Brasil https://www.clarin.com/mundo/jair-bolsonaro-declara-admirador-donald-trump-politica-migratoria_0_b1niStE8c.amp.html

[3] Cebec Brasil,Comercio bilateral Brasil China informativo 89 – janeiro  2018  http://www.cebc.org.br/sites/default/files/b_ed_89_2017_edicao.pdf

[4] Sputnik Mundo: China  le para los pies a Bolsonaro  https://mundo.sputniknews.com/.../201810301083073987-global-times-advierte-bols

[5] Clarin: 08/09/2008 :https://www.clarin.com/ultimo-momento/lula-voy-elegir-sucesor-posible-mujer_0_SknMyzh0Ttx.htmlLula:
 

[6] Raul Zibechi, La rebelión obrera de Jirau, la Jornada, 08/042011 http://www.jornada.unam.mx/2011/04/08/index.php?section=opinion&article=023a2pol&partner=r
 

[7] Francsico de Oliveria: El ornitorrinco,Ed. Boitempo 2015, cit. por Sergio Lazzini en Capitalismo De Laços

[8] Foro de Sao Paulo :Web oficial //forodesaopaulo.org/declaracion-final-del-xxi-encuentro-del-foro-de-sao-paulo-en-la-ciudad-de-mexico-df/