Evocando el pasado, construyendo la memoria. Las trabajadoras de Alpargatas Barracas en la huelga de Abril de 1979

Mitidieri, Gabriela

Este artículo es una invitación para seguir reflexionando en torno a las prácticas obreras de oposición y resistencia a la última dictadura militar argentina. Parte de una voluntad político–historiográfica de situar las prácticas de una clase diezmada por el terrorismo de Estado en su agencia histórica. Y también es un estudio de caso –la huelga de una fábrica textil del barrio porteño de Barracas– que se apoya en la historia oral. Sus herramientas nos motivan a asumir un compromiso político con nuestros entrevistados como sujetos históricos y a valorar la riqueza de los matices vivenciados, matices que nos dan la pauta de estar frente a sujetos ambiguos, contradictorios, con diversas estrategias y expectativas, y nunca perfectos exponentes ideales de lo que la clase obrera debería ser, sino individuos históricos, que encarnan la complejidad de haber vivido en su rol de trabajadores/as la desarticulación integral del sector industrial por parte de la dictadura y, posteriormente, la decadencia y la profundización de un vaciamiento económico–ideológico a lo largo de la década del ‘90. A la vez, propongo pensar este conflicto atravesado por el género para explorar la experiencia proletaria, no sólo en términos de explotación, contexto opresivo, pérdida de derechos laborales y sindicales, sino también a partir de comprender cada uno de esos fenómenos en sus intersecciones con la categoría de género.
 
La huelga en contexto
 
El conflicto gremial de Alpargatas Barracas de abril de 1979 formó parte de un momento de inflexión y recuperación de las estructuras sindicales nacionales que desembocó, ese mismo año, en la realización la primera huelga general de este período. En paralelo se vivía una modificación radical de la estructura productiva industrial que había caracterizado al país en las cuatro décadas previas –la industrialización por sustitución de importaciones– y un corrimiento hacia la actividad financiera. La contrapartida de esto fue el fortalecimiento de grupos económicos diversificados, entre los cuales encontramos al grupo Roberts, responsable directo de Alpargatas S.A., establecimiento industrial histórico que experimentaría sus últimos años de gloria durante la dictadura. Entonces, la clave para entender esta y otras huelgas del período es poder vincular el cambio del patrón de acumulación de capital con las políticas represivas que apuntaron a desarticular el poder sindical y la capacidad de organización obrera en los lugares de trabajo.[1] El cierre de establecimientos fabriles, la caída estrepitosa de la capacidad de compra del salario, sumado a leyes que prohibieron la actividad sindical y el derecho a huelga, la ilegalización de la CGT y las 62 organizaciones, la intervención de numerosos sindicatos, la persecución de líderes sindicales, la desaparición de dirigentes y activistas de base, son medidas que operaron como correlato de la desindustrialización a nivel macro, vivenciada como una inmensa ruptura en el cotidiano de la clase trabajadora en su conjunto.
Para pensar el caso Alpargatas Barracas, detenernos en la huelga de 1979 nos da pie para explorar las tensiones internas que cristalizan en el conflicto. Podemos de esa manera entenderla como un momento bisagra dentro de la organización de la producción en la fábrica que desarticuló la función político–sindical de los delegados de planta, ya que el desenlace del conflicto devino en una operación patronal para despedir masivamente a obreras y obreros con algún tipo de participación gremial, así como también a trabajadores considerados “ineficientes” o “problemáticos”.
 
