Hacer político lo personal Interpelaciones feministas a los maridos marxistas en épocas de primavera

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Luciana Caudana**

 

Donde empiezan los líos

es a partir de que una mujer dice

que el sexo es una categoría política.

Porque cuando una mujer dice

que el sexo es una categoría política

puede comenzar a dejar de ser mujer en sí

para convertirse en mujer para sí.

 

                                                                                                                                  Roque Dalton, Para un mejor amor

 

 

La primavera sesentista fue contexto (y en algún sentido, posibilitadora) del florecimiento de uno de los momentos más brillantes en la historia del movimiento feminista. El llamado feminismo “de la segunda ola”, cuyo germen comienza a brotar hacia fines de la Segunda Guerra Mundial, convulsionó no sólo las ya agitadas calles y plazas de los grandes centros urbanos (escenario hasta entonces autoevidente para los devenires revolucionarios) sino también, y como signo particular, las casas y las camas de sus propios protagonistas.

Cualquier abstracción conceptual que intentemos hacer sobre semejante ebullición vital nos plantea un desafío casi imposible por definición. En él vamos a empeñarnos sin embargo, con la intención (en cierto sentido pedagógica, pero sobre todo autoreflexiva) de rescatar algunas de sus potencialidades. Nos interesa recuperar, cincuenta años después, un manojo de claves que bajo la forma de gestos político-intelectuales nos ayuden a andamiarnos en el atolladero de la coyuntura actual, signada por la alternancia entre el desconcierto, la perplejidad y una cuota de ambigua esperanza de quienes somos protagonistas y testigos de la expansión de la potencia feminista en paralelo a la instalación de un ciclo regresivo de nuevo cuño, cuya particularidad aún nos resultan tan opaca como evidente su crudeza. 

 

Feminismo y sesentismo: desavenencias de un amor de primavera[1]

Cuando hablamos de los feminismos “de la segunda ola” nos referimos a una proliferación de núcleos militantes con ciertos rasgos específicos y originales, tanto en sus prácticas activistas como en sus formas de producir pensamiento y en algunas conceptualizaciones emanadas de ese dinamismo, que aún hoy (discutidas, reelaboradas y cuestionadas) conservan su vigencia en el acervo teórico, práctico y organizativo de nuestro movimiento. Representan el resurgimiento del feminismo con posterioridad a la Segunda Guerra Mundial, tras el letargo que aquel había experimentado una vez conseguidas las reivindicaciones que marcaron la agenda de su etapa anterior (la “primera ola”).[2]

En términos de sus estructuras organizativas, nos referiremos a las distintas expresiones del Movimiento de Liberación de la Mujer, denominación simplificada de una variedad de agrupaciones que comparten el denominador común de su origen marxista. En particular, nos centraremos en el feminismo radical estadounidense y el feminismo materialista francés, por tratarse también de las corrientes de mayor influencia en el plano local.[3]

La “segunda ola” toma fuerza en un contexto político global de proliferación de formas creativas de organización y prácticas políticas que convergieron en señalar líneas de conflicto que complejizaron el escenario político y social en Occidente, planteando nuevos desafíos a nivel de la reflexión que intentaba dar cuenta de estos procesos. Podríamos sintetizar de forma esquemática que estas transformaciones pivotearon sobre algunas cuestiones centrales como la erosión del clivaje de clase en tanto determinante por excelencia de la conflictividad social, la consecuente crisis del sujeto político del paradigma marxista, de sus supuestos subyacentes en cuanto a proyecciones y horizontes temporales, y del status de lo “subjetivo”, lo “cultural” y lo “material”, entre otros significantes nodales de su tradición discursiva.

El protagonismo que tomaron entonces los conflictos asociados a áreas “culturales” o “de la vida cotidiana” podrían desde perspectivas androcéntricas ser percibidos como “nuevas” contradicciones. Para la praxis feminista se trató sin embargo de tensiones de larga data que lograban por primera vez ser politizadas (o diríamos mejor sexualizadas, ya que fueron estas feministas quienes nos enseñaron que todo sexo es político) y puestas en agenda pública con variables márgenes de éxito, dependiendo de la situación histórica en la que pongamos el foco.

