Actualidad de El Fetichismo de la mercancía

 
Enrique Carpintero (comp.),
 
Buenos Aires: Topía, 2013, 123 páginas
 
Si al decir de Marx, cualquier ciencia sería inútil si el modo de aparecer y la esencia coincidieran, en la órbita de la teoría marxiana del fetichismo estamos ante los límites críticos del conocimiento científico. Porque aun cuando economistas como David Ricardo hayan tenido la suficiente sagacidad para descubrir que detrás del valor se escondía el trabajo no fueron capaces de preguntarse, como Marx, “por qué, pues, el trabajo se representa en el valor” (20); interrogación que simula en su estructura la llegada de una respuesta rápida y definitiva pero que reenvía a la forma de mercancía como a un “jeroglífico social” que debe ser interpretado. Marcados por esta tarea, líneas de pensamiento en muchos sentidos inconmensurables entre sí, como la antropología estructural de Godelier o de la estética adorniana, el objeto petit a de Lacan o los análisis del valor en Rubin, encontraron aquí una plaza común donde medir su valor crítico; e incluso hoy cuando autores “posmarxistas” como Slavoj Žižek trazan el mapa de la ideología contemporánea o cuando teóricos de la Wertkritik como Anselm Jappe denuncian la forma capitalista del trabajo, ratifican la vigencia histórica del fetichismo al convertirlo en su clave de bóveda.
En este rumor generalizado debemos inscribir la publicación de la obra colectiva Actualidad de El fetichismo de la mercancía bajo la coordinación de Enrique Carpintero que tiene el mérito de haber reunido, por vez primera, el estado actual de la teoría marxiana del fetichismo en Argentina.
Carpintero arroja la primera piedra al focalizarse en el ámbito denegado por los economistas marxistas: el consumo, momento evanescente en que la producción y el deseo se dan cita o, por decirlo de otro modo, en que la economía política se hace libidinal. Recordemos que para Freud  el ser humano se encuentra estructuralmente marcado por una falta originaria que, por definición, no puede ser colmada. Y si el ser humano posee esa “inquietud” que Hegel le atribuía, es porque el deseo nunca abandona –vía hipótesis del inconsciente– esa búsqueda interminable de la satisfacción. ¿Cuál es el papel aquí de eso que Marx llamó el “carácter fetichista de la mercancía” y qué revelaría su influencia en el consumo? En que el producto, endomingado de mercancía, se convierte en algo más que un valor de uso: al tiempo que incrementa la angustia y el desamparo, el mercado despliega el “gran shopping de las fantasías” (11) como remedio milagroso. El producto deja de valer como satisfactor de necesidades para seducir como valor de cambio, imponiendo la ilusión de que es posible hallar “un objeto-mercancía que obture el desvalimiento originario” (8). Los consumidores son así puestos como espectadores pasivos de su propio deseo; quid pro quo diría Marx en que los seres humanos se convierten  en objetos para ser usados por la mercancía.
Oscar Sotolano explora también esta falsa simbiosis que el sistema capitalista ofrece a la castración, pero ahora para dar cuenta de la teoría del fetichismo en tanto religión que, no olvidemos, es el suelo donde nació este concepto. Desde esta perspectiva, lo prioritario es que el capital devino en objeto de culto. El autor permite pensar la relación entre razón y fe no como términos que se expulsan mutuamente, sino que pueden compenetrarse para estructurar la realidad social; específicamente en el capitalismo, la lógica del “pensamiento mágico-religioso” concedería a la razón un carácter absoluto e incuestionable al modo de los ídolos paganos,. Como Carpintero, Sotolano nos recuerda el vínculo entre falta y las soluciones imaginarias del poder.
En “El fetichismo de la mercancía y nuestro secreto” Cristian Sucksdorf aborda la problemática del fetichismo como la imposición de una forma limitada de la riqueza (abstracta y formal, que llamamos “mercancía”) a un territorio originario “arcaico”. Origen que, siguiendo a León Rozitchner, será escamoteado por la forma mercantil. Veamos este proceso de “vaciamiento de lo arcaico” en dos tiempos. En el principio fue la indistinción del niño con la madre lo que, bien entendido, no significa simplemente una relación sino más bien una unidad homogénea con la madre. Sucksdorf dirá que en esta constelación ya tiene lugar un universo de sentido, un sentido que es elaborado a partir de la ausencia de la madre mediante la alucinación o la ensoñación materna. Este es el referente último del término “materialismo”, la “ensoñación materna” que despliega el espacio y lo llena de sentido.
