¿Criminales fuera de sí?: apuntes sobre la alienación en la tradición del caso criminal alemán del siglo XVIII

 

Carola Pivetta
 
 
En el presente trabajo se analizará una serie de casos criminales de August Gottlieb Meißner (1753-1807), Karl Philipp Moritz (1756-1793) y Karl Friedrich Müchler (1764-1857) en los que se procurará determinar cuál es la relación que se establece entre criminalidad y alienación, en distintas acepciones de este último concepto.
 
Las motivaciones del crimen: una ojeada al alma del criminal
Desde que en el último cuarto del siglo XVIII comienzan a circular en revistas y compilaciones numerosas narraciones criminales (Kriminalgeschichten), el afán por indagar en la interioridad del sujeto las motivaciones psíquicas del hecho delictivo se ha consolidado como la impronta distintiva de la vertiente alemana de este género importado de Francia. Mientras que los escritos de Gayot de Pitaval, el primero en dar a la imprenta casos judiciales tomados de su praxis cotidiana como abogado (sus Causes célèbres et intéreßantes, avec les jugements qui les ont décidées se editan en Francia entre 1734 y 1743), están orientados a especialistas en materia jurídica, tanto A. G. Meißner, el escritor que inaugura el género en idioma alemán, como sus contemporáneos K. Ph. Moritz y K. F. Müchler introducen varias innovaciones en este modelo que a partir de 1747 ya se había difundido en el ámbito germano a través de numerosas traducciones de la obra de Pitaval.[1] En virtud de estas transformaciones, no solo se produce una creciente ficcionalización del caso criminal,[2] sino que además la perspectiva jurídico-científica que prevalece en los escritos del francés cede terreno del otro lado del Rhin a una consideración centrada en la dimensión ético-moral.
En efecto, los casos criminales elaborados por Müchler, Moritz y Meißner, cuyo destinatario ideal ya no es el especialista en derecho, sino el “Forscher des menschlichen Herzens” (25),[3] ofrecen menos la ocasión de analizar los mecanismos de funcionamiento de la justicia que el material para escribir, como quiere Meißner, una “geheimen Geschichte des menschlichen Herzens” (24). En consonancia con el cambio de orientación que se produce hacia la misma época en la praxis jurídica, por el cual poco a poco se pasa de juzgar el mero acto del crimen a juzgar la personalidad del criminal (sus motivaciones y el estado anímico en el que este se encuentra al cometer el delito),[4] estas narraciones ponen el énfasis en la exploración del “alma” del delincuente.
Tales tentativas de exponer la interioridad y el carácter de aquel que incumple la ley, así como el descubrimiento de las determinaciones sociales subyacentes al delito, constituyen un elemento novedoso en las narraciones de Meißner y sus contemporáneos no solo con respecto a su precursor francés Pitaval, sino también con respecto a una tradición discursiva preexistente, que gira asimismo alrededor del crimen y su castigo: la de los así llamados discursos del patíbulo (Schafottliteratur o discours d’échafaud).
En estos textos que desde la Edad Media y aún en el siglo XVIII circulan en hojas sueltas que se venden los días de ejecuciones públicas entre la muchedumbre que va a presenciar el espectáculo de la muerte, a diferencia de lo que sucede en las narraciones criminales, los “Motive und innere Einstellungen der Verbrecher spielen”, como sostiene Marianne Willens, “keine Rolle.” (Willens, 2004: 8) Antes bien, las causas que explican el crimen suelen ser allí estereotipadas: ya sea la tentación por parte del demonio, tema recurrente en las canciones populares (Volks- o Bänkellieder) y las últimas palabras de los condenados, ya sea, la intrínseca animalidad, la “unvernünftige Triebnatur des Verbrechers” (Ibíd.: 9) en los discursos morales, otra de las modalidades que puede asumir la literatura del patíbulo. Ambas explicaciones del mal tienen un común denominador: se trata de explicaciones ahistóricas y religiosas, que suponen una alienación (entendida en términos judeo-cristianos) del ser humano respecto de Dios: en el primer caso debida a la posesión demoníaca del hombre y en el segundo a causa de su condición en tanto ser esencialmente caído de la Gracia divina. Ninguna cabida tienen en esta tradición el carácter del delincuente, la especificidad del caso individual ni, mucho menos, los condicionamientos sociales del sujeto.