“Cuando Alpargatas era Alpargatas”
 
Esta fue la frase que se repitió en boca de todos/as los/as testimoniantes para hablar de esta suerte de pasado emblemático. Coincidían en su evocación de una imagen de bullicio y movimiento febril, de entrada y salida de centenares de trabajadores, caminando presurosos por Avenida Patricios, activando a su paso toda la red de comercios del barrio, que vivía gracias a esa agitada dinámica diaria. En el comienzo de cada uno de los tres turnos, era común observar la nutrida dotación de colectivos que venían desde zona sur y “descargaban” un centenar de pasajeros/as, operarios/as de la fábrica.
Por su parte, el testimonio de trabajadoras que sobrevivieron a la huelga, nos posibilita adentrarnos en un discurso que reelaboró el recuerdo de lo vivido a la luz de la decadencia de los ’90. Recordar las características positivas de ese pasado era tanto una forma de contrastar con la precariedad presente del pos menemismo, como una fuente de donde extraer elementos para articular posibilidades de organización y resistencia. Sin embargo al indagar dentro de los testimonios no es difícil percibir ciertas fisuras: entreverados con esas apreciaciones de un pasado idílico, encontramos datos que nos permiten dimensionar las modalidades de explotación de la fuerza de trabajo, reconocidas claramente por sus trabajadoras.
Los casos de Graciela y Marta[2] comparten muchos rasgos en común. Ambas ingresaron muy jóvenes a la sección “costura de indumentaria”, recomendadas por familiares que ya trabajaban en la fábrica y, con el correr de los años, fueron ascendidas como empleadas. Esto conllevaba muchos cambios: en primer lugar, dejaban de estar sindicalizadas dentro de la poderosa Asociación Obrera Textil (AOT), para quedar agremiadas en el mucho más débil y pro patronal SETYA (Sindicato de Empleados Textiles y Afines), que rara vez se adhería a un paro propuesto por la AOT y, si llegaba a alcanzar masividad, dejaba librado a la voluntad de sus empleados cómo proseguir, pero se encargaba de desalentar futuras participaciones, llevando un prolijo registro de aquellos/as que decidían adherirse a la medida. Más allá de las falencias gremiales de devenir empleada, existía una notable percepción de mejoría con el ascenso por parte de las ex obreras: tanto Marta como Graciela referían que significaba, entre otras cosas, que los jefes te miraran a los ojos, te tutearan. Había una sensación de haber perdido la invisibilidad de ser operaria. Y esto, en el cotidiano de Alpargatas, se llevaba casi en la piel: cada sección del escalafón jerárquico contaba con su propio color de uniforme. Marta refiere que en sus momentos de operaria, bastaba ver “uno de clarito” para saber que era jefe y que había que tener miedo y respeto frente a su presencia.
Al evocar los años de trabajo en la sección de costura, Graciela relata:
 
A las 6 de la mañana yo tenía que estar en la máquina. Porque tenías que coser 125 camisas por hora! con 125 recién llegaba a la base, así que para ganar Producción (bono) tenías que hacer más de eso. Había horas que tenía que trabajar mucho para que me quedara el tiempo para poder tomarme el descanso, para poder irme a bañar y todo eso. Si no hacías las 125 por hora como que te llamaban la atención, aparte de que te venían a controlar la calidad, a ver si lo hacías bien. Vos no podías levantarte e ir al baño, tenías que ir en tu descanso.
 
