Pedazos de cielo en Auschwitz

Rosenzvaig, Eduardo

El trabajo que presentamos nos fue enviado a la redacción de Herramienta el 8 de septiembre pasado. Se trata de la última colaboración que nos acercó Eduardo Rosenzvaig antes de su lamentable desaparición.
(NdeR) 
 
 
Contar cómo conocí al señor David Galante dos veces no resulta sencillo. La primera yo apuñaba tiempo como si se tratara de polvo volador (sin lograr apresarlo se iba deslizando bajo el puño cerrado); la segunda resultó un tiempo en el fondo del mar, donde los peces duermen reunidos y plateados. 
Nacido el señor galante en rodas hacia 1925, de familia sefardí sin ser rica, por cuatrocientos años siguieron en la isla hablando el idioma del siglo de oro que pudo ser para las letras en oro, no para los agraviados de españa que, perdiéndolo todo, menos religión e idioma al que pasaron sintaxis castiza por el delicado tamiz egeo. Unos mil ochocientos judíos vivían isleños de corteza y piel entre los pétalos iluminados de la playa, no idílica pero con cierta sencillez a pesar de la ocupación italiana hasta el año 43, cuando mussolini fue renunciado y llegaron tropas alemanas en junio del año siguiente a nazificar sobre el tiempo sefardí reposado, con oficiales formando parte de la comisión rosenberg encargada del problema judío y uno de esos oficiales invasores, el señor kurt waldheim, luego de la guerra secretario general de la onu y presidente de austria, porque ellos habían entrado con una panoplia orquestal, siempre sinceros, a narrar abismos y órdenes a todos los judíos que se presentaran con sus bienes, los bienes que pudieran cargar hasta la comandancia ¿todos?, ¡todos hombres mujeres niños! ¿por qué? ¡rápido! formados entre ametralladoras y galante presintió que echarían ácido sobre el hierro de los aldabones y de los candados y de las rejas en las largas filas con la larga familia galante intuyendo él que este ejército llegaba a chupar ojos y comerse la sal de las bocas, por eso los embarcaron de a mil ochocientos con niños que tenían hambre, mil ochocientas almas mirando el mar desde la cabeza y, al empezar las necesidades en un barco para transporte de ganado donde el tiempo corre animal, hubo, adentro un gran silencio de bodega ¿hacia un costado, atrás, abajo en la cintura dura del agua? y así llegamos al puerto del pireo donde nos metieron en una cárcel días, sacaron y formaron sobre una estación de trenes con otro tren larguísimo de carga de ganado asimismo, inscripto cada vagón en letras alemanas “caballos 8 – personas 80” y apenas una ventanita en el vagón al que trepamos o nos empujaron con armas hasta quedar apretados, enjaulados, tan a presión que se desvanecían los niños ¡alcen por favor a los niños hasta la ventanilla! y no se podía por favor, lloraban con las madres llorando o sea gritos sobresaltados, indescifrables sobre el porqué mientras dejan de existir las horas, como una estrategia para eliminar tiempo de tu cabeza porque no hay segundo para pensar, y se eleva uno solo, uno que se respira apenas, pisoteando algo abajo que debe ser alguien, porque otro no puede respirar por uno y al bajar el desprecio, al apartarlo con los zapatos mojados por el insoportable dolor de pisar una cosa que debe ser alguien, el pecho escupe dolor y el metal de la cápsula del vagón viene a ser un frío laminado por la oscuridad, una chapa que no se debe tocarse pero alguien a medianoche tendrá que hacerlo pues no hay lugar para dejar de rozar, de apoyarla, mientras el vagón continúa a saltos y las horas se pierden entre las arboledas, se arrancan a sí mismas la cabeza, se hacen hurañas sacudiendo organismos con el traqueteo ardiente, porque hay alguien al lado que debe ser una persona que arde en fiebre, no se queja como los otros, se abandona y solamente arde mientras otros patalean ¿dónde está la tierra? permiso ¿pedir permiso hasta unos recipientes para descargar la pobreza que se lleva adentro por agujeros que empiezan a ser iguales, desaparecidos los