Desde abajo, desde arriba y a la izquierda. Cambiar el mundo transformando el poder y... la sociedad

Gaudichaud, Franck

Una reflexión sobre este laboratorio latinoamericano en términos de experiencias democráticas, autogestionarias, participativas, y potencialmente emancipadoras, como las que aquí se presentan, se muestra rica en pistas sobre toda una serie de cuestiones: relación entre autonomías sociales y Estado, relación entre movimientos, partidos e instituciones, formas de organización de las clases populares y relaciones entre lo local, lo nacional y lo global, relación con el mercado así como con otros sectores sociales subalternos, etcétera. Desde hace algunos años, están muy presentes en América Latina los debates en torno a cómo “cambiar el mundo” (Whitaker, 2006), pero también sobre la relación que las diversas modalidades de transformación social entablan con el Poder.
Algunos analistas y militantes han sido seducidos por la idea de construir un “antipoder”, o un contra-poder, basado únicamente en la autonomía de los movimientos sociales, de las “multitudes” y de espacios comunitarios autogestionados. Podemos encontrar estas ideas, con sensibilidades diferentes, en Toni Negri, Miguel Benasayang y, sobre todo, John Holloway.
Este último, inspirándose en particular en la rica experiencia zapatista, llama a “cambiar el mundo sin tomar el poder”, a construir más “poder-acción”, “poder-hacer” (potentia), en vez de interesarse en el “poder sobre” (potestas), el del Estado y las instituciones: “El mundo no puede ser cambiado por medio del Estado”, el cual constituye sólo “un nudo en la red de relaciones de poder” (Holloway, 2008). El objetivo estratégico sería por tanto liberar la potentia de la potestas, prevenir las experiencias autogestionadas del “peligro” de las instituciones. Desde esta perspectiva, como lo señaló mordazmente Daniel Bensaïd, Holloway ha forjado hasta cierto punto una especie de “zapatismo imaginario” (Bensaïd, 2003), muy alejado de las realidades de México: desde luego, las conquistas de los zapatistas son considerables y hay que defender su “digna rabia”, cueste lo que cueste, al igual que su propuesta de “mandar obedeciendo”, porque tienen mucho que aportar a las prácticas políticas y militantes de este comienzo de siglo. ¿Pero por qué no ver también sus dificultades y sobre todo la existencia concreta de un poder –muy real (y en ocasiones necesariamente vertical)– que practican en lo cotidiano, a través de instituciones como los “consejos de buen gobierno”, de un ejército (EZLN), de dirigentes (a veces incluso sobrerrepresentados)? (Baschet, 2002).
Entre los más fecundos autores “movimentistas” latinoamericanos interesados por las experiencias bolivianas (“guerras” del agua y del gas), la Argentina (piqueteros)1 y, en particular, mexicana, hay que citar también a Raúl Zibechi. Según este último, se trata más bien de “dispersar el poder” (2009), basándose especialmente en el pensamiento comunitario de las poblaciones amerindias, una comunidad percibida –según el antropólogo Pierre Clastres– de la sociedad contra el Estado. Para Zibechi, el desafío sería “huir del Estado, salir de él”, mientras que procesos como el de la Comuna de Oaxaca representan
momentos epistemológicos, que hacen comprender lo no visible, lo que la vida cotidiana recubre el resto del tiempo. La dispersión del poder se realiza allí de dos maneras: asistimos por una parte a una desarticulación de la centralización estatal, y por otra parte estos movimientos no crean nuevo aparato burocrático centralizado, sino que adoptan una multitud de formas de organización, de manera que en el interior los poderes están distribuidos a través de toda la trama organizativa (Zibechi, 2009)
Describe micropoderes, inspirados en Foucault, Deleuze y Guattari. Pero en la cuestión –esencial– de la estructuración (democrática) de tales alternativas, de su perennización, prefiere alternativas “sólo provisionales. Hoy existen, mañana tal vez no. No es un problema, porque siempre pueden renacer”.2 ¿Constituyen estas movedizas fundaciones perspectivas sólidas para otro mundo posible? ¿No se corre el riesgo de caer en una política sin política, teorizando una cierta impotencia para franquear los obstáculos de una revolución que rechaza tomar el poder? Además, aunque la Comuna de Oaxaca es seguramente la primera gran comuna del siglo xxi, como lo recuerda Pauline Rosen-Cros en este libro, se presenta siempre como una institución al servicio del pueblo e incluso como un “espacio de ejercicio del poder” que integra a “todas las organizaciones sociales y políticas, los sindicatos democráticos, las comunidades y todo el pueblo”. Se trata de eso, no de una lógica de antipoder o ni siquiera de su “dispersión”, aunque sea cierto que para Holloway lo importante es combatir al Estado, y la comuna de Oaxaca lo ha intentado con todas sus fuerzas.
