Género y clases sociales. Debates feministas en torno a E. P. Thompson

Martino Bermúdez, Mónica de

I - Introducción

El materialismo histórico dialéctico -vulgarmente reconocido como marxismo- es un fenómeno plural, lo que  implica una coexistencia problemática de sus múltiples tendencias. Sus fronteras de exclusión e inclusión  han sido trazadas de manera diversa a lo largo del tiempo y en función de particulares y variables coyunturas, tanto en el medio académico como en las tórridas arenas del quehacer político. No es nuestra intención problematizar tales fronteras, sino descubrir con ojos atentos las múltiples formas de ser fiel a una visión del mundo y a una utopía.

La obra de Thompson se transformó, para nosotros, en  un especial y polémico material para descubrir la flexibilidad y riqueza de tales fronteras y nuestra propia capacidad de escuchar y entender a quien tiene mucho para decir. Desde otra perspectiva, nuestro trabajo se orienta a una lectura del autor a partir de la perspectiva de género, problematizando algunas de sus categorías básicas, como clase social y experiencia. Nos guía la hipótesis que si bien en La formación de la clase obrera inglesa el autor posee una visión masculinizada del proceso que analiza, a lo largo de su trayectoria incorpora una visión sexualizada en el análisis de diferentes estrategias de lucha y costumbres de las clases populares.

En el desarrollo del presente artículo, en una primera instancia, realizaremos una breve aproximación al tratamiento de las relaciones entre los sexos y la condición de la mujer en el campo del marxismo. Posteriormente, nos remitiremos a los debates suscitados en el seno de la historia social anglosajona en torno a su obra  La formación de la clase obrera inglesa. En dichos debates  participaron activamente feministas de origen académico que aportaron fecundidad a la discusión, pero colocaremos especial atención a las elaboraciones de la historiadora Joan Scott. En tercer lugar, intentaremos aprehender los nuevos matices que surgieron en la polémica a partir del  nuevo enfoque teórico asumido por Joan Scott, por momentos compañera de ruta de Thompson. Enfoque éste que abandona las premisas marxistas y  fue objeto de duras críticas en el ámbito académico. Estas críticas serán también recogidas y relacionadas. Por último, en términos de conclusiones indicaremos lo que para nosotros significa el camino sin salida al que llegó Scott en su viraje ideológico.

Como dejaremos constancia en el texto, no intentamos exigir a Thompson algo ajeno a sus intereses; tan sólo pretendemos leer y problematizar sus obras a partir de una óptica específica: las diferencias entre los sexos. Tomaremos su obra como punto de partida para bosquejar uno de los debates que emergieron en el campo del marxismo en torno al concepto de género. Si bien esta temática, como ya dijimos, se encuentra más allá de las fronteras teóricas thompsonianas creemos que, en su vida cotidiana, la resolvió armoniosamente, como su convivencia con Dorothy puede dejar  constancia.

II - Marxismo y feminismo

La subordinación de la mujer ha sido reconocida por la gran mayoría de los pensadores socialistas del siglo XIX, aunque en forma genérica y abstracta. Así, por ejemplo, en La sagrada familia (1972), la propia contribución de Marx permanece en un nivel filosófico, colocando la situación de la mujer como indicador del progreso humano. La condición femenina creemos que adquiere, así, una importancia universal  a  nivel simbólico, pero al mismo tiempo es privada de sustancia. O, en las palabras de Mitchell (1967:79) "se transforma en una entidad antropológica, en una categoría ontológica de la especie humana, de las  más abstractas". [1]

Aún en El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado (Engels, 1985), el énfasis mayor es colocado en la propiedad privada, que explicaría el inicio de la opresión femenina, mediada por la institución de  la herencia y de la monogamia. Las razones para la sumisión de la mujer, en este texto ineludible,  se encontrarían en su menor fuerza física, lo que equivaldría a decir que el incremento de la productividad de su fuerza de trabajo es condición para su liberación. Se desprende, como lógico corolario, que la integración de la mujer a la esfera productiva -a la industria pública según las palabras de Engels- y la supresión de la familia conyugal como unidad económica de la sociedad marcarían el inicio de la equiparación de las trayectorias femeninas y masculinas.

Esta lectura colocó tempranamente,  de manera originaria pero parecería que  sin matices ni mediaciones, la cuestión femenina, desde una perspectiva histórica, en la dialéctica de los procesos de producción y reproducción. Perspectiva que encuentra  en el "marxismo occidentalnuevas y plurales lecturas, múltiples objetos y enfoques. Desde la crítica cultural de la escuela de Frankfort -Adorno, Horkheimer, Fromm, Marcuse, Reich-  hasta el diálogo con la filosofía existencialista francesa reflejado en la obra de Simone de Beauvoir.

Marxismo y feminismo no ha sido siempre una unión feliz. Así lo han demostrado algunas  de las tesis más discutidas de Beauvoir: aquellas que radicalizan la descalificación de la vida familiar y de la propia especificidad del cuerpo femenino -posibilidad de procreación- en oposición a una libertad individual hiper-valorada o aquellas otras que imposibilitan cualquier tipo de vivencia familiar bien sucedida. Así también lo indica, en los años sesenta,  el agudo análisis de Mitchel(1967) sobre el "destino natural" de la mujer  como estructura compleja y no como unidad simple reducida a la relación con el mercado de trabajo.

