Sindicalismo de clase versus Sindicalismo negociador de Estado en el Brasil de la era (pos)Lula

Antunes, Ricardo

En el contexto de una monumental reorganización del capital –económica, social, política, ideológica y de valores–, ¿cómo viene esbozando respuestas el sindicalismo de clase?
En el caso de Brasil, donde en la década de 1980 había aflorado un nuevo sindicalismo con claro perfil de clase, ¿qué cambios sufrió a lo largo del período de desertificación neoliberal? ¿Qué ha ocurrido durante la última década en el escenario sindical? ¿Cuáles son las experiencias y las posibilidades de un sindicalismo de clase después de los ocho años de gobierno social-liberal de Lula?
 
El gobierno de Lula
El líder más notable del llamado nuevo sindicalismo se convirtió en un nuevo instrumento de las clases dominantes, una variante de semibonapartismo en el cual la cooptación y el control del llamado sindicalismo combativo y, en particular, de la cúpula sindical es decisivo. Alejado de su origen obrero, sumergido en un nuevo ethos de “clase media”, buscando niveles más altos en la escala social... Todo eso fue convirtiendo a Lula en una especie de “hombre doble”, un ejemplo de los que “vienen desde abajo” pero triunfan dentro del Orden.
Vale recordar que el gobierno Lula, al comienzo del segundo mandato, hizo un cambio político importante, trasladando su base social de sustentación hacia las camadas más pauperizadas, que viven al margen de la organización de clase. Después del total fracaso del programa social Hambre Cero, Lula amplió el Bolsa-Familia, con una política focalizada y asistencialista, pero de gran amplitud, dado que alcanza aproximadamente a 13 millones de familias pobres (cerca de 50 millones de personas con bajos ingresos salariales), que así reciben en promedio el equivalente a 50 dólares mensuales.
De ese modo, el gobierno Lula, a lo Bonaparte, articuló las dos puntas de la barbarie brasilera: su gobierno remuneró como ningún otro a las diversas fracciones burguesas y, en el extremo opuesto de la pirámide social, donde están los sectores más desorganizados y empobrecidos de la población, brindó una política asistencialista que no afecta ni siquiera mínimamente ninguno de los pilares estructurales de la tragedia brasilera.
Su gobierno demostró una enorme capacidad para dividir a los trabajadores privados de los trabajadores públicos. Imaginó que era posible “humanizar” el capitalismo, con una privatización de los fondos públicos combinada, que contempló tanto los intereses del sindicalismo de negocios (ligados a los fondos de pensión), como los del sistema financiero, que es el que efectivamente domina la política económica del gobierno.
 
El sindicalismo negociador de Estado
En el terreno sindical, el llamado sindicalismo combativo fue sólidamente cooptado por el gobierno Lula.1 No hace tanto, en 2008, el gobierno de Lula tomó un decisión que incluso acentuó el control estatal sobre los sindicatos, un viejo rasgo del sindicalismo brasilero, al disponer que las centrales sindicales pasaran a recibir el Impuesto Sindical, creado en la era Vargas, al final de los años 1930.2 Mediante esta medida gubernamental, que legalizaba las centrales –lo que es positivo–, las mismas simultáneamente pasaron a tener el derecho de recoger el Impuesto Sindical.3 Esto significa que las centrales pueden vivir, en definitiva, en base a los recursos del impuesto sindical y otros fondos públicos, sin necesidad de la cotización de sus afiliados. Vale recordar que, cuando surgió, la CUT era una firme opositora de este impuesto.4 La Fuerza Sindical, en cambio, siempre fue partidaria del Impuesto Sindical, puesto que nació como una mezcla de neopeleguismo5 e influencias neoliberales en el sindicalismo. Hoy, ambas tienen propuestas y acciones frecuentemente muy semejantes.
Además, durante el gobierno Lula (y ahora con el de Dilma), hubo centenares de ex sindicalistas que pasaron a percibir altos salarios y comisiones por su participación en los directorios de empresas estatales y ex estatales (privatizadas), en los directorios de fondos de pensión y en innumerables puestos ministeriales y comisiones creadas por el gobierno, aumentando la dependencia, las ataduras y la cooptación de antiguos líderes sindicales, ahora integrados en el aparato de Estado.