Otros autores, en la senda de un marxismo más ortodoxo, han tenido tendencia a torcer el bastón en el otro sentido e insistir –a la inversa– en la necesidad de tomar el poder del Estado para forjar alternativas sólidas al imperialismo y al capitalismo.3 Reivindicando aún más la herencia cubana o el proceso bolivariano venezolano, recordando (con toda razón) la violencia de las experiencias contrarrevolucionarias en América Latina, el sociólogo argentino Atilio Borón critica la falta de consistencia intrínseca del antipoder frente al imperialismo, a los militares o a las multinacionales. Muestra la “fragilidad constitutiva, sociológica, de la multitud”, que no consigue tomar forma en una estructura política amplia, un proyecto nacional capaz de resistir y construir en el marco de la mundialización (Borón, 2001). Porque un movimiento, una comunidad, un colectivo, autónomo pero aislado, pueden verse cooptados o marginalizados y reprimidos por el poder –bien real– del Estado existente (la historia argentina es ejemplar en este sentido). ¿Cómo federar entonces una multiplicidad de espacios alternativos y autónomos para contrarrestar el rodillo compresor del capitalismo militar-industrial neoliberal? Volvemos a encontrar aquí algunos rasgos del debate iniciado en el siglo xix en Europa por Proudhon, Bakunin y Marx, y también por los comuneros parisinos.
Según el editorialista de Le Monde Diplomatique Serge Halimi, sería contradictorio hacer
como si algunas prefiguraciones de una utopía “libertaria” (una cooperativa en Boston, un movimiento indígena en Chiapas, un squat en Amsterdam), y el establecimiento de diversos “lazos” (Internet, Foros mundiales) entre estos islotes participativos, equivalieran a una estrategia política. Como si las experiencias locales a pie de tierra no fuesen tributarias de decisiones nacionales o internacionales (nivel de vida del país, fiscalidad, acuerdos de libre comercio, moneda, guerras, ...) que impiden confeccionar aparte su pequeña utopía “sin tomar el poder”. Como si un internacionalismo legítimo debiera hacer olvidar que algunos Estados-nación habían constituido terrenos de luchas, de solidaridad, y permitido garantizar las conquistas obreras que la “mundialización” se ha propuesto romper en pequeños trozos (Halimi, 2006).
Aunque esta observación tiene cierta pertinencia estratégica, se desentiende de un problema (¡y no de los menores!): los socialismos “reales” del siglo xx no han resuelto en absoluto el problema de la existencia del Estado, de su burocratización, su autoritarismo, como ha sido denunciado con toda razón por los movimientos libertarios. ¿Cómo “tomar” el poder sin ser tomados por el poder o sin acomodarse en nombre de un cierto “realismo” institucional (cuestión planteada recientemente por la historia del Partido de los Trabajadores en Brasil)? ¿Cómo construir formas de poder popular constituyente, o incluso de doble poder, moldeando instituciones radicalmente democráticas, controladas por abajo y socializando el poder en todos los poros de la sociedad (en lugar de estatizarla)? Lo que está en juego es el difícil paso de poderes constituyentes a poderes constituidos y los métodos de articulación entre democracia directa, participativa y representativa, entre espacios de deliberación y de decisión: en definitiva, la cuestión clásica de la “soberanía” del pueblo. ¿Esta construcción-destrucción-creación debe desarrollarse totalmente externa al Estado (para echarlo abajo) o bien como emergencia combinada a la vez de formas externas y de un impulso procedente de instituciones gubernamentales? Esta cuestión está claramente planteada por los consejos comunales de Venezuela, efectivamente soberanos a cierta escala, pero directamente dependientes de una relación vertical con el ejecutivo bolivariano, como nos lo explica Mila Ivanovic.