Esa articulación tormentosa es asumida públicamente en el artículo de Heidi Hartmann The Unhappy Marriage of Marxism and Feminism: Toward a More Progressive Union, de 1981.   Analizando la fusión entre capitalismo y patriarcado, la autora nos indica cómo el marxismo, al tomar como problema la relación de la mujer con el sistema económico, vía su menor fuerza de trabajo, dejó de lado la subordinación de las mujeres en relación a  los hombres en el sistema patriarcal. Patriarcado y capital  mantienen a la mujer en ocupaciones segregadas y mal remuneradas, dependiente económicamente de los hombres y subordinada a ellos en la vida familiar. Sólo a partir de esta óptica, de doble subordinación,  es que puede entenderse la persistencia de una división sexual del trabajo que mantiene a las mujeres en ocupaciones jerárquicamente inferiores, tanto en la esfera pública como privada.

Las dificultades existentes en la relación marxismo-feminismo se remontan a los movimientos socialistas del siglo XIX, en los que las mujeres  -socialistas, comunistas y anarquistas, básicamente- insistían en el carácter social y político de las desigualdades de género. No obstante ello,  debieron contentarse con el carácter secundario dado a estas cuestiones frente a la prioridad  otorgada a la contradicción trabajo-capital. O, en otras palabras, frente a la prioridad de la producción vs. la reproducción.

De acuerdo con Marx, la producción envuelve un doble relacionamiento: la reproducción de la vida, de la especie humana, y la producción social, resultado de la cooperación de varios individuos que determinaría la naturaleza de  la sociedad. A lo largo de su obra enfatizará la naturaleza social de la producción de mercancías. Según algunas autoras, algunas de ellas ya citadas, tal énfasis ha negligenciado otras dimensiones de lo social. A saber: la reproducción de los seres humanos y, desde otra perspectiva, la reproducción simbólica de toda realidad social.

En los intentos por incorporar la cuestión de las relaciones sociales entre los sexos, el feminismo se valió de la categoría "reproducción", imputada al  conjunto de actividades sociales que envuelven la procreación, el cuidado de los hijos y el trabajo doméstico. Pero aún persistía un problema en tales formulaciones: las actividades y relaciones intersubjetivas, la construcción de identidades y subjetividades, la corporalidad de los sujetos,  continuaban siendo articuladas a partir de la categoría producción, quedando así las relaciones sociales de sexo nuevamente en una posición secundaria.

Algunas tentativas fueron realizadas en el sentido de unificar clase y sexo,  transpolando la explotación del trabajo al campo de la sexualidad.  Hablar de las mujeres como "clase" -sexo como categoría clasificatoria- tuvo sentido teniendo en cuenta la posición de la mujer en las relaciones de producción "afectivo-sexuales". (Benahbib&Cornell, 1993:9)

Tales tentativas fueron vanas al continuar operando al interior de la categoría producción, con una lógica sumatoria: el marxismo podía ser ampliado para dar cabida a otros temas -cultura, ideología, mujer- pero explicaciones, énfasis y lógicas continuaban siendo las de las relaciones de producción.

Las dificultades encontradas para otorgar estatuto teórico a las relaciones sociales de sexo pueden ser mejor visualizadas en  las argumentaciones de Perry Anderson (1984) sobre las relaciones entre feminismo y marxismo. Anderson reconoce la negligencia del marxismo con las mujeres, pero también que las desigualdades de sexo jamás otorgarán el ímpetu principal para una liberación humana más amplia. Simplemente porque "las estructuras de dominación sexual se insertan mucho más en el pasado y penetran más profundamente en la cultura que en la explotación clasista. La division entre sexos es un hecho de la naturaleza, no puede ser abolida. La division entre clases es un hecho de la historia". [2](Anderson, 1984: 98). Más allá de esta dicotomía entre naturaleza y cultura, sexo y clase, el aspecto más crítico para Anderson es el carácter insuficiente de la lucha de las mujeres como acción colectiva  incapaz de eliminar la lógica del capital.

Intentando romper con este abordaje dicotómico, historiadoras marxistas comenzaron a relacionar  sexo y clase como divisiones sociales que se fundamentaban en los sistemas de dominación y explotación. Las décadas de los setenta y los ochenta dan testimonio del debate en torno a las relación entre patriarcado y capitalismo. El objetivo era demostrar cómo las mujeres eran  objeto de un doble sistema de explotación y cómo el marxismo no otorgó debida atención a la imbricación capitalismo-patriarcado.

En el contexto angloamericano, el movimiento independiente de mujeres aliado a la Nueva Izquierda contribuyó para la producción de análisis históricos donde el paradigma de la producción comienza a ser cuestionado, así como también el modelo topológico de clases. Esta perspectiva abrió nuevas posibilidades analíticas para las relaciones sociales de sexo al interior del marxismo, como se puede observar en improtantes publicaciones de esas décadas: New Left Review, Jornal of Social History, etcétera, de las cuales el artículo de Hartmann es sólo una pequeña muestra.

