Walsh, El criptógrafo. Escritura y acción política en la obra de Rodolfo Walsh, de Silvia Beatriz Adoue

Dialektik Editora/ El Colectivo: Buenos Aires, 2011, 141 págs.
 
Los años finales de la primera mitad del siglo XX en la Argentina fueron de intensa efervescencia política. Perón, que había sido electo por primera vez en 1946, logró concretar durante algunos años una significativa expansión capitalista, en el marco de la posguerra, con logros sustantivos para el trabajo y para los trabajadores, negociando las contradicciones internas del capital y, en gran medida, el conflicto de la burguesía. De esa manera, bajo el peronismo pudieron desarrollarse importantes organizaciones y movimientos populares y de trabajadores. Pero a comienzos de 1950, se agudizaron las contradicciones.
Perón es derribado en 1955, bajo la presión de una fuerte crisis económica que combinó la insustentabilidad del sistema distribucionista frente a la capacidad productiva del país, y un complejo contexto de recuperación norteamericana y disputa por los mercados europeos en reconstrucción, a los que la Argentina había ingresado exportaciones de granos y carnes. Comenzó la “Revolución Libertadora”. Al año siguiente fracasó una intentona militar para restablecer a Perón en el gobierno, con un saldo de 31 muertos, entre civiles y militares, fusilados por orden del Estado. En 1957 el peronismo es ilegalizado y al mismo tiempo se convierte en una poderosa fuerza de resistencia social.
Este período y lo entonces acontecido impactó decisivamente a la literatura argentina. Pero el libro de Silvia Beatriz Adoue va más allá de esta constatación obvia. Muestra, que bajo determinadas condiciones históricas y ante ciertos acontecimientos, el individuo es tocado y pasar entonces a intervenir en la historia. El putch militar del 9 de julio, conducido por los generales Valle y Tanco en un intento desesperado (el adjetivo es nuestro) para reponer a Perón en el gobierno, transformará sustancialmente la literatura de un hombre de familia irlandesa, simpatizante de la “Revolución Libertadora” y fiel al enigma a la inglesa, con referentes como Borges o Conan Doyle, pero también Arlt. Se trata de Rodolfo Walsh que, cuando se encuentra con los asesinatos promovidos por el Estado en aquella fatídica noche de junio de 1956, comienza a desconfiar del gobierno al que había apoyado hasta entonces. En el primer capítulo de su libro, Silvia Adoue analiza las modificaciones en la obra de uno de los mayores nombres de la literatura argentina, cuando el autor abandona el modelo del enigma policial y vá al encuentro de formas literarias con mas capacidad de representar la historia, descubriendo el “testimonio”.
Silvia Adoue nos muestra de que manera la quiebra de la confianza en el Estado, puede, en ciertas condiciones, crear un ambiente propicio para la acción cuestionadora y contestataria. Es así que Walsh comienza su investigación periodística y, en 1961, escribe su última ficción.
El segundo capítulo está dedicado a la obra de investigación de Walsh. Aquí, el objeto de su interés son las complejas relaciones entre escritura, investigación y actividad política. La autora se aboca a la trilogía de investigación: Operación Masacre, El Caso Satanowsky y ¿Quién mató a Rosendo? Si en el primer capítulo se apunta al peso de la historia sobre el individuo, ahora lo central pasa a ser el modo en que el individuo la reelabora y actúa sobre ella. Se lo hace reflejando la aparición de la literatura testimonial en la obra de Walsh: “La literatura testimonial surge de la necesidad literária o extra literaria de tratar de encontrar las formas adecuadas para narrar la violencia y nos remite siempre al cruzamiento entre literatura e historia, o entre literatura y política” (pág. 47).
Queda claro que para Adoue, en la contemporaneidad, la violencia es una mediación estructurante de las relaciones sociales, como expoliación y explotación del trabajo y del trabajador y –en ésto recae su mayor atención- como interdicción o interrupción del desarrollo de las potencialidades humanas.
Es de ese choque del que emergen aspectos de la concepción de literatura que Adoue extrae de Walsh. Es el lugar donde la literatura puede actuar. La narrativa para el militante argentino es, pues, un campo de batalla. Esta no es sólo la clave para pensar la literatura testimonial de aquella época, como sostiene Adoue. Es la clave para pensar la intervención del sujeto en la historia a través de las formas de conciencia artística. En América latina, la narrativa es la forma por excelencia de dar sentido a la historia de las clases subalternas. Es así como se apropian de ella.
Eso debe explicar por qué la narrativa de Walsh no es afecta a héroes: “... Hay sólo hombres y mujeres que se atreven, en mayor o menor medida, a un pequeño gesto” (pág. 56).
