El cowboy guerrero de Dios: cristiandad, globalización y falsos profetas del imperialismo

Bajo el signo de las Barras y Estrellas, la guerra contra el terrorismo desencadena el ataque de los sabuesos del Nuevo Orden Mundial, en defensa de la civilización. En el proceso, los Estados Unidos han cruzado el umbral del autoritarismo militante para saltar al balcón global del neofascismo, barriendo con la Constitución por el camino. Mientras la nación siga aplaudiendo y las impías quijadas de Bush se proyecten cada vez más lejos, no se sentirá el hedor.

Existe, en la administración de Bush, un esfuerzo conjunto por unir la retórica política a un discurso apocalíptico, como parte de una política más general de miedo y paranoia. Como un sacerdote de artes siniestras, Bush desenterró con éxito los restos de la retórica protofascista de Ronald Reagan del cementerio de las fantasías escalofriantes, se lo apropió para sus propios intereses y lo lanzó públicamente cual un encantamiento. Modelar la propia imagen mediante el uso de tropos mesiánicos y milenarios funciona mejor sobre la audiencia (en este caso, el público norteamericano) cuando la actuación se hace descarada y se eliminan los melindres, y se la mantiene desatada, confiada, anagógica y a veces alegórica. El lenguaje fascista es una forma de discurso directa y descarada; y, como un iceberg, produce el mayor daño bajo la superficie. Los manipuladores de Bush son maestros en los giros fascistas, y él es un candidato perfecto, ya que casi no necesita persuasión ideológica para subirse al carro del fascismo. Es perfecto para anular la distinción entre autoritarismo religioso y política. Su defensa de la guerra contra el terrorismo funciona mayormente por asociación arquetípica, y opera en el crisol del inconsciente estructural. Puede creer que la Providencia le ha asignado la ardua pero gloriosa tarea de rescatar a América de las satánicas fuerzas del mal, como si fuera la personificación de la voluntad general y del espíritu no adulterado del pueblo norteamericano. Invocando el papel de profeta, que se identifica con el brazo armado del castigo divino, Bush revela el substrato escatológico de la guerra contra el terrorismo, tal vez con la mayor evidencia en los pronunciamientos maniqueos y totalizadores en que equipara a Bin Laden y sus guerreros del inframundo de Al Qaeda con el mal absoluto y a los Estados Unidos con la cima de la libertad y la bondad.

Como única ex colonia que se transformó en imperio, los Estados Unidos, como afirma correctamente Aijaz Ahmad (2003, pág. 51), ahora "se arrogan una soberanía ilimitada de naturaleza arbitraria, que sólo puede existir en tanto su poder es tan superior al de todos los demás que su accionar no puede ser desafiado por ningún otro componente del sistema estatal global, por más resentidos que puedan estar". El colonialismo, señala Ahmad (2003, pág. 52), no es "una característica accidental, superficial o episódica del desarrollo del capitalismo" sino más bien "parte intrínseca de la acumulación primitiva del capital" y continúa hasta el post-colonialismo de hoy al ejercer lo que David Harvey (2003) llama la acumulación por despojamiento. Debemos admitir, sin embargo, que de lo que hoy somos testigos en la era del imperio de los Estados Unidos es de

el primer imperialismo totalmente post-colonial, no sólo libre de dominio colonial sino antitético a éste: es improbable que la actual ocupación de Iraq se transforme en un dominio colonial a largo plazo, por mucho que dure el atolladero y aun si los superhalcones del Pentágono llevan los ejércitos de los Estados Unidos a Siria, Irán o donde sea. No es un asunto de preferencia ideológica por un imperio "informal" sobre un así llamado imperio "formal". Es un imperativo estructural de la composición actual del propio capital global (Ahmad, 2003, págs. 44-45).

Lo que hace este momento histórico tan urgente, políticamente, es que es la primera vez en la historia humana que un poder imperial es tan dominante que no tiene rivales ahora ni en un futuro previsible. Los Estados Unidos representan la más poderosa concentración de fuerza de la historia humana, lo que lleva a Ahmad a comentar que desde la época posterior a 1914

no ha dominado las instituciones de gobierno de los Estados Unidos una fuerza de extrema derecha tan concentrada, una fuerza tan sobredeterminada en su ideología y en sus proyectos que no reconoce límites en su propia venalidad, criminalidad o ambición global. Son, a su manera, tan milenaristas como el miembro más irracional de Al Qaeda pero, a diferencia de Al Queda, tienen poder; más poder que nadie en la tierra. Por eso sus acciones se atienen, en general, a la lógica del capital, pero pueden muy bien excederla (2003, pág. 48).

M. Shahid Alam (2003) capta todas las implicancias de ese poder cuando escribe:

Una vez más, los Estados Unidos son el centro mundial de las ideologías reaccionarias. Terminadas las restricciones de posguerra al uso de fuerzas letales, los Estados Unidos se deleitan en el uso de fuerzas letales. Y no sólo eso, quieren que los vean usar fuerzas letales. Quieren que les teman, incluso que los odien por su magnífico poder, que deja caer la muerte desde el cielo como nunca antes, como ninguna otra potencia lo hiciera antes. En cuanto a fabricar muerte, no admitimos competencia.

El régimen de Bush es un nuevo fenómeno cualitativo en la historia de los Estados Unidos, no en el sentido de que se orienta en beneficio de la clase gobernante (el negocio habitual), sino en el furioso intento de sectores dominantes de reformar las estructuras e ideologías de la burguesía reinante y, al hacerlo, reformar y remodelar las expectativas del público. Los demócratas no sólo se han mostrado como traidores de la elite imperial sino que básicamente han apoyado al régimen de Bush en sus esfuerzos por pelear la "guerra eterna" contra el terrorismo y por promulgar el Acta Patriótica.

El intenso tribalismo del inconsciente estructural de los Estados Unidos quedó recientemente de manifiesto en la actual demonización de Saddam Hussein por ser "no americano" en su trato a los ciudadanos iraquíes. En un intento de justificación de su guerra contra Iraq, los medios de los Estados Unidos ahora están repletos de historias sobre Saddam asesinando a su propio pueblo. Si bien todos seguramente retrocedemos horrorizados por los relatos de las atrocidades de Saddam, debemos sospechar del motivo por el cual, ahora, los Estados Unidos están tan deseosos de destacarlos. Al poner tanto énfasis en la matanza de conciudadanos iraquíes de Saddam como la cima de la maldad, apartan la atención del horror de la matanza de ciudadanos de otros países por los Estados Unidos. Después de todo, no puede imaginarse que un presidente de los Estados Unidos ordene nunca el asesinato de sus ciudadanos (los pueblos autóctonos y los esclavos de origen africano nunca fueron considerados verdaderos ciudadanos hasta haber despachado a la mayor parte mediante los más despreciables actos de genocidio). Como señala M. Shahid Alam,

