Behemoth: la irracionalidad como forma de dominio

 

Francisco Abril
 
 
1. Axel Honneth cuestionó, en su libro Crítica del poder [1985][1], el concepto de dominación de Max Horkheimer y Theodor Adorno. Se trata, según Honneth, de un concepto reduccionista y unilateral. Las relaciones de dominación se entienden o bien como imposición (a través de la fuerza física) o bien como manipulación (a través de instituciones culturales) de un grupo social sobre otro. Este carácter unilateral es el que, precisamente, debe ser repensado.
Lo relevante sería revisar y complejizar los términos con los que se define y explica la dominación social. Una de las tareas pendientes es comprender la participación activa de los diferentes grupos y así evitar tildarlos de “víctimas pasivas” (HONNETH, 2009a: 157). También, deben analizarse los acuerdos o consensos tácitos que están a la base de estas relaciones asimétricas y el modo en que se construyen dichos consensos. En pocas palabras: se trata de pensar la dominación en términos “bilaterales” (ídem: 101).
El problema que se presenta es que, pese a señalar la importancia del tema, Honneth no elabora sistemáticamente esta nueva categoría en su libro. Tampoco lo hace (por lo menos no de forma explícita) en su trabajo posterior La lucha por el reconocimiento [1992]. Sí pueden encontrarse indicios en un artículo del año ´87 titulado “Teoría Crítica”. Lo destacable del artículo es que aproxima esta nueva categoría a las investigaciones de dos autores pertenecientes al llamado círculo “externo” (HONNETH, 1987: 463) del Instituto de Investigación Social de Frankfurt: Franz Neumann y Otto Kirchheimer. Las preocupaciones de estos autores:
 
Siempre tienen su origen en los intereses y las orientaciones que los propios grupos sociales introducen en la reproducción de la sociedad sobre la base de su situación como clase. El frágil compromiso que se manifiesta en la constitución institucional de una sociedad surge del proceso comunicativo en el que los diferentes grupos sociales negocian entre sí estos intereses utilizando su potencial de poder respectivo. (…) es un supuesto obvio que la dominación estatal siempre parte de un entretejimiento de los potenciales de poder de diferentes grupos de interés (ídem: 466, las cursivas son nuestras).
 
Honneth se limita a atribuirles a Neumann y Kichheimer un nuevo concepto de dominación, pero en su artículo no hay un desarrollo sistemático de la cuestión ni una exposición pormenorizada de sus respectivas propuestas. Por este motivo, consideramos necesario recuperar y analizar la obra de Neumann y Kirchheimer.
Nos centraremos –dada la pertinencia que tiene en relación a nuestra temática y la relevancia que, en general, tuvo en el marco de las investigaciones del Instituto– puntualmente en el libro Behemoth. Pensamiento y acción en el nacional-socialismo [1942] de Franz Neumann. En lo que sigue presentaremos sus tesis principales, centrándonos en la explicación del dominio como destrucción de la racionalidad y de la generalidad del derecho; todo ello a los fines de responder específicamente a dos preguntas: ¿cuáles son las principales características que Neumann le atribuye a las prácticas de dominación del nacional-socialismo? Y, teniendo en cuenta estas características, ¿puede hablarse, efectivamente, de una noción de dominación bilateral como la que le atribuye Honneth?
 
