La tortuosa configuración hegemónica en Venezuela

Aguilar Castro, Vladimir

Resumen

El presente artículo forma parte de un conjunto de reflexiones que hemos venido haciendo en distintos trabajos, foros y congresos internacionales (España 2000, 2002; Estados Unidos y Perú 2001), que han pretendido dar cuenta de la evolución política de Venezuela luego de 1999, con la llegada de Hugo Chávez Frías a la Presidencia de la República. Este nuevo intento busca enmarcar el contexto dentro del cual, en mi opinión, se dan los eventos del 11 de abril de 2002, con el supuesto golpe de Estado. Pido de antemano disculpas por lo que pueda ser una redundancia ante la posibilidad que existan ideas y frases que se repitan.

El contexto previo a 1999

Las tendencias políticas de la Venezuela de 1999 comienzan a configurarse con los acontecimientos de febrero de 1989, conocidos como el Caracazo. El país de la renta petrolera, a partir de entonces no sería el mismo. Junto al llamado "viernes negro" de febrero de 1982, dónde el bolívar con relación al dólar se devaluaría en forma abrupta para no recuperarse jamás, se incubarán las orientaciones económicas, políticas y sociales que harán del modelo democrático ya no un factor de consenso sino más bien de disenso. Las contradicciones que se generaban en el seno de la sociedad venezolana fueron, hasta los años 80, amortiguadas por los recursos que dejaba el negocio del petróleo, creando un nivel de vida por encima del promedio imperante en el resto de América Latina.

Los tiempos del llamado boom petrolero, de las vacas gordas o de la Venezuela saudita, en los cuales la renta petrolera alcanzó su máximo nivel motivado por el incremento de los precios del crudo en el ámbito internacional, hicieron de Venezuela un país con un Estado hipertrofiado [1]. Clientelismo y corrupción se convertirán así en las características determinantes de un país cuya elite política y económica acumulaba capital a partir de los enormes ingresos provenientes de las altas fluctuaciones del barril del petróleo. Como lo señalan Luis Gómez Calcaño y Thanalí Patruyo, "el modelo rentista redistribuidor fue un potente motor de integración social y cultural. La movilidad social ascendente que se extiende desde inicios de 1940 hasta inicios de 1980, financiada, directamente o no, por la redistribución estatal, creó una imagen del porvenir en el cual todos, aún los más pobres, veían subjetivamente oportunidades de ascenso social. El hecho de que una buena parte de esa misma elite política se otorgaba privilegios y fuera afectada por la corrupción no era percibido como un problema intolerable," [2] en la medida en que ella concediera también migajas al resto de la sociedad.

Esta forma perversa de enriquecimiento y de hacer política tenía sus días contados en el país. Por una parte, el agotamiento del modelo rentista colapsaría con la caída de los precios del crudo petrolero, y por la otra, la sociedad venezolana ya no estaría más dispuesta a ser gobernada de la vieja manera, lo que conduciría también a la descomposición del modelo de democracia representativa. De este modo, el deterioro del sistema "populista de conciliación" [3] se acentuó en el último decenio con el "sacudón" popular de 1989 y con los intentos de golpe de Estado de febrero y noviembre de 1992, encabezado el primero de éstos por el actual Presidente de la República.

La democracia en ascuas

La "democracia puntofijista" [4], cuyas bases fueron definidas luego del derrocamiento de la dictadura de Pérez Jiménez en 1958, sufrió un segundo revés [5] en las elecciones de 1993 con el triunfo de Rafael Caldera y su alianza de pequeños partidos. Para ese momento, los partidos políticos tradicionales no lograron colocarse como abanderados del enorme descontento existente en el seno de la población. Los niveles de escepticismo habían aumentado luego del fracaso de los intentos de golpe de Estado del año 92, en los cuales sectores civiles importantes estuvieron comprometidos con dicha hazaña, cuyo objetivo fundamental, entre otros, era el de constituir un gobierno cívico-militar de salvación de la patria. La democracia de partidos estaba completamente deteriorada y la "conspiración" seguía, por otros medios, a la orden del día. La llegada de Caldera a la Presidencia de la República se manifestaba como el último intento de recomposición de viejos actores con nuevas caras en la escena política. No obstante, fue un período en donde poco se avanzó en reformas políticas y más bien se evidenció el compromiso del gobierno con los sectores financieros del país, a raíz de la crisis bancaria de los años 93 y 94, y del auxilio otorgado por el Estado a los bancos quebrados.

Las circunstancias económicas, políticas y sociales existentes en el país a partir de 1992, acentuadas durante el quinquenio 1993-1998, crean las condiciones para la llegada de Chávez a la Presidencia de la República el 6 de diciembre de 1998. En una encuesta realizada por David Mayers en el mismo año de los intentos de golpe de Estado (1992), ante la pregunta "¿Para el futuro de Venezuela, considera usted que lo mejor es un sistema democrático con los partidos actuales, un sistema democrático sin los partidos actuales o un régimen militar fuerte?" ![6], las respuestas de los venezolanos no se hicieron esperar. El orden de las mismas fue: democracia con los partidos actuales (48%); democracia sin partidos (40%); régimen militar fuerte (8%). Más allá de las posibles reservas con los términos y la representatividad de una encuesta de esta naturaleza, sin duda alguna la sociedad venezolana comenzaría a hacer una ruptura con el pasado. Entre las circunstancias más importantes que permiten la victoria de Chávez, podemos mencionar:

1.      La debacle de los grandes partidos políticos tradicionales, quienes apostaron a todo [7] para mantener su hegemonía.

