Mujer y revolución: construcción del poder popular

Espacio de Mujeres del Frente Popular Darío Santillán

Nuestra organización

El Frente Popular Darío Santillán (FPDS) es un movimiento social y político de carácter nacional, multisectorial y autónomo. Nace en 2004 como una propuesta que proyecta agrupar a diferentes sectores: las desocupadas y desocupados (las organizaciones más numerosas provenían de ese sector), trabajadores/as formales y precarios, estudiantes, grupos culturales, pequeños productores/as rurales, entre los más representativos.

El FPDS se reconoce como hijo de las luchas de la resistencia al neoliberalismo, especialmente del movimiento piquetero –hoy territorial–, sector más visible en las luchas callejeras hacia finales del siglo xx y principios del xxi.
Como militantes del FPDS nos reconocemos en las luchadoras y luchadores que nos precedieron, tanto en la Argentina como en el continente americano y en el mundo. Somos producto de las luchas populares de nuestro país, un país capaz de generar grandes opresiones por parte de las clases dominantes, pero también de parir desde el pueblo expresiones de lucha, resistencia y organización preexistentes a la conformación como Estado-nación hacia fines del siglo xix.[1] 

La Argentina fue históricamente un país que las clases dominantes construyeron como Estado sobre los cadáveres de los pueblos originarios, de la resistencia de trabajadores y trabajadoras. Si bien se conformó sobre la base de una economía agro-exportadora de producción de materias primas para el primer mundo, también desarrolló algunas ramas industriales, destruidas a partir de la última dictadura militar de 1976, antesala del neoliberalismo que se impuso definitivamente dos décadas después.

Para comprender el contexto histórico concreto en el cual surge nuestra organización, entendemos que es importante bucear en la historia. Hacia 1940, pero especialmente en la década del ʻ50 con el peronismo en el poder, en la Argentina se consolida un modelo de Estado benefactor que tiene a la clase obrera industrial como gran protagonista de las luchas y las mejoras en la calidad de vida del pueblo, incluyendo, además, la posibilidad de votar por parte de las mujeres a partir de 1951[2]. Esos años fueron de incorporación masiva al mercado laboral, acceso a los estudios primarios, secundarios, técnicos, terciarios y universitarios, a la vivienda y la salud, a través de un sistema nacional inclusivo para la totalidad de los sectores oprimidos. En definitiva, fue un momento que marcó objetivamente una conquista efectiva de derechos para las y los trabajadores y el pueblo.
Hacia 1955 el reparto del PBI se daba en partes iguales entre el capital y el trabajo, reduciéndose al 37% en 1976 y apenas a un 20% hacia el año 2000.
El período que se inicia en la década del ʻ40 y va hasta 1976 permitió mantener un empate social entre el capital y el trabajo en la lucha por la hegemonía, siendo protagonista absoluta la clase obrera industrial. Una clase obrera que saboteó, realizó huelgas y generó organización y luchas, imprimiendo un protagonismo que paulatinamente le fue arrebatado por la oligarquía y el capitalismo a través de leyes que limitaban sus beneficios, intervenían los sindicatos y organizaciones populares, o imponían encarcelamientos sin juicios previos.
El lugar protagónico de las luchas de masas a nivel internacional, los procesos de liberación nacional y descolonización que se dieron en el Tercer Mundo entre los años ʻ60 y ʻ͑70 estuvieron presentes en nuestro país. El Mayo Francés, las rebeliones populares y estudiantiles en el resto de Europa y en México, la revolución cubana y los movimientos revolucionarios en Bolivia y Paraguay, la presidencia de Salvador Allende en Chile, el Cordobazo en la Argentina, el movimiento de sacerdotes del Tercer Mundo, por mencionar sólo las más destacadas, marcaron y construyeron un sentido común del pueblo.
En esas mismas décadas, el descubrimiento de las pastillas anticonceptivas permitió separar la reproducción biológica del placer y abrió la posibilidad de decidir sobre la maternidad. Eran tiempos en que las feministas gritaban lo privado es político, instalando en lo público aquellas cosas que habían sido recluidas al mundo de lo doméstico, otorgando a las mujeres un lugar y un protagonismo por fuera de las paredes de la morada.
Hacia fines de los años ʻ70 las dictaduras cívico-militares se impusieron por toda Latinoamérica, provocando la destrucción de las organizaciones de las y los trabajadores y el pueblo. La muerte, la represión, el exilio, la cárcel y la desaparición forzada de personas significaron la derrota de un proyecto popular y revolucionario a nivel continental, lo cual implicó salir del empate hegemónico que mencionamos anteriormente. Todavía hoy sufrimos las consecuencias de ese proceso a través de la pérdida de beneficios del pueblo, a la vez que crecieron los del sector del capital, mientras se consiguió destruir un tejido social de muchos años de militancia social, política, gremial, cultural, educativa y religiosa liberadora.
Durante las décadas de los años ʻ60 y ʻ70 la construcción de poder popular estaba a la orden del día. En las villas y barrios populares, antes de la dictadura de 1976, el proceso de construcción se manifestaba como la continuidad más importante del activismo político desarrollado en las fábricas. De estos años previos al golpe de Estado también data la aparición de los movimientos villeros, de incipientes coordinadoras de familiares de víctimas de la represión del Estado, coordinadoras de delegados clasistas y combativos, y algunas, muy marginales pero existentes, organizaciones feministas, de lesbianas y homosexuales. Marginales porque, por entonces, la discusión de la lucha de clases se imponía por sobre la de géneros, ya que se pensaba que faltaba poco tiempo para hacer la revolución y, como consecuencia, erradicar las diferencias.
Peronismo, socialismo, anarquismo, comunismo, feminismos (anarco-feminismo, feminismo por los derechos civiles) fueron dando identidad a las organizaciones populares de lucha y resistencia a lo largo de la historia argentina. Vertientes anarquistas, marxistas leninistas, peronistas, mariateguistas, trotskistas, foquistas, guevaristas, maoístas, urbanas y rurales, apostaron a la organización y lucha por el socialismo. Con una importante disputa en lo cultural y educativo, se construyeron espacios comunitarios referenciados en los territorios populares. Muchas veces fuimos derrotados y derrotadas, e infinitas veces más seguimos luchando y organizándonos en las ciudades y en los campos.
Desde nuestra fundación como FPDS fuimos definiendo nuestra concepción de construcción de poder popular como
 
