Indigenismo colonial

Sánchez Gambóa, Ménthor David

¿Desde dónde y cuándo viene la denominación de “indio e indígena”? ¿En qué contexto histórico y político apareció? ¿Qué prácticas y qué intereses políticos, económicos, culturales e ideológicos estuvieron detrás de este calificativo? ¿Qué significado político y social tuvo en la colonia?

Para esto, el punto de partida es Europa, cuando Colón realiza su expedición como parte del proyecto invasor de la corona y cuando se topa por primera vez con aquellos territorios y habitantes de lo que hoy sería Centro y Sur América, entonces habló de “descubrimiento de estas Indias”[1], porque desde que emprendió su empresa hasta su muerte, él creyó haber llegado al continente asiático y a la India. Es decir, a partir de ahí, nace la idea de la India como un territorio supuestamente descubierto y la idea de un “indio” como una cosa supuestamente descubierta.

Por ello, no podemos asumir aquel equívoco histórico del “descubrimiento” como un simple hecho de fe; al contrario debemos recontextualizarlo y reexaminarlo como un hecho histórico colonial, con un claro protagonismo de las élites políticas y religiosas de la corona española y del Vaticano que construyeron una estrategia en conjunto, para emprender un proceso de dominación del mundo andino. 

Desde el idealismo imperial se asumió y se impuso aquel enunciado, de que es la idea la que está sobre la realidad, al puro estilo hegeliano; en esto coincidieron el poder político-religioso. La idea del poder divino y monárquico absoluto para ver el mundo, es un punto de arranque y de diferencia de la práctica y de un tipo de discurso europeo. Creer que “estamos en la India y los que habitan ahí son indios” se constituyó para un sector de los europeos en la partitura del mundo, en la existencia de seres buenos y malos, en el descubrimiento alucinatorio de una verdad suprema sobre la vida, la justicia, la espiritualidad y la cultura.

Este supuesto equívoco atañe también a un campo del conocimiento, por lo menos a una forma de ver, de entender y practicar el conocimiento. Por un lado, vemos que conocimiento y realidad, para el ojo europeo del siglo XV en adelante, se hallaban divorciados, tan lejos como España de América Latina, porque desde el eurocentrismo colonial, el conocimiento se vuelve ajeno a la realidad, el conocimiento casi no tiene que ver con la realidad en la que se está, en la que se pisa.
La invención de aquel conocimiento que encubre a la realidad de otras culturas y que habla en nombre del poder, de la verdad y de la libertad divina, al poco tiempo se desvaneció como verdad absoluta y quedó como una falsedad creada sobre la base del engaño y la mentira. Aquella verdad y conocimiento que se inventaron, creaba miles de proclamas, consignas y artificios para esconder y enajenar a lo real del mundo; por eso cualquiera que sea el nombre que se le ponga a esa invención del conocimiento sobre la realidad histórica colonial, ya sea conquista, encuentro, evangelización o conquista espiritual, colonización o descubrimiento, siempre estará presente esa falla estructural histórica y epistemológica muy calculada a favor de los intereses de la corona española y de la cúpula de la Iglesia católica.
La invención del conocimiento español de aquella época parte de su ligazón con el poder político colonial, o mejor, el fundamento de ese conocimiento parte de un poder monárquico, parte de una centralidad política-religiosa y de una forma de concebir lo político. La práctica guerrera política-religiosa de las elites, será la que crea la invención del conocimiento, la que cambia y legitima una invención teocrática por realidad; sentidos por hechos; engaños por certeza; abstracto por concreto; el ser por la cosa; en definitiva, el juego de lo subjetivo-objetivo, la dualidad de pensamiento en contraste con lo real.
A partir de ahí, empieza la estigmatización histórica del nuevo ser en cosa de valor, con varios y aparentemente con simples enunciados de aquel viajero como:
 
“Ellos deben ser buenos servidores y de buen ingenio, que veo que muy presto dicen todo lo que les decía. Y creo que ligeramente se harían cristianos, que me pareció que ninguna secta tenían”.[2]
 
