Sociedades complejas y medios masivos de comunicación en América Latina. Las políticas estatales de comunicación de masas entre la alienación cosificante y el antagonismo social

 

Rodolfo Gómez*
 
 
Introducción
Fueron Lukács y Korsch quienes hacia los años veinte del siglo pasado, y contra el proceso de enquilosamiento del marxismo en el proceso revolucionario, reintrodujeron nuevamente dentro del debate teórico la dialéctica y una práctica de la crítica que recuperaba la noción de “totalidad”.
En “Historia y conciencia de clase” planteaba Lukács como el proceso de producción de mercancías en el capitalismo se extendía al conjunto de esferas de funcionamiento social, de modo que en la medida que dichas mercancías contenían en su interior –en el decir de Marx- un “fetiche”, dicha “fetichización” también se extendía al conjunto de dichas esferas.
Esa “fetichización” extendida implicaba que las relaciones sociales, atravesadas por el proceso mercantilizador, se encontraban “cosificadas”, es decir, vueltas una “mercancía” comprendida como una “cosa”. Pero precisamente porque ese proceso era un “fetiche”, esa “cosa” ocultaba la realidad de una situación de explotación, propia del conjunto de la sociedad capitalista.
Si en su etapa imperialista el capitalismo había ya logrado la expansión de la mercancía, con el fetichismo que conlleva, al conjunto de las esferas de funcionamiento social, ello implicaba que la sociedad capitalista como “totalidad” se encontraba presa de la expansión de la mercancía y por tanto se encontraba “fetichizada”, “cosificada”, regida básicamente por los criterios de utilidad propios de la relación social capitalista.
La “cosificación” atravesaba las esferas del trabajo social, la esfera del conocimiento, de la moral y por supuesto la esfera del arte.
La crítica lukácsiana, como la del Korsch de “Marxismo y filosofía”, se configuraba así como una “ideologiekritik” de la “totalidad” de una sociedad capitalista “cosificada”.
El problema era que esa expansión de la “cosificación” atravesaba las esferas del trabajo social, de manera que el proletariado -considerado por Marx el sujeto de la transformación revolucionaria- tampoco podía estar fuera del proceso cosificador y fetichizante.
Lukács en ese texto resuelve el problema a partir de dos nociones. Por un lado la de “conciencia otorgada”, por el otro a través de la figura del “partido”.
Si el proletariado (como también la burguesía) encontraba cosificada su conciencia, sería el partido del proletariado el encargado de la crítica de la cosificación que podría permitir la aparición de una “conciencia” diferente, esta vez revolucionaria, encargada de modificar el orden de cosas.
Pero si bien esto pudo ser así para el caso de la Revolución Rusa, lo cierto fue que dicha revolución no pudo extenderse al resto de Europa. Lenin y luego de este Gramsci explicaron este fracaso en la “extensión” de la revolución por diferencias históricas y sociales, pero sobre todo este último pudo ver también cierta diferencia en un proceso que podríamos denominar de “engrosamiento” de las superestructuras; que focalizó en cierto sentido en la importancia de las cuestiones culturales, comprendidas en el sentido “amplio” del término.
Estas “complejas” sociedades capitalistas, en su etapa imperialista y monopolista, precisaban dar la importancia que se merecía a cuestiones referidas a la alienación, la ideología y el fetichismo. De modo que, por supuesto, los mencionados Lukács y Gramsci, pero también otros autores ligados a la tradición marxista como los frankfurtianos Benjamin, Adorno, Horkheimer, Marcuse, Löwenthal o Fromm; buscaron indagar en estos procesos en referencia al desarrollo de la cultura de masas y al estatuto del arte en dicho marco cultural.
Para el Benjamin de “La obra de arte en la era de la reproductibilidad técnica”, se trataba de ver cuál había sido el impacto de las transformaciones en las fuerzas productivas en la superestructura “estética”; de modo de observar si era posible la apropiación por parte del proletariado y el campesinado revolucionarios de un tipo de producción artística masiva.
