Sobre las “Notas de lectura” de Edgardo Logiudice a propósito de Altermarxisme

Bidet, Jacques

He hallado muy esclarecedora, para mí, la aproximación entre la problemática de la metaestructura y la de la “ideología orgánica” de Gramsci. Lo que tienen en común es la consideración del elemento ideológico en positivo[1]. Muy esclarecedora también la noción de “naturalización localizada” en el “constitucionalismo social”, que estableció un régimen de “como si”: como si hubiese un árbitro común.

Los problemas más interesantes y más críticos comienzan en el parágrafo “Propiedad y usos colectivos”. Edgardo pone en cuestión la noción de propiedad como “uso socialmente reconocido sobre las cosas”. Subraya la exigencia de usos que aparecen como ilegítimos: los bienes más importantes son, ahora, el conocimiento, la información, la comunicación. Si entiendo bien, Edgardo propone abolir su apropiación, exigir su uso gratuito.

Se puede pensar que quedaría un problema, porque no todos serían iguales frente a esa gratuidad. No todos tienen la misma posibilidad de usarla (como ya en Francia la escuela gratuita…). Pero ese problema no es sin duda de tal naturaleza que nos haga desviar de la orientación hacia la gratuidad.

La crítica frontal que parece expresar Edgardo consiste en decir, si he comprendido bien, que si se acepta que el mercado y la organización son dos presupuestos ya permanentes, uno se inscribe en una suerte de “marxismo trascendental”. Ello significaría, por una parte, que la inversión en su contrario (bajo la forma de la explotación) es insuperable. Por la otra, esta problemática “trascendental” sería de tal naturaleza que ocultaría el hecho de que una gran parte de la humanidad vive por fuera de toda la contractualidad supuesta. Sería necesario, entonces, superar la problemática metaestructural en lo que ella pueda tener de “trascendental”, es decir de universal.
Estoy, en principio, de acuerdo con la idea de que es necesario, de alguna manera, superar la problemática superestructural en tanto que principio de explicación de la forma moderna de sociedad y de la lucha de clases en ese contexto. Pero hay un punto sobre el que no estoy seguro de acordar con Edgardo. Es a propósito de la exclusión. Intenté demostrar que ella constituye un “exterior al mercado y a la organización”. Pero no pienso que se trate de un “exterior a la moderna relación de clase”. No pienso que la exclusión sea una “no relación de clase”. En mi entender es la relación de clase que posee un exterior.
Esto quiere decir concretamente que la lucha de clases de los excluidos no se sitúa por fuera de la relación de clase. En efecto, vencer la exclusión es reapropiarse de las relaciones de mercado y de organización. El mercado y la organización son bienes comunes de la humanidad. Son monopolizados por la dominación, pero la lucha de los bolivianos, o de los venezolanos, o de otros, como los argentinos en otro contexto, que consiste en recobrar la propiedad y el control de las materias primas esenciales, con los conocimientos técnicos que ese control supone, o de empresas, es, me parece, situarse sobre el terreno de lucha orientado por las formas de mercado y organización. De tales lucha populares no emerge sino una movilización política, un proceso discursivo, básico, democrático. Pero ellas no son de una naturaleza absolutamente diferente de las otras luchas de la “clase fundamental”. Esto es por lo que yo tengo algunas reticencias para entrar en el concepto de un “juego de cuatro”, en el sentido, al menos, de que no existen sino tres participantes primordiales en la relación de clase. Esta idea es ciertamente justificada a condición de considerar que la identidad del cuarto actor es más coyuntural, fluctuante, surgida de un fraccionamiento de la clase fundamental.
Ello no quiere decir que una ruptura esencial no sea determinada por la exclusión. Sería necesario entonces situar un tal clivaje de una manera más precisa, puede ser en relación a la instancia estatal. En ese sentido, siempre ha habido exclusión golpeando a los que no son parte del “nosotros” sino de una manera absolutamente formal, en el momento en que se dice “nosotros” o “todo”. Los excluidos son aquéllos que no son prácticamente considerados en el contrato, en la contractualidad social (siendo todo comprendido en la perversidad que comporta su “inversión”). Pero eso es un rasgo de la moderna relación de clase, tal que se encuentra ya en la comuna italiana del siglo XIII, donde la modernidad comienza a inventarse. Si la exclusión es una fractura en el seno de la clase fundamental, no se puede salir sino por la búsqueda de la unidad de esta clase. De lo contrario, el peligro sería deslizarse hacia la lógica de Ranciere, la de “sans part”, que invita a comprender el mundo moderno a partir de ese clivaje considerado como su eje. Se comprende entonces la distinción de clases como una relación de inclusión, un understanding entre todos los que “toman parte” (en el festín). Tengo alguna resistencia a ver las cosas así.
Es verdad que hay una singularidad de la lucha de clase de los excluidos y, por lo tanto, para ellos, una necesidad de subjetivación activa[2]. Existe sobre el terreno de la exclusión un tesoro de potencialidades y de normatividad. Una necesidad de constituirse a partir de allí como sujeto. Ese sujeto, como dice Edgardo, desarrolla sus propias relaciones organizacionales, no mercantiles. Un tal sujeto, sin embargo, no puede instalarse así sino en un mundo en el que el mercado no sea abolido y, sin duda, no lo puede ser.
