2001-2011: Las dimensiones de la rebelión al calor de la experiencia de los movimientos barriales y de trabajador@s desocupad@s

 Los aspectos coyunturales y la dimensión estratégica de la rebelión popular del 2001 pueden leerse en la potencialidad y las limitaciones que mostraron los Movimientos de Trabajadores Desocupados en aquel entonces, y en su conformación actual. Después del 19 y 20 se posó la lupa sobre aquella mezcla de masividad, trabajo de base, combatividad, propuestas organizativas antijerárquicas y anhelos de cambio social que emergieron de los cordones más postergados de los grandes centros urbanos. Desde una mirada retrospectiva, pueden verse con claridad los cambios, reconfiguraciones y continuidades de un movimiento de extensión territorial que nació piquetero, se sumó a los anhelos de cambio de todo un pueblo, y hoy sigue construyendo poder popular en los barrios pobres y manteniendo viva la llama del cambio social.

Aspectos coyunturales y dimensión estratégica de la rebelión popular

La rebelión del 19 y 20 de diciembre de 2001 dejó grabadas a fuego lecciones y desafíos de diversa índole, de los que señalamos aquí dos planos para su análisis.

Por un lado, se convirtió en una contundente estocada al modelo neoliberal que sumió al régimen político en una crisis de gobernabilidad. Aquellas jornadas clausuraron una etapa de hegemonía neoliberal para dejar abierta la posibilidad de que se diera otra correlación de fuerzas más favorable al pueblo, que se expresara también en la posibilidad de construcción de un régimen político, económico y social que expresara los intereses de las mayorías excluidas. En aquel entonces, esos cambios radicales no se dieron. Entendido como momento político, el 2001 deberá seguir siendo referencia, aprendizaje, balance militante. Sin embargo, esa oportunidad pasó y, con sus potencias y limitaciones, aquella coyuntura forma parte de la historia.

Pero por otro lado, la manifestación misma de esa rebelión expresó ideas y propuestas que irían a proyectarse más allá de la coyuntura y la forma en que ésta se resolviera. Se plantearon, en medio de la revuelta, valores, principios y cuestionamientos a las lógicas del sistema de representación, de la organización política y de la acumulación capitalista, que desandada la crisis se replegaron, aunque desde entonces se acunan en el seno del movimiento popular. Este saldo de aquella rebelión lo consideramos “estratégico”, son esas brasas que tenemos la obligación militante de mantener encendidas y alentar en nuestras construcciones cotidianas, para que vuelvan a crecer en potencia transformadora. 

Los Movimientos de Trabajadores Desocupados (MTD), como expresión novedosa del movimiento piquetero[1], fueron uno de los factores dinamizadores de aquella rebelión, al promover las condiciones previas y dar continuidad al proceso de luchas que encontró en el 2001 su punto de inflexión, junto a l@s trabajador@s que tomaban fábricas abandonadas por la patronal, sectores medios que después se organizarían en asambleas barriales, acompañados por movimientos campesinos y colectivos culturales, estudiantiles y de activismo contrainformativo.

Las dos dimensiones de la rebelión antes mencionadas: 1) su expresión como “hecho histórico” que respondió a una coyuntura, con sus potencias y limitaciones, por un lado, y 2) la proyección de novedosas formas de expresar la lucha antisistémica y proponer lógicas de organización social alternativas, por el otro, atraviesan al desarrollo del Movimiento de Trabajadores Desocupados en esta década, pero también –y sobre todo– al conjunto del movimiento popular.

1- Potencia y limitaciones históricas de la coyuntura del 2001: una mirada desde nuestra experiencia

A la luz de los años, queda claro que aquella expectativa de cambios profundos después de la rebelión no se concretó. Los sectores populares demostramos un gran despliegue de combatividad y capacidad de impugnación a las variables más claramente continuistas, al punto que ni siquiera la opción represiva expresada en el corto mandato de Duhalde al frente de la presidencia pudo estabilizarse tras los asesinatos de nuestros compañeros Darío y Maxi. Sin embargo, igual de cierto es que no se elaboró en aquel entonces una alternativa popular que expresara una fuerza social y política capaz de ofrecer una respuesta a la crisis de representatividad de la partidocracia dominante. Sobre esa crisis y ese vacío se montó Néstor Kirchner para ofrecer una propuesta política que, tomando algunas banderas del reclamo popular, fuera trayendo “apaciguamiento” de la conflictividad, satisfaciendo así las necesidades de estabilidad que reclamaba, sobre todo, el poder económico dominante.

