Una lectura de Herramienta 46

Grupo de Pensamiento Polética1 

El texto que presentamos a continuación es el resultado de la discusión colectiva del Dossier de Herramienta 46 en el marco de una de nuestras reuniones de trabajo. No se trata, por lo tanto, de un texto unitario que tenga por finalidad expresar una perspectiva unívoca y coherente. Por el contrario, este es el recuento de una serie de debates todavía abiertos, entre los que pueden distinguirse posiciones diversas, encuentros y desencuentros parciales. Hemos preferido, por este motivo, no “alisar” las diferencias que la sugerente lectura de la revista suscitó entre nosotros, dejando explicitadas las preguntas y vías de reflexión por ellas abiertas.
 
Que se vayan todos”, poder popular y representación política
 
Los dos primeros artículos del dossier (Holloway y Dri) marcan algo así como los límites extremos del abanico de posiciones del resto del número. Holloway es el autor que más afinidad guarda con la consigna “QSVT”. Para él, pasado el momento de la “furia” destituyente y negativa, es preciso darse a la construcción positiva de alternativas al Capital. Desde su perspectiva, esa construcción apunta a las experiencias políticas –a distancia del Estado– que prefiguran una sociedad emancipada. En las antípodas de Holloway, Dri ve en esas experiencias un resultado del repliegue de la militancia política a partir de la hegemonía neoliberal, que habría destruido las organizaciones solidarias del pueblo convirtiéndolo en la atomizada multitud. Pasada la revuelta del 2001, se hace posible la recuperación del sujeto de cambio popular de entre los fragmentos de la multitud. Entonces el Estado vuelve al centro de la escena y se pasa a la construcción del poder popular, con lo que se recupera el ámbito específicamente político como espacio de lucha. Esto abre varias preguntas. Ante todo, ¿es el “cierre” en la soberanía estatal el destino inexorable de toda activación política? Y a la vez ¿es la participación en el Estado siempre una cooptación o subsunción de las fuerzas emancipadoras? 

A criterio de algunos de nosotros, frente a estos dos artículos límite, el “jugo” del Dossier estaría en los textos que se ubican “en el medio” del abanico de perspectivas. Estos textos comportan una discusión sobre las formas de institucionalización de la lucha anticapitalista y la construcción de órganos representativos.

Creemos que es preciso hacer una distinción cuando se habla de crear poder popular: subyacen a esta exigencia dos problemas relacionados, pero diferentes: el problema de la representación y el problema del Estado. Detrás de la consigna “QSVT” se expresó a menudo una hostilidad no sólo al Estado, sino directamente a la representación política como tal. Especialmente en los ámbitos resguardados de la no pocas veces irresponsable militancia política estudiantil, cierto autonomismo principista afirma lógicas no representativas que, a criterio de la mayoría de nosotros, obturan directamente la construcción política (y esto lo decimos también muchos de nosotros por haber practicado y defendido esas lógicas por algún tiempo).
Compartimos que la representación política constituye el “salto” de lo particular a lo universal; salto que funda la construcción de lo común. “Lo común” como producto de decisiones tomadas de conjunto, orgánicamente, o sea, en instancias decisorias que tienen primacía sobre los individuos o sectores particulares. La construcción del poder popular supone siempre una vertebración política que no se agota en la proliferación de devenires o experimentaciones singulares descentralizados. Es más, algunos creemos que esa mera proliferación no es de por sí política (no permite una construcción de lo común), además de que se mostró estratégicamente incapaz, no sólo de “cambiar el mundo”, sino directamente de perdurar en el tiempo manteniendo cierta masividad ante la recuperación kirchnerista de la legitimidad capitalista desde 2003.
Varios de nosotros creemos que hay que dejar de oponer la construcción de formas de centralización política orgánicas (con capacidad decisora “por encima” de los particulares) a la democracia de base. Por el contrario, la democracia de base debería pensarse como una forma de centralización (con delegados de base, escalonada, con representantes revocables y mandatados, o como la experiencia histórica enseñe en cada caso, pero como una forma de centralización al fin). Por otra parte, también señalamos que, si no nos apropiamos nosotros de las instancias representativas (o creamos las propias), se las regalamos al Estado y los partidos del orden vigente, lo que nos condena cada vez a una pronta y certera derrota.
Ahora bien, esto no implica quela fragua de la unidad política (unidad orgánica, representativa) se haga necesariamente en el Estado. Acá Dri, para algunos, traficaría un supuesto que no es necesario aceptar: que construir poder popular es construir poder desde el Estado. De hecho, puede haber (y hay) formas de representación política a distancia del Estado (pensamos en la cara político-militar del EZLN, que constituye efectivamente una forma de organización representativa y centralizada a distancia del Estado y que, dicho sea de paso, parece ser organizativamente algo bastante distante de la pintura romántica que hace cierto activismo argentino). Uno puede preguntarse por las formas y grados de representación (y por lo tanto por las estrategias de construcción del poder popular) en un sindicato, en un movimiento territorial, en un bachillerato popular (o en varios a la vez). En todas esas instancias a distancia del Estado se construye, también, un poder-otro, un poder popular. El Estado, entonces, no es la única instancia posible de construcción específicamente política. De esta manera, el salto político, el paso de las derivas singulares y los colectivos múltiples a la construcción de lo común –paso que es preciso efectuar para trascender las micropolíticas impotentes– no es por fuerza un salto estatal.
 
