Somos autonomistas, pero somos más que eso...

Un profesor de México nos habla desde el alma

Una reseña autonomista del libro de John Holloway Cambiar el mundo sin tomar el poder

Autores: Gegenantimacht (Contrapoder)

Hace ya medio año que nosotros (un par de izquierdistas radicales provenientes de distintos grupos autonomistas) empezamos a leer a Holloway. Ahora nos pusimos a escribir para nosotros y para ustedes, sobre lo que nos resulta importante y nos entusiasma de este libro. Quizás a partir de ahí a ustedes también les dé ganas de leerlo. A nosotros nos pasó que muchas partes del libro nos estimularon a discutir nuestra identidad política, nuestra praxis y su referencia a la vida cotidiana, poder y antipoder y mucho más.

Aunque John Holloway sea profesor universitario (en México), la articulación clara que establece con los movimientos sociales de base -especialmente con los zapatistas- y los conceptos emancipatorios que presenta, hacen a que este libro sea en realidad un libro sobre nosotros, nuestras ideas, nuestras políticas. Reencontramos en su teoría muchas cosas que también entendemos como la base de nuestro enfoque político, la autoorganización no jerárquica en los movimientos sociales, una posición anti Estado, el rechazo a los partidos y a las burocracias y un no a la política de representantes. Nosotros somos los sujetos, el camino es el objetivo, la primacía de la praxis, no existe una vida verdadera en un contexto de falsedad, tenemos más preguntas que respuestas y crítica en vez de cooperación constructiva con el sistema. T todos nosotros estamos impregnados por el pensamiento preDOMINANte y la praxis social DOMINANte que nos destruye a diario.

Como marxista no dogmático, la intención de Holloway con su construcción teórica -que cualquier libro implica- es la de (contribuir a) reflexionar sobre la praxis y constituirse así en un apoyo de aquellos que salen a la calle para cambiar el mundo. Creemos que lo logró. Por eso también le enviaremos a él este texto. Consideramos que es el trato que corresponde dar a las personas que tienen la idea de que la praxis requiere de teoría y viceversa, y que buscan activamente esta articulación. Lamentablemente no son muchos.

Hubo diversos comentarios críticos de personas que discutieron más los déficits teóricos de este libro (por ejemplo, Joachim Hirsch en Argument 249, Gerhard Hanloser en iz3w 267, Peter Birke en Zeitschrift für sozialistische Betriebs- und Gewerkschaftsarbeit 1/03, Wildcat No. 65 de febrero de 2003). Discutimos también estos comentarios, y no los compartimos. Por ejemplo no compartimos que Hirsch critique el concepto de identidad por su indefinición. Según nuestra opinión, la elección de la palabra identidad facilita el debate filosófico, pero es además relevante también para nuestras latitudes (véase la falta de respeto con la que suele tratarse a menudo a mujeres, negros o desempleados), y no solamente para la población indígena de México. Asimismo nos extraña que Hirsch critique un supuesto esencialismo en Holloway. No puede suponerse una esencia natural innata (un núcleo esencial predeterminado) en los seres humanos, simplemente por enfatizar que estamos obligados hoy a vivir en forma enajenada y que esto sea lo que permite que se mantengan las estructuras de explotación dominantes. No queremos seguir discutiendo este tema aquí, nos importa mucho más la utilidad de las tesis de Holloway para la práctica política y las cuestiones que surgen de la perspectiva formulada por él.

"Al comienzo fue el grito..."

Holloway recupera los conceptos marxistas para la izquierda utilizando formulaciones propias como "el hacer" y "la separación de lo hecho". De esta manera logra sustituir conceptos entendidos generalmente sólo desde lo económico (por ejemplo, producción de plusvalía) por un pensamiento que toma en cuenta que nuestro quehacer cotidiano está determinado más ampliamente por las estructuras de poder. Su lenguaje se mantiene siempre sencillo y es posible seguir sus análisis, con lo que Holloway hace que Marx se vuelva comprensible también para aquellos no lo han leído.