Estas nuevas/viejas contradicciones están en la base de conflictos que resultaron difícilmente asimilables a aquellos que habían sido reconocidos[4] como característicos de la sociedad industrial, protagonizados por actores definidos por su lugar en determinada forma (también androcéntrica) de comprender las relaciones de “producción” como algo distinto y separable de las de “reproducción”. En torno a esas tensiones, nuestras hermosas y enojadas[5] madres y abuelas brujas gestaron el renacer feminista de la “segunda ola”.

¿Pero qué destellos de originalidad podemos cosechar de estos feminismos, entre los múltiples florecimientos que trajo consigo la primavera sesentista? ¿Qué aportes específicos nos legaron estas impertinentes entre tanto remolino de barricadas estudiantiles, revoluciones de hombres nuevos, Viet Nams, descolonizaciones, black power y nuevas izquierdas cuya novedad y creatividad todavía nos resultan tan estimulantes?

 

Mujeres para sí (y para las que no lo somos también)[6]

“¿No habrá un maricón en alguna esquina desequilibrando el futuro de su hombre nuevo?”, “¿Tiene miedo que se le homosexualice la vida?”, “¿Qué harán con nosotros compañero?”, interpelaba fulminante Pedro Lemebel a la izquierda chilena en su célebre Manifiesto. Y ese misil lanzado en forma de poesía a mediados de los años ochenta, sintetizaba, algunos años después y de modo magistral, buena parte de la tormenta de cuestionamientos que las feministas de origen marxista habían podido articular hacia sus paternales (y en muchos casos ex) compañeros.

Los feminismos de la “segunda ola” apostaron a radicalizar y reinventar los proyectos políticos con pretensiones emancipatorias, desplegando una imaginación política y una capacidad proyectiva que, habilitando la pregunta sobre lo hasta entonces impensable, pudo nombrar (es decir, tornar visible) la especificidad de la opresión que las mujeres y otras identidades subalternizadas[7] sufrían en tanto tales, es decir, desde el gesto analítico de identificar a partir de la especificidad de la asignación sexo-genérica de las personas, una nueva gama de prácticas activistas, acciones colectivas y performances. De este activismo surgió además una sólida producción teórica que, operando como malla de inteligibilidad[8] de su agenda, signó el devenir del movimiento hasta la actualidad.

En los siguientes apartados nos dedicaremos a desarrollar sucintamente algunos rasgos característicos de estos tres legados, en torno a los cuales proponemos recuperar la potencialidad de sus inquietudes teórico-políticas.

 

“Yo te creo hermana” (de las prácticas de autoconciencia al #MeToo)

Como explica la feminista radical estadounidense Catharine MacKinnon en Hacia una teoría feminista del Estado, “la concientización es la principal técnica de análisis, estructura de organización, método de práctica y teoría de cambio social del movimiento feminista”. Los grupos o prácticas de autoconciencia o concienciación consistían, ni más ni menos, que en reuniones de mujeres que, con distintos niveles de informalidad e incluso de obligatoriedad pautada por las propias organizaciones, se incentivaban mutuamente a expresar las vivencias cotidianas y tomar la palabra, con el objetivo de politizar la propia situación e intersubjetivizar experiencias “haciéndolas pasar de ese modo de la anécdota a la categoría”, según señala Celia Amorós en Dimensiones del Poder en la Teoría Feminista. Esta deliberada vinculación entre trayectoria vital, reflexión teórico-política y elaboración conceptual, representa uno de los núcleos significantes más potentes legados por estos feminismos al acervo político-organizacional, teórico y epistemológico del movimiento hasta la actualidad. Las mismas condensan un conjunto de novedades con respecto a las prácticas activistas de izquierda, y permiten reconstruir concepciones diferentes sobre el fenómeno mismo del poder y del cambio social de las tradicionalmente enarboladas por el marxismo, en particular en relación a lo que más tarde las vertientes foucaultianas llamarían “procesos de subjetivación”.

