La izquierda independiente argentina frente al desafío electoral

Mazzeo, Miguel

 
“Solo cuando el hombre real, individual, reabsorba en sí mismo al abstracto ciudadano y,
como hombre individual, ‘exista al nivel de la especie’ en su vida empírica, en su trabajo
individual, en sus relaciones individuales; sólo cuando, habiendo reconocido y organizado sus
‘fuerzas propias’ como ‘fuerzas sociales’, ya no se separe de sí la fuerza social en forma de
fuerza ‘política’, sólo entonces, se habrá cumplido la verdadera emancipación humana…”
Karl Marx, La cuestión judía (1843)
 
“Frente a la vieja sociedad, con sus miserias económicas y su delirio político, está surgiendo
una sociedad nueva.”
Karl Marx, Primer manifiesto de la Internacional sobre la Guerra Franco prusiana (1870)
 
Introducción
Sectores de la denominada izquierda independiente de Argentina, surgida al calor de las luchas populares de los años de la mudanza del siglo y el milenio, porciones del espacio político-identitario que es hijo dilecto de la rebelión popular de 2001, han asumido recientemente la necesidad de incursionar en el terreno electoral. Enhorabuena. La lucha por cambiar el mundo es integral. No se puede renunciar a priori a ningún espacio de confrontación, de activación y de proyección política, de validación de proyectos de cambio social, mucho menos invocando ataduras o repulsas dogmáticas, y apelando a principismos huecos e infundados (como, por ejemplo, la postura que ve en la acción política una desviación del camino de la emancipación, camino en el que sólo considera a la lucha económica y social), o asumiendo la clave del “todo o nada”, que, por lo general, alienta el sectarismo y/o la pasividad.
El reconocimiento por parte de Carlos Marx de la importancia de la lucha política hizo que Mijail Bakunin (entre otros anarquistas) lo calificara de oportunista, moderado y portavoz de la pequeña burguesía (o de la “aristocracia obrera”) de los países más desarrollados de Europa. La postura antipolítica de Bakunin se expresó en sectarismo doctrinario e ideológico y también en un sectarismo corporativo que planteaba el alejamiento de la lucha política como una forma de preservarse de sus contaminaciones. Pero el sectarismo nunca es garante de nada bueno. Existen infinidad de experiencias históricas en las que la indiferencia o el repudio a la política condujeron al inmoralismo absoluto respecto de los medios de lucha o a la apelación al Estado y al gobierno burgués.
 