Al contrario de este, tanto Adorno como Horkheimer o bien Marcuse veían en la cultura de masas un claro ejemplo de fetichización cultural. Si hacia los años treinta Adorno había encontrado que la música como expresión artística sólo podía ser una mera reproducción del orden dominante, una vez en los Estados Unidos y ya en los cuarenta, había visto junto a Horkheimer que dicho proceso se extendía hacia el conjunto de la esfera artística; como una “industria cultural”. Es decir, como un proceso racionalizador y cosificador del capitalismo industrial, pero cuyas raíces podían encontrarse en el origen de la cultural “ilustrada” occidental.
Una conclusión que en parte coincidía, aunque hacia fines de los años sesenta del siglo pasado, con la observada en otro texto “clásico” del llamado marxismo occidental como “Ideología y aparatos ideológicos del estado”, de Louis Althusser. Podía verse allí el accionar de una “superestructura” cuya “autonomía relativa” le permitía –a pesar de la acción crítica de los sectores subalternos- controlar el proceso “reproductivo” de la formación social capitalista, a través de la existencia de potentes “aparatos ideológicos de Estado” que sobre-determinaban concretamente las prácticas de los agentes que accionaban en su interior.
Lo mismo sin embargo no podía encontrarse en los autores neogramscianos ligados a la tradición de los “Cultural Studies” británicos (el caso sobre todo de autores como Thompson o Williams), que así como veían el carácter reproductivo de la ideología y “productivo” de la hegemonía del capitalismo, también veían las posibilidades de resistencia y emancipación presentes en los grupos subalternos. Sobre todo en lo que respecta a la función de la “crítica cultural” en las sociedades capitalistas denominadas “avanzadas” (más que “tardías”).
Como en Sartre, en estos autores, ligados a la “crítica cultural”, se trataba de dejar planteados los procesos de alienación que estaban presentes en las sociedades capitalistas, pero al mismo tiempo se trataba de sostener que dichos procesos se encontraban atravesados de contradicciones que podían dar cuenta de la configuración de una praxis transformadora.
Si en Althusser las posibilidades de integración social presentes en el capitalismo llevaban a una fuerte noción de reproducción del orden dominante en el marco de un estado benefactor que era concebido también como un estado “estructuralmente” capitalista, los autores de los EECC -siguiendo una interpretación reformista del Gramsci de su etapa “carcelaria”- vislumbraban las capacidades emancipatorias de la participación política de la sociedad civil, incluso al interior de la institucionalidad benefactora, suponiendo que desde allí fuera posible la transformación social.
 
“Política” y “comunicación” en las sociedades de bienestar y en las neoconservadoras-neoliberales del “centro” y la “periferia capitalista
Si en estos últimos casos mencionados se trataba de una crítica desplegada en el marco del funcionamiento del estado benefactor dentro de las sociedades capitalistas, la pregunta sería ahora qué decir una vez que dicho estado entró en crisis y emergió una nueva formación estatal “neoconservadora” y “neoliberal” al mismo tiempo.
En tanto que la socialdemocracia europea suponía que el marxismo -si bien había sido importante como teoría crítica- no podía ser utilizado como una teoría que permitiera desarrollar “políticas” (policies) desde el estado capitalista; y por ello propuso la utilización de las teorías de Keynes como plataforma de gestión de lo que llamaron “un capitalismo democrático” (por oposición a un capitalismo que favoreciera a los intereses de los grandes monopolios empresarios[1]); esto no fue así en otros sectores de izquierda más ligados a la tradición marxista.
La crisis del patrón de acumulación capitalista vigente hasta entonces, que implicaba la existencia de una forma de organización laboral conocida como “fordismo” y de una “forma-estado” de “bienestar” o “keynesiana”; ponía a ese “capitalismo democrático”, junto con sus “tipos” de intervencionismo estatal, en una “encrucijada”.
