Racionalidad tecnológica y desalienación estética en la obra de Herbert Marcuse

 

Romina Conti
 
 
El presente trabajo propone una recuperación de los conceptos de racionalidad tecnológica y desalienación estética en la obra de Marcuse porque parte de la convicción de que ambas categorías siguen siendo actuales. Se intentará dejar en evidencia que el problema de la alienación o enajenación y de sus posibilidades de reversión desde el orden estético, mantienen un profundo vínculo con el problema de la racionalidad, anclándose, por esto mismo, en la base antropológica de las teorías sociales. La tesis de esta exposición será entonces, que ese vínculo es lúcidamente observado por Marcuse y que esas observaciones pueden, aún hoy, servirnos de hilo para desandar al menos una parte del laberinto del pensamiento social.
La recuperación del pensamiento de Marcuse, al menos en habla hispana, tiene escasos años luego de su lectura en los sesenta y setenta. Aún así, e incluso teniendo en cuenta la recuperación y discusión de Marcuse en otros idiomas, la mayoría de los estudios sobre su pensamiento han dejado a la estética en un lugar marginal. Se ha priorizado la recuperación de su teoría de la unidimensionalidad de la sociedad o sus aportes para una conciliación de Freud y Marx, se han retomado sus opiniones respecto al “sujeto de la revolución”, al papel de los estudiantes, su crítica al positivismo y a la industria cultural. Incluso se ha trabajado, sobre todo en los inicios de la llamada “Filosofía de la técnica”, su concepción de la tecnología como elemento de dominación.
Sin embargo, la clave de interpretación de este trabajo está dada por la propuesta estética de Marcuse, que no puede ser comprendida sino en el conjunto de su teoría social. Esta clave de interpretación se sostiene sobre la idea de que los mayores aportes de su crítica a la sociedad contemporánea, así como de su teoría del cambio social, revelan su sentido más pleno en relación con los puntos principales de esa propuesta estética.
Para Marcuse, el arte aparece como el espacio material al que ha quedado reducido el vínculo estético del hombre con el mundo y, justamente por esto, se convierte en el lugar de resistencia de aquellos aspectos mutilados en la racionalidad instrumental. De esa manera, la relación del hombre con el arte representa la forma antagónica de la realidad dada. Sólo con la reivindicación de esos aspectos mutilados, que puede darse a través de la dimensión estética, puede ser pensado un quiebre en la estructura cosificada de la realidad y en la anulación/superación de la alienación del hombre respecto de sí.
 
I.
Ahora bien, antes de analizar los fundamentos que Marcuse encuentra para la postulación del arte, y de la experiencia estética que a él se liga, como instancia de desalienación en el marco de la sociedad industrial avanzada, analicemos también aquello que sostiene, para el autor, la alienación en su estado actual (actual para el Marcuse de 1964, pero también –y tal vez más exactamente- para sus lectores de 2012). Para emprender este análisis, volveremos otra vez a la tesis central del hombre unidimensional.
Como bien ha observado Habermas, la tesis de la unidimensionalidad de Marcuse se corresponde con una suerte de “totalización de la razón instrumental” (Habermas, 2000:291). En esta tesis, la técnica o tecnología, entendida básicamente como el impulso de controlar la naturaleza y los medios generados con ese fin, se transforma no sólo en el carácter determinante de la racionalidad sino en una forma de control social gracias a la efectiva eliminación del espacio privado y el reemplazo de las verdaderas necesidades humanas por aquellas que son funcionales a la permanencia del orden social establecido.
El pensamiento negativo, la crítica de lo dado, tenía su lugar de desarrollo en ese espacio privado que ahora aparece subsumido por el “gran espacio público”, era este distanciamiento que producía el espacio privado, el que posibilitaba a la razón el ejercicio de su poder crítico. Al invalidarse este espacio, en gran parte debido a las nuevas formas tecnológicas y en relación a ellas a los medios masivos de comunicación, la razón se somete a la reproducción de las condiciones de vida que la sociedad industrial avanzada postula como válidas. A este universo tecnológico pertenecen todas las clases sociales, y gracias al enmascaramiento de la división de clases que se opera mediante la elevación del nivel de vida, la sociedad contemporánea logra precaverse contra cualquier impugnación revolucionaria.