En este contexto, el trabajo anterior de Thompson -La formación de la clase obrera inglesa- adquiere un importante significado. Al afirmar que intentaba rescatar las prácticas y experiencias de los individuos de la condescendencia de la posteridad, Thompson abrió caminos para escribir la historia de sujetos sociales que antes estaban subsumidos en agentes colectivos o estructuras.

El abordaje político-cultural de las relaciones sociales fue bien recibido por el feminismo con vistas al rescate de la acción y palabras de las mujeres, de las pruebas no solamente de su opresión sino también de sus estrategias de lucha y resistencia.

Las contribuciones del autor se reflejan en un redimensionamiento político y cultural de las experiencias de los  sujetos históricos en  la formación de la clase trabajadora. Sus aportes y también sus omisiones permitieron problematizar  no sólo el carácter sexualizado de las clases y sus procesos de formación sino también aspectos epistemológicos que hacen a la propia producción del conocimiento en el amplio campo del marxismo.

 III - Género y clase en Thompson: deudas y críticas 

No es tarea fácil definir el trabajo de Thompson, especialmente si observamos el quehacer científico a partir de la separación acción-saber, pues, ¿cómo comprender la trayectoria, incierta y a veces contradictoria, de este intelectual en acción?

Decir que Thompson fue un historiador marxista es decir poco; lo mismo sucedería si lo definiéramos como un militante socialista. Apasionado en el debate, seductor en su discurso histórico, irónico y por momentos endeble en la discusión política-académica. Un hombre continuamente honrando la memoria e ideales internacionalistas de su hermano muerto, razón y emoción en sus acciones y palabras.

Pero lo que nos interesa destacar es su oposición a los postulados marxistas que abordan la realidad como si fuera un juego "de encastre". Su análisis de los procesos históricos no parten de a prioris históricos autoconfirmadores. Por el contrario, los instrumentos conceptuales manejados por el historiador solo tienen sentido y eficacia en la dinámica del proceso histórico. Su obra fue, de cierta forma, un embate a los abordajes idealistas de la historia, que confunden los conceptos y categorías, las construcciones del pensamiento con las realidades que le otorgan sentido. [3]

Desde la perspectiva de Thompson, todo concepto tiene sentido sólo a partir de su propia historicidad. Esta concepción de la naturaleza crítica del conocimiento -y de la práctica- se torna evidente en  las categorías rectoras de su producción: clase social y experiencia ,y, a su vez, las fundamenta.

La tendencia de algunas corrientes del marxismo, como la althusseriana, a explicar la historia y la dinámica de las relaciones sociales a partir de una perspectiva topológica, resultó en un modelo teórico en el que la sociedad era representada como un espacio que se compone de una base material que determina la naturaleza de la sociedad según la posición de los individuos en la misma. Las relaciones que los individuos y grupos sociales establecen entre sí serían, por lo tanto, casi unívocamente determinadas por la posición que ellos ocupan en esa topografía social.

Como bien caracterizó Bordieu (1989), este abordaje recortó teóricamente conjuntos semejantes de individuos -clases- a partir de la posición estructural de las mismas, tratándose, en consecuencia, de una existencia teórica de las clases, a la que el autor denominó "clases en el papel". En otras palabras, un esquema teórico con exceso de determinismo económico y carente de historia, deseos y acciones. 

El rechazo al determinismo economicista y a  la pretensión totalizante de la "ciencia materialista de la historia" llevó a Thompson a defender la especificidad del conocimiento histórico -a veces en forma exagerada- así como a combatir la actitud elitista de los intelectuales de izquieda, especialmente la de los estructuralistas franceses. Basta recordar, como ya lo adelantáramos,  su Miseria de la teoría (1981),  destinada a criticar las posiciones althusserianas.

Esta concepción de clases "en el papel" poco aportaba al proceso de constitución de las mismas; la obra de Thompson fue un esfuerzo para comprender los fenómenos histórico-sociales que tuvieron lugar en el proceso de formación de la clase trabajadora inglesa.

El concepto de clase es central en la obra que analizamos, aunque no asuma tal estatuto stricto sensu en el desarrollo de la misma. Con excepción del prefacio no hay, por parte de Thompson, ninguna preocupación en exponer, primariamente, su concepto de clase social.  En verdad, en el primer volumen del libro -"El árbol de la libertad"- casi no aparece en el texto la propia palabra clase, como ocurrirá en los volúmenes subsiguientes. Eso se explicaría, tal vez, porque: a)  Thompson parte de una realidad para él reconocida: la efectiva constitución de la clase trabajadora inglesa en los años 1830; b) posteriormente trata de entender, por un método regresivo en clave diferente a la sartreana, el proceso a través del  cual la clase "se formó", recuperando todo un conjunto de relaciones sociales y de prácticas culturales más o menos comunes.

Según el autor, el carácter histórico y relacional del concepto de clase tiene importantes desdoblamientos. En primer lugar, la clase no es pura abstracción, sino una realidad empírica. Es compuesta por individuos concretos que, por tener experiencias en común, se reconocen como miembros de una clase. En segundo lugar, esa experiencia común se viabiliza a través de determinaciones objetivas y subjetivas que solamente la investigación histórica puede descubrir y analizar. Y, por último, la formación de la clase trabajadora es inseparable del enfrentamiento político de sujetos antagónicos: la lucha entre intereses opuestos y la articulación de individuos que se reconocen por experiencias comunes antecede y otorga la naturaleza política de las relaciones sociales de clase.