Para un país que reclama hablar en nombre del hombre, del hombre abstracto, del hombre universal, los cargos no son que Saddam haya matado gente, que haya cometido asesinatos, asesinatos masivos. Se lo juzga, en cambio, bajo la acusación de matar gente que tiene una relación específica con el asesino: son su propia gente. Esto traiciona el tribalismo. Surge de una percepción que fractura la indivisibilidad de la humanidad, que divide a los hombres en tribus. Divide a la gente en "nosotros" y "ellos", en "los nuestros" y "los suyos"; y eleva el "nosotros" sobre el "ellos", a "nuestra" gente por sobre "su" gente. Revela una sensibilidad que sólo puede sentir horror ante la matanza de la propia gente. La vida es sagrada en su esencia. Nosotros, en los Estados Unidos, tenemos derecho inalienable a la vida; está protegida por la ley, no nos puede ser quitada sin el debido proceso. Los norteamericanos están orgullosos, tranquilos, en la ilusión de que su presidente nunca pensaría en matar a su propia gente. Los crímenes de Saddam son de los peores porque ha torturado a su propia gente; ha matado a su propia gente; ha gaseado a su propia gente. Ha violado el edicto de la naturaleza. Sus actos son no americanos.

Quienes justifican la guerra sobre la base de las masivas tumbas de Saddam están muy dispuestos a dejar de lado la razón que aduce Bush para la guerra y apoyan la noción de que el fin justifica los medios. Esa gente que apoya la guerra por razones humanitarias, ¿está al tanto de que muchas de las víctimas de Saddam son el resultado de sus represalias posteriores a 1991, cuando Bush padre exhortó a los iraquíes a levantarse contra Saddam, para abandonarlos luego a la consiguiente matanza?

Echando un velo de corrección sobre el ejercicio de la destrucción masiva y la búsqueda de dominación geopolítica (es decir, los Estados Unidos sólo están protegiendo al mundo de quienes odian la libertad y desean destruir la democracia), Bush obtuvo un status casi sacerdotal ante la vasta mayoría del pueblo norteamericano (si es que hemos de creer en las encuestas de opinión). Es visto como brindando algún tipo de esperanza metafísica de renacimiento del Espíritu Americano, que había caído en un estado moral comatoso en lo que muchos conservadores perciben como el disoluto interregno de los años de Clinton. Desde que el mito de "América" como nación elegida de Dios ingresó al inconsciente colectivo del pueblo norteamericano, la política de los Estados Unidos está lista para la aparición de salvadores y culpables. Sin perder oportunidad, Bush vistió la túnica de señor mundial de la guerra, empuñó el Martillo de Thor y lo continúa blandiendo sin cesar, a despecho de la opinión de la corte del mundo. Parece creer que el elegido de Dios ‑el übermenschen americano, en su decidido intento de concretar la visión de Bush padre de convertir a Norteamérica en el administrador con puño de hierro de un Nuevo Orden Mundial‑ no debe verse limitado por las ideas liberales de naciones aliadas militarmente (y por asociación moralmente) más débiles. No es que Bush hijo quiera convertir a los Estados Unidos en una Nueva Jerusalén. Es más bien que cree sin reparos que los Estados Unidos ya son la Nueva Jerusalén y que deben ser protegidos por dirigentes elegidos por el Todopoderoso. Por supuesto, el mito de civilización versus caos es una reescritura del mito de la superioridad racial blanca sobre la gente de color. En vez de los ecos de Wagner tenemos la música de Rocky, en vez de Wotan como héroe favorito de los medios tenemos a Conan el Americano persiguiendo marxistas por las selvas de Colombia, en vez del Triunfo de la Voluntad tenemos el canal Fox de noticias.

La Oficina de Seguridad Interna se dedica a asegurar el orden doméstico. Pero, al mismo tiempo, se le encarga promover lo que un académico conservador, James M. Rhodes, llamó (en el contexto de su discusión de movimiento de Hitler) la "histeria ontológica", descripta por Michael Grosso (1995, pág. 197) así: "La histeria ontológica consiste en el prolongado temor a una inminente aniquilación, el pánico por la inseguridad de la existencia. La gente la experimenta en tiempos de desastres, de desorientación". Una táctica clave de la administración Bush es aprovechar este terrorismo ontológico, mantener al público desorientado y en un continuo sentimiento de dependencia del Cruzado Bush para protegerlo. Cada vez que el público parece a punto de bajar la guardia, recibimos un anuncio de la CIA de que se espera pronto un ataque terrorista, tal vez en unos días.

Los ataques terroristas ‑reales o anunciados‑ ha provisto a Bush de una capa de teflon: las críticas no se le adhieren. Todo lo que tiene que hacer es hacer declaraciones audaces, carentes de complejidad. Cuanto más superficiales sean, más profundas parecerán si están impregnadas de hagiografía y profecía bíblica. Bueno, tal vez no exactamente profecía bíblica sino una ilusión de profecía bíblica. Una supremacía destructiva apocalíptica es el gel profiláctico que mata las críticas por contacto. El hecho es que es profundamente más efectivo esconder geopolíticas complejas en el lenguaje simplista, infantilizante del apocalipsis religioso y la lógica milenarista. Aquí abundan sin rival los dualismos maniqueos: bien versus mal, valores civilizados versus barbarismo tribal, señores de la guerra versus funcionarios electos, etcétera. En este escenario, el acto mismo de criticar es visto como excesivo. Se acepta la crítica en las páginas de opinión de los periódicos, pero no en los comentarios editoriales. Puede aparecer en un ámbito de poca audiencia de la televisión local, pero no será tolerada en los grandes programas de noticias. El público en general verá a quien critique a un presidente en medio de una guerra global contra el terrorismo como defendiendo intereses particulares, como "aguafiestas" en el mejor de los casos y como traidor en el peor.

Aparentemente, todo lo que Bush tiene que hacer es mantenerse militantemente firme: los Estados Unidos ahora han delimitado geográficamente una nueva sociedad global orientada a la destrucción masiva (que por tanto debe ser destruida), un nuevo eje del mal ‑Corea del Norte, Irán e Iraq‑ que debe ser eliminado. No se puede designar algo como "malo" y después entrar en negociaciones sin comprometerse, uno mismo, en el mismo mal al que ostensiblemente se opone. No se puede decir: "América no permitirá que los regímenes más peligrosos del mundo nos amenacen con las armas más destructivas del mundo" (citado en Umansky, 2002) sin cumplir la amenaza.