La trilogía de investigación de Walsh está dedicada a la violencia del Estado. Adoue explica: La violencia estatal ocupa mucho en la literatura argentina. Y la clave para la comprensión de las tres obras analizadas es la relación entre poder, saber y verdad. En su obra más famosa, Operación Masacre, “La destrucción del discurso hegemónico, por la presentación de las ‘evidencias’, es un esfuerzo para construir una ‘verdad’ que es, también, una verdad partidaria” y que sólo se constituye en el proceso de su formulación, “...pero actúa en un ‘terreno común’ de narrativas” (pág. 80).
En el tercer capítulo, Silvia Adoue se concentra en los cuentos, lo que sería la parte “más literaria” del autor: aquí se encuentra alguna tensión entre la autoría, la militancia y el lugar del intelectual. (pág. 19). Son los efectos de la revolución cubana sobre el intelectual y el militante. Walsh viaja a Cuba a integrar el grupo que se ocupa de Prensa Latina. Allá actúa como criptógrafo, una actividad decisiva para su producción literaria: “Leer con lentitud para recoger las señales es la capacidad que Walsh cultivará para alimentar su oficio de criptógrafo. Es la cualidad que atraviesa su trilogía de investigación y su trabajo periodístico” (pág. 31). Tiene el rigor del investigador, reúne pruebas, sopesa hipótesis, recoje testimonios. Su concepción de militancia incluye la escritura, incluso en un contexto de predominio del foquismo y la guerrilla (pág. 83).
Después de 1969, Walsh deja de publicar literatura, pero no de escribir. Para Adoue, es un campo de experimentación y reflexión sobre procedimientos de escritura y representación de la historia y de la acción política (pág. 86). Pero, ¿como narrar la violencia? El problema que se plantea la autora es complejo. Pero la criptografa, como la llamó Graciela Daleo en el bello prólogo que escribió para el libro, ofrece pistas: Walsh contruye personajes comunes que participan de una “épica posible”. Para él, la literatura es también una forma de intervención política. Y no solo de las clases dominantes, sino también de las clases subalternas. Por eso sus personajes no son, ni víctimas de la violencia de Estado, ni héroes de las clases populares. Son “sujetos astutos”, que acuden a los recursos que tienen a mano para intervenir en la historia (págs. 100/102). Es por esto que Walsh, desaparecido en 1977, en la narrativa de Adoue no es víctima ni héroe de la última dictadura militar argentina, sino sujeto de la historia en la que participa.
En alguna medida, esto explica también el hecho de que en la literatura de Walsh se mezcla la realidad, y esta última se introduce en su narrativa de tal manera que sus fronteras se desvanecen. No es extraño que su literatura fuera cuestionada más tarde como hecho real. Es que Walsh tenía conciencia del “... vigor de la literatura y su eficiência para ‘restituir’ un sentido negado...” (pág. 109).
La opción por la forma testimonial es búscar la humanidad de la “víctima”. Walsh oye a aquellos que no están organizados políticamente y los convierte en sujetos. Y Adoue señala la lección: en las “zonas de silencio” es preciso escuchar.
El general Juan José Valle, condenado a muerte y fusilado el 10 de diciembre de 1956, por haber organizado con el general Tanco aquella rebelión militar derrotada que intentó reponer al general Juan Domingo Perón en la Presidencia, dejó cinco cartas para su familia y una dirigida al general Aramburu, responsable por el golpe contra Perón y por asumir su puesto. Su familia las hizo circular y tuvieron un gran impacto. Como dice Adoue, tenían un peso de verdad, pues habiendo siendo escritas poco antes de morir, en definitiva, ¿para qué mentir en un momento como ese? (pág. 112).
Walsh pudo percibir el efecto social producido por esas cartas, y ello, en la hipótesis de Silvia Adoue, lo inspiró a escribir sus cartas personales; especialmente la “Carta a Vicky”, la “Carta a mis amigos” y la "Carta a la Junta Militar”.
En el cuarto y último capítulo de su libro, Silvia Adoue se centra en las cartas personales de Walsh. Ellas tienen contenidos distintos. En estas historias traumáticas elimina la condición de mediador-autor entre el sobreviviente y el lector, y se coloca en la condición misma de sobreviviente, al escribir sobre la muerte de su hija Vicky, asesinada por la dictadura, hasta el análisis del primer año de la dictadura, de 1976, pasando por la reflexión sobre el movimiento de lucha en que participó, los Montoneros, y los problemas candentes de la organización política de su tiempo. Las Cartas, dice Adoue, son una opción política, la forma adecuada de comunicarse con las masas en un momento defensivo en las que estas no reconcen dirección política. Y “...son también el lugar posible para la voz del sujeto subalterno” (pág. 123).
Como afirma Adoue, “Para Walsh la escritura es un espacio de reflexión, registro y preparación para la acción política. Pero, ella es, también, acción política” (pág. 130). Este es el sentido profundo de la literatura militante, la de Walsh y la de Adoue.  
 
Frederico Daia Firmiano
Universidad Estadual de Minas Gerais, Brasil