En resumen, por "clase" el autor no entiende una circunstancia objetiva en la cual los sujetos se insertan. Por el contrario, es una forma visible de manifestación político-cultural de los trabajadores en determinadas circunstancias sociales y que implica, simultáneamente, la propia autoconciencia de una realidad determinante pero también pasible de ser reconstruida. Más allá del abordaje del autor de la categoría clase social, queda al desnudo la importancia de la práctica política: es a través de ella que se constituye la clase y la conciencia de clase, por ello la centralidad del combate político en la narrativa histórica de Thompson.

En términos estrictamente metodológicos, otra centralidad se impone en la obra del autor: la de la experiencia, aunque ella tampoco se presente estrictamente como categoría. Retomada en forma más enfática y reflexiva en la posterior Miseria de la teoría (1981), Thompson se vale de la experiencia como "noción", a modo de vía para salir, sin mayores precisiones ontológicas y metodológicas, de las habituales dicotomías ser/conciencia, objetivo/subjetivo,etcétera. Podría decirse que tal vez sea solamente un mero, pero enriquecedor, recurso analítico. 

En el prefacio de La formación de la clase obrera inglesa, Thompson señala de manera general que la experiencia de clase -heredada o compartida- es, en gran medida, "determinada por las relaciones de producción en que los hombres nacieron o entraron involuntariamente"(Thompson, 1987 a:9) [4]. Posteriormente, en Miseria da teoría, la experiencia es el término utilizado para referirse estrictamente a: 1)  las prácticas de hombres y mujeres en determinadas relaciones productivas; y 2) la forma como esas determinaciones son "tratadas" y "vividas" por los individuos en su propia cultura y subjetividad.

La experiencia, entendida de esa manera, no se reduciría a prácticas autónomas sino a  prácticas, individuales y colectivas, insertas en el juego de determinadas relaciones sociales de producción. Las determinaciones así sugeridas sólo serían comprensibles a través de la acción, la experiencia, la conciencia de hombres y mujeres, concretos y particulares.

Es importante destacar que en tal formulación no existe jerarquización entre las diferentes esferas del ser social, o sea, lo económico no se sobrepone a lo político o moral, por ejemplo. Tal procedimiento analítico nos habla de una aproximación, cautelosa y discutible, a la antropología simbólica, como forma de enfrentar los llamados y supuestos "silencios de Marx" en relación a costumbres, valores morales y universos simbólicos.

Experiencia y cultura son términos que evidencian un fuerte sentido para Thompson, así como refuerzan el estatuto de la acción humana en el proceso histórico. Pero no se trata de una acción desprovista de sentido. Por un lado, los estudios de Thompson revelan su obstinación en aprehender el sentido político de las prácticas culturales y de las acciones de los sujetos. Por otro lado, los sujetos "thompsonianos" son en sí mismos esencialmente modernos, racionales y dotados de objetivos y medios. Así, por ejemplo, como se expuso anteriormente, uno de los desdoblamientos del concepto histórico de clase es la noción de lucha de clases. Ella antecede a la clase o, en otras palabras, forja a la clase, en un juego de fuerzas y en la polarización de intereses opuestos de los diferentes grupos sociales.

Si es difícil entender la formación y la conciencia de clase fuera del embate político, también lo es encontrar "sujetos" que no deseen cosas, ni se propongan objetivos, ni evalúen coyunturas. Los sujetos "thompsonianos" son y actúan racional y emocionalmente. Vemos a Paine -defensor de la Revolución Francesa- que denuncia y vocifera contra corporaciones y monopolios. Francis Place -radical liberal- interlocutor de las clases medias. Ned Ludd, el justiciero inspirador de los luddistas. Mary Wollstonecraft y Anna Wheeler, defensoras de los derechos de las mujeres. Todos, ellas y ellos,  agentes de la historia, sujetos de luchas y resistencias. Parecería que el autor les imputa la pasión de la que supo hacer gala en su vida pública.

Las reflexiones de Thompson, hasta aquí brevemente expuestas, abrieron, por lo tanto, grandes posibilidades para abordar la cultura de personas comunes; el concepto de experiencia permitió visualizar los sujetos en sus mutuas relaciones, así como sus valores morales y sus códigos de conducta.

El trabajo histórico-conceptual de Thompson dio soporte teórico para los estudios sobre la participación política de las mujeres en el proceso de formación de las clases trabajadoras, así como también contribuyó para una nueva interpretación de la política, con sus estudios sobre la racionalidad de las acciones colectivas y de las prácticas culturales que, hasta entonces, eran consideradas reacciones instintivas o ejemplo de atraso y de barbarie de las clases bajas, como por ejemplo, los motines de subsistencia y la venta de las esposas. [5]

No obstante todo ello, el análisis thompsoniano sobre la formación de la clase trabajadora no es  sensible a todas las diferencias. Podríamos preguntarnos, ¿la experiencia de clase es igual para hombres y mujeres? Esas y otras cuestiones fueron elaboradas a partir del momento en que el pensamiento feminista comenzó a problematizar la diferencia entre sexos.