La centralidad otorgada a cuestiones ligadas a la subjetividad sexo-generizada de las participantes, como las emociones y los sentimientos en relación a sus cuerpos, sus prácticas sexuales, sus formas de vincularse afectivamente, el amor, la maternidad, la familia, las tareas domésticas, entre un largo etcétera; a la par que su focalización en esas mismas experiencias cotidianas como principal terreno de exploración teórico-política y horizonte de transformación, son algunos de los elementos que explican la novedad que representaron estos grupos.

Para dimensionar el nivel de pregnancia de esta particular forma de activismo en el movimiento feminista, basta observar ciertos aspectos de la lógica con la cual funcionan en general sus instancias asamblearias en la actualidad, el dinamismo cotidiano de las reuniones de activistas o, por tomar uno de los ejemplos más palpables, los propios talleres que representan “el corazón” de los multitudinarios Encuentros Nacionales de Mujeres de la Argentina.

Con esto no queremos decir que los ejemplos mencionados repliquen exactamente los modos de funcionamiento de los grupos de autoconciencia. Sería incluso discutible sostener que existan en la actualidad con el nivel de sistematicidad de entonces. Mucho menos buscamos idealizar las construcciones políticas feministas como espacios exentos de los vicios propios de las lógicas militantes más rancias. Simplemente nos interesa señalar que la continuidad de algunos de sus componentes (como la ejercitación deliberada en la toma de la palabra, el reconocimiento de la mismidad,[9] o la validación y politización de la experiencia propia gracias a la legitimación que propicia la escucha sensible y recíproca) son un aspecto diferencial verificable en toda grupalidad o trayectoria personal que se reivindica feminista, y que los mismos son legados que remiten directamente a los objetivos que en su momento persiguieron los grupos de autoconciencia. Es sólo a partir de conocer (e incluso experimentar) su funcionamiento y potencialidad que se puede tomar dimensión cabal del sentido del emblemático slogan “lo personal es político”, estatuto teórico, al decir de Carla Pasquinelli, del feminismo de la “segunda ola”.

 

¡Escándalo! ¡Es un escándalo!

Algunos de los rasgos distintivos de los repertorios de acción colectiva que hoy asociamos espontáneamente al movimiento feminista y que se relacionan, siguiendo con Pasquinelli, con su carácter “escandaloso”, fueron también actuados con sistematicidad por las feministas de “la segunda ola”. Lo anterior no quita que hayan existido algunas intervenciones públicas puntuales de similar tenor en anteriores momentos históricos, sino que es en el contexto de la primavera sesentista (en particular en los países del occidente desarrollado, por las condiciones políticas generales que lo hacían posible) donde éstas irrumpen en el espacio público. Entre las más icónicas, solemos recordar una manifestación de 1970 considerada el hito que dio nacimiento al Movimiento de Liberación de las Mujeres, en la que se hizo una ofrenda floral sobre la Tumba del Soldado Desconocido de París, “en homenaje a su mujer aún más desconocida”, o la publicación en 1971 del Manifiesto de las 343 “salopes” (expresión francesa traducible al español como “guarras”, o simplemente “putas”).[10] Tanto estos grandes despliegues colectivos como otras intervenciones de menor trascendencia como las quemas públicas de corpiños o títulos universitarios, la difusión de materiales gráficos que ironizaban sobre distintos aspectos de aquello que Betty Friedan denominó “la mística de la femineidad” (sobre lo que volveremos en el próximo punto), las intervenciones en ritualidades típicas de la cultura patriarcal como las elecciones de reinas de la belleza, entre otras tantas, eran apuestas políticas que subvertían, en acto, la frontera invisible que separaba espacio público-político de espacio privado-no político, haciendo irrumpir los cuerpos de las mujeres en lugares que les eran vedados, con la deliberada intención de denunciar su cosificación y tratamiento como objeto de consumo del deseo masculino. Ese desmontaje performático del orden dicotómico que demarcaba el estrecho espectro de lo correctamente politizable resultaba (y lo sigue siendo) urticante incluso para otras expresiones del activismo de izquierdas.