Poder popular y Estado
 
Por otro lado, resta también la pregunta por la disputa estatal. Que la construcción del poder popular no sea forzosamente estatal no significa inmediatamente que deba huirse del Estado. La gran cantidad de textos de intelectuales ligados al Frente Popular Darío Santillán, allende las diferencias entre ellos, actualiza en este punto una intervención que muchos consideramos fecunda. Estos pensadores reformulan la discusión centrada en el eje (repetido hasta el hartazgo en espacios de militancia autónoma) “Estado sí / Estado no”, para preguntarse cómo, sobre la base de qué construcciones organizativas y con qué proyecciones políticas se ocupa u ocuparía el Estado. Frente a una caracterización rígida, que ve la búsqueda de una hegemonía estatal en sí misma como una derrota o una traición, esta alternativa de los militantes del FPDS nos resultó interesante. Y doblemente interesante cuando generalmente se enarbola, desde el contrafrente kirchnerista, la tesis de que la única intervención política posible es la que parte de la ostentación de cargos en el Estado. Si esta última opción era, para algunos de nosotros, directamente reaccionaria, la posición de cierto autonomismo principista en su negativa a conducir la intervención emancipadora hacia el Estado nos pareció igualmente cuestionable.
No pensamos que el Estado sea neutral, sino que, precisamente porque es una institución de la dominación de clase, puede ser (y acaso deba ser) un espacio de intervención política. Habría que evitar, según creemos algunos, esencializar la propia caracterización del Estado como una institución cosificada: si su carácter opresivo y capitalista es irreductible, ello no obsta para que se pueda intervenir en el Estado, contra el Estado y más allá del Estado. Esta intervención no se agota, empero, en la ocupación de cargos por directivos “progresistas” o “con sentido social”, como dicen los kirchneristas. Se trataría, en cambio, de aspirar a confluir en el Estado desde un proceso de construcción de poder popular en la “sociedad civil”. A muchos nos parece que, si la construcción de poder popular a distancia del Estado resulta indispensable, ésta es a la vez la única base desde la que se podría aspirar a ocupar el Estado con una praxis y un horizonte de cambio social.
 