Reconocer los aportes de Thompson pero ir más allá de él fue el desafio que el pensamiento feminista de la Historia Social asumió, provocando debates y nuevos posicionamientos. Si existe un mínimo de consenso entre las diversas corrientes del feminismo es el rechazo de las explicaciones ahistóricas para las desigualdades de género. Las relaciones entre los sexos y la forma como ellas están organizadas no son determinadas por la naturaleza o por la biología, sino por la forma como las diferencias entre los sexos son percibidas y tratadas socialmente.

Términos como sexo o relaciones sociales de sexo fueron abandonados en la medida que aún continuaban impregnadas de un fuerte determinismo biológico Para evitar dosis de determinismo y reforzar el carácter histórico-social de tales relaciones comienza a utilizarse la palabra género, que enfatiza el proceso social de percepción, caracterización y valorización de las diferencias biológicas.

Tanto a nivel académico como político la introducción de la categoría género, como perspectiva problematizante, tuvo amplias repercusiones. Las más importantes, tal vez, fueron el cuestionamiento de la noción de identidad femenina, entendida como esencia universal y padronizada, y la atención ontológica y política dada a  las diferencias y desigualdades entre los sexos respectivamente.

No es nuestro objetivo profundizar el significado político de estas transformaciones académicas y políticas, sino tan solo esbozarlas como dirección a partir de la cual intentaremos abordar los aportes del historiador inglés. Tampoco intentamos desmerecer la obra de Thompson o de otros historiadores marxistas por no haber elaborado la problemática de género. Tan solo nos guía la hipótesis que si La formación de la clase trabajadora inglesa no incorpora una perspectiva de género o adopta una visión inconscientemente masculina frente a dicho proceso, posteriores artículos del autor permiten percibir una interesante incorporación de tal perspectiva. Incorporación que no sería  ajena a los provocativos debates articulados en el seno de la Historia Social, a los que nos referiremos a continuación.

La formación de la clase obrera inglesa fue bien recibida en el medio académico y entre las feministas, influenciando decisivamente la producción de la historia de las mujeres. El problema no era la presencia/ausencia de las mujeres en el libro, sino la falta de una explicación sobre el significado político y cultural de las mujeres en el proceso de formación de las clases y, además, cierta concepción neutra o masculina de la identidad de clases. (Hall,1988; Taylor, 1983).

De cierta forma, éste es el contenido de la crítica de Scott (1988), que reclama que el concepto de clase debería explicar las diferentes experiencias de hombres y mujeres en las relaciones de producción. Tal perspectiva ampliaría el concepto de clase al abordar las discontinuidades, representaciones y las relaciones de poder en el seno de la propia clase trabajadora.

Si la clase es formada por individuos que comparten experiencias y en ellas reconocen su identidad como grupo social a través de mediaciones culturales, es importante saber si todos los individuos viven de la misma forma estas experiencias y cómo interpretan los códigos y valores. En suma, cuál es el efecto de otras posibles divisiones sociales -como las de género- en las relaciones de clase. Así como las diferencias étnicas -a través de irlandeses y escoceses- fueron abordadas y tuvieron un espacio en la obra, ¿por qué no pensar las diferencias entre sexos como una perspectiva que podría enriquecer el proceso analizado? [6]

Si bien para Scott las críticas al "idealismo" marxista son un paso importante en dirección a una historia más relacional, sus restricciones radican en el  carácter masculino asumido por la propia narrativa thompsoniana. Según Scott,  aún cuando Thompson incluye mujeres en los diversos movimientos políticos -sean ellas intelectuales o simples trabajadoras- no son consideradas como efectivamente "constituyentes" de la clase trabajadora sino como un elemento más en el proceso de su consolidación.

Tomemos algunos ejemplos: Mary Wollstonecraft, Anna Wheeler o la visionaria religiosa Joanna Southcott son presentadas como una especie de confirmación de la predominancia y potencialidad  de la actuación masculina en la historia. O la participación política de las adeptas de Carlile, que es explicada por una afectividad imputada culturalmente a una supuesta esencia femenina y no por medios racionales o políticos, asociados banalamente al universo masculino. Thompson dice de ellas "...sufrieron juzgamientos y prisión, actuaron más por lealtad que por convicción".(1987c:326).

Por último, veamos uno de los rasgos de la lucha de clases: durante el siglo XVIII, ante el proceso de desintegración familiar producido por la violenta introducción de las relaciones capitalistas, uno de los aspectos más importantes de la lucha de los trabajadores fue la manutención de la familia y de las formas tradicionales de la división sexual del trabajo: el retorno de las esposas a los quehaceres domésticos no remunerados y al cuidado de la prole. Pero la domesticidad de las mujeres no es problematizada contextualmente por el autor, es decir, el espacio doméstico "despolitizado" no es objeto de análisis ni reflexión.

Pero las críticas realizadas por Scott no se limitan a estos aspectos, como veremos posteriormente. La autora indica claramente que una historia que contemple a las mujeres no debe ser realizada a partir de una lógica sumatoria, es decir, por inclusión de la mujer en la historia tradicional. Por el contrario, implicaría asumir el género como una forma de problematización de la historia, insoslayable junto al análisis de clase.