Holloway describe a la sociedad capitalista como aquella que niega, con su dominación explotadora, la solidaridad entre los seres humanos y la acción creativa. Los potenciales creativos se instrumentalizan al ser transformados en trabajo creador de valor. En eso está la verdadera negación destructiva y no en la posición de aquellos que no soportan esta situación y se oponen a ella. Su objetivo es poner en evidencia la praxis del decir NO, del grito espontáneo contra las condiciones existentes y de la resistencia individual cotidiana, para dotarlos de contenido revolucionario. Afirma que podemos cambiar todo si trabajamos diariamente en el cambio. Somos influyentes pues nuestro hacer es la base para que todo funcione, mientras no decimos que NO. Holloway defiende la tesis de negar simplemente este estado de cosas y ver qué pasa. Es un punto de partida importante. Sólo a través de nuestra acción podemos lograr algo. No necesitamos y no queremos tener un plan totalmente elaborado en el bolsillo, y haber comprendido todas las interrelaciones para comenzar con la rebeldía. La acción de resistencia y las utopías son posibles, más allá de las contradicciones que nos atraviesan a todos, por el hecho de que estamos marcados por nuestro contexto. Sin embargo, mediante la negación y la rebelión, nos es posible liberar nuestro poder creativo, "el poder social del hacer humano". Es que las relaciones de explotación nos roban nuestra fuerza y creatividad diarias y la aprovechan en nuestra contra, para mantener funcionando el statu quo.

Durante la discusión de esta práctica del decir NO, nos surgieron algunas preguntas. ¿ Es la negación en sí misma una política emancipatoria? ¿No depende de cuáles sean sus motivos? ¿Qué pasa con la política y el No de fascistas, racistas, sectas, esotéricos? Consideramos importante echar una mirada a las prácticas de negación que no nos son tan corrientes pero de las cuales también podamos aprender algo. El No está, como destaca Holloway, en todas partes y en la práctica cotidiana. Forman parte de ella banalidades como grabar CDs de música o tirar contra la pared el despertador que nos llama a trabajar en la madrugada. Pero la negación no puede serlo todo. Para nosotros, es más bien un potencial que una visión revolucionaria. Vemos paralelismos en el debate actual sobre la apropiación (campañas por servicios y bienes gratuitos, BUKO, Arranca, AK). Por supuesto, tenemos que considerar también nuestras resistencias cotidianas: hurto, andar en bus sin pagar, formas alternativas de convivencia, vivir indocumentados, concepciones de pareja, etcétera, como algo fuerte y anticipador. Pero... ¿no significa esto del rebusque individual un cómodo "si yo ya estoy resistiendo"? ¿No deben estas acciones manifestarse colectivamente y buscar su masificación antes de ser un peligro para el sistema?

Contrapoder o antipoder, ¿no van juntos?

Desde la óptica de las luchas sociales y anticoloniales (nacionales) del pasado y su conversión en nuevas constelaciones de poder, Holloway deriva la necesidad del antipoder. El poder no debe transformarse y rediseñarse, sino abolirse. Es importante no ilusionarse con la idea de poder abolir la dominación con la conquista del Estado. El Estado es solamente la expresión de relaciones poderosas, no el lugar donde se concentra el poder exclusivamente.

Pero oponerle antipoder significa para Holloway cuestionar todas estructuras surgidas del poder jerárquico en ámbitos tan distintos como en las ciencias sociales, las relaciones de género y las estructuras de poder informal en los propios grupos políticos.

El postulado del antipoder nos plantea la cuestión de si sirve el concepto del contrapoder. Hasta ahora, suponíamos que este último no estaba vinculado con la toma de poder clásica y que rechazaba el poder por principio. Pero hacer una gran manifestación contra la opresión y "pelear el poder" en proyectos concretos de las clases dominantes no es considerado por nosotros como contradictorio con la idea de querer disolver y abolir el poder en todos los ámbitos de la vida. Justamente para eso necesitamos una y otra vez construir contrapoder, sin por ello tener que postergar eternamente cualquier idea. Compartimos que no podemos apostar exclusivamente al poder armado o a las intervenciones militantes. "La lucha no se puede ganar militarmente". Pero sin transgredir las leyes respectivas de distintos países, sin daños, sin sabotajes y autodefensa militante de nuestra vida, de los espacios de libertad y formas de organización que conquistamos no llegaremos lejos ni acá ni en ningún lugar del mundo. "Nosotros" -como izquierda radical,- mantuvimos temporalmente la ocupación de casas, logramos una y otra vez los campos antirracistas en las fronteras o realizamos durante años acciones de sabotaje costosas contra la industria nuclear. Cuanto más poderosos nos mostramos, más concesiones tuvieron que hacer las clases dominantes, negociando, ocultándose o abandonando sus planes. Es justamente una cuestión de relaciones de fuerza y de nuestro contrapoder, hasta dónde nos podamos imponer a ellos. El antipoder es para nosotros una actitud autocrítica, para que no surjan en la construcción de contrapoder nuevas jerarquías y dominaciones. En este sentido, para nosotros no hay contradicción.