¿Por qué desde el campo popular no surgió una alternativa de cambio en aquella coyuntura? Lejos de poder responder a esa pregunta en un sentido integral, aportaremos aquí una visión parcial desde nuestra experiencia. La Coordinadora de Trabajadores Desocupados “Aníbal Verón”, que en el 2001 ya nucleaba a la mayoría de los MTD y otros grupos piqueteros, en el transcurso de aquellos meses desplegó una gran potencia de lucha: cercó la capital del país con bloqueos totales a los principales accesos a la ciudad, mantuvo cortadas rutas estratégicas durante días, sumó su militancia a las jornadas del 19 y 20, acompañó el surgimiento de las asambleas barriales y desafió a la represión duhaldista, al alto costo de la pérdida de valiosos militantes[2] . Esa realidad puso a los MTD en un lugar notorio de la política en aquel entonces, donde no faltaron alianzas con otras organizaciones, encuentros con sectores sindicales, convocatorias de lo que era la “novedad” en términos de propuesta electoral, el partido “Autodeterminación y Libertad” que referenciaba el ex diputado trotskista Luis Zamora... Pero, por distintas limitaciones, la realidad de aquella coordinadora de desocupados distaba de poder convertirse en un vector aglutinante o de confluencia para la gestación de una alternativa política.

Por un lado, la coordinadora tenía acuerdos básicos para protagonizar “la resistencia”, pero con apenas un par de años de vida los distintos movimientos que la integraban no habían debatido proyectos políticos en común. Además, estos movimientos se caracterizaban por la juventud de su militancia y sus referentes: las reuniones de coordinación general de la Verón contaban con una militancia que promediaba los 25-30 años. Este dato cobra dimensión si se tiene en cuenta el quiebre histórico respecto a las experiencias previas con las que esos nuevos movimientos que pretendían movilizar al pueblo para cambiar la sociedad se identificaban: después de la dictadura, el alfonsinismo y el primer ciclo menemista, no hubo referencias masivas de continuidad y, salvo el aporte valioso pero puntual de algun@s poc@s compañer@s que provenían de las experiencias de los 70, la militancia que dinamizó a estos nuevos movimientos sociales sentía que estaba empezando a reorganizarse sin herencias previas. Esta particularidad dio una frescura, agilidad y desparpajo muy valiosos para el contexto de lucha, pero a la vez privó a los movimientos de una perspectiva más sólida que permitiera elaborar análisis a mediano plazo.

Otro elemento –central– es que, como construcciones sociales, los movimientos adolecían de un desarrollo sólido y con raíces fuertes, eran hijos de aquel momento político. La organización en los barrios se iba extendiendo al calor de las conquistas parciales, pero no dejaba de ser incipiente; la lucha se centraba en el reclamo de planes de empleo ante la desocupación, hecho imprescindible para masificar, pero que a la vez absorbía grandes energías a los militantes, diluyendo la perspectiva de lucha más general. Se intervenía en el plano específicamente político para cuestionar con radicalidad al régimen vigente, pero para pensar y proyectar una alternativa integral, aquellos movimientos hubieran necesitado una consolidación de base y una maduración política que evidentemente no tuvieron.

Por otra parte, en aquel contexto del “Que se vayan todos”, cualquier propuesta de salida política a la crisis que esbozara una valoración de “lo electoral” se tornaba insostenible de cara a un activo social extendido que emergía con la crisis y aprendía a interpretar la política a pasos acelerados, en la dinámica insurreccional de conflictividad prioritaria y permanente. (En varios MTD, además, como antecedente de coyunturas electorales anteriores estaba instalada la consigna “Gane quien gane pierde el pueblo”).