El trabajo consistía en coser pero, como narra Graciela, había una cantidad estipulada que además debía contar con una cierta calidad en la confección, lo que agregaba presión sobre las trabajadoras. Pese a las regulaciones legales referidas a los tiempos de descanso, la seguridad y las condiciones de salubridad que debían regir en las plantas fabriles, en esa época en Alpargatas aún no se habían colocado ventiladores en las secciones de producción. Al calor de los meses de verano se le sumaba la temperatura que aportaba el propio funcionamiento de las máquinas: “Yo ¿sabés qué me acuerdo? En el verano cuando yo estaba en fábrica, repartían pastillas de sal por si te bajaba la presión. ¡Claro! repartían pastillas de sal”.
Y en paralelo, desde los testimonios rescatamos fragmentos en los que observamos de qué manera específica el género operaba como un principio específico sobre el cual se asentaba la explotación de la mano de obra femenina. Nélida[3], o “Neli”, como prefiere que la llamen, entró con 28 años en Alpargatas, recomendada por una amiga que sabía que ella tenía cierta experiencia en el ámbito textil, por haber trabajado en la fábrica Masllorens, el mismo establecimiento en el que su madre había sido operaria.
Neli recuerda su ingreso en Alpargatas como un episodio atípico en lo que se suponía iba a ser su vida de mujer adulta: casarse, tener hijos, atender la casa. Pero el fallecimiento de su padre y la necesidad de un nuevo ingreso monetario al hogar hizo que se decidiera. Y si bien los sueldos no eran muy altos en Alpargatas, pronto aprendió que “hacer Producción”, es decir, superar el mínimo de prendas hechas por jornada laboral para cobrar un bono adicional, podía ser un buen complemento del ingreso. Cada tarea estaba cronometrada y las operarias se acostumbraban a limitarse a su tarea específica. No se confeccionaba una prenda en su totalidad sino que había una operaria, como Neli, encargada de unir fragmentos de pantalón, otra a cargo de coser bolsillos, una más que se limitaba a aplicar botones. Y estas tareas eran llevadas a cabo exclusivamente por mujeres. Los operarios hombres traían los pedidos y, en el recuerdo de Neli, operaban la máquina pesada de secciones como Tejeduría. De todos modos, al describir su propia máquina de trabajo –la máquina de coser industrial Union Special–, Neli decía:
 
Igual mi máquina también era difícil de manejar. La máquina de coser, sí, Union Special, se llamaba, era alemana... eran máquinas que vos las apretabas, tenías que apretar, estaba el pedal como el de tu casa pero eléctrico. Sabés tocabas el pedal y salía pum, sabés cómo! Se enhebraba por arriba y por abajo, un dedo que te agarrabas. Y, sí, a veces te lastimabas. Si vos apretabas fuerte... Unas máquinas grandes. Así que bueno... pero ahí adentro, te digo, yo pasé momentos muy lindos trabajando. Yo nunca estuve mal. Lo que iba a hacer me gustaba.
 
En estos testimonios se evidencia la intensidad de la jornada laboral en los momentos previos a la huelga. Sobre todo en las ramas de textiles y calzado que eran netamente femeninos. Por un lado, de acuerdo a lo expuesto por Neli, observamos una línea de producción cuyas características corresponden a una organización de tipo taylorista, entendida como consolidación del régimen de Gran Industria dentro del capitalismo, en la cual cada uno/a de los/as obreros/as se encuentran despojados del conocimiento total acerca de la elaboración del producto final. Su labor es una microfracción vigilada y cronometrada, repetida hasta el hartazgo. El bono por intensificar aún más sus ritmos de trabajo está ya instalado como el suplemento obvio del bajo salario que perciben y conseguirlo implica resignar el descanso obligatorio que parece atentar contra la correcta racionalización. Por otro lado, el proceso no sólo es intenso sino que implica en algunas instancias la manipulación de maquinaria voluminosa. En el testimonio de Neli la verdadera maquinaria sólo es empleada por hombres, aún cuando toda la evidencia señala que la utilizada en las labores productivas designadas como “femeninas” presenta similar complejidad, riesgos de uso y, en algunos casos, tamaño significativo que obliga a la obrera a maniobrar con todo el cuerpo para su puesta en funcionamiento: tanto Graciela como Marta, que comenzaron trabajando en la misma sección de costura en la que se desempeñó Neli, señalaban que para frenar la máquina tenían que traccionarla con un enérgico golpe de pierna, que les tomó práctica dominar.
 