sexos por agujeros de piedra y el olor que también es ahora olor de los otros, contagioso entre los mugidos hasta que el tren frena de un golpe?, nos caemos hacia adelante sin caernos al abrirse las puertas por las cuales bajar a los que quedaron sobre el suelo de hierro donde quedaron los más débiles, porque la estrategia es forzar a una especie humanizada a que retorne a la selección natural, incursione en la variación, y los menos fuertes son los que estuve pisando, si al menos hubiese alcantarillas dios ¿dios? es allí una palabra bochornosa mientras que desde afuera los alemanes armados con perros que tienen miles de bocas, ordenan bajar rápido el contenido de las cubas letrinas con los muertos indistintamente porque cuando se fugan las horas de la mente y se toca el rudimento celular de la selección con seres depredadores y las ochenta personas pasan al estadio de ocho caballos, empezamos a abandonar también este estadio de caballo para descender a otra cosa, a mutismo, a edicto frío, a pataleo, a menos que, a olvido soplado de repente, una pústula, cualquier excrecencia de la piel para un día más, cada tres días y tres noches se vuelven a abrir las puertas y sale otra vez la basura con algo que entregan para introducir en la boca, un líquido aplastado y materia viscosa primero y después aguachenta con el líquido aplastado ¿cómo era el sonido del mar?, fue la última gran pregunta que se hace el muchacho de dieciocho años llamado galante porque un abuelo de córdoba cuatrocientos años debió ser galante antes de sacar las cubas y muertos y entrarlas porque lo importante es una sola cosa, aprender a contar que cada tres días se abren puertas desde un piso sin alcantarillas y algo debe significar el número abstracto ocho si todo salvo el vagón se vuelve abstracto ¿adónde vamos tan lejos? ¿adónde? ¿a cuál firmamento inundado? según se avanza y mueren naranjales, murmullos de lluvias, y la cintura, y el sueño bordado por el verano se pone más frío y el aire suena a campana helada en los oídos?, come lágrimas el frío, rasca los pies con frenadas chirriantes, apaga llantos de los niños durante trece días de viaje, trece y sus noches y, al decimotercero, recién se abren las puertas, salimos en tropel por única vez bajando a una estación gritada, ronquida a pitos, ladridos en muchísimos idiomas con bastones cargados por hombres no, sombras de ojos empuñando bastones con el brazo en alto para pegar contra las cabezas si uno se cubre la cabeza descargados sobre los riñones si uno se sigue cubriendo la cabeza, cayendo siempre en alguna parte de la espalda si uno se cubre la cabeza y los riñones, es decir hay que correr correr correr por entre un cordón de bastones portados por judíos con el nombre de kapos, escapar hacia lo profundo del tiempo mientras le pegan a lo queda de la hora subterránea en cada uno, paisanos que agarrotan a los niños y a sus madres y abuelas para salvarse ese día que es la factura que pagan, agarrotar a sus madres e hijos, factura sencilla si el minutero se cambió por selección natural pura y, más allá, los alemanes soldadificados que ladran como perros y perros que disparan como ametralladoras porque por todas partes estruendos, pitazos, disparos mientras se corre en extraña fidelidad a la vida hacia alguna parte que está establecida, es la meta, para eso fue el viaje en tren animal y esta huída hacia la puerta de la meta perdiendo la última molécula del pensamiento que dice ¡esto es injusto! ¡esto es imposible! asumiendo que no puede haber otra cosa en una pesadilla que despertar con los bastonazos a la cabeza, reales, en ramaje aquiescente porque se empieza a desear el pelaje de los caballos, hacerse caballo con sangre amarilla, sangre imantada que no resbala de la piel, se pega en costra o pelaje que sirve para soportar el frío que penetra al entrar en esta ciudad, porque parece la entrada a una ciudad con un cartel letrado en hierro y alemán gótico que dice “trabajar os hace libres”, letras que