¿Adios al trabajo? Ensayo sobre las metamórfosis y el rol central del mundo del trabajo. Prólogo a la edición en español

Este libro que presentamos con enorme satisfacción a los lectores de lengua Hispánica fue publicado originalmente en Brasil, en 1995. Su objetivo central fue problematizar, polemizar e igualmente contestar a las tesis que defendían el fin de la centralidad del trabajo en el mundo capitalista contemporáneo. Esas tesis tuvieron varias consecuencias y repercusiones al interior de las universidades, de las izquierdas, de los movimientos sociales y del propio movimiento de los trabajadores, toda vez que, implícita o explícitamente, algunos de sus principales formula­dores, se recusaban, en el fondo, a reconocer el papel central de la clase trabajadora en la transformación societal contempo­ránea.

Coherentes con la fragmentación "posmoderna", con el culto fetichizado del ideario del Orden, estas formulaciones, en gran medida, se recusaban a reconocer el sentido activo y transformador de la clase trabajadora. Fue como una primera respuesta crítica a estas formulaciones que escribimos ¿Adiós al trabajo?. Buscamos así ofrecer algunos elementos centrales para rebatir aquellas tesis, carentes de sustentación, tanto empírica como analítica.

Ahora, cuando presentamos esta edición en Español del libro, después de siete ediciones publicadas en Brasil, dos en Venezuela, una en Argentina (publicada por la Editorial Antídoto, en la Colección Herramienta, que sirvió de base para esta edición), una en Colombia y una en Itália, y luego de constatar su positiva receptividad en varios países, a través de reseñas en Francia (Actuel Marx), Inglaterra (Capital & Class), Italia (Marxismo Oggi e Liberazzione), entre otros, podemos decir que continuamos sustentando fuertemente nuestras tesis, más aún cuando la literatura que viene siendo publicada desde entonces sobre la llamada "sociedad del trabajo" no alteró nuestras formulaciones originales.

Tal vez pudiésemos, entonces, aprovechar este prólogo a la edición en Español para retomar, de manera bastante sintética, otras tesis que intentan invalidar la centralidad del trabajo, basándose en la afirmación de la pérdida de sentido de la teoría del valor, en la tesis que propugna la sustitución del valor-trabajo por la ciencia, o aun en la vigencia de una lógica societal intersubjetiva que se colocaría en posición analítica de superio­ridad frente a la formulación marxiana de la centralidad del trabajo y de la teoría del valor. Aunque estas tesis aparecen por momentos a lo largo del libro, ellas fueron mencionadas siempre de manera sucinta. Al retomarlas aquí, podemos ofrecer a los lectores, al menos en forma indicativa, nuestra explicación de por qué no invalidan las formulaciones presentes en ¿Adiós al trabajo?, si no más bien que las refuerzan.

Creemos, al contrario de aquellos que defienden la pérdida de sentido y de significado del trabajo, que cuando concebimos la forma contemporánea del trabajo, como expresión del trabajo social, que es más complejizado, socialmente combinado y aún más intensificado en sus ritmos y procesos, no podemos estar de acuerdo con las tesis que minimizan o hasta no consideran el proceso de creación de valores de cambio. Defendemos la tesis de que la sociedad del capital y su ley del valor necesitan cada vez menos del trabajo estable y cada vez más de las diversi­ficadas formas de trabajo parcial o part-time, "tercerizado", que son, en escala creciente, parte constitutiva del proceso de producción capitalista.

Exactamente porque el capital no puede eliminar el trabajo vivo del proceso de creación de valores, debe aumentar la utilización y la productividad del trabajo de modo que intensifique las formas de extracción del sobretrabajo en tiempo cada vez más reducido. Por lo tanto, una cosa es tener la necesidad imperiosa de reducir la dimensión variable del capital y la consecuente necesidad de expandir su parte constante. Otra, muy diferente, es imaginar que eliminando el trabajo vivo, el capital pueda continuar reproduciéndose. La reducción del proletariado estable, heredero del taylorismo/fordismo, la ampliación del trabajo intelectual al interior de las plantas productivas modernas, así como la ampliación generalizada de las formas de trabajo precarizado, part-time, tercerizado, desarrolladas intensamente en la "era de la empresa flexible" y de la desverticalización productiva, son significativos ejemplos de la vigencia de la ley del valor. Como el capital tiene un fuerte sentido de desperdicio y de exclusión, es la propia "centralidad del trabajo abstracto que produce la no-centralidad del trabajo, presente en la masa de los excluidos del trabajo vivo", que, una vez (des)socializados y (des)individualizados por la expulsión del trabajo, "procuran desesperadamente encontrar formas de individualización y de socialización en las esferas aisladas del no-trabajo (actividad de formación, de beneficencia y de servicios)" (Tosel, 1995: 210).

Tampoco podemos estar de acuerdo con la tesis de la transformación de la ciencia "en la principal fuerza productiva", en sustitución al valor-trabajo, que se habría tornado inoperante (Habermas, 1972: 104). Esta formulación, al "sustituir" la tesis del valor-trabajo por la conversión de la ciencia en principal fuerza productiva, termina por desconsiderar un elemento esencial dado por la complejidad de las relaciones entre la teoría del valor y la del conocimiento científico. O sea, desconsidera que el "trabajo vivo, en conjunción con ciencia y tecnología, constituye una compleja y contradictoria unidad, bajo las condiciones de los desarrollos capitalistas", en la medida que "la tendencia del capital para dar a la producción un carácter científico es neutralizada por las más íntimas limitaciones del propio capital: es decir, por la necesidad última, paralizante y antisocial de 'mantener el valor ya creado, como valor', con el objetivo de restringir la producción dentro de la base limitada del capital" (Mészáros, 1989b: 135-6).