aquél capaz de socavar la hegemonía burguesa, creando espacios de manifestación de las capacidades liberadoras del pueblo que son pre-figurativos de la sociedad que queremos, en el presente, en las relaciones cotidianas que vivimos y nos atraviesan. Se trata de construir una contrahegomonía popular capaz de acumular fuerzas que dispute al orden capitalista establecido. Porque ese espacio de construcción de poder popular no puede esperar a un momento incierto en el futuro en el que mágica y mecánicamente llegaremos al paraíso.[3]
 
Se trata de una construcción de poder popular que acumule fuerzas y genere poder social liberador, a la vez que modifique las relaciones de fuerzas con el poder dominante capitalista y patriarcal. La construcción pre-figurativa, entonces, requiere ampliar en el pueblo la conciencia gubernamental, su capacidad de decidir y ejecutar objetivos, tácticas, estrategias, formas de organización y de lucha. Por eso, nuestro sustento es la democracia directa, en la cual la participación y decisión de compañeros y compañeras se realiza en instancias asamblearias y colectivas, porque cuantos más seamos los que pensemos, nos formemos, decidamos, luchemos y nos organicemos, mayor será la construcción de poder popular.
“El poder popular erige una territorialidad social donde se expresan las capacidades emancipatorias de las clases subalternas[4]. En esta territorialidad es la/el sujeto quien lleva adelante el proyecto, luchando y organizándose, a la vez que se construye y se configura en él. Es desde aquí que el Espacio de Mujeres del FPDS fue tomando su identidad, con reivindicaciones y aportes a la construcción del poder popular como parte del conjunto. Porque surgimos al calor de la lucha en los piquetes y fuimos reconociendo nuestros derechos cercenados, nuestra opresión como mujeres; visualizando al patriarcado como hermano siamés del capitalismo que nos oprime, sobre-explota y estereotipa; elaborando estrategias y reconociéndonos con otras y con nuestros compañeros, nos vamos configurando como mujeres nuevas. Porque no se trata solo de construir aquel hombre nuevo que nos decía el Che, sino también una mujer nueva que se empodera, decide, disfruta de su cuerpo, denuncia las opresiones y el machismo, y se transforma en feminista.
 