2.      Como lo hemos señalado hasta ahora, el fin del modelo rentista redistribuidor, agotado por la corrupción y la caída de los precios del petróleo.

3.      Acumulación de los efectos de una crisis económica que condenó a la mayor parte de la población venezolana a la pobreza y desesperanza, pero también el deterioro de las instituciones y sus dirigentes luego del fracaso del Estado semicolonial.

4.      Finalmente, la mentalidad de cambio que comenzó a albergar la conciencia del venezolano, quien no estaba dispuesto a soportar más engaños y falsas ilusiones y, en definitiva, "a seguir dejándose gobernar de la vieja manera".

Principales tendencias políticas y jurídicas en Venezuela luego de 1999

Al igual que el resto de la humanidad, no resultaba fácil determinar hacia dónde se dirigía Venezuela luego de 1999. No obstante, la realidad del momento permitía vislumbrar un conjunto de tendencias que incidían en mayor o menor medida en la orientación del proceso político nacional. La aprobación de la nueva Constitución que hace avances importantes en el reconocimiento de derechos civiles, económicos, sociales, culturales y políticos en comparación a la de 1961 fue el resultado, entre otros, de dos procesos: uno, el de la necesidad del presidente Chávez de echar las bases de una nueva hegemonía basada fundamentalmente en su propia popularidad; y dos, el agotamiento de la vieja clase política junto a la ausencia de referentes que hacía –hasta hace poco– prácticamente del presidente el único líder carismático indiscutible [8]. Aunado a lo anterior, existía una pugna entre las viejas fuerzas que no querían ceder su espacio político y las nuevas que buscan, a como dé lugar, ser parte de esa hegemonía.

Entre lo que autores como Luis Edgardo Lander y Margarita López Maya [9] han dado en llamar fortalezas de la nueva Constitución Bolivariana tenemos: la ampliación y actualización de los derechos humanos así como el carácter constitucional de los convenios internacionales en la materia; la inserción y el reconocimiento de los derechos de los pueblos indígenas y derechos ambientales; los avances en el poder judicial en cuanto a: autonomía financiera, constitucionalidad de la carrera judicial, gratuidad de la administración de la justicia y la participación ciudadana –en principio– en el nombramiento de los jueces. Han surgido además otras fortalezas, como la organización y ampliación de los poderes públicos nacionales con la nueva figura del poder ciudadano, en el que aparece el Defensor del Pueblo al lado del Fiscal y del Contralor General de la República; por otra parte, se pretende profundizar la democracia con la creación de distintos mecanismos de participación política como, por ejemplo, el referendo, la revocabilidad del mandato y la aprobación y derogación de leyes, entre otras. No obstante los aspectos positivos de la Constitución, existen algunas debilidades [10] que ponen en entredicho la posibilidad de materialización de este nuevo instrumento jurídico, entre las cuales tenemos: debilitamiento de la subordinación de lo militar a lo civil, limitado a la participación presidencial en materia de ascensos de los rangos medios de las Fuerzas Armadas; ampliación del período presidencial permitiendo su inmediata reelección; en materia económica, la ambigüedad en la definición del régimen socioeconómico nacional; el establecimiento de "igualdad de oportunidades" entre las empresas nacionales y extranjeras, dándole rango constitucional a la desigualdad entre el capital nacional y el capital financiero, afectando al primero, lo cual a su vez deja sin efecto cualquier otra iniciativa de defensa de las actividades económicas de la empresa nacional; la exceptuación de las acciones en las filiales de Petróleos de Venezuela (PDVSA) en las asociaciones estratégicas, en las empresas o de cualquier otra que se haya constituido o se constituya como consecuencia del desarrollo de negocios de PDVSA, otorgándole rango constitucional a lo que otrora fuera el fundamento de un recurso de nulidad interpuesto por el actual presidente y algunos de sus ministros, durante el gobierno de Rafael Caldera (1993-1998), contra las asociaciones estratégicas del Estado venezolano con empresas transnacionales.

Como señalamos anteriormente, los cambios jurídicos han sido la consecuencia del doble proceso de constitución y consolidación de una nueva hegemonía y del agotamiento de la vieja clase política. A la par de ello, la pugna entre las viejas fuerzas que no quieren ceder su espacio político y las nuevas que buscan ser parte de esa hegemonía había quedado atemperada por la popularidad del presidente [11]. Pero ahora, con la vertiginosa caída de los precios del petróleo y con la inconsistencia de los cambios sociales y económicos prometidos, la disputa entre viejos y nuevos actores se ha vuelto a intensificar, particularmente desde mediados del año 2001. Una demostración de ello fue el paro nacional convocado el 10 de diciembre de ese año por los sectores empresariales y sindicales del país. En efecto, los sectores económicos que se han visto afectados por las políticas económicas del nuevo gobierno y que de una u otra forma quedaron fuera de la repartición del "pastel" petrolero, ante la aprobación de un paquete de 49 leyes que de manera habilitante habían sido aprobadas por el Ejecutivo y que tocaban directamente los intereses de estos sectores excluidos, han pretendido ocupar el vacío dejado por los partidos políticos de oposición. Junto a aquéllos, algunas capas medias de la población y manifestaciones militares aisladas han vuelto a plantear la confrontación entre lo que se niega a morir y lo que tarda en nacer. Esa violencia cada vez más acérrima entre dos "bandos" [12], es decir, entre los que están o no con el "proceso", le suma un nuevo ingrediente político a una situación de dislocación social.