Creemos fehacientemente que un proyecto de transformación radical de la sociedad, un proyecto anticapitalista, debe asumir el momento del poder estatal en todas sus dimensiones. No está de más recordar que la noción de hegemonía (o de contra-hegemonía), presente en casi todas las formulaciones de la izquierda independiente, posee implicancias estatales. Podríamos decir: posee “consecuencias estatales”, por lo menos intermedias.
Esta izquierda independiente, que ha sabido desarrollar infinidad de prácticas territoriales, sociales, culturales, pedagógicas, comunicacionales, etcétera, estima (algunos de los grupos y organizaciones que la componen) que ya es tiempo de realizar una experiencia electoral. Considera que la participación electoral puede contribuir a proyectar sus praxis, sus ideas, sus proyectos. Abriga la certeza de que esta participación podrá ampliar el campo de sus interlocutores.
Aunque resulte una trivialidad, no se puede dejar de recordar que se trata de incursionar en un espacio ajeno, hostil y vacío de contenidos emancipatorios, en un escenario preparado para la lucha intrasistémica, para la sustitución del pueblo, para la separación entre dirigentes y dirigidos, para la autopromoción individual y egocéntrica. Para no ahondar en una descripción obvia, digamos que se trata de un espacio donde, respecto del sujeto del poder, priman las tendencias elitistas por sobre las colectivistas; y, respecto del objeto del poder, predominan las tendencias a la concentración (por parte del Estado o de las corporaciones más poderosas) de un conjunto extenso de funciones enajenadas a la sociedad civil popular[1]. Sumémosle unos principios estrechos, una lógica utilitaria y una moral errónea, vana y superficial. Sin dudas, se trata de un espacio que alienta las componendas con el poder instituido y las abdicaciones.
Entonces, el desafío es aportar, desde ese campo vertical e impropio, al despliegue de las praxis antisistémicas y a la consolidación de los órganos idóneos para la realización de las aspiraciones colectivas, lo que exige poner en tensión ese mismo campo, eludir sus trampas, conmocionarlo, desbordarlo, desestructurarlo como lugar de concentración de poder, transformarlo cualitativamente, quebrar su unilateralidad, darle otros sentidos. Sentidos que redefinan sus posibilidades y sus códigos. Sentidos que no presenten al Estado como la única fuente de racionalidad y de construcción de la sociedad. Sentidos desconcentradores y descorporativizantes.
La tarea es compleja, pero no por eso menos necesaria. En el contexto de una guerra de posiciones, se torna necesario intervenir en “el arriba”, para avanzar en la consolidación de los movimientos sociales anticapitalistas y en la construcción del socialismo desde abajo. Se trata de desarrollar formas de poder constituido no invasivas de los espacios y los tiempos autónomos, formas que estimulen las prácticas constituyentes. Se trata de crear un círculo virtuoso –seguramente no exento de conflictos y tensiones– entre estos dos planos.
En última instancia se trata de hacer posible un maridaje fructífero entre el utopismo y el realismo revolucionarios, entre la tesis –marxista, libertaria– de la extinción del Estado y el reconocimiento de la complejidad y autonomía (relativa) de la esfera política.
Por donde se lo mire el experimento es riesgoso.
Existe el peligro de confundir “la política” con algunas de sus expresiones más estrechas y limitantes, verbigracia: las instituciones burguesas clásicas, la representatividad y la delegación, en fin: la democracia liberal como forma políticamente dominante y como dogma hegemónico. Por cierto, creemos que se trata de las expresiones menos adecuadas para plantearse una tarea de redefinición del quehacer político en términos emancipatorios.
Existe el peligro de caer en el formalismo burgués que limita la dialéctica social a los conflictos de opiniones de la esfera pública, en el convencionalismo que impone máscaras, personalidades apócrifas y situaciones ambiguas. Claro que también hay que tener presente los riesgos que presentan las praxis que buscan reabsorber la esfera política en la actividad social (praxis que no resultan ajenas al marxismo y otras corrientes libertarias), riesgos que pueden sintetizarse en dos tendencias negativas: el economicismo y la antipolítica.
El experimento puede desdibujar los perfiles libertarios de la izquierda independiente, afectar el desarrollo de su identidad crítico-revolucionaria, promover el sustitucionismo y una agenda ajena a los intereses de las clases subalternas y oprimidas. Puede hacer que la izquierda independiente quede por debajo de su actual punto de partida, de sus elementos identitarios más distintivos y potentes, por ejemplo:
·          Su concepción de la política como gestación y parto y no como gestión de lo dado. Podría decirse: una idea “seminal” de la política. Una idea en donde la mística, la comunicación, la confianza pesan más que los formalismos (las normas, los procedimientos y los sistemas de control); exceptuando aquellos formalismos que constituyen lo que puede denominarse la “dimensión procedimental” de la utopía de la izquierda por venir.
·          Su concepción de la política como apuesta que se inscribe en términos de deseo y confianza en los y las de abajo, y que, por consiguiente, reemplaza la idea de “progreso” (típica de la izquierda dogmática), del etapismo y el evolucionismo, por el optimismo revolucionario.
·          La idea de experimentación, una idea absolutamente consustancial a la de apuesta, que le ha servido y le sirve, al decir de Pierre Rosanvallón, para “superar de forma concreta la alternativa reforma o revolución” y “para pensar la transformación social como un proceso en el que se articulan las contradicciones propias del sistema y los acontecimientos productores de cambio”. La experimentación, según Rosanvallón “permite una dialéctica fructífera entre la acción colectiva consciente y el desarrollo de las contradicciones de la sociedad. Resuelve el dilema de la integración reformista para hoy o la ruptura revolucionaria para mañana”[2]. Partiendo de la estrategia de la experimentación, la izquierda independiente dio los primeros pasos, no sólo para superar las limitaciones de la izquierda dogmática, sino para exceder los confines de la micro-política y del socialismo en un sólo barrio.
·          La idea de la autonomía, la reivindicación de los vínculos comunitarios y de toda praxis tendiente a conservarlos o construirlos. La autonomía en sus múltiples sentidos[3]: como “forma de hacer política” heterárquica, horizontal, basada en el cuestionamiento radical de toda forma de poder y dominación y en el protagonismo popular, como el poder de la clase para sí, y, también, como el despliegue de una “ciudadanía autónoma” llamada a desbordar constantemente los contornos de la democracia formal, opuesta a la “ciudadanía heterónoma” siempre funcional al clientelismo, al corporativismo y a la pasividad y la alienación de las clases subalternas y oprimidas. También como ruptura con los valores de las clases dominantes (autonomía ideológica). La autonomía como “diversidad, potencia y posibilidad”, como praxis que asume las luchas y reivindicaciones de un sujeto plebeyo-popular extenso y variado y sus prácticas descolonizadoras, y que reconoce la capacidad autogestiva de los y las de abajo, del trabajo frente al capital, (autogestión). La autonomía como “prefiguración”, es decir como opción estratégica por las construcciones, las luchas, las relaciones sociales y el pensamiento que anticipan en el presente la sociedad futura. Finalmente, la autonomía como “horizonte emancipatorio”, como un fin (y un medio al mismo tiempo).
Apuesta, experimentación, y autonomía, constituyen tres ideas-fuerza de la izquierda independiente. Ideas-fuerza en las que se fundan sus esbozos sobre el cambio social, el poder popular (como dinámica que cuestiona la legitimidad del poder constituido), la transición a un sistema poscapitalista y la nación popular democrática[4]. La izquierda independiente, la nueva-nueva izquierda, se descubrió a sí misma –mezclada con la tierra de los barrios, principalmente en las periferias urbanas– al aceptar estas ideas-fuerza. Ellas funcionaron como claves orientadoras en la tarea de reconstruir la autoestima individual y colectiva. Ellas inyectaron altas dosis de mística y fervor militante. Ellas le impusieron una prospectiva singular que la diferenció y la diferencia de la izquierda dogmática y del progresismo reformista. Aceptación que no estuvo exenta de renunciamientos. En efecto, el activismo con más experiencia e historia militante (larga o corta), debió dejar de lado algunos prejuicios, abandonar algunas ideas particulares.
Sus históricas inclinaciones a favor de la politización de los modos de vida y de las diferencias culturales y sociales, a favor de la construcción de ámbitos de “eticidad inmediata”, sin las mediaciones típicas de la modernidad, el liberalismo, etcétera, sin las mediaciones de estructuras históricamente frustradas (como, por ejemplo, el partido político en su formato “clásico”).
Sus tendencias a disputar el mando del Estado a partir de la creación de espacios autogobernados y de acciones constituyentes protagonizadas por las clases subalternas y oprimidas. Estas tendencias, muchas veces espontáneas, fueron y son la expresión de un sentir genuinamente popular decodificado por aquellas franjas del activismo de base más predispuestas a una apertura a la comunidad. Creemos que estas tendencias responden al orden del “movimiento real”, por lo tanto no fueron, no son, una imposición de activistas hiperideologizados o de elites con ansias administrativas. No deben confundirse con síntesis intelectuales y extrínsecas[5]. Se trata de certezas “desde abajo”, de códigos plebeyos basados en el reconocimiento de las capacidades resistentes y autogestionarias del pueblo.
Su concepción de la política como un “realismo democrático”, es decir, su praxis orientada a la creación permanente de instancias concretas de poder popular y de condiciones para el desarrollo del poder popular (y de “redes de poder popular”).
Su rechazo a las visiones verticales e iluministas de la política y a toda forma de “socialismo desde arriba”. Su refutación del prejuicio que establece que el pueblo sólo podrá ser favorecido por la “virtud” de alguna elite o vanguardia experta en dirigir y gobernar.
No se trata de recuperar la pureza emancipatoria perdida, sino de buscar certezas emancipatorias nuevas (y seguramente transitorias). No sirve aquí reconvocar, al modo de la izquierda dogmática, ninguna “fuerza intrínseca”. No caben los esencialismos y las vocaciones totalizantes. Se trata de agitar la dialéctica con nuevos términos para que no se muera de frío en un rincón oscuro. Se trata de no abjurar de los anchurosos cauces abiertos y de los horizontes nuevos vislumbrados. Pero para eso la izquierda independiente (la nueva-nueva izquierda, la izquierda por venir o como prefiera llamársela) deberá persistir en sus costados más auténticos para no mellar su filo revolucionario, para no iniciar un devenir que la desnaturalice y la desfigura hasta hacerla irreconocible, deberá persistir en los costados exactos que la distinguen del nacional-populismo y del posmarxismo que saben asumir horizontes antiimperialistas y socialistas al tiempo que mantienen una relación ambigua respecto del imperialismo (sobre todo respecto de los formatos neo-coloniales de la dominación) y el sistema capitalista.
El experimento electoral (más concretamente: el fetichismo electoralista), puede hacer que la izquierda independiente quede reducida a una alternativa más en el abanico de las nuevas gobernabilidades. Eventualidad que, seguramente, terminará consolidando reformismos y progresismos prosistémicos, que no modificarán sustancialmente las relaciones de fuerza en la sociedad y que consolidarán el capitalismo; o terminará favoreciendo un retorno al dogmatismo de la vieja izquierda. Una izquierda, está última, tan rígidamente estructurada, tan “organizativa”, tan ejecutiva, que no crea ni piensa nada nuevo, porque vive –sin atisbo de incertidumbre y angustia– en la convicción de que ya está todo descubierto, pensado y tipificado en materia emancipatoria.
Esta convicción, esta ausencia de discernimiento rayana en la perversión, la inhiben para una sincera apertura a las clases subalternas y oprimidas.
Ya existen diversas izquierdas institucionales, electoralistas, más o menos testimoniales, todas ellas domesticadas de una u otra manera. Izquierdas –incluyendo las que habitan el ancho y variable mundo del “progresismo”– para las cuales lo electoral se convierte en el eje de su actividad a partir de una fuga de las tareas prácticas y teóricas que este tiempo les exige. Esta “fuga de la praxis”, este distanciamiento de la función crítico-revolucionaria, se explica por su incapacidad política, social, cultural y afectiva para encarar esas tareas, por la seducción que ejercen los formatos espectaculares y mediáticos y/o “racionales” y tecnocráticos, por las limitaciones teóricas que le impiden superar los estadios más básicos de la conciencia burguesa, por la comodidad militante que ofrecen tanto el dogmatismo como los terrenos apologéticos de lo “existente”, lo “usual” y lo “políticamente correcto”. Lo electoral, cuando es el corolario de la fuga de la praxis se parece demasiado al intento de convertir la impotencia en virtud.
Pero el experimento, bien llevado, sin falsas expectativas, con la conciencia histórica y con la energía revolucionaria que pugna por actuar en todos los frentes, también puede contribuir a la masificación de la izquierda independiente, a consolidar su constitución como nueva-nueva izquierda, como espacio crítico y transformador, fundamentalmente puede contribuir a alejarla de la tentación del ghetto y a consolidarla como alternativa real de poder, puede ayudar a aumentar su visibilidad.
Salvando el caso de las agrupaciones universitarias, sometidas a una gimnasia electoral año tras año y sin ahorro de formalismos y de folklore, la izquierda independiente no ha desarrollado experiencias en este campo. Pero es evidente que un municipio, una provincia, o el mismísimo plano nacional, distan de ser un centro de estudiantes o una federación universitaria. No hace falta recordar que el poder decisorio que circula por estos espacios es escaso, marginal y terriblemente acotado. Por otro lado, en líneas generales, la política universitaria, reproduce en buena medida las lógicas más características de la democracia representativa/delegativa[6]. Posiblemente no sea la política universitaria la mejor escuela para realizar aprendizajes sustantivos en función de lo radicalmente nuevo y lo disruptivo en materia institucional. Este señalamiento va más allá de los aportes que la izquierda independiente realizó a distintos espacios de la sociedad civil popular desde los espacios institucionales (estudiantiles, universitarios) que condujo y conduce.
¿Cómo plantear una disputa electoral sin ser fagocitados por las lógicas del sistema, sin identificarse con las estructuras del poder, conservando los perfiles plebeyos y utópicos, conservando la cualidad que ha diferenciado a la militancia de la izquierda independiente?
¿Cómo plantear una disputa electoral que siga pensando y practicando la política como “gran política” –como política emancipatoria, como praxis crítica-social revolucionaria– y no como “pequeña política” –como gestión del ciclo o como administración relativamente progresista de lo establecido–?
¿Cómo garantizar formatos de “representación institucional” cuya función sea aportar recursos para la auto-organización, la auto-educación y el auto-gobierno de los y las de abajo, insertando la conciencia en la vida cotidiana y (viceversa) y no sustituyendo a las organizaciones populares?
¿Cómo garantizar lenguajes y estéticas que se diferencien de los lenguajes tibios y monocordes, de las estéticas populistas, reformistas, liberales y tecnocráticas y eficientistas, en fin, de todas las retóricas frívolas y las figuras del poder dominante?
¿Cómo ser festivos, místicos, iconoclastas y creativos en este campo?
¿Cómo eludir la espectacularidad, la burocratización, el pragmatismo desprovisto de ética y las seguridades permitidas por lo obvio?
¿Cómo eludir el aislamiento de los hechos particulares, la estrategia que los desarticula de los contextos más generales de carácter histórico o estructural?
¿Cómo combatir –desde un ámbito por naturaleza encubridor– todas las mistificaciones que muestran a la política como una actividad de elites, de expertos, etc., mistificaciones que no tienen otro fin que el de hacer invisible el mando burgués?
¿Cómo nutrir la pasión militante sin caer en alienaciones de secta blindada o en el culto a los fetiches del liberalismo?
Sobre todo: ¿Como no malograr en una campaña electoral o desde una función pública-legislativa unas experiencias caracterizadas por su capacidad de invención social, política y cultural y por señalar nuevos trayectos anticapitalistas?
Posiblemente las preguntas más abarcativas deberían ser las siguientes: ¿cómo resignificar la idea de representación? ¿Cómo redefinir la democracia y cómo reapropiarnos de una “gran política” desde abajo? ¿Qué papel puede jugar la democracia formal y delegativa en el marco de esta tarea?
Como contribución a un debate que recién da sus primeros pasos, van estas tesis casi desesperadas, muy urgentes, muy generales y poco masticadas, a guisa de preámbulo para un debate más extenso y profundo. Recurrimos a un discurso normativo (del orden del “deber ser”) y al género de las tesis (que presentamos un tanto simplificadas). También exageramos un poco, con el sólo fin de alentar la discusión y el intercambio.
 
