El fin del letargo

Nuestro país ha estado a la vanguardia de las luchas sociales y políticas en la década de 1980, consiguiendo retrasar la introducción del neoliberalismo en Brasil y hacer que la llamada "década perdida" fuese, para los movimientos sociales y políticos populares, su exacto opuesto.
En aquellos años, floreció un fuerte sindicalismo de oposición. Las huelgas caminaron en un sentido opuesto a las tendencias regresivas presentes en el mundo occidental. Nacieron innumerables movimientos sociales. Se  amplió la oposición a la dictadura militar. Se diseñó  ​​una Asamblea Nacional Constituyente y se vivió, en  1989, una elección que dividió a Brasil en dos proyectos distintos.
La década siguiente fue arrolladora: neoliberalismo, reestructuración productiva, financiarización, desregulación, privatización y desguace. Cuando se dio la victoria política de 2002, con la elección de Lula, el escenario era profundamente diferente de la década de 1980. Como la historia está llena de sorpresas, caminos y desvíos, la elección de 2002 terminó por convertirse en la victoria de la derrota.
Oscilando entre mucha continuidad con el gobierno de Cardoso y poco cambio, pero sin ninguna sustancia, el primer mandato de Lula terminó de modo desolador, lo que lo obligó a hacer cambios de ruta, siempre con mucha moderación y ninguna confrontación. Bolsa Familia y altísimas ganancias para los bancos, aumento del salario mínimo y aumento del enriquecimiento en los niveles más altos de la sociedad, nada de reforma agraria y muchos incentivos para la agroindustria.
Nuestro hombre duplicado renació de las cenizas en su segundo mandato. Terminó su gobierno en alza: al mismo tiempo que lo hizo su sucesor, desorganizó a casi todo el movimiento opositor. Era difícil oponerse al ex dirigente metalúrgico, cuya densidad fue construida sólidamente en los años 1970 y 80.
Quien recuerde de su situación en 2005, atascado en el mensalão,  y de él  recuerde el fin de su mandato en 2010, sabrá que tiene en frente una variante de político de los más notorios.  Si Rousseff, su criatura política - una especie de gestora de hierro - supo ganar las elecciones, podemos  aquí, en este mismo espacio, recordar que algo más grande le faltaba: la densidad social que le sobraba a Lula.
Con paciencia,  espíritu crítico y mucha persistencia, los movimientos populares habrían de superar este ciclo difícil. Acabarían por percibir que, más allá del crecimiento económico, el mito falaz de la "nueva clase media", hay una realidad profundamente crítica en todas las esferas de la vida cotidiana de los asalariados. En la salud pública vilipendiada,  en la educación pública empobrecida, en la vida absurda de las ciudades, saturada de automóviles por los incentivos anti-ecológicos del gobierno del PT. En la violencia que no para de crecer  y en los transportes públicos relativamente más caros (y precarios) del mundo.
En la Copa "blanqueada" de negros y pobres en los estadios, que enriquecen  a las constructoras y, en el caso de Engenhão se está ya desmoronando. En los asalariados  que se endeudan por el consumo y ven  cómo sus salarios se evaporan. En la brecha colosal que existe entre la representación política tradicional y el clamor de la calle. En la brutalidad de la violencia  de la Policía Militar de Alckmin, con el apoyo de Haddad.
Esto ayuda a entender por qué el movimiento por el pase libre encuentra tanta acogida en  la población. Cualesquiera que sean los desdoblamientos de estos movimientos, el país ya no será el mismo. Apenas estamos empezando.

 

Folha de Sao Paulo 20 de junio de 2013