Este viajero anticipadamente, da por hecho, tácitamente, de que aquellos habitantes deberían ser sometidos a la esclavitud y desde la servidumbre desarrollar o demostrar todas sus habilidades, para luego convertirlos en cristianos, es decir, las habilidades o capacidades son reconocidas o alabadas siempre y cuando estén al servicio del rey, de toda su plebe y de un sistema de esclavitud.
En otro momento, el viajero dice que mando a detener y a traer “siete cabezas de mujeres entre chicas y grandes y tres niños”[3] y a lo largo de todo su diario describe como “estos indios”, “todos los indios”, “mujeres indias”[4], etc. A partir de esto vemos que la invención del conocimiento político-religioso viene de la mano con la desvalorización del mundo y del ser en cosa, descalificando a la propia esencia de lo que pregona. El poder imperial usa su maquinaria ideológica para distorsionar la realidad, porque ve lo que no hay (Dios, Indias, etc.) y dice lo que no es (ángeles, indios) e impone un sistema social por otro (esclavitud por comunismo agrario) y escribe sobre lo que cree que es la ley, la autoridad terrenal y divina obviando lo que son, simples representaciones, alucinaciones y deseos de su clase; todo esto con la finalidad de concretar todas sus intenciones, de crear la empresa de la conversión de indios herejes a siervos cristianos, útiles al rey y al papa, proceso dirigido a concretar una sociedad esclavista y precapitalista que se practicará a lo largo de la colonia en los cabildos, iglesias, en las ciudades de blancos e indios y negros, en los diferentes tipos de encierro desde las casas asistenciales para la pobreza hasta aquellos centros dedicados atender los males espirituales que modernamente serán llamados las enfermedades mentales cuyo centro asilar serán los hospitales.
Posteriormente, Colón y todos sus tripulantes al tener un fugaz contacto con algunas poblaciones[5] y sin entender la historia, la estructura y la dinámica de sus culturas, sus lenguas, ni sus idiomas, se vio obligado a deducir por señas, que nuestros habitantes de aquel tiempo creían que ellos venían del cielo y no sólo eso, sino que arbitrariamente, tradujo un fragmento al español de un discurso en lengua materna de uno de los líderes que tuvo acercamiento con él, afirmando que en su idioma decía: “y qué grandes señores serían Vuestras Altezas”, “pues de tan lejos y del cielo me habían enviado hasta aquí sin miedo”.[6]
Es decir, los cimientos de la hermenéutica del poder colonial, fueron el arte de la perversión del hecho y de su enunciado, que se traducía en decir lo que yo quiero, o la forma de asignar al Otro, el enunciado mío. El enunciado teocrático colonial de Yo, el rey, o de Yo el papa, entonces no sólo se arma imponiendo una realidad fantaseada, sino que es el vaciamiento de la verdad del Otro, es la negación y destrucción misma del ser, es decir, el poder imperial no sólo que introdujo violentamente la religión católica y un conocimiento teocrático, sino que quiso hacer ver y legitimar que ellos, los convictos de España, eran los verdaderos dioses o sus enviados; hecho que posteriormente fue impuesto por la fuerza de las armas cuando encarcelaron al Inka Atahualpa y sometieron a varios guerreros de sus filas, para legitimar el discurso de la idealización divina de los invasores o sea de una supuesta superioridad celestial de los atracadores del oro terrenal; para de esta forma quedar confirmada la tesis natural, de que, ellos como seres superiores y endiosados debían someter y dominar a los inferiores indios, es decir, todo lo que iban haciendo, como genocidios, violaciones, expropiación de la riqueza, aculturación forzada, imposición de un Dios europeo, etc. todo esto debía ser mansamente aceptado porque venía del cielo, de un Dios rubio, que vivió, he izo su proceso y sus supuestos milagros hace más de dos mil años y que lo juzgaron, lo condenaron y lo mataron allá, y que nosotros, luego de su asesinato, después de varios milenios, pese a que somos ajenos a todo ese disfraz cultural, debíamos ser los culpables de su muerte, por ello, sólo obedeciendo al cabildo-rey, al obispo-papa, ganaríamos un cielo a costa de los tormentos causados por sus gendarmes en esta Tierra. Así se entiende aquella proposición de que:
 
“Y ellos entendieron que era el mismo Pachayachachi Viracochan o sus mensajeros, pues esto les dijeron. Y después como tiraron las piezas de artillería y arcabuces creyeron que era Viracocha”.[7]
“Y así, desde entonces, a los españoles les llamaron Viracochas, y esto les llamaron porque los españoles desde Cajamarca, le avisaron al Atau Huallpa, diciendo que traían la ley de Dios Hacedor del cielo, y así los llamó a los españoles Viracocha…”.[8]
 
El poder imperial-religioso utilizó, usó y abusó de la artillería, de las armas y de las balas como un instrumento estratégico para invadir los territorios, para ir consolidando su proceso de dominación y para imponer su propia cultura. El mantener con la violencia aquel postulado colonial de que son los salvajes los que reconocen a sus asesinos como dioses, de que las víctimas deben reconocer a sus victimarios como seres cuasi divinos; esa perversión de los hechos y del lenguaje, fue una parte de su hermenéutica guerrera, pero que conforme iban saqueando el oro, la plata, el cobre y otros productos, nuestros pueblos y sus luchadores se iban dando cuenta de que no eran ningunos dioses, sino que poco a poco fueron desenmascarados como viles ladrones, criminales y endemoniados. Así:
 