La praxis: ¿pero cómo entonces?

Como Holloway explica el funcionamiento del sistema capitalista al revés, hace (más) fácil (pensar) la resistencia. Dice que en realidad tenemos la sartén por el mango, porque cualquier explotación y opresión dependen de nuestra cooperación. Comprendiendo y gritando en contra, oponiéndonos y organizándonos, nosotros tenemos el poder de cambiarlo. Deja abierto cómo y cuáles serían los medios que él considera legítimos para tal fin. Nos queda la duda de si deja esta cuestión vaga y abierta para no dar recetas; y menos para aquellos que en realidad no quieren cambiar nada fundamental y se dan por satisfechos con teorías grandilocuentes sin praxis, para poder seguir armando su propia carrera. Recordemos, entre otros, a la gente que en las universidades trabaja mucho sobre género y deconstrucción, que conoce a Judith Butler de arriba a abajo, pero que no organiza en la práctica nada contra el sexismo. También están los quejosos que estudian ciencias políticas y siempre encuentran una razón para no salir a la calle. Que Holloway no dé instrucciones y recetas, está bien. Pero consideramos que no es suficiente identificar construcción teórica con práctica política. Si todos hacen lo mismo, no vamos a cambiar nada.

En un estado de indefinición similar queda la posición de Holloway respecto de la violencia. Dice claramente que rechaza lo militar en todas sus formas. Nosotros también creemos que los ejércitos son una mierda. En general, no funcionan sin militarismo, fetichismo de las armas y jerarquías patriarcales. Sin embargo, cuando los oprimidos se arman para defenderse a sí mismos y sus espacios de libertad, es otra cosa. Deben cuidarse de no caer en las trampas mencionadas arriba o de no perder el contacto con las bases. Cuando Holloway dice que el capitalismo violenta a todos y se ha armado, sea a través de la policía, de ejércitos o amenaza con la represión (si uno no se pone derecho y obedece), ¿se puede concluir que también considera legítimo tomar las armas? ¿O sus referencias recurrentes al EZLN en Chiapas que lleva la palabra ejército en su nombre sólo son citas populares de una guerrilla que no tira más un tiro desde hace 10 años, para brillar óptica y verbalmente? ¿Y es esto para todos nosotros una razón, para admirar y apoyar masivamente este movimiento de liberación armado, casi el último en el mundo?

La articulación permanente del EZLN con sus bases es más significativa para nuestra referencia positiva a la praxis, que su organización necesariamente militar, pues la democracia de base es el único recurso contra una política elitista de vanguardia. Lo que hace falta no es una política de la organización, sino una política basada en los acontecimientos. Como ejemplos de esta "antipolítica", como él la denomina, Holloway enumera el Mayo Francés, la caída de los regímenes en Europa del Este, el levantamiento zapatista, las manifestaciones contra el neoliberalismo mundial en Seattle, Davos, Washington, y Praga. El modo de organización de estas marchas, trata de explicarlo como la planificación de una fiesta: se necesita una buena preparación y "luchadores" decididos; no surge espontáneamente. No tiene un fin en sí mismo, carece de estructuras y su resultado es abierto. Esto también nos gusta, pero nos preguntamos si a la larga puede funcionar sin jerarquías, ya que los procesos de jerarquización suelen transcurrir en forma invisible.

Si algunos avanzan con buenas ideas en esta situación, no siempre tiene que tratarse de una política de vanguardia. Es necesario que ocurra todo lo contrario para no girar sobre sí mismo todo el tiempo. Esto nos hace recordar viejos debates de la izquierda radical. A menudo se critica la falta de nuevas formas de acción como "política de bomberos autonomistas". Muchos tienen la sensación de que no se avanza porque nos orientamos hacia acontecimientos predefinidos (cumbres, visitas oficiales, asaltos neonazis). Las campañas y acciones autodefinidas suelen carecer de participación o se diluyen. Pero las razones para luchar están presentes permanentemente, todos los días, y por eso no es nada extraño que la izquierda necesite volver a contar con propuestas concretas para salir a la calle y entusiasmar a otros con ellas. De esta manera, también las actividades en los llamados movimientos particulares pueden tener un sentido más amplio y fortalecerse mutuamente. Por supuesto que no solamente queremos evitar el depósito de basura nuclear en el Wendland o barrer a los nazis de la calle, pero por algún lado hay que empezar. La posición de la crítica desde afuera solamente fomenta la arrogancia y la pasividad. Si nosotros queremos que la crítica radical gane terreno y que se ponga en práctica la praxis radical, también tenemos que estar presentes y llevarla a los movimientos sociales.