Por el contrario, las narraciones criminales alemanas de la Ilustración tardía procuran eludir cualquier explicación esencialista que remita a una supuesta maldad intrínseca del delincuente y sondear, en cambio, los factores psíquicos y sociales que están son el germen de las violaciones del contrato social. Paradigmático es a este respecto el caso de Meißner acerca del “Blutschänder, Mordbrenner und Mörder zugleich, den Gesetzten nach, und doch ein Jüngling von edler Seele” (ed. en 1778 en sus Skizzen). Se trata de la historia de un hombre de buen corazón, empujado al margen de la ley por la saña de un funcionario que, inmiscuyéndose en su vida privada, declara ilegal la casta relación amorosa entre este y la viuda de su padre y prohíbe el inminente casamiento de ambos, que ya había sido aprobado por la autoridad competente. El “Mord aus Liebe” de Müchler (ed. en el número de julio de 1787 de la revista Berlinische Monatschrift) plantea un conflicto similar, solo que la restricción de la libertad es impuesta aquí por una autoridad militar. Tras varios intentos fallidos de rebelarse contra estos poderes abusivos –ya sean civiles o militares–, que coartan las posibilidades de realización amorosa y, por lo tanto, de felicidad de los sujetos, en un caso, el “Jüngling von edler Seele”, exasperado, incurre en delitos cada vez más graves (evasión, incendio deliberado, asesinato), por los cuales finalmente se lo condena a muerte y, en el otro, el protagonista, consintiendo al pedido de su amada, la apuñala, acto por el cual es sometido a la pena de morir espada. Además de las coincidencias argumentales señaladas, estas dos historias tienen en común una misma perspectiva narrativa: ambas están contadas desde el punto de vista de un clérigo encargado de acompañar a los condenados en sus últimos días de vida. Tras haber escuchado las confesiones de estos –reproducidas, conforme a un procedimiento usual en los casos criminales, en estilo directo–, los narradores quedan persuadidos de que no tienen ante sí a un monstruo de innata perversión como el que describen tanto los rumores de sus coterráneos como las publicaciones periódicas locales, sino a un hombre empujado a los crímenes más atroces por una injusticia inicial y una acumulación de contingencias desfavorables.
Mientras que en los textos admonitorios producidos alrededor del patíbulo el infractor aparecía configurado según dos modelos antitéticos y extremos –como monstruo o como mártir (Willems, 2004: 9)–, en las narraciones criminales de la segunda mitad del XVIII al delincuente se lo describe, en las antípodas de aquellas representaciones maniqueas y heroicas, como un hombre corriente, con vicios y virtudes, de modo tal que los lectores puedan identificarse con él.[5] En la apelación a la empatía del lector es posible reconocer un rasgo típico del sentimentalismo (Empfindsamkeit) que prevalece por aquellos años y que se plasma en lo que podría denominarse una estética de la conmoción,[6] que se propone ante todo emocionar al lector, en tanto que la edificación moral, si bien no está completamente ausente, queda relegada a un segundo plano. Esto está en plena sintonía con la tendencia, señalada por Grimminger en su estudio sobre la novela de la Ilustración, al debilitamiento de la intención moralizante que prevalece en la narrativa de la Ilustración temprana; en la narrativa de las últimas décadas del XVIII esta cede terreno a la indagación psicológica y la descripción de caracteres. Así, de acuerdo con la corriente sentimental que se propaga en ese fin de siglo, la “Literatur soll nicht objektiv-moralische Exempel statuieren, sondern subjektiv-moralische Empfindungen beim Leser erzeugen und ‘natürliche’ Charaktere schildern.” (Grimminger, 1983: 640) Esta característica, constatada por Grimminger para ciertas novelas de un segundo momento de la Ilustración como Anton Reiser de Moritz y Werther de Goethe, puede hacerse extensiva al caso criminal de la misma época.
 
Criminales por error: imputabilidad moral vs. imputabilidad legal
Al contemplar la posibilidad de que un individuo sea culpable ante las leyes humanas pero éticamente honrado, de que lleve a cabo una acción condenable para la sociedad burguesa pero fundada en motivos nobles, estas narraciones plantean el dilema de la no coincidencia entre la responsabilidad moral y la responsabilidad legal. Tal conflicto entre estos dos parámetros contrapuestos de valoración y juicio es expresado igualmente en otros muchos títulos de casos contemporáneos, que casi siempre son formulados como una paradoja: “Dreifacher Mord aus Liebe zu Gott und den Ermordeten” (Müchler), “Geschichte einer Verbrecherin, die es wahrscheinlicherweise vor Gottes Augen weit weniger war als nach den bürgerlichen Gesetzen” y “Mord an seiner Frau, um ihre Seele zu retten” (ambos de Meißner). En todos ellos son las circunstancias adversas las que terminan precipitando a individuos inicialmente íntegros al abismo de la ilegalidad, del que pocas veces logran retornar.
Tal es el caso también en el “Vielfaches Verbrechen aus geringer Ursache”; allí Müchler narra cómo el mal remunerado soldado Hiller se vuelve asesino a causa de “eine außerordentliche Angst” (40) al castigo de sus superiores: cuando pierde la moneda de oro que le han encargado cambiar por dinero, teme que lo tomen por ladrón y planea robar otra moneda a fin de restituir la original y salir así del apuro; sin embargo, el robo se complica y el soldado termina estrangulando al Junker a cuyo servicio se encuentra. Ya desde el título es evidente la explícita intención del autor de minimizar el motivo que desencadena el crimen. Por cierto, una estrategia recurrente para humanizar al delincuente en las narraciones criminales alemanas de la época consiste en mostrar que en el origen del delito no hay más que un acontecimiento fortuito, un error (cuando no una arbitrariedad cometida contra el criminal), e incluso muchas veces las mejores intenciones y los sentimientos más altruistas por parte de este.
