La ideología de la crisis y la irrupción incontrolable de la irracionalidad

Vea, es preciso que todas estas instituciones[...] tengan, por así decir una doble vida , o sea, es preciso que ellas existan (concuerdo que es necesario), pero por otro lado, es preciso que ellas no existan.
                                                                                    Los demonios. Dostoievski, pág. 311
 
La ideología liberal padece de crisis crónica desde la conclusión de los esfuerzos revolucionarios de la burguesía, inicio de su hegemonía como clase social en la estructura de comando del capital. Esta crisis ideológica coincide con el imperativo de compromiso orgánico que necesitó para establecer el orden y justificar -a toda costa-, el enorme desarrollo material y tecnológico que se funda en la súper explotación del trabajo por el capital. Desde entonces son innumerables las mistificaciones, casi siempre muy exitosas, que los apologistas crean para disimular la incapacidad estructural del sistema para realizar, de modo concreto, universal y sustantivo, la igualdad y la libertad que la burguesía, durante su período heroico, formuló en teoría. 
El análisis que desarrollo aquí establece raíces en la lógica actual de funcionamiento del sistema socio-metabólico del capital, cuyos problemas y contradicciones hasta entonces considerados relativos y transitorios, encuentran sus límites absolutos e inexorables. Parto del presupuesto que, desde finales de la década de 1960, el sistema agota todas sus posibilidades, digamos civilizadoras, concluyendo una larga fase de ascenso histórico impulsada con la victoria de las revoluciones burguesas de los siglos XVIII y XIX. Eso quiere decir que, desde las décadas finales del siglo pasado, los nuevos padrones de expansión y acumulación del capital sólo consiguen ser activados, en términos globales, mediante mecanismos absolutamente destructivos. Y el escenario no parece dejar dudas de que este sistema se viene confirmando como una totalidad social completamente irreformable.
El resultado más concreto de ese crecimiento requerido por el capital se obtiene a través de niveles altísimos de concentración de la riqueza material socialmente producida, de políticas de incentivo al desempleo crónico, de pérdida progresiva de derechos laborales, de la degradación inigualable de las condiciones de trabajo – entre las cuales crecen los casos de relaciones de esclavitud[2] y la propuesta poco clara de una nueva modalidad de “trabajo decente”.[3] Sin mencionar la alarmante destrucción del ecosistema.
Otros datos significativos son proporcionados por la propia FAO al declarar que la crisis global provocará un aumento superior a mil millones de hambrientos en el mundo. Los más afectados por el hambre se encuentran, obviamente, en los países más pobres, o sea, 642 millones están en Asia y en el Pacífico, 265 millones en África Subsahariana, 53 millones en América Latina y el Caribe y 52 en Oriente Medio y el Norte de África.[4] Los datos revelan incluso que de cada seis personas en el mundo, una tiene hambre, lo que viene a demostrar el absoluto fracaso de todas las ideologías que defendieron (y se obstinan en defender) el proceso histórico controlado por el capital como forma de minimizar, a través del progreso material y el fortalecimiento de las instituciones políticas y democráticas, la desigualdad social y garantizar calidad de vida a la clase trabajadora.[5]
Teniendo en cuenta este cuadro de situación, considero que una discusión seria sobre la efectividad histórica de la ideología precisa necesariamente reconocer la función social que ella cumple en la realidad crecientemente degradante de una sociedad de clases en la vigencia plena de una gravísima crisis estructural.[6]
Esa es la tragedia de los ideólogos del capital en crisis: precisan defender la lógica expansionista del sistema encontrando justificativos para un mundo en el que prima la creación de los medios más espurios de subordinar el trabajo, a su inexorable necesidad de expandir y acumular riqueza.
No sorprende, sin embargo, la multiplicación de candidatos a la categoría que, en la misma medida en que la crisis se agrava, irónicamente, se disponen a crear, o sino a adoptar, las fabulosas tesis del “fin”: “fin de la lucha de clases”, “fin del trabajo”, “fin de las ideologías”, “fin de la historia”. Más recientemente, el cuento aumentó un punto, porque alguien resolvió decretar el fin de la “era económica”.[7]
Estos exitosos neo-apologistas del sistema eligieron la compensatoria vía de rendición al mundo para lo cual precisan convencer (y auto convencerse) de que “no hay alternativa” posible. De la aceptación incontestable de eso, “la necesidad brutal de someterse al poder de la competición coercitiva es mistificadoramente metamorfoseada en algo que puede reclamar para sí el elevado status de motivación interna consciente y libremente adoptada, lo que ningún ser racional podría (o debería) cuestionar incluso en sus pensamientos, y mucho menos oponérsele activamente”.
Es por esta razón que, en general de modo arrogante y autoritario, acostumbran descalificar a la crítica con algún significado más radical.
 
Democracia & fascismo
 
Conforme con el Editorial del periódico The Times, publicado el 17 de octubre de 1970, aspectos particularmente preocupantes rondan las recientes necesidades de reproducción del capital mereciendo toda nuestra atención:
 
“Cuanto más la universalidad liberal es presionada, tanto menos ella es capaz de ser comprensiva, más rigurosamente tendrá que fijar sus límites y mayor será la probabilidad de la exclusión de puntos de vista intolerantes. La paradoja de la sociedad tolerante consiste en que no puede ser defendida exclusivamente por métodos tolerantes, de la misma forma que la sociedad pacífica no puede ser defendida exclusivamente por métodos pacíficos”.
La afirmación parece bastante ilustrativa de la crisis estructuralmente irreversible del sistema que, en su contingencia neoliberal, tiene inicio en el momento exacto en que se publica aquel editorial de rara sinceridad. Y todo indica que la actualidad violenta y destructiva del proceso histórico no es un fenómeno pasajero, ni localizado, pues, como declaró Andrew Young, uno de los ideólogos más expresivos de la Trilateral, “el desempleo y la represión política son, ciertamente, parte de un mismo problema social”.[8] De ahí que el único enfrentamiento críticamente realista del problema debe necesariamente considerar que el desempleo avasallador[9] se constituye en la esencia trágica del proceso en curso.
Esa es la razón por la cual el sistema hoy precisa constituir formas de control social que se utilizan, cada vez más estrecha y recurrentemente, por la combinación de fuerzas represivas y mecanismos de manipulación ideológica, otrora usados con algún intervalo entre sí. Para comprender esto es preciso considerar las circunstancias histórico-concretas de actuación social de la ideología burguesa y de la enorme incompatibilidad que hoy el sistema manifiesta con mínimos principios formales de liberalismo y de emancipación política.Un buen ejemplo de esa combinación de control nos es dado por Eva Golinger en su artículo “Siga el dinero: la ofensiva imperial en América Latina se evidencia en dólares”:
 