Por eso los gobiernos de Lula/Dilma cuentan con el apoyo de una gran parte de la burocracia sindical, que se ligó al Estado y pasó a ser dependiente de los dineros públicos. De modo que la CUT y la Fuerza Sindical, enemigas en el pasado, conviven hoy en los ministerios del gobierno y dependen ambas de los fondos públicos.
El nuevo sindicalismo brasilero de los años 1970-1980, que había nacido por fuera de los marcos de la socialdemocracia sindical, poco a poco se fue convirtiendo en una especie de copia tardía de aquella socialdemocracia. Así comenzó a desmoronarse el nuevo sindicalismo, que pareció envejecer precozmente. La política de “convenios”, “apoyos financieros” y “asociaciones” con la socialdemocracia sindical, especialmente europea, practicada intensamente durante más de dos décadas condujo, poco a poco, a este panorama de cambios profundos que contaminó notoriamente el sindicalismo de clase que, desprovisto de un perfil político e ideológico de clase, se fue paulatinamente socialdemocratizando, en un contexto, vale recordarlo, de neoliberalización de la misma socialdemocracia sindical.
Este proceso terminó por metamorfosear a la CUT, que había nacido como una propuesta independiente y con claros contornos clasistas, en una Central sindical cada vez más burocratizada, institucionalizada, negociadora y subordinada al Estado. Como ya dijimos, con la creciente aproximación entre la CUT y la Fuerza Sindical, se originó una curiosa variante de sindicalismo negociador de Estado, que practica una política de concertación con las empresas y se aferra al conjunto de recursos liberados por el Estado para garantizar su dominio y cooptación. Lo mismo vale para otra central también proveniente del campo de la izquierda sindical tradicional, que asumió una posición de apoyo al gobierno Lula, la Central de Trabajadoras y Trabajadores de Brasil (CTB), originada en la Corriente Sindical Clasista vinculada al Partido Comunista de Brasil (PCdB),6 tendencia interna de la CUT que, en 2007, se desafilió para constituirse como otra central y recibir, también, el Impuesto Sindical.
 
Desafíos para una nueva reorganización del sindicalismo
Después de la derrota de la CUT y del llamado nuevo sindicalismo, los desafíos que debe afrontar una nueva reorganización del sindicalismo de base y de clase en Brasil son innumerables. La creciente individualización de las relaciones de trabajo, la tendencia de las empresas a buscar formas de quebrar el espíritu de solidaridad y conciencia de clase y de desorganizar todavía más a los trabajadores dentro de las fábricas son desafíos decisivos. Combatir la falsa idea de que los trabajadores ya no son obreros sino “colaboradores”, práctica recurrente de las empresas, que pretenden disimular la contradicción existente entre la totalidad del trabajo social y la totalidad del capital, y comprender lo que vengo denominando nueva morfología del trabajo son imperativos fundamentales para la izquierda en el proceso de reorganización sindical.
En el campo de la izquierda sindical anticapitalista, existe un esfuerzo para crear nuevos polos de organización, resistencia y confrontación, aglutinando sectores claramente socialistas y anticapitalistas, tanto en la Conlutas (Coordinación Nacional de Luchas) como en la Intersindical.
La Conlutas fue creada recientemente como embrión de una nueva central de trabajadores, rompiendo con la CUT y teniendo como principal fuerza política de apoyo al Partido Socialista de los Trabajadores Unificado (PSTU), además de incorporar algunos sectores del Partido Socialismo y Libertad (PSOL) y otros sectores de izquierda independiente. Conlutas se propone organizar no solo a los sindicatos, sino también a movimientos sociales extrasindicales, y viene ganando importancia en el último período, avanzando en la oposición al gobierno Lula (y ahora al gobierno Dilma), luchando contra la pérdida de derechos y buscando organizar el gran espacio de fuerzas sociales del trabajo en sentido amplio, que hoy está por fuera de las organizaciones existentes.