Esto último se verifica sobre todo en los numerosos casos en que el amor es esgrimido como motivo del crimen, tal como sucede en los dos ejemplos antes mencionados. Cabe comparar estos dos casos con el incidente criminal incluido como acción secundaria en Los sufrimientos del joven Werther (1774), a fin de observar coincidencias y diferencias en el tipo de delito representado. En esta novela de juventud, Goethe narra la desdichada historia de un aldeano de Wahlheim que se enamora de la viuda a cuyo servicio está y, que, tras ser despedido por un intento de violentar a la mujer, que no corresponde su deseo de contraer matrimonio, y ser sustituido en sus tareas por otro hombre, acaba por asesinar al nuevo criado, en quien ve a un potencial rival amoroso. Si la exigencia –reivindicada por Werther ya antes en la novela en ocasión de una acalorada discusión con Alberto– de escudriñar los motivos que desencadenan la acción criminal, motivos que las „Gesetze selbst, diese kaltblütigen Pedante“ (Goethe, 1960: 46) no contemplan, es la misma que impulsa a Meißner y a Müchler a dar a conocer al “sogenannten feinen und gelehrten Welt” (23) la vida privada de esos individuos anónimos y desconocidos, la conclusión a la que llega aquel personaje de Goethe, a saber, que es posible justificar el crimen cometido por el aldeano celoso en el arrebato de sus pasiones y que, por lo tanto, es deseable en casos como ese suspender el castigo previsto por la ley,[7] no es en absoluto la conclusión de estos autores, para quienes la comprensión de las causas del crimen no implica, como se desarrollará más adelante, un cuestionamiento de las penas rigurosas ni de los severos procedimientos judiciales que rigen para quienes los cometen. En resumidas cuentas, mientras que Goethe expone el crimen llevado a cabo por un amante celoso, cuyo amor despechado desemboca en desmanes y exabruptos criminales, en los casos antes expuestos, Meißner y Müchler prefieren centrarse en las biografías de sujetos que, en nombre del amor, están dispuestos a los mayores sacrificios: el sacrificio de su honor e incluso, en “Mord aus Liebe”, el de su ser querido. Los delitos cometidos por estos amantes devotos y abnegados son entonces menos un acto de crueldad egoísta que un último gesto de desesperación de individuos empujados a un callejón sin salida por la presión de circunstancias externas que obstaculizan las posibilidades de realización y legitimación social de los sentimientos sinceros y recíprocos de los amantes.
De este modo, los casos criminales de las últimas décadas del XVIII ponen bajo la lupa la vida privada de la gente común con la intención de denunciar que, en la mayor parte de los casos, el mal no se encuentra del lado del individuo y su moral, sino del lado de una sociedad injusta que induce ella misma al crimen.
 
Delito y alienación
Esta imagen humanizada del criminal, que aspira a suscitar compasión y empatía en el lector, se mantiene aun en los casos en los que la locura es invocada explícitamente como causa del desvío de la ley. Así como se evita representar al criminal en tanto ser intrínsecamente malvado, así también quien comete un delito en un estado de enajenación mental, lejos de ser mostrado como un individuo excepcional, atípico o monstruoso, es visto como un ser humano medio, con el que el lector puede identificarse.
Así, por ejemplo, la “Geschichte des Kindermörders J. F. D. Seybell” de K. Ph. Moritz (publicada en 1783 en el primer número de la revista de psicología Magazin zur Erfahrungßeelenkunde editada por este escritor), desarrolla en escasas pinceladas el carácter y las circunstancias que llevan a “ein stiller, arbeitsamer und gottesfürchtiger Mensch” (37) a convertirse en un asesino. Significativamente, lo limitado de su instrucción es uno de los aspectos más destacados de su biografía: se menciona su crianza en un orfanato desde los 7 a los 22 años y su defectuoso aprendizaje del oficio de sastre. Esta carencia afectiva y educativa redunda en una personalidad deficientemente formada, caracterizada por los “schleunige Anfälle von Tiefsinn und wunderlichem Wesen” (íd.), que ya en su juventud le valen el mote de “der irre Seybell”, por su “eignen Einfalt und Schwäche” (íd.) de carácter, de las que él mismo es plenamente consciente, así como por las constantes “Unruhe, Angst, Bangigkeit” (íd.), fuente de una tortuosa preocupación por su porvenir y causantes de dos tentativas fallidas de suicidio. En su estrechez de miras, este pobre hombre no ve otra salida a su miserable condición que el asesinato de un niño por el que paradójicamente siente especial predilección. Ante la gratuidad de este crimen contra una víctima libre de toda culpa –el niño encarna sin duda la inocencia más pura– se sugiere como explicación que el desesperado habría querido, además de asegurarse de su propia muerte por la vía del crimen y el consiguiente castigo merecido, ahorrarle al inocente los padecimientos de este mundo terrenal.[8]
Casos como este, que no reportan al delincuente ningún beneficio o provecho claros ni parecen estar motivados en un interés egoísta, plantean el escándalo de un acto inmotivado, que, en la medida en que se sustrae a la lógica de la utilidad, pone en jaque la racionalidad, la inteligibilidad del crimen, en la que se basa el derecho del siglo XVIII.[9]Pues si, al indagar las motivaciones del delito, se descubre que en el fondo puede haber un acto desinteresado, la causalidad y la previsibilidad del crimen se vuelven problemáticas. De este modo, ya en el mismo momento de su nacimiento de la mano de los reformares ilustrados, al nuevo derecho que nace como hijo de la Ilustración y de la Razón con el propósito de abolir las arbitrariedades del derecho feudal, se le plantean casos que cuestionan los fundamentos mismos de su legitimidad.[10]
Pero la distorsión de ideas religiosas que, rebajadas al nivel de la superstición, impiden un correcto discernimiento del bien y el mal no es el único factor que puede conducir al asesinato cometido en un estado de locura momentánea; la locura también puede estar asociada a la incapacidad de autocontrol de los instintos, que degrada al hombre al nivel de la bestia. Así, en “Ein Kindermörder aus Lebensüberdruß” (también anónimo, aunque atribuido a Moritz; Magazin zur Erfahrunßeelenkunde n° 2, 1784), un colérico artesano mata a golpes al hijo de su maestro “in einem wahren Paroxismus von Raserei” (58). Las fuerzas instintivas desatadas, que el iracundo no logra mantener a raya, lo llevan a actuar en contra de los preceptos de su débil conciencia moral.
