Valor, precio y tiempo en el primer tomo de El capital

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Por Guillermo Rochabrún

¿De qué se trata?

En medio de todas las hipertrofias financieras que han recrudecido últimamente, el valor que proviene del trabajo vivo sigue siendo –para su bien y para su mal– el ancla por la cual la economía capitalista no puede elevarse íntegra ni indefinidamente en la estratósfera del capital ficticio. Y también es la corteza terrestre hacia la cual se precipita en la crisis.

En este artículo busco examinar esta tesis en los marcos del tomo I de El capital. En su recorrido retomo los peldaños iniciales, destacando las peculiaridades del tiempo en la economía capitalista; en particular, su capacidad para retener el tiempo pasado y capturar el tiempo futuro, haciendo un contraste con mundos no mercantiles. Continúo luego examinando fenómenos “anómalos” que aparentemente escapan a la relación precio-valor-tiempo de trabajo, para sostener finalmente que la ecuación entre valor y precio es un imposible real que las crisis revelan periódicamente.

Si bien he procurado reconstruir y desarrollar el pensamiento de Marx, al cual si me adhiero es debido a la solidez de sus fundamentos, ello no significa ceñirme de antemano a textos que, como los suyos, nunca fueron definitivos.

Tiempo e historia

La proposición según la cual la magnitud del valor de la mercancía depende del tiempo de trabajo socialmente necesario es fundamental para todo El capital. Sin embargo es poco lo que en él se encuentra para explicitar el significado del tiempo en todos sus alcances. ¿De qué tiempo se trata? ¿Es simple y llanamente el del trabajo vivo?; ¿es que el tiempo pasado y el tiempo futuro pueden “actuar” en el presente? A fin de cuentas, ¿cómo funciona el tiempo en el capitalismo? Si en el capitalismo el capital es la “potencia económica de la sociedad burguesa que todo lo domina” (Marx, 1976b: I/28), debe exigir que todo fenómeno se transforme “a imagen y semejanza” de la mercancía o del valor, y en ello el tiempo debe estar presente.[1] ¿Pero es efectivamente así?

Habrá que empezar entonces por el comienzo. ¿Cómo llega Marx al tiempo, con el contenido que él le confiere? No es solamente porque retomó las categorías de Smith y Ricardo, sino porque entendió la vida humana como historia. Es historia porque los seres humanos deben inventar y establecer una forma de vida colectiva. En concreto, deben producir usos para su tiempo, pues carecen de un equipo instintivo que les determine cómo (sobre) vivir. Por tanto, como dimensión de la vida social, el tiempo es el corolario de la carencia de un equipo instintivo, la cual es compensada con la presencia de un rasgo “supletorio”: la creación consciente de acciones teleológicas. Y como la vida humana es gregaria, no se trata solamente de la distribución del tiempo que haga cada individuo, sino de cómo sus tiempos se entrelazan formando algún sistema; de cómo los seres humanos dedican unos a otros segmentos mayores o menores de sus tiempos –de sus vidas– según las relaciones sociales que establezcan entre sí. La vida de los seres humanos es un acto de permanente creación y puesta en práctica de formas de uso conjunto del tiempo, sean estas igualitarias o jerárquicas, armónicas o conflictivas:

En todos los tipos de sociedad necesariamente hubo de interesar al hombre el tiempo de trabajo que insume la producción de los medios de subsistencia, aunque ese interés no fuera uniforme en los diversos estadios del desarrollo (cf. Marx, 1976a: I/87s.).[2]

Examinemos entonces en qué consiste la relación trabajo, tiempo y valor en la producción capitalista de mercancías.

Trabajo, tiempo y valor

Solamente bajo relaciones privadas –es decir, entre sujetos socialmente definidos como autónomos– emana valor del trabajo, y plusvalor cuando es asalariado, figurando el tiempo como su medida. Sin embargo esta “propiedad” del trabajo privado es socialmente invisible.[3] ¿Qué quiere decir esto? Si el siervo entrega una parte de su producción al señor feudal, salta a la vista que si ese producto es renta, ello se debe a la relación servil, la cual es una relación entre personas. En cambio, el carácter mercantil del intercambio parece derivar del objeto mismo.

Por definición, el trabajo privado no tiene existencia colectiva inmediatamente reconocible; por ello se hace tangible solo mediante una manifestación externa, refractada y bizarra de sí mismo: el valor de cambio, o precio, cuando el producto es intercambiado –y solamente ahí–. La forma valor queda así impresa en los productos del trabajo como resultante de las relaciones de igualdad, libertad y propiedad establecidas entre los productores. No es que todo “trabajo” de por sí cree valor, el cual se incorporaría al objeto como tal; para que así funcione debe estar entramado en esos nexos sociales.

En la producción de mercancías, el trabajo concreto, delimitado por una especialización-que-individualiza, tiene como corolario la indispensabilidad del intercambio de productos. A diferencia de lo que ocurre dentro de una unidad productiva, se trata de una “división social del trabajo” no conscientemente organizada, sino espontánea y anárquica.[4] A través del intercambio se revela que el tiempo –tiempo social conferido a los productores individuales–, como tiempo de trabajo abstracto, deviene en el único vínculo posible, y a su vez invisible, que puede resolver, “solucionar” el aislamiento inserto en esa división del trabajo, y a su vez sin abolir dicho aislamiento.