La huelga
 
El 30 de marzo de 1979, se inició dentro de Alpargatas la medida huelguística en reclamo de aumentos salariales y el reclamo se extiende hacia todo el plantel operario de las tres fábricas que la firma poseía en Barracas. Hugo Di Maio, director del periódico barrial Rumbos, tenía en ese momento 20 años. Al preguntarle acerca del episodio, él recuerda las masivas asambleas en la puerta y la solidaridad de los comercios del barrio con los huelguistas, en esos primeros días de conflicto[4]. Cabe destacar que desde comienzos de la dictadura militar la pérdida de la capacidad de compra del salario había ido en aumento. Entre 1976 y 1978, la eliminación de todo control de precios y el congelamiento de los salarios nominales condujo a una fuerte reducción del salario real. Se constata una recomposición durante 1979, sin embargo vuelve a caer entre 1980 y 1982 y se mantiene en todo momento aproximadamente un 50% por debajo del salario mínimo real en 1975.[5]
Tras el desencadenamiento de la huelga[6] se realizó una reunión en el Ministerio de Trabajo, presidida por el Director nacional de relaciones laborales, Vicecomodoro Rogelio Maciel, con el representante de las comisiones internas de fábrica, Pedro Goyeneche, junto con directivos de Alpargatas como Patricio Zavalía Lagos (el encuentro fue inmediatamente posterior a la decisión por parte de los/as obreros/as de continuar con la medida). Durante la reunión el ministerio informó a los presentes que los trabajadores de las plantas 1, 2 y 3 de Alpargatas, localizadas en Avenida Patricios 1050, Avenida Patricios 1053 y Avenida Patricios 1179 estaban violando la ley 21.400, por la cual la huelga era considerada como delito penal[7]. Esta advertencia fue transmitida a los miembros de la Comisión Interna, quienes directamente informaron a los trabajadores y el texto del acta fue pegado en los muros de la fábrica. De todos modos, los/as operarios/as que estaban organizando la medida decidieron rechazarla y mantener la protesta, así como también insistir en sus demandas de aumento salarial. Así, seis días después de iniciada la medida, el matutino platense El Día refiere el cierre de las tres fábricas (lock out patronal), en represalia contra los obreros en huelga que mantenían el paro llevado a cabo desde el viernes anterior[8]. Los delegados gremiales encabezados por Pedro Goyeneche y los representantes de la empresa acordaron, en una reunión el día 11 de abril de 1979, que se les pagaría a los trabajadores los días durante los cuales la empresa estuvo cerrada y el bono por presentismo. También acordaron que un número indeterminado de trabajadores sería despedido.
Nélida recuerda la huelga en estos términos:
 
Me acuerdo perfectamente cómo fue todo... Pidieron un aumento de sueldo, pero yo tenía una experiencia ya, de textil y de gente que había trabajado en Alpargatas. Mi mamá trabajaba en otra empresa textil que se llamaba Masllorens, que estaba en Crucesita (Avellaneda). En el año '59, habían estado 45 días de paro pidiendo un aumento de sueldo y a los 45 (días) entraron con la cabeza baja a trabajar, y el sueldo que le dieran. Entonces en ese momento, yo me acuerdo, empezó, en el año '79 la huelga, a organizarse, a hacerse, en Fábrica 2, donde estaba tejeduría, donde ahora está la venta (Outlet). [...] Hubo quien paró y quien no, ahí donde estábamos nosotras. Y ahí, “Y Neli? paramos? no paramos?” “Y, mirá, yo me acuerdo que mi mamá, en el año '59, mi mamá, 45 días! todos los textiles habían parado, no Alpargatas. Todos los textiles. Y entraron como... peor todavía! porque después había que bancársela. [...] Y un día fuimos y estaba cerrado, las puertas cerradas. Pero estuvimos así como 15 días, 20 días. La cosa es que uno no sabía. Un día, me llega un telegrama del Ministerio de Trabajo, que me presentara tal día a las 13 horas en Alpargatas, en mi lugar de trabajo. Voy con el telegrama y ahí sí, estaban los jefes, ahí me presenté “Ah, sí, bueno, Nélida, pase a trabajar. Va a trabajar? “Sí” “bueno pase a trabajar”. En el sector éramos dos. De 400, 500 personas habrán entrado 15! Y ahí hicieron la gran limpieza que ellos querían hacer. Esa fue la historia. [...] De las delegadas, ninguna entró.
 