A 10 años de 2001: nuevas prácticas y lucha de clases
 
Tras todos estos debates, podemos volver sobre el recuento de las herencias y ausencias legadas por las movilizaciones de 2001. En particular (podemos relacionar esto con los debates leídos en Dialéktica en una reunión anterior), pensamos que, si bien en aquellas jornadas de protesta nunca estuvieron seriamente en juego el cambio social radical, el fin del capitalismo, ni nada de eso, sin embargo la movilización asamblearia y de base habilitó nuevas prácticas que renovaron la activación política en Argentina. Esas prácticas incluyen la inquietud por la democratización de las formas de organización y la creación de múltiples frentes de activismo no referenciados en el Estado. Es importante valorar estas herencias allende todas las limitaciones y dificultades que esas prácticas manifestaron a mediano plazo.
En este marco recuperamos la especificidad de dos artículos particulares: el de Bonnet y el de Casas. El primero analiza la revuelta de 2001 a la luz de la lucha de clases, y el segundo historiza el rol del movimiento obrero organizado en los últimos diez años. Los dos ponen de relieve las limitaciones de la acción de los trabajadores. Bonnet señala que la resolución de los eventos de 2001 se dio dentro de los marcos de la lucha interburguesa, es decir, sin que asomara seriamente una proyección anticapitalista de potencialidades transformadoras y en condiciones en que el movimiento obrero organizado no tenía un proyecto político de emancipación de clase. Agrega, sin embargo, que la propia lucha interburguesa está determinada en última instancia por la lucha de clases, aunque esa lucha no redunde en una organización contra el capital.
Casas, por su parte, sostiene directamente que la clase obrera, en los momentos álgidos de la lucha callejera, “faltó a la cita” (pág. 55). Creemos que con estos dos artículos es posible tantear una respuesta a la pregunta contrafáctica de Solana: “¿Qué hubiera sucedido si esos movimientos recién nacidos, aun con raíces débiles, con una militancia centralmente joven y sin experiencia, hubieran dedicado esfuerzos a explorar apuestas políticas ‘institucionales’?” (pág. 44). La respuesta que algunos (con muchas salvedades) damos es: los habrían derrotado de todos modos. Y justamente porque el movimiento obrero organizado faltó a la cita y la clase obrera globalmente fue y sigue siendo, en lo fundamental, “furgón de cola” de los proyectos de la hegemonía burguesa. Sin adherir a un clasismo obtuso y esencialista, varios pensamos que es difícil imaginar que la construcción del cambio social podría darse sin obturar seriamente la acumulación de capital. ¿Por qué? Porque, por medios políticos o militares, el capital siempre va a ganar, siempre va a ser más fuerte, va a tener más recursos, más medios prebendarios, ideológicos y propagandísticos para desactivarnos, aislarnos y derrotarnos. En este sentido, varios coincidimos en la necesidad de atribuir cierta primacía estratégica a la clase obrera como la única que puede interrumpir el ciclo de la acumulación (y esa sería una condición necesaria, aunque no suficiente, para el cambio social). Y esto dicho a pesar del carácter dominantemente burocrático, empresario y capitalista de la mayor parte del movimiento obrero organizado.
Esto generó, empero, bastante debate. Algunos hablaron de evitar la pregunta por el lugar privilegiado de la activación anticapitalista. Se remarcó, con todo, que esa pregunta por un lugar privilegiado insiste aún entre los que (por ejemplo) dijeron, en su momento, que el movimiento obrero “fue”, que está burocratizado y es capitalista y entonces habría que militar en otro lado; por ejemplo, en el territorio. Con argumentos de este tipo se tendió, hace algunos años, a abandonar la militancia sindical y la intervención en las instituciones dominantes, y hoy vemos que eso condujo a cierto repliegue y aislamiento a mediano plazo. Esta lectura del movimiento obrero, allende su improcedencia estratégica, esencializa los espacios de militancia, tanto como la interpretación dogmática que cree que los obreros son a priori el sujeto social privilegiado. Nos preguntamos, pues, si la lucha hoy es “multisectorial” y si, aun si lo es, a lo mejor no habría que preguntarse qué sectores tienen más importancia estratégica según el análisis de situaciones concretas (sin atribuir esencialmente y de antemano a ninguno de estos sectores importancia privilegiada).
¿Qué posibilidades hay de pensar en un sujeto de cambio plural (aunque puedan reconocerse en su interior sectores estratégicos)? Si se piensa que ese sujeto es “el pueblo” (en el sentido de la construcción de poder popular), muchas veces se soslaya el problema de la emancipación de clase (que es emancipación de la propia condición de la clase obrera y, por lo tanto, del capitalismo). Algunos dijeron, en este punto, que ven en el FPDS un peligro en cierta deriva populista que podría llevar a abandonar el anticapitalismo. Si, en cambio, se piensa que ese sujeto es la heteróclita multitud, se pierde a menudo la posibilidad de construir la organicidad política buscada (el “salto” político que mencionamos arriba). En este punto no logramos una posición superadora, sino que simplemente coincidimos en señalar la problematicidad de la cuestión de cuál sería el sujeto de la emancipación hoy.
 