De este modo, las condiciones reales de vida en las sociedades contemporáneas aparecen ocultas bajo lo que Marcuse llamará el “velo tecnológico”. En esta realidad impuesta, la misma idea de alineación parece cuestionable “cuando los individuos se identifican con la existencia que les es impuesta y en la cuál encuentran su propio desarrollo y satisfacción”, Marcuse observa que “ésta identificación no es ilusión, sino realidad. Sin embargo, la realidad constituye un estadio más avanzado de la alineación. Esta se ha vuelto enteramente objetiva; el sujeto alienado es devorado por su existencia alienada. Hay una sola dimensión que esta por todas partes y en todas las formas” (Marcuse, 2005:37).
Pero el modo en que Marcuse vincula la alienación a una racionalidad reducida a lo funcional (que es a lo que denomina racionalidad tecnológica), se fundamenta con mayor profundidad atendiendo a los elementos represivos que el autor identifica en el surgimiento de las sociedades modernas. Así, esta mutilación de la racionalidad tiene que ver con el cambio de los “principios de realidad” que ya Freud analizó. El análisis de las estructuras represivas que Marcuse considera comunes a toda sociedad industrial contemporánea, ya sea capitalista o comunista, se apoya centralmente en su interpretación de algunas de las tesis freudianas que aparecen en El malestar de la Cultura. La civilización occidental ha impuesto al hombre el reemplazo del principio de placer por el principio de realidad, y este último no está limitado a negar el primero, sino que ejerce sobre él una especie de “protección” en la medida en que conduce a un principio de placer que podría llamarse moderado, o más específicamente: restringido o reprimido[1].
Así, puede encontrarse también en la teoría de Marcuse la presencia de un vínculo estrecho entre alienación y racionalidad mutilada. Marcuse considera que el tratamiento instrumental del otro se presenta ante todo como un hecho social. Se trata, en palabras de Honneth, de una “forma de conducta que distorsiona nuestra perspectiva, tan difundida en las sociedades capitalistas que es posible hablar de ella como de una «segunda naturaleza» del hombre” (Honneth, 2007:31).
Esa “segunda naturaleza”, es comprendida por Marcuse en los términos del principio de rendimiento o actuación y la extiende no sólo a la estructura de las sociedades capitalistas sino también a las que pretende crear el comunismo, ya que sostiene que ambas incluyen sistemas represivos análogos. Según Marcuse, en tanto Eros y la sensibilidad humana en general se encuentren bajo esta represión excedente, no podrán trascenderse las limitaciones de un orden instrumentalista del mundo, justamente por no poder revertir la mutilación sufrida – a causa de esa represión- por la racionalidad humana. Por esto el autor sostiene que la transformación debe iniciarse con un cambio en la estructura pulsional del sujeto, que continúa latente y da forma a la historia prohibida y subterránea de la civilización.
Desde la perspectiva marcuseana, el alcance y la magnitud de la alineación es la causa esencial de la unidimensionalidad de la sociedad contemporánea. La conducta unidimensional surge de la manipulación que el aparato productivo, sus bienes y servicios, realizan de los consumidores; y de la falsa conciencia que es generada a partir de ellos y que, a la vez, la vuelve inmune al reconocimiento de su falsedad. La moderna sociedad se caracteriza por la supresión de todas las formas de oposición. Se trata de una sociedad uniformada que responde a un sistema totalitario, que impone la comprensión del mundo y de las relaciones humanas en clave tecnológica, donde la característica saliente es el empirismo total en el tratamiento de los conceptos y la desestimación de todo pensamiento que no pueda someterse al “método científico.”[2]
Mediante la sustitución del principio de placer, la instauración de una represión excedente que se propone como necesaria y el establecimiento de la racionalidad instrumental como única racionalidad posible, el capitalismo norteamericano –que es el ejemplo paradigmático que Marcuse analiza- tiende a integrar todas las dimensiones de la existencia, privada y pública, conduciendo a una “sociedad cerrada”. Esta integración tiene dos resultados de gran importancia, el primero de ellos es la asimilación de las fuerzas de oposición y el segundo, la administración metódica de los instintos humanos.