A partir del testimonio de Neli, podemos extraer diferentes elementos relevantes. En primer lugar, para ella, recordar la huelga significa enlazar el suceso con la experiencia de vida con la cual ella construye la propia noción de “huelga”. Neli trae al relato la historia de su madre, obrera textil como ella, y la vivencia transmitida de derrota en la lucha gremial. Y esto nos permite leer su evocación, por un lado, en la consideración de que, si bien la dictadura militar fue vivida por la amplia mayoría de los trabajadores como un momento especialmente duro, éste se insertaba en un período de largo aliento de múltiples derrotas y retrocesos que puede rastrearse a partir de la caída de Perón en 1955[9]. De esta manera, es posible comenzar a discutir lo planteado por Basualdo en su análisis del caso Alpargatas Barracas, en donde la autora propone que la falta de percepción del Golpe como ruptura estaría ligada a una ideología paternalista adoptada por los/as obreros/as en la que se construye un “nosotros” no alterado por la dictadura, compuesto por la gran familia Alpargatas[10]. Esta caracterización choca además con lo analizado respecto de las voces de nuestras testimoniantes que son capaces de dar cuenta de la intensidad de la explotación y de las desigualdades manifiestas entre los distintos eslabones jerárquicos. De cualquier modo, este es un nudo problemático en el que entrevemos la necesidad de pensar críticamente las cronologías propuestas para analizar a la clase obrera argentina, para poder dimensionar cabalmente las continuidades y rupturas en la segunda mitad del siglo XX.  
Por otra parte, lo que observaremos en testimonios posteriores es que, desde la oralidad de estos trabajadores/as se estructuró un recuerdo en el cual la normalidad de aquellos tiempos está atravesada por situaciones de terror y opresión que fueron incorporadas al cotidiano. También podemos analizar ese primer fragmento del testimonio de Neli valorando la importancia de las relaciones sociales que se vertebran al interior de la clase obrera y cómo el ámbito familiar es un espacio fundante de recuperación y reapropiación de nociones vinculadas a la experiencia obrera fabril. En el caso de Neli, la pregunta por la huelga del '79 entronca casi automáticamente con el modo en el que ella recuerda lo transmitido y percibido en su infancia acerca de la vivencia obrera de su madre. Aun más, en su testimonio la evocación por la huelga del '59 no es meramente una elaboración posterior en la que ella realiza una relectura del suceso y conecta los hechos, sino que ella refiere haber actuado durante el conflicto trayendo frente a sus compañeros/as la memoria del desenlace de esa otra huelga.  De esta manera, a través del análisis del testimonio de Neli, la huelga constituyó una experiencia de organización fabril, quizás la última dentro de Alpargatas Barracas, en la que intervinieron activamente hombres y mujeres, desafiando, no sólo la prohibición dictatorial de manifestarse, sino también la propia conducción sindical del sindicato intervenido. Y su voz nos permite además aproximarnos a los límites de esa organización y de qué manera las expectativas de corto y largo plazo de los/as trabajadores/as son moldeadas por la experiencia que los construye como sujetos.
 
De la dictadura al menemismo
 
Si bien es de una complejidad que excede los límites de lo que este trabajo pretende revisar, un somero análisis de las impresiones que estas trabajadoras registraron en relación a la irrupción del golpe militar, nos ayuda a comprender desde la historia social el modo en el que elementos sumamente opresivos se insertaron en el cotidiano. De esta manera, puede interpretarse la fuente oral en su historicidad y la naturalización del horror como parte de una estrategia de supervivencia de la que, aún hoy, la testimoniante puede no tener cabal conciencia.
A la pregunta: “Y vos, que entraste en el ’70… El clima de trabajo, ¿sentiste que cambió de alguna manera cuando empezó la dictadura?”, responde Nélida:
 
No, no, ahí vos no te dabas cuenta de nada. Vos ibas a trabajar. Lo único que te daba... Es que a veces había los camiones esperando, porque había gente subversiva adentro también. A veces desaparecían gente, ¿viste? A veces me decían, ¿viste aquella chica?... La que era subversiva no lo contaba. [...] Pero eso no, vos cuando entrabas ahí adentro era a trabajar.
 