I
La concepción de la transición hacia un sistema poscapitalista, usualmente definido como socialista, que en forma espontánea, despareja e intermitente, ha venido elaborando la izquierda independiente, parte de considerar la posibilidad de que el proceso revolucionario surja de las entrañas mismas de la sociedad capitalista.
Según Karl Marx y Friedich Engels, la transición al socialismo es el proceso que va entre la conquista del poder y la pérdida del carácter político de ese poder. En general, el marxismo ha tendido a pensar la transición centrándose en el pasaje de un sistema social a otro, a partir del estallido de la contradicción entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción. La necesidad histórica del pasaje de un sistema a otro se concibe como “objetiva”. Pero… ¿el tránsito del capitalismo al socialismo, responde exclusivamente a una racionalidad objetiva? ¿No depende acaso del deseo, la voluntad y los intereses de los seres humanos? La izquierda independiente supo destacar la importancia de la praxis, de los proyectos, de los sueños y convocó a pensar la transición como un proceso histórico intencional consciente.
La izquierda independiente ha planteado la posibilidad de poner en marcha embriones de sociedad alternativa en un contexto de subsistencia del sistema capitalista. Esto es, no cree posible pensar-realizar ese cambio desde lugares externos e ideales. De ahí la importancia que le asigna a las luchas prefigurativas. Así, las transformaciones que van de los aspectos materiales a los super-estructurales deben anteceder a la revolución política, son su condición. La transición al socialismo comienza hoy.
Para la izquierda independiente, estas certezas no niegan en absoluto la posibilidad de que un “gobierno popular” favorezca el proceso de transformaciones. Todo lo contrario. Pero está claro que ese gobierno no puede ser el agente exclusivo del proceso revolucionario, sino un actor más, incluso un actor secundario.
La transición al socialismo aparece entonces para la izquierda independiente como un largo proceso que no puede comenzar con la “toma” o “conquista” del poder del Estado en la sociedad capitalista. La “toma” o “conquista” del poder del Estado debe ser concebida como un episodio relativamente tardío en este largo itinerario. Un episodio que requiere como precondición indispensable el desarrollo de valores, praxis, relaciones e instituciones característicos de la nueva sociedad en los marcos de la vieja. Esto es, es necesario desarrollar focos autogestionarios, núcleos de democracia de base, en fin, espacios prefigurativos, para estar en condiciones de asumir la dirección del Estado con fines revolucionarios. Al mismo tiempo la “toma” o “conquista” del poder no cierra la transición, en todo caso cambia las condiciones del desarrollo de las luchas por el socialismo.
La transición al socialismo exige asumir la realidad como punto de partida. Esto es, cambiarla desde su interior dialéctico y contradictorio y no desde un lugar exterior ideal, identificando en las contradicciones aquellos polos que pueden oficiar como materia de arraigo de un proyecto socialista, o como base de apoyo en la lucha contra toda forma de opresión.
Pero el problema de la transición al socialismo no se agota en el desarrollo de instancias prefigurativas y contra-hegemónicas. Estas instancias no tienen ninguna posibilidad de desarrollarse y expandirse, y, principalmente, anulan sus potencialidades contra-hegemónicas, sino asumen subjetividades orientadas a las transformaciones globales, sino inscriben su praxis en el marco de un proyecto transformador global. Para expresarlo en una sentencia breve, digamos: las instancias prefigurativas sólo podrán desarrollar toda su potencialidad si se comprometen enfáticamente con la lucha política.
El intelectual italiano Lelio Basso proponía la noción de “participación antagonista”[7], que remite a una forma peculiar de participación de las clases subalternas y oprimidas en el Estado burgués. Esto es, participar en el Estado con el fin de que esa participación sirva para modificar las relaciones de fuerza en favor de las clases subalternas, es decir, transfigurar algunas porciones del Estado en instancias antagónicas respecto de la lógica del capital. Para Basso, inspirado en Antonio Gramsci, los antagonismos de la sociedad burguesa se expresan también en el Estado. El Estado, por lo tanto, no es un bloque compacto y es posible una participación que no sea asimilable, ni neutralizable por el poder burgués.
Creemos que una pregunta fundamental para la izquierda independiente es la que sigue: ¿qué puede hacerse desde el Estado en función de un horizonte emancipador?
 
