Un revisionismo histórico de izquierda. Y otros ensayos de política intelectual

 

Ediciones Herramienta, Buenos Aires, Argentina, septiembre de 2012.
ISBN 978-987-1505-30-2, 208 páginas.

  

Índice:
Primera parte. Trances del Bicentenario
El progresismo intelectual argentino
El Bicentenario y las incertidumbres culturales de la izquierda
Entrevista sobre historia y política
Segunda parte. Ademanes revisionistas
Un revisionismo histórico de izquierda
Elogio de una perspectiva estratégica para la historia argentina
La modernización difícil y el campo intelectual: dos categorías problemáticas
Dilemas de una violentología argentina
Epílogo
Bibliografía
 
Prólogo del autor
 
Este libro de izquierda enarbola en apariencia un título de derecha, po­líticamente incorrecto. La idea de una revisión de la historia tiene mala prensa. Debo admitir que algunos revisionismos históricos suscitan malquerencias justificadas.
El primero de todos el negacionismo pro-nazi, un ejemplo límite de eli­minación ideológica de cualquier relevancia historiográfica. En verdad, ese revisionismo defensor retrospectivo del nazismo carece de un interés por justificar otra comprensión de lo histórico. Se disuelve en una simple y llana apología que ejecuta pertrechado con las armas de un empirismo anodino.
En el caso argentino, el revisionismo histórico derechista de los años treinta del siglo pasado no podría ser de ninguna manera una proa hacia otra historiografía. Quizá posea algún interés el examen de cómo definió su polémica contra lo que zahirió como una historiografía liberal. Pero ese revisionismo es accesible como tema de reflexión histórica. En modo alguno podría ser objeto de imitación. Alguna brizna da que pensar, aunque usualmente en el plano formal. Por ejemplo, la atención prestada por los revisionistas a la escritura es una preceptiva para una historiografía de izquierda actual que, atenida en demasía a una convic­ción explicacionista, descuida la dimensión narrativa.
Tampoco un linaje del revisionismo de izquierda nacionalista de los años sesenta tiene mejores oportunidades para renacer en una opción radical de nuevo cuño. Algunas de sus ideas pudieron ser fértiles. Pero resignaron las exigencias de la labor científica y simplificaron sus con­ceptos. Su fracaso no consistió en haber sobrepolitizado la historiografía. Hicieron lo que entonces era moneda corriente, a saber, representar los procesos históricos en un mapa estratégico. Lo concibieron desechando una elaboración capaz de vencer también en el ámbito del trabajo de base archivística. Sobre todo carecieron de una política de la cultura que emancipara a una historiografía de izquierda de los conceptos forjados por el revisionismo de derecha hacia 1930.
Entiendo que los revisionismos argentinos del siglo veinte demandan análisis más detenidos. Por razones de extensión no serán tratados en este libro. Baste decir que los revisionismos nacionalistas de derecha e izquier­da se plantaron antagonistas ante una “historia oficial” calificada como mitrista. Ese contendiente ya no existe intelectualmente, como tampoco nuestra realidad es la misma que incitó a la diatriba nacionalista. Entonces lo admito: hay buenos motivos para sospechar de la vigencia de aprontes revisionistas.
Y sin embargo, para pensar radicalmente la historia y para edificar una historiografía crítica no veo otra alternativa que emprender la proyección de un revisionismo histórico de izquierda. Es más, ante la primacía de la razón progresista (sea desde el liberalismo a la socialdemocracia, del populismo al republicanismo), sólo un revisionismo de izquierda puede someter a escrutinio su hegemonía y desplegar un programa intelectual y científico. Es insuficiente con debatir estrategias políticas. Es preciso pensar los baluartes conceptuales que sostienen dichas estrategias, y ha­cerlo requiere una formación histórica. Aquí no se trata de hostigar a una historiografía bien compleja como la universitaria en la Argentina con monografías “de izquierda”, ni debatir sólo tal o cual concepto discreto. El objetivo es poner en cuestión las condiciones básicas del pensamiento histórico y de las prácticas que le son inherentes.
Pensar radicalmente es ir a las raíces, a los sostenes de la realidad en que nos debatimos. Entraña algo más que una rencilla sobre incli­naciones políticas, en general atenidas a declaraciones identitarias (yo soy X, usted es Y). Es la interrogación de las condiciones mismas del pensamiento político, y en consecuencia estimula la pregunta por lo que ese pensamiento deja en la sombra. Como ningún pensamiento se sostiene coherentemente en la duda sistemática, porque carece de filo inquisitivo si no asume algún suelo en el que apoyarse para remover lo demás, el pensar crítico no es débil. Pugna por justificar sus decisiones. Aquí la principal es la elaboración de un enfoque marxista del revisionismo histórico de izquierda. La crítica del ca­pital no es una antojadiza elección teórica para sostener la revisión historiográfica. Veremos que es un momento decisivo en la crítica que necesitamos ejercer.