 “¡Corte de ruta y asamblea! Que en todos lados se vea el poder de la clase obrera” (Las manos de Filippi)
 
Hacia mediados de la década del ʻ90, cuando las consecuencias del neoliberalismo dieron cuenta de lo que dejaba en nuestro pueblo –desocupación, hambre, falta de atención sanitaria y educativa–, se configuró el contexto de resurgimiento de las luchas que habían tenido su última manifestación más visible en las y los trabajadores de las empresas estatales que rechazaron las privatizaciones de las mismas: ferrocarriles, teléfonos, agua, luz, gas, línea aérea, petróleo y minería.
Las trabajadoras y los trabajadores desocupados, ex trabajadores del petróleo del norte y del sur del país, fueron los primeros en retomar el piquete como método histórico de lucha de la clase trabajadora. La diferencia es que ahora no se lo realizaba en la entrada de las fábricas, en la esfera de la producción, sino en las rutas, en el corazón mismo del intercambio de mercancías.
Es hacia finales de los años ʻ90 cuando el “pikete”[5] se convierte en el método elegido por el conjunto de las y los trabajadores desocupados, organizándose para luchar por la universalización de los planes sociales y, especialmente, para visibilizar a millones de trabajadores y trabajadoras desocupadas, sin posibilidad de inserción en el trabajo. Los “nadies que–como señala Eduardo Galeano–cuestanmenos que la bala que los mata” irrumpieron en escena.
Fue también un momento en el cual los aparatos clientelares de los partidos tradicionales, como el PJ y la UCR[6], desarrollaron en las barriadas humildes un modelo de sumisión que intentó fortalecer la salida individual impuesta por el neoliberalismo.
Los Movimientos de Trabajadores Desocupados (MTD) aparecieron en el escenario de luchas visibilizando a los y las desocupadas, con su voz y su cuerpo como protagonistas. En su mayoría (más del 70%), mujeres y jóvenes que en asamblea decidían qué caminos seguir para reclamar por trabajo, dignidad y cambio social. Las demandas se destinaron hacia el Estado neoliberal, pero también hacia las empresas multinacionales de alimentos, supermercados y frigoríficos. En el marco del proceso asambleario se levantaban galpones comunitarios, se realizaban talleres de educación popular y emprendimientos productivos como bloqueras, panaderías, talleres de costura, herrerías, sin patrón y autogestivos.
En este contexto de movilizaciones y cortes de rutas, el 19 y 20 de diciembre de 2001 se produjo en la Argentina una pueblada que forzó la retirada del gobierno del entonces presidente radical Fernando de la Rúa. La olla y el piquete de los desocupados y desocupadas estaban presentes cotidianamente. A partir de este “argentinazo”, en las ciudades más importantes del país, especialmente en el conurbano bonaerense, se generaron nuevas formas de organización como las asambleas barriales y las empresas recuperadas por los propios trabajadores ante la retirada de los patrones.
La caída del ex presidente De la Rúa estuvo precedida por importantes movilizaciones en los barrios y una gran movilización a Plaza de Mayo. Todas ellas contra el estado de sitio dictado por el presidente, que duró más de veinticuatro horas y desató una feroz represión. El saldo de aquellas jornadas fue cerca de treinta muertos en todo el país, producto de la intervención de las fuerzas represivas, con heridos por balas de goma, de plomo y gases lacrimógenos.