 
2.El nombre Behemoth refiere a una criatura de la mitología judía que representa el gobierno del caos sobre la tierra y se opone a Leviatán que habita las aguas. Según la mitología, ambas criaturas terminarían, al final de los tiempos, luchando y destruyéndose entre sí (NEUMANN, 2005: 11). Asimismo, hay una alusión al libro de Hobbes en el que se describía la guerra civil en Inglaterra durante el siglo XVII y cómo se erigió, a partir de ella, un Estado aberrante carente de leyes. Aquí también hay una diferencia entre Behemoth y Leviatán. En este último caso el Estado persevera y supone un mínimo de racionalidad y legalidad (ídem: 507).
Con esta doble referencia se deja entrever la tesis del libro de Neumann: el nacional-socialismo significó el avance de la irracionalidad y de la destrucción del Estado. Dicho con otras palabras: su tendencia inherente fue la de convertirse en un no-Estado (ídem: 11). A lo sumo, consistió en una gestión del caos en virtud del incremento del poder político y económico. Esto quiere decir, entre otras cosas, que las relaciones entre la clase dirigente y la clase dirigida se volvieron cada vez más inmediatas. En el período anterior, mediaban las leyes y el control jurídico y parlamentario sobre el accionar del poder soberano y coercitivo; con el nacional-socialismo, se estableció una relación de abierta opresión.
Neumann es muy preciso a la hora de explicitar quiénes conformaron la clase dirigente alemana y quiénes la dirigida. En Alemania el poder se repartió en virtud de un pacto o compromiso entre cuatro grandes grupos: el partido nacional-socialista, la industria, la administración y el ejército (ídem: 401). Pero dentro de estos cuatro grupos también hubo una suerte de jerarquía implícita: fueron los grandes monopolios y el partido nazi quienes más se beneficiaron; los otros dos se conformaron con el mantenimiento del estatus quo.
Este pacto, obviamente, se realizó a espaldas de la población alemana y es el que, durante el régimen nazi, propició las condiciones para su explotación laboral y su persecución política. Uno de los grupos que más se vieron perjudicados, pese a la propaganda y la supuesta defensa de un proletariado nacional por parte del nazismo, fueron los obreros. Ellos perdieron la mayoría de las conquistas ganadas durante la república de Weimar. 
El régimen nacional-socialista resultó ser completamente funcional, sostendrá Neumann (ídem: 394), a las nuevas características del capitalismo de ese momento: una concentración del capital económico en cárteles u conglomerados industriales y, por ende, una disolución de las relaciones de competencia que definían al libre mercado. Se trata, a fin de cuentas, del paso del capitalismo competitivo al capitalismo monopólico. 
Ahora bien, cabe preguntarse, ¿por qué el nacional-socialismo es funcional al desarrollo del capitalismo monopólico? Porque éste requiere de un poder totalitario o, como se denomina en el Behemoth, de una “economía de mando” (ídem: 295). Dicho en otras palabras: se requiere de una serie de disposiciones políticas, policíacas y legales que no sólo permitan la constitución de monopolios, sino que a la postre los favorezca y fortalezca. Un ejemplo claro de esto –aquí nos limitamos a mencionarlo– fueron las leyes de cartelización obligatoria –fusión forzada de las pequeñas empresas con las grandes– y de arianización –expropiación de las empresas pertenecientes a judíos–.
El nacional-socialismo convirtió en realidad el sueño de los industriales y los monopolistas. No sólo destruyó las instituciones y disposiciones jurídicas que ponían un coto a la cartelización de la economía, sino que fue mucho más lejos. Puso a su entera disposición el aparato coercitivo del Estado –a los monopolios industriales se les suma el monopolio de la fuerza física– para aterrorizar a la población y para reprimir todo tipo de expresión de descontento por parte de ella.
Neumann rechazó las explicaciones que ponían el acento en la creciente planificación política de la economía y en el supuesto advenimiento de un “capitalismo de Estado”.[2] Por el contrario, lo que se instaló en Alemania era un “capitalismo monopolista totalitario” (ídem: 295) caracterizado por una economía fuertemente monopólica y una economía de mando. Lejos de ser la esfera política la que fija las directrices, en este esquema y en consonancia con la tesis central del Behemoth de que el nacional-socialismo tiende a negar al Estado, es quien las sigue.[3]
Lo interesante de esta explicación es que contribuye a desenmascarar algunos prejuicios respecto al nazismo y a su afán imperialista. En el libro de Neumann quedan al descubierto los motivos centrales de la campaña bélica de Alemania: más que lograr una supremacía aria a escala mundial, se trataba de poner la maquinaria industrial al máximo de su productividad y, por ende, extraer la mayor ganancia posible (Cf. WRIGHT MILLS, 1967: 174 y 175). Nada mejor para lograr este propósito que una guerra a gran escala.
Las relaciones de dominación durante el nacional-socialismo fueron en gran medida unilaterales y se caracterizaron por la violencia física y el terror (NEUMANN, 2005: 446). Lo agentes más visibles al respecto fueron la policía, la Gestapo y las SS (que operaban como grupos paramilitares y que tenían facultad para aplicar la pena capital sin ninguna autorización previa).
Pero en realidad no eran más que la expresión de una destrucción sistemática (y hasta podría decirse racional) de la racionalidad inherente a las distintas instituciones del Estado y de la sociedad en su conjunto. Se instaló un funcionamiento irracional de la burocracia (ídem: 102), se destruyeron los límites entre los poderes ejecutivo, legislativo y judicial concentrándose cada vez más en la figura del Führer (ídem: 497), se abolió la figura del contrato de trabajo (ídem: 466), se perdieron las conquistas y la tradición de la lucha sindical (ídem: 457), etc. Incluso la justificación teórica de las acciones del nacional-socialismo se tornó, a simple vista, errática y caprichosa: se pasaba de una perspectiva social, política, legal, etc. a otra en función de las conveniencias y los intereses del momento (ídem: 510).
Decimos “a simple vista” porque estas disposiciones, dirigidas a destruir todo vestigio de racionalidad, tenían paradójicamente una razón de ser: calibrar y mejorar la maquinaria de terror necesaria para mantener el crecimiento sostenido de la economía y aterrorizar a la comunidad (ídem: 513). Uno de los aspectos en donde esta imbricación de irracionalidad y dominación se vuelve más explícita es, como veremos a continuación, en el ámbito del derecho.
 