Todo mundo social es una gran burbuja de tiempo, que se “respira” colectivamente. En la producción de mercancías el tiempo social queda asignado bajo el control de cada productor, como tiempo privado, pero además como tiempo de trabajo.[5] Por tanto, cada cual dependerá de lo que haga con “su” tiempo. Luego los productores deberán entrelazar sus tiempos a través del intercambio de sus productos “respirando” tras el intercambio el producto –valores de uso– de tiempos de trabajo ajeno. El tiempo de trabajo viene a ser así el “nexo social” abstracto e invisible entre los productores.[6] El tiempo “se viste” de valor, y los valores corresponden al tiempo de trabajo socialmente necesario.

Esta cláusula es indispensable para no perder de vista que, aunque bajo una forma individualizada, acontece un acto social. Este asume la forma de una relación entre cosas a través de la competencia y el regateo; así se establecen condiciones y un nivel de productividad promedio. Será en el intercambio que el trabajo privado (valor) obtendrá (o no obtendrá) su reconocimiento como trabajo socialmente necesario (precio)[7].

Mediante ensayo y error –el mercado-, los precios se alinean aproximándose a los valores; unos por encima, otros por debajo. De este modo, la suma de los precios iguala a la suma de los valores.

¿La suma de precios es igual a la suma de valores?

¿Pero qué puede significar esta proposición? Al fin y al cabo, nadie mide su tiempo de trabajo para fijar el “valor” de sus productos, y menos todavía pregunta por los tiempos de trabajo de sus competidores e intercambiantes. Si no hay instancia que pueda dar fe de “suma de valores” alguna, si lo único que se percibe del valor de las mercancías es su valor de cambio, solamente podríamos tener la suma de precios. ¿Por qué no apelar entonces a la oferta y la demanda? ¿De dónde sospechar que el intercambio funcionaría “equilibrando tiempos”? ¿Por qué aceptar la existencia y la función de una instancia invisible –el valor– que sin poder ser medida definiría equilibrios y desequilibrios?  Por último, ¿cómo hay objetos con precio, si no contienen trabajo?[8]

Digamos para empezar que Marx no ignoraba estas objeciones, o que incluso es posible que se las haya hecho él mismo. Si algo muestran sus escritos es que cada afirmación suya era resultado de una lucha permanente: las antípodas de una “verdad revelada”. En algunos casos sus respuestas son conocidas. Resumámoslas. Frente a la confrontación entre oferta y demanda, Marx responde que ella puede explicar las oscilaciones de los precios, pero no el nivel en el que se equilibran. Si bien este contraargumento no “demuestra” la teoría del valor, le abre una posibilidad, mientras aparta al par oferta/demanda del centro del análisis hacia algún otro lugar.

Por otro lado, para Marx es totalmente claro –como lo fue para Adam Smith– que la circulación de mercancías no es una economía pro-igualitaria, sino el reino del más acendrado egoísmo:[9] solamente a través de la disputa entre tiempos de trabajo individuales se establece e impone un tiempo “socialmente necesario”.

Pero, a mi juicio, la noción misma de valor, y sobre todo su relación con el tiempo, no recibieron una explicación exhaustiva pese a ser muy necesaria. Lo manifiesta la extraordinaria carta de Marx a Ludwig Kugelmann (11 de julio de 1868), cuyo argumento solo aparece de manera muy velada en El capital, pudiendo haberse incluido en la edición de 1873, o en la edición francesa (1875). Entonces, ¿qué cabría agregar?

El capital como tiempo retenido y capturado

Como veremos, es algo característico del capital su capacidad para a) retener, conservar el trabajo pasado, sea en el valor del capital constante que se preserva al transferirse, o inclusive en el valor de cualquier mercancía comprada que pueda revenderse; y b) para capturar el trabajo futuro, arrastrándolo al presente a través de la deuda. Esto la muestra como una economía del tiempo muy distinta de cualquier otra. Si bien la deuda monetaria no es un mecanismo exclusivo del capitalismo, en este, tanto en sí misma como en relación con la “economía del tiempo” en su conjunto, cobra modalidades singulares. Veamos esta singularidad del capital.

En cualquier espacio histórico-social los procesos de trabajo producen diversos valores de uso en magnitudes determinadas, más o menos previstas. Se trata de lo que podríamos llamar “existencias” o stocks. También está previsto su curso posterior: a quiénes están destinados y en qué condición. Es así igualmente en una economía capitalista, con un agregado clave: la producción es continua; más aún, es ininterrumpida, como también lo es la circulación de las mercancías y del dinero en sus distintas formas y funciones. Estamos ahí ante flujos: magnitudes que se evalúan en razón de unidades de tiempo, ya sean minutos, años o décadas; no ante meras “existencias”, sino ante velocidades: cuántas unidades, y a qué valor, son (producidas, vendidas, transadas) en un lapso determinado. Se trata de flujos de un tiempo aprisionado (trabajo pasado) y de un tiempo en movimiento (trabajo vivo, presente).