Ante este panorama, cabe preguntarnos, al menos como ejercicio para el análisis: ¿Qué hubiera sucedido si esos movimientos recién nacidos, aún con raíces débiles, con una militancia centralmente joven y sin experiencia, hubiera dedicado esfuerzos a explorar apuestas políticas “institucionales”? No hay una respuesta inequívoca al respecto, pero sí sabemos lo que sucedió: ante la ausencia más general de alternativas elaborándose en el plano específicamente político, en aquel contexto la militancia optó centralmente por sostener los movimientos de lucha, no perder el terreno y la referencia alcanzadas, reafirmar los principios fundacionales y no dejarse encandilar por los ofrecimientos que en aquel momento caían descolgados de la lógica de construcción de base y de lucha de masas. (Con el kirchnerismo, esos “ofrecimientos” tomaron la forma de cooptación: dos veces la Verón fue invitada a la Casa de Gobierno a entrevistarse con el presidente Kirchner, y aquellas operaciones políticas desde el Estado dieron sus frutos resquebrajando confianzas al interior de una coordinadora que, por eso pero sobre todo por las limitaciones propias antes dichas, cerraba un ciclo de unidad y daba lugar a distintas apuestas fruto de la división).[3]

¿Sería útil proyectar esta conclusión parcial desde los MTD mencionados al conjunto del campo popular? Algunos aspectos sí pueden resultar comunes y nos permiten evaluar los límites y las potencialidades de las organizaciones populares construidas en los últimos 10 años. Por ejemplo, bien podemos caracterizar que el movimiento asambleario (de las asambleas barriales, centralmente protagonizada por sectores medios en las grandes ciudades) generó un fuerte y original vector de organización horizontal, masividad y hasta combatividad en algunos casos, pero que, por motivos similares de debilidad en términos de estructuramiento, militancia, acuerdos políticos, etcétera, lejos estuvo de poder proyectar su potencia social al plano de la gestación de alternativas políticas para aquel momento de crisis. El movimiento de las fábricas ocupadas y puestas a producir, también se vio atravesado por la necesidad de priorizar los resultados reivindicativos, y los vaivenes de los “movimientos” que reunían a las distintas fábricas tuvieron más consistencia cuando las necesidades concretas lo requirieron, y más debilidad cuando se trató de proyectar políticamente lo capitalizado por aquellas luchas. También los movimientos campesinos, o las experiencias contrainformativas o culturales, estaban atravesadas por una efervescencia y protagonismo que no deben ocultar su incipiente conformación, y por lo tanto compartieron similares limitaciones que las descriptas en los casos de los MTD.[4]  

2- La dimensión estratégica de la rebelión: valores, principios y cuestionamientos que exceden la coyuntura

Pasemos ahora al segundo aspecto del 2001 que queremos resaltar en este artículo: como ya dijimos, en medio de la revuelta se plantearon valores, principios y cuestionamientos a las lógicas del sistema de representación y de la organización política que tienen una importancia estratégica. Planteados en su momento en forma más o menos consciente, esos elementos pueden hilvanarse en una idea central que los identifica: la sociedad que anhelamos no empezará prolijamente una vez hecha “la revolución”, la “toma del poder”, sino que debe ir poniéndose en práctica en los hechos cotidianos que están a nuestro alcance. Sólo así se irá prefigurando la idea de un socialismo (o una sociedad justa, igualitaria) que no vendrá después, sino que empezará a experimentarse (ensayo, prueba y error) aquí y ahora. Veamos:

El rechazo de la representación de la política “profesional” que expresó el “Que se vayan todos” fue acompañado por la acción por la positiva de organizar asambleas vecinales donde decidir y elaborar propuestas a partir del protagonismo popular. Que el modelo asambleario como propuesta política de organización alternativa al sistema de representación de la democracia formal que propone el capitalismo no se haya consolidado, no debe hacernos perder de vista su valor como apuesta prefigurativa estratégica, como semilla que, si bien no dio frutos en ese momento, hay que proteger y fortalecer en cada experiencia mínima para cuando el clima sea más fértil para su florecimiento en términos de masividad.

