Ucrania: Desgarrada por el imperialismo

Rob Ferguson
 
 
La anexión rusa de Crimea, y las crecientes tensiones entre Oriente y Occidente, marcan una era de intensificación de la competencia entre las potencias imperialistas rivales.
Rusia, los EE.UU. y las potencias europeas se enfrentan a su mayor crisis desde la Guerra Fría. Tras el derrocamiento del presidente ucraniano Yanukovich, el nuevo gobierno prooccidental 
en Kiev ha sellado una alianza con la Unión Europea y Rusia ha anexionado Crimea,
puerto de la flota rusa del Mar Negro y su vía hacia el Mediterráneo.
Las tensiones se están extendiendo a otros estados "tapón" en las fronteras del sur de Rusia.
Barack Obama ha pedido a los líderes de la UE que aumenten su gasto militar.
El Secretario de Estado de EE. UU., John Kerry, condenó lo que calificó de "increíble acto de
agresión" de Rusia. En un comunicado que está más allá de la sátira, Kerry declaró al
programa de la CBS Face the Nation, "Simplemente no se puede en el siglo XXI actuar como
se hacía en el siglo XIX 19, invadiendo otro país con un pretexto totalmente inventado".
Desde el colapso del imperio soviético en 1991, el objetivo de Rusia ha sido asegurar que los
estados tapón en su flanco sur se mantuvieron dentro de su propia órbita económica y militar, o
por lo menos fueran "neutrales" y sin acuerdos económicos (y militares) de "asociación" con
Occidente. Ucrania (que significa "la frontera") fue el eje central de esta estrategia y el más
importante de los estados tapón con Rusia.
Las tensiones podrían ahora extenderse. Moldovia y Georgia también quieren firmar acuerdos
de asociación con la UE y son vulnerables a la presión de Rusia a través de su control de los
suministros de energía, importantes mercados en Rusia, y las bases militares en los enclaves
separatistas de Transnistria (Moldavia) y Osetia del Sur y Abjasia (Georgia) .
Así, la amenaza económica y potencialmente militar de la guerra se extiende a través de la
región del Cáucaso, e incluso a los estados de Europa del Este. En Hungría, Rusia está a
punto de hacer un préstamo de 13,7 mil millones de dólares para modernizar la central nuclear
de Paks, lo que le permite jugar un papel importante en el sector energético de Hungría.
Ambas partes desean evitar el conflicto militar en Ucrania, pero incluso el uso de sanciones
económicas podrían tener graves costes económicos y políticos. La economía europea podría
caer en una nueva recesión si se cortasen los suministros de energía y se recortase el
comercio con Rusia.
Esa es la razón por la que la UE y EE.UU. están divididos sobre las sanciones económicas. Sin
embargo, el crecimiento económico de Rusia, sobre el que descansa el apoyo a Putin, también
se tambalea. Una disminución repentina de los ingresos petroleros podría erosionarla. La
reciente caída de la bolsa de Moscú y la fuga masiva de capitales de Rusia son una
advertencia.
Sin embargo, si bien hay limitaciones reales en ambos lados, los dos están obligados a buscar
ventaja, de manera que se podría provocar una mayor confrontación. Mientras Occidente
cementa sus lazos con el nuevo régimen pro-occidental en Kiev y Rusia responde apoyando y
promoviendo la oposición en el Este de Ucrania, el potencial para una explosión de las
tensiones es real. Lo que a su vez podría arrastrar a Rusia y Occidente a un conflicto más
profundo en otras partes de la región.
Cuando Socialist Review fue a imprenta, el FMI acababa de conceder un crédito de 27 mil
millones de dólares a Ucrania. El gobierno de Kiev anunció inmediatamente un alza del 50 por
ciento de los precios del gas. Esto es sólo el principio. El precio del préstamo es seguro que
será más austeridad y otra caída en los niveles de vida de la gente común. Es difícil imaginar el
impacto en una economía que esta por los suelos.
Ucrania es el único país del antiguo bloque del Este cuya producción económica se encuentra
aún por debajo de los niveles anteriores a la crisis de 1992. Durante la crisis de 2008 la
economía se contrajo un 15 por ciento y la moneda perdió el 40 por ciento de su valor. Los
niveles de vida ya están muy por debajo de sus vecinos, como Polonia y Hungría.
Por tanto, el acuerdo con el FMI sólo puede aumentar el peligro de tensiones explosivas dentro
de Ucrania, a menos que los trabajadores comiencen a unirse superando divisiones étnicas y
religiosas y luchen contra a sus propios oligarcas. Sin embargo, ello exige oponerse
frontalmente tanto a los EE.UU. / UE como a Rusia.
El único elemento común que los dos bloques imperialistas comparten es su dependencia de
los oligarcas de Ucrania. Ese puñado de capitalistas controlan una proporción mucho mayor de
la economía ucraniana que incluso sus homólogos rusos y son ellos los que en última instancia
determinan la supervivencia de cualquier régimen político en Kiev.
No tenía por que ser así. Después del colapso de la Unión Soviética, los neoconservadores
norteamericanos declararon el amanecer del "nuevo siglo americano". En su arrogancia, se
obstinaron en que los EE.UU. fueran la única superpotencia en la escena mundial y hacer
frente sin grandes problemas a cualquier desafío a su hegemonía desde abajo. En ambos
casos han fracasado.
En primer lugar, los EE.UU. no pueden ostentar un predominio indiscutido. Ni siquiera puede
garantizar con certeza que sus propios aliados marcharán al paso. En el caso de China y
Rusia, los EE.UU. y la OTAN están descubriendo que la ventaja de poder que tienen sobre sus
rivales parece tener rendimientos decrecientes cuanto más cerca avanzan hacia su esfera de
influencia inmediata.
En segundo lugar, el sueño de los guerreros de la Guerra Fría de ser capaces de intervenir en
todo el mundo a su antojo, sobre todo en Oriente Medio, se encuentra en ruinas bajo los restos
destrozados de la bandera que ondeaba por encima de George Bush en su discurso televisado
a bordo del USS Abraham Lincoln en 2003 cuando afirmo "Misión Cumplida".
En lugar de un nuevo siglo americano nos enfrentamos a un mundo de imperialismos rivales,
aunque desiguales, incluso si el más fuerte, los EE.UU., se enfrenta con dificultades para
imponer su propia hegemonía. En este contexto debemos entender la crisis de Ucrania y la
competencia entre las potencias a lo largo de la frontera sur de Rusia.
 