Pero si las diferencias de género no estaban presente en la mayor obra de Thompson, como lo afirma la historiadora citada, es interesante observar cómo a medida que Thompson avanza en los estudios sobre cultura plebeya, sus trabajos van adquiriendo una tonalidad sexualizada. Así, por ejemplo, en su artículo sobre "La economía moral de la multitud en Inglaterra" (1979), el autor identifica el papel de las mujeres en el interior de las comunidades preindustriales y su participación particular en los motines de subsistencia. Tomando como objeto de estudio tal fenómeno, el autor nos muestra que para entenderlo debe analizarse el papel femenino en los mercados y en la comunidad y las relaciones de las mujeres con la autoridad y el poder. Responde así a ciertas interpretaciones de la Historia Social británica acerca de la existencia de cierta flexibilidad en los papeles de género en las sociedades preindustriales. Thompson afirma que la división de papeles sexuales era bien marcada pero colocando como aspecto central la autoridad femenina en la economía doméstica.

En La venta de las esposas (1979) el historiador inglés problematiza una costumbre que era tratada habitualmente como un lamentable ejemplo de opresión de la mujer. Decodificando el ritual de la venta, interpretando sus significados a la luz de la cultura plebeya, el autor llega a otras conclusiones: tal ritual era la forma que hombres y mujeres encontraban para resolver sus separaciones y conflictos amorosos. Brillantemente articula determinaciones objetivas y subjetivas, mostrando las diferentes tradiciones y relaciones sociales que atravesaban el ritual de la venta de esposas y, entre ellas, la especificidad de las relaciones de género.

El estilo del autor, particular y a veces endeble teóricamente, colaboró en la apertura de nuevos rumbos a nivel del quehacer feminista académico. Pero los debates en torno a clase y género no se agotan en sí mismos. Si tomamos los argumentos de Scott veremos que, llevados a  las últimas consecuencias,  apelan por una nueva forma de hacer y escribir la historia. El discurso tradicional es cuestionado, no solamente por su inconsciente matriz masculina. Trataremos de ampliar esto en el próximo ítem. 

 IV - Nuevos matices en el debate: lenguaje y género

Si observamos detenidamente los debates de Scott percibimos que sus posiciones en torno a lo femenino y las relaciones de género recorren un claro pasaje: desde la Historia Social, preocupada por metanarrativas y agentes históricos asociados a clases sociales, a la Nueva Historia francesa. Así, el nuevo paradigma histórico defendido por Scott se aproxima a la noción de práctica discursiva y de las relaciones de poder elaboradas dentro de la filosofía foucaultiana y de los estudios linguísticos de Derrida.

Al realizar tales afirmaciones y reafirmarla en otros textos, la autora moviliza un debate que multiplica sus interlocutores. Estos nuevos matices se  originan en el artículo "On language, gender, and Working-class History" (1988) ,  en el cual el lenguaje es el centro de toda la atención. Como veremos, Thompson y, obviamente, la Historia Social como escuela de pensamiento continúan involucrados en estas discusiones.

El papel del lenguaje para el quehacer histórico, su valor metodológico y sus signficaciones epistemológicas y ontológicas se tornan sustento del nuevo paradigma histórico defendido por Scott. El lenguaje  solo sería una mera forma de comunicación por medio del cual los  sujetos convencionan palabras para remitirse a la esencia de las cosas, es decir, no sería una forma de la conciencia. El lenguaje es un campo de prácticas colectivas en el cual las identidades de clase y de género se constituyen.  Las formas del lenguaje, ya sean escrita, oral o iconográfica,  no revelaría las acciones de los sujetos históricos, sino que constituirían formas de autorrepresentación. En este sentido, el análisis del lenguaje nos revelaría cómo los significados son construidos y  vividos en las relaciones de fuerza entre individuos y grupos.

Si el lenguaje es entendido de esta forma, es la propia noción de experiencia thompsoniana la que está en juego. La experiencia, mediadora entre ser y conciencia, entre determinaciones objetivas y subjetivas, sería aprehendida y se constituiría, también, en el lenguaje de los actores. Y el lenguaje, como experiencia condensada, debería ser objeto de análisis histórico, en su condición de componente y mediador de prácticas y conciencias.

Los nuevos argumentos de Scott movilizaron respuestas contundentes. Palmer (1987), por ejemplo, irónicamente señala que la historiadora inglesa considera el lenguaje como una panacea interpretativa, una estructura anterior e independiente del contexto histórico. Agrega que transferir la discusión sobre el proceso de formación de las clases sociales al lenguaje de la lucha política significaría el colapso de los conceptos de clase y conciencia de clase y el abandono de cualquier marco epistemológico materialista histórico.

En el debate brevemente reseñado, existe una fuerte contradicción de énfasis. Palmer enfatiza la experiencia, entendida por Scott como más vinculada a la realidad social, anterior e independiente del lenguaje. Scott enfatiza el lenguaje, entendido por Palmer como oposición entre práctica y discurso.

Las críticas realizadas por Palmer (1987) y Stansell (1987) coinciden al indicar las tendencias posestructuralistas a las que se acerca Scott, que implican el riesgo de invertir el materialismo histórico en un idealismo formal. Pero para Scott el estudio del lenguaje es el camino para analizar la interrelación entre los conceptos y las relaciones efectivamentre trazadas, en la medida que la dicotomía práctica-discurso es meramente formal.