II
En el marco del horizonte contra-hegemónico[8] de un proyecto de transformación radical de la sociedad, una referencia político-electoral sólo sirve, sólo aporta, si contribuye a consolidar y desarrollar las organizaciones y movimientos populares de base: sean territoriales, sociales, sindicales, culturales, etcétera. Una referencia político-electoral tiene sentido (para una fuerza emancipadora) si sirve a lo social, más aún, si se subordina, si contribuye a los procesos de auto-organización, auto-educación y auto-gobierno de las clases subalternas y oprimidas, si homogeniza los grados desiguales de la conciencia plebeya.
Ocurre que las praxis tendientes a cambiar la relación de fuerzas en la sociedad y las praxis tendientes a crear lazo social alternativo al del capital, no son planos dicotómicos, son dos momentos de la misma estrategia de construcción de poder popular. Al crear lazo social alternativo al del capital se modifican las relaciones de fuerza. Pero también hay que asumir acciones políticas tendientes a modificar las relaciones de fuerza para conservar y expandir los espacios en los que se crea y recrea lazo social alternativo al del capital. Ciertamente, las micro-políticas, no toman en cuenta la importancia de los marcos institucionales para modificar la distribución del poder a favor de las clases subalternas y oprimidas.
Pero si la referencia político-electoral termina hipostasiada, o sea, si se convierte en un fin en si misma, puede convertir al proyecto emancipador en una figura retórica y adocenada. Marx decía que la política constituye una manifestación derivada y dependiente, no es un nivel autosuficiente, no se explica a sí misma, no tiene un fin en sí misma, se trata de un conjunto de mecanismos y acciones, aparentemente autónomos (sólo aparentemente), orientados a realizar objetivos que siempre son extra-políticos. Va de suyo que siempre se impone la consideración de otros niveles de la realidad social más determinantes, más significativos. Como vimos, Marx no desdeñaba la lucha política, pero esta lucha tenía como fin develar lo subyacente (intereses de clase, conflictos) y avanzar en la realización de objetivos que no son específicamente políticos[9].
Karl Korsch sostenía que
 
Marx pasaba prácticamente de la revolución jacobina burguesa, que pretende resolver las cuestiones sociales y satisfacer las necesidades de las clase trabajadora sub specie rei publicae [itálicas en el original] a la acción autónoma del proletariado moderno, resuelto a buscar las raíces particulares de su opresión y el camino preciso de su liberación en el terreno de la economía política, tratando todas las demás formas de acción social, incluida la política, sólo como medios subordinados de su acción económica [itálicas nuestras][10].
 