Quizás sea este uno de los legados cuyas huellas permanecen más nítidas en el presente de nuestro movimiento, no solo por la creatividad y el desparpajo que siguen siendo leitmotiv de sus manifestaciones públicas, sino también por la reactividad que ello genera en el “abominable sentido común popular, aquél inagotable pozo de hipocresía conformista” (como dijera en 1973 la feminista materialista Collette Guillaumin), e incluso en los propios sectores progresistas o que simpatizan en términos generales con las reivindicaciones feministas pero no se sienten representados (valga la ironía y actualidad de la referencia) por sus expresiones más radicalizadas o menos domesticables.

 

Nombrar el problema: de la mística de la feminidad al des-borde político conceptual

Para responder a una vieja pregunta: ¿cómo se crea y se distribuye el valor?, Marx se vio obligado a formular una explicación completamente nueva del mundo social. Para responder a otra pregunta igualmente antigua, o para cuestionar una realidad igualmente antigua: ¿Qué explica la desigualdad entre los hombres y las mujeres? o, ¿cómo se convierte el deseo en dominación?, o ¿qué es el poder masculino?,

el feminismo revoluciona la política.

Catharine MacKinnon, Hacia una teoría feminista del Estado.

Desde la pregunta por “el problema sin nombre” del malestar femenino que abordara la liberal Betty Friedan[11] en pleno boom económico de posguerra, un tercer vector a partir del cual es posible sopesar el legado estos feminismos se encuentra en la profusa y sólida elaboración teórica que sus intelectuales encararon como forma de dar respuestas tanto al tedio de su cotidianeidad doméstica y privada,[12] como a la invisibilización de la que eran objeto en sus propias organizaciones, donde les era permitido “hacer café, pero no política”.

Al tratarse de mujeres que habían tenido acceso a la educación superior y contaban con un elevado nivel de formación teórica, en algunos casos se trata de producciones de una complejidad y riqueza que aún no goza del suficiente reconocimiento en los círculos militantes y académicos, pues, como alguna vez dijo Liliana Daunes, el feminismo es una ideología que suele ser denostada sin ser leída.[13] Y es que la lectura de la teoría crítica feminista exige, en general, el doble esfuerzo (intelectual y vital) de sumergirnos en su agudeza enunciativa e identificarnos en la cruda capilaridad de las opresiones que tematiza. Como valor agregado, cabe señalar que las producciones a las que hacemos referencia discuten en algunos casos con los postulados más androcéntricos de las corrientes de pensamiento posestructuralista en boga, con lo cual sus objetivos distan mucho de limitarse a la mera divulgación o contentarse con reproducir una re-versión feminista de la vulgata marxista.

La crítica de la escisión entre lo público-político, lo privado y lo doméstico aparece como el punto de inflexión y de apertura hacia otras maneras de ver el mundo que cuestionaron profundamente los supuestos pretendidamente universales de los discursos emancipatorios y habilitaron la politización de temas tales como el amor, las relaciones sexuales y afectivas, el deseo, el placer, la maternidad, la conyugalidad, la familia, los cuidados, la domesticidad, la heteronorma, la privacidad, la institución matrimonial, la reproducción, la prostitución, los conceptos de naturaleza, biología y cultura, los procesos de racialización, entre tantos otros que aún hoy son parte de la agenda feminista. La asunción por parte del pensamiento feminista del carácter contingente (ergo político) de esas escisiones, habilitó la revisión y la crítica de algunos sentidos comunes profundamente arraigados en la subjetividad militante de entonces, pero cuyos rastros perduran hasta la actualidad.

La “segunda ola” desplegó así una analítica del poder centrada en elucidar la especificidad su dimensión sexo-genérica. En particular las autoras de origen marxista se empeñaron en identificar la índole, el carácter, de los procesos de generización, en pos de desmitificar los supuestos de subsidiariedad de la opresión sexual que permeaban los discursos hegemónicos. Al interior del movimiento feminista, el quid de la discusión no pasaba tanto por una disputa sobre la pertinencia o legitimidad marxista de los abordajes, como por el sentido y los alcances del propio concepto de materialidad de la opresión cuando se trataba de comprender no sólo las “relaciones sociales de sexo” (como enunciaba el feminismo materialista) sino los propios modos de funcionamiento del sistema capitalista y la funcionalidad de la sexualización de los cuerpos en los engranajes de su reproducción.