Si vamos a un plano histórico comparativo, ahí donde el comercio u otras formas de intercambio no existen o su vigencia se restringe a ciertos momentos, lo más visible son los stocks. Las imágenes literarias de gobernantes dueños de tesoros fantásticos están concebidas desde los stocks. Así, aquí está la yuca para hacer el masato. He ahí el masato que está siendo elaborado por las mujeres. Esos son los depósitos de masato vacíos después de los rituales. A lo sumo se emprenden esporádicos viajes para conseguir bienes importantes que no se producen localmente, o para ofrendarlos. Es la entrega a los incas del “spondylus” –un molusco marino de gran tamaño, propio de temperaturas cálidas del océano Pacífico– a cambio de protección. Viene a ser un objeto sumamente valioso, inclusive considerado vital, mientras carece de cualquier “valor mercantil” e inclusive de “valor de uso”, tal como se entiende a propósito de la mercancía. Inclusive ahí donde hay intercambios regulares, los mercados se organizan solamente para ciertos momentos, como los mercados semanales o las ferias anuales. Concluido el intercambio, de él no queda huella; hasta el espacio físico pasa a tener otros usos.

En suma, en sociedades sin intercambio mercantil el tiempo no fluye, como casi tampoco fluyen los bienes: el tiempo no puede ser ¡retenido y acumulado! En cambio, la mercancía capitalista es, antes que nada, un movimiento del valor que se detiene solamente para volver a desplazarse, conservándose. La riqueza capitalista, sin dejar de ser “un inmenso cúmulo de mercancías”, es su flujo incesante y en metamorfosis permanente, de modo que el capital solamente puede continuar existiendo mientras el movimiento persista.[10]

El valor se crea y se transforma, pero (así nomás) no se destruye

Examinemos esta capacidad del capitalismo para “retener el tiempo”. Para apreciarla claramente veamos el planteo que hiciera Georges Bataille en su libro La part maudite (1949).[11] Bataille sostiene que, salvo en el capitalismo, las sociedades destruyen el “excedente”, por lo general a través de prácticas rituales. Más aún, lo que es considerado “excedente” es definido con anterioridad a lo “necesario”, de modo que más bien este último sería lo que “sobra”. Bataille construyó esta idea tras conocer el potlatch practicado por los kwakiutl, población aborigen de la costa del Pacífico, entre EE.UU y Canadá. Si bien su interpretación ha recibido numerosas críticas y explicaciones alternativas, lo que interesa para nuestra exploración es que, en la explicación de Bataille, esa práctica impide que los bienes se acumulen. La sociedad se “libera” de la riqueza, sea mediante su destrucción ritual, el consumo, o el regalo. Luego del potlatch, hay que volver a empezar. Téngase en cuenta que la destrucción puede incluir no solamente bienes de consumo, sino también viviendas y casi cualquier tipo de bienes.

Por el contrario, en la producción capitalista una parte sustancial del valor producido se conserva, inclusive tras el consumo del valor de uso: los medios de trabajo se desgastan en tanto que tales, pero como capital fijo su valor se preserva al transferirse a un nuevo valor de uso, y su valor regresa como dinero tras la venta. Con la venta, el valor de uso de las mercancías abandona la circulación y hasta desaparece físicamente en el consumo, pero su valor permanece en la circulación, para reingresar luego a la producción. No olvidemos que el valor-capital no es un gasto (que se pierde), sino un adelanto, puesto que regresa al punto de partida.[12] Si hiciésemos un símil con la clásica proposición de la Física, diríase que el valor se crea y permanentemente se transforma. Y solo se disipa cuando sus metamorfosis sufren una interrupción definitiva: por su destrucción física (no por su consumo) o por su desvalorización en las crisis.

En ese sentido, fenómenos como el “gasto social” del Estado Benefactor, o el gasto capitalistamente improductivo en general, no equivalen al potlatch de Bataille, porque los valores siguen existiendo bajo nuevas formas y regresan al circuito económico. Obviamente, no es “lo mismo”, desde el punto de vista capitalista, destinar valor a gastos sociales que a la inversión de capital, pero esos gastos implican la compra de mercancías capitalistamente producidas que de esa manera valorizan capitales particulares. La diferencia consiste en que ciertas mercancías –por ejemplo, las que se emplearon para construir un parque público– no pasan a ser capital constante que deba ser valorizado y el parque mismo escapa a la condición de mercancía. Valores que de ser capital buscarían “saciarse” en plusvalor –lo cual sería el caso si el parque fuese una empresa capitalista–, bajo estas otras formas quedan “esterilizados”.

Ahora bien, la producción capitalista es incapaz de sostenerse por el solo trabajo presente. Si el trabajo vivo no puede funcionar como determinación del capital sin trabajo pasado, acumulado bajo la forma de capital constante, tampoco funciona sin recurrir al tiempo futuro: trabajo todavía no realizado, invocado desde el presente a través de la deuda. En ciertos casos, estos requerimientos pueden ser inocuos: la nueva producción requiere invertir los valores de mercancías ya vendidas al consumidor final, pero su valor no se ha hecho efectivo porque el comprador pagará a plazos. Ante esa brecha, el productor requiere “capital de trabajo” por lapsos breves y en magnitudes determinadas por la producción misma. El dinero prestado funciona entonces como capital productor de interés; cuando aquellas mercancías sean pagadas y el préstamo sea devuelto, actuará como medio de pago.