Un rasgo común a estos dos casos es el vínculo postulado entre la momentánea enajenación que lleva a los protagonistas al crimen y la inseguridad de las condiciones laborales y vitales a las que ambos están sometidos: así como el medroso Seybell, cuya precaria situación laboral es comentada en repetidas ocasiones en la sucinta historia,[11]  vive “von der grausamsten Furcht gequält, ein unglückliches und elendes Leben führen zu müssen; seiner Schulden wegen, die”, como destaca el narrador, “freilich unbeträchtlich waren, verklagt zu werden und sich öffentlicher Beschimpfung ausgesetzt zu sehen” (37), asimismo el irascible L., que también se ve forzado a cambiar varias veces su lugar de trabajo a causa de incidentes debidos a sus exabruptos, es regularmente asaltado por un nerviosismo que suscita en él “die Furcht, vielleicht bald zu keiner mehr tauglich zu sein” (57).
La insistencia en la desesperación, la melancolía y el hartazgo ante la vida como causantes de la locura y del delito[12]da cuenta de la frustración del sujeto ante la ausencia de perspectivas de realización personal en una sociedad que no garantiza a los miembros de las clases menos privilegiadas a las que pertenecen la mayoría de los transgresores de la ley en los casos criminales de fines del siglo XVIII[13] las condiciones mínimas para una subsistencia digna. Aunque la consideración de factores que relativizan la culpa personal y humanizan al criminal no implica un desconocimiento de toda responsabilidad individual de los protagonistas, que están lejos de ser intachables modelos de conducta, tanto su restringida capacidad de discernimiento como sus flaquezas, vicios y debilidades son considerados producto de carencias educativas o de fallas en el modo en que estos individuos han sido gobernados. De ahí que en las narraciones alemanas de la segunda mitad del XVIII no exista una diferencia sustancial entre los crímenes cometidos en un estado de demencia y aquellos en los que se incurre con plena conciencia: todos ellos tienen su fundamento último en una alienación que no se explica en términos religiosos pero tampoco exclusivamente en términos psíquicos o individuales, sino sobre todo sociales; dementes o cuerdos, los criminales cuyos destinos se elige representar son víctimas, más desdichadas que culpables –tal como los autores recalcan en numerosas ocasiones (cf. p. ej. 13, 16, 23)–, de la falta de oportunidades para desarrollarse plenamente, ya sea porque carecen de medios intelectuales (educación) o materiales (dinero, alimentos, bienes) para salir adelante, ya sea porque están sujetos al abuso de poder de instituciones represivas y autoridades arbitrarias.
Si bien en los desintegrados territorios alemanes de fines del XVIII, en los que aún perviven fuertes resabios feudales[14]Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres la influencia corruptora de la civilización hace que el hombre se aliene con respecto a su propia naturaleza virtuosa, así también para estos autores de la Ilustración tardía en todo criminal el desgarro entre condición natural y degeneración social es constitutivo. y ni la industrialización ni la división del trabajo se han desarrollado aún como en otras potencias europeas (Inglaterra sobre todo), resultaría sin duda anacrónico hablar de una alienación económica en un sentido marxista, no puede desconocerse que en las narraciones criminales de la época los delincuentes aparecen configurados como seres escindidos, alienados debido a sus condiciones sociales de existencia: en el abismo que se abre entre su integridad original y su posterior conducta reprobable, forzada por las necesidades prácticas de subsistencia, resuenan por cierto ecos de ideas rousseaunianas, pues así como para el autor del
 
Alcances y límites de la visión del criminal como víctima de la sociedad
Si en la producción narrativa aquí estudiada el vicio, el asesinato y el delito en general son interpretados ya sea como fruto del despotismo de los gobernantes, ya sea como consecuencia de la ignorancia, superstición o animalización del pueblo, de esto se sigue que la corrección de estas fallas llevaría de manera necesaria a la eliminación de aquellos estragos. Efectivamente, estos autores postulan una utópica alternativa al estado actual de las cosas: con una educación diferente o, como sostiene Müchler, “unter anderer Leitung, er [der Verbrecher] ein sehr nützliches und liebenswürdiges Mitglied der menschlichen Gesellschaft hätte werden können.” (5). Ahora bien, en la solución que se deja entrever en muchos de los casos analizados, solución basada en la confianza optimista en la perfectibilidad del ser humano,[15] están contenidos a su vez los límites de este pensamiento aún fuertemente influido por los ideales de la Ilustración. Pues al tiempo que se sugiere la necesidad de una reforma educativa y de un cambio en los modos abusivos de ejercicio del poder, utópicos postulados que permanecen en el plano abstracto de las ideas, en estos textos las prácticas de la justicia quedan al margen de cualquier cuestionamiento: rara vez se manifiesta allí una crítica a los veredictos judiciales o a las pericias médicas. Gracias a la tajante disociación entre la imputabilidad ética y la imputabilidad legal, es posible reivindicar y ensalzar la moralidad en el comportamiento de estos delincuentes por necesidad, pero sin por ello abogar por una transformación concreta de los procedimientos judiciales que condenan, generalmente a muerte, a estas víctimas de una “rächenden Gerechtigkeit” (176). Así, si bien estos autores reconocen las injusticias y las arbitrariedades padecidas por los más débiles y desprotegidos de la pirámide social, parecen confiar ciegamente en la infalibilidad de los jueces.[16]