“La agencia (USAID), que comenzó como el brazo financiero del Departamento de Estado, en 1962, para atender los asuntos "humanitarios"; se convirtió durante el siglo XXI en uno de los actores principales de la contra-insurgencia, bajo la nueva doctrina de Guerra Irregular de Washington. A principios de 2009 esta doctrina fue firmada por el recién llegado presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, como parte de su nueva política de "smart-power", el poder inteligente, una política que emplea el uso del poder militar juntamente con la diplomacia, con la cultura, con la comunicación, con el poder económico y con la política. Existen dos grandes puntos de diferencia entre la Guerra Irregular y la Guerra Tradicional: el objetivo y la táctica. La Guerra Tradicional tiene como objetivo la derrota de las fuerzas armadas del adversario, y su táctica principal es el uso del poder militar en su forma más tradicional - el combate y el bombardeo. La Guerra Irregular tiene como objetivo el control sobre la población civil y la neutralización del Estado, y su táctica principal es la contra-insurgencia, que es el uso de técnicas indirectas y asimétricas, como la subversión, la infiltración, las operaciones psicológicas, la penetración cultural y la decepción militar (el intento de engañar a las fuerzas armadas del adversario para que reaccionen a amenazas que en realidad no existen, distrayendo y desgastando sus capacidades y recursos)”.[10]
 
Una falsa cuestión
 
Todo indica, sin embargo, que el problema es mucho más antiguo de lo que podríamos pensar al principio. En “Sobre el irracionalismo en la posguerra”[11] Lukács señala importantes pistas para revelarnos la cuestión, al trascender el idealismo reaccionario de la historia alemana, reafirmando, muy acertadamente, una tendencia a la universalización del irracionalismo, capitaneada por los EEUU desde la “victoria de los países aliados” sobre las fuerzas regresivas del “eje”.
En aquellas circunstancias, desnuda la imaginaria línea interpuesta entre los apologéticos principios democráticos del liberalismo y los irracionales (y brutales) métodos de intervención económica y social del fascismo. Lukács, entonces, recurre a la visión “humanista” del general Cummings, personaje típicamente norteamericano compuesto por Norman Mailler para el romance Los desnudos y los muertos, comprobando que el irracionalismo no es lo opuesto del “mundo libre” y del progreso, muy por el contrario:
 
“La energía cinética de un país es la organización, el esfuerzo concentrado; el fascismo, como ustedes lo llaman. El plan del fascismo es, -considerado el asunto- mucho más sano que el del comunismo, ya que se basa majestuosamente en la verdadera naturaleza del hombre; lo que ocurre es que se ha colocado en marcha en un país poco apto para eso, que no posee poder potencial suficiente para desarrollarse integralmente. En Alemania, que adolece de una escasez fundamental de bienes naturales, tenían que producirse necesariamente excesos, pero la idea y el plan eran buenos... En el siglo pasado, todo el proceso histórico fue desarrollándose en el sentido de crear concentraciones de poder cada vez mayores. El siglo en que vivimos vislumbra nuevas fuentes de energía física y trae consigo la expansión de nuestro universo, las fuerzas políticas y la organización necesarias para tornarlo por primera vez, posible. Por primera vez en nuestra historia los poderosos hombres de América del Norte, tienen, les aseguro, conciencia de sus verdaderas metas. Recuérdese bien esto: después de la guerra, nuestra política exterior será mucho más descarnada y menos hipócrita que antes”.[12]
 
Durante la Guerra Fría, el imperialismo norteamericano formularía una ideología “antitética” al nazi fascismo alemán, italiano, japonés, menos por escrúpulo moral o repudio a la violencia o al elogio de la muerte, y más por rechazar las formas regresivas del imperialismo alemán. El recurso, convenientemente amparado en la “garantía de las libertades democráticas”, legitimaría la defensa de los mecanismos cada vez más agresivos de dominación del capitalismo contra su verdadera antípoda de entonces, personificada en el socialismo de tipo soviético.[13]
En aquel ensayo escrito en el invierno de 1953, Lukács afirma además que las circunstancias creadas en la posguerra concretizarían las pretensiones imperialistas de los EEUU de capitanear el sistema jerárquico del capital mediante una prolongación – siempre ampliada – del “abortado” proyecto nazista:
 
“Las prerrogativas del Presidente de los Estados Unidos, el poder de decisión de la Suprema Corte en materia constitucional (para que sea bien entendido un problema o no como tal, depende siempre del arbitrio del capital monopolista), el monopolio financiero sobre la prensa, la radio etc., los enormes gastos electorales, que impiden eficazmente la formación y el funcionamiento de verdaderos partidos democráticos junto a los tradicionales de los monopolios capitalistas y, finalmente, el empleo de medios terroristas (el sistema de Linch), todo contribuye a poner en pie una “democracia” que funciona como una máquina bien aceptada y que puede alcanzar, de hecho, sin romper formalmente con la democracia, todo aquello a que aspiraba Hitler”.[14]
De hecho, la historia viene comprobando la veracidad de las palabras de Lukács, pues de la misma forma que la experiencia nacional socialista no parece haber sido tan solo la materialización del irracionalismo vertido de las condiciones históricas particulares de Alemania, la política norteamericana de posguerra tampoco es una simple prolongación de las pretensiones nacional socialistas históricamente localizadas.
Como señala Losurdo, “ya en los años 20, entre el Ku Klux Klan y los círculos alemanes de extrema derecha, se establecieron relaciones de intercambio y de colaboración en la insignia del racismo anti negros y anti hebraicos”. Entre otras evidencias, fácticas e ideológicas, son muy significativas las palabras proferidas por Rosenberg, ya en 1937, mostrando las más que evidentes afinidades entre las mutuas propensiones para el irracionalismo: para él, los EEUU son “un espléndido país del futuro”, país que “ha tenido el mérito de formular la feliz ‘nueva idea de un Estado racial’, idea que ahora se trata de colocar en práctica, ‘con fuerza renovada’, mediante la expulsión y la deportación de los ‘negros y judíos”.[15]
Por lo tanto, para Losurdo, los términos libertad y democracia, hace mucho tiempo, cargan la insignia de la segregación socio racial y la dominación por medios explícitamente violentos, motivos por los cuales perdieron, en los límites de la perspectiva del capital, las prerrogativas de su razón histórica.[16]
 
