La noción de conflicto en Psicoanálisis

 

Juan Melero
 
Lo que quisiera trabajar hoy no es nada novedoso, sino que continúa entrañando su complejidad y su potencia, y puede también lucir cierto desgaste.
En este sentido, la idea que quiero transmitirles es del tipo que me gustaría llamar, para divertirnos un poco, un Gong. Ustedes saben, el Gong es ese instrumento sonoro oriental que a partir de un golpe genera una apertura de vibraciones que abarcan lo grave y lo agudo, un sonido que flota persistentemente y produce un llamado a la contemplación, un llamado de atención a la conciencia.
Cuando alguien como Freud dice que en el cuerpo del otro es donde se cruzan por primera vez hambre y amor, o autoconservación y erotismo, esto es un Gong. Uno podría, y tal vez aún lo necesite, quedarse muchísimo tiempo contemplando ese enunciado extraordinario y los horizontes que hace visibles, en los que de manera bullente, a través de una temporalidad retroactiva, estaría abarcado el psicoanálisis.
Ahora bien, en el alimento primordial, que es por definición la matriz de lo que llamamos materno, autoconservación y erotismo (que para entonces son más bien eteroconservación y eteroerotismo) no se cruzan sin más, sino que también se cortocircuitan. Dan cuenta de que el ser humano, en tanto que sujeto, está fragmentado en los términos de un conflicto.
No es casual que el primer texto de Freud donde la noción de conflicto empieza a despuntar, bajo el nombre de “representaciones contrastante”, o de “voluntad contraria”, sea el de Un caso de curación por hipnosis. Este texto, de 1892, que constituye tal vez la primera comunicación clínica de Freud, y que es un poco anterior a Estudios sobre la Histeria, revisa el caso de una joven madre que, negándose a contratar una nodriza para amamantar a su niño, habiendo expresado su deseo y conveniencia de amamantarlo ella misma, se ve impedida de hacerlo por una serie bastante clara de síntomas.
Vemos entonces que esto hace cortocircuito durante el advenimiento del sujeto, y en primer lugar en el adulto. Esta madre, según se relata, pedía que le llevaran al niño a la cama para amamantarlo, pero de inmediato esto se le volvía imposible, comenzaba a tener dolor en los pechos, náuseas, vómitos, y luego se negaba a comer ella misma. ¿Qué era lo que estaba pasando, sino que el aspecto sexualizante de la alimentación, reprimido aunque insufucientemente, requería ser interceptado a toda costa por estas defensas? Este aspecto presente en el campo libidinal pero inconciliable con el Yo, dirá después Freud, se expresaba en el deseo interceptado de esta madre.
Así nace el psicoanálisis.Luego, esta referencia al conflicto no deja de profundizarse. Y es sin dudas en la segunda gran formulación de la tópica, la de Yo, Superyo y Ello, en la que el carácter beligerante de las instancias psíquicas queda más vivamente plasmado. En este modelo llamado segunda tópica, es donde la noción de conflicto se realza y se reordena, y por eso las nuevas metáforas que allí aparecen son políticas y son marciales. Freud habla de los vasallajes, y habla del asedio a las fortalezas. Lo que en la primera tópica era protagonizado por una metáfora económica, cuando no directamente comercial, como la del empresario y el socio capitalista, como un problema de transacción entre forma y contenido, ahora pasa a ser, y esto es muy notable, una relación de vasallaje, es decir un contrato político militar, cuando no de subordinación directa, o de avasallamiento, de asedio.
Si el psicoanálisis freudiano es una teoría crítica, hermana y madre de las otras que ha dado a luz la culminación del siglo XIX, es en virtud de esta viga maestra, la noción de conflicto. No hay enunciado más vertebral, por corrosivo que sea, por revelador que se presente. Cualquier enunciado resulta secundario respecto de la postulación de una conflictividad, primero planteada como causa del sufrimiento neurótico y luego como universal hacia el interior del sujeto. Esto puede entenderse así al menos hasta la muerte de Freud.
Es evidente que desde ese tiempo a esta parte, la criticidad del psicoanálisis no es algo que pueda darse por sentado. Ha sido objeto de cuestionamiento también desde perspectivas para nada conservadoras, y se ha visto en la necesidad de responder y superarse. Pero además el psicoanálisis se ha puesto sobre todo a criticarse a sí mismo. Se ha diversificado en las maneras de codificar su experiencia, podríamos decir que se ha babelizado, que la coherencia y la comprensión hacia adentro de su universo no está garantizada.
Entonces, dentro de esa diversidad, ¿cómo se traza la demarcación de un psicoanálisis que renueva su potencia crítica, de otro que la pierde por completo o casi?
Después de meditar sobre esto y a partir de la puesta a prueba en varios ámbitos (los de las instituciones públicas, los del consultorio) propongo que esta capacidad crítica centrada aún en la noción de conflicto, se apoya a su vez sobre tres condiciones de una teorización y su práctica, que no dejan de evocar opciones en el modo de articular el legado freudiano:
• el lugar comprendido para lo histórico vivencial en la determinación subjetiva, o sea la apertura hacia reconfiguraciones por venir, por la vía de lo traumático así como de las reelaboraciones e invenciones, es decir que se trata del estatuto de la huella, en tanto testimonia la impronta de lo exterior en el sujeto y la impronta del sujeto en lo exterior;
• la noción de tiempo retroactivo o apres-coup que acompaña esa comprensión de lo histórico, ya que en ella se cifra el problema de la significación y de la producción del sentido de la historia;
• y finalmente, un punto de vista económico de los procesos psíquicos, que observa aquello que los mantiene ligados de alguna manera a las determinaciones finitas de la existencia material y viviente.
 