Ambos resultados son producto del predominio de esa particular forma de racionalidad y de la utilización del progreso técnico en función de esa misma estructura cuantitativa. La técnica impone las necesidades que los individuos atienden en la convicción de que son las suyas propias y de esta manera condiciona la vida de los sujetos, que pasan a identificarse con lo que consumen. La conducta unidimensional aparece en relación a esa manipulación de productos y a la inmediatez en la que el sujeto se identifica con su medio social a partir de esa manipulación. La “razón tecnológica” deriva en la conducta unidimensional, en tanto que presenta el universo de consumo como un todo disponible para todos. Al reconocerse en los productos que consume y a los que aspira, el hombre atiende a su “interés inmediato” y no puede distinguirlo de su “interés real”, por eso la técnica contemporánea se convierte en aparato de dominación.
Resumiendo lo antedicho, podemos afirmar que la reificación total del mundo y la vida del hombre dan como resultado la determinación del carácter abstracto de la negación. Sin embargo, Marcuse señala que en tanto esa reificación es producto de un aparato de necesidades ilusorias, el fundamento concreto para la negación continúa existiendo y el punto de partida de la transformación necesaria que permita revelar ese carácter ilusorio radica en la estructura pulsional del sujeto.
 
II.
Se ha señalado reiteradas veces que Marcuse transgrede los mandatos de la Teoría Crítica al aventurar una teoría del cambio social. Sin embargo, también reiteradas veces se ha perdido de vista que la misma involucra una serie de factores relacionados con la sensibilidad humana que vertebran toda la propuesta, en tanto que la represión de esa sensibilidad ha dado por resultado el estado de cosas que él mismo denuncia en su crítica. Entre estos aspectos, reprimidos o aparentemente transformados, por el principio de realidad, se encuentran la sexualidad, la imaginación o fantasía, el goce y la dimensión o experiencia estética en relación al arte.
En Eros y civilización, Marcuse afirma que una de las principales formas de represión consiste en “la feroz y a menudo metódica y consciente separación de la esfera instintiva de la intelectual, del placer y del pensamiento”, ésta –sostiene- “es una de las más horribles formas de enajenación impuesta al individuo por su sociedad y espontáneamente reproducida por el individuo como una necesidad y satisfacción propia” (Marcuse, 1995:12). Su propuesta de cambio social requiere entonces, en un primer momento, de un quiebre con esa asimilación de las formas represivas que posibilite el tránsito hacia la reconciliación de ambas esferas humanas.
Puesto en este camino, Marcuse retoma algunos de los planteos kantianos de la Crítica de la Facultad de Juzgar, particularmente la posición mediadora que Kant le otorga a la dimensión estética, entre la sensualidad y la moral, y que la hacen poseedora de  principios válidos para ambos dominios. En la medida en que la percepción estética es intuición, no noción, la experiencia estética básica es sensual antes que conceptual y esta acompañada de placer. El placer que acompaña la percepción estética es el resultado de la apreciación de la forma pura de un objeto, independientemente de su “materia” y de sus “propósitos”. Este tipo de representación es la tarea de la imaginación.
Marcuse observa que “en la imaginación estética, la sensualidad genera principios  universalmente válidos para un orden objetivo” (Marcuse, 1995: 168), que se define mediante dos categorías centrales: “determinación sin propósito” y “legalidad sin fin”. El carácter común a ambos principios es la gratificación de las potencialidades liberadas del hombre, mediante el libre juego. Es por esto que Marcuse arriesga a ver en la dimensión estética la posibilidad de un cambio hacia un orden no represivo. La reconciliación estética (de la sensualidad y el intelecto humanos mediante la imaginación), implica oponer a la tiranía de la razón, y a la razón instrumental, un fortalecimiento de la sensualidad, e incluso a liberar a esa sensualidad de la dominación represiva de la racionalidad propia de la sociedad industrial avanzada.
