A 39 años de la Masacre de La Plata

Martínez, Manuel

 
 
 
 
El aroma de los tilos de aquella hermosa ciudad que supo ser La Plata en los años 70, seguramente está por volver con el inicio de la primavera. Vuelve también, sin embargo, el recuerdo amargo de lo que ocurrió aquel 5 de septiembre de 1975, cuando la militancia del Partido Socialista de los Trabajadores (PST) sufrió un tremendo golpe, uno de los más duros entre los primeros que antecedieron al genocidio.
La Alianza Anticomunista Argentina –Triple A– secuestró y asesinó en aquella fecha trágica a ocho de sus militantes. Roberto Loscertales (Laucha), Adriana Zaldúa, Hugo Frigerio, Lidia Agostini y Ana María Guzner Lorenzo terminaron de cenar la noche del 4 de septiembre y decidieron ir a Petroquímica Sudamericana (hoy Mafissa), una fábrica cercana a La Plata que en ese momento estaba ocupada por sus trabajadores en conflicto. Llevaban un fondo de huelga que el PST había recolectado solidariamente. Nunca llegaron. El auto en el que viajaban fue interceptado en el camino por la Triple A. Sus cuerpos, con marcas de tortura y desfigurados, aparecieron al día siguiente en La Balandra (Berisso), a 26 kilómetros de La Plata, prácticamente a orillas del río. Hubo diversas reacciones, la más importante fue la paralización de actividades en el Ministerio de Obras Públicas, donde trabajan Adriana y Hugo, este último era un dirigente reconocido desde la huelga de los estatales de 1973.
Me resulta imposible olvidar el ambiente de consternación y de bronca que aquel día se vivía en el local del PST, en la calle 54, entre 8 y 9, a pocas cuadras de la Plaza San Martín y de la Casa de Gobierno. Recuerdo como si fuera hoy el rostro de Oscar Lucatti, nuestro querido Oscarcito: no podía creer lo que había pasado. Antes de promediar la tarde, él, Carlos Povedano y Patricia Claverie salieron del local a repartir volantes que denunciaban el crimen. Fueron secuestrados en la esquina, a plena luz, en un Fiat 125. Horas después sus cuerpos aparecieron en un descampado en las afueras de La Plata.
En la Casa de Gobierno, adonde fuimos con el histórico abogado socialista Enrique Broquen y las hermanas de Adriana, nos dijeron que no estaba el gobernador Victorio Calabró, hombre de la UOM y de Lorenzo Miguel, que había sucedido forzadamente a Oscar Bidegaín. Pero tampoco había algún ministro o un secretario, ninguna autoridad política ante quien hacer alguna denuncia. No había nadie, pero no había “vacío de poder”. La ciudad estaba en manos de la Triple A, íntimamente emparentada con la Policía Bonaerense. Y semejante “liberación de la plaza” tenía como objetivo –nos quedó claro de inmediato– que las bandas parapoliciales actuaran con total impunidad secuestrando y matando a nuestros compañeros. Comprendiendo la difícil situación decidimos no hacer una masiva convocatoria para despedir a los nuestros. De todas maneras, algunos centenares nos dimos cita en el punto de partida de su último viaje. Convencidos de nuestra causa revolucionaria, sobreponiéndonos al dolor, los despedimos agitando las banderas de la vida. Recuerdo las palabras de Ernesto González, en nombre de la dirección nacional del PST. Tengo presente mi discurso iracundo delante del féretro de Adriana, con quien había compartido tantos pasajes de la militancia y de la lucha en el movimiento estudiantil, pero también su amistad y su casa, en 11 y 32, cuando vivía con Marcelo Pérez Roig, tiempo después secuestrado y desaparecido por la dictadura. Nunca podré olvidar que mientras la despedía a viva voz, sin micrófono, sacando fuerzas desde el fondo de mi alma para resaltar su trayectoria, estaban a mi lado Graciela, Susana y Nora, las tres hermanas de Adriana, las tres militantes, íntegramente revolucionarias, entregadas a la causa del socialismo y la liberación humana.
Tales fueron los hechos. Los narro una vez más con el corazón latente, recordando lo que fueron en vida –para mí y para tantos y tantas– aquellos compañeros y compañeras: su rebeldía revolucionaria los había dotado de grandeza. El Laucha tocaba la guitarra, jugaba a la pelota y dirigía como el mejor las asambleas de Ingeniería; casi siempre llegaba tarde, pero las asambleas no empezaban si no estaba él. Adrianita, que en ese entonces –tanto como yo– tenía 22 años, nos había enseñado toda su valentía enfrentando a las bandas fascistas en Arquitectura. En fin, nos los arrancaron, nos las arrancaron con la mayor crueldad, pero viven y vivirán por siempre en nuestra memoria. Ellos y ellas llevaban un mundo nuevo en sus corazones. Sus nombres están inscriptos en nuestro horizonte de liberación. Ahí están.
 
Manuel Martínez