El poder popular es básicamente un poder “directamente” social, aunque requiera del poder político. De ahí la contradicción profunda entre toda forma de fetichismo de la organización y las políticas orientadas a la transformación radical de la sociedad.
 
III
Aunque los fervores electorales de una parte de la izquierda independiente se corresponden a la actual coyuntura, la referencia política electoral debe ser pensada en el marco de un horizonte de tiempo largo, en el marco de una tendencia global. En el tiempo largo lo que se percibe es que, desde fines de la década del 90 (aunque se puede partir de más lejos), en Argentina y en Nuestra América, en forma desigual y discontinua, se vienen deteriorando los formatos de representación tradicionales, al tiempo que las clases subalternas y oprimidas reclaman formas de participación directa y un nuevo protagonismo social.
¿A qué se debe este deterioro de los formatos de representación tradicionales, esta deslegitimación del consenso liberal? Hay muchos factores, haremos referencia a uno muy general: la aceleración de los procesos históricos y los cambios en los paradigmas productivos y los patrones tecnológicos impuestos por las grandes corporaciones superan las posibilidades de la política como gestión del ciclo o como administración, tornan insuficientes los instrumentos de un Estado regulador en los marcos capitalistas.
Esta aceleración, estos cambios, vienen generando importantes dislocamientos en las estructuras económicas, sociales y culturales, sobre todo en las sociedades periféricas. Cada vez resulta más evidente la falta de correspondencia entre las demandas crecientes de la sociedad civil popular y la capacidad de las instituciones para satisfacerlas. A lo sumo, las gestiones precapitalistas y moderadamente progresistas podrán limar algunas de las aristas más aberrantes del proceso histórico, pero no podrán evitar que este continúe avanzando y arrasando. No, sin confrontar duramente con las grandes corporaciones locales y trasnacionales. No, sin la participación y la movilización (el protagonismo) del conjunto de pueblo. No, sin una “gran política”.
Un ejemplo entre miles posibles: las inundaciones que afectaron a la ciudad capital de Argentina (Ciudad Autónoma de Buenos Aires) y a la ciudad capital de la provincia de Buenos Aires (La Plata), en abril de 2013, mostraron a los políticos tradicionales –a los de derecha, a los “progresistas” y a los dizque “nacional- populares”–, igual de sobrepasados por los acontecimientos. Absolutamente todos y todas trataron de mostrar la imposibilidad de controlar a las fuerza de la naturaleza cuando en realidad dejaron en claro que hace cuatro décadas que no se puede controlar a la fuerza del capital que ha convertido a los centros urbanos y a sus periferias en sitios en los que es imposible vivir con dignidad y en los que se ha cercenado el derecho a la ciudad.
En Argentina, el kirchnerismo revivió los tradicionales fetiches de la democracia liberal (y la ideología que le sirve de sostén), restituyó la confianza en las doctrinas y prácticas del “retorno al Estado” y la confianza en un “Estado inclusivo”, retrasando, de alguna manera, los procesos de deterioro de esas formas representativas y delegativas, pero sin llegar a revertir esos procesos. Algo similar viene ocurriendo en varios países de la región. Pero se trata de respuestas que, en el mejor de los casos, retrasan la desintegración. Lo más extendido es la estrategia que consiste en disfrazar esa desintegración, recubriéndola con retóricas plebeyas.
Reivindicar hoy los formatos más tradicionales de la representación política y la delegación como ejes centrales de la acumulación política popular es un contrasentido histórico, un gesto de desconexión respecto de los procesos históricos más densos y significativos y de larga duración, caracterizados por un lento pero indeclinable derrumbe de la política tradicional. Es una actitud, en el fondo, conservadora; inhábil para discernir los “signos de los tiempos”. Y puede afectar el trabajo de los sectores de la izquierda independiente con inserción social (una inserción real, sólida y vital, estratégica y profundamente enraizada, ni accesoria, ni “decorativa”), desalentando al activismo y a las bases. Puede confundir a los compañeros y las compañeras cuya praxis y cuya axiología giran alrededor de una política que adquiere sentido sólo cuando sirve a lo social, sólo cuando tiende a ser reabsorbida por lo social.
Sobredimensionar esos formatos implica distanciarse de las praxis que hicieron posible el surgimiento de una nueva subjetividad plebeya (de una enorme potencialidad revolucionaria) hacia fines de la década del 90 y principios del 2000. Implica también la transmisión de valores que no se corresponden con el horizonte de la emancipación.
La identidad fundacional de la izquierda independiente se conformó a partir de los “núcleos de buen sentido” o de los “momentos de verdad” de las clases subalternas. Núcleos y momentos que se caracterizaron por una tendencia a redefinir radicalmente la democracia, por su rechazo a las formas representativas-delegativas, por su rechazo a la figura del militante social y/o político como un “solucionador” de problemas, etc.
La identidad de la izquierda independiente, su lenguaje, su horizonte político, se conformó con los elementos críticos y emancipatorios de la cultura popular y las identidades subalternas que pugnaban por el protagonismo social y político “directo” de los y las de abajo. Una identidad muy alejada cualquier noción institucionalista o mercantil de la política, distante de toda relación en términos de imput-output (demanda-respuesta) entre las instituciones políticas y la sociedad.
Exagerar las posibilidades de las instituciones burguesas, focalizar las energías militantes en las disputas electorales, implica asumir un terreno de disputa que es en esencia intra-sistémico y relegar las praxis orientadas al desarrollo de la auto-organización, la auto-educación y el auto-gobierno de las clases subalternas y oprimidas, la praxis medular de la izquierda independiente. En este sentido, la izquierda independiente deberá precaverse de los procedimientos a-históricos.
 
IV
La experiencia de la Revolución Bolivariana de Venezuela, con la que la izquierda independiente ha establecido diálogos fructíferos, no debería ser decodificada como un caso de revitalización de las clásicas mediaciones entre la sociedad civil y el Estado y de los formatos políticos liberales representativos/delegativos. La Revolución Bolivariana se inscribe en otra tradición. Su naturaleza es otra. Exhibe continuidades con las culturas y tradiciones políticas populares que, en Nuestra América, propusieron una relación directa líder-masas, y en donde las mediaciones e instituciones típicas de la democracia liberal ocuparon un rol secundario. En el caso de la Revolución Bolivariana, cabe destacar un elemento de ruptura respecto de esas culturas y tradiciones políticas populares de Nuestra América, concretamente: un liderazgo (el del comandante Hugo Chávez) que –sin dejar de reeditar algunas taras típicas del caudillismo y las formas más anquilosadas del liderazgo– supo alimentar la autoorganización y las formas de participación directa de las organizaciones de la sociedad civil popular. La vitalidad de la Revolución Bolivariana radicó y radica en esos espacios antiespectaculares (y, por consiguiente, auténticos), donde lo social reabsorbe lo político, y no en sus instancias específicamente institucionales. Por cierto, estas últimas instancias son las que más distorsiones han generado y generan en el proceso revolucionario bolivariano y dejan mucho que desear como “correas de transmisión”. Por lo general se trata de formas de mando que suelen expresarse en prácticas prebendales y en la acentuación del verticalismo.
La izquierda independiente no debe confundir formas de mando con liderazgos, no debe ceder a la tentación del atajo fácil de las primeras ante las dificultades de gestar y multiplicar los segundos.
 