Comenzaron a hacerse presente lo que algunos autores caracterizaron como los “límites” de intervención inherentes a los estados capitalistas de bienestar, que en medio de la crisis del mencionado patrón de acumulación derivaron en una notable transformación estructural de la “forma” del estado y de sus “tipos” de intervención. Estos cambios estaban determinados por limitaciones concretas hacia un intervencionismo “keynesiano” que promovía una tendencia al pleno empleo en el mercado de trabajo y a la producción masiva de mercancías; lo que había comenzado a provocar aquello que Marx denominó “la tendencia decreciente de la tasa de ganancia”.[2]
Pero también esta “crisis” del estado benefactor y de sus políticas de intervención fue producto de nuevas relaciones de fuerza políticas. Porque en principio la misma no puede desligarse de las críticas que distintos movimientos sociales y laborales realizaron a las prácticas alienantes promovidas por el modo de organización fordista del trabajo, que tenía su correlato en los acuerdos entre patronos y trabajadores rubricados por el estado capitalista.
De modo tal que la entrada en crisis de esta “forma-estado” keynesiano-benefactora no se dio solamente por las limitaciones que el intervencionismo desarrollaba frente a los procesos de acumulación de capital sino además por las implicaciones que ese intervencionismo desarrollaba al invadir ámbitos cotidianos, culturales, de lo que Habermas u Offe caracterizaron como el “mundo de la vida”. Lo que hacía considerar además, que si bien el intervencionismo de “bienestar” implicaba una mejora en la redistribución del ingreso, no redundaba al mismo tiempo en un proceso de “desfetichización” de la sociedad capitalista (sino más bien su propia reproducción).
Por cierto que si este cambio de “forma” suponía un cambio en el “tipo” de intervencionismo, las políticas públicas de comunicación de masas no estaban exentas de este proceso.
Así, si hasta esta crisis de la formación estatal estas “policies” tenían una característica que implicaba cierto control y regulación sobre los medios privados e incluso una competencia respecto de estos (por parte del propio estado); en el momento del triunfo del neoliberalismo esto llevó a un tipo de intervención estatal que privilegió la desregulación, el “dejar hacer” al mercado, que iba a la vez junto con el desarrollo de una política de contenidos francamente ligados a estrategias de “control social”.
Esta misma situación fue replicada en América Latina. También en nuestro subcontinente encontramos desde la segunda posguerra una “forma estado” que llevó adelante tipos de intervencionismo estatal en ciertos casos similares a los desarrollados por la “forma estado” de bienestar europea, aunque ello debiera considerar diferencias entre los países. En primer lugar, una diferencia política, en la medida que no siempre en nuestros países ese tipo de intervencionismo encontraba apoyo en formas democráticas de gobierno (por ejemplo en Argentina, los primeros tipos de intervencionismo se realizaron en un gobierno de facto como el de Uriburu en los años ’30; y también a posteriori, en gobiernos conservadores erigidos a través de un tipo de democracia fraudulenta). En segundo lugar, una que tiene que ver con las características subdesarrolladas del capitalismo en las sociedades de la llamada “periferia”; de manera que la “forma estado” que surge de estas condiciones del capitalismo no es estrictamente hablando la “de bienestar” europeo sino otra que algunos autores denominan “estados populistas” y otros “estados desarrollistas”[3]. Y ello tiene que ver con que los “estados latinoamericanos” de la segunda posguerra no asumieron el básico rol “distribucionista” de los estados benefactores europeos (tal vez sí algunos de estos) sino un rol más “modernizador” y volcado a una intervención destinada a fomentar justamente el desarrollo del propio capitalismo (lo que se denominó “desarrollo por sustitución de importaciones”).
Si bien en América Latina podemos encontrar en las primeras décadas del siglo XX importantes producciones de una industria cultural vernácula, lo cierto es que dicha industria cultural se desarrolla de una manera muy importante durante la segunda posguerra en la medida que crece el consumo de masas y se desarrolla también rápidamente una cultura de masas y unos medios masivos de comunicación comerciales. Y es ya en los sesenta que se desarrolla en varios ámbitos culturales una “institución de la crítica” y el planteo de una necesidad de regular estos funcionamientos; de modo que un tanto anticipatoriamente nos encontramos en los años setenta en nuestros países con toda una serie de discusiones que llevan al planteo de lo que dio en llamarse “Políticas Nacionales de Comunicación” (PNC).