La movilización social continuó con mucha fuerza durante todo el 2002. Pero, además, tuvo la particularidad de encontrarnos en las calles en forma conjunta, articulando y debatiendo, a las organizaciones piqueteras, las asambleas barriales, nuevos sindicatos autónomos –como el Sindicato Independiente de Mensajeros y Cadetes (SIMECA)­–, organizaciones de derechos humanos y empresas recuperadas por sus trabajadoras y trabajadores.
Luego del nombramiento de cinco presidentes en apenas un mes, asumió finalmente Eduardo Duhalde. Las movilizaciones se profundizaron, las luchas se radicalizaron y la unidad en la acción llegó a su punto máximo. El 26 de junio de 2002 se convocó a una gran movilización organizada por el frente de lucha del conjunto de las organizaciones piqueteras del Gran Buenos Aires, que en forma simultánea cortaríamos todas las vías de acceso que comunican la ciudad de Buenos Aires con el sur del territorio bonaerense. Los puntos reivindicativos que reclamábamos ese día eran: la universalización de los planes sociales para todas y todos los desocupados, alimentos para los comedores populares, insumos para las salas de salud, atención a las escuelas y aumento de los planes sociales[7]. A último momento se sumó el apoyo y solidaridad con las y los trabajadores de la empresa recuperada Zanon[8], de Neuquén, amenazados de desalojo por la fuerza. El puente Pueyrredón, una de las vías más importantes de acceso a la ciudad de Buenos Aires, fue el punto donde nos concentramos la mayor cantidad de columnas.
Ese 26 de junio, una fuerte represión planificada por el gobierno nacional, haciéndose eco de los reclamos patronales, dejó un saldo de más de ciento cincuenta detenidos y detenidas, cerca de un centenar de heridos con balas de plomo y de goma y dos compañeros asesinados por la policía bonaerense: Maximiliano Kosteki y Darío Santillán.
La respuesta de las luchas populares, en ascenso por entonces, fue la siguiente:
- masivo repudio a la represión; a una semana de los asesinatos, una movilización multitudinaria se trasladó bajo la lluvia desde la estación Avellaneda –cruzando el puente Pueyrredón– hasta la Plaza de Mayo[9];
- masivo repudio a los medios de comunicación del poder, que titularon los hechos del 26 de junio: “La crisis causó dos nuevas muertes”. Promoviendo, de esta manera, la teoría oficial de que los piqueteros se habían matado entre ellos;
- masivo repudio al gobierno de Duhalde, que debió adelantar las elecciones, perdiendo la posibilidad de presentarse como candidato, al mismo tiempo que promovió la candidatura de Néstor Kirchner;
- aumento de la cantidad de planes sociales;
- visibilización de los piqueteros y su aceptación como actores sociales por parte del conjunto de la sociedad.
Además, y a partir de entonces, todos los días 26 de cada mes el puente Pueyrredón se convirtió en el lugar de encuentro de los MTD, que lo cortaban en reclamo de justicia por los asesinatos de Darío y Maxi.
Dichas jornadas se extendieron a lo largo de los años 2002 y 2003 y nucleaban a organizaciones de derechos humanos, asambleas barriales (básicamente de sectores medios y medios bajos urbanos), medios de comunicación alternativos, trabajadores y trabajadoras de empresas recuperadas, incipientes organizaciones gremiales antiburocráticas, no sólo de trabajadores sindicalizados sino también precarizados, movimientos campesinos, organizaciones feministas, agrupaciones estudiantiles y centros culturales.
           
