Historia. Las últimas cosas antes de las últimas, de Siegfried Kracauer

Salinas, Martín

 

Traducción de Guadalupe Marando y Agustín D’Ambrosio
Buenos Aires, Las cuarenta, 2010, 271 páginas
 
En el capítulo titulado “La estructura del universo histórico”, de Historia. Las últimas cosas antes de las últimas, Siegfried Kracauer llama la atención acerca del carácter restrictivo que opera en la delimitación conceptual de los periodos históricos. La tendencia homogeneizadora que lleva al pensamiento sistemático a identificar el orden cronológico del tiempo con el tiempo de la historia supondría, por un lado, una construcción a posteriori que, lejos de dar con la especificidad del material histórico que intenta configurar, desatiende aquellos aspectos que pudieran amenazar su homogénea plenitud de sentido, por otro, la postulación de una teleología histórica que, o justifica periodos históricos pretéritos, o los relega a un estado de innominación, en función de un objetivo histórico trascendental.
Como contrapartida, el pensamiento de Kracauer parece conformarse a través de imágenes que desmantelan toda unilateralidad conceptual. Así, el autor de Teoría del cine sostiene que, de acuerdo a su perspectiva, cada periodo histórico se convierte, “de una unidad espacio-temporal plena de sentido, […] en una suerte de punto de encuentro para cruces casuales, algo así como la estación de espera de una estación de trenes” (182). La recusación de todo intento por presentar la identidad homogénea de la historia no solo afecta al material histórico, repercute en la misma experiencia del historiador, en su propia constitución como entidad evaluadora; la desarticulación del periodo histórico concebido como una unidad espacio-temporal implica una crítica de la personalidad autónoma, y de la idea de historia universal que se deriva de la conjunción de cada factor abstracto. La imagen citada parece reimplantar temas que ya en su producción temprana ocuparon un lugar central. En efecto, ya en sus ensayos de la década de 1920, Kracauer había llevado a cabo una crítica, tanto de las ideas anacrónicas sobre las cuales la burguesía edificaba su justificación ideológica, como de las no menos abstractas propuestas de superación: en su crítica dirigida a la biografía como forma del arte de la nueva burguesía[1] se pone de relieve el anacronismo que representa el éxito de mercado que poseen las biografías en una época en la que el individuo, y, por extensión, la historia universal, carecen de relevancia respecto de los acontecimientos propios del desarrollo histórico. En Historia, el análisis de los extremos que representan las perspectivas de la macrohistoria (Toynbee), de acuerdo con la cual los grandes acontecimientos históricos responden a la presencia ineludible de las grandes personalidades, y la microhistoria (Namier), tendencia orientada a identificar en los pequeños acontecimientos las bases imperceptibles del curso histórico, se centra en el reconocimiento de las “relaciones que imperan entre los particular y lo general en el área de las últimas cosas antes de las últimas” (165). También en su ensayo Los que esperan (1922) Kracauer, ante la dicotomía que encarnan las corrientes objetivista y subjetivista respecto del desarrollo histórico, revaloriza la espera, “la tensa actividad y activa disposición”[2] en la consideración de los materiales; la “pasividad activa” (123) que define al modelo del historiador presentado por kracauer no se aviene ni con el resignado objetivismo cientificista de un Max Weber, ni con el intempestivo mesianismo del joven Ernst Bloch. La defensa de Erasmo, a quien Kracauer ve como aquel que se encuentra entre los antagonismos (entre la claudicación a lo existente que define la postura de Lutero, y la intransigencia subjetiva de Thomas Münzer) sirve de base a la disposición intelectual del libro.
Pero si encontramos en Historia temas que habían ocupado la atención de Kracauer durante el periodo de la República de Weimar, en su última obra la atenta mirada del explorador intenta definir el ámbito propio de la historia, más allá de las mistificaciones que operan en las diversas manifestaciones concretas. A tal fin, y en concordancia con lo antes expuesto, define a la historia como un “área intermedia” (62), que rehúsa manifestarse tanto ante el objetivismo de los sistemas rígidos como ante a las subjetivas exigencias del voluntarismo. El “viaje del historiador” (tal como define a la experiencia del investigador en el capítulo cuarto) a través de la estructura no homogénea de la historia, no implica el encuentro de una subjetividad homogénea conformada por el presente cronológico con