Otras experiencias surgidas del 2001 complementaron la lógica asamblearia con claros esquemas de organización más integral. Así, el concepto de “democracia de base” surgió en los MTD de la Verón como parte de aquellos debates, asociando la horizontalidad de las asambleas a la necesidad de gestar organizaciones que se estructuren en función de mandatos y delegación, construyendo así una organización federativa equidistante de cierto “horizontalismo” anti-organización y del “centralismo democrático” que, en términos históricos siempre terminó siendo “centralismo burocrático”, en el que cayeron por regla las experiencias organizativas tradicionales de la izquierda.

La reivindicación del protagonismo popular a través de la movilización y la acción directa también emergió con fuerza en el contexto del 2001. Los “representantes” o “dirigentes” sindicales y políticos fueron descartados ante la irrupción de movilizaciones en las que se reclamaba que fueran atendidos l@s propi@s delegad@s elect@s en asamblea, que por su parte debían someter cualquier propuesta a la aprobación de la misma asamblea que los mandataba. Las medidas de lucha radicalizadas, como bloqueos o piquetes, escraches y tomas de edificios públicos, desplazaban el protagonismo a formas directas de ejercicio de la democracia y de delegación, siempre sometida a la aprobación asamblearia. También esta impronta del 2001 se mantiene vigente, aunque no con la cotidianeidad y contundencia con la que se dio en aquellos meses calientes de crisis y rebelión. Desde entonces, los cuerpos de delegados y asambleas de base como órganos máximos de decisión en luchas o conflictos se fueron haciendo habituales en las luchas medioambientales, vecinales, estudiantiles, pero también en el seno del movimiento obrero, un sector que no había tenido un alto protagonismo en 2001. Otra “herencia” en este sentido la constituye el resurgimiento, en la última década, de un incipiente sindicalismo de base, también de carácter joven, antiburocrático y combativo, surgido con la recuperación del empleo en los marcos de un modelo económico que mantiene niveles estructurales de precarización laboral.

De la mano de esto, la capacidad de l@s propi@s trabajador@s para gestionarlas empresas recuperadas, la revalorización de la autogestión en emprendimientos productivos, las redes de comercio de productos populares por fuera de la lógica del mercado, adquirieron un realce notorio al calor de la rebelión. Si bien con los años mermó el entusiasmo (y los resultados, en algunos casos), estas realidades mantienen una vigencia estratégica como experiencias prefigurativas que, aún en pequeña escala, buscan erradicar de las propias prácticas de l@s trabajador@s los pilares económicos del capitalismo: la propiedad privada de los medios de producción, la organización del trabajo en función del capital y la mercantilización.

Por supuesto que la dinámica asamblearia, la combatividad, la acción directa o la autogestión no fueron “inventos” novedosos surgidos de las jornadas del 19 y 20. No son nuevos en la larga historia de lucha de los pueblos por su emancipación. En todo caso, el 2001 reactualizó, con prácticas masivas y un despliegue popular inusitado, valores y principios asociados a tradiciones revolucionarias dejadas de lado por décadas de hegemonía capitalista después de los fracasos de los 70 en nuestro país. Del espíritu revolucionario setentistase recuperó –salvando las obvias distancias de concepciones y métodos– la combatividad y la intransigencia con un sistema capitalista de explotación y muerte. De las tradiciones libertarias, las nociones antijerárquicas y antiautoritarias, incluso para ser puestas en práctica al interior de las organizaciones populares. Del guevarismo, la ética expresada en la coherencia entre el pensar, el decir y el hacer (la propia figura de Darío Santillán, aún pendiente de ser valorizada en su justa dimensión, tal vez sea el símbolo más nítido de esto último).

Resulta obvio señalar que la coyuntura a 10 años de aquella rebelión es bien otra. Aún así, sobre estos valores y estas tradiciones, no debería haber dudas respecto a la validez de cultivar su espíritu, y alentar, con empecinamiento estratégico, su puesta en práctica a cada paso.