Este tipo de políticas que se desarrollaron o intentaron desarrollarse desde la esfera del estado, presentaban una serie de características ligadas con esa “forma estado” populista o desarrollista que estábamos mencionando. Como sucedió con las políticas del área desarrolladas en la Europa de posguerra, se intentaba también aquí regular o en cierto modo promover elementos de control sobre el funcionamiento del mercado comunicacional, lo que a veces implicó lisa y llanamente que el estado asumía la producción comunicacional de modo directo a través de la propiedad y la dirección de empresas del sector.
Este tipo de producción desarrollada directamente desde la órbita estatal tenía la función, así como esas funciones generales que describimos para el “tipo estatal” latinoamericano, por un lado de promover una elevación del nivel educativo en el conjunto de la sociedad, de modo que esto llevara a una “cultura del trabajo” que permitiera en última instancia la promoción del desarrollo económico; y por el otro, la de contrarrestar y/o equiparar la hegemonía de los productos culturales extranjeros que generaban una suerte de “dependencia cultural”.
Esto indica que, también a diferencia de los llamados “estados de bienestar”, si observamos este tipo de “políticas” a la luz de una teoría del conflicto social, ellas no solamente expresan la contradicción “estado-mercado” sino otra desarrollada entre países “centrales” y “periféricos”.
Sin embargo, como es sabido, y a raíz de las mismas transformaciones estructurales del capitalismo que mencionamos anteriormente para los llamados países “centrales”, ese tipo de “forma estado” que para América Latina hemos llamado “populista”, entra en crisis hacia inicios o mediados de la década del setenta; y en muchos casos dicha crisis desemboca en golpes de estado que interrumpen los procesos democráticos y dan inicio al proceso de “desmantelamiento” de las “formas-estado” populistas y su transformación hacia “formas” neoconservadoras y neoliberales. Cabe agregar que una vez iniciados estos procesos de “desmantelamiento” por parte de las dictaduras, y como prueba que esto tenía un basamento en cambios estructurales del capitalismo (aunque algunos gobiernos democráticos posteriores hayan intentado contrarrestar algunas de estas características), dicho cambio se consolidó como irreversible, inclusive con los gobiernos democráticos que siguieron a las dictaduras.
Siguiendo con la línea argumentativa, si también en nuestros países nos encontramos con una transformación de la “forma estado”, es natural que además se modifiquen las “políticas públicas” y por ende las llamadas “políticas públicas de comunicación de masas”.
La configuración de una “forma estado” neoconservadora y neoliberal, por contraposición con la “forma estado” previa, supuso empíricamente el mismo cambio en el tipo de políticas implementadas desde el estado que describimos previamente en los países “centrales”: privatización de los medios masivos de comunicación en manos del estado, desregulación, promoción de la inversión privada, ausencia de control estatal sobre los contenidos, apertura económica frente a las producciones extranjeras e incluso inversión transnacional en el paquete accionario de aquellas empresas locales dedicadas a la producción cultural.
La emergencia de esta nueva “forma estado” implicaba la consolidación de una clara hegemonía neoconservadora, que impactaba en el desarrollo de las políticas estatales pero también en la fundamentación y la práctica de la “político”, como así en una “comunicación” (no solo mediática) que hasta entonces le servía de fundamento.
Pero llegado este punto debemos realizar algunas diferenciaciones. Porque si en América Latina la “forma estado” neoconservadora tuvo características más “radicalizadas” (sobre todo en el contenido de las políticas), también su cuestionamiento por parte de diferentes movimientos sociales y políticos fue mucho más notable y su posterior crisis, estrepitosa.
En tanto que en Europa o en los Estados Unidos, a lo sumo podemos observar hoy una forma matizada de esa “forma neoliberal” predominante -aunque esta haya sido menos “salvaje” que la presente en Latinoamérica-, lo que se llamó en su momento “tercera vía” (una posición que por cierto tenía poco que ver con la perspectiva “bienestarista”); en América Latina esto dio origen a varios cambios en el tipo de intervencionismo estatal como al surgimiento de gobiernos de signo progresista y/o populista en toda la región, durante el siglo XXI.