Sin embargo, aquí la deuda equivale a un valor ya producido. La situación es totalmente distinta cuando hay un endeudamiento antes de que producción alguna se haya dado. O cuando se trata de compras especulativas de acciones y “derivados financieros” donde se intenta hacer ganancias en lapsos menores a la velocidad del capital productivo o comercial, buscando ganar por diferencia de precios entre la mera compra y la venta. Comprar títulos especulativamente en momentos de alza es asumir que esta continuará, pues la ganancia que se pueda obtener depende exclusivamente de ello. Se apuesta a que los capitales representados en dichos valores van a tener ganancias. Sin embargo en algún momento el curso de las cotizaciones se va a revertir. ¡Y eso lo saben todos![13]

En cuanto a los fenómenos que escapan al valor-trabajo, claro está que Marx no los ignoraba.[14] Pero examinemos en qué consisten. Como vimos en la metáfora de la burbuja de tiempo, ella es producida mediante el trabajo, mientras que la “respiración” –el consumo– ocurre tras distribuir el producto a través de la circulación. En promedio, cada cual va a “respirar” (consumir) según la cantidad de oxígeno que ha producido, aunque consuma del trabajo producido por sus intercambiantes. Si de aire se tratase, se comprenderá que en conjunto no será posible respirar más que el oxígeno generado entre todos. A través de esta metáfora el valor es aquí entendido como una magnitud dada, que a través del intercambio será distribuida, pero sin modificarse. Tal es lo que la relación valor-tiempo de trabajo implica y que El capital expone en el primer capítulo.

“Anomalías” en la ecuación valor/precio

Sin embargo, ya en ese mismo capítulo la ecuación entre trabajo y valor, y la dependencia tanto cuantitativa como cualitativa de los precios frente a los valores, son alteradas por un conjunto de fenómenos reales que no se adecuan al valor-trabajo. Las categorías del capitalismo construyen un mundo al que pretenden regir totalmente mediante sus “leyes”, mientras que el mundo real incluye diversos fenómenos que les son ajenos en mayor o menor medida: donde en consecuencia estas categorías solo pueden regir al forzar a dichos fenómenos a acomodarse a su lógica. Aquí interviene nuestra alusión al “lecho de Procusto”, y la noción de forma cobra una importancia decisiva.

A manera de ejemplo, la fuerza de trabajo “libre” –la mercancía clave de la producción capitalista– se corresponde muy mal con la forma mercancía, como puede verse en el siguiente cuadro.

 

La mercancía

 

-Es un valor de uso producido en alguna rama especializada

 

-Es un objeto de magnitud definida, producido mediante un tiempo de trabajo igualmente determinado

 

-Su valor se expresa directamente en dinero

 

-La relación entre comprador y vendedor empieza y termina en el intercambio

 

 

La fuerza de trabajo

 

-Ninguna rama produce “fuerza de trabajo”

 

-Es una capacidad (de trabajar) que no tiene una magnitud preestablecida[15]

 

-Su valor se mide indirectamente en el de las mercancías consideradas socialmente necesarias para reproducirla

 

- Realizada la transacción la relación entre comprador y vendedor recién se inicia

 

 

¿Cómo entonces la fuerza de trabajo libre podría ser una mercancía? En rigor lo es, a efectos de su circulación y su funcionamiento en la producción. No lo es en cuanto a la forma en que es re-producida. En razón de esto último podríamos decir que es configurada a imagen y semejanza de la forma mercancía, y haciendo tabla rasa de las diferencias.[16]

El rasgo que tienen en común estos fenómenos “anómalos” –como la fuerza de trabajo– es que, por una u otra circunstancia, no pueden ser producidos como las mercancías “propiamente dichas”, no obstante lo cual entran en intercambio y reciben expresiones de valor. Además de la fuerza de trabajo, ahí están desde la tierra y los recursos naturales hasta acciones y valores; los conocimientos y procedimientos patentados, pasando por las piezas arqueológicas y obras de arte: objetos únicos apropiables, “producidos” pero no reproductibles. Su apropiación privada erige un monopolio, de modo que para conceder su uso es posible exigir una renta, no obstante carecer de respaldo en valor-trabajo. Siendo muy disímiles entre sí, si los comparamos con las mercancías reproductibles tienen en común que son fenómenos extremos en algún sentido. Veámoslo en detalle:

- Los recursos naturales son un “mundo exterior” a la producción capitalista. Mientras que para esta todas las mercancías se producen mediante otras mercancías, en esa frontera no hay “materia prima” sino materia bruta, la cual por su parte no es mercancía-trabajo. Sin embargo es manejada como si lo fuera. Pero es solamente porque la producción en su conjunto consiste en mercancías reproducibles que los “recursos naturales” –como los yacimientos– pueden recibir un precio y generar una renta. Esto demuestra que esa condición es derivada, y no primaria. Este carácter no reproducible, en un mundo en el que “en principio” todo se deriva de alguna producción, da lugar a la renta capitalista[17].

- A diferencia de los recursos naturales, los conocimientos y procedimientos patentados sí son producidos, pero por su misma naturaleza no lo son bajo un “tiempo de trabajo socialmente necesario”. Son el resultado de una actividad creativa, que una vez realizada ya lo fue, y culmina en una instancia estática: el objeto de la patente. La innovación es buscada, codiciada, pero ha sido excluida legalmente del libre acceso. Al conceder su acceso, su propietario obtiene una renta que no guarda relación con el tiempo de trabajo empleado, sino con las ganancias esperadas.

- Las obras de arte, como otros objetos singulares, obtienen precios que nada tienen que ver con los materiales utilizados ni con el tiempo (¿de “trabajo”?) que haya empleado el artista. Como en invenciones y nuevos conocimientos, aquí tampoco hay un “tiempo de trabajo socialmente necesario”.