Las mujeres resistimos y luchamos
 
En aquellas jornadas de los días 26 de cada mes, en reclamo de justicia por Darío y Maxi, los cortes del puente Pueyrredón se extendían durante seis o siete horas. Allí, las asambleas conformadas en el trabajo cotidiano de los barrios debatían a lo largo del piquete. Era el lugar propicio para encontrarnos compañeros y compañeras de los distintos barrios que conformábamos los MTD, convertidos hoy en organizaciones territoriales del Frente Popular Darío Santillán.
En las asambleas se organizaban las diferentes áreas de trabajo y la planificación de actividades en los barrios. Eran espacios de fraternización y, sobre todo, de diversión y mística. Lucha y mística, dos caras de una misma moneda que marcaban el espacio de encuentro y reclamo, de construcción de poder popular.
Fue allí, arriba del puente, con olor a goma quemada y humo, como partícipes del piquete, donde realizamos las primeras asambleas de mujeres y comenzamos a configurar el Espacio de Mujeres. Primero, para intercambiar sobre las actividades de los talleres de violencia y anticoncepción y reconocernos en los trabajos semejantes que se realizaban en los diferentes territorios. Pero el intercambio no era suficiente. Algo más comenzamos a gestar.
El 26 de octubre de 2003, mientras nos concentrábamos para cortar el puente, repartimos volantes que decían: “¿Hablás en las asambleas? ¿Decidiste sobre tu maternidad? ¿Sabés cómo cuidarte? ¿Representás a tu movimiento fuera del barrio? A las 13 hs. ASAMBLEA DE MUJERES delante del piquete”.
Participación, toma de la palabra, representación política y cuestionamiento de los roles fuera y dentro de la organización estaban presentes en esas preguntas que invitábamos a responder entre todas, para buscar acciones y estrategias comunes que aporten al cambio social, pilar fundamental de nuestra construcción.
En esa primera asamblea dijimos presente alrededor de cien mujeres, que en círculo intercambiamos respuestas y posibles caminos para encarar los problemas comunes. Contábamos con una fortaleza: la trayectoria de muchas compañeras militantes en organizaciones de derechos humanos, en los MTD y en organizaciones feministas. Flora Partenio[10], quien acompañó nuestra trayectoria, se refiere a estas mujeres como pioneras. Una especie de motor capaz de avanzar contra viento y marea, de buscar acciones concretas para lograr que las opresiones de las mujeres y sus voces sean escuchadas, para visibilizar los derechos cercenados, los estereotipos y los roles asignados por el sistema a varones y mujeres.
Nos fuimos conformando como espacio, sumando fechas de encuentro a las agendas de nuestra organización. Desde entonces, el 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer Trabajadora, y el 25 noviembre, Día de lucha contra la violencia hacia las mujeres, nos encuentran siempre en las calles.
Sentimos la necesidad de formarnos para afrontar los desafíos de las luchas de las mujeres, para fortalecernos como espacio y fortalecer al conjunto de las compañeras.
El primer encuentro de intercambio, identidad y formación lo realizamos el 19 de noviembre de 2003 en el predio recuperado Roca Negra[11]. Al respecto, Cecilia Espinosa sostiene que “estos encuentros de formación funcionan politizando las cuestiones de género, construyéndolas yhaciéndolas visibles como tales y tornándolas incumbencia de un proyecto colectivo (que involucra tanto a mujeres como a varones)”[12].
Cabe aclarar, también, que no todas las mujeres del FPDS se identifican con el Espacio. Vencer los estereotipos y la dominación patriarcal requiere aceptar la convivencia con esas opresiones, identificarlas y dar pelea para erradicarlas de nuestra vida cotidiana. En eso estábamos, y aún seguimos.
 
No estamos solas. Las mujeres resistimos y luchamos
 
En la Argentina, desde 1985, se organiza anualmente el Encuentro Nacional de Mujeres (ENM). Realizado en distintas provincias del país, y de forma ininterrumpida hasta el presente, los Encuentros constituyen una instancia en la cual las mujeres nos hacemos escuchar y reflexionamos sobre las opresiones que atraviesan nuestras vidas. En el andar de los Encuentros surgen estrategias para encarar la lucha, como por ejemplo la campaña nacional por el derecho al aborto, o instancias de articulación y coordinación que permiten armar tejidos sociales para la atención de la violencia hacia las mujeres. Solidaridad, comunicación y acuerdos de movilización que expresan nuestros reclamos. Los ENM llevan veinticinco años de autogestión y autoorganización. Desde su inicio han pasado presidentes de diferentes partidos, senadores, diputados, intendentes y obispos, pero los Encuentros continúan.
Dicen que “ninguna mujer vuelve igual después de participar de un ENM”. Probablemente, aquellas mil compañeras que se juntaron por primera vez en 1985 no imaginaban el devenir del espacio que estaban conformando. En la actualidad, una vez al año nos convocamos alrededor de veinte mil mujeres de todo el país y América Latina. Nos hacemos presentes en una ciudad, copándola y visibilizando los derechos cercenados, para reclamar por el derecho a decidir sobre nuestros cuerpos, denunciar la violencia hacia las mujeres, la trata para la explotación sexual, la doble jornada de trabajo, los salarios inferiores por igual trabajo respecto a los varones, la existencia de la diversidad sexual. Todo esto y mucho más nos atraviesa y nos nuclea a miles de mujeres que, organizadas o individualmente, participamos de los talleres, la peña y la marcha por las calles de la ciudad que nos recibe.
El vigésimo Encuentro Nacional de Mujeres se realizó en Mar del Plata, quince días antes de la visita del ex presidente Bush a la misma ciudad, allá por el año 2004, cuando se enterró definitivamente el proyecto del ALCA[13]. Más de treinta mil compañeras marchamos por las calles de la ciudad, no sólo reclamando por nuestros derechos, sino denunciando y repudiando al genocida Bush. Porque en el Espacio de Mujeres, además de los ejes de trabajo propios, incluimos los ejes generales de la organización, los mezclamos y entrelazamos.
No estamos solas, porque siempre coordinamos, articulamos y nos formamos con otras organizaciones feministas y de mujeres, con las cuales llevamos adelante diferentes acciones callejeras, aceptando nuestras diferencias y uniéndonos en los acuerdos.
           