Sin dejar de reconocer las nuevas influencias sufridas por Scott que la alejan del campo del marxismo, el análisis de discurso propuesto por ella no sería una mera técnica literaria de comprensión de textos, sino uma búsqueda del funcionamiento del lenguaje en las relaciones jerárquicas y desiguales del poder. Y en términos de género sería también una forma de combatir el discurso naturalizador de las diferencias, en la medida que desconstruir los artificos del lenguaje significaría desconstruir las estrategias del poder.

En posteriores artículos, Scott señala que el énfasis dado al lenguaje es, en verdad, un desvío de aquello que es central en la discusión: la polémica desatada por el uso de la categoría género, entendida como: "..un elemento constitutivo de relaciones sociales fundadas sobre las diferencias percibidas entre los sexos, y género es una primera forma de dar significado a las relaciones de poder" (Scott,1988:42) [7].

De esta manera, Scott nos indica que la categoría género requiere un nuevo estatuto de la historia, una nueva demarcación de sus métodos y conceptos. Sería necesario salir de los límites de la familia y del espacio doméstico para pensar sobre género.

El debate sobre la necesidad  de un nuevo paradigma para el quehacer histórico permanece aún abierto y no es nuestro objetivo abordarlo en este trabajo. Sí nos interesa rescatar otros aportes realizados por Hall (1988), quien no cuestiona el acceso a la realidad por medio de las representaciones, base del planteo de Scott.

Hall (1988) indica que para desconstruir la identidad femenina, universal y esencialista, no es necesario adherirse a planteos posmodernos, pero coincide con Scott en la necesidad de repensar el concepto de experiencia en vías a una mayor sensibilidad hacia otro tipo de diferencias, como las de género y raza, señalando así  los riesgos de toda polarización. Articulando las polémicas suscitadas por Scott, Hall señala dos falsos ejes teóricos que inhabilitan posibildades de elección: estructura vs. sujeto histórico e identidad vs.diferencia.  Polarizar el debate aporta visibilidad a las críticas, pero nos distancia aún más de la particular y multifacética relación entre subjetividad y condiciones determinantes u objetivas de vida.

          Singular capacidad la de Hall: colocar uno de los desafíos más importantes para el materialismo histórico como cierre de un particular debate. Desafío que, arriesgamos nosotros, el propio Thompson no pudo resolver con ecuanimidad, más allá de fidelidades declaradas (Marx)  y consideraciones incorporadas (Weber). 

 V- Conclusiones 

La evaluación crítica de los estudios relativos a la mujer realizada por Scott, especialmente en el ámbito de la Historia Social, fue bien recibida por aquellos cientistas preocupados por el tema. Especialmente en lo relativo al concepto de género y su problematización como categoría de análisis. Sin embargo, su perspectiva teórica posterior, como ya hemos visto, provocó reacciones y polémicas especialmente en aquellos ligados con la Historia Social.

Uno de los aspectos más relevantes en esa polémica consiste en saber cuáles son los instrumentos conceptuales y metodológicos más adecuados para abordar la problemática de la mujer. Si bien los diferentes autores/as citados coinciden en el uso excesivamente descriptivo que se ha realizado de la noción de "género", Scott señala que para problematizar, a partir de él,  los conceptos dominantes en el campo de la historia es necesario superar los límites de la Historia Social, aún impregnada de determinismo económico, y llegar a un plano epistemológico más "radical", como el posestructuralista.

Ya no nos encontramos solamente ante críticas relativas a las relaciones sociales de sexo, sino a una propuesta epistemológica y metodológica que atraviesa el desarrollo contemporáneo de las ciencias sociales. No nos detendremos aquí en las propuestas posestructuralistas y posmodernistas y sus posibilidades de construir una visión de la historia no determinista. Tan solo señalamos nuestro escepticismo y alejamiento en cuanto a ellas. Cabe, eso sí, realizar algunas apreciaciones en torno a algunos aspectos que atraviesan las distintas polémicas.

Según Scott, y  de acuerdo a la definición ya citada,  "género", como categoría de análisis, remite a un elemento constitutivo de las relaciones sociales y a una forma de significar  relaciones de poder. Así entendido posee un elevado valor heurístico para aprenhender tanto el proceso histórico de construcción de lo masculino y lo femenino como otras formas de relaciones de poder. Pero es obvio que los estudios feministas no esperaron la emergencia del pos-estructuralismo para atender la importancia de la reprodución de los universos simbólicos imputados a lo femenino y lo masculino. (Newton, 1989).

Para  tornar "visibles" a las mujeres, en la historia general o en sus historias particulares, muchas investigadoras apelaron a métodos de interpretación de sentido como forma de construir categorías a partir de vivencias estrictamente femeninas, con el propósito de superar el sujeto histórico neutro o masculino que caracteriza a las escuelas históricas tradicionales y, entre ellas, a la Historia Social.