El autoritarismo militante que se va instalando lentamente cuenta con la generosa ayuda del Fiscal General John Ashcroft. Consideren sus recientes señalamientos sobre la lucha contra el terrorismo: "Los pueblos civilizados ‑musulmanes, cristianos y judíos‑ comprenden todos que la fuente de la libertad y la dignidad humanas es el Creador" (Umansky, 2002). Ashcroft hizo estas declaraciones frente a un grupo de difusoras cristianas. En el mismo acto proclamó: "Los pueblos civilizados de todas las fes religiosas están llamados a defender su creación. Somos una nación llamada a defender la libertad; una libertad que no está garantizada por ningún gobierno o documento, sino que es nuestro don de Dios" (Umansky, 2002). Y mientras nuestro Fiscal General exila a Orfeo hacia el interior de la política al cubrir los pechos de las estatuas en el hall de su lugar de trabajo, ofrece la ira de Jehová como reemplazo libidinal para los fundamentalistas cristianos que se embarcan en sus marchas de antorchas y declara que "resistimos unidos". Recientemente, el vicepresidente Diock Cheney dijo a los republicanos de Orange County reunidos en la Richard Nixon Library & Birth Place de Yorba Linda, California, que "los Estados Unidos debemos aceptar el lugar de liderazgo que la historia nos ha dado" (Pasco, 2000, B6). Su mensaje de paz a la fuerza es, claramente, una versión secular de un mandato divino de destruir a los infieles.

Actualmente, el público norteamericano no está buscando chivos expiatorios "domésticos", aún cuando algunos de los candidatos sean lo que la "mayoría moral" consideraría "perversos". De momento, quiere un enemigo que siga "allá afuera", al que se pueda atribuir una fuente externa, como se externaliza convenientemente el trabajo de las factorías que explotan las corporaciones transnacionales y se lo ve como ajeno a los valores de la corriente principal de la sociedad norteamericana. En los Estados Unidos nos gusta combatir los detritos de la humanidad global en los márgenes de la civilización (es decir, en el llamado Tercer Mundo).Y todos aquellos que no quieran someterse a las leyes del mercado, y a los deseos de su acólito global de la Casa Blanca, son candidatos automáticos a ser etiquetados como la hez del Nuevo Orden Mundial y blancos justificados del poder militar de los Estados Unidos. Al timón de los Estados justos debe haber líderes que sean ejemplo de un patriotismo de raíz religiosa que considere la redistribución del ingreso, el multilateralismo y cualquier restricción a la libertad individual como enemigos mortales del desarrollo de la democracia. Al punto de bombardear naciones soberanas hasta dejarlas en ruinas por negarse a abrir sus mercados para que se apoderen de ellos las corporaciones transnacionales. Como M. Shahid Alam (2003) lo dice:

Adelante, miserables ciudadanos de la periferia, que hay motivo de regocijo. Levanten sus Cokes y brinden por el Muchacho Emperador aun cuando lance planes para establecer un milenio de Pax Americana. Volteará a todas las tiranías pasadas de moda y acabará con todos los estados delincuentes, dictaduras y monarquías. Extirpará a todos los fundamentalistas, perseguirá a todos los terroristas, correrá a todos los señores de la droga y terminará con todas las armas de destrucción masiva inamistosas. Será la gran limpieza de todos los desafíos autocreados del Imperio. Finalmente nada se interpondrá entre el imperio y la periferia, entre el capital y el trabajo, entre tesis y antítesis.

En este particular momento histórico la democracia parece marcadamente perecedera. Sus contradicciones se han vuelto tan difíciles de ignorar como arena frotada en los ojos. Disfrazada de promesa, la democracia ha funcionado más bien como amenaza. Animada por sentimientos de "víctima inocente" y por un "nacionalismo herido y vengativo" (Lieven, 2003) despertados por los ataques del 11 de setiembre, al llevar su guerra contra el terrorismo a los confines del globo los Estados Unidos están definiendo desvergonzadamente su imperio global como una extensión de su proyecto democrático. La Estrategia Nacional de Seguridad para 2002 plantea muy claramente que los Estados Unidos no dudarán en actuar solos y atacarán preventivamente a "terroristas" que amenacen sus intereses nacionales en casa y afuera. Y uno de sus intereses nacionales es llevar la democracia de mercado al resto del mundo.

A pesar de que decenas de millones de personas ‑muchas de ellas presumiblemente a un cabello de distancia de las supuestas "armas de destrucción masiva" de Saddam‑ marcharon por las calles de ciudades de todos los continentes para denunciar la decisión de los Estados Unidos de lanzar una invasión no provocada sobre Iraq, éstos siguieron adelante con su plan de apoderarse de sus campos petrolíferos, privatizar sus industrias, demostrar a los posibles "malvados" qué les espera y asegurarse un completo control geopolítico estratégico en el Oriente Medio.

Con promiscuas persistencia, los Estados Unidos se distribuyen por todo el mundo en alegre anticipación de ser recibidos con los brazos abiertos como esperados libertadores. El problema es que esos brazos, las más de las veces, están quebrados por bombas racimo con la firma del imperialismo de los Estados Unidos, carcazas de uranio empobrecido y misiles. Cuando la democracia se presenta, llega bajo el signo de su propia negación. La invasión de los Estados Unidos, con la pretensión de llevar libertad e independencia al pueblo iraquí, fue responsable, según estimaciones, de la muerte de unos diez mil civiles inocentes. Las fuerzas de ocupación han prohibido al pueblo iraquí formar su propio gobierno, prefirieron elegir por ellos sus dirigentes, entre un grupo de exiliados mimados y perfumados, ya totalmente occidentalizados y ansiosos por crear un estado iraquí neoliberal. Ya comenzaron a preparar la escena para la farsa de la democracia de libre mercado: privatización del petróleo, la agricultura y todo lo que pueda poner dólares en los bolsillos de los inversores. Como hienas que se abalanzan sobre una carcasa, los abogados, consultores, banqueros y funcionarios de las corporaciones transnacionales se relamen anticipando el momento en que los Estados Unidos completen su misión de abrir Iraq a las inversiones extranjeras (principalmente de los Estados Unidos y británicas) y lleven el imperativo neoliberal de Washington a los incivilizados territorios del Oriente Medio.

En el reloj de arena de la historia se ha desatado una tormenta en la que los libertadores de Fort Hood o Fort Benning espían a través de burkas de acero provistas de torretas y cañones, mientras sueñan que están de regreso en casa rodando por Venice Boulevard, comiendo rosquillas Krispy Kreme en la autopista de San Fernando Valley, alquilando el último video de Arnold y mirando como el terminator sumerge la cabeza de una mujer en la taza del toilete; puede que esos jóvenes reclutas estén pensando que la vida podría ser mejor en el estado dorado si el ojo robótico rojo de Terminator vigila desde Sacramento. Puede que sueñen con ese viaje al motel Moonlight Bunny Ranch de Nevada cuyo propietario ofrece un 50 por ciento de descuento a los soldados que regresan de Iraq. Cuando los soldados regresen al hogar tras su "tour" de cumplimiento del deber por Iraq, puede que noten una larga lista de objetos de consumo diario que llevan escrito "choque y miedo"*. La oficina de Marcas y Patentes de Washington ha recibido recientemente una oleada de pedidos de marcas que usan las palabras "choque y temor" en sus nombres para objetos tan variados como condones, cafés, pesticidas, palos de golf, suplementos dietarios, salsas, bebidas energizantes, yo-yoes, lencería, mezcla de Bloody Mary y "móviles para cunas". Esto es la ideología del militarismo desatado, exactamente lo que puede preparar a los adultos para futuras ofensivas y socializar a los infantes con el asesinato como solución de los "problemas" foráneos o domésticos.