Surgió así un vasto abanico de producciones, muchas polémicas entre sí. Resultaría imposible en esta instancia explayarnos en sus contenidos, matices y contradicciones, pero vale al menos la referencia a algunos de los principales conceptos y sus creadoras, con la intención de echar a rodar la pelota e incentivar a una lectura que, insistimos, puede resultar inspiradora para pensar los desafíos actuales del feminismo como movimiento, de su articulación con la agenda del resto del campo popular y del pensamiento crítico en general. E incluso como forma de encontrar respuestas a preguntas que hoy toman visibilidad pública gracias a la masificación del feminismo, pero sobre las cuales las activistas discutimos desde hace más de medio siglo.

Entre éstas producciones se destacan desde los postulados materialistas biologicistas de la Dialéctica del Sexo de Shulamith Firestone, hasta las premisas más psicologistas de corte weberiano de la Política Sexual de Kate Millet (autora de la primera resignificación en clave feminista del añejo concepto de “Patriarcado”). Las (lamentablemente) menos conocidas categorías de Sexaje (acuñada por Collete Guillaumin) o de Sistema sexo-género (creada por Gayle Rubin);  la conceptualización del Pensamiento Heterosexual de Monique Wittig, y la irresistible invitación a que Escupamos sobre Hegel de Carla Lonzi.

La metáfora del devenir del movimiento feminista en términos de “oleajes” nos permite también identificar algunas producciones que si bien en términos cronológicos pueden no ser contemporáneas a la “segunda ola” (o no se ubican en su “cresta”), heredan sus preocupaciones y se nos representan como los rastros de su espuma, cincuenta años después. Entre ellas, cabe mencionar por su vigencia en nuestra agenda actual a quienes se ocuparon de desentrañar cómo las luchas feministas no pueden ser cabalmente comprendidas a excepción de que se amplíe el concepto de “materialidad” para incluir la producción y reproducción social de las personas en sí mismas, como refleja el pensamiento de Anna Jónasdóttir (creadora de conceptos tales como “plusvalía emocional” y “poder del amor”) o la más recientemente difundida obra de Silvia Federici y su revisión en clave feminista de los procesos de acumulación originaria en Calibán y la Bruja.

 

Palabras finales: para que la imaginación vuelva a poder

Como “para saltar al vacío sólo contamos con nosotras mismas, y con lo que nuestras ancestras tienen para decirnos”, según reza un difundido spot elaborado por el colectivo Ivaginario Colectivo[14], el objetivo de estas líneas fue retomar algunos legados en clave de “gestos político-intelectuales” que entendemos que, necesariamente resignificados y puestos en situación, pueden aportar a la clarificación de nuestra agenda en la actual coyuntura de masificación del feminismo, y a la afinación estratégica de los desafíos que enfrenta el campo popular en general.

Las feministas de la segunda ola complejizaron y enriquecieron los horizontes revolucionarios en pleno inicio del ciclo regresivo de los años setenta, pues muchas de sus producciones fueron en realidad publicadas cuando el ocaso de la primavera se daba por consumado. Asumieron la necesidad de aunar rigurosidad y creatividad a la hora de pensar su presente. Se empeñaron en la potencialidad del esfuerzo por nombrar, por crear mallas de inteligibilidad, por hilar fino en cuáles eran los desafíos que debían priorizar. Podemos imaginarlas instándonos a “no calmarnos nada”, como solemos decir, y a aprovechar al máximo la llegada masiva que supimos generar para interpelar más allá de los círculos militantes, hacia afuera de lxs convencidxs, recreando un hacer que combine complejidad en el pensamiento con claridad enunciativa, aprendiendo de su capacidad de moverse estratégicamente relegando purismos, surfeando entre zonas grises, ambigüedades y dudas, evitando la tentación de perder especificidad para ganar en comodidad.

