Venezuela: ¿Ha cambiado la Policía Nacional Bolivariana?

 
Juan Eduardo Romero
Historiador/politólogo, fue encargado de asuntos políticos en la Embajada de Venezuela en la Argentina y actualmente integra el equipo de relaciones internacionales del PSUV. Juane1208@gmail.com
 
El reciente asesinato de un joven que protestaba en el Táchira, estado fronterizo con Colombia nos permite introducir un elemento que nos preocupa acerca del proceso bolivariano, referido a la concreción real del cambio cultural que todo proceso revolucionario debe producir.
Cualquier consideración, debe pasar por plantear la revolución como un hecho cultural, en el sentido de Antonio Gramsci, quién entendió la cultura como “la organización, disciplina del yo interior, conquista de superior conciencia por lo cual se llega a comprender el valor histórico que uno tiene, su función en la vida, deberes y derechos” (Socialismo y Cultura). En un sentido marxista, implica superar la enajenación (alienación) que proveen los aparatos de control cultural de la sociedad tardo-capitalista, incluidos medios de difusión y comunicación, familia, escuela, religión, entre otros. Esos factores, crean lo que Pierre Bierdaeu denominó “habitus”, que no es más que la justificación de los mecanismos de control y subordinación. Partir de este planteamiento, significa asumir que todo acto revolucionario es un acto cultural, que permite la creación de una conciencia social e histórica, que se contrapone a la “falsa conciencia” que imponen los aparatos de dominación cultural. Aplicado esto a los cuerpos de seguridad, se traduce en que el verdadero acto revolucionario debe estar en la superación del sentido coactivo y violento que caracteriza el ejercicio de la fuerza, en forma hegemónica, por los actores estadales.
Cuando se impulsó la creación de la Policía Nacional Bolivariana (PNB) se hizo pensando en la necesidad vital de superar la dominación (el habitus) bajo el cual se formaban los cuerpos policiales, imbuidos de las lógicas represivas y coactivas que derivan del Estado liberal. Ello significaba educar para la paz, asumir la seguridad como una co-responsabilidad, erradicar el uso de la fuerza excesiva en el tratamiento de la protesta. Todos esos elementos, fueron planteados desde la propia experiencia que vivimos los que militamos en la izquierda insurgente en la difícil década de los 90 del pasado siglo XX, donde la protesta estudiantil fue tan violentamente reprimida y acosada, desde el aparato de seguridad del Estado. La iniciativa es heroica y enaltecedora, pero lamentablemente lo recientemente sucedido con el asesinato, por un Policía Nacional Bolivariano de un estudiante, muestra la pervivencia de ese “habitus” en la psiquis de nuestras policías.
¿Sorprende está situación? ¿Es un caso aislado? Sin duda la respuesta es no. Y no lo digo yo, en mi posición crítica. Lo sostengo basado en un gran amigo y compatriota, militante de muchos años y estudioso investigador y consecuente actor en el tema de la represión y la violencia, el ya fallecido Francisco Delgado, docente e investigador en la Universidad del Zulia. Francisco, como le decíamos sus amigos y compatriotas, escribió una elocuente carta renunciando a la responsabilidad que le habían asignado para el tema de seguridad en el Zulia. Es bueno retomar (y citar) algunas de sus observaciones, de total vigencia a propósito de lo ocurrido en la frontera con Colombia.
Francisco Delgado, hizo pública su renuncia a la responsabilidad como Director de la Oficina de Supervisión de los Servicios de Seguridad en el Zulia el 3 de noviembre de 2011. Afirmaba: “La revolución es transformación radical y no un estéril ejercicio que se conforma con cambiar nombres, formas y colores. Uno de los dilemas más complejos del proceso bolivariano es la renuncia al uso de la fuerza legítima”. Sin duda, es una encrucijada la que se nos plantea, pues las fuerzas internas y externas que conspiran contra este proceso bolivariano son muchas, pero ello no da pie para que respondamos a los ataques de la contrarrevolución con el uso indiscriminado de la fuerza, pues nos estaríamos equiparando con el accionar y desenvolvimiento que tanto criticamos en el pasado siglo XX, y que fueron la bandera moral y ética de este proceso.
¿Cómo entender la persistencia de una lógica represiva? ¿Estamos haciendo lo correcto en la formación de los policías? ¿Es cierto como dice la ministra del Interior que es una acción aislada de un funcionario? Las respuestas, son múltiples no. Y hay que ser críticos y propositivos. No hemos logrado desmontar las lógicas represivas en el pensamiento cultural del funcionario policial. Le podemos dar todos los adjetivos (bolivariano, revolucionario, socialista) pero lo cierto es que hay un “habitus” arraigado y peligroso, que está intacto. Delgado lo identificaba, cuando afirmó: “Lo que hemos visto hasta ahora, a partir de la aprobación de la Ley Orgánica del Servicio de Policía y del Cuerpo de Policía Nacional Bolivariana, es un juego de simulaciones, en el cual los viejos operadores del sistema se vienen insertando subrepticiamente en el nuevo. Tráfico de influencias, forjamiento de credenciales, inserción artesanal en el sistema por medio del clientelismo y la adulación; han permitido que gente de cualquier ralea, policías corruptos y reaccionarios, se mezclen, eso sí, impecablemente uniformados y homologados; con funcionarios honestos que asisten indignados a la puesta en escena”.
La policía, responde a las lógicas de control hegemónico que desde la estructuras del Estado (superestructura en el marxismo) se ejercen, con total extremismo, con el objeto de “conservar” la paz. ¿El proceso bolivariano debe actuar con el mismo extremismo, con que fuimos tratados los que protestamos en el pasado siglo XX? Sin duda, no es el camino. Hay elementos de seguridad que pueden desarrollarse, sin recurrir al uso de fuerza letal. Cuando un policía o guardia nacional, se ve tentado a usar su arma, entonces el proyecto bolivariano no ha concretado el cambio cultural, es decir, no hemos hecho REVOLUCIÓN. La revolución es espíritu de moralidad, tal como lo afirmó Gramsci, refiriéndose a la revolución bolchevique. Si la revolución no alcanza ese momento, está fracasando y estaríamos repitiendo las lógicas liberales, de detentar el poder por el poder mismo. Sería la concreción del planteamiento maquiavélico “el fin justifica los medios”. No creo que los que militamos en un sentido moral con el proyecto bolivariano, estemos de acuerdo con lo sucedido. Y ello implica, aprovechar este trágico suceso, criticable al grado máximo, para plantear una discusión seria sobre los peligros de una visión ortodoxa del proceso histórico y del rumbo del proyecto bolivariano, que amenaza con hacernos perder la bandera moral que se enarboló en momentos cuando la sociedad venezolana estaba sumida en la tragedia y el caos.
 
25/02/2015