La Intersindical proviene también de sectores críticos que rompieron con la CUT, cuenta con una significativa presencia de militantes sindicales del PSOL, de antiguos militantes del Partido de los Trabajadores y de otros sectores independientes de izquierda. La Intersindical tiene un perfil más marcadamente sindical, orientado a la reorganización del sindicalismo de clase. Actualmente está dividida entre una parte, que es favorable a la fusión con la Conlutas para crear una nueva central, y otra parte, que se opone a la creación de una nueva central y se inclina por intentar una reorganización de base, en cierto modo inspirada en la anterior experiencia de las oposiciones sindicales.
Tanto Conlutas como la Intersindical, cada cual a su manera, tratan de dar respuestas enfrentadas a la conversión de la CUT en una central institucionalizada, verticalizada y dependiente del Estado. Dos casos son emblemáticos: el Sindicato de los Metalúrgicos de San Pablo de Sao José dos Campos (en Conlutas), y el Sindicato de los Metalúrgicos de Campinas (en la Intersindical). Ambos se oponen a las políticas de concertación, rechazan la práctica nefasta del “banco de horas” (reparto del desempleo), hacen huelgas importantes y no aceptan los dineros públicos que subordinan los sindicatos al Estado. La lucha contra la destrucción de derechos y la precarización del trabajo son centrales en sus acciones cotidianas.
Algunos ejemplos pueden dar una idea del nivel de explotación del trabajo en Brasil. Los años de vida de los trabajadores empleados en la producción de caña de azúcar (para el etanol), en algunas regiones del norte del país, son menores a los existentes en tiempos de la esclavitud en el siglo XIX, lo que obliga a los sindicatos rurales a luchar contra la degradación del trabajo semiesclavo en el campo. Un trabajador o una trabajadora pueden cortar un promedio de 10 (en San Pablo) a 18 (en Marañón) toneladas de caña por día, dando millares de golpe de machete que destruyen su cuerpo productivo. Hay innumerables casos de trabajo esclavo en haciendas y en ese agronegocio que tanto encanta a Lula.
Inmigrantes bolivianos trabajan en el ramo de confecciones en la industria textil en el centro de San Pablo, con jornadas que llegan a las 17 horas por día y completamente desvalidos de derechos.
Entonces, el mayor desafío es encontrar el modo de organizar ese ampliado, heterogéneo y disperso universo de trabajadores y trabajadoras.
Además de esto, tiene plena actualidad la lucha por la autonomía, libertad e independencia sindical con respecto a las nuevas formas de dependencia del Estado introducidas en la era Lula.
Otro desafío central es buscar la creación de un polo sindical, social y político desde la base, que trate de ofrecer al país un programa de cambios anticapitalistas, combatiendo las causas reales e históricas que sostienen la estructura social y política de la dominación burguesa en Brasil. Es decisivo, por lo tanto, buscar un diseño de organización sindical capaz de ampliar e intensificar las luchas sociales de los trabajadores urbanos y rurales, que elimine la superexplotación del trabajo que distingue al capitalismo brasilero, incentivando, por el contrario, las formas de producción orientadas hacia las necesidades vitales de la población trabajadora, hacia la producción de bienes socialmente útiles, ofreciendo respuestas concretas a la tragedia que asola la vida cotidiana del ser social que trabaja en Brasil.
 
Nueva morfologia de la clase y nueva morfología de las organizaciones representativas de los trabajadores
Comprender el diseño compuesto, heterogéneo y multifacético que caracteriza a la nueva morfología de la clase trabajadora pasa a ser imprescindible, con el objetivo de eliminar las fisuras que separan a los trabajadores y trabajadoras estables y precarios, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, nacionales e inmigrantes, blancos y negros, calificados y no calificados, empleados y desempleados, entre otras tantas diferenciaciones.