Diez años después: cambios, reconfiguraciones y continuidades

El balance que se expresa líneas atrás sobre las potencialidades, pero sobre todo las limitaciones con las que el movimiento popular se encontró en la coyuntura del 2001, fue haciéndose también en caliente, desde aquel entonces.

Lo que sucedió en el transcurso de estos 10 años tiene que ver, en parte, con aquellos balances críticos, y en gran medida por los cambios objetivos que la nueva realidad social y política impuso.

La lucha desesperada por la subsistencia que expresaban los primeros piquetes y que dio lugar al surgimiento de los MTD (como respuesta a la exclusión brutal del neoliberalismo) fue acompañando esos cambios.

La más favorable situación económica después del mazazo de la devaluación fue descomprimiendo los índices alarmantes de desocupación. Sobre eso, y sobre la imagen de “cambio” que el kirchnerismo supo imponer a partir de la modificación de la Corte Suprema y los gestos en materia de Derechos Humanos respecto a las causas por represión en los 70, los movimientos de desocupados perdieron terreno para sus luchas. La realidad económica de los excluidos no había cambiado estructuralmente (el desplazamiento se produjo, a lo largo de toda la década, de la exclusión a la precarización). Aún así, es cierto que much@s trabajador@s recuperaban sus “changas”, o se empleaban, sin estabilidad, en trabajos mal remunerados. Esto alcanzaba para disminuir la presión que pudieran hacer las organizaciones de lucha. Más temprano o más tarde, las expresiones radicalizadas de los nuevos movimientos sociales debieron asumir el “repliegue” de las formas más audaces de lucha, y repensar estrategias para el desarrollo de sus organizaciones.

En ese contexto, ya durante los primeros años de kirchnerismo se dio (más intuitivamente que en forma planificada) una doble estrategia de supervivencia y proyección: la territorialización de los movimientos piqueteros y la mayor vocación política por superar los límites de lo sectorial.

Por un lado, las organizaciones piqueteras acentuaron el proceso de territorialización de sus movimientos. A lo largo de toda la década, en cada lucha barrial por la vivienda, la salud o contra el gatillo fácil, fueron los movimientos que se masificaron en el contexto del 2001 los que, aún sin la radicalidad de entonces, se pusieron al frente de los reclamos y las necesidades populares. Sin repercusión mediática y con un más bajo nivel de incidencia en la política nacional, profundizaron la construcción de poder popular desde las bases sumando la construcción de viviendas[5], talleres de jóvenes, atención de casos de violencia de género y salud reproductiva[6], al desarrollo de los emprendimientos comunitarios existentes. Tal vez las experiencias más notorias de ese período de consolidación territorial sean los Bachilleratos Populares autónomos[7]: al igual que muchas fábricas recuperadas, distintos movimientos piqueteros aprovecharon la experiencia de lucha y la referencia barrial para convocar a la puesta en funcionamiento de verdaderas escuelas secundarias para adultos. Docentes y estudiantes universitarios confluyeron con vecin@s, trabajador@s y desocupad@s en el desafío de desarrollar una educación popular liberadora, que sin dejar de reclamar al Estado su obligación de hacerse cargo, se reservara el derecho de planificar en función de su comunidad los planes de estudio y los métodos de educación popular. Más recientemente, las experiencias de trabajo autogestivo dieron lugar al armado de cooperativas “sin patrón” para el trabajo en la obra pública, la provisión de guardapolvos sociales u otras posibilidades de trabajo y comercialización que, a regañadientes y en forma tardía, el gobierno fue permitiendo cada vez un poco más. El proceso desde los primeros proyectos comunitarios autogestivos (que, es justo reconocerlo, se consolidaron en número muy menor a los intentos realizados) y estas cooperativas más sólidas y con más experiencia es notorio: hoy el desafío de los movimientos organizados ya no pasa por “zafar” del hambre sino, como está sucediendo, por agremiarse como trabajador@s cooperativistas para potenciar los reclamos sobre las condiciones integrales de trabajo. Este despliegue va dejando como saldo movimientos con una base más sólida y experimentada, integrados en la mayoría de los casos a organizaciones político-sociales, con niveles de maduración cualitativamente superiores a la que se expresaban 10 años atrás.