“¿Vosotros sois los que decís que sois Viracochas y que os envía Ticsi Viracochan? No es posible que vosotros seáis sus hijos pues pretendéis hacer mal a quien os hace y ha hecho tanto bien”. [9]
“Verdaderamente digo que vosotros, sois demonios y no Viracochas pues sin culpa me tratáis de esa manera”.[10]
“…porque sabed, hermanos, que éstos, según me han dado las muestras después que entraron en mi tierra, no son hijos del Viracochan sino del demonio…”.[11]
 
Es la propia hermenéutica guerrera, la acción genocida del poder medieval europeo español, la que se encarga de terminar con el mito de la invasión y salvación divina. La muerte y la eliminación del Otro, descubre lo real del mito eurocentrista, evidencia la falsedad del enunciado de la verdad europea sobre el mundo y demás. ¡Eh aquí cómo el poder teocrático colonial ha usado la invención del conocimiento, la idealización, la divinización de su ser y el empleo de la violencia como una estrategia de dominación! Esta trilogía del dolor, fue el ingrediente para hacer creer que toda la historia, el destino de los pueblos, la decisión y el acto de la invasión era una supuesta decisión celestial, emanada desde arriba, de la voluntad divina que tenía que ser impuesta y asumida por la fuerza en todas las culturas históricas. Por eso este poder y su práctica política-religiosa de las elites y sus hordas aparecían como si fuese la realidad misma, sus actos impunes eran leídos como infalibles y ajenos a toda contradicción y a malas intenciones de sus propulsores y ejecutores. Por lo tanto, este conocimiento colonial, político-teológico, de carácter pragmático, utilitario y delirante, se manejaba en una falsa paradoja, por un lado hablaba de una realidad del más allá, y por otro lado negaba la realidad histórica de los pueblos del Centro y Sur América, para en lo concreto ir negando las civilizaciones existentes e irse apropiando y configurando su mundo esclavista y precapitalista.
Ahora bien, el poder en pleno, como el del príncipe Felipe Segundo y del rey y la reina gobernadora también mantenían sus posturas, al respecto en múltiples aseveraciones sostenían que las:
 
“naciones bárbaras de los Maynas avecindadas en el río Marañón y Gran Pará que comúnmente se llaman el de las Amazonas”, y que las tierras de estas naciones son “sumamente miserables”.[12] “Indios jíbaros”, “indios gentiles”, “indios infieles”, “indios guerreros”, “indios idólatras”, indios “miserables y oprimidos y medrosos”, “vasallos míos”, “indios bárbaros”, “indios inferiores”, “indios, personas infelices y miserables, que viven en la ignorancia y en la barbarie”.[13]
 