Si la clase trabajadora en el mundo contemporáneo es más compleja y heterogénea que la existente durante el período de expansión del fordismo, la recuperación del sentido de pertenencia de clase (como ha señalado Alain Bihr) contra las innumerables fracturas objetivas y subjetivas impuestas por el capital es uno de los desafíos más urgentes. Esto, a nuestro entender, solo es posible partiendo de las cuestiones vitales que emergen en el espacio de la vida cotidiana: trabajo, tiempo de trabajo y de vida,degradación ambiental, producción destructiva, propiedad (incluyendo la intelectual), mercantilización de bienes (agua, alimentos) son algunos temas, por cierto vitales, que los sindicatos no pueden dejar de considerar.
Romper la barrera impuesta por el capital entre acción sindical y acción parlamentaria, entre lucha económica y lucha política, articulando y fundiendo las luchas sociales, extraparlamentarias, autónomas, que dan vida a las acciones de clase, pasa a ser crucial. Como el capital ejerce un dominio fundamentalmente extraparlamentario (lo señala István Mészáros), es un gran error querer derrotarlo con acciones que se limiten o que privilegien el ámbito de lo institucional. Un sindicalismo de clase debe, por lo tanto, articular íntimamente lucha social y lucha política.
En esto puede ayudar mucho la experiencia del Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST). Creado en 1984, el MST tiene como centro de su accionar la organización de base de los trabajadores del campo. En su acción confrontativa, el MST no prioriza la acción institucional o parlamentaria (que es concebida como un desdoblamiento y no el centro de la lucha), sino que sustenta su fuerza y vitalidad en la lucha social por la base, y tiene, en las ocupaciones y asentamientos, su forma prioritaria de lucha.
Su acción central parte de un elemento vital: la tierra y su posesión como búsqueda de un nuevo modo de vida, con claros elementos colectivos. La tierra significa trabajo, vida, alimentación, sociabilidad, etcétera. El punto de partida es una cuestión vital.
Aunque el MST se haya originado como un movimiento de trabajadores rurales, ha venido incorporando crecientemente a trabajadores expulsados de las ciudades, que retornan al campo desempleados, articulando experiencias cotidianas oriundas del mundo del trabajo rural y urbano.
Con esta fuerza social, el MST sigue siendo el más importante movimiento social y político de Brasil, al practicar diariamente la fusión entre lucha social y lucha política como eje central de sus acciones.
Cito otro ejemplo latinoamericano. En Argentina vimos el florecimiento, en el marco de la crisis de diciembre 2001, de nuevas formas de confrontación social, como la explosión del movimiento de los trabajadores desocupados, los piqueteros que “cortan las rutas” para trabar la circulación de mercaderías, así como la expansión de la lucha de los trabajadores en torno a las empresas “recuperadas”, ocupadas durante el período más crítico de la crisis argentina y que alcanzó a dos centenares de empresas bajo el control-dirección-autogestión de los trabajadores.
Ambas fueron respuestas importantes frente al desempleo, indicando nuevas formas de luchas sociales y políticas del trabajo, impulsadas por las masas de desempleados que se expandieron en aquel período, aunque, en el caso de los “piqueteros”, el movimiento haya sufrido un fuerte reflujo (y cooptación por el gobierno Kirchner), debido también a su relativa inorganicidad. Y las fábricas ocupadas encuentran un enorme obstáculo al relacionarse con el mundo del mercado y su lógica destructiva. Pero, junto a los sindicatos de clase, fueron experiencias recientes de organización de las fuerzas sociales del trabajo.
Hay, por tanto, un diseño compuesto, heterogéneo y multifacético, que caracteriza a la nueva morfología del trabajo en Brasil. Más allá de las fracturas entre los trabajadores estables y precarios, de género, generacional y étnica; entre los trabajadores calificados y no calificados, empleados y desempleados, además de la necesidad imperiosa de superar el productivismo por una concepción ambiental que articule ecología y trabajo, tenemos también las estratificaciones y fragmentaciones que se acentúan en función del proceso creciente de internacionalización del capital, entre otros tantos desafíos.