A la luz de las actuales circunstancias históricas, no era de suponer que el proyecto de Washington para un Iraq post Saddam se pareciera en lo más mínimo a un capítulo de Baywatch. Ahora que el país se encuentra hecho trizas, con su infraestructura en ruinas, con una provisión de agua y electricidad que no llega a cubrir las mínimas necesidades de la gente, con sus museos y hospitales irremisiblemente saqueados y destruidos y con los manifestantes iraquíes ametrallados como animales, ¿puede causar asombro que la ocupación de los Estados Unidos haya producido tan ardiente furor en el pueblo iraquí? Ningún poder de ocupación que decide de antemano quién gobernará sus territorios conquistados puede pretender ser un libertador. Las fuerzas de los Estados Unidos están comprometidas actualmente en operaciones tipo Viet Nam que son como el fantasma de las tácticas de "búsqueda y destrucción" de hace 40 años, con la respuesta predecible por parte de una población civil cada vez más tensa cuya animosidad contra las tropas de Estados Unidos se va tornando febril.

La administración de los Estados Unidos ve a los iraquíes como la caballería de Cluster veía a los indios: no pueden estar todavía listos para la democracia. Pertenecen a una cultura tan incomparable con la nuestra que todavía no son capaces de comprender las ventajas fiscales y la superioridad moral de la democracia del capitalismo global y del libre mercado. Esa democracia permitiría a los Estados Unidos apoderarse de sus materias primas y explotar su fuerza de trabajo (con todos esos contratos sin licitación otorgados a las corporaciones amigas de los republicanos). No es una democracia diseñada para el pueblo iraquí, sino para que los Estados Unidos puedan asegurarse de que su propia economía sacará suficientes ganancias petroleras como para impedir que cualquier país advenedizo desafía su poder militar único por al menos otro siglo (no es casual que el círculo íntimo de fanáticos neoconservadores pertenezca a un círculo llamado Proyecto para el Nuevo Siglo Americano). Por supuesto, los Estados Unidos se asegurarán de que una nueva clase de hombres de negocios iraquíes se vuelva rica más allá de sus sueños más descabellados; tal vez tan rica como lo era Saddam.

La cuestión del imperio

Peter Hudis (2003) señaló qué distingue al imperialismo actual del de períodos previos. Un factor es que los Estados Unidos ya no buscan un control territorial directo del resto del mundo, a diferencia de la etapa clásica de imperialismo colonial de fines del siglo IXX y comienzos del XX. Después de la Segunda Guerra Mundial, se volcaron a métodos más indirectos de dominación, mediante la creación de vicarios locales y apoyándose en la compulsión económica. Mientras que antes el imperialismo trataba de encubrir la tendencia a la declinación de la tasa de ganancia mediante la extracción de ganancias extra en tierras de ultramar, ahora es la tendencia de la tasa de ganancia lo que orienta abiertamente la búsqueda de expansión imperialista del capital. Hudis señala más adelante que la exportación de capital era en un tiempo el primer motivo de la expansión imperialista, mientras que ahora la producción capitalista impulsa a los capitales dominantes a incorporarse a la dominación de capital nacional foráneo y someterse a él. Los Estados Unidos, por ejemplo, eran el mayor exportador de capital del mundo, pero desde la Guerra de Viet Nam ha cambiado de nación acreedora a nación deudora, y su importación de capital excedente (sobre todo de Europa y Asia) se ha convertido en un rasgo definitorio de la economía mundial. Las compañías extranjeras siguen invirtiendo en los Estados Unidos porque los salarios son bajos y los beneficios sociales se están reduciendo, y se despiden trabajadores, lo que ha creado un fenómeno de aumento de la producción (crece la producción mientras baja el empleo, una recuperación económica sin trabajo). La militarización de la economía de los Estados Unidos, en su impulso a la guerra permanente, también ha ayudado a atraer al capital foráneo, ya que se supone que el país que domina al mundo ofrece la mayor estabilidad para la inversión. Las vicisitudes y contingencias del imperialismo han puesto en duda la expansión ‑o la caída‑ de lo que comúnmente se llama el imperio americano. Como Peter Hudis, ampliando la concepción de Lenin del imperialismo, considera que tiene sus raíces también en el capital de Estado y no sólo en el privado, y plantea que el imperialismo de la nueva era está en un punto de ruptura y crisis permanente.

A diferencia de Hudis, James Petras cree que la dominación imperial de los Estados Unidos no está en peligro de colapso inmediato o en un futuro cercano. Para Petras, la existencia de dos economías simultáneas con base en los Estados Unidos sugiere que, de hecho, el festín está lejos de terminar. El imperio de los Estados Unidos, asentado tanto en la economía doméstica como en la internacional, ha demostrado que resiste internacionalmente (aunque esté en una caída local). De hecho, ambas economías responde una a la otra ya que "las grandes ganancias obtenidas por las corporaciones multinacionales relocalizadas en las nuevas economías coloniales y semicoloniales de Asia y Latinoamérica fortalecen las instituciones imperiales al mismo tiempo que debilitan la economía doméstica, la financiación del persupuesto y sus cuentas externas" (Petras, 2003, pág. 10). Según Petras, las corporaciones multinacionales representan el ímpetu de la construcción del imperio económico. Al saturar un puñado de sectores económicos que incluyen, entre otros, el petróleo y el gas, las corporaciones multinacionales representan casi la mitad de las 500 mayores compañías del mundo, mientras que su contraparte siguiente, Europa, y su ansiosos rival, Japón, quedan muy atrás (Petras, 2003, págs. 3-4). Es clave en este punto de vista que "ningún país puede aspirar a la dominación global si sus principales instituciones económicas no ejercen un rol similar en la economía mundial" (Petras, 2003, pág. 4). En busca de lograr mayores beneficios y más control sobre competidores como Europa y Japón, las corporaciones multinacionales de los Estados Unidos se encuentran ahora en una fase ascendente en el orden mundial global. Petras concluye que una mayor participación en los beneficios y el ejercicio de la fuerza militar sitúan a los Estados Unidos como el imperio provocador dominante.