alguien debió fabricar en un taller y soldarlas para la entrada después de haber doblado los artísticos perfiles de hierro sobre los bastoneados a los que se divide en dos filas, a la derecha o lugar que el señor dejó para los buenos van los jóvenes, aptos para trabajar y ser libres y, a la izquierda, viejos niños enfermos ¿para descansar? ¿para recuperarse? no se sabe no, galante no sabe hasta que lo empujan a la derecha y luego a un lugar donde los que ya no figuran en las sagradas escrituras se desnudan y afeitan o arrancan los pelos de cabeza a pies mientras hace frío y les dan otro uniforme a rayas y zapatones de madera que astillan los pies, vencidos para que no huyan, los liman y el tiempo se pierde definitivo en el brazo, con un tatuaje mecánico doloroso que están haciendo a tantos miles y a galante el b7328, lo que significa que no tiene más nombres que debe memorizar rápido para no levantarse la manga a comprobar que es el b7328 cuando llaman ¡b7328! ¡yo! en esta ciudad o ¿edad? dieciocho y lo mandan a la izquierda, una barraca con niños, centenares de niños solos ¿solos? ¿solos?, pero aquí se come y los van llevando en grupitos a los niños que lloran y otros solos no pero todos con los bracitos delicados bajo un enorme tatuaje de números abstractos, la línea colorada del tiempo que no da para más, con diarreas solitos ¿y para qué se los llevan los alemanes?, pero ellos no hablan cuando él les pregunta ¿no saben hablar? ¿perdieron en una noche el idioma?, debe ser porque las bocas son para introducir comida que para eso fue la creación y son de muchas lenguas pero llegaron a una común, la de meter algo adentro de un agujero llamado por los adultos boca, no para emitir, para meter sí un trozo de pan, un caballo, una lanza, una rata, una lágrima, la palabra mamá también para adentro no para afuera y él no quiere reconocer la cara de alguno, de ninguno, la palabra templo tampoco puede entrar entera en la boca sola de estos chicos arrancados porque pertenece a los alemanes donde otros hombres siguen orando a dios y el buen pan más un padre de familia que agradece a sus hijos después de soldar bien los perfiles de hierro con las letras góticas tan finas en un cartel sobre el trabajo, entonces llegó un alemán gritando ¡qué mierda hacía el b7328 acá con los niños!, contestó él que aquí lo mandaron y pegó el otro una patada en el estómago para seguir pateando al b7328 hasta el control donde se fijó su edad en dieciocho, pero habían anotado ocho por error, ocho eran los caballos y 80 los subcaballos, entonces llegó a la barraca que le correspondía donde él preguntó por la otra de los niños ¿cuáles?, esos niños, kinders ¿qué pasa tan solitos? ¡ah los llevan a un lugar donde los médicos alemanes experimentan parece hasta que no!, les queda ninguna soledad y empezó b7328 a trabajar para ser libre limpiando letrinas de la sección mujeres con baldes y volcando baldes llenos en un carro tirado por ellos mismos como caballos, llevarlo al carro hasta el campo, que queda dentro del campo volcar y volver pero cuando pasan por la cocina, desde una ventana mujeres tiran una papa o rodaja de pan y el que alza más rápido gana un día de vida, suma porque de eso se trata la ausencia de horas aplastadas en fécula de papa cruda, devorar de golpe una papa en la mañana trémula de sol, gracias, gracias mujeres por dejarme hundir la papa como un solcito entre los dientes para que reaparezca algo detrás de la saliva a él que aprende en seguida no deben gastarse fuerzas porque desde algún racimo de neuronas vivo, algún estuche neuronal empapado y oliendo a estación de trenes antes, comprende que los signos aquí expresan cosas contrarias a lo que se espera de ellos, un tren para ganado es para gente que se vuelve menos que ganado porque no está preparada para serlo, trabajar ni siquiera hace esclavos mata, es una ciudad a cielo abierto a la que las alambradas al robarle el cielo se llama campo, no prisión sino concentración animal y el frío que