- En el extremo opuesto a la naturaleza virgen están las acciones y valores, particularmente cuando ingresan a la Bolsa como representación de capitales reales, cuyos precios pueden oscilar especulando con un precio excedente que esa representación podrá tener en el futuro. Son objeto de compra-venta, pero salvo en la emisión de nuevos títulos para reunir nuevo capital no se “producen”. Se parecen a los símbolos del equivalente general –carecen de valor de uso y de valor intrínseco–, aunque no son dinero. Si bien se compran y venden, buscando ganancias mediante la diferencia de precio entre ambos momentos, en rigor no son mercancías y no encierran valor.[18]

Como se ve, en todos estos casos encontramos “anomalías” respecto de las categorías valor y trabajo; “defectos” que surgen de características intrínsecas a tales fenómenos. El capital –valor que se autoexpande– es el arquetipo al que todo debe acomodarse. Si, como sistema, la ley del valor lleva a asumir que todo se produce como mercancía y mediante mercancías, la realidad no es así. Pero la “ley del valor” no reconoce un “espacio exterior” a su propia burbuja, de modo que todo fenómeno extraño a la forma mercancía deberá transformarse “a su imagen y semejanza”. Por eso es que estos fenómenos dan lugar a volúmenes de precios sin valor, cuya volatilidad crece con la movilidad del capital, por lo que el “respaldo” en valores reales se hace más precario a medida que aumenta la desproporción con la producción real de valor.

El común denominador de todos estos fenómenos es que existen como si fueran valores. En nuestra metáfora es como si permitieran respirar, no obstante que muchos de ellos en sí mismos no contienen oxígeno, sino aire viciado, “tóxico”, que contamina toda la atmósfera. Esto naturalmente crea un desequilibrio entre valores y precios, desequilibrio que llega a un límite, y puede sobrepasarlo.

Ahora bien, ¿de qué dependería este límite, en una economía que desde hace mucho tiempo es un flujo permanente de capital ficticio cuya magnitud planetaria excede toda imaginación? ¿Hay algún mecanismo por el cual la desproporción entre el valor-trabajo, y el volumen total de precios que buscan realizarse encuentre un tope?[19] ¿No podrían verse estas “inadecuaciones” como contorsiones de esa supuesta relación valor-trabajo, por lo que bien haríamos en descartarla?

Y sin embargo la teoría económica convencional distingue –aunque ha descuidado totalmente el estudio de sus relaciones– entre el “sector monetario” y el “sector real”; tácita confesión de que algo hay detrás de los precios. De no ser así, no habría cómo ni para qué distinguir al uno del otro.

En suma, ¿qué ocurre entonces con aquella relación entre tiempo y valor? Como hemos visto, ella está modificada desde el inicio, pues de inmediato se agregan nuevas categorías: dinero, capital (con la distinción entre capital constante y variable), que van a traer al presente el tiempo de trabajo pasado y el tiempo de trabajo futuro.

Una excursión epistemológica

Digamos de paso que no cabe confundir este incremento de las categorías con el “método de la abstracción decreciente” al que Marx a menudo ha sido asociado. La diferencia tiene importancia sustancial para nuestro tema: la “abstracción decreciente” actúa mediante conceptos que se acumulan por la adición externa de nuevos elementos. ¿Qué ocurre ahí con cada nuevo “mapa conceptual”? Se supone que la realidad no cambia, sino solamente la imagen que la teoría va arrojando, pareciéndose cada vez más a la realidad misma. Es decir, cada nuevo cuadro sustituye al anterior. En cambio, en el despliegue que hace Marx cada momento permanece a medida que nuevos fenómenos emergen a partir de los momentos previos.

A modo de ejemplo revisemos el desarrollo de la forma del valor. Esta no es sino el dinero –la forma dinero– visto en sus no tan evidentes fundamentos lógico-históricos. El desarrollo de esta forma consiste en su despliegue “paso a paso”, desde su fase más elemental hasta la más compleja.

Así, mientras que la forma simple es lo que percibe cada poseedor de mercancías en cada acto singular de intercambio, la forma ampliada es lo que él mismo experimenta en el conjunto de sus intercambios –dicho sea de paso, esa es precisamente la forma del valor de la mercancía dinero–.[20] A su vez, la forma general no es sino el resultado “lógico” de dicho conjunto: imaginar que, al intercambiarse con todas las demás, su mercancía –que es como cualquier otra– sea el equivalente general.[21]  En cambio, el dinero es un objeto hecho especialmente para ser el equivalente general socialmente reconocido. Equivalencia general “pura”, carente de valor de uso y por tanto liberada de las restricciones que un valor de uso cualquiera le impondría.

El resultado es una realidad múltiple, compuesta de varias capas simultáneas. En este caso, las fases de la forma del valor –simple, desarrollada y general– coexisten con la forma dinero, siendo cada una vigente para efectos determinados[22].

Vaya un ejemplo más de la simultaneidad. El trabajador asalariado es tanto: a) un comprador y vendedor tan igual, libre y propietario como el capitalista con el cual se encuentra en diversos mercados –sea en el de fuerza de trabajo o en el Supermarket–; como b) un obrero, que en el proceso de producción no es sino un insumo (potencialmente rebelde) –por lo tanto ni libre, ni igual al capitalista, ni propietario de lo que produce-; y c) el sostén de una familia, que está bajo el asedio de las innovaciones productivas y de los proletarios sin empleo.