Con una porción significativa de la riqueza del mundo prolijamente guardada bajo el colchón, los Estados Unidos deciden desvergonzadamente cuántas vidas se considerarán "daño colateral", y se distinguen como la "más poderosa y agresiva superpotencia" de la historia (Petras, 2003). Pero la relación entre los constructores del imperio económico y del militar está lejos de ser fluida. Bajo el actual régimen de Bush, el Secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, ha exacerbado las tensiones entre aquellos que sólo están buscando la conquista económica por medios militares y los que se consideran destinados a ser profesionales militares. Y aún cuando la "intelligentsia" profesional militar puede objetar por lo bajo a la demagogia ideológica por falta de suficiente capacidad militar, esto no ha frenado el impulso de los constructores del imperio. El hecho de que los constructores del imperio económico sean capaces de asegurar y expandir sus intereses económicos al costo de tener una camarilla de fanáticos militantes es un precio bajo a pagar por las inmoderadas superganancias que resultarán de obtener lo obvio: control sobre mercados vírgenes. Para la expansión del imperio es clave un aparato militar que parezca capaz de "desarmar" a su huésped y de someterlo a la "construcción del imperio económico" (Petras, 2003, pág. 6). Todo esto lleva a Petras a afirmar que "la noción de un imperio ‘súper-extendido’ es una pieza de especulación ahistórica (...) los beneficios de la construcción del imperio van a la elite de ultramar y doméstica, los costos los pagan los contribuyentes de los Estados Unidos y las familias de bajos ingresos, que proveen a los soldados de combate y de ocupación" (2003, pág. 7).

Y mientras declina la economía interna de los Estados Unidos, de momento el pueblo en general no ha mostrado signos de indignarse y alzarse contra un intimidante déficit doméstico, contra los cientos de cadáveres que retornan de Iraq o contra el vaciamiento de la capacidad del Estado de proveer servicios sociales como salud y educación.

Hacia una alternativa futura

Tomamos prestado de Callinicos (2003) el rechazo hacia el anticapitalismo burgués que critica a la sociedad civil pero termina por propugnar la propuesta de que el capitalismo de mercado es la mejor solución para satisfacer las necesidades generales de la humanidad. Rechazamos, también, el anticapitalismo localista que propugna la autosuficiencia económica de las microrelaciones entre productores y consumidores, porque esto simplemente le prepara el camino a la eficiencia de mercado. El capitalismo reformista comparte una solución problemática similar, que como mínimo propugna un capitalismo más regulado en el nivel nacional. Los efectos más destacados del sistema capitalista no pueden eliminarse domesticando a la corporación global, o tratando de hacer tomar conciencia social a sus agentes. Las redes descentralizadas características del anticapitalismo autonomista abogan por un concepto de democracia radical en la cual la descentralización y la multitud desterritorializada reemplaza al enfoque anti-estado del marxismo clásico. Preferimos un enfoque anticapitalista socialista no sectario que propone una concepción del mundo en la cual la clase trabajadora es aún el principal agente de transformación social (Callinicos, 2003). Adoptamos un enfoque multirracial, con equilibrio de géneros y antiimperialista que luche para lograr un mundo en el que cada uno tenga igual acceso a los recursos que necesita para una vida que valga la pena ser vivida. Esta propuesta se basa en las necesidades y no en la contribución productiva (Callinicos, 2003). No nos centramos en las necesidades inmediatas de los trabajadores que pueden obtenerse "en sociedad" con el capital, sino en las necesidades de la comunidad global de trabajadores despojados y en la miseria.

La búsqueda de una transformación social bajo la forma de justicia redistributiva ‑es decir tratar de equiparar los recursos materiales bajo las condiciones existentes de capitalismo global‑ a menudo sirve de consuelo para los oprimidos antes que de provocación para alzarse contra el mundo del capitalismo. Es una forma de buscar alivio

del capitalismo adaptándose en última instancia a su inevitabilidad, mediante una lucha por crear formas más humanas de su concreción. Ayuda a suavizar la alienación de los trabajadores o consolarlos, al encontrar un alivio temporario a su esclavitud al capitalismo y sus consecuentes sufrimientos. Especialmente entre los estratos más privilegiados, la lucha por la justicia social racionaliza, en última instancia, y termina por integrar su relación parasitaria con los oprimidos, desde que pueden aflojar el dogal del capitalismo sin necesidad de cortar la cuerda que está ahorcando a los desposeídos. Les permite aferrarse al poder y a la seguridad económica manteniendo la apariencia de ser progresivos. Les da la oportunidad de proclamar su descontento con el capitalismo sin tener que tirar abajo y transformar el sistema de relaciones sociales de explotación y las relaciones de propiedad en las que anida incómodamente su parasitismo, y sobre las cuales se monta el andamiaje para pronunciar un juicio final contra los desposeídos. A menudo los programas de justicia social hacen más por los estratos privilegiados que por las clases oprimidas, porque están orientados hacia la miríada de contradicciones que rodean las vidas de los oprimidos y alivian algo del dolor y la confusión que traen asociadas. En otras palabras, los programas de justicia social alivian el sufrimiento psicológico de los estratos privilegiados al mismo tiempo que disfrazan su complicidad en un sistema que está inextricablemente ligado al sufrimiento de las masas, un sufrimiento que sólo puede ser aliviado cortando el nudo gordiano del capital y avanzando hacia una alternativa socialista.

Para muchos de los que fuimos parte del creciente movimiento antiguerra de los Estados Unidos, que protestó en todo momento contra la administración Bush antes de su invasión a Iraq, parecía haber una esperanza al alcance de la mano desde que se estaba construyendo una corriente en su contra en todo el mundo. Pero poco después de comenzar la invasión el movimiento comenzó a vacilar, ya que muchos de los que protestaban no estaban preparados para continuar activando una vez que las tropas estaban ya en el teatro de operaciones. Lo que pareció una luz al final del túnel para la izquierda de los Estados Unidos resultó en realidad en Bush hijo lanzando una flecha incendiaria, que incineró el sueño de un nuevo amanecer revolucionario. Con las poderosas cadenas de su fe cristiana, Bush ha montado su conciencia sobre las espaldas bíblicas de Dios, cuya ira asumió fielmente para sí y para sus ejércitos invasores. Mientras sus armas de destrucción masiva cortan sin esfuerzos huesos y tendones, esparcen órganos e incineran carne con furia vengadora, él duerme tan profundamente como los 10.000 inocentes civiles iraquíes que mató y los incontables miles que dejó huérfanos o tullidos. Tras la rutina de correr tres millas y rezar sus oraciones, el ex gobernador de Texas que batiera el récord de ejecuciones de la historia de su país, ha aprendido a descargar su corazón invocando al Señor para que oriente su política. Con su mente inmericordiosamente vacía de sinapsis funcionales y libre de poder de análisis, Bush tomó sin dudar su decisión de invadir y ocupar Iraq "porque él cree, cree sinceramente, que Dios se agazapa en su cráneo y le dice qué hacer" (Floyd, 2003, pág. 4). Al periódico israelí Haaretz le entregaron transcripciones de una negociación entre el Primer Ministro palestino Mahmoud Abbas y dirigentes de Hamas y otros grupos militantes. En esas transcripciones, Abbas describía su reciente encuentro con Ariel Sharon y Bush hijo. Durante el encuentro, Bush le dijo a Abbas: "Dios me dijo que atacara a al Quaeda y lo hice, luego me instruyó para que atacara a Saddam, lo que hice, y ahora estoy decidido a resolver el problema de Medio Oriente. Si me ayudan actuaré, y si no, vendrán las elecciones y tendré que concentrarme en ellas" (Regular), 2003, pág. 1). Bush puede consultar cualquier copia de proverbios, máximas y frases, donde encontrará probablemente este dicho: quien predica una guerra que podría ser evitada es capellán del diablo. Pero tal vez esa máxima no es aplicable a un presidente de los Estados Unidos que habla directamente con Dios.

