Darío Santillán, el militante que puso el cuerpo, de Ariel Hendler, Mariano Pacheco y Juan Rey

Planeta: Buenos Aires, 2012, 376 págs. 

Darío Santillán. Lejos de la anécdota, la memoria viva del presente. Siempre que pasa un decenio se corre el riesgo de reducir los hechos a las efemérides, a la anécdota, al homenaje y el recuerdo. Sin embargo, la vitalidad del relato y el registro de Darío Santillán, el militante que le puso el cuerpo dan cuenta de que estamos ante un hecho de suma actualidad. La fórmula “A diez años” no puede circunscribirse únicamente a recordar: es vivir un presente, es memoria viva. La Masacre de Avellaneda, ese trágico 26 de junio de 2002 donde las balas policiales acabaron con los jóvenes Darío Santillán y Maximiliano Kosteki e hirieron a treinta personas más, representa a la luz de la historia actual un punto de inflexión. Junto con la Pueblada de diciembre de 2001, significaron el momento más álgido de movilización y disputa de los últimos tiempos. 

Se comprendió entonces la potencia y la fuerza de un pueblo movilizado en las calles. No sólo desde los diversos espacios populares de militancia, aquellos que pujaban y pujan hoy por un cambio, sino también por los gerentes del orden. Los asesinatos formaron parte de un plan aleccionador –al decir del entonces Jefe de la SIDE, Carlos Soria–. Hecho el golpe a los sectores más movilizados y dinámicos, el esquema consistía en consolidar un Estado abiertamente represivo, capaz de mostrar orden y control sobre la protesta social a los organismos internacionales.

El kirchnerismo, como proceso histórico actual, no podría ser comprendido sin tener en cuenta esos dos grandes picos de movilización. Una de las particularidades del proyecto oficial es intentar construir un relato de exclusividad sobre la juventud militante. No es de extrañar que Darío Santillán, el militante que puso el cuerpo venga a presentar, frente a ese relato del poder, una mirada fresca y distinta. A pesar del dolor y los golpes, esos mismos militantes que sufrieron la represión se sobrepusieron para llevar a los responsables de los asesinatos a la cárcel. La fuerza y la presión social permitieron acelerar la salida de Eduardo Duhalde del poder. Sin embargo, queda aún vigente el reclamo de juicio y cárcel a los responsables intelectuales. La Masacre de Avellaneda marcó y forjó a fuego a una diversidad de organizaciones y a toda una generación de militantes. Puso en el centro del escenario a una juventud que resiste. Es la misma que hoy, con las lógicas brechas etarias, continúa retomando el ejemplo de Maxi y Darío. Por ello una de las riquezas de la investigación es hacer hincapié en la vida. Ya que da cuenta de la trayectoria, la formación y la frescura de Dario como un militante profundamente comprometido con la tarea de su época. Cabe destacar que, entre las fuentes de esta investigación, está el propio autor: Mariano Pacheco. Junto a una decena de compañeros de Darío, formaban entonces parte de los incipientes movimientos de trabajadores desocupados.
El libro se transforma en un ejercicio de reflexión histórica. De sentimientos, sí. Pero de sentimientos profundamente políticos y colectivos. Porque la historia de Darío Santillán, es la historia sobre todo de un colectivo. De una generación que durante los oscuros ’90 resistió con su compromiso, con su valor e ideas al arrase neoliberal. Esa época en que toda historia había terminado y sólo restaba sentarse a consumir.
Y sin embargo “la cabeza piensa donde los pies pisan”: ¿qué mejor frase de Paulo Freire para comprender a esa camada de militantes que creó y fortaleció los Movimientos de Trabajadores Desocupados (MTDs)? Darío fue uno de ellos, creció y se formó como militante en esos territorios del sur más profundo del conurbano bonaerense. Avellaneda, Lanús, Quilmes y Almirante Brown, unidos por la periferia de cada distrito, donde está la marginación.
Darío Santillán… es también un libro que permite destacar un ejemplo de “otra política”. Lo último que hizo Darío, antes de que las balas lo atravesaran ocasionándole una hemorragia interna y su muerte, fue demostrar su integralidad como ser humano y militante. La solidaridad, el compromiso, la combatividad: todo lo que da sentido a una ética guevarista, prefigurativa y antisistémica, estaba allí. Su destino era el destino de su pueblo. Por eso Darío era parte de esa masa del pueblo, desocupada, que con la lucha había conquistado un plan, un terreno y una carpa precaria. Desde su fusilamiento, Darío se presentó para toda una generación como un símbolo político y revolucionario. Muchas veces los mártires se momifican. No es el caso. Este libro es un aporte también a humanizar el símbolo, a conocer la vida de Darío y no sólo su muerte. La ceremonia de cada año en la actual y futura Estación Dario y Maxi, ratifica esa rebeldía vívida y alegre. Tal como Darío hubiese querido. 
La tarea a la que Darío estaba abocado entonces, permanece sin resolver al día de hoy. Organizar, desde abajo, desde los barrios, de los sectores históricamente marginados, una opción por el Cambio Social. Una alternativa al poder dominante, que devuelva la dignidad a nuestros pueblos.
 
Ramón Raggio
Miembro colectivo editorial Marcha.org.ar
Militante Juventud Rebelde 20/12, en la COMPA