Cuando las feministas recuperamos la genealogía de nuestro movimiento, solemos recurrir a la metáfora de las distintas “oleadas”, intentando con ello dar cuenta de cuáles fueron los rasgos sobresalientes de algunos momentos que en nuestra historia marcaron hitos, aperturas, crecimientos, avances. Esta clave de inteligibilidad nos ha llevado no pocas veces a subestimar la productividad que encierran las tensiones, momentos de silencio, ambigüedades y contradicciones de todo tipo inherentes a la complejidad de un mar de fondo violeta en permanente agitación. Quizás sean estas también las turbulencias que nos atraviesan en este presente de incertidumbre y precariedad vital.

Estos recursos que, como en el caso de este escrito, pueden en ocasiones sernos útiles en pos de una intención explicativa, van sin embargo en desmedro de uno de los legados políticos más potentes que nos deja la “segunda ola”, contradicen la columna vertebral de todos sus desarrollos: el gesto, en última instancia epistémico, de desconfiar de toda comprensión del mundo simplificante, dicotomizante,[15] excluyente, con pretensiones de exhaustividad, reductora de complejidades, negadora de incertidumbres, aplacadora de inquietudes.

Si para la “segunda ola” lo impensable pudo ser interrogado, nombrando lo invisible de su propia opresión y revolucionando el pretendidamente asexuado concepto de “lo político”, desbordando sus límites hacia rincones insospechados, politizando lo personal y personalizando lo político; si la promesa revolucionaria devino presente encarnado y cotidiano a contrapelo de las vanguardias, quizás aquellas que generacionalmente no conocimos pero que forjaron nuestro suelo común, parafraseando a Pizarnik, nos han legado como herencia más valiosa la persistencia en la osadía para imaginar, contra toda evidencia, las grietas por donde iluminar otros presentes posibles en plena oscuridad.

 

 

Bibliografía

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Amorós, Celia; “Dimensiones del poder en la teoría feminista”. En: Revista internacional de filosofía política 25 (2005).

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Jónasdóttir,  Anna, El Poder Del Amor: ¿le Importa el Sexo a la Democracia? Valencia: Universitat de Valencia, 1993.

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Segato, Rita Laura, La crítica de la colonialidad en ocho ensayos y una antropología por demanda. Buenos Aires: Prometeo Libros, 2013.

Trebisacce, Catalina, “Un fantasma recorre la izquierda nacional. El feminismo de la segunda ola y la lucha política en Argentina en los años setenta”. En: Revista Sociedad y Economía (2013).

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– y Torelli, María Luz, “Memorias feministas, ni escritas ni contadas, guardadas: metiendo las narices en el archivo personal de una feminista argentina de los años setenta”. En: Kula, Antropólogos del Atlántico Sur, Revista de Antropología y Ciencias Sociales (2011).

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Wittig, Monique, El pensamiento heterosexual y otros ensayos. Barcelona: Egales, 2006.

 

* Artículo enviado por la autora para ser publicado en este número de Herramienta.

** Activista feminista, politóloga y psicodramatista. Becaria Doctoral de CONICET. Integrante del Centro de Investigaciones Feministas y Estudios de Género (CIFEG) de la Universidad Nacional de Rosario. Docente de las Cátedras Introducción a la Perspectiva de Género (UNR) y Análisis Político (UCSF). Militó en la Colectiva Feminista MalaJunta y en Socorristas en Red, e integra el Grupo de Teatro de lxs Oprimidxs (GTO) de Rosario. Actualmente investiga problemáticas vinculadas con la transversalización de la Educación Sexual Integral y la perspectiva feminista en la educación formal y no formal; y la producción de contrapedagogías de generización en el activismo feminista.

[1] Valga aquí la explicitación de la alusión en forma de guiño a Un matrimonio mal avenido: hacia una unión más progresiva entre marxismo y feminismo de Heidi Hartmann, obra clásica para introducirnos en las históricas contradicciones entre ambas tradiciones.

[2] Desde una visión deliberadamente reduccionista y sin profundizar en su heterogeneidad siempre constitutiva, podríamos decir que el signo que hegemonizó esta “primera ola” de efervescencia feminista (en la literatura sobre el tema y en el propio registro activista) se aglutinó en torno a la demanda de igualdad política formal para las mujeres blancas (derecho al voto, acceso a la educación superior, y algunos derechos civiles en particular en los países del occidente desarrollado).