Revolución en las plazas, en las casas y en las camas
 
La revolución solo será posible si en la construcción de poder popular las mujeres prefiguramos una sociedad que erradique el poder de los varones sobre las mujeres y recupere a la mitad invisible de la historia, a las miles de mujeres que pelearon en las guerras de independencia, en los sindicatos, en las calles.
Desde el Espacio de Mujeres concebimos la construcción de poder popular a través del fortalecimiento de aquellas virtudes que tenemos como tales. Escucharnos, compartir y sostenernos entre nosotras, sin por ello reproducir los roles del patriarcado. Se trata, en todo caso, de tomarlos para empoderarnos y romperlos.
Necesitamos y reivindicamos nuestros espacios de mujeres sólo para nosotras, pero siempre interactuando con nuestros compañeros. Nuestras asambleas de mujeres construyen un lugar particular, porque en ellas logramos que la palabra circule horizontalmente, rompiendo con el lugar de poder donde la cultura patriarcal la coloca. En cada momento de encuentro construimos un clima favorable y facilitador, contra las marcas de la opresión en los cuerpos, pero a la vez generamos alegría, diversión y placer. Un espacio en el que nadie juzga a la otra y ninguna se siente juzgada por las demás. Como lo describe Cecilia Espinosa:
 
Además, han podido invocar al placer como un tema del que también hay que ocuparse (como manifiestan, por ejemplo, en las letras de las canciones que cantan en movilizaciones y encuentros, que se puede observar en una estrofa de una canción escrita en forma colectiva durante el 1er. Campamento de Formación en Géneros, en septiembre de 2007:
Mariposas luchemos
deja ya de limpiar
basta de patriarcado
vamos a placerear.[14]
 
La formación en géneros se convirtió en una gran fortaleza, pues nos permitió darnos cuenta que en el proceso de estos años nos hemos transformado en feministas combativas, que peleamos contra la opresión hacia las mujeres, organizadas en el Frente Popular Darío Santillán, en el marco de sus reivindicaciones y lucha por vivienda, salud, educación y trabajo.
La feminización de la pobreza caracterizó la década del ʻ90; nosotras decimos que el desafío es feminizar la lucha. Feminizarla significa generar lazos que tenemos como portadoras culturales de saberes, poner la palabra en circulación, pero también nuestro cuerpo, el mismo que tiene impregnadas las marcas de las injusticias.
Poco a poco, las brujas piqueteras fuimos apareciendo en escena. Nos reconocimos en las sabias brujas perseguidas, porque eran portadoras de saber popular; lo sostenían y reproducían. Los aquelarres, que tan mala propaganda tienen para el patriarcado, se convirtieron en la mejor arma de construcción colectiva y de fortalecimiento para nuestro espacio. Convencidas cada vez más de que la revolución es en las plazas, en las casas y en las camas.
Estos aquelarres de mujeres fortalecen nuestra presencia en la organización, conformando una voz colectiva que consensúa los lugares de participación de las compañeras, proponiendo que se respete el cupo de 50% para varones y 50% para mujeres. A la vez, aporta a la ruptura de los roles estereotipados, que proponemos, también, puedan romper nuestros compañeros.
Collages, murales, volantes, reuniones de estudio y formación, luchas callejeras y una banda de música integrada por compañeras de la organización y del Espacio de Mujeres, son el producto de nuestra construcción: las Condenadas al Éxito. En el escenario representan el feminismo combativo que contagia, nos hace bailar, cantar y disfrutar. Las letras de las canciones denuncian el femicidio, la violencia hacia las mujeres, la lucha por la legalización del aborto y la ruptura de los estereotipos patriarcales. Como decían las anarco-feministas argentinas en La voz de la mujer, en 1896, levantando su consigna más famosa: “¡Ni dios, ni patrón, ni marido!”. De esa manera, sentaban posición frente a las instituciones patriarcales que oprimían a las mujeres y anunciaban que salían “a la lucha (...) sin Dios y sin jefe”, en rechazo al “destino femenino (...) cansadas de tanta miseria y explotación de nuestros patrones y también de nuestros esposos, hemos decidido levantar nuestra voz en el concierto social y exigir, exigir decimos, nuestra parte de placeres en el banquete de la vida”[15].
En un plenario nacional del FPDS realizado en el año 2007, planteamos al conjunto de la organización la necesidad de definirnos como antipatriarcales. Fue una jornada de debates en comisiones, donde se problematizó la dominación que el patriarcado ejerce sobre el conjunto de las mujeres y la necesidad de revisar los roles estereotipados y el uso del lenguaje. Cuestionamos, por ejemplo, el uso de la palabra “puta” como insulto, pues entendemos que el significado que tiene en la cultura patriarcal implica un desprecio por la mujer como sujeto. A partir de ese momento, logramos que se cambien los cánticos que identifican a nuestra organización, un cambio de actitud que aún muestra resistencias, pero que poco a poco se va generalizado.
Sin embargo, no es suficiente con enumerar la lucha antipatriarcal, sino que consideramos necesario elaborar estrategias de acciones comunes con los compañeros. Fue así que propusimos la realización del tercer campamento de formación en géneros incorporando a varones. Sumamos a los compañeros porque entendemos que ellos también deben cuestionar sus roles estereotipados y asumir compromisos que nos desobjetiven como mujeres.
Si hay prostitución, hay cliente; si hay violencia, hay un violento; si hay violación, hay un violador; varones todos. Por eso, el compromiso antipatriarcal también debe ser asumido por los varones, quienes seguramente tienen mucho que perder: su lugar de poder en la construcción social. Es en ese mismo proceso de construcción social donde debemos proponernos que el compromiso antipatriarcal sea efectivo.
           