aumenta o sea baja ¿aumenta o baja?, hace tanto frío que lo matará esta noche helada por eso un compañero lo trae a otro trabajo, a sacar muertos de la barraca de enfermos de tifus y quitarles la ropa para ponérsela encima, gracias gracias amigo por tu solcito, toda la ropa que pueda de los muertos y hasta un par de botas aunque sea tan peligroso el contagio ¿pero cómo evitar el frío?, arrastrar muertos desnudos que ya no tienen frío hasta los crematorios donde trabajan griegos que están lanzando cuerpos a los hornos y no, le dicen en griego, no vengas más que aquí nosotros duramos poco, no hay hora reventada para pensar gracias, porque tampoco alcanzo a preguntarles por mis tres hermanas y mis padres y me señalan el humo de las chimeneas de los hornos, porque un hombre fuerte vive promedio tres meses y yo llevo tres meses y me quedo mirando un rato el humo, una materia ennegrecida, una aurora goteada ese humo que cubre una extensión del campo y cae lloviznado sobre los cuerpos ateridos, sobre el mío cae la ceniza de mis tres hermanas y de mi madre que cosía y de mi padre que le ayudaba a coser hasta hacerse barro que piso con las botas que saqué hasta enchastrarme con ellos en otra vida, de la chimenea el humazo cae como el anti olor a pan caliente, a cocina encendida, fragancia de verduras aquí sobre esta ciudad donde el campo está arriba, como dos esferas de hierro acopladas para que no se escape el humo y me voy a trabajar con rusos que levantan motores de aviones derribados a vagones de trenes que llevan a alemania que es un gran país industrial a recomponer, rusos que tienen mucha fuerza y él hace como si levantara ¡up! ¡up! porque se da cuenta que la fuerza que gaste es un día menos entonces se cambia porque los rusos se dieron cuenta y le dicen ¿qué pasa, nosotros también queremos vivir? y se cambia a levantar heno, que es más liviano con tridentes en el campo del campo, uno dentro del otro y empieza a nevar sobre alguien del grupo que levanta el heno, charla dos palabras con él en ocho días porque ocho por dos serán un montón de lenguas vueltas adentro, un alguien alto, hundido los pómulos y ojos hundidos en órbitas como cualquiera, como yo, ¿nariz?, eso sí sin nariz cuando todos tienen nariz tan larga sin color de pelo como cualquiera, y ordena a este grupo del heno un kapo que es alemán y fue socialista dijo y ahora kapo nada más por alemán, un privilegio no pedido, y ordena cargar el heno mientras el sin nariz ¿qué número será? empuña el tridente cargado con un poquito de heno y va corriendo directo hacia un alemán que mira, está distraído pensando en la mala suerte de tocarle justo concentrar bestias cuando podría custodiar restaurantes en parís pero es mejor aplastar insectos que morir en el frente, además se lo concedieron, un privilegio al que le entra el tridente de lado a lado del estómago para quedar tendido con el palo en alto a lo mástil y los otros alemanes están viendo la escena sin sorprenderse pero no remontan las armas, sueltan las correas de los perros nada más que se lanzan a arrancar miembros de mi compañero sin nariz entre ladridos frescos, y se lo van devorando vivo mientras yo no salgo de la turbación, nos van a matar al grupo entero porque es la ley, inmóviles hasta para el pánico estamos cuando tocan el pito usual de formación y miramos al kapo que nos hace señas con los ojos ¡escapen! ¡escapen! y escapamos todos menos el alemán socialista ¡escapen! que lo deben haber matado allí, y nos escabullimos en filas de miles de hombres, me hundo en el camino de los uniformes a rayas que dejaron de verse esperando el crepúsculo que dejó de verse, la raíz del hierro, una enredadera, temblar el cuerpo en la fila calcárea y entro al agujero de la barraca, al propio ano a esconderme casi con las uñas para pensar un segundo ¿por qué el sin nariz lo hizo? ¿de cuál cielo sacó fuerzas? ¿porqué no lo hice yo? ¿por qué lo hizo él si con ello exterminarían al grupo del heno? ¡desgraciado!, y debe haber