Del equilibrio a la crisis

Acabamos de ver cómo la producción capitalista no solamente absorbe dentro de sí grandes “porciones de la realidad” que le son indispensables –como el mundo natural o la fuerza de trabajo–, aunque sin poder asimilarlas plenamente a sus propias categorías. También la hemos visto capaz de atraer y hasta crear nuevos espacios que igualmente escapan a la relación valor-tiempo de trabajo: objetos “valorados”, efecto de la producción y a la vez no reproductibles, como los valores financieros, los conocimientos e innovaciones, o los objetos únicos transables. Todo esto es posible pues se trata de una economía que funciona sustancialmente mediante movimientos, desplazamientos, mientras que tanto en el mundo natural como social el campo más visible se compone de resultados: realidades “dadas”, espacios organizados, instituciones, configuraciones de significados, prácticas recurrentes que son asumidas en su objetividad aparente.

Vimos también que el capitalismo concentra en el presente el tiempo pasado y el futuro. Para seguir existiendo hoy el capital retiene tiempo pasado, y captura tiempo futuro aunque no haya movilizado trabajo vivo.[23] En cambio, en la producción simple de mercancías no existe sino el tiempo presente; por ello solamente ahí la suma de valores iguala la suma de precios; porque en la circulación no hay ni puede haber más ni menos tiempo que el que hubo en la producción. Es entonces obvio que al considerar todos estos otros fenómenos dicha igualdad quede trastocada.

De modo pues, que en la marcha cotidiana de la economía no hay ni puede haber igualdad entre la suma de valores y de precios, sino por el contrario un permanente desbalance “a favor” de estos últimos[24]. Este desequilibrio se mantiene debido a la “certeza” –sin garantía algúna– de que las deudas serán canceladas en los plazos convenidos. Se dirá que una deuda puede pagarse con otra. En la “crisis de la deuda” latinoamericana en las décadas de 1970 y 1980, nuevos préstamos eran otorgados para pagar los anteriores –caso análogo al pago de una tarjeta de crédito mediante otras tarjetas–. La pregunta es hasta dónde puede crecer dicho mecanismo. En cierto momento empieza a ser requerido un respaldo real, y este no existe para todos.

Tanto la deuda como la renta pueden existir debido a la creencia –o confianza– en contar en un futuro determinado con un valor que pagará dichas deudas y rentas. Sin embargo, ¿en qué consistiría la “confianza”, y de qué dependería? En los hechos una crisis empieza a desatarse cuando se interrumpe la cadena de pagos. Es después de esto que aparecerá una “crisis de confianza”, como factor que la acelera, aunque no sea así que se inicien las rupturas en dicha cadena.[25] Los distintos agentes disputarán entre sí los capitales más seguros, reales o ficticios, esfumándose en esa pugna aquellos que carezcan de respaldo real.

¿Cuándo llega, teóricamente, el fin de la crisis? Cuando después de la batalla quedan en pie solamente los capitales, reales o ficticios, que tienen respaldo en un valor.

Agradecimientos: Si bien son inocentes de cuanto aquí se dice, debo mencionar y agradecer a Carlos Alberto Castro, Omar Cavero, Jan-David Gelles, Stephan Grüber, Javier Herrera, Marcos López, Mijail Mitrovic, Álvaro Paredes y Víctor Vich, en Lima. Y a Gastón Caligaris y Néstor Lavergne en Buenos Aires.

 

Bibliografía

Bataille, Georges, La Parte Maldita. Barcelona: Icaria, 1987.

Graeber¸ David. Toward an Anthropological Theory of Value. The False Coin of Our Own Dreams. Basingstoke: Palgrave-Macmillan, 2001.

Marx, Karl. Elementos Fundamentales para la Crítica de la Economía Política. 3 vols. México: Siglo XXI, 1976 (1976b).

–, El capital. 3 vols. México: Siglo XXI, 1976 (1976a).

Martineau, Jonathan, Time, Capitalism and Alienation. Leiden: Brill, 2015.

McNally, David, Bodies of Meaning: Studies in Labor, Language and Liberation. Albany: SUNY Press, 2001.

Postone, Moishe, Time, Labor and Social Domination. A Reinterpretation of Marx’s Critical Theory. Cambridge: Cambridge University Press, 1993.

Roemer, John, Analytical Foundations of Marxian Economic Theory. Cambridge: Cambridge University Press, 1981.

–, A General Theory of Exploitation and Class. Cambridge, Mass: Harvard University Press, 1982.

Rubin, Isaak, Ensayos sobre la Teoría Marxista del Valor. Buenos Aires: Cuadernos de Pasado y Presente (n° 53), 1974.

Ugarteche, Óscar / Martínez-Ávila, E., La Gran Mutación. El capitalismo Real del Siglo XXI. Lima: Lapix Ediores, 2013.

 

* Artículo enviado especialmente para su publicación en el presente número de Herramienta.

** Guillermo Rochabrún, sociólogo peruano; se desempeñó como profesor de Teoría Sociológica en la Facultad de Ciencias Sociales de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Es autor de Socialidad e individualidad: materiales para una sociología (1993) y de Batallas por la teoría. En torno a Marx y el Perú (2007). Correo electrónico: grochab@pucp.edu.pe.