Emancipación de clase y liberación nacional
 
La aporeticidad encontrada ameritó otra pregunta: habría que ver si el anticapitalismo decidido que se busca una y otra vez (y no se acaba de encontrar) en la movilización de 2001 no es algo impostado intelectualmente desde los gustos ideológicos arbitrarios de algunos de nosotros. Mayoritariamente, las salidas políticas de las crisis planteadas en aquel entonces eran salidas en términos nacionales, incluso de cierta recuperación de la soberanía nacional, pero no inmediatamente (o sólo minoritariamente) de abolición de las clases sociales. A lo mejor, si se abandona esa preocupación por lo que los movimientos “deberían haber sido” y no son ni fueron, se podría ver al kirchnerismo de otra manera (menos como una cooptación y subordinación de la lucha y más como su continuación por otros carriles). Esto generó un debate sobre el rol de lo nacional en la lucha anticapitalista (¿cumple un rol siempre regresivo, o puede enhebrarse con una aspiración de cambio?).
Para algunos, la propuesta que aboga por enfatizar el momento nacional reafirmando la diversidad cultural se basa en comprender esa nación a liberar en términos de “patria grande”, por decirlo de algún modo; en tanto se considera que el capitalismo y el imperialismo son dos fenómenos históricos que nunca se han dado por separado, en ninguna parte y mucho menos en nuestro continente. Si bien es cierto que el modo de producción capitalista tiende a subsumir cada vez más esferas de lo existente –a nivel material, pero también simbólico– en su mundo, a partir de la sobreproducción y el afán de ganar nuevos mercados que le son inherentes, y aunque pareciera ser así el causante unilateral del imperialismo, también debe pensarse que el capitalismo no fue, no es, ni podría ser posible sin el imperialismo (salvo, claro, que uno tenga una visión demasiado intraeuropea del desarrollo capitalista y crea que, efectivamente, surgió de la lucha entre la burguesía y los señores feudales, dejando en segundo plano el rol que las colonias tuvieron y tienen en el asunto; salvo que uno, en este sentido, crea que el capitalismo llega a todas partes de la mano del mercado, y no sólo de los tanques y las ametralladoras, sino también los libros; salvo, en suma, que uno se atenga a análisis “filosóficos” carentes de historia). Por lo tanto, la cuestión del colonialismo sería, también, la cuestión del capitalismo; por eso algunos creemos que puede plantearse en clave nacional, incorporando elementos que hacen a la dominación y no sólo a la explotación (entonces, como se dijo, lo cultural es central). Esto no implica inmediata ni necesariamente el “etapismo” de las luchas “setentistas”: primero liberación nacional; después, social. Si todo este asunto no se construyó en etapas, sucesivas, claramente diferenciables, ¿por qué iba a resolverse así?
 
Práctica teórica, lucha política
 
Finalmente, la lectura de la revista disparó la pregunta por la elaboración teórica y la política. Alguno dijo que hacer política sería aportar una mirada más allá de la táctica coyuntural. La política sería entonces la preocupación por una aspiración de cambio que exceda la mera administración de lo existente y que, por lo tanto, no se agote en la constatación de lo que ya hay, sino que invente nuevas maneras de vivir en común. Y esto valdría más todavía cuando se hace política desde la práctica teórica, porque la teoría justamente excede las exigencias de la intervención táctico/coyuntural (y a veces puede decir cosas que van hasta más allá de la práctica; por ejemplo, actualizar una crítica al capitalismo cuando lo que domina en la sociedad es, justamente, la legitimidad del capitalismo).
Nos preguntamos, con todo, por la relevancia de la filosofía cuando se trata de pensar experiencias concretas. ¿No hay a veces un vicio de los filósofos que consiste en reducir las cosas a sus conceptos, dirimiendo en un nivel reflexivo demasiado general algunos debates, cuando sería preciso atender también a temas de carácter más coyuntural y a las mediaciones históricas entre la teoría y la práctica? El problema de pensar y practicar la teoría de otra manera, habilitando también relaciones más dinámicas, no sólo con la práctica, sino también entre las encorsetadas disciplinas académicas, constituye y seguirá constituyendo una inquietud recurrente entre nosotros.
 
1 Polética es un grupo de pensamiento y estudio que surgió a partir de la cursada de una materia de la carrera de Filosofía de la UBA. Nos reunimos periódicamente desde el año 2006 para leer y pensar colectivamente problemas históricos y filosóficos en torno al Estado, la ética y la política. Luego de cada reunión escribimos un acta o recuento de nuestros debates. Nuestro grupo es abierto y todos nuestros materiales están disponibles en www.pol-etica.blogspot.com. Integramos Polética: Sebastián Chun, Valeria De Laprida, Lucía Fontenla, Facundo Nahuel Martín, Juan Pablo Parra, Ezequiel Pinacchio y Maia Shapochnik.