 
3. El pensamiento jurídico nazi se denominó “teoría de la institución” (ídem: 493). Suponía a la vez una apropiación y una neutralización de la crítica ideológica que el marxismo realizó contra el derecho formal. Es decir, la teoría de la institución parte del hecho de que la igualdad formal de la ley tiene un carácter encubridor de las relaciones sociales asimétricas y antagónicas.
Tomando esta crítica como punto de partida, reemplaza una serie de figuras legales –como ser: la personalidad jurídica, la empresa, el propietario, el contrato de trabajo, y hasta la idea misma de Estado– por la noción de “institución”. Esta alude a una suerte de organismo vivo; un organismo que se integra, a su vez, en una totalidad mayor: la comunidad del pueblo (ídem: 494). Por ejemplo, si las empresas privadas son consideradas instituciones de la comunidad, entonces se desdibujan lo que antes eran las relaciones entre patrón y empleados, la idea misma de propiedad, de salario, etc.
Ciertamente, esto no resuelve los antagonismos de clase. Es, en todo caso, una nueva forma de encubrirlos. Los antagonismos, según Neumann, subsisten y se agudizan en la economía monopolista. Dicho en otros términos, la teoría institucionalista del nazismo es la nueva fachada jurídica que necesita el capitalismo monopolista totalitario para expandirse a sus anchas (ídem: 495).
Neumann acepta que el carácter general de la ley tiene una función ideológica. Pero, al negar la generalidad, como hizo el nacional-socialismo, no se supera esta función. Es más, se eliminan las pocas barreras legales que limitaban el avance de los propietarios de los medios de producción sobre el derecho de los trabajadores.
Aún cuando el derecho formal brindaba una cierta previsibilidad al capitalismo competitivo y a su vez encubría las condiciones de desigualdad material, también garantizaba un mínimo indispensable de libertad individual (ídem: 497). Esta garantía no debe considerarse menos importante que la función económica e ideológica (he aquí la falacia de la crítica marxista) y cuando se pierde, la política totalitaria que requieren los monopolios se abre paso sin dificultades.   
¿De qué manera se destruye la generalidad y la racionalidad de la ley? A través de lo que se denominó patrones de conducta jurídica [Generalklauseln] (ídem: 487). Una ley general siempre debe tener un mínimo de contenido concreto o una forma de aplicación a casos particulares para no quedar en la mera abstracción. Los Generalklauseln son una respuesta a esto que, en última instancia, termina por sacrificar la generalidad. ¿En qué consisten específicamente? Ellos introducen cláusulas que apelan, por ejemplo, al “sano sentir del pueblo” o a las “buenas costumbres” o a una moralidad supuestamente compartida. Esta apelación permite encontrar criterios para dirimir problemas o llegar a decisiones judiciales.
El problema central es que no hay definición unívoca compartida por todos de lo que serían las buenas costumbres o el sano sentir del pueblo. Por el contrario, no sólo es difícil extraer criterios claros y unívocos de estas apelaciones, sino que en cada sociedad hay una multiplicidad de idiosincrasias y moralidades muchas veces contrapuestas y en tensión unas con otras.
El efecto que los Generalklauseln tienen sobre la generalidad de la ley es claro: (a) desdibuja los límites entre moralidad y legalidad –Kirchheimer también analiza la cuestión en su artículo sobre la ley penal en el nacional-socialismo (1939: 446-448)–; (b) permite la introducción de medidas individuales –con lo cual se genera un sinnúmero de excepciones, privilegios y desequilibrios en la aplicación de la ley–; (c) al ser el Führer la fuente de legitimidad y legalidad, se abre paso a un uso discrecional y político de la ley. 
Estos efectos no son casuales ni el resultado azaroso de una política sin rumbo fijo. Por el contrario, sirven para que las leyes se conviertan en medios para infundir terror y confusión en la población. La destrucción de la generalidad de la ley se ve con claridad en que:
 
