La revuelta que no fue

Cieza, Guillermo

 
Cuando no se han apagado los fuegos en Plaza Altamira, cuando aún debemos estar atentos a nuevas manifestaciones de la derecha envalentonada por el apoyo de Estados Unidos, cuando no esta dicha la última palabra, arriesgo la caracterización  que da titulo a este articulo, convencido de que la derecha venezolana y sus aliados externos fracasaron y volverán a fracasar en los próximos días en sus intentos desestabilizadores.
 
Los grupos que protagonizaron las manifestaciones antigubernamentales,  que tuvieron su epicentro entre el 12 y el 14 de febrero,   han podido demostrar  su  capacidad de generar acciones políticas violentas en forma sincronizada en distintos Estados, y de obtener una gran repercusión internacional, pero han exhibido también su orfandad de pueblo.
No han superado la dimensión de pequeños grupos, integrados mayoritariamente por jóvenes estudiantes, blancos, de clase media y media alta, con apoyo de la derecha comunicacional del continente, y del Departamento de Estados de Estados Unidos.  No han podido hacer pie en los grandes barrios populares, incluso en distritos donde la oposición controla las alcaldías, ni en los grandes centros laborales.
 
Han sido una chispa que ha expuesto sus pretensiones incendiarias, pero que ha sido incapaz de extenderse, para terminar localizándose en su propia madriguera, el este de Caracas.
 
Sus actos de violencia que incluyen los destrozos en la Fiscalía general de Caracas y otras instituciones públicas, en las terminales de metro de Chacao y Parque Carabobo, en la gobernación de Táchira, en un centro de salud y un centro deportivo,   la quema de más de una docena de vehículos policiales y otros tantos vagones del Metrobús, no superan la dimensión de acciones marginales, que exhiben orfandad política  y ponen al conjunto de fuerzas de la derecha en la situación de salir  a  defender lo indefendible o despegarse de los hechos vandálicos protagonizados por sus aliados.
 
Expuesto este fracaso cabe preguntarse si se trató de una conspiración del conjunto de la derecha, abortada porque ni  el pueblo venezolano ni el gobierno bolivariano cayó en la provocación y respondieron con una enorme madurez. O si fue menos que eso, apenas el delirio fascista del sector de la MUD liderado por Leopoldo López que aliado a grupos del signo en Estados Unidos y el que encabeza Álvaro Uribe en Colombia,  intentaron imponer su carta en la interna  de la alianza opositora donde, después de los sucesivos fracasos electorales, se extiende la confusión  y se diluyen los liderazgos.
 
Lo que es seguro es que el conjunto de la derecha va a salir muy mal parada frente a una sociedad (incluidos los que no votan al chavismo) muy sensible frente a los hechos de violencia y la pérdida de vidas humanas. También es seguro que el presidente Maduro ha fortalecido su liderazgo, acertando con su política de no azuzar la respuesta popular en enfrentamientos callejeros, de prometer aplicar la ley a los protagonistas de actos vandálicos y a los responsables intelectuales de las nuevas muertes, y de convocar a movilizar en defensa de la vida y de la paz, dos valores positivos de masiva aceptación.
 
También ha quedado muy mal parado el gobierno de Estados Unidos que se asocia a una revuelta vandálica, sin demandas claras, sin foco (cómo lo reconoció el propio Capriles Radowski) y que recibe la respuesta soberana de un Presidente que cuenta con el aval democrático de cuatro elecciones  ganadas en 2013, la última por más de un millón de votos de diferencia.
 
Desde otra mirada,  puede caracterizarse que,  ni la guerra económica que comenzó en los meses de setiembre- octubre de 2013, ni las acciones violentas de estos pequeños grupos promueven en lo inmediato golpes de Estado, sino que son parte una sucesión de hechos planificados por la derecha para ir esmerilando el apoyo popular al gobierno en lo interno y  demonizándolo en lo externo, creando condiciones para una desestabilización a mediano plazo, o desalojarlo mediante un futuro plebiscito revocatorio.
 
Frente a esa estrategia de desgaste,  el gobierno no parece haber caído en la trampa de paralizarse y dejar de atender los complejos problemas a resolver para de avanzar con la revolución bolivariana. Por el contrario, se advierte una tendencia muy fuerte a articular políticas de gobierno, de incluir a movimientos sociales, colectivos culturales y figuras reconocidas de la cultura y el deporte, actuando en conjunto, mostrando densidad y  eficacia política.
 
Que estas actividades desestabilizantes se hayan apoyado en activistas universitarios muestran un flanco débil del proceso bolivariano. La revolución bolivariana ha permitido un explosivo crecimiento de la matrícula universitaria:  Venezuela ocupa el segundo lugar en Amèrica y el quinto en el mundo por su porcentaje de estudiantes universitarios. Pero la duplicación de la matricula universitaria promovida por el chavismo, no ha sido acompañada por el desarrollo de políticas  específicas de politización del movimiento estudiantil, que apelen a la sensibilidad, la inteligencia y la rebeldía juvenil.
 
Hay presencia del chavismo en la universidad, pero salvo expresiones minoritarias, estas agrupaciones expresan las corrientes más verticalistas y burocráticas del oficialismo, más preocupadas por posicionarse en la carrera de futuros funcionarios que por dialogar con el conjunto de los estudiantes. Contrariando una tradición histórica donde la universidad  fue un reducto de las posiciones de izquierda, el actual movimiento universitario chavista es el patito feo, de un proceso revolucionario que no debe admitir fisuras, ni inconsecuencias.
 
Otro aspecto a considerar es que esta aventura fascista, no sólo ha dejado muy mal parada al conjunto de la oposición y a sectores que la apoyan como las cúpulas de la iglesia católica, sino también a sectores del propio chavismo proclives a despolarizar la política, y a atenuar el avance revolucionario del proceso bolivariano.
 
Finalmente, la cara que muestra la derecha, promoviendo el vandalismo  en la Plaza Altamira, viejo reducto de la derecha oligárquica, violenta y golpista,  tiene una enorme fuerza simbólica. Resume lo que más odia el pueblo venezolano y despeja eventuales dudas en los sectores  populares acerca de quiénes promueven tales acciones. Hoy no hay margen de dudas: Los que quieren voltear a Maduro son los mismos que querían voltear a Chávez.
 
Como alguna vez  lo señaló Britto García, el día que se haga un recuento de los avances del proceso bolivariano, habrá que considerar también los aportes realizados por la reaccionaria derecha venezolana que intentando destruir  a Chávez y el chavismo, no ha hecho más que contribuir a fortalecerlo y radicalizarlo.