Es decir, para la encarnación del poder teocrático imperialista, las culturas históricas y sus habitantes eran la peor escoria de lo existente, casi no había diferencia entre lo animal y lo humano. Las prácticas de estas culturas eran asumidas como actos de salvajismo y barbarie, como seres bestiales que vivían en una etapa muy inferior a los ilustrados europeos, seres que vivían en la época de la piedra, del fuego, seres híbridos más animaloides que humanos, que adoraban al sol, a los montes y a los ríos, como representación de lo inerte, de lo muerto, de la nada y de las cosas endemoniadas y no del verdadero Dios cristiano, que yace en una escritura montada en más de dos mil años y que se hallaba presente en la guerra, en sus propulsores, en sus actos, en el desgarre y en la desaparición tormentosa de miles y miles de los cuerpos indios en manos de aquellos enviados y elegidos para implementar la tragedia y la ironía colonial.
Pero, ¿de dónde saca la iglesia todo este poder omnipotente y despótico? En la Edad Media, la Iglesia, para combatir el protestantismo y otros males, se consideró como una sociedad perfecta, divina, justa y con una misión sobrenatural, de salvar las almas para brindarles la vida y la felicidad eterna, en el más allá. Esta leyenda o mito occidental se volvió una potestad, que no era, sino el poder y la autoridad espiritual, moral y física que le servía al Vaticano, para reafirmarse como la supuesta encarnación de Dios y de Cristo, y como una sociedad superior a la sociedad civil, y por lo tanto al poder político y a los futuros Estados europeos emergentes; éstos, en cambio eran considerados como inferiores, porque proceden de lo humano y por tanto debían someterse al orden divino.
El poder religioso, al decir, de sus conversos, era ostentado por los santos y justos, mientras que el poder civil por los pecadores y hasta por los herejes. El poder espiritual tenía potestad sobre toda la Iglesia y toda la sociedad civil del mundo, mientras que el poder político sólo tenía potestad en lo civil o público y en su competencia regional, siempre subordinado a la voluntad del Vaticano. El poder espiritual, para ellos, provenía del derecho divino y era eterno, mientras que el poder político provenía del derecho natural y era temporal, sólo sirve en la Tierra y hasta que dura su reinado.
Este poder universal de la Iglesia que fue impulsado por los canonistas, agustinos y por Gregorio IX, Inocencio IV y Bonifacio VIII debía juzgar a la potestad civil, partiendo de que era un poder perfecto se autoatribuía la potestad para deponer cualquier reino, autoridad, príncipes o gobernantes que se opusieran a la instauración y mantenimiento de nuevos reinos cristianos, y para llevar a cabo este ideal estaban dispuestos a declararle la guerra y ejecutar la misma por orden del papa.
Esta concepción teológica y eclesiológica medieval es el marco referencial del poder y del Estado imperialista, como un monstruo de dos cabezas (religioso-político) con riendas espirituales, que más adelante se fusionarán en uno solo, es decir, como el único poder político, con cierta autonomía entre lo político y lo religioso. La Iglesia-Estado y el Estado-Iglesia y sus reinos cristianos, pese a que aparentemente son autónomos e independientes, en la práctica concreta actúan como una espada de dos filos; por un lado, la Iglesia-Estado pregona el discurso de su apoliticidad, sin embargo, vigila, controla y constriñe a los gobiernos para que cumplan con el fin y los intereses del Vaticano; por otro lado, el Estado-Iglesia, mantiene el discurso de la independencia sobre lo religioso, pero casi siempre termina asumiendo un rol pastoral, teológico y se mantiene en el poder con cánticos, alabanzas para que “Dios lo bendiga en su gobierno”, pero el fin último de ambas caras de la misma moneda, ha sido crear, consolidar y mantener una estructura social esclavista, precapitalista y ahora capitalista.
Si para el poder absoluto y despótico religioso, los Estados, la sociedad civil eran inferiores, lo mismo pasaba con todas las culturas, sus gobiernos y sus miembros que también eran considerados como seres inferiores y salvajes. Pero paradójicamente, en la práctica concreta, a lo largo de todo el período colonial hasta nuestros días y si asumiéramos un supuesto poder universal, dotado de mucha justicia y sabiduría delegada del cielo, ¿a quiénes, la historia, si esa fuera parte de su misión, los puede juzgar como culturas, reinos, Estados y seres salvajes e ignorantes? ¿No fue acaso el Vaticano, sus serviles y su aparato de represión, como la Inquisición, quienes se opusieron al saber, al conocimiento y al nacimiento de la ciencia? ¿Qué podemos decir, de la quema de la Biblioteca de Alejandría por el patriarca Teófilo? ¿O de la persecución y el cruel asesinato a Hipatia en el siglo V, impulsado por los monjes de San Cirilo de Jerusalén? Esta filosofía, igual que Eratóstenes sostenía que la Tierra era redonda, cuando la Iglesia se aferraba a que era plana ¿No fue la Iglesia católica la que defendía dogmáticamente la tesis geocéntrica del griego Claudio Ptolomeo, que sostenía que la tierra es inmóvil y era el único centro del universo? ¿No hicieron lo mismo con Giordano Bruno[14] al que lo quemaron vivo en Campo dei Fiori y después fueron con Galileo Galilei[15], al que le hicieron retractarse, a riesgo de ser quemado vivo en la hoguera, igual que a Miguel Servet[16], uno de los propulsores de la fisiología?
Con respecto al mundo andino hicieron lo mismo, buscaron destruir todo vestigio del saber de las culturas, para justificar su fin, lo relacionaban con la hechicería, brujería y los demonios. Asesinaron a los kipukamayu (sabios del Tawantinsuyu), a los yachakuna (sabios de la espiritualidad) y a los apukuna (inkas, líderes, guerreros); al respecto, recordemos que en el Tercer Concilio de Lima, en 1583, la Iglesia católica declarara “objetos de idolatría” a los  khipus, autorizando su destrucción. Lo mismo hizo el cura español Diego de Landa, en 1532, quemando los Códices Maya, porque según él, contenían mucha superstición y mentiras diabólicas.
A pretexto de declararles herejes o endemoniados ¿cuántas obras científicas fueron prohibidas y quemadas, cuántos pensamientos postergados, cuánta humillación provocada, cuánta sangre humana inocente derramada, todo a pretexto de que va en contra de la santidad, de la Biblia como palabra de Dios, para luego de cuatro o cinco siglos, públicamente pedir perdón, justificando de que fue otra época, otro momento y diversas circunstancias más, mientras tanto el daño histórico sigue al igual que la impunidad.
Pero ¿cuál es el mecanismo que el poder político-religioso colonial utilizó para ubicar, calificar, clasificar y legalizar un discurso y una práctica, cuando nunca pisaron aquellos territorios ni han conocido cultura alguna de aquellos lugares? El poder imperialista español utilizó e institucionalizó el discurso divino sobre los hechos crudos y duros que causaron, tomó a las narraciones o cronología de los hechos cuasi bíblicos, como si fueran los hechos en sí mismos que tienen que ser legalizados aunque no legitimados por la resistencia. El papel con la venia del rey estaba por sobre la realidad, las cédulas en manos de capitanes, corregidores, cabildos, curas y demás, eran la materialidad de lo real. Las decisiones de Yo, el rey, se volvieron un imperativo despótico, una orden real para pretender legitimar sus acciones y la de su maquinaria de guerra. Desde la presunción del poder todas las narraciones se asumieron como reales, los conocimientos y hechos coloniales como la esclavitud, la servidumbre, la supuesta superioridad e inferioridad de unos y de otros, la guerra, el genocidio, la expropiación y el saqueo fueron convertidos en hechos bíblicos, cuasi sagrados; todo acto y efecto de la invasión se asume como si fuera causado o impulsado por la supuesta voluntad de aquella divinidad católica, apostólica y romana.
En todo este proceso de usurpación histórica, la cúpula de la “santa sed...e”, con el pontífice a la cabeza y la mayoría de obispos de la Iglesia americana de ese tiempo, también asumieron idéntica posición:
 