Para comprender la nueva morfología del trabajo es necesario, entonces, partir de una concepción ampliada del trabajo, abarcando a la totalidad de los asalariados, hombres y mujeres que viven de la venta de su fuerza de trabajo (incluyendo también a los desempleados), y que no se restrinja exclusivamente a los trabajadores manuales directos.
Los sindicatos y demás formas de representación de las fuerzas sociales del trabajo, deben tratar de comprender e incorporar la totalidad del trabajo social y colectivo que vende su fuerza de trabajo como mercancía, sea ese trabajo predominantemente material o inmaterial, en las tecnologías de información y comunicación –el llamado infoproletariado o cyberproletariado, que hoy tiene un papel destacado en la creación de valor– o en aquel enorme contingente sobrante de fuerza de trabajo que no encuentra empleo, los desempleados, pero que son parte constitutiva de la clase trabajadora (y también de la ley del valor).
Si la industria taylorista y fordista es, tendencialmente, más bien parte del pasado que del presente, ¿cómo imaginar que un sindicalismo organizado verticalmente podría representar ese nuevo heterogéneo mundo del trabajo?
Es preciso diseñar un sindicalismo más horizontalizado (Alain Bihr) que contemple las múltiples formas de ser del trabajo. Dicho de otro modo, la nueva morfología del trabajo obliga a repensar una nueva morfología de los organismos de representación del trabajo, de la cual los sindicatos son parte. Así como el pasaje del siglo XIX al siglo XX generó la creación de un nuevo tipo de sindicalismo de masa tayloriano-fordista, el viraje del siglo XX al XXI está exigiendo un nuevo sindicalismo de clase que aglutine a la clase-que-vive-del-trabajo y su nueva morfología.
 
 
Ponencia presentada en el Encuentro “Otro Davos” realizado en Basilea, Suiza, los días 21, 22 y 23 de enero de 2011. Enviado a Herramienta por el autor.
Traducción del portugués al castellano de Aldo Casas.
 
 
1 En el campo de la izquierda, aunque asumiendo una posición de apoyo al gobierno Lula, tenemos también a la Central de los Trabajadores y Trabajadoras de Brasil (CTB), vinculada al Partido Comunista de Brasil, que se desafilió de la CUT en 2007, constituyendo una nueva central. En el campo de la centro-derecha tenemos la Fuerza Sindical, que combina elementos de neoliberalismo con el viejo sindicalismo “modernizado”. También hay pequeñas centrales como la Central General de los Trabajadores de Brasil (CGTB), la Unión General de los Trabajadores (UGT) y Nueva Central, todas ellas con poca representatividad sindical y herederas de una u otra manera del viejo sindicalismo dependiente del Estado. 
2 Un día de salario al año de todos los trabajadores de las empresas privadas es recaudado compulsivamente por el Estado y distribuido entre los sindicatos, federaciones, confederaciones y, ahora, también entre las centrales. En 2010, según el Ministerio de Trabajo, fueron 84,3 millones de reales.
3 En 2010, fueron a las Centrales 84,3 millones de reales. Según el Ministerio de Trabajo, las dos mayores centrales, CUT y Fuerza Sindical, recibieron 27,03 millones de reales y 23,6 millones respectivamente –valores que representan el 80% del presupuesto de Fuerza y 60% del de la CUT–. Luego, los mayores beneficiados fueron la UGT, con 14 millones; la Nueva Central Sindical de Trabajadores, que embolsó 9,9 millones; la central de los trabajadores y trabajadoras de Brasil (CTB), con 5,3 millones, y la Central General de los Trabajadores de Brasil (CGTB), con 3,9 millones de reales.
4 La CUT fue creada en 1983 para luchar por un sindicalismo autónomo, independiente y de clase.
5 “Pelego” se llama en Brasil a la piel usada por los jinetes para amortiguar el rebote del trote de los caballos. De allí que pasara a ser la denominación dada al sindicalismo de conciliación de clase y dependiente del Estado.
6 Partido que, en el pasado, estuvo influido por el maoísmo y ligado a China y que, posteriormente, pasó a ser aliado del PT y de sus gobiernos.