El mismo problema a nivel económico, con las cooperativas, empresas recuperadas y otros experimentos locales: ¿Cómo coordinar estos ensayos autogestionarios que no sea por medio del mercado, que tiende a desarticular la dimensión alternativa de estos espacios? ¿Con qué instrumentos? ¿Partidos, organizaciones, movimientos? ¿Y cómo abordar la discordancia de tiempos entre las elecciones –hoy América Latina vive en regímenes constitucionales, tras la noche negra de las dictaduras y guerras civiles– y lo indispensable, las luchas sociales y de autoorganización? Hervé Do Alto nos recuerda por ejemplo que la actual experiencia boliviana no habría podido surgir sin la creación del partido-movimiento MAS (Movimiento al Socialismo), que no sólo ha llevado al gobierno a Evo Morales por medio las urnas, sino que ha comenzado también a democratizar este país, el más pobre de América del Sur. Sin embargo, los gobiernos actuales, y su orientación general neodesarrollista o en favor de un “capitalismo Ando-amazónico”, recuerdan una vez más que las izquierdas pueden ganar el gobierno, sin que el pueblo gane el poder, ni que esto signifique un proceso de ruptura (Toussaint, 2009). Todo lo contrario, ocurre a menudo que iniciativas venidas desde abajo son el blanco del autoritarismo de ejecutivos que, inicialmente, habían sido elegidos como una posible vía de cambio. ¿Qué pensar del gobierno nacionalista de Ollanta Humala en Perú, que había recibido el apoyo de una gran parte de la izquierda y de la sociedad civil y que hoy día encarna la figura de un gobierno al servicio de las transnacionales mineras, dispuesto a reprimir a su pueblo?¿Y qué ocurre con las relaciones entre toda una parte de los movimientos sociales, indígenas, obreros, con gobiernos nacionalistas-populares o progresistas (como por ejemplo los de Correa en Ecuador, Roussef en Brasil o Morales en Bolivia? Muchos militantes denuncian lo que consideran un nuevo rostro del capitalismo en vez de una perspectiva de reformas post-neoliberales, y por ello los repetidos conflictos entre estos presidentes y una parte de la población o de los trabajadores organizados. 
En sus reflexiones sobre el “futuro del socialismo”, el economista Claudio Katz recuerda que el debate no se refiere tanto a la realización inmediata de otro mundo posible sino a su comienzo, condición esencial para cualquier avance futuro. Afirma que una estrategia de transformación radical se extiende necesariamente durante un largo período y que, en este camino sembrado de trampas, “todo proyecto político y económico basado en la mayoría de la población que presente signos que van hacia la extensión de la propiedad colectiva y la consolidación de la autogestión popular, representa una forma embrionaria de socialismo” (Katz, 2004).
Con este rasero (y en el marco de las relaciones existentes con el imperialismo) podrían juzgarse los procesos de transformación en la región. Sobre esta base, nadie duda de que el camino sea todavía largo, a pesar de los saltos logrados hacia la emancipación...
Cambiar el mundo favoreciendo la autoorganización y transformando el modelo de desarrollo, modo de producción, instituciones y sociedad: un desafío para pensar la emancipación del siglo xxi... Pero se trata también de lograr aquí y ahora otras formas de vida posibles, hacer la demostración de las alternativas, verificar in vivo nuevos horizontes y crear bienes comunes: como lo decía Jacinta, militante del Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST) brasileño, se trata de convertirse en “sujeto de su propia historia”, o para José Martínez, productor agroecológico colombiano, recrear “sistemas de vida”. Jules Falquet recuerda que a pesar de la violencia masculina, neoliberal y guerrera que reina en México, mujeres y feministas han sabido retomar la iniciativa. En suma, con este libro colectivo, hemos intentado mostrar el momento vertical y el momento horizontal de una política de emancipación, y sus tensiones permanentes. Se trata de una invitación a inspirarse en la riqueza de las experiencias “desde abajo”, comunitarias, locales, autogestionadas, y también en parte “desde arriba”, con el papel de los partidos políticos, de los procesos constituyentes, de los gobiernos progresistas, con el fin de retomar un debate estratégico necesario, que en parte ha quedado sepultado bajo los escombros del muro de Berlín y eclipsado por la asfixia de la revolución cubana.
Para Richard Neuville
La diversidad de las experiencias [en curso] demuestra ampliamente la riqueza de las prácticas emancipadoras en marcha en el subcontinente latinoamericano. Expresan relaciones diferenciadas con el poder [...]. En su diversidad, los movimientos sociales plantean claramente la cuestión de la democracia en sus aspectos económico, político y social, tanto a través del control y la gestión directa de la producción, la participación activa en las instancias de decisión como la autoorganización y la autonomía. Por ello, aún con matices, pueden ser categorizados como movimientos autogestionarios. (Neuville, 2012)
Se trata también de pensar los vínculos entre el campo social y político que estas variadas experiencias plantean, para continuar una reflexión que sigue abierta. Retomando figuras teóricas antes citadas, para enfocar la articulación entre crítica “artista” y crítica “social” del capitalismo, entre la Voice y el Exit, entre utopías concretas y proyectos políticos post-capitalistas y ecosocialistas. Cuando se recorren los ejemplos aquí presentados, se puede avanzar la hipótesis de que en América Latina las denuncias de la alienación neoliberal o los ensayos de emancipación comunitarios están precisamente conectados a la crítica social y ambiental del capitalismo (OSAL, 2012) y, sobre todo, a sus movimientos populares. Esto es lo que hace la fuerza del panorama actual en el subcontinente. Junto con otras cuestiones fundamentales que evidentemente habrá que tratar: los modelos de desarrollo cuando extractivismo y ecocidios hacen estragos en todo el continente, las relaciones de “raza” y de género, las integraciones regionales y la solidaridad internacional. ¡Un vasto programa en perspectiva!