Influencia
 
Es también en este contexto como debemos entender el resurgimiento de la influencia rusa trás
su desaparición como segunda superpotencia mundial. Después de 1991, las 15 repúblicas de
la antigua Unión Soviética se convirtieron en estados independientes. Rusia luchó para
conservar su influencia sobre lo que se denomina su "exterior cercano", en el contexto de un
colapso económico catastrófico como resultado de la "terapia de choque" económica
neoliberal.
La producción bruta cayó un 57 por ciento en relación a los niveles de 1991. Los jubilados
perdieron sus ahorros de toda la vida en la pira de la hiperinflación, mientras que una capa de
la vieja "nomenklatura" y los nuevos empresarios se enriquecía con la privatización de las
empresas estatales.
Millones de trabajadores no recibieron sus salarios durante meses. Los sistemas de calefacción
se derrumbaron en Siberia; la gente tenía que encender fuegos en sus apartamentos, ya que
tuvieron que soportar temperaturas de 30 grados bajo cero. El personal de ambulancias se vio
obligado a pedir el coste de la gasolina antes de acudir a las llamadas de emergencia.
El colapso afectó profundamente al complejo industrial-militar y el ejército ruso se convirtió en
una caricatura de sí mismo; mal equipados, sin piezas de repuesto e incluso incapaz de pagar
a sus soldados y reclutas. Rusia volvió a fomentar las divisiones étnicas y nacionales en su
"exterior cercano" con el fin de debilitar a los estados vecinos y someter por la fuerza a muchos
de sus líderes corruptos a la dependencia de un débil Estado ruso aun.
Así, entre 1990 y 1994 Rusia alimentó una serie de conflictos civiles y separatistas sangrientos
en Georgia, Ingushetia y entre Armenia y Azerbaiyán. En total, han costado más de 170.000
vidas y ha creado cerca de 1,5 millones de refugiados. No obstante, los resultados siguieron
siendo inestables y Chechenia siguió siendo un foco de desafío en el Cáucaso.
La imagen de Chechenia como un estado terrorista islamista es una parodia de la verdad. La
capital Grozny era una ciudad industrial grande, el segundo centro de refinado de petróleo más
grande de la antigua Unión Soviética. Hasta 1991 sus habitantes eran musulmanes por origen,
pero en realidad abrumadóramente seculares en la práctica. Su primer presidente, un ex
general soviético, Dzhokhar Dudaiev, obtuvo el 85 por ciento de los votos en la elección
presidencial de 1991.
 