Por otra parte, los movimientos que habían concentrado su energía en el desarrollo de luchas masivas y radicalizadas por pliegos reivindicativos comenzaron a pensar en términos más integrales su existencia política. Dos casos: el Movimiento de Trabajadores Desocupados “Teresa Rodríguez” pasó a denominarse Movimiento Teresa Rodríguez, politizando sus luchas e incluyendo en su construcción a sectores que excedían al movimiento de desocupados. A su vez, varios MTD después de la Verón aportaron a la creación del Frente Popular Darío Santillán, confluyendo con agrupaciones estudiantiles, grupos culturales y l@s primer@s compañer@s que se proponían activar en el movimiento sindical, tras el desafío de construir una herramienta de lucha, organización y proyección política en común. De esta forma se buscó superar la limitación que imponía un movimiento social con un eje reivindicativo muy específico, y el corporativismo que eso implica. Tal vez la novedad en este caso haya sido la propuesta de “superar” lo reivindicativo sin “subordinarlo” a una alternativa “política”. Es decir, mantener los movimientos de base, el desarrollo de poder popular en los barrios (y en los lugares de trabajo, universidades, etc.) con los ejes de lucha que cubran las necesidades reivindicativas propias de la base social, y desde allí aportar y aunar esfuerzos con otros sectores sociales del campo popular en la construcción de una herramienta que elabore y proyecte una política común: a ese desafío se lo llamó “multisectorialidad”.

A modo de conclusión

La década transcurrida desde la rebelión popular fue pródiga en cambios políticos y coyunturas que atravesaron al conjunto del movimiento popular. Aunque, claro, gran parte de esos cambios sucedieron por carriles y en un sentido que no eran los esperados por los centenares de miles que se entusiasmaron con aquellos anhelos de transformación radical de la sociedad. Primero, con las llamas aún encendidas y la sangre caliente recién derramada, se sucedieron las operaciones mafiosas de Duhalde para quedarse con la presidencia, su intento por aniquilar con brutalidad criminal las ansias del 19 y 20 y finalmente su fuga tras el fracaso de la Masacre de Avellaneda. Después, el kirchnerismo logró gradualmente aplacar ánimos y expectativas haciendo concesiones a la agenda popular, pero sobre todo recomponiendo garantías a los sectores tradicionales del poder económico. Recién en los últimos años la confrontación con las patronales agrarias de tradición oligárquica y con las grandes corporaciones mediáticas logró reavivar ciertas expectativas populares, sin disimular la continuidad de los negociados con otras multinacionales ni el sostenimiento de las estructuras políticas más conservadoras como el PJ y la CGT.

En cualquier caso, si una alternativa realmente transformadora no tuvo lugar hasta hoy se debe seguramente a la habilidad de quienes gobernaron los últimos años reconstruyendo consensos populares para sostener “lo posible”, pero sobre todo, a las limitaciones propias de los sectores del campo popular que propugnamos un cambio radical: una sociedad socialista. Que esos avances son posibles deberá demostrarlo el optimismo de la voluntad, pero sobre todo puede rastrearse en los avances concretos de procesos cercanos como los que protagonizan las organizaciones populares en Venezuela, Bolivia, o aún sin contar con gobiernos afines, las experiencias de los Sin Tierra en Brasil o, en otro plano, el zapatismo en México.

De todos modos, volviendo a nuestro país, a 10 años el piso en el que se encuentra el campo popular es notoriamente más alto: aunque falta, el saldo es de más y mejores organizaciones populares; perviven los elementos prefigurativos de nuevas lógicas de organización y de intervención desarrollándose por la base; se manifiesta más vocación por hacer “política”, para potenciar el poder popular y no en desmedro de éste. Las brasas del 2001 siguen aquí, encendidas, recordándonos que además de necesario, es posible luchar por un cambio social, anticapitalista, de raíz. Como en aquel entonces, está en nuestras manos “hacer nuestra política” para que ello suceda.