El segundo momento es propiamente el de la socialización, es decir, el de los efectos castrantes de la socialización capitalista. El fetichismo de la mercancía, cuya lógica es el valor de cambio, desmaterializa ese sentido originario llevándolo a la razón descarnada del capitalismo (66). La subjetividad deviene en una subjetividad dividida, escindida entre la razón cristiana y masculina, y el suelo de lo arcaico que perdura como “fundamento ignorado”. La teoría del fetichismo se convierte así en una crítica de los modos en que la racionalidad capitalista gobierna la relación de los hombres entre sí –de ahora en adelante, individuos independientes y autónomos– y con la naturaleza –traducida en objeto independiente de nuestra subjetividad.
Nestor Kohan dirige su mirada al lugar donde la mano secreta de la ideología va trazando los límites entre lo racional y lo irracional: nos referimos al sentido común (76).La productividad teórica y práctica de esta caracterización será medida a lo largo del artículo mostrando que lo que hoy se llama “sentido común de los argentinos” es el artificio levantado por un poder militar, económico y político que desde la dictadura del ’76en adelante modeló los modos de pensar y experimentar la realidad cotidiana.
Superponiendo el fetichismo marxiano con la hegemonía gramsciana, Kohan ofrece un diagnóstico distinto al de Sucksdorf acerca del modo en que el capitalismo impone su racionalidad. Lo hace avanzando sobre resistencias que perduran imborrables en la memoria colectiva de quienes luchan. No se trata de una hegemonía omnímoda que alienta la pasividad y la desesperación; siempre es posible oponer una racionalidad que no tema a la ética y que repose en una voluntad colectiva, la cual no preexiste sino que debe ser creada.
Eduardo Grüner ofrece un contrapunto necesario. Si es cierto que el fetichismo entraña un proceso de estructuración de la realidad –al decir de Marx–, no lo es menos el hecho de que ninguna realidad es posible sin estar estructurada de algún modo. En la convicción de que las teorías marxista y psicoanalíticas pueden “hacer las veces de una suerte de atalaya, de plataforma de observación para los avances de la otra” (28), Grüner va levantando los puentes invisibles que permiten construir una crítica de los mecanismos de fetichización de la realidad. Este mecanismo se resume en tomar la parte por el todo. El valor heurístico de esta caracterización es formidable: permite dar cuenta no solo de los mecanismos ideológicos de inversión descriptos en La ideología alemana, donde los intereses particulares (la parte) son traficados como generales (el todo), sino también del funcionamiento del mercado tal como es presentado en El capital donde el intercambio simple entre compradores y vendedores (la parte) se muestra como el origen mismo de la ganancia (el todo).
A diferencia de Carpintero, Sucksdorf y Sotolano, Grüner ofrece una mirada sincrónica del fetichismo al relacionarlo a un mecanismo antes que a un contenido específico. Lenguaje, inconsciente y lucha de clases se dan cita como modos análogos (o mejor, homólogos) de operar como totalidades que articulan sus elementos.
Por último, Pablo Rieznik volverá a la obra del gran economista soviético para mostrar su actualidad. Rubin, quizás el más prudente de los intérpretes dela teoría del fetichismo, devolvió este fenómeno a su lugar original: la teoría del valor trabajo. En esta interpretación, la crítica de la apariencia mercantil que Marx traza en el capítulo primero del libro primero de El capital alcanza su apogeo con el capital ficticio tratado en el tomo tercero. Actualmente, cuando el capital ficticio parece estar alcanzando una autonomía insólita (recordemos, con Rieznik, que hoy “supera en diez veces el valor real de la producción mundial”) la crítica de Marx a la lógica espectral del fetichismo alcanza su grado más alto de actualidad histórica. Y eso no es todo: Rubin hace de esta lógica el fundamento de las crisis capitalistas. El capital ficticio, levantando día a día un monumental palacio de cristal, se abre a la posibilidad de que una ligera piedra derrumbe para siempre su sueño de eternidad.
 
Mariano Campos