Las mujeres resistimos, luchamos y tenemos desafíos: nuestra agenda de lucha
 
Las feministas latinoamericanas tenemos que denunciar más que nunca la opresión, porque el avance de la derecha y del imperialismo militar tendrá como principal objetivo a los movimientos sociales, pero especialmente a las mujeres, que somos siempre las más perjudicadas. Por eso, en nuestra agenda de lucha proponemos:
- solidarizarnos activamente con la resistencia feminista hondureña, con las compañeras de Haití y con el pueblo colombiano frente a la presencia de las bases militares norteamericanas;
- seguir peleando para que se reconozca la doble jornada de trabajo. Denunciar al sistema capitalista y patriarcal, que insiste en dejarnos como único lugar el de la reproducción biológica y sostén de la vida familiar, sin reconocimiento salarial;
- continuar la lucha por la erradicación de todo tipo de violencia hacia las mujeres, sancionando tanto al violento que la ejerce como a los funcionarios que no dan lugar a las denuncias, convirtiendo a las víctimas en victimarias;
- denunciar el avance de los sectores más conservadores de la sociedad que intentan retrotraer las conquistas feministas a un momento de oscurantismo, cercenando los derechos conquistados por las mujeres organizadas;
- articular nuestras luchas a nivel continental, contra el capitalismo, el patriarcado, el imperialismo, la trata de mujeres para la explotación sexual y todas las desigualdades que persisten en nuestras sociedades;
- reconocernos en la diversidad de opciones sexuales;
- luchar por una educación sexual que nos permita decidir sobre nuestros cuerpos, el uso de anticonceptivos para no abortar y el aborto legal para no morir. Porque en la Argentina el aborto clandestino es la primera causa de muerte materna; se practican anualmente alrededor de seiscientos mil abortos, aproximadamente la misma cantidad de niños nacidos en el mismo período;
- articular nuestra lucha a la de los pueblos originarios y al conjunto del pueblo para mejorar la calidad de nuestras vidas;
- denunciar y organizar acciones continentales contra las instituciones patriarcales que nos oprimen: la iglesia conservadora, el capital transnacional de los bancos, las empresas transnacionales y translatinas y las grandes cadenas de comercialización de productos que provocan precarización del trabajo y saqueo de los bienes naturales;
- proclamar la soberanía de nuestros cuerpos y nuestros pueblos; la soberanía alimentaria contra el saqueo y el hambre.
En definitiva, luchar por el empoderamiento de las mujeres, como feministas latinoamericanas que seguimos en pie en la construcción de poder popular. Por eso, nos proyectamos con compañeras feministas, de movimientos sociales y políticos de Latinoamérica, apostando a una articulación por abajo y a la izquierda, desde el Río Grande hasta Tierra del Fuego. En este entrecruzamiento de luchas, formaciones y acciones nos encontramos con compañeras de organizaciones rurales y campesinas de Venezuela, Colombia, Perú, Brasil, Paraguay, Honduras, México, Uruguay o Costa Rica, convencidas cada vez de que sin feminismo no hay socialismo.
 