El oscurantismo fascista de la actual democracia burguesa
 
Diferente de las estrategias de dominación exclusivamente truculentas del nazi fascismo durante la II Guerra Mundial, la influencia norteamericana va a adquirir, al principio, una naturaleza más “flexible”. Al mismo tiempo en que, en nombre de supuestas “libertades democráticas”, practica intervencionismos belicistas, puede funcionar también
 
“[...] mediante la interpenetración de las instituciones económicas, la armonía cordial de los dirigentes y partidos políticos, los conceptos compartidos por intelectuales refinados y la fusión de los intereses económicos. En otras palabras, se trata de una cosa nueva en el mundo, algo que aún no fue enteramente elucidado”.[17]
 
Ahora bien, los efectos devastadores de las políticas neoliberales, sobre todo en los países de extracción colonial, ya eran previstos por los ideólogos del neoliberalismo, y considerados una seria amenaza a la reproducción del orden de modo relativamente controlado. Por eso es que, para ellos:
 
“El alivio de la pobreza es una exigencia tanto de los principios éticos básicos de Occidente como del simple interés propio. A largo plazo, es poco probable un mundo bien ordenado si una gran afluencia de riqueza de un lado coexiste con la pobreza aplastante de otro, al mismo tiempo en que surge un mundo de comunicaciones, relaciones mutuas e interdependencia”.[18]
 
No obstante, la gravedad alcanzada por los problemas sociales en función del desempleo estructural en pauta, y, en la misma medida, por la eficacia relativa de los medios – políticos y económicos– ofrecidos para “aliviar la pobreza”, se impone la prevalencia de las formas más “firmes” de control social. No sorprende la onda creciente de pogroms que se propagan por todos los rincones del planeta y se confirman como recurso cada vez más necesario para la reproducción del sistema.
No hay como negar que esas intervenciones – o masacres–, llamadas de “guerra quirúrgica”, “erradicación del terrorismo”, “limpieza étnica”, o “combate al narcotráfico” se constituyen en regla. Y poco importa donde eso ocurre; más importante es comprender que su recurrencia generalizada transforma en ruinas importantes conquistas históricas en cuestión de derechos humanos, pues, hasta entonces, la racionalidad, aunque formal, ideológica, abstracta del sistema, todavía conseguía garantizar algún resto de civilidad jurídica a las relaciones sociales sustantivamente desiguales.[19]
A pesar del término pogrom, en ninguno de los casos habidos desde la 2ª Guerra los judíos son las víctimas. Al contrario, en Cisjordania y el Estado de Israel, cuya fundación, en 1948, impone el destierro a millones de palestinos, urge la necesidad de “administrar” el odio generado por sus acciones, como también destruir los varios movimientos de resistencia. Por eso, desde la Guerra de los Seis Días (1967) el ejército israelí mantiene al pueblo palestino acorralado, en el área más pobre localizada al sur del Líbano,[20] o en la aún más pobre Franja de Gaza, sometiéndolo al más severo control, malos tratos, humillaciones, corrupción moral y absoluto poder de vida y de muerte.
De este otro lado del mundo, comunidades enteras también son acosadas en los morros y en la periferia de las grandes ciudades. Sus habitantes, casi siempre muy pobres y mayoritariamente negros, sufren toda suerte de violencias por tropas de choque entrenadas para coaccionar, torturar y eliminar cualquiera de los blancos fáciles de las favelas. Acciones de ese tipo han sido muy frecuentes también en otras situaciones, lo que viene a demostrar, desde el ciclo de las dictaduras militares en la región, una renovada disposición de la represión oficial o extra oficial en Brasil y en América Latina como un todo.[21]
Los ejemplos son innumerables, pero se destacan las operaciones comandadas contra movimientos sociales y sindicales, rurales y urbanos que, a despecho de las atrocidades sufridas, se multiplican y cobran con disposición igualmente renovada las gigantescas deudas históricas que esa parte del continente acumula con la clase trabajadora.[22] Se agravan también las amenazas y los asesinatos cometidos contra comunidades indígenas en lucha por tierras ya titularizadas y por derechos ya labrados por la Constitución que los nuevos colonizadores vienen otra vez a asaltar.[23] Es preciso recordar además, las embestidas contra las poblaciones presidiarias insurrectas e inconformes por el embrutecimiento sin límites del sistema carcelario latinoamericano.[24]
Conforme Eva Golinger, “en el caso de América Latina, son aplastantes las cifras de inversiones financieras de la USAID en los grupos políticos y en la ‘promoción de la democracia’, que se traduce en términos reales como una invasión silenciosa.” Y para que se tenga una idea de lo que ella dice, aquí van algunos números extraídos de su artículo arriba citado:
 
* El presupuesto de la USAID y del Departamento de Estado aumentará el 12% en 2010. Se destinará 2.200 millones de dólares para América Latina.
* 447,7 millones de dólares son para "promover la democracia" en América Latina.
* 13 millones de dólares son para "promover la democracia" en Venezuela.
* 101 millones de dólares para "promover la democracia" en Bolivia.
* 3 millones de dólares para un fondo especial de la OEA para "consolidar la democracia representativa en Bolivia, Ecuador, Nicaragua y Venezuela.
* 20 millones de dólares para la "transición para la democracia" en Cuba.
* El Presupuesto del Comando Sur aumentará el 2% para llegar a los 200 millones de dólares en el 2010; además de 46 millones de dólares adicionales para mejorar la base militar de Palanquero, en Colombia, para uso estadounidense.
 