 
De la crisis de la hegemonía neoliberal a ¿una nueva hegemonía? Las nuevas “formas” estatales y las políticas públicas de comunicación en la América Latina de hoy
Si la crisis de la “forma estado” benefactora o “populista” tuvo que ver con cambios estructurales del capitalismo (la tendencia a la caída de la tasa de ganancia pero también la resistencia de los propios trabajadores a la organización laboral fordista), la crisis de esta “forma estado” neoconservadora y neoliberal tuvo que ver también con límites del capitalismo, pero dados no solamente en el campo de la “estructura” sino además en el ámbito de “legitimación” de sus políticas.
Esta nueva crisis de los estados “neoliberales” latinoamericanos -manifestada en primer lugar no casualmente, en aquellos países donde la “cara” neoliberal mostró su costado más salvaje, es decir en América Latina- fue planteada como una “crisis –justamente- neoliberal” antes que como una nueva crisis de la forma de la relación del capital[4], de manera que se concluyó muchas veces desde allí que esta crisis tuvo que ver entonces con la imposibilidad por parte del mercado de conciliar “democracia” con “legitimación de masas”. Empíricamente, digamos, esto fue lo que se “observó” en crisis “políticas” desarrolladas contra los gobiernos neoliberales en el Ecuador de 1990, de Venezuela en 1992, de México con la aparición del zapatismo en 1994, de Argentina con la crisis de fines de 2001, de Bolivia en 2003, entre otras.
Dos factores tuvieron que ver con la “crisis” del neoliberalismo; uno “objetivo” que tenía que ver con límites desarrollados hacia los procesos de valorización capitalista, y otro “subjetivo” que tenía que ver con las resistencias sociales desarrolladas contra las políticas de retracción salarial y de fuerte crecimiento de la desocupación producto de la desindustrialización y de la reconversión productiva orientada hacia el mercado mundial.
Si por ejemplo en Argentina, la “Convertibilidad” había sido toda una “política” implementada por la “forma estado” neoconservadora y neoliberal del menemismo, y continuada en el mismo sentido por el posterior gobierno de la “Alianza”; las políticas “de salida” de esa “Convertibilidad” desarrolladas también desde el estado por los gobiernos posteriores a la crisis de diciembre de 2001 supusieron en un principio un intento por revertir en parte los procesos de desindustrialización y por tanto generar un aumento de los niveles de empleo.[5]
Pero lo que encontramos en general en prácticamente toda América Latina, sobre todo con la emergencia en la gran mayoría de sus países de gobiernos de tinte “progresista” (con los matices del caso) es una revalorización, sobre todo, del rol que el estado debe jugar al interior de la esfera económica, tanto en los procesos de regulación y control como en los de incentivo de la demanda y de fomento de la industria. Algo que en la “forma estado” –neoliberal, neoconservadora- anterior se suponía dado a partir de un tipo de política que buscara tornar atractiva la tasa de ganancia para la inversión de los capitales privados.
Por cierto que diversas interpretaciones ha habido respecto de estos procesos de cambio desarrollados en América Latina, siendo las mismas tanto “estructurales” como así más “subjetivas”. Aunque a nuestro entender esto tenga que ver con los dos aspectos, es decir, que puede ser comprendido como una modificación en la “forma” de la relación social capitalista (la relación entre “capital” y “trabajo”).
Si comprendemos que las sociedades capitalistas, y las sociedades latinoamericanas lo son (aún con los elementos que las separan de las sociedades capitalistas de los países centrales), suponen para su propia reproducción la generación de procesos de valorización del capital, lo que supone la necesidad de incorporar o “subsumir” al “trabajo” dentro de ese proceso; la capacidad del “trabajo” de rebelarse contra ese proceso supone la puesta en entredicho de la propia valorización y reproducción capitalista, como además de aquellas “formas” políticas de esa misma sociedad.