“los indios, los cuales cuanto más rudos son de entendimiento, tanto más se mueven con las ceremonias sensibles”. “Por cuya razón en las Indias ha prevalecido la práctica de admitir a los bárbaros al sacrificio”, indios “ignorantes”, “hechiceros”, “infelices”, etc.[17]
 
El poder político-religioso colonial (rey-papa) convirtió en leyes divinas al conocimiento teológico, a las cédulas y a las bulas emitidas a ser impuestas básicamente a las naciones históricas. El indigenismo, su concepción, su práctica y sus características de exclusión, inferioridad, explotación, indigencia, etc., sirvieron para delimitar el territorio y fundar las aldeas precapitalistas, creando la ciudad de los blancos y la ciudad de los indios-negros. Esta práctica imperial indigenista, inauguró el racismo; los españoles y sus descendientes eran considerados la familia noble y todo lo que sea o huela a negro e indio era tratado como cosa de verdugos, debían vivir apartados de la ciudad, no podían entrar a la ciudad de los elegidos, porque el castigo y la represión del poder despótico caía en sus cuerpos.
Por ello, no es casual que el indigenismo colonial que viene desde la planificación de la invasión a América Latina, esto es a finales del siglo XV hasta comienzos del siglo XVIII, haya continuado con los cronistas españoles, la mayoría de ellos religiosos[18] que estuvieron cumpliendo funciones y órdenes en las diferentes regiones de América y de España.
El conocimiento y la acción teológica de la mayoría de cronistas españoles, en el fondo ha estado de acuerdo con el mantenimiento del orden colonial y han tratado de buscar la integración de las culturas históricas (Maya, Azteca, Inkas, etc.) al imperio, al cabildo, a la Iglesia, a la letra; en definitiva al sistema de esclavitud y dentro de ese modelo han pretendido conservar ciertas costumbres de lo que quedaba de las naciones y pueblos históricos, pero en ningún momento han intercedido por la autonomía o restauración de los territorios, poderes políticos, espacios espirituales, culturales o militares que destruyeron violentamente. No interesaba, por ejemplo, conservar las lenguas maya, aymara, kichwa, mapuche, etc., sino utilizarlas al servicio del adoctrinamiento religioso, vaciarlas de su contenido original y llenarlas teologalmente.
Estos cronistas repletos de vocación sacerdotal ayudaron a profundizar las diferencias sociales dentro del régimen de esclavitud; en sus escritos relatan sobre sociedad civilizada y la sociedad bárbara; la ciudad de los blancos e indios; sobre el idioma español y kichwa; sobre la religión católica, los herejes, los idólatras; sobre los propietarios, ricos y los expropiados y miserables; sobre los sabios y rudos de entendimiento, sobre las viviendas suntuosas y las chozas miserables, sobre la dicha de los reyes o papas y la desgracia de los pueblos, etc., por lo tanto, este conocimiento teologal fue funcional e instrumental a tiempo completo al sistema de esclavitud y los instrumentos empleados para este fin, como la observación, la descripción, el uso de cierta bibliografía, la interpretación, la sistematización, los concilios, las juntas y las ordenanzas, etc., de medios se convirtieron en fines, es decir, la técnica empleada por el conocimiento teologal, no sirvió como un instrumento para esclarecer, confrontar, explicar y detener el avance de la sociedad colonial, sino como fines para sostener y prolongar el régimen de esclavitud y la base de la sociedad precapitalista.
Por lo tanto, la ideología teologal colonial, en aquel tiempo fue legalizada y legitimada con el uso de la violencia extrema. Digamos de otro modo, el conocimiento ideológico colonial, sus raíces mismas están asentadas y escritas con la sangre de muchos hermanos, culturas y pueblos históricos; de ahí que no es posible entender al conocimiento teologal sin analizar, ver su práctica y sus consecuencias, porque ningún conocimiento funciona en abstracto por más ideal que sea o que se presente. 
Pero ¿cómo podemos entender toda esta ideología? ¿De dónde vienen sus fuentes de inspiración y aseveración? ¿Por qué se trató a las culturas y civilizaciones milenarias como bárbaras e ignorantes y salvajes, si antes de la llegada de los españoles a suelo andino, en todo lo que se ha dado en denominar Centro y Sur América, ya existían grandes civilizaciones como los Mayas, Aztecas, Inkas, etc., que tenían un vasto desarrollo económico, social, político-espiritual, militar, lingüístico y cultural? Entonces ¿qué es lo que existió detrás de este discurso ideológico de la monarquía española y de la cúpula de la Iglesia católica?
Para esto hay que reconocer que la monarquía española, la Iglesia católica y muchos intelectuales de la época medieval, a partir de la Junta de Burgos de 1542[19] empezaron a darle vida a la doctrina de la servidumbre natural, basándose en ciertos enunciados de Aristóteles[20] y Santo Tomás.
Por un lado, la Iglesia católica históricamente y desde la perspectiva ideológica, sus miembros y adeptos han ido construyendo un discurso milenario en el que se han considerado como herederos y representantes de un supuesto Dios en la Tierra, aunque en la práctica concreta, sus hombres de carne y hueso, llenos de necesidades y deseos reprimidos han construido una realidad y un discurso en el cual su institución y sus miembros aparecen como si fueran seres santificados de todos los males, con cierto carácter de pureza, como verdaderos intermediarios directos de la humanidad entera frente a un supuesto ser sobrenatural, dueño de un poder omnímodo, capaz de crear y destruir su propia obra, esto es la vida, la inteligencia y si fuese necesario la propia naturaleza y el cosmos; que según el comportamiento de los humanos, su poder podía variar, a veces ser benévolo y otras violento y represivo. En otras ocasiones sus representantes se han asumido como los únicos seres capaces de recibir, decodificar y transmitir un mensaje al que consideran de origen divino, llegando al punto en donde la cúpula y su máximo representante han creído y han hecho creer que están “haciendo las veces de Cristo en la tierra”,[21] es decir, no sólo se han asumido como portadores, intérpretes y mediadores de los problemas y necesidades de los hombres ante un Dios, sino que en ocasiones han pretendido encarnarse como aquella entidad misma.
Ante esto, no es de extrañarse que el fundamento ideológico del poder político-religioso en general y particularmente del español de mediados del siglo XVI y durante el XVII, con el fin de emprender y justificar la invasión a los territorios de las culturas históricas, fuese construyendo su discurso desde una base ideológica naturalista tomada de Aristóteles, el mismo que planteó que:
 