Es en esa misma escena que los ideólogos del capital permanecen apelando a una democracia que, en la práctica y con una firmeza cada vez más difícil de disimular, rechaza los principios más fundamentales de la igualdad jurídica. Sustentada en un Estado crecientemente policial, declara abiertamente su compromiso con la realización de los derechos relativos a la propiedad privada. O sea, la historia necesitó más de 300 años para cumplir íntegramente lo que reza el artículo 8 de la Constitución de 1793 revelando la plena función de la política burguesa: “La seguridad consiste en la protección concedida por la sociedad a cada uno de sus miembros para la preservación de su persona, de sus derechos y de su propiedad.” En esta medida, adquieren aún más sentido las palabras de Marx: “La seguridad constituye el supremo concepto social de la sociedad civil, el concepto de policía”.[25]
Pues bien, ¿qué otras relaciones puede haber entre las masacres de Oriente Medio y las que ocurren en Brasil, además de materializar la bestialidad de las mercaderías producidas por el complejo industrial-militar, mercaderías que, además, realizan su valor en los campos de exterminio en expansión?
Árabes allá, negros e indios aquí, esas “especies” humanas comparten una misma característica histórica: ocupan desde el principio de la colonización europea y de la formación social totalizadora, posiciones inferiores en la escala potencialmente jerárquica de la división social del trabajo necesaria para la producción y la reproducción del capital. Esos grupos humanos de “segunda categoría”, base históricamente productiva de la acumulación primitiva del capital en todas las partes del globo, se sumaron a otros grupos que, independientemente del color de su piel, credo o ideología, componen hoy la inmensa masa de individuos desposeídos, potencial y eventualmente explotados como fuerza de trabajo socialmente necesaria para la producción de la riqueza material. La más fina traducción de la democracia burguesa se define en la absoluta indiferencia – o ausencia de preconcepto - del capital por las cualidades subjetivas de los individuos a ser explotados.
No por casualidad, como bien observa Domenico Losurdo:
 
“La sociedad burguesa-liberal tiende a leer en términos naturales y de raza los propios conflictos de clase. Es por eso que, cuando se rebelan, los trabajadores de las metrópolis son denunciados como bárbaros, como aquellos que amenazan con la barbarie el interior del mundo civilizado que ya tiene que protegerse de los bárbaros externos. Son así explicadas las propuestas recurrentes de esterilización de la raza de los vagabundos ociosos y criminales, de los bárbaros incapaces de erguirse al nivel de la civilización”. [26]
 
Pues es esa masa que viene a protagonizar las intensas campañas de criminalización, cuyo objetivo es justificar como “males necesarios”, la supresión de la libertad, la represión política y el exterminio de las poblaciones “peligrosas”. Con ello, resquicios de una indignación que otrora se manifestaba en relación a los crímenes contra la humanidad, son preocupantemente cambiados por el asentimiento ignorante de hombres y mujeres en todo el mundo. Pasivamente condenan y silenciosamente se hacen cómplices de las masacres de “demonios” extraños al orden. He ahí la naturaleza más significativa del concepto de pogrom: masacres con amplio consentimiento y participación popular. He ahí la naturaleza perfeccionada de la emancipación política, momento en que el sistema, para ejercer dominio social pleno, consigue “asegurar que cada individuo adopte como propias las metas de reproducción objetivamente posibles del sistema”.[27]
O sea, en el proceso en que prevalecían las prerrogativas liberales de justicia social, heredadas del Iluminismo, las desigualdades de todo orden eran cohibidas por leyes externas a los individuos. Sin embargo, el sistema transforma en una auto-positividad esa regresividad deshumanizadora del sistema. Mediante la plena e íntima subjetivación de los imperativos intereses particulares de las clases dominantes – en una ilusoria condición universal -, todos los actos del Estado, por más arbitrarios y violentos, son introducidos, reproducidos y legitimados por la casi totalidad de los individuos.
Eso explica por qué la demonización de Hesbollah, por ejemplo, se intensifica con la legitimidad que consolida, desde 1982, junto a las comunidades pobres del sur del Líbano. Y de Hamas, por su victoria, por el proceso democrático-liberal, en las elecciones de 2006.
La cosa se repite en Brasil, donde el mismo Estado democrático de la Federación que crea los medios para “aliviar” la pobreza y las “injusticias sociales” concediendo bolsas y formulando políticas afirmativas, prosigue con las masacres sociales cometidas en todo el territorio nacional por los llamados “poderes locales”, principalmente contra la inmensa masa que, condenada a la indigencia social por el desempleo, se atreve a organizarse y levantarse contra la situación.
 
La realidad brasileña
 
Muy recientemente, la misma escena brasileña en que se festejaban los más significativos desempeños económicos registrados en toda la historia de este país (de extracción colonial), fue igualmente perturbada por acontecimientos muy graves. Una clara visión de las más recientes “disparidades” nacionales se podía ver en los noticieros y en las picarescas narraciones al respecto. Algunos de sus renombrados comentaristas se esmeraban en la mímesis apologética de los economistas políticos y festejaban, con indisimulado deslumbramiento de provincia, el desempeño de los lucros bancarios, el crecimiento de la industria, sobre todo, la automovilística, los índices todavía “aceptables” de desempleo[28], el éxito del agro negocio en el país y los números que apuntaban (y que continúan apuntando) al aumento gigantesco de áreas aprovechables para la agricultura, de florestas ocupadas con pastura, con el monocultivo de caña de azúcar para la producción de etanol (“biocombustible”), de soja, de celulosa, etcétera. También es verdad, que la performance jubilosa alternaba la escena con la dramatización de los desastres ambientales, del aumento en el precio de los alimentos, de la violencia, las “invasiones” de tierra o, incluso, de la recurrencia incómoda al trabajo esclavo. Con sentido común, se atribuía a la ausencia de políticas de Estado la responsabilidad por los “abusos” cometidos de modo fortuito y aleatorio.[29]
En Brasil, este proceso se desarrolla, sobre todo en la década de 1990. No es de extrañar, por tanto, que, paradójicamente, la crisis estructural del capital, encuentre el momento más avanzado del capitalismo brasilero, diseminando por todo el territorio nacional todo lo que acreditó en cuanto al avance de “potencial civilizador” del capital, que fueran capaces de desterrar de la historia de ese país “incompleto”, “atrasado”, etc. Ahora la crisis está acentuando la desigualdad estructural en todo el mundo y en todas las esferas, en este contexto, Brasil se vio obligado no sólo a permanecer como perfeccionar su servilismo ante el sistema internacional, lo que viene a demostrar que el subdesarrollo es, pues, "la forma de excepción permanente del sistema capitalista en su periferia”.[30]
Reproducimos de modo ampliado y generalizado cada uno de los peores lados de la actualidad del capital, en este caso, la tendencia mundial al desempleo crónico y tentacular,[31] de donde crece la escalada de las formas más degradantes del trabajo; de las embestidas más miserables sobre derechos laborales duramente conquistados; del aumento alarmante del trabajo esclavo, en el campo y en las ciudades, desde la región norte hasta el extremo sur del país[32]; de las inenarrables muertes por fatiga (calambres) de cortadores de caña; de la utilización indiscriminada de drogas estimulantes y relajantes[33] como aditivos necesarios para el cumplimiento de jornadas e índices absurdamente exhaustivos de productividad exigidos a los trabajadores en los más variados sectores de la producción y distribución de mercaderías. Sólo para que se tenga una idea del problema, “la vida útil de un cortador de caña no pasa los 15 años, período inferior al de los esclavos, que llegaba a 20 años”. Ese es uno de los efectos del deterioro de los salarios pagados al trabajador que en la década de 1980 recibía R$ 9,00 por tonelada cortada y R$ 2,50 en 2005. Mientras tanto:
 