No se trata de decir que la teoría del valor-trabajo no reco­noce el papel creciente de la ciencia, sino que ésta se encuentra obstaculizada en su desarrollo por la base material de las relaciones entre capital y trabajo, la cual no puede superar. Y es por esta restricción estructural - que libera y también estimula su expansión para el incremento de la producción de valores de cambio, pero impide el salto cualitativo societario para una sociedad productora de bienes útiles según la lógica del tiempo disponible - que la ciencia no puede convertirse en la principal fuerza productiva. Prisionera de esta base material, menos que una cientificización de la tecnología hay, de acuerdo con Mészáros, un proceso de tecnologización de la ciencia (Idem: 133). Ontológicamente prisionera del suelo material estructurado por el capital, la ciencia no podría transformarse en su principal fuerza productiva. Esta interactúa con el trabajo, con la necesidad preponderante de participar del proceso de valorización del capital, no se sobrepone al valor, sino que es parte intrínseca de su mecanismo.

Esta interpenetración entre actividades laborativas y ciencia es más compleja: el saber científico y el saber laborativo se combinan más directamente en el mundo contemporáneo sin que el primero se sobreponga al segundo. Las máquinas inteligentes no pueden sustituir a los trabajadores. Al contrario, su introducción se vale del trabajo intelectual del operario que, al interactuar con la máquina informatizada, acaba también por transferir parte de sus nuevos atributos intelectuales a la nueva máquina que resulta de este proceso. Se establece, entonces, un complejo proceso interactivo entre trabajo y ciencia produc­tiva, que no puede llevar a la extinción del trabajo. Este proceso de retroalimentación impone al capital la necesidad de encontrar una fuerza de trabajo aún más compleja, multifuncional, que debe ser explotada de manera más intensa y sofisticada, al menos en los ramos productivos dotados de mayor incremento tecnológico.

Con la conversión del trabajo vivo en trabajo muerto, a partir del momento en que, por el desarrollo de las computadoras, la máquina informacional pasa a desempeñar actividades propias de la inteligencia humana, lo que se puede constatar es un proceso de objetivación de las actividades cerebrales junto a la maquinaria, de transferencia del saber intelectual y cogni­tivo de la clase trabajadora para la maquinaria informatiza­da (Lojkine, 1995). La transferencia de capacidades intelectua­les para la maquinaria informatizada, que se convierte en len­guaje de la máquina propia de la fase informacional, a través de las computadoras, acentúa la transformación de trabajo vivo en trabajo muerto.

Además de la transformación de trabajo vivo en trabajo muerto, hay otra tendencia dada por la creciente imbricación entre trabajo material e inmaterial, en la medida en que también se observa, en el mundo contemporáneo, la expansión del trabajo dotado de mayor dimensión intelectual, sea en las actividades industriales más informatizadas, sea en las esferas comprendidas por el sector de servicios o en las comunicacio­nes, entre tantas otras. La expansión del trabajo en servicios, en esferas no directamente productivas, pero que muchas veces desempeñan actividades imbricadas con el trabajo productivo, aparece como otra característica importante de la noción ampliada de trabajo, cuando se pretende comprender su significado en el mundo contemporáneo. Dado que en el mundo de la tecnociencia, la producción de conocimientos se transforma en un elemento esencial de la producción de bienes y servicios, se puede decir que "las capacidades de los trabajadores de poder ampliar sus saberes (...) se torna una característica de la capacidad del trabajo en general. Y no es una exageración decir que la fuerza de trabajo se presenta cada vez más como fuerza inteligente de reacción a las situaciones de producción en mutación y al ecuacionamiento de problemas inesperados" (Vincent, 1995: 160). La ampliación de las formas de trabajo inmaterial se convierte, por lo tanto, en otra característica del sistema de producción.

Se evidencia, en el universo de las empresas productivas y de servicios, una ampliación de las actividades denominadas inmateriales, que expresan la vigencia de la esfera informacio­nal de la forma-mercancía. En la interpretación que aquí estamos ofreciendo, las nuevas dimensiones y formas de trabajo vienen trayendo una dilatación, una ampliación y una compleji­zación de la actividad laborativa, de la cual la expansión del trabajo inmaterial es ejemplo. Trabajo material e inmaterial, en la imbricación creciente que existe entre ambos, se encuen­tran, no obstante, centralmente subordinados a la lógica de la producción de mercancías y de capital.

Podemos, por lo tanto, al concluir este prólogo, que, al contrario de la sustitución del trabajo por la ciencia, o todavía de la sustitución de la producción de valores por la esfera comunica­cional o de la sustitución de la producción por la información, lo que está ocurriendo en el mundo contemporáneo es una mayor interrelación, mayor interpenetración, entre las actividades productivas y las improductivas, entre las activi­dades fabriles y de servicios, entre actividades laborativas y las actividades de concepción, que se expanden en el contexto de la reestructuración productiva del capital. Una concepción ampliada de trabajo nos posibilita entender el rol que éste ejerce en la sociabilidad contemporánea, en los umbrales del siglo XXI.

Al concluir este prólogo, es necesario hacer dos agrade­cimientos:

El primero, al amigo José Xavier Cortez, editor de Adeus ao Trabalho? en Brasil, por la generosidad y solidaridad que siempre lo caracterizó, presente una vez más al ceder los derechos de publicación del libro para diversas ediciones extranjeras. El segundo, a Nestor López Collazo, editor de ¿Adiós al trabajo? en Argentina, por la igual generosidad, al ceder la traducción argentina de la Colección Herramienta/Editorial Antídoto para esta nueva edición en lengua Hispánica, preparada por Cortez Editora. Quedan aquí registrados mis sinceros agradecimientos a estos dos amigos especiales.

Ricardo Antunes

Agosto, 2001.