[1] Luego de capturar a los viajeros que llegaban a su posada y tras sujetarlos a una cama, Procusto procedía a recortar sus cuerpos por donde sobresalían y a estirarlos donde no llegaban. En tal sentido el valor es frente a ellos un verdadero lecho de Procusto. Retomaremos esto más adelante.

[2]  Es claro que no se trata solamente del tiempo dedicado a la “subsistencia”, sino de todo tiempo. Más allá de Marx: “… [David] McNally sugiere que la historia natural forma un ámbito de temporalidad, y que mientras la historia humana tiene continuidad con ella, involucra también una discontinuidad crucial: “La aparición de primates con cultura, lenguaje y fabricantes de herramientas, introdujo un nuevo orden temporal: el tiempo de la historia humana. Esta temporalidad no trasciende al tiempo natural; lo intermedia y suplementa, introduciendo diferentes órdenes de determinación”  (Martineau, 2015: 28). La cita proviene de McNally (2001: 8). No es posible abundar ahora en la diferencia entre las tareas institucionalizadas en toda sociedad, y lo que es trabajo en la producción mercantil.

[3] A diferencia del trabajo abstracto y concreto, del valor de uso y valor de cambio, el trabajo privado no recibió ningún subtítulo en El capital, aunque tiene una importancia análoga al primero, del cual es inseparable. Mientras que el trabajo abstracto es el gasto de la fuerza de trabajo sin considerar cuál valor de uso produce, el trabajo privado da cuenta de cómo los productores se vinculan entre sí: como sujetos autónomos; libres, socialmente iguales, propietarios del fruto de su trabajo, y responsables solamente de sí mismos. Esta trama de relaciones sociales prescinde de todo vínculo heredado, adscrito, entre las personas: parentesco, costumbres, religión, historia. De este modo solo cuenta lo que se adquiere mediante el esfuerzo personal. Lamentablemente, esta noción figura apenas entre líneas en el tomo I (Marx, 1976a:  72, 90, 116 [n. 50], 138), y ha permanecido ignorada por la gran mayoría de estudiosos de El capital. Llama la atención que haya sido así, no obstante la precisa exposición que Engels hace en su conocidísimo Anti-Dühring (III parte, cap. IV). Por ello es excepcional la atención que le dio Isaak Rubin (1974; cf. especialmente los capítulos VIII, XIII y XIV).

[4] La expresión “división social del trabajo” puede sugerir, erróneamente, que se trata de una complementariedad armónica entre los intercambiantes. En rigor es una especialización espontánea, donde la interdependencia emerge casualmente en el ensamblaje de metas individuales, “egoístas” competitivamente buscadas. Este riesgo se disipa observando el contraste que existe entre la división del trabajo en la manufactura y en la sociedad (cf. Marx, 1976a: I, cap. XII.4).

[5] Debo esta y otras precisiones a Omar Cavero.

[6] Moishe Postone da una extraordinaria explicación histórica del estrecho vínculo entre ese “tiempo abstracto” y el capitalismo, en particular a través de la disciplina ejercida en las primitivas manufacturas con trabajo asalariado (cf. Postone, 1993: 200-216).

[7] ¿Por qué la circulación? A diferencia de otras formas, esta división del trabajo escinde el ciclo productivo en dos etapas indisociables: producción propiamente dicha, y circulación. (Para utilizar una mala metáfora, trivial hasta la cursilería: “son como las dos caras de una moneda”.) En otras formas productivas a la producción sigue la distribución del producto; ello es imposible en la producción de mercancías: la producción atomizada requiere del intercambio del producto mercancía. La dificultad para hacerse cargo en todos sus alcances, de la unidad y diferencia entre producción y circulación, da lugar a polémicas descarriadas donde se pierde de vista que el valor solo existe como movimiento, como metamorfosis sucesivas en las que deja la producción solamente para reingresar a ella, una y otra vez. Revísese el punto 2 de la “Introducción” a Marx, 1976b.

[8] El Marxismo Analítico desestimó la teoría del valor-trabajo por carecer de capacidad operativa. Su principal portavoz, John Roemer, la preservó inicialmente para la teoría de la explotación, no así para el intercambio. Cf. Roemer, 1981: 12, 52,161 y 200. Sin embargo luego también la descartó como teoría objetiva de la explotación, optando por una teoría normativa en Roemer, 1982.

[9] En ningún texto de Marx ello aparece más claramente que en Marx, 1976b: I/180. También en ibíd.: 84: “La dependencia mutua y generalizada de los individuos recíprocamente indiferentes constituye su nexo social”. Cf. Marx, 1976a: I/214.

[10] Aunque Rico Mac Pato –el personaje de Walt Disney– “en realidad” opera en una economía de flujos, el inmenso depósito donde guarda celosamente su dinero, es un stock Aquí puede verse de manera transparente la distorsión conceptual que este personaje encierra. Debido a su tacañería Mac Pato es la antítesis del capitalista: un mero atesorador, pues el capitalista debe “gastar” su dinero. En verdad, adelantarlo, invertirlo: “el atesorador no es más que el capitalista insensato [verrückt = loco, maniático], el capitalista es el atesorador racional” (Marx, 1976a: I/187). Por eso no deja de ser paradójico que en cada país sus flujos dependan de un stock: las reservas en oro y divisas. En última instancia, en oro.