“Las condiciones de trabajo son marcadas por la altísima intensidad de productividad exigida. En la década de 1980, el promedio (productividad) exigido era de 5 a 8 toneladas de caña cortada por día; en 1990, pasa de 8 a 9; en el 2000 a 10 y en el 2004 entre 12 y 15 toneladas!”[34]
 
Reestructuración de la institución política
 
Del otro lado de la misma moneda, son incontables los casos de corrupción (activa/pasiva), de prevaricación con el dinero público, de nepotismo, negociados y “adaptaciones” de la ley para:
1)                 favorecer al gran capital transnacional – esté él representado por Aracruz, Monsanto, Nestlé, Volkswagen, Cartel de Cali, Daniel Dantas, George Soros - que avanzan, controlan y dilapidan riquezas naturales y humanas del país;
2)                 convertir en virtud todos los aspectos nocivos del progreso, cuya realidad más palpable y universal es la producción irracional de mercaderías - casi siempre innecesarias - mediante deforestación, quemas, monocultivo, semillas transgénicas, pestes, genocidios y hambre.
Esa es la cara más trágica de nuestro gran desempeño económico y de nuestra vuelta al encuadramiento en la lógica inevitable del desarrollo desigual y combinado.
Y como antes ya fuera mencionado, frente al caos instaurado, todavía impera la defensa, sobre todo entre académicos, de la deshilachada “ilusión jurídica” atribuyendo a un perfeccionamiento del Estado y de la política, el reestablecimiento del orden. Veamos, por ejemplo, las esclarecedoras palabras de un consagrado pensador brasileño, defensor de la “consolidación y ampliación permanente del horizonte democrático de nuestro tiempo”, según sus entrevistadores:
 
“De hecho, la política oficial brasileña no se encuentra bajo amenaza, en el sentido que no aparece ningún grupo fuerte, de abajo, metiéndose con las cosas establecidas. Con eso, los partidos hoy dominantes no tienen que preocuparse. Al fin y al cabo, viene el aumento de la bolsa familia... (...) La desigualdad no cae, pero ese tema – el de la desigualdad – no tiene hoy la carga dramática suscitada por la cuestión de la pobreza. El tema de la desigualdad, en mi opinión, se afirma en momentos revolucionarios. En un momento como el nuestro, visiblemente, lo que se discute es la pobreza. Además, en la sociedad brasileña ser desigual todavía no significa mucha cosa, pues las clases subalternas, en gran parte, tienen una vida paralela, culturalmente más rica, en ciertos aspectos, que la del conjunto de la sociedad. Del punto de vista de la sociabilidad, del punto de vista de vida asociativa, del punto de vista del ocio y el esparcimiento, hay un mundo paralelo que no es amenazado por la represión. Tiene tráfico, tiene policías corruptos, pero tiene también imaginación libre, fiestas folklóricas, baile, feijoada y asado en la losa de las casas, comilonas, fiesta de San Juan y mucha energía para organizar todo eso. No es un mundo insustancial. Al contrario, está lleno de energía”.[35]
 
Hablando en serio, ¿de dónde viene todo ese “optimismo”? En primer lugar, del hecho que los más graves problemas de la actualidad – el desempleo estructural, el hambre, la miseria, la destrucción ambiental, las pandemias, los exterminios de todo tipo, étnicos, religiosos etc. – o son olímpicamente ignorados o, cuando se los contempla, son institucionalizados, convertidos en abstractas cuestiones de “moral y educación ciudadana” y lanzados a la suerte de una interminable cantidad de políticas públicas formuladas por un nuevo tipo de Estado neoliberal-asistencialista. Es el tratamiento ideológico dado a los pobres, vaciados de su contenido de clase socialmente explosivo.
La cuestión no es nueva, y para comprenderla es preciso volver a la falsedad dilemática que separa economía y política, vida privada y vida pública, sociedad civil y Estado, y reconocer que, desde Rousseau y Hegel, la defensa incontestada de la propiedad privada necesariamente particulariza el alcance de los principios de igualdad y de libertad. Desde el principio, por lo tanto, el Estado liberal revela su imperfección en los límites de una emancipación que se restringe a las abstracciones de la política y de la igualdad formal y, como se dice al principio, su absoluta incompatibilidad ontológica con la verdadera emancipación humana y con la igualdad substantiva.
Teniendo en vista la formación de una sociedad jerárquica, cuya esencia es la insuperable dominación del capital sobre el trabajo, no se puede olvidar que el poder constituido por ella es “el poder organizado de una clase para la opresión de otra”. (Marx y Engels, Manifiesto de 1848). Es en ese cuadro que comprendemos el real sentido de institución que, en términos literales, significa una asociación humana con estructuras distintas y organizadas jerárquicamente, con recursos capaces de alcanzar los objetivos de los agentes sociales que la integran y que se comportan de acuerdo con lo que es socialmente aceptado.
En una definición más directa y apta para aprehender el movimiento de lo real, o las formas de ser de una realidad histórica dada, las instituciones no están suspendidas en el aire. Ellas corresponden, antes, a las ideas dominantes de una época y son constituidas por las clases, fracciones y alianzas de clases que predominan en cada coyuntura, siempre dentro de la dinámica de las luchas sociales.
Actualizando las valiosísimas contribuciones marxianas para la crítica de la política, el fundamento de los problemas sociales no debe ser buscado en el Estado, sino en la sociedad civil de la cual el propio Estado resulta, pues para Marx, “El intelecto político es político exactamente en la medida en que piensa en los límites de la política. Cuanto más agudo es, cuanto más vivo, tanto menos es capaz de comprender los males sociales”.[36]
En otras palabras, si el Estado es la expresión del ordenamiento de la sociedad, eso significa que no compete a él “eliminar la contradicción entre la buena voluntad de la administración, de un lado, y sus medios y posibilidades, de otro, sin eliminarse a sí mismo, toda vez que reposa sobre esa contradicción”. Además de eso, Marx afirma que “Si el Estado quisiera acabar con la impotencia de su administración, tendría que acabar con la actual vida privada. Si él quisiera eliminar la vida privada, debería eliminarse a sí mismo, toda vez que él sólo existe como antítesis de ella”.[37]
Se entiende por qué los ideólogos del sistema, desde el principio, necesitaron crear el “mito de la unidad orgánica”, un discurso “consensual”, “objetivo”, “científico”, “racional” y “enteramente exento de sesgo ideológico”, a fin de “asegurar la continuidad de la producción en el interior del cuadro potencialmente explosivo de la división jerárquica del trabajo que, repetidas veces, cambió sus formas a lo largo de la historia, pero no su sustancia expoliadora”.[38]
Contradictoria, y no coincidentemente, como se dice en varias ocasiones, el fenómeno ocurre como reflejo de una crisis estructural, cuyo auge viene logrando los efectos más nefastos. Tal crisis, a diferencia de las crisis cíclicas que conmovieron al sistema en el pasado, echa por tierra cualquier posibilidad de prolongar los beneficios de la modernización verificados bajo el welfare state, menos todavía con su supuesta universalización en las áreas menos privilegiadas del planeta. Eso significa que “ningún grado de desarrollo tecnológico implantado en el modo de producción capitalista puede eliminar la subordinación estructural necesaria del trabajo al capital, independientemente de los tipos particulares de modificación que hubieran ocurrido en el modelo ocupacional de la sociedad”.[39]
Además de eso, las actuales prácticas de producción y distribución no pueden, más que en cualquier otro momento de la historia, prescindir ya sea de las instituciones, de la política, de las ideologías, o del Estado[40]. Antes, la misma actualidad socio-metabólica del capital que imponía tan profunda reestructuración en las formas de producción de mercaderías, exige que lo mismo se dé en relación a las estructuras de poder político contingentemente necesarias al proceso de reproducción social.
En el auge de su crisis estructural, el carácter autodestructivo del capital viene a exponer, de modo inédito, sus más agudas imperfecciones y contradicciones de origen. Sus limites absolutos. Esto significa que para el buen desempeño de la reproducción material hoy impuesta por el capital, la racionalidad formal jurídica acaba por constituirse en obstáculo. En estas condiciones, el Estado asume y atiende, sin mayores mediaciones, los intereses más ocultos de las personificaciones del capital en una situación particularmente preocupante, dado que la irracionalidad del mundo material se reconcilia con una nueva y todavía más poderosa irracionalidad ideológica.
 
