Darío Santillán. El militante que puso el cuerpo, de Ariel Hendler, Mariano Pacheco y Juan Rey

Editorial Planeta: Buenos Aires, 2012, 376 páginas

  
A lo largo de las páginas de este libro uno puede reconocer ciertas tensiones que lo atraviesan, tensiones que por momentos permanecen latentes, por momentos se hacen explícitas. Una de ellas, tan tangible como escurridiza, es la que encierra el propio título de esta biografía: Darío Santillán. El militante que puso el cuerpo.
En una primera reflexión, pero no por eso ingenua, podemos preguntarnos si es posible pensar la militancia sin cuerpo, pensarla sin poner el cuerpo, ¿es posible un militante que no le ponga el cuerpo a la militancia? Y si, claro, esto nos refracta sin atajos a la disputa actual de sentidos de las formas de militancia bajo el kirchnerismo y abre el debate sobre la reinvención de la política y la participación de los jóvenes. Disputa que intenta ser clausurada bajo la colonización pragmática de ciertos espacios de militancia juvenil por parte de agrupaciones políticas -léase La Cámpora y sus derivados- que a través del madrinazgo cristinista se postulan como los lugares privilegiados del renacimiento de dicha militancia.

Sin embargo, esa clausura es resistida por diferentes experiencias que anteceden, atraviesan y superan la visión instrumental de la politización juvenil. Justamente ahí encontramos una segunda tensión que atraviesa este libro, y es ese constante tironeo entre las nuevas formas de organización colectiva expresadas en prácticas políticas basadas en la horizontalidad y la acción directa, y las viejas formas de hacer política basadas en la consolidación de liderazgos fuertemente personalistas y modalidades de negociación propios del sistema político tradicional.
Una tercera tensión se encarna en esta biografía de Darío de modo aún más profundo, es la tensión entre el proceso de mitificación del ser humano y el proceso de humanización del mito. Mientras que el primero afronta la desaparición del cuerpo recuperando sus experiencias, generando la cristalización permanente del ser en la imagen, reproduciendo su ejemplo en prácticas concretas, aportando a la construcción simbólica del mártir y de sus enseñanzas, el segundo implica historizar la constitución del ser humano, la construcción social de su identidad, dando cuenta de sus contradicciones, de sus fortalezas y sus debilidades, socializando su trayectoria, dando cuenta de la génesis misma del mito antes de serlo.
Así es que estas tres tensiones, la de la militancia, la de las prácticas políticas y la del mito-hombre, se entrecruzan, se despliegan a lo largo de una narratividad que convoca a varias voces para construir una voz colectiva, que reconstruya la historicidad de un movimiento social y su punto originario –y traumático-. Por eso, estas tensiones no confunden al lector, lo interpelan y acompañan en una interpretación política de la relación entre biografía e historia social. Algo así como un intento primario de imaginación sociológica por la que podemos captar la interrelación entre el yo y el mundo, entre la vida del individuo y el devenir histórico. Ese ejercicio permite reconocer que las vivencias individuales son sociales, que hacen y deshacen la historia colectiva. En este sentido, resulta inevitable preguntarnos que sería del kirchnerismo, qué sería de nosotros, qué seríamos si la masacre de Avellaneda no hubiese ocurrido, qué sería de Darío si viviera.
Más que derivaciones caprichosas de una hipótesis contra-fáctica, estos interrogantes intentan problematizar las implicancias políticas que tienen nuestras experiencias colectivas. En lo fáctico, el asesinato público de Maxi y Darío a manos de la policía bonaerense en el contexto de reconfiguración del capitalismo bajo el signo duhaldista, significó un punto de inflexión con múltiples implicancias, que se expresan en las tensiones señaladas, entre otras.
La experiencia militante de Darío y Maxi - como la de otros muchos militantes territoriales de los años 90’- es expresión de nuevas formas de inscripción política, no sólo de los jóvenes, sino fundamentalmente de las clases subalternas. El sangriento disciplinamiento político, social y económico de la dictadura militar y las contra-reformas del neoconservadurismo menemista y aliancista, implantaron las condiciones materiales de una desigualdad social inédita que paradójicamente engendraron experiencias colectivas sostenidas por subjetividades sensibles, solidarias y comprometidas en la búsqueda de la transformación social radical.
A partir de esa contradicción, surgió la necesidad de reconfigurar al Estado, Estado capitalista co-constitutivo de las relaciones sociales de explotación que bajo una nueva modalidad debe garantizar la reproducción del orden burgués. Esa nueva modalidad estatal es la que marca al cuerpo social militante, la que se interpone a las acciones directas de los sectores subalternos, la que obtura sus prácticas políticas, la que arroja todos sus soldados a las calles para masacrar cualquier forma de resistencia y lucha anti-capitalista. Esa nueva modalidad estatal es la que coagula el 26 de junio de 2002. Y son sus contradicciones y las luchas sociales que la resisten las que aniquilan al duhaldismo para transmutarlo en kirchnerismo.
En el libro De Cutral-có a Puente Pueyrredón (Pacheco 2010), un fantasma recorre la génesis del movimiento piquetero, es el fantasma de Darío que merodea cada escena, que se encarna en cada sujeto, en cada reivindicación conquistada, en cada muerto a manos de la represión estatal. En Darío Santillán. El militante que puso el cuerpo, son nuestros miedos y desafíos los que convocan a Darío, para explicar la historicidad de nuestra realidad social y las posibilidades de transformarla.