Lo requerimos porque el medio ambiente político e intelectual en que vivimos, hoy en la Argentina, es de un progresismo genérico compatible con variadas adhesiones intelectuales que discuten todo, menos su común rechazo de la crítica revolucionaria del capitalismo. Despuntar los temas historiográficos en el combate de las ideas, que ocultan mal las divergen­cias políticas implicadas, apunta a contravenir el consenso reformista en la cultura nacional.
La primera parte del presente libro está destinada a situar el cuadro genealógico de la hegemonía progresista actual. A la recreación en nue­vos odres del viejo sueño de una progresía intelectual se refiere el ensayo inicial de este libro. Aunque su materia no sea propiamente la historia ni la historiografía, constituye un presupuesto definitivo para entrever una crítica de las maneras de pensar lo histórico. Porque aquí no propongo tanto un “programa” para investigar la historia o difundir textos histo­riográficos. El objeto es discutir la política de la historiografía.
Explicaré cómo sucedió que las alternativas intelectuales de mayor visibilidad fueran encerradas en los estrechos muros de los reformismos socialdemócrata, liberal, o populista. Fue en la emergencia de una pre­ocupación renovada sobre la historia en los alrededores del Bicentenario (2010) que se suscitaron discusiones propicias para pensar un revisionismo histórico de izquierda. En primer lugar porque el Bicentenario halló a la izquierda intelectual desguarnecida de una perspectiva crítica capaz de iluminar la historia nacional y latinoamericana desde un punto de vista propio. He visto allí unas incertidumbres culturales que es preciso des­articular. En segundo lugar porque los amagues de un revisionismo pro kirchnerista expusieron la franciscana pobreza, tanto de la imaginación histórica identificada con el Instituto de Revisionismo Histórico “Manuel Dorrego” como de la respuesta defensiva de los rangos universitarios. El saldo político-cultural que nos dejaron los trances del Bicentenario es que requerimos de una nueva historia, pero no podemos hallarla en los entendimientos historiográficos usuales.
Hace una década observé en la Argentina, y diría que en buena parte de América Latina, una vacancia historiográfica. Tras las crisis latinoa­mericanas desencadenadas con el año 2000, cesó la vigencia creativa de los paradigmas recibidos. Por supuesto que su estabilidad universitaria permanecía casi intacta; lo que se había clausurado era la capacidad para plantear cuestiones críticas de fondo. Pero no emergía con nitidez una alternativa que se sobrepusiese a esa fractura. Surgían libros y artículos por doquier, pero eran reproducciones más o menos diestras de lo sabido. Lo que estaba planteado, en cambio, era constituir una cesura filosófico-política en molde historiográfico.
La segunda parte de este libro está compuesta por ademanes revi­sionistas avivados por el deseo de colmar esa vacancia. Partiendo de las discusiones sobre el Instituto “Dorrego” se abre el juego de un revisionis­mo de izquierda. Elaboro entonces un conjunto de reflexiones sobre los desfiladeros de una política de la historia donde el marxismo se destaca como una teoría crítica de relevancia para una traslación historiográfica. Los debates entablados sobre nociones como modernización y violencia no se ensañan contra los textos citados. La propuesta es otra y tiene como interlocutora a la nueva generación de investigadores e investigadoras en la historiografía. Doy algunos nombres, arbitrarios, incompletos, de quienes están trabajando hoy mismo por una historiografía de izquierda. Mi tesis al respecto es que la cristalización de una práctica de la historiografía perseguida en deseos individuales y carentes de una vigorosa respiración teórico-política es improbable. Puede ofrecer algunos frutos de variada calidad pero seguirá a distancia de una innovación real que sólo puede ser colectiva. Debe emerger como una formación fractal, atenazada por una idea, multiplicada en calados innumerables, partícipes de una colectividad singular.
Pienso que reponer las concepciones heredadas siempre es bueno. Siempre es intelectualmente productivo dar un giro más a los conceptos establecidos. El progresismo intelectual, y en particular el progresismo historiográfico, es sometido a reiterados cedazos pues ha dejado marcas en nuestras categorías. Las adscripciones doctrinarias son insuficientes y pueden ser perjudiciales si impiden pensar y repensar. No porque haya que navegar en el océano de nociones fluidas y relativas. Por el contrario, la revisión está orientada a la recuperación del pensamiento vigoroso, radicalmente crítico.
Buenos Aires/San Diego, mayo de 2012.