pensado el sin nariz que a este heno también lo ponen en la sopa aguachenta que nos dan con una rebanada de pan por día así que ahí va carne alemana con estos ochenta kilos sin grasa, o pensó lo clavo y me clavan porque en un campo sin cielo es hora de que alguien pegue un poquito de cielo, cambie el sentido a los signos, ¿pero cómo hizo para pensar tanto? y ¿por qué lo odié por hacerlo? ¿como florece una nube incluso en el basural? y pensó ¿con el tridente pincharé las vísceras del aire que chorrea a las letrinas donde está yendo el b7328 que no puede abotonarse la bragueta porque los dedos están congelados y ve un fuego enorme donde los alemanes alrededor se calientan así que se acerca, extiende las manos con un alemán que lo lanza al centro de las llamas de las que sale saltando sobre el fuego con las suelas de goma ardiendo pegadas a la planta de los pies y, después, no puede quitarse las botas y se desprenden solamente con la infección más las fiebres ¡fiebre no por dios!, no puede ir a la enfermería porque ese lugar es el hall de las cámaras donde sale el gas en vez del agua cuando ocurre que un signo y todos se leen al revés y las duchas no son para bañarse sino para asfixiar y la enfermería no cura sino mata, y alguien que clava por los prisioneros un tridente que llevaría a la muerte de los prisioneros que de cualquier forma van a morir pero guardan el secreto aherrojado que no, no lo harán como si hubiera un oscuro exorcismo individual ¿dónde está la razón? ¿cómo encontrarla?, ¿o es esta la razón por debajo del barro, por debajo del detritus y con eso el campo se ordena extraordinariamente bien como una fábrica?, entonces es la fiebre altísima, si yo ahora voy a trabajar no vuelvo, me arrastro así con treinta y ocho kilos hasta la enfermería donde no hay remedios sino desahuciados, y un prisionero médico francés que toma el pulso nada más y les habla a los que van a morir cuando se advierte un movimiento raro, agitación de alemanes que van vienen, pitazos, ordenanzas de destruir cámaras y hornos, se oyen golpes de masas porque se acercan los rusos de manera que la tropa alemana ahora tiene el frente a sus espaldas o sea que para ellos también se cambió el sentido de los signos, machacada la hipotenusa hasta convertirse en recta y dan órdenes al mundo de ponerse en fila y salir por la puerta donde el trabajo hace libres, miles de sombras que se encolumnan sesenta o setenta mil porque pretenden trasladar el campo a otro campo, berger belsen lo que es un razonamiento al revés ¿cómo desplazar sombras a pie si los cuerpos no tienen fuerzas para erguirse? por eso mismo yo ya no tengo fiebre y me pongo de pie a unir a la columna y el médico francés me hace señas, usted no puede caminar cien metros, mejor quédese a morir acá antes de hacerlo a los cien metros, y el campo se desagota con una columna oyéndose disparos y disparos a lo lejos sobre la nuca de los que caen cansados o se paran a descansar y parece que matan de a miles porque llegaron unos pocos de la columna hecha de explosiones a la otra semiesfera de hierro aplastada y los de la enfermería que esperamos en un silencio mortal, pegados al hedor de cuerpos que sacamos afuera cuando mueren pero nos damos cuenta que no atravesarán la noche por una fábula simple, se iluminan en los ojos por la tarde, adquieren un brillo hermoso en los ojos como de salitre iluminado por la luna, una luz aristocrática entre mariposas y se mueren esa misma noche, no hace falta tomar el pulso a la mañana sino arrastrarlo directo a una pila gigante lo que es un pozo al revés de cuerpos colocados abajo para que no se caiga el espacio conseguimos, rebuscamos algo para meter en la boca hasta que divisamos sombras blancas moverse en el horizonte, más cerca, son rusos en la nieve con capas blancas que por eso salimos a gritar ¡no disparen!, que somos prisioneros, prisio, como si los otros pudiesen pensar alguna otra cosa de lo que somos y los soldados rusos, hombres del frente de guerra