Tal es, indudablemente, uno de los límites de esta crítica a la realidad social alienante, que perfectamente puede enmarcarse en la que, según István Mészáros, constituye la primera etapa en la historia del concepto de alienación: en el capítulo inicial de su libro Marx’s Theory of Alienation, en el que rastrea los orígenes de dicho concepto, este crítico señala que tal fase inicial, que se extiende desde Rousseau hasta Schiller, se caracteriza precisamente por una “aproximación moralizante a los efectos deshumanizantes de la alienación” (Mészáros, 1968: 61), es decir, por la contraposición de la realidad efectivamente existente a lo que debería ser (que en Rousseau asume la forma de un estado de naturaleza idealizado). Por lo tanto, las limitaciones que impiden a los escritores aquí abordados extraer todas las consecuencias de su visión del delincuente en tanto víctima de la sociedad, no se deben únicamente, en el caso de Meißner y Müchler, al hecho de que ambos hayan sido funcionarios del estado e incluso del aparato judicial (el segundo llegó a ser director de la policía de Dresde), sino que se trata asimismo de condicionamientos debidos al momento histórico en que estos dos autores y Moritz viven y escriben, un momento en que la alienación y las injusticias sociales provocadas por un capitalismo incipiente ya se hacen notar, por cierto, pero todavía no están lo bastante desplegadas ni son lo suficientemente ostensibles para que la crítica a estos fenómenos pueda radicalizarse.
Así, pues, la producción de un saber sobre el alma del delincuente, tal como el que se proponen contribuir a desarrollar estos escritores, tiene todavía a fines del siglo XVIII escasas consecuencias inmediatas en el plano de la praxis vital: por un lado en el terreno jurídico, en el cual esta literatura renuncia a ejercer cualquier tipo de injerencia, ya que se abstiene tanto de formular críticas como de proponer reformas a los procedimientos penales vigentes;[17] por otro lado, en el terreno médico-psiquiátrico.
A este respecto, Klaus Dörner, quien en su libro Ciudadanos y locos. Una historia social de la psiquiatría estudia comparativamente el nacimiento de dicha ciencia e institución en Inglaterra, Francia y Alemania, constata una tardía implantación del paradigma psiquiátrico en el último lugar mencionado. Para Dörner este retraso relativo está vinculado con la tardía industrialización alemana y con la escasa conciencia de sí que posee la burguesía alemana a fines del siglo XVIII: si, por un lado, el retraso industrial no hace tan apremiante como en Inglaterra la necesidad de mano de obra barata, lo cual habría podido acelerar el proceso de inclusión social de los locos, por otro, la abdicación política de aquella burguesía de creciente poder económico se plasma literariamente en la tendencia de las principales corrientes y géneros literarios de la época a concentrarse en los problemas de la interioridad. Basta pensar en la enorme popularidad que adquieren en el siglo XVIII –bajo la influencia del pietismo, esa forma de religiosidad que concede una importancia fundamental a la introspección y la observación de sí–, los escritos memorialísticos, (auto)biográficos, confesionales y epistolares (desde las Mémoires et aventures d’un homme de qualité qui s’est retiré du monde del abbé Prévost (1728-31) a las Biographien der Selbstmörder  [Biografías de suicidas](1785) y las Biographien der Wahnsinnigen [Biografías de locos] (1796) de C. H. Spiess,pasando por Julie ou la Nouvelle Heloïse (1761) de Rousseau, Werther y a la novela sentimental). Y por cierto la tradición de literatura criminal aquí estudiada no ha sido ajena a tal tendencia; muy por el contrario, ha sabido explotar con gran eficacia el interés creciente del público lector de la época por lo íntimo. Justamente el Magazin zur Erfahrungsseelenkunde[Revista del conocimiento experimental del alma], en la que se editan entre 1783 y 1793 muchos de los casos criminales aquí comentados, capta e intenta dar satisfacción a ese difundido gusto por la vida privada; por eso esta publicación es considerada por Dörner un ejemplo privilegiado de aquella tendencia que restringe la emancipación social al conocimiento moral de la intimidad individual (Dörner 1969: 253).