La teoría que carece de práctica, a la larga no nos satisface

Holloway escribe como científico marxista, discute y critica las distintas teorías y prácticas que se refieren al marxismo. Mucho de ello es filosófico y sumamente complejo, pero lo fascinante es que sigue igualmente comprensible y llega al lector. Introduce conceptos complicados, pero los explica satisfactoriamente. Recurre a un lenguaje emocional, escribe desde "yo" y "nosotros" y critica además la cientificidad abstracta difundida entre la gente del ámbito universitario, que niega su propio involucramiento aduciendo objetividad. Además critica a la cientificidad a la cual también se someten la teoría y práctica de la izquierda. De la continua obligación de aportar pruebas deriva una parálisis que también nosotros conocemos. (recién cuando estoy en condiciones de justificar mi descontento objetivamente de manera satisfactoria y de contextualizarlo respecto de las teorías corrientes, tengo permiso de hacer algo, de organizarme). Sin embargo, es justamente la inmediatez del rechazo hacia la realidad algo valioso, que no debería perderse en la Universidad, en el pensamiento objetivista y en la fundamentación teórica. La teoría no debería convertirse en un fin en sí mismo (como se enseña generalmente en las universidades), sino que cobra sentido solamente como parte de una práctica, que no puede prescindir de la reflexión. Holloway demuestra que el punto de partida de la teoría siempre debe ser la práctica. Encuentra fundamentos para sus enfoques teóricos en distintos autores como Adorno, Foucault, Gramsci, Horkheimer, Lukács y Marx. No se queda "pegado" a una "escuela". Busca referencias que sean útiles. El criterio es que sirvan para la praxis, para el cambio social hacia la emancipación. Y la "verdad" se demuestra a partir de que su concreción práctica funcione. En consecuencia, Holloway también tiene bastante que criticar a las concepciones fracasadas del marxismo: el automatismo revolucionario, la toma de poder, el capitalismo de Estado, el imperialismo soviético, las jerarquías en los partidos y en las sociedades "socialistas". Aprende de los errores de la práctica pasada (que muchas veces tienen orígenes teóricos) y así cambia su perspectiva en un sentido que resulta muy significativo para nosotros y nos alienta. Quizás no necesitábamos teorías sofisticadas para lograr estos conocimientos, pero es simpático que existan marxistas que sean capaces de tratar con autonomía y crudeza "su" historia. Hay muchos otros que se dedican principalmente a la construcción teórica y, para ellos, Holloway explica muy bien la importancia de la articulación con la práctica a partir del "enfoque movimientista". El hecho de no saber explicar siempre todo y no poder presentar una concepción teórica acabada son los puntos "débiles" que otros encuentran en nuestro enfoque y que a veces nosotros mismos lamentablemente sentimos como tales. Holloway los convierte en principios coherentes y fuertes. Esto ya conocemos de la filosofía del movimiento zapatista, que nos gusta desde hace mucho y nos da aliento. Holloway también parece haber aprendido mucho del mismo. Así, por ejemplo, el principio del "preguntando caminamos", que quiere decir que no se necesitan soluciones acabadas y ni siquiera querer tener objetivos y concepciones predefinidos, parar una y otra vez en el camino para buscar el camino que se modifica a medida que lo transitamos. No sólo es inevitable cometer errores, es incluso importante, ya que de ellos podemos aprender. Los caminos pueden ser muy distintos y no simultáneos y debemos respetarlos a todos. La fuerza está en la diversidad. Esto suena vago e impreciso y no se condice para nada con aquello que se entiende tradicionalmente por hacer política. Pero aquello que se suele ver como carencia es una buena concepción, porque en vez de negar las dificultades implícitas en el cambio, o pasarlas por encima con miras a la meta final, las considera en parte del pensamiento y de la acción. De esta manera se previene la resignación ("si total, la revolución no viene nunca") y se evitan silencios vergonzosos frente a la pregunta insistente "¿y cómo funcionará esto de la revolución?". Para contrarrestarlos, la esperanza y el deseo de cambio son importantes. Es decir si toos sienten que encontraremos el camino aunque hasta ahora no lo conozcamos.