Aquello que resiste en el arte y en nuestra relación estética con los objetos del mundo, inaugura la posibilidad de pensar en un nuevo principio de realidad, que surge de un orden no-represivo que se alcanza desde una nueva relación entre los instintos y la razón. Esta relación, que se piensa en términos de armonía, es central en el romanticismo alemán y desde ese momento ha sido trasladada al reino de la utopía, pero la teoría marcuseana insiste una y otra vez, en que puede y debe volverse real. En este sentido, el arte es, según Marcuse el más visible “retorno de lo reprimido”, no sólo a un nivel individual sino a un nivel histórico-social.
Desde luego subyace a este planteo una concepción antropológica claramente determinada que no podremos abordar aquí, pero partiendo de ese mismo análisis, es posible acordar en que las transformaciones que caracterizan las sociedades en las que se despliega la alienación del hombre, incluida la forma cosificada de sus relaciones, se derivan de un rasgo que –como recuerda Marcuse- ya los románticos habían señalado, esto es, la separación metódica de los instintos y de la razón, del pensamiento y el sentimiento. El vínculo entre ambos dominios, que caracteriza la forma de relación plena del hombre, es lo que aún permanece en la experiencia estética. Y aunque probablemente esta permanencia haya sido posible a costa de la marginalidad de esta experiencia, el inicio del cambio social puede darse desde nuestra relación con el arte como lugar de resistencia de esa plenitud.
En su oposición radical con la racionalidad instrumental, la conciencia estética presenta la posibilidad de invertir el orden social existente, liberando a la sensibilidad humana de la represión impuesta por el principio de realidad de la sociedad contemporánea. La dimensión política del arte se despliega para Marcuse en las posibilidades que se abren, a partir de la experiencia estética, para la ruptura del tejido unidimensional de la sociedad. Por otra parte, la relación entre sensibilidad y entendimiento en la que la imaginación juega un papel fundamental, representa un elemento ineludible en la creación de un nuevo orden social.
La observación central de Marcuse al respecto, esta que creemos es válida todavía para pensar nuestro presente, es que la dimensión estética habilita una manera distinta de ver el mundo y los hombres, que se inserta necesariamente en el campo político configurándose como un lugar de resistencia a la reducción instrumental. Es desde esta dimensión que el hombre puede evidenciar lo que aparece “velado” en el orden social establecido: la insatisfacción y la falta de plenitud, aún de aquellos que no son excluidos del sistema y que acceden a todas aquellas “necesidades” que el sistema mismo impone.
El vínculo del hombre con la belleza del arte o de la naturaleza libera siempre aspectos de su sensibilidad que son excluidos del ámbito de lo real pero que demuestran que la satisfacción y el placer no se derivan de la posesión de mercancías. Aún los intentos más feroces de anular este poder revolucionario, incorporando el arte al mercado, incentivando la industria cultural y banalizando toda expresión sensual, no han logrado neutralizar la evidencia de que hay otra forma de relación y de construcción posible. Justamente por esto, la dimensión estética del hombre continúa siendo el lugar de resistencia de su plenitud, cuestionando así, junto con la negación de una posibilidad de cambio social, la profunda escisión de las esferas humanas tan deudora de la modernidad.
 
III.
Aún así, lo cierto es que la propuesta de Marcuse requiere claramente una renovación del hombre en la medida en que restituir su dimensión estética a la dinámica de la racionalidad entendida en su absoluta complejidad y a la forma de sus estructuras políticas y sociales, señala un horizonte notoriamente más amplio que el de la humanidad entendida en los términos del capitalismo avanzado. Esta renovación, desde luego, no está exenta de dificultades.
Para ser consecuentes con la propia teoría crítica, es necesario observar los numerosos problemas en la realización de la propuesta marcuseana. El mismo Marcuse observa que, históricamente, el arte ha conservado su libertad en la medida en que se ha vuelto inefectivo para la realidad, y en la medida en que el  mercado ha asumido las manifestaciones artísticas subsumiéndolas bajo el mismo principio de realidad de la sociedad industrial. La marginalidad asumida por el arte respecto al orden político contemporáneo y su posición en la industria de las obras artísticas y del esparcimiento, dejan su potencial revolucionario en cierta forma velado.