Joe Conason (2003) ha comparado el apasionado conservadurismo de Bush hijo -que se indigna ante los pecados de un Estado de bienestar- con el puritanismo y el feudalismo, en contraste con los modernos valores norteamericanos desarrollados en el último siglo. Señala que el apoyo público a los pobres y débiles representa para Bush y su familia evangélica fundamentalista una "afrenta a Dios" (aunque la toleren por conveniencia en algunos secuaces temporarios) y constituye "un mazacote insalubre de economía liberal y ortodoxia religiosa" que "eleva a la iglesia y a la corporación por encima del moderno Estado democrático", "condena las iniciativas democráticas dirigidas a restringir el poder corporativo o regular la actividad económica" y "define a los ricos como los elegidos de Dios, aún cuando, como George W. Bush, hayan heredado la riqueza y el poder que les facilitaron la vida desde el comienzo" (2003, pág. 183). De hecho, puede argumentarse que el conjunto de los musulmanes tiene opiniones mucho más favorables a los ideales de la democracia que Bush y su camarilla de sabios religiosos ultraconservadores. Conason escribe que el gurú espiritual de Bush, Marvin Olasky, está conectado financieramente y alineado ideológicamente al Reconstruccionismo Cristiano, que describe así:

Los reconstruccionistas desprecian la democracia norteamericana, la Primera Enmienda y la separación de la iglesia del Estado. Su sociedad ideal debería estar dirigida por cristianos como ellos, de acuerdo con la interpretación literal de la ley bíblica del Viejo Testamento, que prescribe la pena de muerte para ofensas tales como la homosexualidad, el aborto, el ateísmo, la delincuencia juvenil, el adulterio y la blasfemia. Propugnan abiertamente la supresión de otras religiones, incluso de las cristianas que no comparten su interpretación de la voluntad de Dios (2003, pág. 181).

Y si bien Bush hijo se ha salido del camino al elogiar al Islam como "una religión de paz", ha invitado a clérigos musulmanes a la Casa Blanca para cenas de Ramadán y se ha opuesto públicamente a etiquetar al Islam como fe peligrosa, como desearían algunos líderes cristianos evangélicos, es interesante notar que el Pentágono asignó la tarea de rastrear a Osama bin Laden, Saddam Husseim y otros blancos destacados a un general del Ejército que caracteriza la guerra contra el terrorismo "como un choque entre los valores judeo-cristianos y Satanás" (Cooper, 2003). Según Richard T. Cooper, de Los Angeles Times, el teniente general William G. "Jerry" Boykin, el nuevo asistente de inteligencia de la Subsecretaría de Defensa (cuya nuevo alto cargo en el Pentágono fuera confirmado por el Senado en junio) es un notorio veterano de operaciones militares encubiertas, desde el celebrado choque de 1993 con los jefes militares musulmanes de Somalia relatados en "Black Hawk Down" y la cacería del zar de las drogas colombiano Pablo Escobar hasta el fallido intento de rescate de 1980 de los rehenes norteamericanos en Irán. También fue consejero de la ex Fiscal General Janet Reno durante la crisis de Waco.

Cooper describe los nuevos deberes de Boykin como "acelerar el flujo de inteligencia sobre los líderes terroristas hacia los equipos de combate de campo, de modo que puedan atacar a líderes terroristas de alta jerarquía". Según Cooper, este ex comandante y veterano de 13 años de la ultra secreta Fuerza Delta del ejército "es también públicamente un cristiano evangélico que apareció en junio vestido de uniforme a declarar que los islámicos radicales odiaban a los Estados Unidos ‘porque somos una nación cristiana, porque nuestro basamento y nuestras raíces so judeo-cristianas (...) y el enemigo es un tipo llamado Satán’". Se informó que el año pasado Boykin dijo: "Quienes estamos en el ejército de Dios, en la casa de Dios, en el reino de Dios hemos sido convocados para tiempos como estos" (Cooper, 2003). Según el analista de asuntos militares William M. Arkin (2003), Boykin describió su batalla en Mogadishu, Somalia, como el enfrentamiento entre las fuerzas de los Estados Unidos con una presencia satánica, cuya imagen Boyton afirma haber fotografiado cuando se cernía sobre la ciudad:

En junio de 2002, Jerry Boykin subió al púlpito de la Primera Iglesia Bautista de Broken Arrow, Oklahoma, y describió un conjunto de fotografías que había tomado en Mogadishu, Somalia, desde un helicóptero del ejército en 1993.

Las fotografías fueron tomadas poco después de la desastrosa misión "Blackhawk Down", que resultó en la muerte de 18 norteamericanos. Cuando regresó y las hizo revelar, dijo, notó una extraña mancha oscura sobre la ciudad. Hizo que un intérprete militar de imágenes especializado viera la mancha, y éste le dijo: "No es un defecto de la foto, es real".

"Damas y caballeros, este es su enemigo", dijo Boykin a la congregación, mientras proyectaba sus fotografías sobre una pantalla. "Es el principado de la oscuridad, es una presencia demoníaca en esa ciudad que Dios me reveló como el enemigo".

En el púlpito de la Good Shepherd Community Church de Sandy, Oregon, Boykin mostró diapositivas de Osama bin Laden, Saddam Hussein y Kin Jung II, de Corea del Norte. Tras formular la pregunta de por qué esos individuos odian a América, la contestó diciendo:. "La respuesta es porque somos una nación cristiana, nos odia porque somos una nación de creyentes" (Arkin, 2003). Boykin también declaró desde el púlpito que "el enemigo espiritual sólo será derrotado si marchamos sobre ellos en el nombre de Jesús" (Arkin, 2003). También proclamó ante la congregación que la fe que las fuerzas especiales de operaciones de los Estados Unidos tenían en Dios fue lo que les dio la victoria: "Damas y caballeros, quiero convencerlos de que la batalla que estamos librando es una batalla espiritual. Satán quiere destruir esta nación, quiere destruirnos como nación, quiere destruirnos como ejército cristiano" (Arkin, 2003).