De modo tal que la resistencia frente al neoliberalismo, protagonizada por distintos movimientos sociales, redundó también en el reclamo de construcción de nuevas formas de hacer política y de nuevas formas de organización política. Lo que, siguiendo el razonamiento que veníamos planteando, también supone la emergencia de nuevas “formas” de comunicación y la puesta en discusión, sobre todo, de las “formas” existentes de la “comunicación mediatizada” de masas.
Todo ello implica que la puesta en cuestión del modo neoliberal-neoconservador de funcionamiento de las sociedades capitalistas latinoamericanas, supuso tanto la crítica de la “forma estado” y de las “políticas” (policies) que este implementó, como así -por carácter de vincularidad- también la crítica de la “forma política” (politics) y de la “forma comunicacional” (mediática) que de aquí se desprende.
Por eso el desarrollo en muchos de los más importantes movimientos sociales latinoamericanos de formas organizativas novedosas, democráticas, no burocráticas, horizontales, con cargos rotativos; y además la búsqueda de construcción o bien de consolidación de toda una serie de prácticas que dieron origen –desde abajo- a formas de “comunicación alternativa” plasmadas en una importante cantidad de medios de comunicación locales, comunitarios, populares y alternativos.[6]
Esto también indica que no son meras casualidades las reformas constitucionales llevadas adelante en Venezuela (en 1998, pero que se desarrollaron de una manera mucho más importante a posteriori del fallido golpe de estado oligárquico de 1992, llevando justamente a pensar y a buscar construir un sistema representativo distinto, mucho más participativo y mucho más cercano a los sectores populares) y en Bolivia y Ecuador, que supusieron a la vez una suerte de re-fundación de un estado, considerado “plurinacional”.
En el mismo sentido tampoco son casuales las políticas de comunicación de masas desarrolladas por los gobiernos de Venezuela, tanto en términos normativos como en el de incentivo de la producción en ese ámbito; de Argentina, Bolivia, Brasil o de Ecuador (con la búsqueda de conformación de un sistema de medios masivos públicos y con la próxima sanción de una ley que regula la actividad de los medios masivos comerciales).
De modo que si en los setenta podíamos asociar las llamadas políticas nacionales de comunicación a una forma estado “populista” y a gobiernos que ubicábamos dentro de un amplio espectro político que abarcaba desde un nacionalismo de izquierda a una izquierda nacional o socialista democrática, y en los ochenta asociábamos un tipo de política de comunicación basada en la libre empresa y en la desregulación a una forma estado “neoliberal”; en las actualidad algunos autores han asociado este “nuevo intervencionismo” estatal a una forma estado que se constituye en un marco del funcionamiento de un capitalismo latinoamericano (lo que indica que esta explicación sería más estructural) que denominan “neodesarrollista”.[7]
Sin embargo, si bien este calificativo en cierta medida permite explicar algunas de las transformaciones que se están produciendo dentro del capitalismo, otros autores como Bonnet informan que más allá de la discusión histórica desarrollada entre quienes ven más rupturas que continuidades entre los gobiernos de los noventa y los que emergen luego de las luchas a inicios del siglo XXI y los que ven más continuidades que rupturas entre aquellos gobiernos neoliberales y los actuales; lo cierto es que si antes podía hablarse a las claras de una “forma estado” neoconservadora-neoliberal “hegemónica”, hoy no podría en cambio hablarse de una “forma estado” de otro signo que represente de modo acabado el funcionamiento de la “hegemonía”.[8]
Entre otras cosas esto puede verse en la caracterización de “neodesarrollista” de toda esta “gama” de nuevas políticas, antes que de “neodependentista”, ya que por ejemplo en lo que respecta a las políticas de medios masivos, la discusión principal al momento no revista en la crítica ideológica –desfetichizante- o bien en la crítica a la desigual producción existente entre aquello que se produce en nuestros países o los países centrales, sino más bien en la concentración de la propiedad de los medios en pocas manos, en la presencia de monopolios.
Lo que pareciera en cierta medida desplazar los conflictos desde el plano de la desigualdad entre países (“centrales”, “periféricos”), presente en la teoría de la dependencia, a una desigualdad en la distribución de la propiedad de los medios masivos comerciales.