Las particularidades de la metodología thompsoniana, la relevancia dada a los sujetos históricos, su intento de conciliar condiciones estructurales y subjetivas estimularon, como ya lo hemos dicho, inumerables investigaciones a partir de las relaciones sociales de sexo. Pero también, reconozcámoslo, el androcentrismo thompsoniano, que no salvaba a la mujer, como grupo, de la condescendencia de la posteridad, abrió un amplio campo de reflexión sobre métodos, objetos y categorizaciones.

Pero es necesario aclarar que tales motivos de crítica no son exclusividad de la Historia Social. ¿O acaso no podríamos tildar de androcéntricas a todo um amplio campo conceptual de las ciencias humanas o sociales?

En otras palabras, el desacuerdo Palmer-Scott-Stansell está ligado a propuestas teóricas que sobrepasan los límites de la Historia Social y de los estudios de género. La insensibilidad de la Historia Social en relación al género revela, en los posteriores artículos de Scott, divergencias más profundas.

Scott atribuye a tal escuela, y al marxismo en general, una posición "teleológica" que postula un estrecho vínculo entre relaciones de producción e identidad, entre experiencia y conciencia. Y la combate al  decir que: "(los) intereses no son inherentes a los actores o a su posición en la estructura social, son discursivamente producidos" (Scott, 1988,5). Lo cual, en los días actuales, podría ser entendido de la siguiente manera: los intereses de un grupo son construidos en la reflexión, interpretación y enunciación de los hechos cotidianos. La obra mayor de Thompson, por el contrario,  sin llegar a conciliar acabadamente objetividad/subjetividad, no desmerece aspectos estructurales.

Desvincular intereses e identidades de las posiciones estructurales nos remite a otra visión del mundo. Y si a ella le sumamos la "producción discursiva" de los intereses, podríamos encontrar una nueva instancia de determinación, tanto o más potente que la condiciones objetivas. El lenguaje y su estructura podrían llegar a desempeñar el papel de un sistema a priori de los individuos. O sea, el lenguaje podría constituirse en una fuerza impersonal como aquellas fuerzas productivas tratadas en forma "idealista" que Thompson tanto criticaba.  Paradójicamente, podríamos encontrar en el nuevo paradigma elaborado por Scott una otra forma de determinación reduccionista que sustituiría aquellas combatidas por la propia autora. (Tilly, 1994).

Por último, coincidimos con Scott cuando señala: a) la falta de rigurosidad teórica que caracteriza el empleo de la categoría experiencia; y b) el carácter de "experiencia interpretada" que forzosamente coloca todo quehacer histórico -incluso el de Thompson-  en su intento por explicar el pasado.

Pero estas dos coincidencias sintetizan otros diferentes aspectos: las diversas interpretaciones y sentidos otorgados a los fenómenos, la imposibilidad de anular el valor heurístico a los hechos pasados aunque sean "interpretados", las tensiones entre narración y explicación, etcétera. Dar respuesta a estos aspectos implicaría resolver los problemas inherentes a todo emprendimiento científico sobre el pasado.

La necesidad de una conciencia crítica social sobre los conceptos y métodos empleados en la historia -y en otras disciplinas humanas o sociales- fue defendida, más allá de diferencias, en el ámbito de la historia de las mujeres por diferentes autores, entre ellos, los ya citados.

Por ello pensamos que el ambicioso dilema propuesto por Scott entre Historia Social y posestructuralismo es, en definitiva, falso, tanto en términos generales como para las particulares cuestiones de género. El desafío para las investigaciones sobre  género no consiste en la definición de un campo temático, epistemológico y metodológico propio, sino en incluir tal categoría de análisis en las más inespugnables fortalezas de las ciencias sociales.


Bibliografía citada

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Trabajo enviado por la autora a través de Herramienta en Uruguay.

[1] Traducción nuestra.

[2] Traducción nuestra.

[3] Nos referimos a sus ya conocidos debates con Althusser. Al respecto: Thompson, 1981.

[4] Traducción nuestra.

[5] Dejamos de lado en esta ocasión los aportes pioneros del autor respecto de la aprehensión del tiempo, como coordenada vital y categoría teórica. Tiempo, disciplina de trabajo y capitalismo industrial (1979) aporta elementos  invalorables para comprender la transformación del tiempo "físico" -ligado a la naturaleza y vida cotidiana- en aquel otro lineal y cuantificable, impuesto por el capirtalismo. Su cautivante lectura y su perspectiva singular no deja olvidar al lector atento las categorías precisas de "trabajo abstracto", "mercadería  como fetiche", propiamente marxianas. Así como la posterior elaboración luckasiana sobre "las formas de objetividad y de todas las correspondientes formas de subjetividad que se dan en la sociedad burguesa"(Lukács, 1975:123) hilvanadas a partir de la "mercancía como forma universal". Capitalismo y transformación del tiempo elaborados de formas distintas y a partir de diferentes prioridades académicas y políticas.

[6] Así, por ejemplo, un artículo revelador de Hobsbawm (1987) discute la construcción de las imágenes de género en los movimientos revolucionarios y socialistas del siglo XIX e inicios del siglo XX. El artículo revela cómo las transformaciones en la historia de la organización obrera y socialista fue representada por la iconografía primero a través de lo femenino y, luego, con una  subsiguiente masculinización de las imágenes.

[7] Traducción nuestra.