Con todo, y a pesar de la renuncia a una eficacia práctica inmediata, esta narrativa favorece una nueva comprensión de la criminalidad –y, de manera colateral, también de la locura–, cuyas repercusiones tendrán a largo plazo un enorme impacto en las prácticas jurídicas y médicas. Ya hemos sugerido cómo en el empeño de Müchler, Moritz y Meissner por exculpar a los criminales y mostrarlos como víctimas alienadas de una sociedad opresora es posible reconocer una novedosa comprensión del crimen y del castigo que, al incorporar criterios sociales, psicológicos y antropológicos a la hora de explicar las causas del delito, sustituye aquel paradigma teológico-religioso heredado de la Edad Media y basado en las nociones de pecado, culpa, retribución y expiación, que prevalecía en los textos producidos alrededor del cadalso. Pero este nuevo marco explicativo secular surgido en los inicios de la modernidad rompe asimismo con el rígido moralismo de la Ilustración temprana, derivado en gran medida de la filosofía kantiana. En lo que concierne a la locura, por ejemplo, mientras que Kant aún atribuye una “culpable minoría de edad” a los ciudadanos cuya conducta no se ajusta a las exigencias de la razón y considera la demencia como un fenómeno incurable y meramente espiritual –y por lo tanto como un objeto exclusivo de la filosofía, negando a las ciencias médicas o psicológicas cualquier incumbencia en el asunto, puesto que la locura carece para el filósofo de Königsberg tanto de determinantes corporales como de condicionamientos externos y solo puede explicarse, a lo sumo, por causas hereditarias–,[18] los autores de los casos criminales de las postrimerías del Siglo de las Luces, bajo la influencia de los primeros tanteos de la ciencia experimental del alma (Erfahrungsseelenkunde), arremeten contra el rigorismo racional de las consideraciones prepsiquiátricas de Kant sobre la locura, en la medida en que, en su esfuerzo por hacer visible la interioridad de aquellos ciudadanos cuya conducta no se ajusta a las exigencias de la razón y por propiciar una comprensión empática de estos sujetos marginalizados por la sociedad, generan las condiciones para que se difunda la necesidad de un tratamiento de la locura por parte de instituciones especializadas y de ramas específicas del saber.
El hecho de que el delincuente –al igual que el loco– ya no sea percibido como un monstruo irrecuperable, sino como un enfermo que, forzado por circunstancias adversas, se desvía involuntariamente de la norma social se debe en gran medida a la elaboración literaria de las rarezas y perturbaciones psíquicas de criminales y locos en estos casos criminales, que exploran los comportamientos irracionales que por un momento la omnipotencia de la razón había pretendido negar y descubren esa zona oscura del yo que un crítico ha calificado de “incalculablemente inconsciente”.[19] De ahí a deducir que el castigo que corresponde al ciudadano que incumple la ley no ha de aspirar a hacerlo expiar su crimen, sino por un lado a prevenir el delito y por otro a reformar y reinsertar en la sociedad al descarriado hay un solo paso, paso que –como ya hemos observado– aquellos autores no dan. No obstante, si bien pocas veces se formula en esta rama de la literatura criminal una crítica explícita a las prácticas judiciales contemporáneas, sí se insinúa a menudo la posibilidad de intervenir para que el loco sea curado y el criminal reformado. En una época en que el derecho penal europeo no conoce aún las circunstancias atenuantes que, unas décadas más tarde, permitirán atenuar el rigor de las penas,[20]los marginales: la situación miserable y por lo general injusta padecida por estos adquiere, para un creciente número de lectores, una visibilidad hasta entonces desconocida, y los mecanismos con los que la sociedad actúa sobre delincuentes y locos comienzan a ser juzgados, cada vez más, como inapropiados y deficientes. Queda así sugerida la necesidad de repensar el rol de las instituciones en el tratamiento de estos individuos. esta literatura que procura suscitar la compasión de los lectores ante las biografías de individuos que han transgredido la ley despierta sin duda una nueva sensibilidad hacia
En la medida en que estas narraciones contribuyen a difundir la idea de que es posible educar y reformar al criminal, inauguran un proceso que culminará casi un siglo más tarde, hacia 1850, con la imposición de un nuevo saber psiquiátrico de reparación, readaptación y corrección del delincuente, saber que valida la extensión del poder de castigar a algo que está más allá de la infracción: a la personalidad del criminal (Foucault, 2001: 31ss). De este modo, las historias criminales de la Ilustración tardía hacen su aporte a la paulatina transformación de los paradigmas médico-judiciales por la cual, como sostiene Foucault no sin ironía, “[e]l bajo oficio de castigar se convierte (…) en el hermoso oficio de curar” (2001: 35). Por lo tanto, en esta literatura criminal es posible detectar las tensiones entre una legitimación de nuevas formas sociales de control y disciplinamiento de los marginales que se irán imponiendo a partir de esta época con una fuerza cada vez mayor, por un lado, y un potencial de crítica social de resonancias rousseaunianas, que se articula como una crítica a la cultura y un cuestionamiento sentimental a la preeminencia exclusiva de la razón.
 
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Willens, Marianne, “Der Verbrecher als Mensch. Zur Herkunft ‘anthropologischer’ Deutungsmuster der Kriminalgeschichte des 18. Jahrhunderts” (9/8/2004). En: Goethezeitportal, <http://www.goethezeitportal.de/db/wiss/epoche/willems_verbrecher.pdf> (20/9/2012).