Romper con Moscú
 
En noviembre de 1991 Dudaiev declaró Chechenia independiente desafíando al Kremlin. Era ir
demasiado lejos para Moscú y el presidente ruso, Boris Yeltsin, envió a la tristemente célebre
policía del Ministerio del Interior.
La población la recibió enfurecida. No en vano había sido la región que había otorgado el
mayor índice de votos a Yeltsin en las elecciones presidenciales de junio. Cientos de miles de
personas acudieron a Grozny de toda Chechenia y Moscú se vio obligada a retirarse.
Chechenia se convirtió en un estado independiente de facto.
En diciembre de 1994 Dudaiev había perdido popularidad y Chechenia se enfrentaba al
aislamiento económico. Yeltsin creyó confiado que la república rebelde podría ser fácilmente
sometida por la fuerza y lanzó un ataque masivo contra Grozny. Hasta 4.000 proyectiles por
hora cayeron sobre la ciudad, en el más intenso bombardeo de artillería desde la Segunda
Guerra Mundial; ni un solo edificio quedó intacto.
Las tripulaciones de los tanques rodaron sobre las ruinas, pero en lugar de una rápida y
victoriosa ocupación, se encontraron frente a una oposición que conmocionó al mando del
ejército y a Moscú. La guerra en Chechenia generó una importante oposición dentro de Rusia,
con una gran mayoría a favor de la retirada. Los mineros en huelga llevaban pancartas como
"Yeltsin: Asesino de los chechenos y los mineros".
La victoria en Chechenia fue no solo un intento de recuperar Chechenia, sino también de
reafirmar el dominio ruso sobre el "extranjero cercano". Sin embargo, dieciocho meses después
del comienzo de la guerra, el general Alexander Lebed negoció la "paz" en nombre del Kremlin.
La segunda superpotencia del mundo parecía sufrir su humillación final.
La derrota militar en Chechenia pareció hundir a Rusia en una espiral de caos y desintegración.
Meses antes de las elecciones de junio de 1996, Yeltsin se enfrentaba a una aparente derrota
segura a manos del líder del Partido Comunista, Gennady Ziuganov.
Pero entonces los distintos oligarcas de Rusia, superando sus rivalidades, formaron una
alianza. Invirtieron ilegalmente hasta 2 mil millones de dólares en la campaña de reelección de
Yeltsin; el Fondo Monetario Internacional concedió un préstamo de 10 mil millones de dólares
para el pagó de salarios y pensiones pendientes y los medios de comunicación emprendieron
una campaña sin cuartel contra Ziuganov, llenando portada tras con los crímenes de Stalin.
Yeltsin obtuvo la victoria por un escaso margen del 3 por ciento.
Sin embargo, el rescate de un presidente enfermo, cada vez más borracho y con un
comportamiento más que extraño no sirvió para resolver la crisis de Rusia. En 1999 Yeltsin
decidió no volverse a presentar a las elecciones y su sucesor designado no era otro que el ex
oficial de la KGB Vladimir Putin.
La imagen popular de Putin puede ser engañosa. Es un autócrata populista, pero no es
independiente ni se sitúa por encima de la clase dominante de Rusia. En 1999 se alcanzó un
creciente consenso entre la élite rusa, incluyendo a muchos de los más poderosos oligarcas,
de que la anarquía de la privatización tenía que ser regulada, que había que restablecer la
economía, en particular el sector vital de la energía, que había que re imponer la autoridad del
Estado sobre las regiones y reconstruir el poderío militar de Rusia.
Putin tuvo un gran éxito a la hora de ganar el apoyo de los sectores clave de la clase
dominante rusa. Utilizó su posición para acabar con aquellos oligarcas que no aceptaron el
nuevo consenso. Sin embargo, creer que Putin tiene "el control" de la poderosa elite de los
negocios de Rusia es un error. Los oligarcas se han beneficiado más que nunca, bajo su
gobierno. Moscú es la actual capital multimillonaria del mundo, que cuenta con 76
multimillonarios en dólares, en comparación con los 70 de Nueva York y los 54 de Hong Kong.
Putin llegó a la presidencia en 1999 con el apoyo de los principales medios de comunicación y
de los oligarcas por un margen de solo un 3 por ciento en las urnas unos meses antes. El punto
de inflexión fue una vez más Chechenia. En 1999 Putin lanzó una represalia sangrienta por la
derrota de 1996 que tuvo éxito. Esta vez, se habían aprendido las lecciones. La operación
militar fue cuidadosamente planeada y Putin utilizó las divisiones dentro de las filas chechenas,
apoyando a las fuerzas militares chechenas leales a Moscú.
El segundo factor clave fue la escalada mundial de los precios del petróleo y de la energía a
partir del 2000, pasando de 30 dólares a un máximo de 140 dólares por barril. Como el petróleo
y el gas fluyó a través de los gasoductos rusos al "extranjero cercano" y a Europa, se
dispararon los ingresos tanto para las arcas estatales como para los oligarcas privados en
beneficio mutuo. Rusia suministra ahora hasta el 40 por ciento de las necesidades energéticas
de algunos estados europeos.
Putin impuso un mayor control del Estado en el sector de la energía, eliminó a todo oligarca
que se pusiera en el camino; controló los oleoductos que ahora se extienden por toda la región,
convirtiéndose en un instrumento geopolítico y estratégico central en el proyecto de Rusia de
reconstruir su influencia global y su dominación regional.
Desde esta posición de fortaleza Putin ha reequipado y reestructurado las fuerzas armadas
rusas, reduciendo en gran medida su dependencia de la conscripción. Se puso fin a la elección
directa de los gobernadores regionales - que eran imprevisibles y demasiado a menudo
actuaban a instancias de oligarcas locales - y los gobernadores son nombrados por Moscú,
constituyendo lo que Putin llama a su "poder vertical".
 