Desde el testimonio de Neli nos encontramos con una distinción del adentro y del afuera de la fábrica que nos da la pauta de un disciplinamiento operado con éxito: el espacio laboral no será ya más percibido como una arena de disputas. Las prácticas de militancia gremial de las obreras serán evidenciadas como merecedoras de eliminación. Y, progresivamente, se asume que el compromiso político ideológico deberá ser un elemento a reservarse para uno/a, a no compartir. La propia mención de las compañeras como “subversivas” nos brinda un factor para interpretar la difusión de este tipo de discurso y la apropiación por parte de las trabajadoras que, como Neli, tuvieron que, de algún modo, justificar su supervivencia tras la huelga. Por otra parte, como referíamos previamente, el recuerdo de la huelga y del contexto más amplio de la dictadura también se realiza después de haber sobrevivido al vaciamiento operado sobre la fábrica durante el menemismo. Y en su testimonio podemos observar de qué manera el disciplinamiento que tuvo lugar durante la dictadura, sumado a la profundización del neoliberalismo en la década del ’90, fue ampliamente exitoso en lo que refiere a la desmovilización de los trabajadores:
 
No, después del ’79 yo no recuerdo otros paros. Así, estar mal, sí, de decir cuando... eh, no nos pagaban y eso, pero nunca hicimos paro. [...] Hubo personas que estuvieron muy mal... Ponele, el sueldo era de $400 y el viernes te daban $50 y a los 15 días otros $50 y los $300 que faltaban iban a deuda. Y así estuvimos como 2 años... que fue Gotelli [se refiere a Guillermo Gotelli, directivo de Alpargatas durante la década del ’90]. Este Gotelli en el '94, '95 empezó a cortar cosas: guardería, comedor, la clínica médica, la [clínica] odontológica. Pero así y todo, no se organizó ningún reclamo. No, la gente tenía miedo, ¿viste? la gente es muy miedosa... un día vinieron los de Varela a pedir explicaciones, ¿por qué? porque acá estaba la central. Y yo dije, ¿vamos a ver? ¿a ver qué les dicen a los de Varela? Fuimos dos. Nos sacaron cagando. Nadie quería hacerse ver. La gente tiene miedo, de que va a perder el trabajo, esas cosas. [...] Pero te digo, la hemos pasado feo. No por Alpargatas, sino por el que la dirigió. Y después, sino, te daban mercadería para que vendieras, como parte de pago: toallas, repasadores, sábanas y las vendías por tu barrio. Yo así le hice la fiesta de 15 a mi hija. “¿Vos querés fiesta? Ayudame a vender”. Era el 1 a 1 y bueno, los vendimos y en 2 meses, 5 mil dólares. Ojo, otra gente lo hacía para comer. Fue bravo.
 
Sin embargo, aunque no hubiera podido articularse una movilización en contra de ese vaciamiento, persistía un sentimiento de injusticia, de ruptura de pacto, que anulaba la posibilidad de continuar manteniendo la ficción de una gran empresa familiar. De manera similar a lo analizado por Peter Winn para el caso de los trabajadores de la fábrica textil chilena Yarur:
 
Habían sido leales con Yarur [fundador de la empresa] porque él había sido leal con ellos. Esta lealtad estuvo basada en un contrato social implícito: lealtad por trabajo seguro. Ahora sus hijos [los hijos del viejo Yarur] habían quebrado esa garantía y disuelto ese contrato y con ello, quebrado el cemento paternalista que mantuvo el sistema social de la fábrica[11].
 