                   
 


[1] La primera traducción alemana se publica en nueve partes en Leipzig entre 1747 y 1768, bajo el título Erzählung sonderbarer Rechtshändel sammt deren gerichtlichen Entscheidung, unos años antes que la traducción italiana (que data de 1755 – 1756). Desde entonces, circulan en alemán numerosas reediciones y reelaboraciones, basadas ya sea en la versión original de G. de Pitaval, ya sea en la nueva redacción francesa de Francois Richer (Amsterdam, 1772 - 1788). Entre ellas se destaca la edición prologada por Schiller, editada por F. Niethammer bajo el título Merkwürdige Rechtsfälle als ein Beitrag zur Geschichte der Menschheit (Jena, 1792 -1795). Para más detalles, cf. la introducción y la bibliografía final en orden cronológico de la edición a cargo de Alfred Christoph en ALEXIS, W., Große Kriminalfälle. Aus dem Neuen Pitaval des Willibald Alexis. München: Deutscher Taschenbuch Verlag, 1965, pp. 7-9 y 281 - 283.
[2] En Untersuchungsrichter, Diebsfänger, Detektive. Theorie und Geschichte der deutschen Detektiverzählung im 19. Jahrhundert (1978), H.-O. Hügel distingue, precisamente en función del criterio de su contenido de verdad , entre las “Pitavalgeschichten”  y las “anekdotische Kriminalgeschichten”: mientras que las primeras son “nichtfiktionale Berichte berühmter Kriminalfälle” (Hügel, 1978: 82), es decir, “Sachprosa” (ibíd.: 59), las segundas incluyen elementos ficcionales; como ejemplo de autores que han cultivado este segundo tipo narrativo Hügel menciona a A. Meißner y a K. Müchler.
Es incontestable la tendencia, certeramente constatada por Hügel, a una ficcionalización cada vez mayor de la materia en los casos judiciales de los autores aquí estudiados, pese a que estos sostienen de manera insistente haberse atenido estrictamente a los hechos, sin falsearlos ni adornarlos con agregados de su invención. Para destacar solo algunos de los procedimientos de estilización literaria, se mencionarán aquí la forma epistolar y el relato enmarcado. No obstante, el supuesto que subyace a la clasificación de Hügel puede suscitar legítimos reparos, dada la dificultad de trazar un límite unívoco entre la autenticidad y la inautenticidad del contenido. Para esto ténganse en cuenta las observaciones de Willems (2004: 10s, nota 39) acerca de los criterios epocales para deslindar lo ficticio de lo fáctico, lo falso de lo verdadero, la imitación de lo real de su invención.
[3] El presente trabajo se basa en la selección de casos del siglo XVIII editada por Holger Dainat que se consigna en la bibliografía final; cada vez que se cite dicha compilación se indicará la paginación correspondiente entre paréntesis, sin más datos.
[4] Este cambio ha sido exhaustivamente descripto por Foucault; cf. bibliografía final.
[5] A propósito de esto, Willems señala acertadamente que el antecedente literario de este personaje medio ha de buscarse en el drama burgués alemán que se desarrolla a partir de mediados del siglo XVIII (Willems, 2002: 9ss).
[6] Las ideas de Meißner sobre estética, conservadas en los apuntes tomados por algunos de sus alumnos a partir de las lecciones dictadas por este escritor en la universidad de Praga, institución en la que se desempeñó como profesor ordinario de estética desde 1785 hasta 1804, enfatizan precisamente la importancia de ese efecto en su concepción del arte: para Meißner el objetivo del arte debe ser suscitar emociones, conmover (rühren) y no consolidar la moral (cf. Hlobil, 2010).
[7] Ante este crimen pasional que conmociona a la pequeña aldea, la compasión de Werther por el asesino es tal que llega a defenderlo (infructuosamente, por cierto) frente a los representantes de la ley encargados de juzgarlo.
[8] Similar motivación –la voluntad de trocar la opresión terrenal por una redención en el más allá– se encuentra en un caso anónimo de infanticidio que lleva por título “Mütterliche Grausamkeit aus Melancholie und Verzweiflung” (editado en Magazin zur Erfahrungsseelenkunde 6, 1788): allí una mujer decide ahogar a sus dos hijos en el Danubio para evitar que sean maltratados por su violento padre.
[9] Foucault, quien se ocupa de estos crímenes inmotivados a partir del caso Henriette Cornier y otros, asocia justamente el interés, esa “especie de racionalidad interna del crimen, que lo hace inteligible y, al mismo tiempo, (…) punible” (Foucault, 2001: 112) con “la nueva economía del poder de castigar [, economía que] exige la racionalidad del crimen –entendida, por lo tanto, como mecánica descifrable de los intereses–, cosa que no sucedía  en el antiguo sistema, donde se desplegaban los gastos siempre excesivos, siempre desequilibrados, del suplicio” (íd.).