Algunas palabras finales sobre la ideología emancipadora
 
Hasta aquí destacamos el comportamiento coherentemente mutante de la ideología burguesa, de acuerdo con las necesidades de expansión y acumulación del sistema. Desde el liberalismo clásico y del iluminismo del período prerrevolucionario a la conversión conservadora del proceso de consolidación de la hegemonía burguesa, llegamos a las experiencias regresivas del fascismo del siglo XX que germinaron como alternativa económica para las inevitables crisis cíclicas del capitalismo. No obstante, las políticas keynesianas de la socialdemocracia fueron más bien competentes para revertir por un buen tiempo los efectos más arrasadores de la crisis, sobretodo, de 1929. Esto significa que fue en el plano ideológico donde ocurrió el embate entre fascismo y democracia burguesa – política de supresión de derechos versus política del derecho formal– porque, en términos económicos, los objetivos fueron muy semejantes.
Hoy tenemos una situación en que la crisis estructural e irreversible del sistema revela una profunda incompatibilidad con algunas de las soluciones liberales de la fase de ascensión histórica del capital. Es en este momento que parece generalizarse, por todo el planeta, una ofensiva fuertemente irracionalista que impone las más duras y desafiantes adversidades al mundo del trabajo –la degradación ya sea por el trabajo, sea por el no-trabajo–, con predominio para la cobertura ideológico-represora profundamente desmovilizadora contra las clases subalternas y sus instrumentos tradicionales de lucha: los sindicatos y la cooptación de sus direcciones; los partidos de izquierda y los límites defensivos de la esfera parlamentaria de la lucha de clases.
Como señala Mészáros, “es imposible tornar reales las potencialidades socialistas de que las que está cargado nuestro tiempo histórico, sin que se active el poder de la ideología emancipadora”.[41] Es por esto, que destacamos la actuación emergente y potencialmente ofensiva de toda una generación de movimientos sociales de masas que eclosionan en América Latina justamente para enfrentar las consecuencias de las políticas y prácticas neoliberales, reaccionando frente al desempleo estructural y ofreciendo una alternativa de reorganización social de la clase trabajadora. Pensamos en los zapatistas en México; piqueteros en Argentina; cocaleros en Bolivia; MIR en Perú, en las fábricas ocupadas, desde Venezuela, Argentina y Brasil. En Brasil además se destacan el MST, MAB, MTD, MPA, MTST, MMC formados por trabajadoras y trabajadores en busca de alternativas dignas para satisfacer sus necesidades más básicas, aliándolas a nuevas y creativas formas de organización social y política. Por lo tanto, las propias condiciones de indigencia material y espiritual que el capital impone de modo cada vez más agresivo, actúan como necesidad contingente a los millones de trabajadoras y trabajadores que afluyen hacia dichos movimientos sociales. Por sobre todo, son esas condiciones que acaban por legitimar sus causas, desde las más inmediatas, hasta las estrategias más radicales y drásticas de lucha, pautadas en las ocupaciones que, por ahora, realizan no exactamente para tomar la propiedad privada, y sí para denunciar la lentitud de la ley que, frecuentemente, inviabiliza las expropiaciones de áreas rurales y urbanas que no cumplen con su función social sea para fines de reforma agraria, sea para realizar programas de vivienda popular.
En la medida en que el capital, en el vigor pleno del trabajo abstracto, priva a la enorme mayoría de la clase trabajadora del “derecho” de obtener su sustento por medio de algún tipo de trabajo mínimamente digno, es forzosa la necesidad de extrapolar la esfera de la legalidad comprendida en la práctica defensiva, ya sea de la política parlamentaria o de las negociaciones sindicales, celosamente controladas por el Estado.
Lo que resaltamos aquí no es resultado de una abstracción teórica, sino del significativo contingente de trabajadoras y trabajadores que, a fin de no caer en la fosa de la indigencia y en legítima defensa de la vida, osan transgredir las “buenas normas” por la vía de la rebeldía y de la confirmación de su condición de sujetos de la historia. Solamente ellas y ellos podrán recomponer la autonomía de su condición social en el campo de la lucha de clases ofreciendo a la miseria ideológica de la burguesía en crisis, una ideología y una praxis revolucionaria contra el capital y por la construcción de una alternativa socialista sustantivamente igualitaria.                   