“Quien por su inteligencia es capaz de previsión, es por naturaleza gobernante y por naturaleza señor, al paso que quien es capaz con su cuerpo de ejecutar aquellas providencias, es súbdito y esclavo por naturaleza, por lo cual el amo y el esclavo tienen el mismo interés”.[22]   
 
Entonces en aquella concepción naturalista de la historia, en donde la ciudad natural abarca a hombres que por naturaleza son superiores, mejor dotados y que han nacido para gobernar, dominar y someter a otros hombres que en cambio están hechos para la esclavitud y para la servidumbre por ser bárbaros e inferiores, ya sea por una acción de generosidad o fatalidad de la naturaleza o del destino respectivamente; ahí, el ejercicio y control del poder político-religioso, entonces ya venía destinado para los ricos “inteligentes” y sus efectos debían recaer fatalmente sobre los esclavos, aunque una interminable ola de sublevaciones diga  todo lo contrario:
 
“…el señor es simplemente señor del esclavo, pero sin ser algo de este último, el esclavo por su parte no es sólo esclavo del señor, sino que es por entero de él”.[23]
 
El problema de la apropiación del Otro, de su realidad, de su fuerza de trabajo, efectivamente, como vio Marx, se constituyó en la cadena de explotación y consolidación de un modelo de acumulación de riqueza en manos de unos pocos:
 
“Así mismo entre los sexos, el macho es por naturaleza superior y la hembra inferior; el primero debe, por naturaleza mandar y la segunda obedecer”.[24]
 