 
Este texto fue realizado por compañeras militantes del Frente Popular Darío Santillán de la Argentina e integrantes del Espacio de Mujeres de la organización.
Gran parte de lo aquí relatado formó parte de diferentes intervenciones realizadas en talleres y paneles en el Foro Social Mundial de Belém do Pará, Brasil (febrero 2009), en el Campamento Latinoamericano de Mujeres en el Estado de Vargas, Venezuela (noviembre 2009) y en anteriores participaciones como panelistas en espacios universitarios de la Argentina. Enviado especialmente para integrar el dossier sobre Mujer y Géneros de Revista Herramienta.
 
[1] Citemos como ejemplo que la Unión Tipográfica bonaerense, el primer gremio de la Argentina, se fundó en 1865.
[2] En 1951 se conquista el voto femenino, siendo el año 1952 el primero en que efectivamente las mujeres emitieron su voto.
[3] Miguel Mazzeo y Fernando Stratta, Reflexiones sobre el poder popular, Buenos Aires, El Colectivo, 2007.
[4] Ídem.
[5] Pikete, con “k”, es como se menciona en las barriadas populares al piquete.
[6] PJ y UCR se refiere a los aparatos de dominación del Partido Justicialista (PJ) y Unión Cívica Radical (UCR).
[7] Se reclamaba la universalización de los planes sociales y un aumento del monto de ciento cincuenta a trescientos pesos.
[8] Todavía en funcionamiento y renombrada por los trabajadores FA.SIN.PAT (Fábrica Sin Patrón)
[9] Un recorrido aproximado de quince kilómetros.
[10] Activista feminista, socióloga y docente de la Universidad de Buenos Aires. Al respecto consultar: Florencia Partenio, “Género y política: reconstruyendo la organización de las mujeres dentro de los movimientos piqueteros”, Anais do VII Seminário Fazendo Gênero, Florianópolis, Universidad Federal de Santa Catarina, 2006; “Entre el trabajo y la política: las mujeres en las organizaciones de desocupados y en los procesos de recuperación de fábricas”, VII Congreso Nacional de Estudios del Trabajo (ASET), Buenos Aires, agosto de 2005.
[11] Actualmente Roca Negra es un proyecto de transformación territorial, construcción de espacios colectivos y equipamiento comunitario, emprendido por el MTD de Lanús y el Frente Popular Darío Santillán, desarrollado en los predios de la ex fábrica Roca Negra, en Monte Chingolo, provincia de Buenos Aires. Entre otros, allí funcionan Editorial El Colectivo y proyectos productivos como Serigrafía 26, la bloquera, taller de herrería y el Bachillerato Popular Roca Negra.
[12] Cansadas de ceder. Sentidos de la politización del género, Mimeo, 2007. Cecilia Espinosa, profesora de antropología y becaria doctoral del Conicet. Espinosa se refiere a la politización de la siguiente manera: “Hablo de politizaciónpara el proceso (imposible de reducir a una “concientización”) por el cual los sujetos experimentan como política su propia inscripción en el orden social, tensionando a veces la di-visión que mantiene como esferas separadas lo político de lo social, y lo privado de lo público”.
[13] Acuerdo de Libre Comercio de las Américas. ver: www.prensadefrente.org
[14] Cecilia Espinosa. Op. cit.
[15] Cartilla de estudio “Capitalismo, patriarcado y feminismo”, Espacio de Mujeres del Frente Popular Darío Santillán, 3ra. edición, octubre 2009. Se puede leer en www.frentedariosantillan.org