que vieron la muerte diez mil veces cada uno, quedan estáticos, desiertos, comprenden que no es posible esta ilusión óptica de llegar a un territorio donde la hora es un hueso cubierto con una fina cutícula de, y empiezan a llorar con sólo vernos y nosotros tampoco los entendemos porque lo que se quiere es echar cosas a la boca y a galante, que alcanzó los seis meses cuando el promedio eran tres como las tres marías en el cielo, lo envían a la enfermería del ejército donde en cinco semanas recupera veinte kilos, es incorporado al ejército ruso recuperando el nombre de David Galante, y mandan al frente pero no a combatir, a ayudar en la cocina hasta que termina la guerra después de escaparse, vagar sobre trenes y en un barco desembarcar en Rodas donde no encuentra a nadie, es un continente desconocido y parte a Italia donde hay un hermano suyo dicen y, en el desbande, lo encuentra justo, había estado en Berger Belsen y deciden los dos hermanos viajar a la Argentina, el país más lejano de la guerra donde vive una hermana que viajara antes de llegar la Comisión Rosenberg a Rodas con sus oficiales impecables a resolver el problema judío cuando él se pregunta, sigue preguntándose ¿por qué “el sin nariz” se atrevió en Auschwitz? ¿cómo hizo para transformar al tridente en cielo? ¿quién era? sobre todo ¿quién era?, porque ya resulta imposible saberlo hasta el día del juicio final, él vio como quemaban los archivos con cada número que significaba un nombre tirado a los hornos cuando se acercaban los rusos y “el sin nariz” se quemó en los mismos hornos con la ceniza mezclada con la de millones cayendo porque, finalmente, cuando falta el cielo ocurre esta confusión de preguntas, ¿por qué hizo este acto tan sin nariz? ¿quién era? se pregunta el b7328 desde el brazo, recuperando de memoria el nombre b6215, que lo fijó cuando un perro se llevaba el brazo tatuado entre los dientes, celoso de los huesos con piel, era suyo, y en el año de 1947 los dos hermanos embarcan a la Argentina como polizontes, porque parece que a los ex nazis el gobierno de ese país autoriza a entrar pero no a ex prisioneros y consiguen que un comisario de a bordo del barco los meta en el ropero donde viajan parados y escondidos para, de noche, el comisario sacarlos y dar de comer.
El comisario de a bordo hizo embarcar en el puerto de Buenos Aires a familiares propios, destapó una botella de champagne y logró descendieran los dos polizontes mezclados con otros familiares. Cuando ocurrió un llamado del gobierno a legalizar indocumentados, al presentarse preguntaron a los dos hermanos por el lugar donde habían entrado al país y ellos no quisieron comprometer al comisario, de manera que la policía hizo lo suyo, llegando hasta el barco y el mozo que sirviera la botella de champagne declaró haber visto entre el grupo de familiares a dos tipos extraños en sandalias y ropa de verano cuando en Buenos Aires era pleno invierno. Los condenaron a quince días de prisión pero purgaron dos. Galante se casó, tuvo una fábrica de partes de bicicletas, dos hijos y nietos.
Y yo fui a escuchar a David Galante a su conferencia en Tucumán cuando se cumplían sesenta años del fin de la guerra, y hacía apenas diez que él se había decidido a contar su historia, porque las horas –en condiciones en que se le arranca el cielo- se recuperan muy lentamente, y en las charlas Galante se preguntaba en voz alta ante el público: ¿Quién habrá sido el del tridente?, el b6215 colgando de las fauces del perro que se animó a dejar un testimonio y, ¿de dónde sacó cielo para hacerlo?
Yo, que soy ese hombre, enterado fui a su charla, pero cuando me acerqué a abrazarlo seguía tan rodeado de reporteros y público que lo perdí de vista y lo subieron a un auto. Se lo veía bien con sus ochenta años; lo único que tenía yo para decirle no es sobre la razón de aquel acto con el tridente, porque todavía no puedo explicar a nadie de dónde arranqué un pedacito de cielo, sino decirle mi nombre, nada más. Otra vez será.