[11] Una amplia discusión del potlatch puede verse en Graeber (2001).

[12] Esta es una clara diferencia con la circulación simple de mercancías, donde tras él consumo todo el valor se destruye; ahí la compra es un gasto, no un adelanto. Mercancía no es igual a capital mercancía.

[13] No obstante es posible obtener rentabilidad cuando hay caídas en la Bolsa. El siguiente enlace pone “la mesa servida” mediante un programa que permite practicar, y una pequeña suma en euros para “iniciarse”: https://www.youtube.com/watch?v=u2CY4CUtm7Y

[14]La forma del precio… puede albergar una contradicción cualitativa, de tal modo que, aunque el dinero solo sea la forma de valor que revisten las mercancías, el precio deje de ser en general la expresión del valor. Cosas que en sí y para sí no son mercancías, como por ejemplo la conciencia, el honor, etc., pueden ser puestas en venta por sus poseedores, adoptando así, merced a su precio, la forma mercantil. Es posible, pues, que una cosa tenga formalmente precio sin tener valor. La expresión en dinero deviene aquí imaginaria... Por otra parte, la forma imaginaria del precio —como por ejemplo el precio de la tierra no cultivada, que no tiene valor alguno porque en ella no se ha objetivado ningún trabajo humano— puede contener una efectiva relación de valor o una relación derivada de esta” (Marx, 1976a: I/125. Véase en Contribución a la Crítica de la Economía Política el último párrafo del capítulo I.

[15] Un kilo de materia prima pesa y pesará un kilo, y contiene “x” cantidad de trabajo; por tanto no se le podrá “exprimir” en la producción sino la masa que contiene. En cambio reproducir la fuerza de trabajo a un valor determinado para la siguiente jornada, no determina un número fijo de horas de esta, ni su intensidad. Es decir, de esa jornada es posible “exprimir” magnitudes muy diversas de valor.

[16] Comparemos la relación cotidiana de una pareja casada en matrimonio civil, y la forma contractual que legalmente el matrimonio tiene. De ninguna manera la relación puede funcionar cotidianamente como si se tratase realmente de un contrato. No obstante, según las leyes y sus fundamentos doctrinarios el matrimonio civil lo es, aunque ello se haga efectivo solamente cuando la relación desaparece: en el divorcio, y en la herencia.

[17] Para Marx es clara la diferencia entre el capital productor de interés –también llamado capital “ficticio”– y la renta. El primero participa del plusvalor generado por el capital productivo, al prestar un servicio a este y al capital comercial; como tal es parte del circuito general del capital. En cambio la renta es la apropiación de una parte del plusvalor debido a la presencia de alguna frontera de la producción que por alguna circunstancia queda apropiada.

[18] Es así que inclusive en la Macroeconomía convencional no se consignan las transacciones de la Bolsa de Valores dentro de las estimaciones del producto nacional. Sin embargo a través de la compra-venta de esta “no mercancía” tiene lugar una “respiración” espuria: de “oxígeno futuro”, y en la incertidumbre de si efectivamente será producido.

[19] “Un bovino realmente existente se transforma en un activo financiero con un precio, determinado en el mercado internacional de ganado. Ese activo financiero se puede a) vender, b) vender hoy y recomprar en diferido, c) vender a futuro, d) alquilar o e) prendar. De la misma manera, se pueden vender los flujos de ingresos por la venta de “x” litros de leche producidos en “y” años. Asimismo, se pueden vender los derechos de compra de los “n” terneros que parirá la vaca en su vida útil, que si bien no han nacido es probable que lo hagan durante la vida del animal. Como hay una alta probabilidad que las terneras produzcan leche, se pueden vender los derechos de compra de la leche de cada animal a terceros. La leche sirve para hacer queso y mantequilla, con lo que se puede vender el derecho de compra del queso y la mantequilla de las ocho terneras que probablemente se produzca. Así, a partir de una vaca realmente existente, se crea en este ejemplo una economía ficticia construida por probabilidades mediante 25 activos financieros que tienen un mercado y un precio. De esta manera se ha llegado a construir una economía financiera diez veces mayor que el PIB mundial” (Ugarteche/Martínez-Ávila, 2013: 25).

[20] “De este modo, la forma relativa desplegada de valor, o forma II, se presenta ahora como la forma relativa y específica de valor que es propia de la mercancía equivalente” (Marx, 1976: I/84).

[21] Esa imagen no es sino una ilusión, aunque ilusión obligada, pues la “manera de verse” un fenómeno es parte del fenómeno mismo. El sujeto no puede dejar de percibir lo que hace, y esa imagen tendrá una forma definida, objetiva.

[22] Pese a lo “abstractas” que parecen ser, las categorías de la Economía Política –como mercancía, valor, valor de uso, trabajo, dinero– todas son fenómenos experimentados a través de prácticas cotidianas, como la producción y el intercambio.

[23] La demostración de este aserto puede hacerse mediante la comparación histórica: tales operaciones serían imposibles donde la producción no sea fundamentalmente una producción de mercancías.

[24] “La valorización del capital depende en buena medida de cuánto trabajo futuro (cuánto tiempo de tantas vidas humanas) es capaz de someter bajo su ámbito de acción”. [Observación alcanzada por Álvaro Paredes Valderrama].

[25] Cf. Marx, 1976a: III/621, 629 y 644.