Otro argumento de Edgardo consiste en decir que el concepto marxiano de clase reenvía a la propiedad de los medios de producción y la división del trabajo y que la situación de exclusión no es una situación de explotación, sino de simple supervivencia. En ese sentido la exclusión excedería el concepto marxiano de clase. Me parece que Edgardo tiene razón al tomar distancia en relación al tema del “ejército de reserva”. Pero, por otro lado, se puede pensar que esa exclusión no se comprende, como hecho histórico, sino a partir de la moderna relación de clase con su modo de apropiación de los medios de producción (y de monopolización de las “competencias” reconocidas) y de la división del trabajo, bajo la lógica de la acumulación de la riqueza abstracta.
Por lo demás, es quizá difícil situar a los excluidos fuera de una relación de explotación. No poseo estadísticas, pero yo he creído comprender que las poblaciones de las megalópolis africanas trabajan de alguna manera para su supervivencia (salvo los conjuntos, particularmente de jóvenes, condenados al letargo de la inacción, que no son un gran número, aunque den el espectáculo más violento del escándalo, de no futuro), en un contexto donde los demás se enriquecen, beneficiándose de las rentas, etcétera. Esta referencia al trabajo parece también ser ilustrativa para lo que Edgardo dice más adelante, que las poblaciones de excluidos juegan el simple rol de portadores fantasmales de trabajo futuro garantizando los fondos de inversión. La referencia al trabajo y a la explotación está también allí.
El último parágrafo, alrededor de tradición y revolución, es también particularmente interesante. Edgardo anticipa que la modernidad está “agotada”, y que hay algo de verdad en las temáticas del post-capitalismo y la post-modernidad. Esto quiere decir, nuevamente, que es necesario volver a poner en cuestión la matriz metaestructural en su pretensión de explicar el presente. Edgardo se refiere a la gran invención de Marx que es la de pensar el mundo a partir de los dominados y de su emancipación, a partir de lo cual es necesario volver a partir.
Sobre esos asuntos yo tendería a responder de la siguiente manera.
Es verdad que Marx piensa desde el punto de vista de la emancipación. Pero creo que él piensa también, con un acierto inigualable, a partir de las mediaciones, mercado y organización. Hace de la organización, en su relación supuesta al discurso, el bien común universal, que constituye el recurso de la humanidad hacia el futuro: proletarios organizaos. Se equivoca en una parte (sobre la organización y sobre el mercado, sobre sus relaciones entre ellos y con el discurso). Pero él no yerra al pensar a partir de esas formas de la racionalidad y la razón, que son las de la contractualidad, de su inversión y de posible crítica a ellas. En ese sentido, no piensa solamente a partir de abajo, sino a partir de una universalidad común posible.
[De otra parte, me parece claro que toda esta problemática racional-contractual, que es la de la modernidad, debe ser radicalmente superada, porque ella está radicalmente superada. La razón es que nosotros vivimos ya en un “tiempo ecológico”, en el que la menor acción humana no puede ser legitimada sino en vista de su impacto sobre la naturaleza en el tiempo futuro. Cada acción es entonces una relación con una humanidad futura, con la cual nosotros no podemos por definición contratar, porque ella no está aquí para debatir ni combatir con nosotros. La problemática metaestructural, comprendida en su inversión en teoría de relación de clase –y de imperialismo– continúa vinculándose a una conceptualidad jurídica, que es inoperante en el tiempo ecológico. Ciertamente es siempre requerida, pero radicalmente inadecuada. De allí la necesidad de otra normativa. Esto aparece en la Théorie Générale.]   
En fin, y es aquí el punto donde querría intentar unirme a Edgardo, que señala ciertamente una deficiencia de mi camino: este tiempo de la ecología es también el tiempo de la exclusión, es decir, el tiempo de la masacre, el tiempo en el cual se sabe ya que los que están excluidos no conocerán, en su gran número, al ritmo en que van las cosas, las condiciones consideradas como las de la dignidad. Ellos no pueden esperar. No tienen ninguna razón para esperar. No hay ninguna legitimidad que les obligue a esperar. Resta entonces a ellos pensar sus luchas, con las normas que los implican y que no pueden sino inscribirse en un universalismo construido a partir del enfrentamiento de clase contenido en el espacio de un acuerdo discursivo, sobre el que pueden más razonablemente construir otras fracciones de la clase fundamental.
Me parece que Edgardo tiene razón al hacer aparecer la singularidad de esta situación, que es la de una gran parte de la humanidad: ese cuarto actor, que debe tomar conciencia de sí mismo para que la unidad con el conjunto de la clase fundamental se realice. 


[1] En ese contexto, el elemento innovador de la problemática metaestructural sería un avance del concepto de “factores de clase”. Este concepto me parece ser el eslabón faltante del marxismo tradicional, por el cual sólo puede ser pensada la inmanencia de la superestructura en la infraestructura, que está presente en el análisis de Marx, pero de manera insuficientemente desarrollada en su principio, su extensión y sus consecuencias. Una parte del capítulo 3 del libro en preparación versa sobre ese punto. Concierne al hecho de que mercado y organización son los lugares de racionalidad y de razón. Pero es necesario recurrir a ambos para comprender su posible puesta en relación crítica que oriente su vinculación en el discurso.
[2] Es lo que, en el extremo, expresan las bandas armadas, las redes armadas que son el hacer de jóvenes pobres, particularmente en América Latina. Lo que ellos expresan es un no reconocimiento del monopolio de la violencia legítima, atribuyéndose entonces una legitimidad armada. Está claro, sin embargo, que permanecen en formas de organización para conquistar partes de mercado.