A modo de cierre
 
El presente artículo tiene el carácter de una primera gran aproximación a la huelga, a través de las voces de trabajadoras de Alpargatas que vivieron el proceso histórico que condujo a la medida gremial y que, en algunos casos, continuaron trabajando luego de su culminación. Es a partir de sus testimonios que descubrimos la manera particular en la cual este pasado es evocado y constatamos que, en efecto, la conciencia presente de estas trabajadoras, el modo particular en el que entienden su situación actual y pasada, es el fruto de la experiencia condensada, de la socialización al interior de la fábrica, pero también en el barrio y dentro de la familia. Las tradiciones que se heredan y se reconstruyen modelan las expectativas de corto o largo plazo: qué luchas pueden darse, cuáles deberían haberse dado, cuáles habrán de ser ganadas y cuáles no. Esta cultura obrera constituye la matriz fluida a partir de la cual nuevas situaciones son interpretadas por los/as trabajadores/as. La dictadura militar consiguió en más de un modo desarticular la potencia política y la autonomía organizativa de la clase obrera, pero resta indagar qué elementos de oposición pervivieron durante el menemismo y cuáles fueron las manifestaciones de esa oposición, ya que el disciplinamiento operado no fue enteramente exitoso: los/as obreros/as pudieron apelar a ese pasado industrial imponente para interpretar que la anulación de conquistas laborales y la represión a la organización fabril constituían una ruptura del pacto, un quiebre en lo que era pasible de ser tolerado por parte de los/as trabajadores/as.


 

Este artículo es parte de una investigación en proceso. Agradezco mucho la generosidad y paciencia de las trabajadoras de Alpargatas entrevistadas, Neli, Graciela, Marta, Mónica y Rosario, y los valiosos aportes y críticas de la Dra. Valeria S. Pita. Enviado por la autora para su publicación en Herramienta

 


[1] Ver V. Basualdo et al, La clase trabajadora durante la última dictadura militar argentina. 1976–1983. Apuntes para una discusión sobre la resistencia obrera. En www.comisionporlamemoria.org/.../dossier14versionfinal.pdf
[2] Graciela, 52 años, empleada de Alpargatas desde 1974, ingresó como obrera y la ascendieron a empleada administrativa en el año 1978; Marta, 65 años, empleada de Alpargatas desde 1969, ingresó como obrera y la ascendieron a empleada administrativa en el año 1971; Entrevista realizada el 2 de marzo de 2012.
[3] Nélida, jubilada, 68 años, trabajó en Alpargatas desde el año 1971, primero como operaria y desde el año ’82 como empleada administrativa hasta el año 2008. Entrevista realizada el 22 de marzo de 2012.
[4]  Entrevista realizada en enero de 2012.
[5] Cf. Pozzi, P., La oposición obrera a la dictadura (1976–1982). Ed. Imago Mundi: Buenos Aires, 2008, p. 215.
[6] V. Basualdo, Labor and structural change: Shop–floor organization and militancy in Argentine industrial factories (1943–1983). Tesis de doctorado, Columbia University, 2010, ps. 365 y 369.
[7] La ley 21.400 o Ley de Seguridad Industrial sancionaba con penas que van desde el despido sin indemnización hasta prisión por seis años a quien apelara a medidas de fuerza en su lugar de trabajo.
[8] El Día (5 de Abril de 1979).
[9]“En términos generales, y con efímeros momentos de mejoría, la situación de los trabajadores ha sido mala desde 1955. El salario descendió abruptamente en 1976; cierto, pero dentro de una tendencia descendente desde 1952. Es cierto que se perdieron conquistas; pero también se perdieron en 1955, 1962 y 1966. Hubo represión, pero para los trabajadores ésta existe por lo menos desde la Revolución Libertadora. [...] Esto no quiere decir que los retrocesos de 1976 fueron escasos o que fue lo mismo que 1966. Lo que sí quiere decir es que para el trabajador 1976 no fue el diluvio, sino más bien un mal momento (quizás uno de los más malos) dentro de un período negro que se inició con el derrocamiento del General Perón. Todo esto no hace al golpe de 1976 indiferente, y mucho menos sin consecuencias para los trabajadores, pero sí lo pone en su correcta dimensión” (Pozzi, op. cit. pág 13).
[10] V.Basualdo, op.cit., pág. 363
[11] Winn, P., Tejedores de la revolución. Los trabajadores de Yarur y la vía chilena al socialismo. LOM: 2004, págs. 78s.