La gran lección de Carta Abierta

Logiudice, Edgardo

 
No es ironía. Esta no tiene lugar frente a la frustración de anhelos que se nutren y tantas decepciones del campo popular. Los muchachos de Carta Abierta, por más que sigan mirándose el ombligo, no son por desgracia los únicos perdedores. Acá perdemos todos.
 
La percepción de que el kirchnerismo no ha logrado generar una fuerza política capaz de garantizar un liderazgo electoral condujo a los miembros de Carta a preguntarse qué eran para saber si les corresponde, o no, opinar sobre los futuros candidatos. La cuestión, que se mentó en la asamblea pero no en la carta, es que hubiesen querido tener a la Presidenta "veinte o treinta años más" en el poder. No siendo posible, y temiendo seguramente que deberán tragarse algún sapo, después de afirmar que son intelectuales -por aquello de que todos somos intelectuales- y no son vanguardia -Jozami dixit-, la Asamblea se declara inhábil para opinar. Pero el sapo tiene nombre y apellido, se llama Scioli -pese a que por lo visto no se puede nombrar, quizá por las dudas haya que tragarlo. Los intelectuales discutieron si nombrarlo o no y el gobernador habrá recordado aquel verso de Yupanqui: no me nombren que es pecao.   
 
La política no es una herencia con derecho de inventario que se puede rechazar si tiene muchas deudas. La herencia que deja el kirchnerismo no es lo que le faltó hacer, sino lo que hizo. No se puede repudiar ahora a Scioli o a Massa porque anden del brazo de la mano dura, cuando fue el kirchnerismo el que juntó los votos para dar quorum a las leyes Blumberg, y fue el dueño del "viento sureño que renovaría nuestras esperanzas" el que le aflojó el dinero para su fundación. Y el visto bueno y los pasajes para enviar agentes de seguridad a recibir cursos en los Estados Unidos. Scioli era el vicepresidente propuesto por el abogado Kirchner y el presidente de la Cámara de Senadores en la que hubo un solo voto en contra del proyecto del padre justiciero.
 
Resulta patético que la desflecada asamblea de Carta discuta si se debe citar por su nombre al gobernador Scioli para oponerse a su candidatura. Triste y devaluada la retórica del color naranja para referirse a él sin nombrarlo. Más triste aun que, para emparejarlo a Macri, recurran al amarillo, callando así los nombres de los que deben ser repudiados con todas las letras. No se sabe a qué responde esta súbita falta de bravura verbal. Podemos sospechar que se debe al temor de que, en aras de tácticas que Forster y Jozami parecen prever, la presidenta mande votar al condenado.
 
Porque si el arribo del kirchnerismo para Carta parece haber sido una conjunción feliz imprevista, un milagro, el que aparezca un nombre que se acerque lo más posible al modelo también es imprevisto.  Muy triste tener que reconocerlo y achacarlo a los humores pasionales de la política fácilmente manipulables por los medios.
 
Está bien acordarse del capital financiero internacional, de la tendencia trasnacionalizante de la burguesía criolla, de los fabricantes de semilla modificada que se despreocupan de los suelos pampeanos, de las petroleras extractivistas, del poder de las cerealeras…todo condimentado con palabrejas como plusvalía y capitalismo que suenan más a engañabobos que a convicción. Pero “la confianza que tenemos a Cristina” -Forster- vetó la ley de glaciares, aprobó la nueva semilla de Monsanto,  pagó la deuda adelantada, negocia con los buitres y el Club de París, inauguró con bombos y platillos la planta procesadora de soja más grande del mundo de la cerealera Renova.  Fue el doctor Kirchner  en el 2003 quien habló de reinventar  nuestra burguesía nacional, los Elztain, los Eurnekian... Esa confianza quizá sea lo que justifique los silencios oportunos de Carta, o los rezongos rumiados en sordina escondidos en la retórica cultivada por González.
 
Esto también construyó los bienes de la herencia. No valen ahora las jeremiadas que, tal como las del profeta, apuntan a las pasiones de su propio pueblo que se deja llevar de la nariz por los medios. Pueblo al que nunca convocaron y que hoy va a pagar el pato de los silencios y el doble discurso. Por eso, no me parece serio afirmar que la arremetida de todos esos grandes actores contra el gobierno se deba al temor a una radicalización del modelo. En ninguna de las quince cartas aparece tal radicalización sino, apenas, como la zanahoria que les obsequió el doctor Kirchner en Parque Lezama.
 
La lección no es para los muchachos de Carta Abierta. Hombres de la cultura, intelectuales curtidos en las batallas de la pluma y la palabra. La lección es sobre los intelectuales. Sobre su seriedad y responsabilidad. Algunos quizá no quieran pertenecer a esa raza y Jozami se vio obligado a repetir aquello de que intelectuales somos todos, para convencerse de que Carta no pretende ser vanguardista. Tiene razón en ambas cosas. Carta no tuvo el monopolio de los intelectuales, ni siquiera una mayoría. Y no puede ser vanguardia quién va a la cola: "nacimos para apoyar al kirchnerismo", dijo Forster. 
 
La declinación de la función crítica no es sólo la renuncia al intelecto. Significa también una defraudación; la participación en el fraude con la irresponsabilidad del que no pierde. Porque los que pierden en serio son aquéllos a quienes decían responder, los que ven frustrados sus anhelos. La lección dice que los intelectuales no están, o no deberían estar, para servir al poder. O, quizá mejor: que los que abdican al poder no deberían llamarse intelectuales, sino obsecuentes.
 
Mayo 2014  


Reflexión disparada por Carta Abierta/16, difundida en mayo 2014.