V
Una referencia político electoral afín al proyecto de la izquierda independiente, al asumir la participación en las instituciones de la democracia liberal-burguesa deberá, al mismo tiempo, favorecer las formas de democracia alternativas, las formas de democracia popular, el protagonismo directo del pueblo, que son las formas propias vinculadas a la construcción de poder popular. Si coloca un pie en el Estado, para ponerlo en tensión (más allá de las transacciones necesarias) para resignificar la representatividad, jamás deberá levantar el pie de las construcciones prefigurativas, para protegerlas y para alentarlas permanentemente. Se trata de no reducir las instituciones a lo instituido. Así, la izquierda independiente podrá cuestionar y trascender dialécticamente a esas instituciones, podrá crear otra institucionalidad afín a la clase que vive de su trabajo. Podrá cabalgar con solvencia la paradoja de crear embriones de nueva institucionalidad desde una estructura de mando estatal.
Por ejemplo: al proponer –en la tradición de la Comuna de París de 1871– la revocabilidad de todos los cargos en todo momento, la rendición de cuentas, los mandatos imperativos, el sueldo igual a un sueldo mínimo de un empleado de Estado; al promover abiertamente el protagonismo directo de las bases y la articulación con espacios asamblearios (sobre todo esto último), las representaciones político-electorales de izquierda independiente pondrán en tensión todo el andamiaje de la democracia formal y delegativa. Además, se establecerá “una barrera eficaz al arrivismo y a la caza de cargos” como planteaba Engels respecto de la Comuna de París[11].
Ezequiel Adamovsky planteaba que
 
El problema de la representación no es que haya representantes, sino que estos se conviertan en un grupo especial permanente, que se distinga y se separe del colectivo. Una institución de nuevo tipo debe incluir acuerdos previos acerca de quienes desempeñarán funciones de voceros, delegados o representantes en diversos ámbitos o situaciones, y a partir de qué mecanismos democráticos y transparentes serán designados. Pero también deben existir reglas claras que limiten las posibilidades de que los favorecidos en un momento se transformen en ‘dirigentes profesionales’, fijos, con una capacidad de afectar las decisiones del conjunto mayor que la de los demás[12]. [Itálicas en el original]
 
Una referencia político-electoral de la izquierda independiente no puede dejar de reivindicar a las organizaciones populares y a los movimientos sociales, como ámbitos privilegiados para la toma de decisiones (sobre todo las estratégicas). Claro está: deberá elegir como representantes a elementos confiables. Compañeros y compañeras de las organizaciones populares y los movimientos sociales, militantes referenciados-as en los conflictos, en las luchas, capaces de comunicar masivamente el sentido y los horizontes de esos conflictos y esas luchas. Líderes serenos. Y no expertos-as en el arte de administrar, publicitar, vender.
 