Las trampas de la política identitaria o "Somos..., pero somos más que ésto"

El significado que Holloway le da a Identidad, es para nosotros el correcto, ya que toma en cuenta el lugar desde donde se formula y la perspectiva que se plantea. Holloway se explicita diciendo: "Somos mujeres/indígenas/trabajadores/judíos..., ¡pero somos más que eso!" La primera parte plantea la opresión o la exclusión y la pone en evidencia con autoestima, la segunda la supera no permitiendo limitarse a un nicho.

Normalmente se nos enseña de ser y seguir siendo aquello que es dable al explotado, domesticado y manipulado: esposas, alemanes, campesinos, indios ignorantes, empleados/as. Estas categorizaciones cotidianas sirven para estabilizar la dominación. Las categorizaciones nos dividen, nos se condicen con nuestros sueños. Pues no somos solamente aquello que necesitan de nosotros el capital, la nación o el patriarcado. Está en todos los seres humanos el potencial para rebelarse contra las categorizaciones. Si no nos contentamos con ellas y queremos evidenciar la dominación a la que somos sometidos a partir de las mismas, necesitamos un NOSOTROS, necesario también para organizarse contra esta situación y para defenderse contra los intentos de cooptación de grupos que ya creen saber como hay que cambiar el mundo. Organizarse implica limitaciones respecto de la identidad que todos conocemos. Te diferencias en tu aspecto, vas a determinados boliches, te limitas a hablar con la "gente del palo", etcétera. Eso es importante para conquistar espacios, tanto en la práctica como en el discurso (oral y escrito), para sentirse fuerte: pones el mundo de cabeza; lo que haces es importante. Pero, para no anquilosarse en esta lucha y no estancarse en el statu quo, debemos ver en qué medida nuestra respectiva situación como inmigrante, como lesbiana, como "discapacitado", se relaciona con la de otra gente organizada, y cómo intentan enfrentarnos a fin de derrotarnos. Debemos pensar que lo que queremos en definitiva es un mundo donde nuestras diferencias y nuestros intereses individuales no sean explotados para dominarnos, sino que se comprendan como una diversidad estimulante. Así no nos expondremos tanto al peligro de quedar estancados.

La disolución de identidades es una perspectiva, sin por ello negar las construidas socialmente en la actualidad, pues es con estas últimas que tenemos que arreglarnos por el momento, aunque las rechacemos parcialmente y queramos llegar a otros horizontes. El consejo de Holloway es hacerlo transparente en todo momento, en nuestras luchas por la visibilidad y los derechos humanos, "enfatizando la no identidad, el todavía no, lo potencial ".

La idea de la contradicción principal, ¿reaparece por la puerta trasera?

Como marxista, Holloway parte de la teórica de la explotación capitalista del ser humano, lo cual no nos sorprende. Pero se refiere a luchas que sólo en parte surgen de ella: las luchas de las feministas, el movimiento ecologista, el campesinado zapatista, el movimiento antiglobalización. Para Holloway hay otros antagonismos aparte del de clases (como el patriarcado, la destrucción de la naturaleza, el racismo) que no pueden ser explicados por el marxismo clásico. Esta es una buena lección para lectores de este espectro, para que terminen de despedirse de la "clase obrera" como su imaginado sujeto revolucionario.