La retórica de izquierda del presidente, acompañada de una política que favorece a los sectores financieros y especuladores de la economía, pone de relieve la configuración de la nueva hegemonía. Es así como, en un intento de romper el paro del 10 de diciembre, el presidente quiso arrancarle un acuerdo al sector bancario de ruptura con el resto del empresariado [13]. Aunque ello finalmente no se logró y bajo las amenazas del Ejecutivo de sacar todos los depósitos públicos de las entidades bancarias, el presidente volvió a poner de relieve el carácter de la alianza luego de la sublevación del coronel Pedro Soto, convocando a un gabinete de emergencia con la presencia del sector bancario [14].

Entre bonapartismo [15] y Termidor [16]: intento de una lectura sobre Venezuela

¿Qué ocurrió entre el jueves 11 y el viernes 12 de abril de 2002 en Venezuela? Intentar un análisis sobre lo que ocurrió en esos momentos no resulta fácil. La mayoría de los balances que hasta ahora se han hecho incurren en el riesgo de reproducir el debate maniqueo existente en el ámbito nacional. Por otra parte, las herramientas de la teoría política tradicional no resultan suficientes para lograr la revisión de una coyuntura plagada de enormes contradicciones, de tendencias y contratendencias, de marchas y contramarchas, y fundamentalmente, de un sistema de alianzas que ha permeado lo que se ha denominado antichavismo y chavismo, en donde ciertos actores se encuentran en un lado y otro.

Anteriormente señalamos que el problema central en Venezuela, luego del triunfo electoral del presidente Chávez, era la compleja configuración de una nueva hegemonía. Ello dificultaba el análisis del nuevo régimen político, pues no se podía determinar si significaba una continuidad de los regímenes que anteriormente habían existido en el país, en donde sólo había ocurrido un cambio en las formas de ejercicio del poder, o por el contrario, implicaba un proceso de transición en el cual los sectores que cerrarían filas al lado del recién estrenado gobierno se disputarían la conducción del mismo. Nuestra idea en ese momento se inclinaba por lo segundo, es decir, por precisar que se trataba de un proceso dentro del cual, al intentar constituirse la hegemonía, la lucha política y los sistemas de alianzas alcanzarían tal nivel de complejidad que su desenlace podría tener resultados catastróficos para el país. No obstante, es necesario precisar que aún tratándose de un período transitorio en lo cual lo viejo se negaba a morir y lo nuevo tardaba en nacer, se estaban sentando las bases para la realización de un novedoso régimen político, cuya determinación principal era la conformación de un nuevo bloque dominante.

Como dijéramos [17], "la disputa por configurar una nueva hegemonía constituyó el eje central de la pugna por liderar la Asamblea Nacional Constituyente y la actual Asamblea Nacional. Pero también (se había convertido) en el principal aspecto del debate parlamentario, del discurso presidencial y de las principales maniobras de los sectores que se encuentran a la ‘sombra’ de las decisiones políticas y económicas trascendentales. La concreción de un bloque hegemónico es la condición necesaria para el establecimiento de un nuevo pacto [18], que dando al traste con los ‘viejos’ actores, intenta darle paso a otros que se han rodeado de los mismos sectores económicos que han influenciado y se han beneficiado de la política económica nacional en los últimos años. La nueva hegemonía se articula en el escenario político con los mismos instrumentos con los que se insertaron los anteriores actores, es decir, apropiándose del control del Estado y de su complejo sistema para luego ampararse en la inmunidad que ello le otorga".

Lo antes expuesto ponía al país ante una peligrosa tendencia bonapartista y termidoriana con pretensiones absolutistas que se ocultaban en maniobras para la recomposición de nuevos actores, siendo Petróleos de Venezuela (PDVSA) una clara señal de ello. En tres años de gobierno, el presidente Chávez no había podido desalojar de la conducción de la política petrolera del país a quienes en el pasado promovían la privatización de la industria y la salida del país de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP). Sin embargo, el gobierno había convivido e infiltrado a estos sectores con los cuales, por las necesidades propias de la coyuntura internacional petrolera y por los reacomodos de las elites internas, la burocracia emergente no podía entrar en contradicción sino que debía esperar el mejor momento para lograr su zarpazo.

Cuanto más independiente se vuelve la burocracia y el poder se concentre más en las manos de un solo individuo, tanto más el centrismo burocrático se convertirá en bonapartismo. [19] Como lo expresa Ernest Mandel [20], "la idea de bonapartismo, demasiada vasta, exige concreciones. En estos últimos años, hemos dado ese nombre a los gobiernos capitalistas que, al explotar el antagonismo de los campos proletario y fascista y al apoyarse inmediatamente en el aparato militar y policial, se elevan por encima del parlamento y la democracia, como salvadores de la ‘unidad nacional’. Siempre hemos distinguido estrictamente ese bonapartismo decadente del bonapartismo joven, ofensivo, que no solamente fue el enterrador de los principios políticos de la revolución burguesa, sino además el guardián de sus conquistas sociales. Hemos dado a esos dos fenómenos el mismo nombre, porque tienen rasgos comunes: en el viejo se puede reconocer al joven, a pesar de la obra inclemente de los años".

Los sucesos acontecidos el 11 de abril fueron manifestaciones claras de las dos tendencias que mencionamos, las cuales quedaron evidenciadas con la pérdida de apoyo que tuvo el presidente Chávez de parte de los sectores militares que le rodeaban, y su posterior restitución en el poder de quienes lo depusieron. Esos sectores oscuros de la política que hacen parte de los actores que se disputan el nuevo espacio hegemónico, a la par de intereses económicos que quedaron fuera de las políticas hasta ahora implementadas por el nuevo régimen, pretendieron hacerse del poder mediante la imposición de un gobierno de facto. En este sentido, podemos afirmar que los actores que en un período corto de tiempo pretendieron irrumpir en la conducción del Estado, se encontraban en la oposición (antichavismo) pero también –y quizás esencialmente– dentro del oficialismo (chavismo).