(a)    Se pasa por encima de la prohibición de retroactividad que está en la base del derecho (NEUMANN, 2005: 500; KIRCHHEIMER, 1939: 446). Pierde vigencia el principio según el cual nulla poena sine lege, nullum crimen sine lege. El sistema nacional socialista permite castigar un acto que en el pasado no era considerado crimen porque no existía ley alguna que lo prohibiera.
(b)   Se atenta contra la independencia del juez (NEUMANN, 2005: 500; KIRCHHEIMER, 1996: 144;). De hecho, se pierden los límites que separaban al poder judicial del legislativo y el ejecutivo. Hay una ingerencia directa del Führer sobre la justicia y el juez termina por cumplir funciones policiales. Kichheimer habla de la “transformación del juez de agente independiente de la sociedad en un órgano técnico de la administración” (1939: 462); en otro artículo sostiene que “el interés de la gente de la corte es simplemente eliminar a los enemigos políticos” (1996: 154, ambas traducciones son nuestras).
(c)    En el predominio, a nivel judicial, de lo que se denomina “Escuela libre” (NEUMANN, 2005: 499) o “Escuela de Kiel” (KIRCHHEIMER, 1939: 445), la cual encuentra su fundamentación filosófica en la fenomenología y permite que el juez resuelva un caso y justifique sus decisiones en virtud de su “intuición” individual.
(d)   El crecimiento exponencial de la autoridad de los grupos paramilitares (especialmente las S.S.), a punto tal que ya no había instancia o institución externa que controle su accionar. En el caso de las S.S., se trataba de un grupo paramilitar librado a actuar como mejor les parezca. De hecho, les estaba autorizado aplicar la pena capital de forma discrecional (NEUMANN, 2005: 501; KIRCHHEIMER, 1996: 153).
(e)    El derecho penal se convirtió en un medio de dominación (NEUMANN, 2005: 499). La vaguedad con la que se definían los delitos –incluso escuchar música extranjera podía llegar a serlo–, la amplitud del significado del “delito político” y la aplicación indiscriminada de la pena capital, eran instrumentos eficaces para generar una adhesión y una sumisión irrestricta al régimen –también Kirchheimer analizó la ampliación en el contenido del derecho penal (1939: 447) y el uso extendido de la pena de muerte (1996: 149 y 155)–.  
 
En fin, todo el sistema jurídico se convirtió en un arcanum dominationis (NEUMANN, 2005: 493). En un medio para aterrorizar a la población y para que la explotación laboral a la que era sometida no encontrara resistencia alguna. La pregunta que se hace Neumann es si esto, efectivamente, merece llamarse derecho y responde:
 
Si el derecho no es más que la voluntad del soberano, sí; pero si el derecho, a diferencia del mandato del soberano, ha de ser racional en su forma o en su contenido, no. El sistema jurídico nacional-socialismo no es sino una técnica de manipulación de las masas por el terror. Los tribunales de lo criminal, junto con la Gestapo, el fiscal y los verdugos, son hoy, por encima de todo, profesionales de la violencia. Los tribunales civiles son antes que nada agentes para ejecutar los mandatos de organizaciones mercantiles monopólicas (ídem: 504).
 