Boykin también ve como un hecho de la providencia que George Bush esté ahora en la Casa Blanca. Si bien admite que "George Bush no fue elegido por la mayoría de los votantes de los Estados Unidos", sin embargo fue "indicado por Dios" (Arkin, 2003). Arkin (2003) recoge una historia que Boykin contó a una congregación religiosa en Daytona, Florida, en enero. Con el fervor de un jugador de fútbol alardeando en los vestuarios de tenerla más grande que su oponente, afirmó que su Dios cristiano es mucho más grande que el de su rival militar musulmán:

"Había un hombre en Mogadishu llamado Osman Atto", a quien Boykin describió como un importante oficial de Mohamed Farah Aidid.

Cuando la Fuerza Delta de Boykin lo seguía, lo perdieron por segundos, contó. "Fue a la CNN y se rió de nosotros, diciendo: ‘Nunca me alcanzarán porque Alá me protegerá. Alá me protegerá’."

Boykin continuó: "Bueno, ¿saben qué?. Yo sabía que mi Dios era más grande. Sabía que mi Dios era un verdadero dios y el suyo un ídolo". Posteriormente, Atto fue capturado.

El año pasado Boykin dijo que otros países "han perdido la moral, los valores. Pero América todavía es una nación cristiana" (Arkin, 2003).

Los comentarios de Boykin reflejan una perspectiva teológica cristiana ampliamente difundida, cuyas implicancias presentes tienen impacto mundial, en el contexto de la llamada guerra permanente al terrorismo.

Cuando el presidente guerrero emergió de una aeronave S-3B Viking a la recién lavada cubierta del portaaviones USS Abraham Lincoln, en un ceñido traje de vuelo con ajustadas tiras amarradas lascivamente entre las piernas marcando su ingle y sosteniendo prolijamente un brillante casco contra su pecho orgulloso (actuación descaradamente hipócrita, si se considera que su historial militar revela que dejó de volar durante sus 18 meses finales de servicio en la Guardia Nacional en 1972 y 1973 y que no fue visto por sus superiores en su unidad de Texas por un año), su característica sonrisa ladeada y petulante fue recibida con aclamaciones patrióticas por una multitud de oficiales y marineros de brillantes ojos. Al aparecer en lo alto ante un conspicuo estandarte que anunciaba "Misión Cumplida", declaró que la "batalla de Iraq" era una "victoria" en la "guerra al terror" en curso. Este acto fue cuidadosamente coreografiado por el equipo de experimentados fabricantes de imagen de Bush, que incluía un ex productor de ABC, otro de Fox News y un ex camarógrafo de la NBC, pagados con un presupuesto de 3,7 millones que destina a sus coordinadores de medios. No creemos que sea coincidencia el que se pueda establecer una clara comparación entre este ejemplo de espectáculo de derecha y la infame película de propaganda de Leni Riefenstahl sobre el Parteitag nazi de 1934 en Nuremberg, Triumph des Willens (Triunfo de la voluntad) que mostraba a Hitler como el salvador del mundo. En la versión alemana, Hitler emerge de una aeronave Junker 52 que había sido filmada aterrizando en Nuremberg acompañada por los elevados acordes de una obra de Wagner. Miles de espectadores nazis cantan: ¡Sieg heil!, mientras el fondo musical llega a un crescendo atronador. Y mientras que la escena fue cuidadosamente manipulada para sugerir que Hitler era una manifestación moderna de la antigua deidad Odín (ver The Internationalist, mayo de 2003), el acto del USS Abraham Lincoln lanzaba a George Bush como jugador estrella del drama decididamente cristiano conocido como la Segunda Venida. El discurso de Bush en el portaaviones parafraseaba el capítulo 61 de Isaías, el mismo libro que Jesús usaba para proclamar que las profecías de Isaías sobre el Mesías se habían realizado, sugiriendo tal vez que Bush cree que la Segunda Venida ha comenzado (Pitt, 2003) y que su guerra contra el terror juega un importante papel en esta profecía bíblica. Comentaristas de izquierda han señalado que la estrategia de bombardeos del Pentágono de "choque y temor" está copiada de la estrategia nazi de Blitzkrieg (guerra relámpago) y de la doctrina de la Luftwaffe de Schrecklichkeit, dirigida a aterrorizar a la población para que se rindiera, y que la doctrina Bush de guerra preventiva es un reflejo del razonamiento de la marcha de Hitler sobre Polonia (había proclamado que Polonia era una amenaza inmediata para la seguridad del Reich). Y si bien la promesa de Bush padre de establecer un Nuevo Orden Mundial y la de Hitler de crear un Neue Ordung deben ser vistas en su especificidad histórica y contextual, la similitud de la dinastía Bush con el Tercer Reich va más allá de la estética fascista, de los espectáculos de los medios y de las tácticas de Estado policial de la Office of Homeland Security. Puede encontrarse en las maquinaciones del capital y en el papel del complejo industrial-militar en actos de agresión imperialista disfrazados de "liberación".

Con Hitler, eran los judíos los subhumanos -los untermensch- y con Bush las sabandijas elegidas son los infieles musulmanes. Hitler se imaginaba a sí mismo como un poderoso líder de la raza aria elegido por los dioses y estaba sometido a un Volkism que profetizaba un poderoso líder ario que guiaría al pueblo a su destino manifiesto mediante una sangrienta conquista del lebensraum* (Paul, 2003), mientras que Bush cree que Dios usa un sombrero Stetson y habla arrastrando las palabras, y que está contento con su papel de Texas Ranger de Dios.

Al tiempo que a los generales de acerados ojos se les hace agua la boca con la próxima aprobación del presupuesto militar, los Estados Unidos siguen construyendo nuevas bases militares en todo el mundo (tienen más de 250.000 efectivos en 141 países), apoya tras la escena un golpe contra el presidente Hugo Chávez de Venezuela (y probablemente su asesinato), lanza sus políticas neoliberales por toda Latinoamérica y provee de fondos a los llamados "disidentes" de Cuba, en un intento por debilitar al gobierno cubano. En su respuesta a una reciente crítica de Colin Powell de que Cuba propiciaba la prostitución infantil como parte de su industria del turismo, la escritora y periodista cubana Rosa Miriam Elizalde capturó el espíritu actual de la diplomacia de los Estados Unidos al llamar al Secretario de Estado "ese comprador de almas que va como Mefistófeles con una mancha de sangre en la solapa del traje, y que quiere hacernos creer que es apenas un clavelito iraquí".