También se podría consignar la primera y tercera de estas condiciones que mencioné, como la necesidad de mantenerse reelaborando la hipótesis del aparato psíquico, en el sentido de un continente que aloja el espesor de procesos metabólicos, y no simplemente de operaciones formales.
Con lo cual, visto desde estos tres criterios, el psicoanálisis después de Freud no ha hecho más que dividirse. Aquello que en Freud se soportaba en contradicciones, después, en las corrientes que hicieron escuela se transformó en abandono de alguno de los términos, sin aportar solución a los interrogantes que les habían dado origen. Podemos pensar esto desde las variaciones más representativas, llamadas Kleinismo y Lacanismo, lo que no deja de ser una simplificación de las cosas; podemos observar ahí claramente cómo por un lado el Kleinismo conserva la hipótesis del aparato psíquico, pero abandona la de temporalidad retroactiva de lo originario, en la medida en que postula los términos del conflicto como endógenos e innatos, y abandona también el problema de la huella por el de los fantasmas hereditarios y su dialéctica. Por otro lado, Lacan recupera la fundación del sujeto deseante en tanto exógena, desde el otro preexistente, y recupera la temporalidad retroactiva, traducida por él como après-coup, pero abandona la hipótesis del aparato psíquico por la de los tres registros, Real, Simbólico e Imaginario, luego topologizados, en las que el carácter materialista y plástico de la huella y su investidura se pierde por completo, y la conflictividad de los procesos, de las exigencias de trabajo del aparato, se disuelve en las nociones más planas de escritura, de estructura, de lógica.
Puede apreciarse cómo, en Lacan, la crítica es entendida fundamentalmente como despliegue de una dimensión negativa. Postulaciones como “no hay relación sexual”, o “no hay Otro del Otro”, pretenden develar, quitar la sábana a las ilusiones que harían límite a nuestra potencia subjetiva. Es ahí justamente cuando, y sobre todo para los analistas, se tienta un sentido teleológico y filosofante. Es una crítica que pendula curiosamente entre una teleología y un nihilismo.
Otra figura utilizada con frecuencia para dar cuenta de aquello que en la subjetividad hace cortocircuito, aquello que echa por tierra la ilusión funcionalista, es el operador teórico llamado resto. Y frecuentemente también el de falta. Falta y Resto, lo que a los criollos no puede dejar de evocarnos un truco. Después vendría el articulador teórico “no todo”, sin dudas el más fértil y de mayores consecuencias.
Considero que estas figuras son fecundas, y hoy casi indispensables para la profundización de los paradigmas freudianos, pero no para su relevo.
Insisto con la crítica de Lacan e insistiré por un tiempo, ya que para mí se trata de un proceso elaborativo, deconstructivo de la hegemonía más posibilitadora y también más obturante que encontré en el transcurso de la formación académica en psicoanálisis, y aún de los espacios institucionales propios del psicoanálisis en la ciudad. La crítica de lo lacaniano, entonces, es el movimiento necesario para poder capitalizar sus aportes.