Pero si bien esto podría llegar a suponer que el tipo de conflicto representado en las nuevas leyes supone en cierta medida el retorno de una conflictividad de clase; en la concepción de las mismas no se pone en discusión el funcionamiento capitalista ni la propiedad privada de los medios masivos de comunicación sino la desigual distribución y acceso a la producción de mercancías culturales y comunicacionales. La cláusula normativa que presupone la igualación entre diferentes sectores, al reservar el 30% para la producción privada, el otro 30 para la producción estatal y un porcentaje similar para la producción comunitaria; si bien es a las claras un notable avance respecto de la legislación anterior, no discute cuestiones relativas al contenido ideológico de las emisiones sino que más bien representa una perspectiva que promueve la democrática “igualdad de oportunidades”. Al mismo tiempo, si bien a nuestro entender las nuevas legislaciones no suponen el regreso hacia aquella perspectiva “bienestarista” o bien “populista” o “nacionalista”, sí expresan un tipo de política estatal que se articula con el funcionamiento y la revalorización de la democracia en casi todo el continente. Aunque esta sea en los hechos, una democracia “formal”, capitalista.
Esto tiene que ver con que desde mediados de los años ochenta, momento de balances críticos respecto de la “tradición de los setenta” y de redescubrimiento de la “democracia” (representativa); tanto “lo político” como lo “comunicacional” son vistos en relación con “ese” tipo de democracia representativa vinculada con el funcionamiento del estado capitalista, en el marco de una sociedad capitalista (la que, como ya mencionamos, para su propia reproducción precisa expandir la producción y valorización de mercancías como “totalidad”).
Pero como contrapartida de este punto de llegada de nuestra reflexión, cabría preguntarse si para pensar en “nuevas formas” –desfetichizadas- de comunicación de masas alcanza con pensar únicamente en “nuevos medios” o será necesario también hacerlo en términos de “nuevos modos de hacer política” o en una “nueva forma” de estado; lo que nos lleva a una noción de “totalidad”. ¿O a una “negación” de esa “totalidad” (capitalista)?
 
Conclusiones
Retomando aquella discusión planteada por los venezolanos Daniel Hernández y Oliver Reina respecto del funcionamiento actual de los medios masivos de comunicación, es necesario pensar –para este nuevo momento histórico, no neoliberal, de América Latina- en una “nueva comunicación” y para ello también es necesario pensar en un “estado de nuevo tipo”[9]. Y esto es perfectamente coherente con el actual momento latinoamericano. Sin embargo, a la hora de pensar en un sentido teórico radicalizado, como “horizonte de posibilidades” tal vez sea necesario decir que para pensar en una comunicación “de nuevo tipo” no alcanza con pensar sólo en aquella que se desarrolle desde un “estado de nuevo tipo”, sino que tal vez sea necesario ir más allá de las “políticas públicas” desarrolladas desde ese “estado socialista”. Aunque el avance logrado en este campo sea indiscutible.
Si concebimos que el estado es capitalista, es decir, que aún con sus contradicciones forma parte del funcionamiento de la lógica capitalista; debemos plantearnos ciertas limitaciones del pensar en términos de una “economía política”, para pasar al de la “crítica de la economía política”, el paso del momento “positivo” al momento “negativo” (el de la “negación de la negación”). El paso de los “estados transicionales” hacia los “no estados”, como sostuvo Engels. Y en el plano de la comunicación, está claro que cuando hablamos de las sociedades capitalistas contemporáneas, estamos hablando de sociedades complejas, escindidas y diferenciadas, donde la comunicación política se concreta en, por un lado, la “comunicación de masas” ubicada dentro del “sistema” y, por el otro, en las comunicaciones políticas interpersonales que están desarrolladas dentro del mundo de la vida.
Las “políticas públicas de comunicación” que operan desde el Estado, lo hacen en cierta medida dentro de esa lógica del sistema, aunque están también en cierto modo determinadas desde la política de comunicación que se da de modo conflictivo en todo el amplio marco de la sociedad.