VI
Una referencia político-electoral de la izquierda independiente, no debería recurrir al lenguaje como fuga hacia el “signo” y al “texto”, no debería reclamar el derecho a la participación en el “espectáculo de la política”. El espectáculo y la revolución pertenecen a órdenes diversos y antagónicos. Si se asume el objetivo de ingresar en el espectáculo político, si la política espera que su verdad le sea dictada por el espectáculo, probablemente se termine repudiando lo concreto y negando los conflictos sustanciales y la lucha de clases. El espectáculo es del orden de la gestión. La política reducida a la gestión no está en condiciones de dar cuenta de los antagonismos sociales de fondo de nuestro tiempo y mucho menos de sostener una promesa de emancipación.
Una referencia político-electoral de la izquierda independiente debe hablar un lenguaje similar (es decir: afín) al del espacio que pretende expresar. Debe encontrar una estética original, propia. No debería reproducir el tono, la estética bizarra, y el desgastado discurso promedio del mercado electoral y los “políticos profesionales”: tibio nacionalismo aburguesado, liberalismo, moderación, keynesianismo; todo sazonado con una dosis de paternalismo (o maternalismo), ya sea ilustrado o violento. Este discurso promedio siempre genera suspicacias e incredulidad en la militancia popular. Nadie lo toma en serio.
Georg Christoph Lichtemberg, decía que el lenguaje es filosofía condensada. Un proyecto emancipador no puede manipular el lenguaje, no puede apelar a las “tácticas de enmascaramiento”. Eso sería traicionar su “filosofía”. La izquierda independiente tiene que gestar un lenguaje político que esté a la altura de la poética de sus mejores acciones. Vale recordar que la poiesis es básicamente un hacer creativo. Como decía Rosanvallón: “en política siempre necesitamos palabras que recojan la cosecha de nuestros deseos para constituir el plan de nuestros sueños”[13].
Sin dudas, esta referencia político-electoral debe recurrir a los lenguajes claros y masivos, desprendidos de apelaciones “doctrinarias”, pero eso no debe confundirse con la desideologización, la despolitización o la despoetización del discurso. No hay que olvidar que, en el marco de una estrategia contra-hegemónica, se trata de utilizar el espacio político-electoral con el fin de generar (también desde esa trinchera) una nueva visión crítica de la realidad y universos de sentido nuevos.
Es un grave error, un acto de ingenuidad, o de oportunismo de la peor catadura, sostener que la participación en instancias electorales exige disfrazarse de intra-sistémicos y de trans-clasistas, moviéndose en el universo de sentido estandarizado y “políticamente correcto” del sistema.
Considerar que la “masividad” de una propuesta política se logra vaciando los contenidos o atemperándolos, apelando consignas discretas y a categorías sociales indeterminadas (“la gente”, el pueblo en sentido abstracto, el “cambio” y otras categorías desideologizantes, despolitizantes y despoetizantes), convocando en torno a objetivos muy limitados o partiendo de cierta experticia administrativa, implica renunciar a cualquier propósito anti-sistémico.
Una referencia político-electoral, comprometida con un proyecto contra-hegemónico, afín a un conjunto de espacios anti-sistémicos, debe interpelar a un sujeto plural, diverso, pero al mismo tiempo de clase: un sujeto plebeyo, subalterno y oprimido. De lo contrario, no hace más que reproducir la ideología y el poder dominante.
Jamás habrá que dejar de reivindicar el pluralismo, entre otras cosas porque la lucha contra-hegemónica es una lucha nacional-popular que excede las posibilidades de cualquier sujeto popular específico y acotado. Pero hay que tomar distancia del pluralismo acrítico y liberaloide que promueve la convivencia pacífica con el poder.
Esto vale también para las alianzas. Las alianzas “electorales” con sectores de otros espacios políticos (espacio intrasistémicos, principalmente de centroizquierda o de izquierda institucionalizada, espacios que no se proponen una lucha contra-hegemónica), aunque le garanticen mayor presencia pública y mayor visibilidad social, probablemente terminen desdibujando los perfiles más radicales de la izquierda independiente.
Al mismo tiempo, una referencia político-electoral de la izquierda independiente deberá encontrar una gestualidad propia. Recurriendo a un juego de palabras a lo James Joyce: unos gestos que gesten (acciones), una gesta de los gestos.
VII
No es necesario que tanto las organizaciones de base y los movimientos populares como los frentes socio-políticos que ocasionalmente los puedan nuclear y/o articular, deban convertirse en fuerza electoral. Es más, creemos que no es conveniente. Estas organizaciones, movimientos y frentes pueden apelar a referencias electorales externas sin metamorfosearse en referencia político-electoral, estas referencias externas pueden ser creadas ad-hoc o se pueden celebrar acuerdos con algunas referencias ya existentes. Lo óptimo sería que el espacio de la izquierda independiente cuente con una referencia político-electoral común. Las condiciones exigibles a estas referencias son obvias: que puedan expresarse en el espacio público con el lenguaje de las organizaciones, los movimientos y los frentes socio-políticos, que compartan un plafón identitario general, que partan de lógicas de construcción similares y/o complementarias, que sean confiables, respetuosas de los acuerdos políticos, etc.
Esta “distancia de las representaciones políticas” puede ser una forma de preservar a las organizaciones, a los movimientos y a los frentes, una modalidad apta para no afectar sus tareas estratégicas y a largo plazo, para no afectar su “vitalidad ontológica”. Puede ser necesaria para salvaguardar los ámbitos en los que, en definitiva, se atesora todo lo que vale para la emancipación.
Al mismo tiempo, la distancia de las representaciones políticas, puede contrarrestar las tendencias super-estructurales de las referencias político-electorales, la tendencia a autonomizarse, a hipostasiarse, a conformar elites especializadas, de técnicos o expertos.
El riesgo para la izquierda independiente es idealizar un instrumento marginal invirtiendo los términos, esto es: hacer de una praxis que por naturaleza debe ser externa, coyuntural, efímera, una praxis principal. Y convertir en externas a las praxis estratégicas, asumiendo la mirada del “político”, del “representante”, “del hombre o la mujer al servicio de la gente”, etcétera.
 
VIII
La izquierda independiente vive un tiempo de incertidumbre y de relativa dispersión. Las circunstancias plantean la necesidad de redefinir algunas líneas de acción y exigen la ratificación de sus objetivos más característicos. Extremadamente simplificadas, las disyuntivas serían las siguientes:
O la izquierda independiente ratifica como su principal objetivo la creación de un movimiento social y político antisistémico extenso, variopinto y potente, un movimiento que esté en condiciones de arraigar en el tejido social, de librar batallas significativas, de avanzar en la construcción de un “bloque histórico”, es decir: el horizonte de una “gran política” y su praxis correspondiente, o se convierte y se pervierte en una fuerza más, absorbida por las lógicas de la “pequeña política”, autosatisfecha en su sectarismo o en su inconsistencia ideológica.
O la izquierda independiente se centra en la construcción de múltiples liderazgos sociales arraigados y comprometidos con unas comunidades concretas, o se dedica a construir “referentes” más o menos mediáticos e inicia una deriva (un declive, una decadencia) hacia la centroizquierda o hacia el progresismo.
O la izquierda independiente asume la política ex parte populi, es decir: desde el pueblo, “desde abajo”, proponiendo una democracia radical “donde gobernantes y gobernados se identifican por los menos idealmente en una sola persona y el gobierno se resuelve en el autogobierno”[14], o asume la política ex parte principis, es decir, desde el Estado, desde el punto de vista de una elite política que reclama su “derecho” a gobernar o que se cree “destinada” a gobernar, por mandato de clase, casta o mérito individual.
La perspectiva es determinante, cada posición plantea visiones antagónicas de la política, por ejemplo: a) cambio social o conservación social; b) sistemas de antagonismos (conflictualistas) o sistemas de cohesión (integralistas); c) el horizonte revolucionario de la ruptura del orden, un horizonte marxista, mariateguista, guevarista, etcétera, o el horizonte del orden, un horizonte funcionalista[15], conservador y/o liberal; d) o se asume a la sociedad civil (en sentido gramsciano) como ámbito privilegiado de las praxis emancipatorias, y de la construcción la legitimidad del poder popular, o se privilegia el ámbito del “poder político en sentido estricto” y del Estado, en los procesos de legitimación del poder. Vale insistir en que la opción estratégica por la primera esfera (la de la sociedad civil) no niega la importancia de las disputas y el desarrollo de procesos de legitimación en la segunda esfera (la del poder político en sentido estricto).
O la izquierda independiente persiste en la tarea de construir, cada día, un mundo nuevo, una sociedad anti y poscapitalista, eligiendo cuidadosamente los materiales adecuados, o se suma a la administración de una decadencia.
Claro, existe un camino alternativo a esta polaridad. Es el camino de la izquierda tradicional y que consiste en refugiarse en el dogmatismo y en el sectarismo (el sectarismo del “partido de la clase” o el sectarismo de la organización de base, lo mismo da).
IX
La izquierda independiente deberá asumir que los instrumentos electorales, que las incursiones en los ámbitos democráticos formales, representativos y delegativos son, y serán cada vez más, expresiones parciales y deficientes de la voluntad popular.
Sin sobredimensionar sus capacidades de intervención práctica en el proceso histórico, sin adjudicarle funciones constituyentes directas a favor de las clases subalternas y oprimidas, esos instrumentos, aunque algo caducos en perspectiva histórica, podrán aportar a los procesos de auto-organización, auto-educación y autogobierno popular.
 