Retomando, considero que la profundización de las coordenadas teóricas que sustentan la noción de conflicto, continúa siendo la vía de un psicoanálisis que sea a la vez espacio discursivo y práctico para el despliegue de las singularidades y de la libertad del sujeto, y en ese sentido, como ha querido serlo siempre, un pensamiento y una práctica que apueste a la autonomía, a la diversidad, y, para decirlo todo, a lo inesperado. Un psicoanálisis que no reniegue de las realidades sociales de los sujetos, que no intente subordinarlas a sus propias prioridades de doctrina, sino que continúe aprendiendo a pensarlas para intervenir en la transformación de los sufrimientos a los que ellas, de manera compleja, dan forma.
Para ello los psicoanalistas debemos sacudirnos la obediencia, y lo que pueda quedar del terrorismo intelectual de nuestras instituciones. Las instituciones psicoanalíticas han conocido ortodoxias de todo tipo, muy groseras la mayoría de ellas. Hoy, lo que resta de cierta hegemonía en nuestro país, y sobre todo en nuestras universidades, produce modos de la ortodoxia más sofisticados. Algunos de ellos responden a los modos particulares en que Lacan mismo ejercía su autorización intelectual, su autorización en el saber. Debemos ser críticos de Lacan también en ese aspecto. El modo en el que nos propone leer, o que nos propone no leer las producciones de los psicoanalistas que lo precedieron. Creo que puede ser útil identificar este problema a través de una figura, la del Lacan Depredador.
Es algo que uno puede constatar en casi cualquiera de sus escritos y seminarios. Cuando Lacan trabaja una obra psicoanalítica post-freudiana, no la comenta hasta que ha devorado sus órganos vitales y puede presentarla como un cuerpo sin gracia, carente de su propia verdad. El territorio que nos describe a su paso ya es un páramo, no vale la pena, lo poco o mucho que tenía de valor le fue expropiado al máximo. Este verdadero trabajo de depredación del corpus teórico psicoanalítico, fue parte de su estrategia.
Es lo que hace cuando comenta la bibliografía psicoanalítica no-lacaniana, e incluso cuando no la comenta, cuando la trabaja en su trastienda solitaria, toma de ella sin embargo su corazón como alimento, pero es tan escaso como espurio el reconocimiento de los desafíos a que esas obras se lanzan, y del valor que producen.
Los que hemos estado expuestos a esas exhortaciones sugestivas, debemos sobreponernos a ellas. Movimiento necesario para tomar posición respecto de la historia de nuestro propio campo, a la que por lo general y de común acuerdo ignoramos. Hay allí recursos invaluables para pensar los atolladeros de nuestras prácticas actuales.
Por eso, volviendo a la metáfora del inicio, debemos escuchar detenidamente los destellos sonoros de las grandes ideas, debemos darnos el tiempo para su contemplación y su deriva, para dialectizarlas, y, como propusiera Marx en un fragmento de sus tesis sobre Feuerbach “después de descubrir en la familia terrenal el secreto de la sagrada familia, hay que criticar teóricamente y revolucionar prácticamente a aquella”.
 
 
Bibliografía
 
Freud, Sigmund, Obras completas tomo I, Buenos Aires, Amorrortu, 1986.
Freud, Sigmund, Obras completas tomo XIX, Buenos Aires, Amorrortu, 1996.
Lacan, Jaques, Seminario XI. Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, Buenos Aires, Paidos, 2005.
Lacan, Jaques, Seminario XVIII. De un discurso que no fuera del semblante, Buenos Aires, Paidos, 2009.
Laplanche, Jean, Nuevos fundamentos para el psicoanálisis, Buenos Aires, Amorrortu, 2001.
Rozitchner, León, Materialismo Ensoñado,Buenos Aires, Tinta Limón, 2011.