Este texto tuvo la contribución de Fabio Mascaro Querido, doctorado por el PPG en Sociología, UNESP de Araraquara.
 
[2] Importante observar el crecimiento de esta forma de trabajo a través de los informes anuales divulgados por la CPT: www.cpt.org.
[3] Según la OIT “Trabajo Decente es un trabajo productivo y adecuadamente remunerado, ejercido en condiciones de libertad, equidad, y seguridad, sin ninguna forma de discriminación, y capaz de garantizar una vida digna a todas las personas que viven de su trabajo. Los cuatro ejes centrales de la Agenda del Trabajo Decente son la creación de empleo de calidad para hombres y mujeres, la extensión de la protección social, la promoción y fortalecimiento del diálogo social y el respeto a los principios y derechos fundamentales en el trabajo, expresos en la Declaración de los Derechos y Principios Fundamentales en el Trabajo de la OIT, adoptada en 1998”.
[4] Brasil presenta cerca de 14 millones de personas que no tienen qué comer.
[5] El problema del crecimiento alarmante de la pobreza, como consecuencia de las políticas neoliberales en los países periféricos, ya era previsto por la Comisión Trilateral en el inicio de los años setenta. Por eso, se reconocía la necesidad de confeccionar toda una red de gobernantes e ideólogos proxenetas que impidiesen el avance de las ideas más críticas y que implantasen “programas accesibles a todos los lugares donde hubiera pobreza, con un mínimo de condicionamientos políticos. En cambio, esa ayuda puede ser condicionada en función del alcance de los objetivos que se propone y severamente controlada en lo que respecta a su eficacia en aliviar la pobreza.” “Toward a renovated International System” (pág. 53) citado en Hugo Assmann et al, A Trilateral – Nova fase do capitalismo mundial. Petrópolis, Vozes, 1979 (pág. 101)
[6] Ver al respecto István Mészáros, A crise estrutural do capital (Boitempo, 2009).
[7] Ver al respecto la entrevista concedida por Tony Judt, historiador inglés radicado en los EEUU y autor del proclamado libro Pos-guerra – una historia de Europa desde 1945 (Editora Objetiva). Caderno Mais, Folha de São Paulo, 13/09/2009 (págs. 5-6).
[8] Citado por Franz J. Hinkelammert, “El credo económico de la Comisión Trilateral” en Hugo Assmann, Theotonio dos Santos, Noam Chomsky. A Trilateral: nova fase do capitalismo mundial. (Petrópolis, Vozes, 1979), pág. 103.
[9] Según declaración de Juan Somavia, director general de la OIT, el aumento de desempleo en el mundo debe variar, en 2009, entre 39 y 59 millones. Más impresionante que eso son las previsiones de la institución que, en primer lugar, señalan la posibilidad de que 200 millones de trabajadores pasen en un plazo corto de tiempo, a integrar el grupo de personas que viven con menos de U$ 2 al día. En segundo lugar, que dentro de este grupo poblacional, la expectativa es que de 11,6 millones a 17,7 millones de personas queden desempleadas y, si eso ocurre, la tasa de desempleo juvenil será la más afectada con una variación de 15,1% en 2009.
[10] Ver el site WWW.adital.com.br de 31 de julio de 2009.
[11] Epílogo al libro El asalto a la razón: La trayectoria del irracionalismo desde Schelling hasta Hitler (Ciudad de México, Grijalbo, 1972).
[12] Apud idem, págs. 622-623.
[13] Remitimos al lector a la lectura de los capítulos 17 y 18 del libro Más allá del capital que traen una lectura original y muy interesante del carácter pos capitalista asumido por el socialismo realmente existente.
[14] Lukács, 1972, pág. 622.
[15] Reforzando de modo decisivo la idea, más adelante Domenico Losurdo afirma que el término untermensch, “que tiene un papel tan central como nefasto en el desarrollo de la teoría y de la práctica del Tercer Reich, no es otro que la traducción de Under Man. Rosenberg reconoce el echo y expresa su admiración por el autor estadounidense Lothrop Stoddard: a él cabe el mérito de haber, por primera vez, acuñado el término en cuestión, que se encuentra en el subtítulo (The menace of de under man) de un libro publicado en Nueva York en 1922 y en su versión alemana (Die Drohung des Untermenschen) publicada tres años después”. “Guerra preventiva, americanismo y antiamericanismo” publicado originalmente en Giuseppe Prestipino (org.) Guerra y paz, Istituto per gli Studi Filosofici, La Città Del Sole, Napoli, 2004 (págs. 137-169, traducción mía).
[16] Dos estudios son absolutamente obligatorios para la profundización de la cuestión: uno de ellos, escrito en conjunto por Paul Baran y Paul Sweezy, Capitalismo monopolista – Ensayo sobre el orden económico y social americano (Río de Janeiro, Zahar Editores, 1966) y el otro escrito solamente por Sweezy, Teoría del desarrollo capitalista (Río de Janeiro, Zahar Editores, 1976). Lo mismo se puede decir respecto del ítem El racismo en los Estados Unidos durante la segunda guerra mundial, capítulo 1 El linaje del racismo nacional socialista, del libro Laberintos del fascismo (Porto, Afrontamento, 2003) de João Bernardo.
[17] Z. Brzezinski. La era tecnotrónica. (Buenos Aires, Paidós, 1970). Ver también Gerald Sussman, autor del artículo “Conozca el mito del ‘apoyo a la democracia’ en el Este Europeo” (Monthly Review Nº. 58, pág. 7), para quien “el National Endowment for Democracy (NED), “organización-no-gubernamental” norteamericana, que fomenta programas en más de ochenta países, entre los cuales Brasil, se dispone a ofrecer “una alternativa a la CIA, alentando el surgimiento de instituciones democráticas en estados anteriormente represivos“. Y, “aunque no adopte los métodos sucios” de la antecesora, tiene objetivos todavía más intervencionistas. Además de eso, pretende “preparar” las instituciones locales para las conquistas económicas del neoliberalismo, en nombre de la “libertad” que, en este sentido, significa “libre emprendimiento”. (Consultar el site Movimento Jovem pela Democracia).
[18] Richard N. Cooper, Karl Kaiser y Masataka Kosaka. “Towards a renovated International System”, pág. 5, apud Noam Chomsky et al. A Trilateral. Nova fase do capitalismo mundial. Río de Janeiro. Vozes, 1979, pág. 95.