Como señalaba Daniel Bensaïd en su debate con John Holloway
Hay que atreverse a ir más allá de la ideología, sumergirse en las profundidades de la experiencia histórica, para retomar los hilos de un debate estratégico enterrado bajo el peso de las derrotas acumuladas. En el umbral de un mundo en parte inédito, donde lo nuevo cabalga sobre lo antiguo, más vale reconocer lo que se ignora, estar disponible a las experiencias que vendrán, que teorizar la impotencia minimizando los obstáculos a franquear. (Bensaïd, 2003)
Este pequeño libro colectivo es una invitación al viaje, al debate más amplio y a pensar otros posibles para el mañana. Una invitación al “principio esperanza” y al optimismo que defendía el filósofo Ernst Bloch (Münster, 1989), por encima de las catástrofes y la barbarie que acechan. Una convicción: estas utopías concretas vistas desde el Sur, llegadas de la “gran patria” de José Martí y de Mariátegui, pueden, junto con otras, ayudarnos a rearmarnos en el plano de las ideas y a (re)pensar cómo transformar el mundo. 
 
Bibliografía
 
Baschet, J., L’étincelle zapatiste. Insurrection indienne et résistance planétaire. Denoël: París, 2002.
Bensaïd, D. “La Révolution sans prendre le pouvoir ? À propos d’un récent livre de John Holloway”. En: ContreTemps 6 (2003), págs. 45-59.
Borón, A., “La selva y la polis. Reflexiones en torno a una teoría política del zapatismo”. En: Observatorio Social de América Latina 4 (junio de 2001).
Halimi, S., “Quelle societé future? Dernières nouvelles de l’Utopie”. En: Le Monde Diplomatique (agosto de 2006).
Holloway, J., Contra y más allá del capital. Reflexiones a partir del debate sobre el libro “Cambiar el mundo sin tomar el poder” Universidad Autónoma de Puebla / Ediciones Herramienta: Buenos Aires, 2006.
–, Changer le monde sans prendre le pouvoir. Syllepse: París, 2008.
Katz, C., El porvenir del socialismo. Herramienta - Imago Mundi: Buenos Aires, 2004.
Münster, A., Ernst Bloch, messianisme et utopie. PUF: París, 1989.
Neuville, R., “Typologie d’expériences autogestionnaires en Amérique Latine et Indienne et leur rapport au pouvoir”. En: Alter-Autogestion (septiembre de 2012) (disponible en: http://alterautogestion.blogspot.fr).
Toussaint, E., “Venezuela, Equateur et Bolivie: la roue de l’histoire en marche”. En: CADTM (noviembre de 2009 (disponible en: http://cadtm.org/Venezuela-Equateur-et-Bolivie-la).
Whithaker, C., Changer le mondeNouveau mode d'emploi. Editions de l’Atelier: París, 2006.
Zibechi, R., Disperser le pouvoir: les mouvements comme pouvoirs anti-étatiques. L'Esprit frappeur: París, 2009.
 
Este artículo es la parte final de “Poderes populares en América Latina: pistas estratégicas y experiencias recientes” (la primer parte fue difundida en Herramienta web 13), que sirve de introducción al libro colectivo: Amériques latines. Emancipations en construction, París, Syllepse, 2013. Fue publicado por las revistas Viento Sur/ContreTemps y enviado por su autor para este dossier de Herramienta.
 
1 Piqueteros: “trabajadores desocupados” que cortaron las carreteras con grandes “piquetes”, tras la crisis de 2001 en la Argentina.
2 Ver la interesante entrevista a Zibechi aparecida en la revista libertaria Réfractions (2007).
3 Sobre este debate estratégico internacional y sus prolongaciones, así como las repuestas aportadas por Holloway, ver: Contra y más allá del capital (2006).