Los recientes hechos marcarían el inicio del traspaso del poder de un sector a otro, manteniéndose la transición entre el régimen termidoriano y el bonapartismo. Esta mezcla de circunstancias y de formas específicas de poder encuentra en Venezuela un espacio importante para su realización. La consolidación de una casta burocrática [21] ahora es amenazada por la aparición en la escena política de una tendencia termidoriana que intentó por vía de fuerza trastocar, y sobre todo, hacerse del poder. Es así como el paso a la dominación exclusiva de los "viejos" actores no podría hacerse más que por medio de una manifestación golpista.

En el caso de la nueva casta burocrática que se ha estado instituyendo en el país luego de los cambios políticos de 1999, ella ha pretendido resolver las contradicciones sociales, políticas y económicas de la sociedad erigiéndose por encima de la población. Ha utilizado su función para afirmar su dominación. A través de una dirección incontrolada y arbitraria, ha acumulado nuevas contradicciones. Al explotarlas, ha creado un régimen de absolutismo burocrático. Lo anterior no la ha llevado a prescindir de la relación directa del jefe con las masas. Todo lo contrario, ha sido su mejor postor. Si bien es cierto que el poder de decisión había estado hasta ahora concentrado en las manos de Chávez, no es menos cierto que el contenido real de la actividad gubernamental era dictada por los intereses del capital financiero. Al quitarle este sector apoyo al presidente Chávez para sentenciar su derrocamiento, se estaba jugando la carta en la recomposición de sus intereses que le permitiera seguir garantizando la especulación, pero esta vez en un ambiente de gobernabilidad política [22].

La veleidad de la relación directa con las masas sólo duró tres años. De nuevo con Mandel [23], "cuanto más complejos se vuelven los problemas económicos, cuanto más crecen las exigencias y los intereses de la población, tanto más agudas se vuelven las contradicciones entre el régimen burocrático y las exigencias del desarrollo nacional, tanto más acerbamente lucha la burocracia por conservar sus posiciones y más cínicamente recurre a la violencia, al engaño, a la corrupción". El golpe de Estado del 11 de abril intentaba traspasar el poder de las manos de los sectores más "moderados" del chavismo y del capital financiero a la de otros elementos de la sociedad burguesa [24]. Actualmente, no es ya posible dejar de ver que también dentro de la "revolución bolivariana" se estaba produciendo desde hace algún tiempo un desplazamiento del poder a la derecha, plenamente cercano a los sectores termidorianos del fallido gobierno de transición, aunque a ritmos más lentos y con formas más disfrazadas.

El complot de los golpistas dentro y fuera del gobierno ha podido conservar en los primeros tiempos un carácter relativamente poco sangriento, por la única razón de que el intento de ruptura constitucional se realizó de una manera improvisada. En todo caso, las persecuciones, las represiones y la opresión que se realizaron el primer día del gobierno transitorio tenía por objeto fundamental no sólo la restitución del Estado extraviado (el de antes de 1999), sino la conservación del poder y de los privilegios perdidos. El golpe que hubiera sido la contraparte de la "revolución bolivariana" habría debido lograr el restablecimiento del statu quo imperante hasta 1999. Todos los cambios que han tenido por supuesto una importancia no solamente política, sino también social, se cumplieron sobre la base de la sociedad burguesa y del mismo Estado burgués. El bonapartismo ha sido, sobre la base social de la llamada "revolución bolivariana", un acto de la reacción. También ha sido una etapa importante en el camino hacia la recomposición de fuerzas. En este caso, se ha tratado no tanto del restablecimiento de las antiguas formas de propiedad (pues en el fondo no han cambiado) ni del poder de las viejas capas dominantes, sino de la repartición de ventajas entre las diferentes facciones de la V República y de su entorno más oscuro y perverso.

En otro orden de ideas, se puede afirmar que los elementos de una dualidad del poder indudablemente han surgido en el país, pues el presidente y su partido de gobierno no son ya los únicos en hacer ejercicio del mismo. Ante el golpe de facto, el núcleo fundamental del régimen se sigue apoyando en los sectores más desclasados de la sociedad y en una parte de la Fuerzas Armadas, implicadas en casos de corrupción y favorecidas por el nuevo régimen. A la par de los mandos medios que amenazaron con movilizar todas sus fuerzas para restituir al presidente en el poder, una parte del generalato jugó a la institucionalidad y a la reconducción del hilo constitucional. ¿A qué precio? ¿Puede pensarse que ello haya ocurrido sin condiciones? Por otra parte, es claro el descalabro del régimen y del bloque hegemónico que intentaba configurarse en los tres años de gobierno chavista. Para nadie es ya un secreto que la crisis de gobernabilidad existente en el país arrancó luego de los hechos ocurridos el 27 y 28 de febrero de 1989, conocidos como el Caracazo [25], con manifestaciones concretas en los dos intentos de golpe de Estado de 1992 [26], y con un último corolario en la reciente crisis de abril de 2002.