Según Holloway, la lucha no debe surgir solamente de la explotación clásica en el lugar de trabajo, sino en general de la "separación entre lo hecho y el hacer", entre sujeto y objeto, que se produce en todos los ámbitos. Sin embargo, su enfoque se basa principalmente en la idea de una aleineación de los trabajadores respecto de sus productos y la fetichización de este proceso. Es decir que, por ejemplo, la silla no sólo no está a disposición del carpintero que la hizo, sino que además es convertida en un valor en el sentido mercantil. (Al hablar de fetichización, Holloway enfatiza el carácter procesual, contrario al de fetichismo que supone un proceso acabado. De esta manera quiere dotar de dinamismo al concepto y demostrar que se recrea minuto a minuto, lo cual quiere decir que también puede pararse en cualquier momento). La fetichización significa para él más que la explotación en la fábrica. Tiene un significado más amplio, en cuanto separación de todas las actividades humanas de sus resultados y efectos. Somos alienados en muchos aspectos de nuestra vida: en nuestra sexualidad, en nuestros placeres lúdicos, en nuestra creatividad, en nuestra autoestima. Autoestima y creatividad, por ejemplo, solo son legítimas cuando llevan a un resultado útil y se miden de acuerdo a criterios de eficiencia. Esta crítica es en realidad atípica para un pensamiento tradicional basado en un antagonismo principal. Sin embargo, Holloway opina que el "antagonismo binario" de la separación entre hacer y lo hecho que atraviesa la sociedad, "se manifiesta con mayor evidencia en el proceso de explotación". Esto suena fuertemente a trabajo asalariado. Y a pesar de su crítica a las concepciones marxistas tradicionales, sigue hablando de lucha de clases. El racismo y el sexismo no reciben el mismo análisis en profundidad como la explotación capitalista, sólo son enunciados una y otra vez en relación con las luchas que se desarrollan en contra de ellos. Como la idea de alieneación y clasificación puede ser aplicada perfectamente a las formas de dominación racistas y sexistas, asociadas frecuentemente con la explotación capitalista, no lo discute. Ni siquiera la esfera de reproducción (que recompone al trabajador y provee las futuras generaciones de ellos) se analiza más detalladamente, a pesar de que muchos marxistas ya han escrito sobre ello. A nuestro entender sus explicaciones parecen referirse en la mayoría de los casos a la relación capitalista, aún cuando él mismo critica esta mirada unilateral, llamándola pensamiento de antagonismo principal y de poder estatal. En vez de las clases - que rechaza por definiciones de las clases dominantes- habla de clasificaciones, para evidenciar el proceso de definición. Se queda pegado a conceptos de clase obrera y lucha de clases, aunque intenta darles un contenido anti-identitario: "No luchamos como clase obrera, luchamos contra nuestra existencia como clase obrera, contra el hecho de ser clasificados. Nuestra lucha no es la lucha del trabajo. Es la lucha contra el trabajo". Si nos comprendiéramos como clase obrera, la definición del capital habría ganado y la resistencia ya no sería pensable. Este pensamiento tiene el potencial que posibilita la resistencia, porque siempre somos más que esta única categoría: "trabajadores". Cuando nos demos cuenta de que vivimos alienados y divididos, podremos superarlo. "Solamente cuando comprendamos nuestra subjetividad como subjetividad escindida y nuestro Yo como un Yo escindido, podremos otorgar sentido a nuestro grito, a nuestra crítica". Es una lograda afirmación, pero en sus elaboraciones concretas lamentablemente se limita a la cuestión de clase.

Las preguntas por el camino son parte del proceso revolucionario

A pesar de la crítica arriba mencionada queremos recomendarles fuertemente este libro. Según nuestra opinión, estimula una buena reflexión también sobre nuestra propia política (autonomista, de izquierda radical). Al leer y debatir sobre el texto de Holloway, sentimos que su enfoque se articula fuertemente con nuestras propias experiencias, lo cual nos hizo optimistas y nos dio esperanza, pues podemos comprender con orgullo que los déficits que muchas veces sentimos en el quehacer cotidiano y los límites con los que nos encontramos son parte de nuestra concepción política. Generalmente no tenemos opciones políticas realistas, a muchas cosas solamente les decimos NO. No tenemos un camino concreto ante nuestros ojos, ni concepciones universales. Pero, según Holloway, empezar con un grito o con un fuerte NO, es un buen comienzo y una forma legítima de política, porque esta sociedad está basada en el acuerdo y la participación. Como él, nosotros queremos privilegiar nuestro enojo frente a una teoría pura del nefasto statu quo. También nosotros caímos en la trampa del fenómeno conocido de esperar más de un trabajo teórico, de su libro. Ya el título nos tentó de mirar primero las últimas páginas para ver si ahí se da a conocer alguna receta o la única línea correcta. Por supuesto, un libro nunca puede brindarla y este libro explícitamente no quiere hacerlo. La (casi) última frase del libro lo expresa bien: "No sólo preguntamos porque no conocemos el camino (no lo conocemos), sino también porque preguntar por el camino forma parte del proceso revolucionario mismo".

Abril de 2004


Traducción: Lic. Katrin Zinsmeister