Develar este potencial implica ya una liberación que pareciera no ser posible en el tejido unidimensional de la sociedad industrial avanzada. Este es, sin dudas, un problema central a la hora de pensar las posibilidades de realización concreta de la propuesta de Marcuse. Si para liberar la sensibilidad del hombre es necesario apelar a la experiencia estética del arte, y para apelar verdaderamente a esta experiencia es necesaria la  liberación previa de las estructuras represivas del principio de realidad existente, nos encontramos ante un círculo del que parece imposible salir. Marcuse no estuvo ajeno a esta dificultad, y es en relación con ella, que enfrentó el problema acerca de cuál fuera el sujeto del cambio cualitativo que sostenía necesario.
La tarea preparatoria para este cambio estaría realizada por la misión de los intelectuales de “despertar conciencias” y rehabilitar el poder de la negación. Esta negación del orden existente, es el punto de partida para la construcción de una nueva sociedad, donde la sensibilidad del hombre entre en el terreno de sus realizaciones.
 “La dimensión estética puede hacer las veces de metro para una sociedad libre. Un universo de relaciones humanas ya no medidas por el mercado, ya no basadas en la explotación competitiva o en el terror, exige una sensibilidad liberada de las satisfacciones represivas de la sociedad no libre; una sensibilidad receptiva con formas y modos de la realidad que hasta ahora han sido ideados solamente por la imaginación estética” (Marcuse, 1969:36)
Estos problemas quedan inevitablemente abiertos. Cuál sea el modo en que la dimensión estética se funda verdaderamente con la dimensión política desde (o hacia) la conformación de una nueva humanidad será, en cualquier caso, uno de los principales interrogantes que deberemos resolver si aspiramos a la realización de las posibilidades que este vínculo señala. Sin embargo, aún antes de que podamos resolver cómo restituir el orden de lo sensible al dominio auténtico de la racionalidad, y al horizonte de la acción humana en términos políticos, el análisis de Marcuse resulta una importante herramienta para señalar la relación antagónica de ese orden con la forma tecnológica de la racionalidad predominante y con la enajenación funcional que ella sostiene.
 
 
Referencias bibliográficas
Habermas, Jürgen, “Herbert Marcuse”. En Perfiles filosófico- políticos, Trad. M. Jiménez          Redondo. Taurus: Buenos Aires, 2000.
Honneth, Axel Reificación. Trad. Graciela Calderón. Buenos Aires, Katz, 2007
Marcuse, Herbert, El hombre unidimensional. Ensayo sobre la ideología de la sociedad industrial avanzada, Trad. Antonio Elorza. Orbis: Buenos Aires, 2005.
Marcuse, Herbert, Ensayo sobre la liberación, Ed. Gutiérrez: Buenos Aires, 1969.
Marcuse, Herbert, Eros y civilización.  Trad. García Ponce. Ariel: Barcelona, 1995.


[1] Para señalar sus diferencias con el diagnóstico freudiano, Marcuse introduce entonces dos conceptos que pretenden reformular la teoría de Freud respecto a la sociedad contemporánea y que forman parte central de su propio diagnóstico al respecto. Estos conceptos son el de “represión excedente” y el de “principio de actuación”. Con el primero, Marcuse se refiere a las restricciones que hace necesarias la dominación social y que se distinguen de la “represión fundamental” a la que Freud se refiere y que le posibilita al hombre vivir en la civilización. El segundo concepto, no es otra cosa que la forma específica en la que aparece en la sociedad contemporánea el principio que Freud llamaba “de realidad”. Ese principio de actuación es el que se relaciona estrechamente con la concepción cosificada de las relaciones humanas que forma parte de la enajenación. Y en el principio de placer reemplazado en pos de la civilización, bien pueden identificarse las facultades humanas que quedaban relegadas en la racionalidad emergente que ya Schiller denunciaba. La eliminación del principio de placer, que íntimamente responde a esta sobre-represión, anula las posibilidades de apartarse del hombre de la enajenación a la que esta sometido por el principio de realidad. (Cf. Eros y Civilización)
[2] Marcuse observa que esta clave de comprensión se inaugura en la modernidad y que su fundamentación filosófica esta dada por el positivismo, esta es la razón por la que es necesario un viraje completo respecto a las categorías hermenéuticas de relación del hombre con el mundo y la sociedad. La negación de lo positivo implica –entre otras cosas- un necesario cambio de lenguaje.