[3] Excede los límites y objetivos de este artículo adentrarnos en la heterogeneidad de las expresiones de estos feminismos desde una perspectiva situada. Contradictoriamente, empero, ello resulta indispensable a la hora de dimensionar cabalmente sus desarrollos. Para el caso de la especificidad del feminismo de los sesenta en la Argentina, remitimos a las investigaciones de Catalina Trebisacce (2013, 2014), María Luz Torelli (2011), Guido Vespucci (2011), Andrea Andújar (2005) e Isabella Cosse (2007), entre otros.

[4] Con esto queremos decir que si bien en los términos de la literatura sobre el tema y de los paradigmas políticos hegemónicos es recién en este contexto que el movimiento feminista toma relevancia como espacio generador de nuevas praxis políticas, lo cierto es que desde el inicio mismo de la modernidad una perspectiva no androcéntrica puede rastrear distintas manifestaciones de un proto feminismo que disputa la hegemonización de los procesos políticos por parte de los varones, y padece sus efectos. Dichas resistencias han sido históricamente invisibilizadas por la historiografía tradicional y por las ciencias sociales en general.

[5] She’s Beautiful When She’s Angry (Ella es hermosa cuando está enojada) es el nombre de un documental estrenado en 2014 y dirigido por Mary Dore, que recrea el activismo del Movimiento de Liberación de las Mujeres en Estados Unidos, imprescindible para quienes deseen conocer y ver en acción a sus principales referentes.

[6] “Las lesbianas no somos mujeres, como no lo es tampoco ninguna mujer que no esté en relación de dependencia personal con un hombre” fue una frase emblemática instalada por Monique Wittig (referente del feminismo materialista francés) en su libro El Pensamiento Heterosexual. Retomaremos las implicancias de esta afirmación más adelante.

[7] Optamos por esta forma de referirnos a las protagonistas de este momento de efervescencia feminista sin desconocer que es sobre esa misma referencia, y en términos generales, sobre la pregunta por el sujeto del feminismo, sobre la que versan algunas de las polémicas más fértiles que nos atraviesan hasta el presente. Nos referimos más concretamente a la pregunta por las implicancias políticas de identificarnos como “mujeres”, por las exclusiones y naturalizaciones que dicha categoría supone, por sus posibilidades de nombrar aquello que el feminismo busca politizar. Es importante señalar también que allí radica buena parte de las críticas a las derivas hegemónicas de la “segunda ola”, que denuncian su marcado sesgo de clase, hetero-cis-centrado, universalizante y colonial, entre otros cuestionamientos.

[8] Retomo la expresión de Rita Segato.

[9]  Retomo esta expresión de Francesca Gargallo

[10] El documento era firmado por referentes de la talla de Simone de Beauvoir, Christine Delphy y Monique Wittig, entre otras personalidades, quienes afirmaban públicamente haberse practicado un aborto.

[11] La mística de la feminidad, de Betty Friedan, es reconocida por la literatura feminista como una de las obras que, junto a El Segundo Sexo de Simone De Beauvoir, se ubica en la transición de la primera a la segunda ola e introduce los interrogantes que luego serán complejizados por el feminismo de los sesenta.

[12] Entendiendo como explica Soledad Murillo en El mito de la vida privada: de la entrega al tiempo propio, lo “privado” como “privación de sí” y no como espacio de realización individual.

[13] De hecho, algunas producciones feministas a las que nos referiremos a continuación son cronológicamente anteriores a las teorizaciones de Foucault sobre el carácter construido de la sexualidad, siendo este último sin embargo considerado como un pionero en la temática, reconocimiento que hace caso omiso de la ausencia de perspectiva feminista o referencia alguna a dichos antecedentes en su obra.

[14] “De cómo el feminismo me cagó la vida”, disponible en: https://vimeo.com/70023810

[15] Retomamos aquí la caracterización que Diana Maffia hace de las epistemologías feministas en Contra las dicotomías: feminismo y epistemología crítica.