El mayor desafío a los Estados Unidos son ellos mismos. Se anuncian como una democracia laica, y lo son, pero sólo de nombre. Mientras sus líderes reclaman estar inspirados por la providencia o ser guiados por el todopoderoso, su industria de la cultura continúa obteniendo grandes ganancias de la sexualización de la violencia. Miles de jóvenes, emocionados y soliviantados por los relatos de periódicos acerca de la supuesta "violación grupal" de una mujer afro-americana por Arnold Schwartzenegger, ponen sus votos a "Terminator" para gobernador de California. Cuando Schwartzenegger dijo a las tropas que ellos son "los verdaderos terminators", miles de jóvenes se aprestaron a anotarse para la próxima guerra. Los editores de People Magazine, al votar al Secretario de Defensa Donald Rumsfeld como uno de los hombres más sexies de lso Estados Unidos, tornaron al imperialismo en sexualmente atractivo. Aparentemente, la decadente libido de muchos norteamericanos obtiene más ayuda de la forma despiadada en que lleva a delante la guerra y masacra inocentes que de sus reserva privadas de Viagra. En tanto la explotación siga siendo gratificante y continúe acumulando valor, los ciudadanos de los Estados Unidos tienen poca motivación para crear un mundo que prescinda de la forma valor del capital.

Por eso, una lucha revolucionaria debe dedicarse a educar las emociones tanto como el intelecto, y por lo que la lucha antiimperialista debe librarse en el triple continente de la razón, la esperanza y la resolución. No debe tener lugar sólo en la línea de piquete o en la marcha de protesta, sino en las escuelas, los lugares de culto, las bibliotecas, los comercios y las oficinas; en todo lugar al que la gente se reúna para aprender, trabajar y amar. A esta crítica perpetua la llamamos pedagogía revolucionaria. Aquí juega un importante rol al dialéctica de la negatividad, al reformular la relación entre teoría y práctica.

Queremos dejar en claro que discrepamos con la posición de Hardt y Negri, desarrollada plenamente en su libro Imperio, respecto a que el sujeto de la historia puede alcanzar su meta sin necesidad de mediación. Rechazamos la noción de que la trascendencia dialéctica del capital puede reducirse al plano de la inmanencia. Por tanto, acordamos con John Holloway (2002, pág. 80) cuando escribe que "la lucha es negativa, lucha contra, una contra-posición en constante cambio y nunca definida, siempre moviéndose contra-y-frente a las definiciones de la opresión capitalista. Una teoría fundada en la lucha debe ser una teoría negativa, una teoría de negación". Sin embargo, a diferencia de Holloway, no enfocamos la dialéctica de la negatividad como un incesante proceso de destrucción (como en la dialéctica negativa de Adorno) sino como dando lugar a lo positivo. Y, a diferencia de los antidialécticos Hardt y Negri, no sostenemos que la mera universalidad y falta de un locus específico de control del capitalismo representan desafíos a su carácter de virtualmente inmanente, como brotes espontáneos y no mediados, como resistencia humana "ontológica" cuya meta misma es inmanente a las propias luchas, como parte de la propia trama de la totalidad descentrada del capital, cuyo tejido de acumulación ya está siempre empapado en el sudor de la oposición y la resistencia. En cambio, vemos la necesidad de una filosofía de la revolución centrada en torno a la dialéctica de la negatividad. No acordamos con Hardt y Negri en que la subjetividad esté de algún modo subsumido en una dialéctica de la negatividad. Peter Hudis (2003b) critica correctamente a Hardt y Negri por no tener en cuenta que el método de Hegel no trata al objeto como medio para su realización. Más bien, el método es el proceso que ayuda a explicar el contenido del objeto de análisis y al hacerlo revela el movimiento negativo inmanente al sujeto (ver Hudis, 2003b). Según Hudis, la dialéctica de la negatividad no subsume al sujeto porque no está impuesta desde afuera. ás bien, el sujeto experimenta la dialéctica de la negatividad tanto como negación de lo viejo como también como negación de la negación, lo que lleva a la creación de lo neuvo. La búsqueda de la libertad por el sujeto es la expresión explícita de lo que está implícito en la subjetividad. Para Hudis (2003b), como para nosotros, la negación de la negación ni es un proceso incesante de destrucción sino la producción de lo positivo mediante la trascendencia de la alienación.

La nueva sociedad de Marx, basada en ser más que en tener, en crear más que en controlar, en pertenecer más que en dominar, no surgirá de la interminable negación ni de la actividad espontánea de la multitud, sino que, como señala Hudis, requerirá de la articulación de una visión positiva de lo nuevo, una visión rival, de un futuro alternativo al capitalismo. Esto significa tomar en serio la noción de praxis, y reconocer que la teoría es más que la trayectoria de ideas que se mueven de los teóricos a las masas. También significa reconocer que los movimientos que provienen de la práctica de las masas son asimismo una forma de teoría. Hudis sostiene que "el movimiento de la teoría a la práctica debe estar tan explícitamente arraigado en la dialéctica de la negatividad absoluta como los movimientos espontáneos lo están implícitamente". De hecho, esto refleja el concepto de praxis que apuntala nuestro compromiso con la pedagogía crítica revolucionaria. La pedagogía crítica revolucionaria, construida sobre el concepto de negatividad absoluta, es necesaria para combatir la crisis ideológica que resultó de la derrota del comunismo, el socialismo, los movimientos de liberación nacional y las alas radicalizadas de la socialdemocracia. Esta crisis ha permitido a la administración Bush fundir a revolucionarios izquierdistas motivados por ideologías modernistas de liberación con terroristas islámicos, equipados con ideologías pre-modernas fundamentalistas y milenaristas (sin reconocer sus propias ideologías fundamentalistas y milenaristas en el propio proceso de fusión, es decir, que la ideología de bin Laden es la imagen invertida en espejo de la de George W. Bush o de John Ashcroft). Atrapada en lo que Aijaz Ahmad (2003, pág. 47) llama "una peculiar, aparentemente cabal, combinación de fundamentalistas cristianos, sionistas, neoconservadores de derecha y militaristas", la prosecución por el gobierno de los Estados Unidos del papel de "único arquitecto del sistema capitalista global" no puede ser detenido evidentemente por la pedagogía critica revolucionaria, pero tampoco se lo puede retar sin ella.


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Artículo enviado por los autores especialmente para su publicación por nuestra revista. Traducción del inglés: Susana Todaro.

* "Shock and Awe" es el nombre que da el ejército de los Estados Unidos a la estrategia de bombardeos que lleva adelante en sus operaciones en Iraq (N. de la T.).

* Espacio vital (N. de la T.).