OTAN
 
Es esta combinación la que ha llevado al resurgimiento de Rusia como poder regional y su
capacidad para ejercer un grado de influencia en el exterior, como en Siria. Esta se
caracterizado sobre todo por la capacidad de Rusia para frenar en 2008 los intentos de la
OTAN para integrar a Georgia en un partenariado. Rusia utilizó la región separatista de Osetia
del Sur para proyectar su potencia militar en la zona. El resultado fue una victoria significativa
para Putin y una derrota para Occidente.
Sin embargo, hay límites para el resurgimiento del poder regional de Rusia, como la actual
crisis en Ucrania ha puesto de manifiesto y el crecimiento económico de Rusia sufre enormes
deficiencias subyacentes. La crisis de 2008 golpeó la economía rusa duramente y no hay
perspectivas de recuperación a corto plazo. La productividad está cayendo y sólo los ingresos
del petróleo y el gas permiten una apariencia de estabilidad y evitan un desplome económico.
El nivel de vida medio ha aumentado significativamente desde la década de 1990, pero oculta
una desigualdad que es una de las más altas del mundo.
Si las circunstancias económicas empeoran y estalla un conflicto grave en el extranjero
cercano, Putin podría perder tanto el apoyo de la élite rusa como su base popular de apoyo
entre los rusos de a pie. Su apoyo se ha erosionado en la medida que el crecimiento
económico se ha debilitado y ha sido un factor clave en las protestas por las irregularidades de
las elecciones de 2011.
En estas circunstancias, el peligro de un conflicto étnico y nacional, alentado por las potencias
imperialistas rivales aumenta. Tanto Rusia como Occidente se debaten entre su dependencia
mutua de mercados y energía y la necesidad de fortalecer sus propios intereses económicos
rivales y su dominación geopolítica.
Occidente continuará atrayendo a los estados vecinos de Rusia hacia su órbita con acuerdos
de asociación económica, y en lo posible militares, con la UE y la OTAN. Al igual que en
Crimea, Putin no dudará en explotar el chovinismo gran ruso en los enclaves rusos y entre las
poblaciones rusas en los estados vecinos de Rusia. Este es el mensaje claro y amenazante de
Putin en su reciente discurso tras la amenaza de sanciones de EE.UU.:
"Millones de personas se fueron a la cama en un país y despertaron en otros diferentes,
convirtiéndose de la noche al día en minorías étnicas en las antiguas repúblicas de la Unión,
mientras que la nación rusa se convirtió en uno de los grupos étnicos más grandes del mundo,
si no el mayor, dividido por más fronteras".
La única alternativa que tiene la clase obrera en toda la región es luchar contra sus propios
oligarcas y gobiernos y oponerse sin concesiones a cualquier intervención imperialista, ya sea
del este o del oeste. Si los trabajadores de Ucrania o de cualquier otro estado buscan apoyo en
uno u otro campo imperialista contra el otro, no serán capaces de transformar los conflictos
nacionales y étnicos en un enfrentamiento contra su propia clase dominante.
Es vital que los activistas contra la guerra y los socialistas de toda Europa defiendan también
esta posición. Lo que implica dos cosas para nosotros en Gran Bretaña. Tenemos que resistir
los intentos de los gobernantes occidentales y el FMI de imponer la austeridad en nuestro país
o en el extranjero y oponernos a cualquier expansión militar o amenaza de intervención en el
“exterior cercano” de Rusia.
Sin embargo, dentro de las fronteras de los estados-nación de Europa del Este y el “exterior
cercano” de Rusia a menudo los trabajadores se encuentran arrastrados por la división
impuesta por las potencias imperialistas. No puede haber ninguna preferencia o defensa, por
mucho que se condicione, de ninguno de los bandos imperialistas contra el otro.
 
Rob Ferguson es especialista en Rusia, activista de Stop the War y articulista del mensual
británico Socialist Review, editado por el SWP.
 
Traducciones para www.sinpermiso.info: Enrique García