 
4. Las principales características de la dominación nacional-socialista fueron la falta de mediaciones en la relación entre dirigentes y dirigidos, el uso de la propaganda (apropiándose de reclamos y reivindicaciones propias de la tradición marxista) y, sobre todo, el uso del aparato coercitivo del Estado para aterrorizar, confundir y atomizar a la población.
Hay un común denominador en todas estas disposiciones: ellas descansan en una suerte de “locura con método” (WIGGERSHAUS, 2010: 358). La negación de la generalidad y del carácter racional del derecho, por mencionar el ejemplo que hemos analizado, no es meramente irracional. Su razón de ser es, en última instancia, la reducción del derecho a un medio de dominación y del juez a un funcionario policial.
Teniendo en cuenta estas características, ¿puede hablarse de una concepción de dominación bilateral en el Behemoth? ¿Hay un consenso tácito entre la clase dirigente y la dirigida que justifique el empleo abierto de la violencia de aquélla sobre ésta? Por lo visto hasta aquí, evidentemente no. Más bien hay elementos para sostener lo contrario: que durante el nacional-socialismo la dominación se volvió más unilateral y descarnada que antes.
Sin embargo, esta respuesta puede complejizarse por lo menos en dos direcciones. Por un lado, teniendo en cuenta el compromiso que unió a las cuatro élites de poder político-económico durante el nazismo. Pero, en este caso, la palabra compromiso pareciera dar cuenta más de una convergencia coyuntural de intereses que de un acuerdo o de un consenso, a parte del hecho evidente de que se elaboró a espaldas del resto de la sociedad.
Así, los cárteles requerían de la ingerencia del partido en las nuevas disposiciones legales, laborales y en el uso discrecional del aparato coercitivo; el partido necesitaba el apoyo de los monopolistas para consolidar su poder y para enriquecer y dotar de prestigio a sus filas; la administración y el ejercito apoyaban a los otros dos grupos, porque de este modo se controlaba la amenaza de cualquier tipo de reforma social que pudiera afectar su situación de privilegio. 
Otra dirección en la que puede complejizarse la respuesta, es atendiendo al primer capítulo del Behemoth.[4] Allí Neumann analiza brevemente la república de Weimer y los factores que intervinieron en su fracaso. El ascenso de la social-democracia al poder y la elaboración de la constitución de Weimer, expresó sí una serie de pactos elaborados entre diversos sectores de la sociedad alemana (NEUMANN, 2005: 27). En ese período se incorporaron muchas de las demandas esgrimidas por la clase obrera durante la revolución del ’18. Asimismo, gran parte del capital político de la social-democracia residía en su cercanía y afinidad con algunos sindicatos y grupos de trabajadores. Es decir, su (precaria) gobernabilidad se debió, entre otras cosas, al pacto con estos sectores de la sociedad.
Ahora bien, este pacto era de por sí insuficiente y los antagonismos no sólo persistieron sino que se agudizaron. Entraron en juego múltiples factores que debilitaron cada vez más a la democracia: los efectos del tratado de Versalles, la indecisión y tolerancia pasiva de la social-democracia respecto a los grupos de extrema derecha (ídem: 47 y 48), la presión permanente de y las concesiones realizadas a los grandes cárteles (ídem: 33 y 45), la fragmentación de la clase obrera (ídem: 34) y la oposición sin miramientos del partido comunista (ídem: 37), fueron sólo algunos de ellos.
Lo destacable, en relación a la temática de nuestro trabajo, es el contraste que a grandes rasgos puede establecerse entre dos regímenes políticos y, por ende, dos formas de ejercicio del poder y la dominación. El Behemoth, el gobierno de la anomia en que se convirtió con el correr de los años el nacional-socialismo, se basó en un compromiso entre cuatro élites de poder y en un uso extremo de las medidas coercitivas. De este modo pudo reprimir el descontento de la población y su exigencia de un compromiso “democrático” que las incluyera, en lugar de uno realizado a sus espaldas.
Una conclusión de nuestro trabajo podría ser que un concepto de dominación unilateral no necesariamente es reduccionista –como Honneth le atribuye a Adorno y Horkheimer– y que resulta explicativo si se lo sitúa en el contexto del nacional-socialismo y de regímenes totalitarios. A su vez, se torna visible que en los regímenes democráticos es menester cambiar el foco de análisis y pensar a la dominación en términos de relaciones más o menos bilaterales, en las que se busca estabilizar el poder a través de acuerdos entre distintos grupos.
Esta conclusión supone, sin embargo, un maniqueísmo que es necesario revisar. Como todo maniqueísmo, pierde de vista los claroscuros: la posibilidad de que los regímenes totalitarios cuenten con consentimiento por parte de la misma población a la que persiguen y aterrorizan y que, a su vez, los regímenes democráticos se sirvan de la violencia abierta que, muchas veces, sólo repudian de la boca para afuera.
Pese a estas limitaciones, Honneth supo entrever la potencialidad y el alcance de la propuesta de Neumann. No sólo porque puso en primer plano los compromisos y negociaciones que hacen posible las relaciones de poder político-económico, sino porque su pensamiento contiene un concepto alternativo de dominación dentro del mismo legado de la teoría crítica: uno que hace visible la astucia de las prácticas de dominio (su “locura con método”, como dice Wiggershaus), sin por ello vincularlas estrechamente a la racionalidad y a su desarrollo histórico (Cf. LÓPEZ ALVAREZ, 2009: 213; SERRANO GARCÍA-FERNÁNDEZ LIRIA[5], 2010: 56). De lo que se trata, por el contrario, es de su destrucción sistemática.  
 