[19] La ONU, por ejemplo, uno de los últimos epígonos de la diplomacia típicamente liberal, simboliza hoy el enorme desprecio que los dueños de turno del capital profesan a las “cuestiones humanitarias” y a la “autodeterminación de los pueblos”.
[20] Leer al respecto el emocionante artículo de Miguel Urbano Rodrigues “Una semana en el Líbano martirizado”, en odiario.info (Serpa, 28/01/2009). Sobre el mismo tema, se recomienda también la película de animación Valsa com Bashir, del cineasta israelí Ari Folman.
[21] Sólo a título de un breve comentario: el aumento del efectivo policial en las situaciones relatadas ha sido acompañado en la misma proporción por la proliferación de las ONGs que actúan en las comunidades más pobres. Sólo para tener una idea de la cuestión, en Paraisópolis, zona sur de la ciudad de São Paulo, son 54 ONGS “que actúan hace años en el lugar y sirven de “punto de cultura” para la implementación de proyectos de otras ONGS y fundaciones”.
[22] En Brasil, es emblemática la masacre de 19 trabajadores sin-tierra en El dorado de Carajás, en Pará, el 17 de mayo de 1991.
[23] Entre los innumerables otros casos, eso es lo que ocurre contra los indios macuxi que están enfrentando las violentas invasiones de los terratenientes plantadores de arroz en la Reserva Raposa Serra do Sol.
[24] Como ha sido el caso de los 111 asesinatos en el presidio de Carandiru el 21 de octubre de 1992 y también de los 446 muertos por policías entre el 12 y al 20 de mayo de 2007, en represalia a las acciones del PCC (Primer Comando Capital, organización del narcotráfico. N. del T.) que mató 47 personas.
[25] Karl Marx, “La cuestión judía” en Manuscritos económico-filosóficos. (Lisboa, Edições 70, 1993), pág. 58.
[26] Domenico Losurdo. Marx, la tradición liberal y la construcción histórica del concepto universal de hombre. In: Liberalismo. Entre civilización y barbarie. São Paulo: Anita Garibaldi, 2006. págs.109, 110.
[27] István Mészáros, “A educação para além do capital”, em O desafio e o fardo do tempo histórico. (Boitempo, 2007, pág. 206).
[28] Conforme datos del IPEA, en el 2008, una reducción del 10,3% al 9% de la tasa de desempleo que afectó a la población económicamente activa es festejada porque se pronosticaba una reducción todavía más significativa para el 2009. Ciertamente que la declaración fue anterior al reconocimiento de la crisis, que hace mucho es realidad para una inmensa y aplastante mayoría de mujeres y hombres en Brasil y en todo el mundo.
[29] Esa separación entre los “lados buenos” y los “lados malos” del sistema es un viejo recurso utilizado por los apologistas – otrora filósofos, hoy, periodistas, principalmente - para ocultar las causas substantivas de los problemas sociales. Desde los tiempos en que se manifestó el dilema de Hegel entre las contradicciones provocadas por la sociedad civil y la perfección absoluta del Estado, se estipuló pensar las “soluciones” para las irracionalidades prácticas de la producción de mercaderías por medio de racionalidades formales, abstractas, ideológicas. Concretamente, lo positivo y lo negativo de un mismo fenómeno histórico - y de un mismo fundamento material - necesariamente poseen determinación social y se relacionan contradictoriamente. No pueden, por lo tanto, ser tratadas como simples juicios de hechos aislados, ni pueden ser pensadas tan sólo por la esfera de las políticas públicas.
[30] Francisco de Oliveira. Crítica da razão dualista. O ornitorrinco. São Paulo: Boitempo Editorial, 2003. pág.131.
[31] “Si el desempleo disminuyó en los últimos cinco años, el informe de la OIT anticipa que, ‘debido a la crisis, hasta 2,4 millones de personas podrán entrar en las filas del desempleo regional en 2009’, sumándose a los casi 16 millones ya desempleados (sin hablar del ‘desempleo oculto’, ni siempre captado por las estadísticas oficiales).” Ricardo Antunes, “Trabalho de luto”, Folha de São Paulo, 01.02.2009.
[32] El trabajo esclavo ha sido recurrente tanto en áreas de “reforestación” (las llamadas papeleras), en la recolección de caña de azúcar, como también en el centro de la ciudad de San Pablo, cuyos talleres textiles explotan, predominantemente, la fuerza de trabajo de los bolivianos que entran ilegalmente al país.
[33] Camioneros, trabajadores en el corte de la caña, obreros de las montadoras son algunas de las categorías que más registran la ocurrencia de uso de drogas: crack para acelerar, marihuana para relajar. Mas, para los que se interesen por el asunto, los sites de busca presentan una infinidad de estudios “preventivos” del problema, aislando la cuestión de su fundamento de clase y remitiendo la responsabilidad para el “lire arbtrio” del individuo sea para penalizarlos con los atributos de la ley, sea para tratarlo con los manuales de salud ocupacional.
[34]Eso quiere decir que si el trabajador quisiera recibir la misma cantidad que, en promedio, recibía en 1980 – R$ 58,50 – precisará cortar 23,4 toneladas o descargar veintitrés mil cuatrocientos golpes de machete en una sola jornada de trabajo. Silva, Maria Aparecida Moraes, “Agronegócio: a reinvenção da colônia” (pág. 12, mimeo).
[35] Entrevista concedida por Luiz Werneck Vianna a la revista Política Democrática año VIII, nro. 24, agosto de 2009, cuyo tema general es “Por una sociedad civil más fuerte y una democracia ampliada”. (págs. 13-35)
[36] Se trata de “Glosas críticas marginales al artículo El rey de Prusia y la reforma social. De un prusiano, en revista Praxis Nº 5, oct-dic 1995.
[37] Marx, Karl, “Glosas críticas...”, págs. 68-91, 1995.
[38] Mészáros, István. Filosofía, ideología y ciencia social. São Paulo, Boitempo Editorial, 2008, pág. 12.
[39] Idem, pág. 74.
[40] Véase el volumen astronómico de dinero público que el Estado viene transfiriendo para el sector privado, sobre todo, para las instituciones financieras, a fin de salvaguardar el sistema.
[41] István Mészáros.El poder de la ideoloíia. (São Paulo, Boitempo, 2004), pág.546.