La burocracia chavista está ligada al nepman y al capital financiero, pero los pilares fundamentales del gobierno se afincan en los sectores más empobrecidos y en las clases más bajas que todavía depositan su esperanza en el nuevo régimen. Es una ley histórica y una máxima que la dominación social de una clase puede tomar formas políticas completamente diferentes (Marx). En el caso de Venezuela, luego de 1999, el bloque hegemónico que intentaba erigirse requería de una cortina de humo para irse elevando por encima de la democracia. Era cuestión de tiempo y de radicalización del proceso, como lo dijera en alguna ocasión el presidente y muchos de sus seguidores. Las tendencias terroristas en el seno del partido de gobierno, concretamente en los llamados círculos bolivarianos, fueron unos de los síntomas más graves del agotamiento de las posibilidades políticas del bonapartismo, entrando ya en el período de la más encarnizada lucha por su existencia. Los arribistas, los pillos, los parientes y aliados de la burocracia, los tránsfugas de los viejos partidos, antiguos aristócratas y oportunistas vulgares se enriquecieron. Todo ello, a la par del verbo encendido de jefe de Estado, aceleró la ingobernabilidad. Pero al lado de las causas subjetivas de la crisis, están las objetivas. Es claro que en el país hay una profundización de la crisis económica caracterizada por un acentuado proceso de endeudamiento y de desindustrialización, a pesar de los enormes recursos que por concepto del negocio petrolero han entrado a las arcas nacionales.

Todo lo anterior generó un punto de inflexión dentro del gobierno. La fractura profunda en su seno, la creciente movilización de masas y el reacomodo de los sectores ubicados a la "sombra" del proceso, hicieron crisis. Ahora se encuentra más debilitado y al descubierto, pues la retórica de la comedia dio paso a la tragedia de la retórica. El presidente se encuentra más aislado. Su margen de maniobra se perdió, entre otras cosas, por la torpeza con que manejó la crisis de ingobernabilidad en estos últimos meses. El sueño dorado de mantenerse en el poder hasta el año 2021 quedó truncado el 11 de abril de 2002. La garantía de continuar al frente del gobierno estará tan sólo sujeta al cumplimiento o no de las condiciones que le fueron impuestas antes de ser restituido en el cargo. Esta es la triste realidad ante la cual se enfrentará el país en los próximos tiempos. La frágil legitimidad del gobierno del presidente Chávez tiene ante sí el inevitable desenmascaramiento de su discurso populista, autoritario y provocador, y de su régimen de clase. Junto con él también cayeron las caretas de los falsos intelectuales, obispos, militares, constitucionalistas y traficantes de la democracia.

El caso de Venezuela ha demostrado que cuando de formas de dominación del capital se trata, la democracia también puede ser una mercancía con valor de cambio, a la cual vale la pena apostar. Era también la disyuntiva en la cual se encontraba la Francia del derechista Chirac y del ultra derechista Le Pen. El fascismo, en el inicio del siglo XXI, sigue estando a la orden del día. Como dijera Bertolt Brecht [27], "siempre será fecundo el vientre que parió ese monstruo".

Buscando respuestas a manera de epílogo: la no-contemporaneidad de la conciencia de las masas como explicación a la polarización del debate maniqueo en Venezuela

Ha sido el filósofo alemán Ernst Bloch, en su obra Héritage de ce temps [28], quien planteara la teoría de la no-contemporaneidad de la conciencia de las masas, como explicación de los cambios operados en Alemania a partir de los años 20 y 30, y su posterior degeneración hasta la Segunda Guerra Mundial. Los postulados contenidos en esta teoría dan cuenta de una explicación de la génesis del fenómeno fascista antisemita, en el que se produce un choque entre las fuerzas de una conciencia atrasada, arcaica y desadaptada de la sociedad industrial moderna, con formas de conciencia típicas de la sociedad moderna masificada y de la conciencia reificada [29]. Insiste el autor en que la evolución económica, política y social que ha conocido fases de aceleración y de crecimiento muy rápido, que trastocaron las bases de la vieja sociedad preindustrial alemana, paradójicamente no fue acompañada por una revolución o una adaptación adecuada de la mentalidad de la sociedad alemana en su conjunto a la sociedad moderna. Altamente desarrollada desde el punto de vista industrial y cultural, Alemania se mantenía atrasada en su cultura política (la cual nunca alcanzó el nivel de sus países vecinos), como en la mentalidad retrógrada de amplios sectores de la población, donde los sociólogos de los tiempos modernos han detectado con sorpresa el mantenimiento de estructuras de conciencia bastante conservadoras y retrógradas [30].

En su obra antes mencionada, Ernst Bloch constata que "los campesinos alemanes, los sectores proletarizados de las capas medias y, sobre todo, los pequeños funcionarios (empleados medios) quienes, situándose económica y socialmente próximos al proletariado, conservan una ideología burguesa convirtiéndose rápidamente en presa de la propaganda fascista" [31]. Son susceptibles esas capas precisas de la sociedad de impulsiones y reservas venidas de tiempos y superestructuras precapitalistas, que una clase en decadencia restaura en su conciencia [32]. En el caso de Alemania, en el seno de los campesinos desesperados y de una pequeña burguesía en quiebra, la naturaleza y con mucha más fuerza los fantasmas de la historia resurgen con una facilidad particular. La crisis económica que libera dichos fantasmas se desarrolla en un determinado país con una cantidad importante de materiales precapitalistas [33]. Por ello, y con fundamento en la teoría de Marx del grado desigual de desarrollo, podemos afirmar que es en las sociedades con altas formas desiguales y combinadas de desarrollo donde es más susceptible de manifestarse con mayor vehemencia la no-contemporaneidad de la conciencia de masas. Igualmente, la no-contemporaneidad constituye también la tergiversación de la lucha de clases con fines puramente demagógicos y fortuitos. Según Bloch [34], "el capitalismo tiene necesidad del antagonismo no contemporáneo por no decir de la heterogeneidad no contemporánea, para desviarse de sus propias contradicciones actuales, e insistentemente tiende a utilizar el antagonismo de un pasado todavía vivo como medio de división y de lucha para un devenir que se engendra dialécticamente en los antagonismos capitalistas".