Lo primero en este caso es la ruptura política que lo subalterno desarrolla desde el mundo de la vida, que cuestiona el funcionamiento del “sistema”, de modo que las políticas públicas de comunicación más radicales son aquellas que parten de iniciativas de los movimientos sociales y políticos localizadas en el mundo de la vida.
Las políticas menos radicales son aquellas que están más institucionalizadas o bien las que directamente se desarrollan solamente desde el estado, justamente porque parten conceptualmente sobre todo de una contraposición entre “estado” y “mercado” y no tanto del conflicto presente en la “sociedad civil”, que no es solamente entre “estado” y “mercado” sino además entre diferentes clases sociales en conflicto, entre “capital” y “trabajo”.
 
 
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*Carreras de Ciencias de la Comunicación y de Ciencia Política, FSOC, UBA y CLACSO
 


[1] Cfr. al respecto Przeworski, A. y Wallerstein, M., “El Capitalismo Democrático en la Encrucijada”, en Revista Punto de Vista N°34, Buenos Aires, 1989.
[2]Para un análisis de la crisis del intervencionismo estatal cfr. Altvater, Elmar, “Notas sobre algunos problemas del intervencionismo de Estado” en Sonntag, H. y Valecillos, H. (Comps.), El estado en el capitalismo contemporáneo, México, Siglo XXI, 1977, también Offe, C., Contradicciones en el estado de bienestar, México, Alianza, 1990, y Habermas, J., Problemas de legitimación en el capitalismo tardío, Buenos Aires, Amorrortu, 1995.
[3] Cfr. al respecto Tarcus, Horacio, “El Estado Populista (Argentina 1976-1990)” en Revista “Realidad Económica” Nº107, Buenos Aires, IADE, abril-mayo de 1992.
[4]Cfr. al respecto Holloway, J., “Se abre el abismo. Surgimiento y caída del keynesianismo”. En Marxismo, estado y capital, Buenos Aires, Tierra del Fuego, 1994.
[5]Esto pudo hacerse por cierto, en primer lugar, a partir de una devaluación que supuso un aumento de precios notable y caída del poder adquisitivo, lo que indica que la recuperación del empleo se desarrolló sobre la base de una fuerte retracción salarial. El gobierno duhaldista de transición (enero 2002 a mayo de 2003), buscó además a posteriori mejorar en general los indicadores macroeconómicos para intentar llegar un acuerdo con el FMI que permitiera contener la caída de la tasa de inversión.
[6]No abordaremos aquí, aunque dejaremos planteada la distinción, las diferencias existentes entre lo que puede considerarse una comunicación “alternativa” y otras producciones denominadas “locales” o “comunitarias”. Cfr.al respecto Mangone, C., “Qué hay de nuevo viejo. Alternatividad y clases sociales” en Revista Cuadernos Críticos de Comunicación y Cultura Nº1, Buenos Aires, primavera de 2005; Gómez, R., “Reflexiones sobre lo ‘alternativo’ y la ‘autonomía’ en el campo de la comunicación y la cultura en Argentina”, ponencia presentada en las III Jornadas Académicas y de Investigación de la Carrera de Ciencias de la Comunicación “Recorridos y perspectivas”. Buenos Aires, diciembre de 2010; también Pulleiro, A., La radio alternativa en América Latina. Experiencias y debates desde los orígenes hasta el siglo XXI, Buenos Aires, El río suena, 2012.
[7]Cfr. al respecto Katz, C., “América Latina frente a la crisis global” en Revista Tiempo de Crisis. Revista de Economía Política Latinoamericana Nº1, Caracas, Asociación Latinoamericana para la Comunicación Social, primer trimestre de 2010.
[8]Cfr. al respecto Bonnet, A., La hegemonía menemista, Buenos Aires, Prometeo, 2010; también Bonnet, A. (Comp.), El país invisible. Debates sobre la Argentina reciente, Buenos Aires, Ediciones Continente/Peña Lillo, 2011.
[9] Cfr. HERNANDEZ, D. y REINA, O., “Elementos para la definición de una política de información y comunicación de Estado”en Sel, Susana (Comp.), Políticas de Comunicación en el capitalismo contemporáneo, Buenos Aires, CLACSO, 2010.