Este proceso falocéntrico de apropiación y dominación, no sólo estaba presente en las ciudades, gobiernos, sino también en la base misma de la sociedad, esto es en la familia, en cuyo seno, según el naturalismo aristotélico, la mujer debía por siempre ser considerada y tratada como ser inferior.
El otro manantial teórico-ideológico dominante en el discurso religioso será, como hemos dicho, Santo Tomás, que siguiendo al pensamiento aristotélico, en la obra Regimiento de los Príncipes, aquella sociedad natural con su formación política, aparece como un producto de la voluntad de la divina providencia; es como si a partir de Santo Tomás la intención de la maquinaria religiosa fuese concretar la colonización reduciendo el discurso de Aristóteles a un discurso o a una ideología religiosa de evangelización y conversión de las almas; a partir de ahí, este pensador griego, será interpretado a gusto y a voluntad de los teólogos, juristas y escolásticos españoles, quienes, guardando algunas diferencias de forma entre el derecho natural y el de gentes, en el fondo estuvieron de acuerdo en aplicar estos postulados al mundo andino, es decir, justificaron la intervención violenta, la guerra,[25] los asesinatos, el genocidio, la esclavitud, la expropiación de la riqueza, la explotación de la mano de obra, etc., todo esto partiendo del supuesto de algunos elementos de una teoría natural que daba por hecho la existencia de civilizaciones, sociedades, pueblos y hombres superiores sobre culturas y sociedades inferiores con seres bárbaros, salvajes, sin alma, que actuaban como bestias o animales,[26] o como seres ineptos e incapaces, solamente aptos para la esclavitud y la servidumbre; capaces sólo para obedecer, seres que por naturaleza y luego por el derecho de gentes, el derecho civil y el derecho canónico español, estaban destinados a servir al poder del amo, del señor, del noble, de los civilizados y de lo divino que venía a ser la monarquía española, la cúpula religiosa y toda su estructura de dominación.
Por otro lado, la ideología de la servidumbre natural del “indio” y del “negro” fue de la mano con el aparecimiento de los discursos sobre la raza y su pureza; esta ideología del racismo se va a fortalecer con el aparecimiento y aporte de las ciencias naturales importadas;[27] que trataron de encuadrar a un tipo de ser humano, como el indígena o negro en base a una serie de características morfológicas, anatómicas, fisiológicas y psíquicas innatas que fueron aplicadas a los habitantes de aquellas culturas, los mismos que fueron designados como una raza inferior a la europea-española.
 
Bibliografía: 
  • Aristóteles. La Política. Editorial Panamericana. Bogotà. 1989.
  • C. Colón. Diario a bordo. Editorial Globus. Madrid 1994.
  • Las Casas, Sahagun, Zumarraga y otros. Alianza Editorial. Madrid 1973.
  • Enciclopedia Católica (http://www.knight.org/advent/cathen/03016a.htm)
  • http://www.servetus.org/es/michael-servetus/biography/bio1.htm
  • Juan de Santacruz Pachacuti Yanqui Salcamaygua. Hablan los Incas. Crónicas. Talleres Editoriales Guaman Puma. Quito 2000.
  • P. Francisco Javier Hernáez de la Companìa de Jesús. Colección de Bulas, breves y otros documentos relativos a la Iglesia de América y Filipinas. T.I. A. Uromant Editor. Bruselas 1879.
  • Dorothea Waley Singer. Giordano Bruno, su vida y pensamiento. 1950