Al proponerse incursionar en el terreno electoral, la izquierda independiente deberá asumir la compleja tarea de deslegitimar al poder político en tanto expresión deformada del poder social.
Deberá criticar los criterios cuantitativos y abstractos sobre los que se funda el poder político.
Deberá persistir en la pasión política como pasión por lo real (y no por lo aparente) y deberá rechazar la política concebida y practicada como espectáculo.
Deberá desburocratizar y restituir las funciones políticas a la sociedad, en particular a las clases subalternas y oprimidas.
Deberá cuestionar (y superar) las demandas y las formas tradicionales de la organización partidaria. Deberá evitar caer en el “tacticismo”.
Deberá favorecer la apropiación de los medios de gobierno y poder por los y las de abajo, combatiendo el sustitucionismo en todos los planos.
Deberá responder siempre “revolucionariamente” a situaciones cambiantes pero sin dejar de ser idéntica a sí misma, esto es, sin abandonar el sólido terreno de su prospectiva. En fin, deberá asumir su espacio y su tiempo y vivir con practicidad y con coherencia su utopía y su misión.
 
Lanús Oeste, marzo/mayo de 2013
 
 
Bibliografía general:
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Bobbio, Norberto, Estado, gobierno y sociedad. Por una teoría general de la política, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 1996.
Denis, Roland, Las tres repúblicas. Retrato de una transición desde otra política, Caracas, Ediciones Nuestramérica Rebelde, 2011.
Korsch, Karl, Karl Marx, s/d, Folio, 2004.
Lebowitz, Michael, El socialismo no cae desde el cielo: un nuevo comienzo, Caracas, Monte Avila, 2010.
Marx, Carlos, La guerra civil en Francia, Barcelona, Ediciones de Cultura Popular, 1968. Prólogo de Federico Engels.
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Paoli, Arturo, Dialogo de la liberación, Buenos Aires, Ediciones Carlos Lohlé, 1970.
Rosanvallón, Pierre, La autogestión, Madrid, Fundamentos, 1979.
Serge, Víctor, El año I de la Revolución Rusa, Buenos Aires, Ediciones ryr, 2011.
 


Una versión preliminar de este trabajo fue publicada en: www.laHaine.org el 22 de marzo de 2013. Esta versión fue enviada por el autor a Herramienta el 17 de mayo de 2013.
 
 
[1] En relación a esta cuestión, una fuerza política popular y contra-hegemónica, nunca debería pasar por alto las implicancias prácticas del planteo clásico de Marx: “…la clase obrera no puede limitarse simplemente a tomar posesión de la máquina del Estado tal como está y servirse de ella para sus propios fines”. Marx, Carlos, La guerra civil en Francia, Barcelona, Ediciones de Cultura Popular, 1968, p. 88.
[2] Rosanvallón, Pierre, La autogestión, Madrid, Fundamentos, 1979, p. 102.
[3] Véase: AA.VV, Pensar las autonomías. Alternativas de emancipación al capital y el Estado, México, Sísifo/Bajo Tierra/Jóvenes en Resistencia Alternativa, 2011, especialmente el trabajo de Máximo Modenosi: “El concepto de autonomía en el marxismo contemporáneo” (pp. 23-51).
[4] Estas ideas-fuerza remiten a una concepción de la nación que prioriza las articulaciones con la “comunidad” por sobre las articulaciones con el Estado. Téngase en cuenta que Marx proponía organizar “la unidad de la nación” sobre la base del “régimen comunal” y la destrucción del poder del Estado. Asimismo, Marx consideraba que un auténtico gobierno “nacional” debía ser la representación de “todos los elementos sanos”, es decir: del pueblo pobre, del pueblo trabajador en lucha por su emancipación. De este modo lo nacional (plebeyo, popular) se constituía en punto de partida del internacionalismo más genuino. Véase: Marx, Carlos, La guerra civil en Francia, op. cit. pp. 96 y 107.
[5] Creemos que no se puede afirmar lo mismo de algunas tendencias “politicistas” que se han puesto de manifiesto en el espacio de la izquierda independiente.
[6] Cabe agregar que en las universidades públicas predomina una educación orientada al éxito económico individual y al mando y no una formación orientada a la “disposición de sí mismo”. En las universidades privadas estas orientaciones son directamente celebradas, al igual que su condición excluyente. Esta afirmación dista de todo determinismo clasista. Asimismo reafirmamos la importancia de la universidad pública y sus posibilidades de generar conocimientos y prácticas que aporten a los procesos emancipatorios y al buen vivir del pueblo.
[7] Véase: Basso, Lelio: “La partecipazione antagonistica”, en: Neocapitalismo y sinistra europea, Bari, Laterza editore, 1969.
[8] Contra-hegemónico quiere decir: antiimperialista, anticapitalista y antisistémico (crítico de toda relación jerárquica, opresiva y destructora de la naturaleza: patriarcado, sexismo, etnocentrismo, productivismo, etc.).
[9] Véase: Marx, Carlos y Engels, Federico, La ideología alemana, Buenos Aires, Ediciones Pueblos Unidos, 1985. (Principalmente la Introducción “Feuerbach. Contraposición entre la concepción materialista e idealista”). Véase también: Marx, Carlos, Miseria de la Filosofía, Madrid, Sarpe, 1984; Marx, Carlos, La guerra civil en Francia, op. cit., y Marx, Carlos, Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (Grundrisse) 1857-1858, Tomos 1 y 2, México, Siglo XXI, 1997.
[10] Korsch, Karl, Karl Marx, s/d, Folio, 2004, p. 71.
[11] Véase: Engels, Federico, “Prólogo” a: Marx, Carlos, La guerra civil en Francia, op. cit, p. 28.
[12] Adamovsky, Ezequiel: “Problemas de la política autónoma: pensando el pasaje de lo social a lo político”, en: AA.VV., Pensar las autonomías. Alternativas de emancipación al capital y el Estado, México, Sísifo/Bajo Tierra/Jóvenes en Resistencia Alternativa, 2011, p. 229.
[13] Rosanvallón, Pierre, op. cit, p. 17.
[14] Bobbio, Norberto, Estado, gobierno y sociedad. Por una teoría general de la política, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 1996, p. 82.
[15] Sin entrar en detalles, planteamos que el horizonte funcionalista, entre otros elementos, se caracteriza por escindir la política de lo material (lo económico), lo social, lo cultural, etc. Concibe a la política como un “subsistema” absolutamente autónomo.