En otra oportunidad [35] habíamos señalado que "la imagen de la ‘revolución pacífica’ correspondía con la madurez interna de la situación venezolana. Por ello, Chávez representaba el gobierno ideal de la ‘revolución pacífica’ en su estado actual, y pregonando una lucha contra la oligarquía, pretendía disolver las contradicciones de clase de la sociedad venezolana en una lucha de elites y burocracias por el control del aparato del Estado. Contrario a lo que pudiera pensarse sobre el llamado de Chávez a la ‘lucha de clases’, su discurso –que nunca fue la expresión de una acción– tiene como substrato la frustración del pueblo por no tener ni ver las posibilidades de resolver sus necesidades básicas. Esta parodia a lo que conducirá en realidad es a la atomización de la sociedad, caracterizada por un sentimiento de inutilidad, de ausencia de convicción, de radicalidad política, desinterés y a su pérdida de buen sentido".

En el caso de Venezuela, el debate maniqueo, la polarización de las posiciones, los puntos de desencuentro cada vez más irracionales entre los distintos sectores de la sociedad, la "radicalización del proceso chavista", la invocación de ideologías sin contenido programático alguno, el llamado a una suerte de "vuelta al pasado" hacia realidades de la Venezuela del siglo XIX, y las persecuciones desatadas por los sectores fascistas contra los funcionarios y algunos diputados del régimen chavista, al momento de usurpar el poder el gobierno de transición, se inserta, en nuestra opinión, en el marco de la especificidad de la contradicción no contemporánea. De nuevo con Bloch [36], dicha especificidad se expresa en el hecho que ellas (las contradicciones no contemporáneas) no aparecen sino en la periferia de los antagonismos sociales reales, las cuales representan en esos antagonismos una aberración fortuita y circunstancial.

En el país, la base material de esa especificidad seguiría siendo la mentalidad rentista que ha girado en torno al petróleo, la sensación, el mito y la simbología de que dicho recurso todo lo puede resolver, como forma de solapamiento, de amortiguamiento y de sustitución de las contradicciones esenciales de la sociedad venezolana.

En conclusión, son no contemporáneas [37] todas las formas de pensamiento, de actuar o de sentir que no se adecuan al nivel de contradicciones objetivas de la época vivida, es decir, todas las formas de conciencia desfasadas de las formas de conciencia normales y ordinarias, producidas por la sociedad en un momento determinado de su desarrollo. Implica además un fenómeno de existencia y de re-emergencia, de manera más o menos irracional pero significativa, de formas de conciencia pre-industriales y precapitalistas, en un país moderno, industrializado, convertido en una sociedad de masas [38], conciencia que tendría no sólo contenidos atávicos, románticos y religiosos no contemporáneos, sino también contenidos políticos irracionales extremadamente peligrosos, que se manifestarían largo tiempo después de la liquidación de sus condiciones de génesis objetiva. La hostilidad visceral al progreso y conservadurismo retrógrado, ligado a los valores del cristianismo conservador, podría ser, según Bloch [39], las formas de manifestación de esta conciencia no contemporánea frecuentemente evidenciadas no solamente en el campesinado sino en las clases medias. Ellas expresarían además de una cierta nostalgia por los tiempos pasados, los deseos y las imágenes-deseos más o menos románticos, naifs y utópicos, para la instrumentalización de los objetivos de una política ultra-nacionalista, conservadora y fascista. Estas formas de conciencia no contemporáneas son susceptibles de manifestarse y ponerse de relieve en los tiempos de crisis, de cambio, de incertidumbre y de confusión política, donde el equilibrio tradicional determinante de la relación entre las clases sociales es perturbado y alterado.

A partir de lo antes expuesto podemos hacer otro paralelismo histórico tomando en cuenta "que los parecidos no deben hacer olvidar las diferencias". En efecto, la política llevada a cabo por los partidos socialistas en la época del auge y crecimiento de la Alemania nazi ignoraba que el proletariado se encontraba en una suerte de regresión sociológica con relación al desarrollo de las capas medias, fundamentalmente de los empleados, y que su conciencia real en su cotidianidad pero esencialmente en la política, estaría mucho más marcada por formas de conciencia pequeño-burguesas. La ausencia de una política hacia estos sectores y la ignorancia de las frustraciones específicas de los empleados y de los propios campesinos significaría, de nuevo para Bloch [40], abandonar –de hecho– las capas sociales más significativas a las fuerzas conservadoras y, en última instancia, a los nazis. Este error que tuvo consecuencias nefastas para Alemania en los años 30 del siglo pasado, fue repetido, con consecuencias igualmente catastróficas en los años 70 en Chile, en donde la adhesión casi total de las clases medias a la oposición conservadora y ultra-nacionalista contra la Unidad Popular del presidente Salvador Allende habría constituido un factor socio-político determinante para el fracaso del gobierno socialista y la instauración de una dictadura militar fascista [41].

Como lo ha subrayado Ernst Bloch, "los nazis explotaron esta no-contemporaneidad de manera vertiginosa, pero también tenían a su favor las relaciones económicas contemporáneas, como el capital monopolista alemán que sentía la amenaza del socialismo. De igual manera, también invocaban la vaga nostalgia anticapitalista y utilizaban las palabras pseudo-revolucionarias con fines de distracción".