una materia que debe conformar a partir de un sistema preexistente; la misma personalidad presenta los rasgos de lo que Kracauer denomina ley de los niveles, esto es, la compleja determinación estructural de acuerdo con la cual toda entidad se encuentra atravesada por factores no siempre concordantes. Ante el peligro de violentar la realidad histórica por medio de exigencias abstractas predeterminadas, y ante la labor de dar con la posibilidad de una experiencia histórica adecuada al objeto, Kracauer plantea la necesidad de un “autoborramiento” de la subjetividad que “engendra la autoexpansión” (129). En este “esfuerzo de autotrascendencia”, que realiza la subjetividad en la misma medida en que se sumerge en el objeto, se oculta la certeza, tomada del modelo de Proust, de que “el pasado se ofrece solo a aquellos que se inclinan hacia atrás en un intento por hacerlo hablar” (117), y no a través de la preponderancia del interés presente.
El estadio intermedio que define a la historia también la distingue de los reflejos científico y artístico de la realidad. Kracauer advierte que una fecunda vinculación con el pasado mantiene en equilibrio tendencias correspondientes a la ciencia y al arte. Si la tendencia realista de la historia (aquella que se basa en la recolección de datos) impide identificarla con el mayor grado de libertad que presenta el arte en el tratamiento de los materiales, su tendencia formativa (aquella que apunta a la interpretación de los datos), la distingue del pensamiento científico. Si Kracauer reconoce como un logro del historicismo (Ranke) el avocarse a rescatar del olvido todo acontecimiento histórico, niega (en contraposición con las especulaciones teológico-filosóficas) la existencia de una teleología histórica, así como también se muestra reacio a reducir la dinámica de la historia a partir de conexiones causales que rigen la naturaleza, tal como sostiene el positivismo. En consonancia con sus ensayos tempranos, Kracauer advierte que la historia social, “con sus costumbres prácticamente estables y sus opiniones volátiles, sus pequeños grupos y sus masas, parecería caer bajo el dominio de la naturaleza” (70), sin embargo, la tarea del historiador consistiría más bien en desmitificar las imágenes que hacen de la sociedad una segunda naturaleza. La vinculación con el arte también posee un carácter modélico proyectivo. La función del arte en la esfera histórica resulta fructífera por su común cercanía al mundo de la vida cotidiana, pero solo si el abordaje estético “no es tanto un meta como una consecuencia de las búsquedas del historiador” (206). La imposibilidad de configurar un sentido pleno a su vida por parte del narrador del Tristram Shandy (Sterne), quien cae en infinitas digresiones al no lograr identificar el hilo conductor de su propio desarrollo, en la medida en que nada de lo ocurrido carece de importancia, se contrapone a la unidad a la que accede Marcel en En busca del tiempo perdido (Proust) “solo ahora, con posterioridad al hecho”, en la que “no solo está en posición de identificar los mundos discontinuos de su pasado con una continuidad en el tiempo, sino de redimir vicariamente su pasado del curso del tiempo” (194). Pero el arte se distingue de la historia por su capacidad de consumar lo incompleto, lo fragmentario. Quizás en la figura indeterminable de Ahasverus, el judío errante, cifra del enigma del tiempo y de la provisoria comprensión histórica, no solo se encarne la mirada de la extraterritorialidad, del excluido que obstaculiza todo intento por sostener la “Marcha del tiempo” universal, en la reluctancia por definir el ámbito propio de la historia tal vez radique también la intuición utópica. Aquella que define a la historia como la matriz de toda ciencia. 
El estudio introductorio, a cargo de Miguel Vedda, le ofrece al lector un adecuado marco de la producción de esta obra póstuma de Kracauer, y de las vinculaciones y debates que recorren su recorrido analítico (baste mencionar la discusión latente con respecto de la filosofía de la historia de Walter Benjamin, o con el concepto de utopía en Theodor Adorno). La tarea conjunta de los traductores, Guadalupe Marando y Agustín D’Ambrosio, evidencia un acertado manejo de la materia, indispensable en la tarea del traductor.
 


[1] Kracauer, Siegfried; “La biografía como arte neoburgués”. En: Estética sin territorio. Trad: Vicente Jarque. Murcia: Colegio de aparejadores y arquitectos técnicos de la región de Murcia. Consejería de educación y cultura de la región de Murcia. Fundación Cajamurcia. 2006. pp. 309-316. 
[2] Kracauer, Siegfried; “Los que esperan”. En: Op. Cit. pp. 141-156. Aquí, 155.