Eduardo Galeano. Caminante tallador de palabras, militante tejedor de utopías

Martínez, Manuel

 
 
 
 
“El mundo se divide, sobre todo, entre indignos e indignados, y ya sabrá cada quien de qué lado quiere o puede estar….”
 
 
 
 
Algún día de 1983, Eduardo Galeano estuvo contemplando un lienzo de la Escuela Cusqueña en uno de los salones del famoso Hotel de Turistas del Cusco. Fue entonces cuando el poeta Luis Nieto –aquel del Romancero del pueblo en armas– me dijo: “Es Galeano, lo estoy acompañando, le interesa nuestra pintura…”. Ciertamente, ese apasionado por descubrir los pliegues de la historia de Nuestra América, horadando nuestra cultura, estaba buscando algo más, algo escondido en los lienzos pintados por nuestros indios y mestizos en los siglos XVII y XVIII. No era un observador común, no era un simple turista: era el buscador incansable de Las venas abiertas de América Latina (1971). Inmenso título, aunque 40 años después de su publicación –y de su traducción a veinte idiomas– él, nada menos que él, declaró que “no sería capaz de leerlo de nuevo”. Sin embargo, y Galeano lo sabía muy bien, ese libro invitó a la insubordinación a varias camadas de jóvenes que luego militarían en la izquierda; fue –y es–un compendio de tantas laceraciones sufridas desde la invasión europea a nuestro continente y también de la explotación-opresión de nuestros pueblos durante la época republicana. No por casualidad fue proscripto por las dictaduras de Uruguay, Argentina y Chile.
Galeano fue un escritor militante, un intelectual a su modo, externo a la academia, un amante de la cultura popular, y desde luego del fútbol: “un deporte que parece religión”, un intérprete genial –en primera persona– de las pulsiones que sacuden a las hinchadas. Supo combinar su extraordinario trabajo como ensayista y periodista, desde principios de los años 60, con su vivencia de lo heredado y recreado por los hombres y las mujeres en cada rincón de Latinoamérica y el Caribe. Y aunque seguramente no se lo propuso, fue sin duda un intelectual militante-formador. La revista uruguaya Marcha, con sus extraordinarios cuadernos temáticos, en la que jugó un rol fundamental, contribuyó a la formación política de las generaciones combativas de los años 60 y 70. Con el golpe de Estado ocurrido en Uruguay en junio de 1973, fue encarcelado y obligado a exiliarse. Vino a Buenos Aires y aquí continuó su trabajo editorial dando vida a 40 números de la revista Crisis, entre 1973 y 1976, junto con Juan Gelman. Galeano definió a esta revista como “un largo acto de fe en la palabra humana solidaria y creadora”; y agregó: “Por creer en la palabra, en esa palabra, Crisis eligió el silencio. Cuando la dictadura militar le impidió decir lo que tenía que decir, se negó a seguir hablando”. Perseguido por la dictadura argentina se trasladó a España, donde empezó a escribir su célebre trilogía Memoria del fuego (1982-1986). Retornó a Montevideo al promediar los años 80, con la reapertura democrática, y continuó con su labor periodística inspirando el semanario Brecha en el que trabajó hasta sus últimos días.
Ediciones Herramienta, junto con La Minga, publicó en 2010 el extraordinario libro Nosotros los indios, escrito por Hugo Blanco, referente histórico de la lucha campesina e indígena en el Perú. Luego de un trabajo de edición que nos llevó más o menos un año, cuando el libro estaba prácticamente cerrado y próximo a entrar en imprenta, Hugo nos sorprendió con una carta que tenía bien guardada bajo la manga: “Tengo un amigo que podría escribir un comentario”, nos dijo con toda parsimonia. “¿Quién?”, le preguntamos. Y su tranquila respuesta nos sorprendió todavía más: “Eduardo Galeano”. Semejante idea de última hora postergaba la salida del libro, pero la asumimos y pensamos en una nota de contratapa que solicitamos a Galeano con cierta premura. De inmediato nos contestó: “Será un placer colaborar con una contratapa, breve, porque breve es mi estilo, para acompañar el libro de mi querido Hugo Blanco. Pero hay dos inconvenientes, tal como se plantea el caso: primero, mi lentitud, yo soy de parición lenta, como las vacas uruguayas y los jugadores del fútbol de mi país… soy absolutamente incapaz de escribir a contrarreloj, como exige, en este caso, la premura del tiempo, y además soy absolutamente incapaz de escribir nada sobre un libro que no haya leído cuidadosamente, de pe a pa, con el respeto que un libro como éste me merece. El otro inconveniente es que también soy absolutamente incapaz de leer un libro en pantalla: yo necesitaría que me enviaran, impresas, las pruebas finales…”. No dudamos en aceptar sus condiciones, cruzamos el río y llegamos con las pruebas del libro, en una noche lluviosa, hasta su casa en Montevideo. No tardó mucho en escribir, en realidad devoró el texto y hasta nos hizo observaciones sobre criterios editoriales. Así nació la hermosa contratapa de Nosotros los indios en la que define a Hugo Blanco como “aquel loco lindo que decidió ser indio, aunque no lo era, y resultó ser el más indio de todos”.
Se nos fue un maestro de lecciones breves e inmensas. Su obra está y permanecerá en el corazón de Nuestra América.
 
Buenos Aires, 14.04.2015
 
  • Manuel Martinez: Miembro del consejo de redacción del Colectivo Herramienta