El caso de Venezuela ha sido sintomático del cruce de estas formas de conciencia no contemporánea. La misma ha estado alojada en los discursos presidenciales y en los planes de la "revolución bolivariana" así como en las acciones de la oposición, con mayor efecto, durante las horas en que el gobierno de transición estuvo al frente del ejercicio del poder del Estado. Pero no sólo en lo anterior. La propia sociedad en general se encuentra inmersa en una suerte de atavismo entre las nostalgias por y del pasado y un futuro incierto pero abierto. Esa es la gran paradoja del momento presente en donde se impone la "racionalización de lo irracional". Ninguna sociedad en las horas actuales está exenta de derivas catastróficas que la humanidad ha padecido en tiempos pasados.

La teoría de la no-contemporaneidad (disimilitud) de la conciencia de masas de Ernst Bloch nos arroja luces en la comprensión de un fenómeno con expresiones concretas en la historia de Venezuela y en las realidades de otros países de América Latina.


Especialmente entregado por el autor para su publicación en Herramienta.

[1] Hermoso, Carlos. Neoliberalismo en Venezuela. Caracas. Universidad Central de Venezuela (UCV), 1995, pág. 113 (Trabajo de Ascenso).

[2] Gómez Calcaño,Luis y Patruyo, Thanalí, "Le Venezuela, entre espoir populaire et crise économique", Revue de la Documentation Française. Problèmes d'Amérique latine. 1999, N° 34, julio-septiembre, pág. 119, Francia.

[3] Rey, Juan Carlos, "El sistema de partidos venezolano. Problemas sociopolíticos de América Latina". Revista Jurídica Venezolana. 1972, Caracas.

[4] La "democracia puntofijista" ha sido denominada así pues es el resultado del llamado Pacto de Punto Fijo, firmado en octubre de 1958. Los tres partidos principales (Acción Democrática, la Democracia Cristiana y la Unión Republicana Democrática) se comprometerían a respetar los resultados electorales de diciembre de 1958 y a gobernar en el seno de una coalición durante el período 1958-1963. Aunque fue el pacto menos duradero, pues terminaría ese último año, se ha convertido en el símbolo de los acuerdos entre los grandes partidos. Es por ello que a la época que se inicia en 1958 se le denomina "puntofijista". Cf. Gómez Calcaño, Luis y Patruyo, Thanalí, op.cit., pág. 120, y López Maya, Margarita y Gómez Calcaño, Luis, "Desarrollo y hegemonía en la sociedad venezolana", en López  Maya, Margarita; Gómez Calcaño, Luis y Maingon, Tahís, De Punto Fijo al Pacto Social. Desarrollo y hegemonía en Venezuela: 1958-1985. Caracas, Fondo Editorial Acta Científica Venezolana, 1989.

[5] En mi opinión, el "sacudón" del año 89 y los intentos de golpe de Estado del año 92 constituyeron el primer revés de la democracia "puntofijista" y los fundamentos de la crisis de ingobernabilidad actual.

[6] Citado por Gómez Calcaño, Luis y Patruyo, Thanalí, op.cit., pág. 145.

[7] Las cúpulas de los partidos tradicionales Acción Democrática (socialdemocracia) y COPEI (democracia cristiana) apostaron incluso a la desaprobación de sus candidatos oficiales una semana antes de las elecciones. Apoyaron al candidato "independiente" Enrique Salas Römer, en desmedro de la decisión de su propia militancia de participar con candidatos propios (Luis Alfaro Ucero e Irene Sáez, respectivamente). Esta decisión de "última hora" no tenía precedente en la historia de la "democracia puntofijista".

[8] Particularmente resulta interesante ver cómo en varias oportunidades esa "legitimidad carismática" ha intentado ser disputada por militares. La primera, en el mismo año 2000, durante el proceso de relegitimación de poderes, por Francisco Arias Cárdenas (antiguo compañero de armas) como candidato presidencial; la segunda, en febrero de 2001, con la sublevación y disidencia de un coronel de la fuerza aérea venezolana de nombre Pedro Soto. Posteriormente, otros militares se sumaron a la cohorte de sublevados.

[9] Lander, Luis Edgardo y López Maya, Margarita, "Venezuela. La hegemonía amenazada", Revista Nueva Sociedad, 2000, mayo-junio, número 147, p.15-25, Caracas.

[10] Op.cit., pág. 19.

[11] Aunque el gobierno de Chávez ha intentado darle un viraje a la política petrolera desarrollada por sus antecesores, la cuestión petrolera ha llegado a tener tal nivel de autonomía en el país que cualquier presidente, en un período de bonanza, puede desarrollar políticas de corte "nacionalista" sin que ellas sean necesariamente "socialistas". Tal fue el caso de la nacionalización petrolera en el período de Carlos Andrés Pérez. El negocio petrolero siempre permite ciertos "márgenes de maniobra", y lo que se haga en este campo no es necesariamente el reflejo del resto de la política económica del país. De nuevo, con Luis Edgardo Lander y Margarita López Maya, hay que decir que "aparte de la política petrolera, en el resto de las actividades económicas las iniciativas gubernamentales (de Chávez) han sido similares a las de años previos". Lander, Luis Edgardo y López Maya, Margarita, op.cit., pág. 22.

[12] Las acusaciones y señalamientos han ido de parte y parte. Para el presidente, quienes lo adversan son "escuálidos" y para la oposición, se trata de un "loco" rodeado del "lumpen". Ha llegado así el país a un proceso de banalización y primitivismo de la política.

[13] Cf. Zapata, Juan Carlos, "Lectura de Miquelena", en Periódico Tal Cual, miércoles 12 de diciembre de 2001.