[10] También Roland Barthes, al analizar en una de sus mitologías (“Le procès Dupriez”) el caso de un parricida francés que asesina a su padre y a su madre sin ningún móvil aparente, constata que todavía en el siglo XX la justicia no se ha hecho eco de las modificaciones que las ciencias de exploración psicológica que comienzan a desarrollarse en el XIX producen en la idea del hombre; en este contexto Barthes denuncia lo que él caracteriza como una “justicia nacida en los tiempos burgueses, adiestrada por consiguiente para racionalizar el mundo como reacción a lo arbitrario divino o monárquico”, que de acuerdo con una psicología clásica, sigue creyendo que el crimen está sujeto a una racionalidad lineal (Barthes, 1957: 97, traducción nuestra). 
[11] “Er hatte seine Profession nicht vollkommen genug erlernt, um sich davon ernähren zu können” (37), “[er] befürchtete beständig, daß seine Herrschaft seiner überdrüssig werden und ihn fortjagen möchte, wo er alsdann ganz verlassen und ohne Brot sein würde” (id.), “Er kam wirklich in traurige Umstände, konnte vom Dezember 1772 bis zum Februar 1781 mit der größten Mühe durch Nähen kaum sein höchst notwendigen Unterhalt erwerben und hatte noch einige kleine Schulden, die er gern bezahlen wollte, und sah doch kein Mittel, dieses zu bewerkstelligen” (id.).
[12] No solo en las narraciones ya mencionadas, sino también en “Mord aus Rachsucht und Verzweiflung” y en “Ermordung einer Person aus verzweiflungsvoller Rachsucht gegen eine andere”, ambas de Müchler.
[13] Si bien esto no es necesariamente así (muchas narraciones de Meißner, por ejemplo, son protagonizadas por burgueses, comerciantes acomodados, etc.), se cumple en la mayoría de los casos, sobre todo en los de Müchler, quien en “Mord aus Liebe” sostiene la tesis de que “Die größte Anzahl dieser Elenden [=Verbrecher] besteht aus der niedrigsten Klasse des Volkes.” (5)
[14] En la mayoría de estos casos criminales el mundo representado tiene una estructura social claramente feudal: esto se constata por ejemplo en el hecho de que los trabajadores nunca son asalariados u obreros, sino aprendices o artesanos; también en la referencia al tributo feudal del o peaje corporal [Leibzoll] en el caso de Müchler titulado precisamente “Raub, von einem Juden verübt, um den Leibzoll bezahlen zu können”.
[15] Esta confianza es explícitamente afirmada por Meißner en una nota al pie en la que, en un gesto polémico, rebate la afirmación del presunto clérigo que le envía el relato de un caso de su conocimiento; allí este presunto informante asevera que “oft [gibt es] unverbesserlichen Bösewicht” (25s). Esto desencadena el siguiente comentario de Meißner: “Oft? Sollte der menschenfreundliche, brave Priester sich hier nicht verschrieben haben? Oft gibt’s wohl nicht Bösewichter, die unverbesserlich wären. Selbst die zuweilen nicht gebessert werden könnten’s doch unter andern Umständen.” (íd.)
[16] Además, la amplia importancia concedida al azar y a la casualidad en el desencadenamiento de los hechos atenúa la radicalidad de la aparente denuncia a lo que el propio Meißner designa como una “rächenden Gerechtigkeit” (íd.), ya que, para explicar el crimen, se apela –al menos en parte– a una idea de fatalidad, de destino ineludible que difícilmente permite ir más allá, en materia legal, de la aceptación del statu quo.
[17] La escasa interacción entre el sistema literario y el jurídico, que Schönert constata como una característica prevaleciente de la literatura criminal en lengua alemana hasta las décadas del ’20 y 30 del siglo XIX (Schönert 1983: 107) y derivada de la separación radical entre la imputabilidad moral y la imputabilidad legal, se modifica radicalmente en otros autores que cultivan el género posteriormente: así, por ejemplo, en los casos criminales publicados en la primera mitad del XIX por P. J. A. Feuerbach, no faltan críticas al funcionamiento de un derecho penal fundado aún en la Constitutio Criminalis Carolina, ordenanza sancionada por Carlos V en 1532, que el autor considera en no pocos aspectos como arbitraria, perimida e inadecuada para los tiempos que corren. No es casual esta postura fuertemente crítica en un escritor que, en su labor como juez y legislador, ha contribuido de manera crucial en el proceso de reforma y modernización del sistema penal bávaro, promoviendo la abolición de la tortura (1806) y participando en la concepción y redacción del nuevo Código Penal de Baviera (1813), que sienta las bases para una nueva legislación burguesa. Para profundizar en la importancia de los aportes de Feuerbach en materia de derecho cf. Bloch 2011.
[18] Cf. Dörner 1969: 255ss.
[19] Nos referimos a Harald Neumeyer, quien por lo además aclara que usa el término “inconsciente” en un sentido no freudiano (cf. Neumeyer 2004: 151 y passim).
[20] Como explica Foucault, las circunstancias atenuantes, que en Francia se establecen en 1832, surgen como una forma de modular el rigor de la ley: el autor francés pone justamente como ejemplo los casos de infanticidio, en los que los jueces preferían por lo general absolver al culpable antes que aplicar la ley en todo su rigor (ley que para estos casos prescribía la pena de muerte);en tales casos el recurso a las circunstancias atenuantes permitió reemplazar la absolución por un castigo parcial o moderado; lo mismo se aplica a aquellos casos en que existían fuertes presunciones contra el inculpado pero no totalmente probadas (Foucault, 2001: 22 y 40).