1 Diario de a Bordo. P.29
[2] Idem. P. 30
[3] Idem. P.63
[4] Idem. P. 45,47,78, 94.
[5] Estas poblaciones estaban ubicadas en la isla que le denominó Española y que hoy sería Santo Domingo y que, según su relato habría sucedido el Martes 18 de Diciembre de 1492.
[6] Idem. P. 104
[7] Juan de Santacruz Pachacuti Yanqui Salcamaygua. P. 87
[8] Idem.p.88
[9] Diego Titu Cusi Yupanqui. P. 114.
[10] Idem. p. 115
[11] Idem. p. 117
[12] Colección de Bulas. p.34
[13] Colección de Bulas. Págs. 31, 35, 36, 37, 38, 41, 42, 45, 47, 50, respectivamente.
[14] Giordano Bruno (1548-1600). Luego de la traición de Zuane Moncenigo que lo entregó a la Santa Inquisición y el 27 de Enero de 1593 fue condenado por la Iglesia católica al encierro en el Palacio del Santo Oficio, el papa Clemente VIII ordenó que fuera llevado ante las autoridades seculares. El 8 de febrero fue leída la sentencia en donde se le declaraba herético impenitente, pertinaz y obstinado. Fue expulsado de la Iglesia y sus trabajos fueron quemados en la plaza pública. Finalmente, fue ejecutado en la hoguera el 17 de febrero de 1600 en Campo dei Fiori, Roma. Pese a la cruel condena, G. Bruno no se retractó jamás de sus afirmaciones y murió como un mártir del conocimiento renacentista.
G. Bruno, como sacerdote dominico, publicó seis libros en Inglaterra, todos en italiano, elaborando completamente sus ideas filosóficas, para luego abandonar la Orden a causa de sus dudas de fe y por todas las incoherencias de la élite religiosa, como la misma furia represiva desatada en contra de la verdad científica y filosófica; con G. Bruno, la teología fue vista como la miseria humana de una secta inquisidora de todo bien.
Defendió el sistema heliocéntrico copernicano, además sostenía que la estructura del universo era circular y cuaternaria, este último elemento tenía que ver con la Naturaleza a través de la cual se expresa la divinidad. También planteó la existencia de un universo infinito, con mundos similares a la Tierra. Rechazó la concepción de un universo finito limitado de Copérnico.
[15] La propuesta heliocéntrica de Mikolaj Kopernik (conocido como Nicolàs Copèrnico-1473-1543), partía del griego Aristarco de Samos, quien planteó que es la Tierra y otros planetas la que se mueve alrededor del sol. Copérnico sostuvo que la Tierra giraba sobre sí misma una vez al día, y que una vez al año daba una vuelta completa alrededor del sol. Además afirmaba que la Tierra, en su movimiento rotatorio, se inclinaba sobre su eje.
Galileo Galilei  (1564-1642) fue defensor de las tesis copernicanas. Esa verdad fue el motivo para que la Inquisición, el 24 de febrero de 1616, cuando una comisión de teólogos consultores decretó la censura de la teoría heliocéntrica de Copérnico, reafirmando la inmovilidad de la Tierra, hiciera retractarse a Galileo, el 22 de junio de 1633, por orden del Papa Paulo V notificada por el cardenal Roberto Belarmino, el mismo que mandó a la hoguera a Giordano Bruno. La obra copernicana De Revolutionibus Orbium Coelestium (Sobre el movimiento de las esferas celestiales) permaneció prohibida por la Iglesia hasta 1835.
[16] Miguel Servet (1511-1553), nacido en Huesca-España, estudió medicina y se graduó en París y Montpellier, luego se interesó en Derecho en la Universidad de Toulouse y continuó con sus estudios teológicos en Leuyen. Servet estudió la circulación pulmonar de la sangre muchos años antes de que a William Harvey le dieran el crédito por su descubrimiento.
Acusado de escribir  38 proposiciones heréticas, de haber difamado a la persona de Calvino y a la Iglesia de Ginebra, fue arrestado por Juan Calvino quien tenía mucha fama por las ejecuciones y expatriaciones que realizaba en aquel tiempo, él, sus reformadores, el gobierno de Ginebra. Las autoridades católicas-romanas le acusaron de panteísta, herejía y blasfemia contra el cristianismo y el 27 de octubre de 1553 Calvino lo había llevado a quemarlo vivo, luego de tenerlo encarcelado y sin ningún tipo de respeto a sus derechos.
[17] Colección de Bulas. Pgs. 52,71,89,116 respectivamente.
[18] Bernardino de Sahún (1500-1590), Diego de Landa (1524- 1579), Bernabé Cobo (1580- 1657), Polo de Ondegardo (1575- sf), Cristóbal Molina (1529- 1585), José de Acosta (1540- 1600), Toribio de Benavente – Motolinea (1490- 1569), Gonzalo Fernández de Oviedo (1478- 1557), Francisco López de Gomara (1511- 1562), Antonio de Herrera (1549- 1625), Agustín de Zárate (1514- sf). Bartolomé de las Casas (1474- 1566), Guamán Poma (1534- 1615).
[19] Fueron partícipes de aquella Junta, Palacios Rubios, Matías de Paz y Juan Mayor. Desde 1510 ya trató de aplicar la doctrina de la servidumbre a los “indios”, luego siguieron en esta línea el fray Bernardo de Mesa y el denominado Lcdo. Gregorio, Francisco de Vitoria,  Domingo de Soto, Melchor Cano, Diego de Covarrubias, fray Luis de León, Fernando de Menchaca, Bartolomé de la Casas, Ginés de Sepúlveda, etc.
[20] Aristóteles. Política. I, 2, 1252 b, pág. 2.
[21]Hernaez . T.I. 116
[22] Aristóteles. La Política. Pág. 8
[23] Aristóteles. La Política. Pág. 14
[24] Aristóteles. La Política. Pág. 15
[25] Es cierto, que luego de apoyar el comercio de esclavos B. de las Casas, cuando llegó al Nuevo Mundo, sostuvo que no se podía aplicar la conversión de los indios a la fuerza, ni tampoco se podía aceptar y declarar una guerra justa en contra de todos ellos, porque no habían incurrido en las causas para desatar una guerra justa: 1.- Que impugnen, guerren o inquieten la práctica de la cristiandad, en este caso la guerra es una legítima defensa natural. 2.- Contra todos aquellos que persiguen, estorban o impiden maliciosamente la religión cristiana. 3.- La tercera causa es por detener reinos y bienes injustamente y que no sean restituidos o entregados. Idea y Querella de la Nueva España. Pág. 19.
[26] Ginés de Sepúlveda y fray Pedro de Gante son quienes han sostenido esta afirmación interesada. Idea y Querella de la Nueva España. Pág.17. Lo propio ha sostenido el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo en Historia General y natural de las Indias, islas y Tierra Firme del mar Océano.
[27] Algunos representantes de esta corriente de pensamiento son Ch. Darwin, Teine, Spencer, Pareto, Charcot, C. Berner, Gobineau, Sorokin, Gumplowicz, F. Le Dantec, Lamarck, Linneo, Haekel, Desmovlins, Sergi, E. Frissi, J. Koleman, G. Fritsch, etc.