[14] Cf. Mavarez, Marbelys, "BCV, ministros y banqueros reunidos con el Presidente", en Periódico Tal Cual, viernes 8 de febrero de 2002.

[15] Ernesto Rodríguez señala que "bonapartismo, en los escritos de Marx y Engels, se refiere a una forma de régimen en la sociedad capitalista en el que la parte ejecutiva del Estado, bajo el gobierno de un individuo, alcanza poderes dictatoriales sobre todas las otras partes del Estado y la sociedad". Estableciendo una caracterización de esta forma de gobierno, Rodríguez refiere que el bonapartismo surge en situaciones de grave crisis social y concentra su poder en la parte ejecutiva del Estado; se erige como un tipo de gobierno que pretende estar por encima de los conflictos y las clases sociales, mediando entre ellas y pretendiendo representarlas a todas; tiene un enorme aparato burocrático estatal; responde a sus propios intereses burocráticos pero también garantiza la estabilidad social, lo cual permite a los capitalistas liberarse de sus compromisos políticos y dedicarse al desarrollo del capital. C.f. Rodríguez, Ernesto, "¿Qué es un gobierno Bonapartista?", en Diario de los Andes, Trujillo, Venezuela, 6 de marzo de 1999.

[16] Termidor: se refiere al derrocamiento del régimen de terror impuesto por Robespierre luego de la Revolución Francesa. Significó el traspaso del poder de las manos de los jacobinos más moderados y conservadores a las de elementos más afortunados de la sociedad burguesa.

 

[17] Aguilar Castro, Vladimir, "La democracia deslegitimada", en Revista ABACO, 2000, número 24, p.138-140, España; y Aguilar Castro, Vladimir, "Venezuela: entre continuidad y transición", en Revista Signos de Vida, 2001, número 19, p.35-38, Ecuador.

[18] En el pasado, el establecimiento del pacto (Pacto de Punto Fijo) fue la condición previa para la configuración de la hegemonía.

[19] Mandel, Ernest, Trotski: teoría y práctica de la revolución permanente. Introducción, notas y compilación. México, Siglo XXI editores, 1983, pág. 221.

[20] Op.cit.

[21] En esta casta confluyen los nepman (nuevos ricos) que como nuevo estrato comienzan a configurarse en el país. Hacemos aquí una analogía con la época en que en la ex Unión Soviética, al iniciarse el proceso de degeneración burocrática, comenzó a establecerse no una nueva clase sino una nueva casta parasitaria. La misma tendría como principal fuente de ganancia la apropiación de los dineros públicos, resultado de la posición que la mayoría de los funcionarios públicos ocupaban dentro del aparato del Estado y del partido.

[22] En su alocución en cadena nacional el mismo día de los acontecimientos (11 de abril), el presidente Chávez afirmaba que le había pedido a la banca no acatar el llamado a huelga general convocado por trabajadores y empresarios. Como vimos anteriormente, la misma solicitud la había hecho a este sector el presidente durante el paro general realizado por la oposición el 10 de diciembre del 2001. Era su segundo intento de romper la "tregua" del sector económico "amamantado" por el nuevo régimen.

[23] Mandel, Ernest, Trotski: teoría y práctica de la revolución permanente. Introducción, notas y compilación, op.cit., pág. 211.

[24] Entre estos sectores económicos se cuenta el armamentista, vinculado a la camarilla militar que salió al lado del presidente transitorio durante su primera alocución del 12 de abril, con otros nexos directos con el capital financiero internacional.

[25] Debemos recordar que el Caracazo se dio a raíz del paquete de medidas neoliberales que el presidente de la época, Carlos Andrés Pérez, intentara implantar en el país.

[26] Como ya lo dijéramos, los dos intentos de golpe de Estado en febrero y noviembre de 1992, igualmente fallidos, fueron encabezados por sectores cívico-militares. En el primero de ellos participó el actual presidente repuesto, Hugo Chávez Frías.

[27] "Il est toujours fécond le ventre qui a accouché de ce monstre". Citado por Mandel, Ernest, "Prémisses matérielles, sociales et idéologiques du génocide nazi", en Achcar, Gilbert (sous la direction), Le marxisme d’Ernest Mandel. France, PUF, 1999, págs. 197-203.

[28] Para la edición francesa, Bloch, Ernst, Héritage de ce temps. Francia, Payot, (traducción del alemán por Jean Lacoste), 1978. Hasta donde sabemos, la obra no ha sido todavía traducida al castellano.

[29] Munster, Arno, Ernst Bloch. Messianisme et utopie. Francia, PUF, 1989, pág. 52.

[30] Op.cit.53.

[31] Bloch, Ernst, Héritage de ce temps, op.cit., pág. 104.

[32] Ibid.

[33] Munster, Arno, Ernst Bloch. Messianisme et utopie, op.cit., pág. 56.

[34] Bloch, Ernst, Héritage de ce temps, op.cit., págs. 108-109.

[35] Aguilar Castro, Vladimir, Venezuela: entre continuidad y transición, op.cit., pág. 38.

[36] Bloch, Ernst, Héritage de ce temps, op.cit.

[37] Munster, Arno, L’utopie concrète d’Ernst Bloch. Une biographie, París, Editions Kimé, 2001, págs. 167-181.

[38] Es claro que el autor se refiere a la Alemania de los años 30 del siglo XX. Pero salvando las distancias, los criterios esbozados y la no-contemporaneidad pueden aplicarse a los países con desarrollos desiguales y combinados como Venezuela.

[39] Munster, Arno, L’utopie concrète d’Ernst Bloch. Une biographie, op.cit., pág. 170.

[40] Ibid., págs. 171-172.

[41] Ibid.