Artículo escrito para este número de Herramienta.
El autor agradece la supervisión y sugerencias de compañer@s del área de formación pólitica del FPDS y de la Editorial del Colectivo para la elavoración de éste artículo.
 


[1] Vamos a referirnos a los Movimientos de Trabajadores Desocupados (MTD) que surgieron y se desarrollaron en forma autónoma de los partidos políticos de izquierda y constituyeron la Coordinadora Aníbal Verón. Los grupos piqueteros impulsados por partidos de izquierda por lo general se desarrollaron como “correa de transmisión” de las políticas partidarias, y más allá de la incidencia lograda no constituyeron “novedades” en los términos que aquí nos interesa desarrollar.

[2] Además de los muy conocidos casos de los asesinatos de Darío Santillán y Maximiliano Kosteki, el 6 de febrero de 2002 caía asesinado en un piquete Javier Barrionuevo, integrante del MTD de Esteban Echeverría. Dos meses después, una movilización en Lanús recibió una balacera por parte de un agente penitenciario, que acabó con el militante Juan Arredondo con una bala 9 mm. en el pecho. Otras amenazas y secuestros amedrentaron por esos meses a la militancia de la Verón.

[3] La división de la Verón dejó como saldo reagrupamientos parciales de los movimientos de desocupados, que adoptaron distintos caminos: el MTD de Solano, Quilmes, referenció un agrupamiento que quedó públicamente identificado con las concepciones del autonomismo, adoptando un perfil bajo social y políticamente; otro sector, relacionado a la organización Quebracho, mantuvo el nombre de la Coordinadora (CTD). La fracción referenciada en el vocero más mediático de la Coordinadora, Juan Cruz D´Afunchio, adoptó la denominación “MTD Aníbal Verón”, para terminar años después integrada al proyecto kirchnerista. Otro sector de los MTD –sobre el que centramos este análisis– orientó sus esfuerzos a la creación, junto a otras organizaciones independientes, del Frente Popular Darío Santillán.

[4] Otro análisis merece lo sucedido con los partidos políticos de izquierda. En muchos casos, los nuevos actores sociales dispuestos a llevar a cabo experiencias asamblearias de base cuestionaron la política y la forma de intervención de los partidos en aquella coyuntura. Se señalaba “el aparatismo”, “la bajada de línea”, las peleas “entre los propios militantes de izquierda”, y tras esas críticas se sumaba a los partidos de izquierda al rechazo a los partidos mayoritarios -PJ y UCR-, tras el mismo cuestionamiento a la lógica de representación política tradicional. También la experiencia de Autodeterminación y Libertad, partido que se propuso horizontal y movimentista pero que se encontró en el corto andar con limitaciones que lo llevaron a su autoagotamiento, deberán ser analizados, aunque no lo haremos en estas líneas.

[5] La Coordinadora de Organizaciones Barriales Autónomas (COBA) en Tucumán, también proveniente de la dinámica piquetera dela Verón, desarrolló planes de construcción de viviendas en base a cooperativas autogestivas a partir del 2004. A partir de esa referencia, el Movimiento de Trabajadores Comunitarios (MTC, FPDS) de Luján encaró una experiencia similar para urbanizar un asentamiento que el movimiento había impulsado ante la falta de viviendas de las familias humildes de la zona.

[6] El “Espacio de Mujeres” de los MTD, que surgió en una asamblea bajo el calor del sol y el asfalto en un piquete masivo en el Puente Pueyrredón, dinamizó estos ejes de trabajo en los barrios.

[7] La Cooperativa de Educadores e Investigadores Populares (CEIP) lleva adelante la mayor cantidad de Bachilleratos Populares en fábricas y barriadas de la Capital y el Conurbano. En Las Tunas, Tigre, el Bachillerato Popular Simón Rodríguez resultó el punto de referencia para el desarrollo de otras experiencias educativas en la zona sur. Hoy los MTD de San Telmo y Barracas, Lanús, Almirante Brown, La Plata, Luján, y también en Córdoba, mantienen sus escuelas para adultos en forma autónoma, en algunos casos ya con las primeras camadas de egresados con título secundario