 
 
 
Bibliografía
 
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- (2005). Behemoth, México: FCE
- (2009). Behemoth, Chicago: Ivan R. Dee
POLLOCK, F. (1941)Is National Socialism a New Order? Studies in Philosophy and Social Science, Vol. IX, 1941, pp. 440-455. Corresponde a la publicación de la revista por la Deutscher Taschenbuch Verlag del año 1980.
SERRANO GARCIA, C- FERNÁNDEZ LIRIA, C. (2010). Capitalismo e Ilustración. La intervención de Franz Neumann en la Escuela de Frankfurt. Revista Arxius, Núm. 22, Juny 2010, ISSN: 1137-7038, pp. 47-60
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JAY, M. (1989). La imaginación Dialéctica. Una historia de la escuela de Frankfurt y el Instituto de Investigación Social (1923-1950), Madrid: Taurus.
 


[1]. Corresponde a la fecha de la publicación en su idioma original. De ahora en adelante la indicaremos entre corchetes.
[2]. Nos limitamos a señalar que aquí se enmarca la clásica discusión con F. Pollock y con quienes, dentro del Instituto, defendieron sus tesis (principalmente Horkheimer). La postura de Pollock puede encontrarse en dos artículos publicados en la revista del Instituto: “State Capitalism: Its posibilities and limitations” y en “Is National Socialism a new order?”. En este último puede verse claramente la diferencia con Neumann: “El reconocimiento de una esfera económica dentro de la cual el Estado no debe y no puede intervenir, tan esencial en la era del capitalismo privado, es radicalmente repudiado. Como consecuencia, la ejecución del programa es impuesto por el poder estatal y nada esencial es librado al funcionamiento de las leyes del mercado u otras “leyes” económicas. La primacía de la política sobre lo económico, tan disputada bajo la democracia, está claramente establecida”. (POLLOCK, 1941 / 1980: 453, la traducción es nuestra). 
[3]. En artículos posteriores, Neumann matiza esta afirmación. Sostiene que “es indiscutible que el partido nazi ascendió al poder con la ayuda financiera y política de los dirigentes de las grandes empresas alemanas, quienes tenían sin duda la esperanza de utilizarlo para promover sus propios intereses. Pero el partido, una vez logrado el poder político, se emancipó de los hombres de negocios y su propio poder político se hizo autónomo. Fue entonces más lejos e intentó obtener posiciones dentro del poder económico” (NEUMANN, 1968: 25).
[4]. Este primer capítulo se elaboró en base a un escrito temprano de Neumann publicado en la revista del Instituto: “La decadencia de la democracia alemana” (“The decay of German Democracy”, en su idioma original). 
[5]. Para estos últimos autores la Dialéctica de la Ilustración de Adorno y Horkheimer, a diferencia del  Behemothes una obra impregnada de pesimismo, en el que el único camino que le queda a la humanidad parece ser el de la resignación, renunciando definitivamente a apelar a la razón, la culpable de la barbarie reinante en la sociedad occidental” (SERRANO GARCÍA-FERNÁNDEZ LIRIA, 2010: 56). Es muy discutible que haya una renuncia a la razón en el texto de Adorno y Horkheimer. El problema, para ellos, no radica en la razón y en la Ilustración sino en su carácter incompleto y deficitario. Además, una defensa sin más de la razón no dejaría a Neumann en un lugar encomiable. Pensar que una defensa acrítica de la razón y la Ilustración es un paso adelante, es por lo menos ilusorio, teniendo en cuenta los efectos destructivos que trajo aparejado el progreso ilustrado. , “