Guerra y terror en la era del imperio global

Fiedler, Sergio

Las imágenes de desolación y sufrimiento que nos trajeron los noticiosos televisivos desde Nueva York han estremecido al mundo entero. Las victimas del ataque, causadas por el ataque kamikaze contra las torres gemelas y el Pentágono el 11 de septiembre, se pueden contar hoy por miles. La gran mayoría de los muertos eran trabajadores de las nuevas industrias de servicio, no los poderosos capitalistas que se amparan en sus mansiones bunkerisadas.

Las victimas fueron hombres y mujeres como nosotros; empleados de oficina, limpiadores, cocineros, estudiantes. Entre los muertos también había bomberos, enfermeras y conserjes. Ellos no eran simplemente anglosajones de piel blanca, eran personas que llegaron a los Estados Unidos de muchas partes del mundo, incluso del Oriente Medio, en busca de un futuro mejor. Como anticapitalistas y revolucionarios quisiéramos expresar nuestra solidaridad con todas las victimas inocentes de esta masacre y compartir con la gente de la calle nuestro rechazo al terrorismo como estrategia política.

Sin embargo, ésta no ha sido la primera vez que un ataque terrorista de esta envergadura ha sido cometido en contra de civiles desarmados. A pesar de reivindicar la democracia y la libertad, el gobierno estadounidense mismo ha llevado a cabo bombardeos enormemente destructivos sobre poblaciones civiles y apoyado regímenes políticos trasgresores de los derechos humanos a escala de masas. Recordemos Viet Nam, Camboya, Guatemala, Chile, Palestina, Iraq y Yugoslavia, sólo para nombrar algunos. La matanza a sangre fría en Nueva York ha sido tan horrorosa como el bombardeo de civiles en Iraq por fuerzas norteamericanas durante la guerra del Golfo. Con las multitudes del mundo quisiéramos hacer un minuto de silencio por todos los que murieron en los Estados Unidos el pasado 11 de septiembre. Pero, para que el luto tenga sentido, debemos entregar también nuestro respeto a todas las victimas del terror ocasionado por el gobierno de los Estados Unidos durante el siglo XX: esos millones sin nombre y sin rostro que han caído como resultado de la violencia y opresión promovida por los norteamericanos, todos aquellos cuyas vidas han tenido tan poco valor que nunca han encontrado un lugar en el espectáculo de los medios de comunicación globalizados.

En vez de apoyar la reacción militarista del gobierno estadounidense en contra de un enemigo desconocido e invisible, este es el momento más adecuado para que el pueblo norteamericano reflexione sobre las razones políticas detrás del inmenso odio que inspiró este ataque terrorista. Hoy la pregunta más importante no es quién es el culpable, sino por qué sucedió. Esto no fue el resultado de fuerzas malignas que han infiltrado la civilización occidental desde afuera. En la economía imperial del capital globalizado no existen los afuera. Estos ataques no son una conspiración de una secta religiosa arcaica y fundamentalista, sino el producto y símbolo de las desigualdades y abusos del sistema global de dominación, donde el gobierno y las multinacionales norteamericanas juegan un papel central.

Ésta es una oportunidad para cuestionar la política exterior norteamericana, no para apoyarla. Perder esta oportunidad sería dejar que George W. Bush y todas las potencias que vengan en su ayuda tengan las manos libres para desatar, quizás, una de las guerras más genocidas que la humanidad haya conocido. El secretario de Estado estadounidense Collin Powell advirtió que el mundo debe prepararse para "un conflicto a largo plazo... llevado a cabo en muchos frentes" [1] . Con la larga historia de violentas intervenciones estadounidenses en otros países, la probabilidad de que esta declaración se haga una realidad es aterradora. La posibilidad de una guerra total es aún más peligrosa en un terreno global, donde los conflictos ya no son simplemente una suma de luchas locales. Una guerra como la que se avecina será desarrollada en un espacio global, como si no hubiese fronteras nacionales. Si hay un conflicto militar y generalizado, como el pronosticado por Powell, esto no significará simplemente consolidar una alianza de apoyo a los Estados Unidos para desatar una guerra en una "esquina distante" del mundo. Eso es solamente un aspecto del conflicto. Lo que está en la mente de los estrategas imperiales es que cada Estado nación implemente una guerra dentro de sus propias fronteras contra la "amenaza" real o imaginaria del "terrorismo", como parte de una estrategia de represión global. En un país tan tranquilo como Australia, por ejemplo, el gobierno en los últimos días ya ha impuesto controles draconianos en contra de los inmigrantes indocumentados con el argumento de detener el ingreso de terroristas al país, y el vilipendio racial de aquellas comunidades étnicas percibidas como "amparando al terrorismo" se ha incrementado con ataques a musulmanes y atentados contra mezquitas perpetrados por grupos de extrema derecha.

La crisis en los Estados Unidos es un evento en el cual se condensan los destinos de todos los países y los pueblos del mundo en estos momentos. En los últimos 20 años hemos sido testigos de la globalización del capital, de los medios de comunicación y del poder político. Ahora nos estamos enfrentando a un drástico avance del sistema de poder imperial si las potencias capitalistas deciden empujar a la humanidad a la guerra. En esta nueva guerra no habrá enemigo visible, cada uno será una posible victima o un posible victimario. Estas son las bases sobre las cuales un sistema de terror se sostiene. El Primer Ministro italiano Silvio Berlusconi ha dado el tono cuando después del atentado dijo que si los gobiernos quieren lanzar una guerra contra el terrorismo, la gente tendrá que acostumbrarse a vivir con menos libertad. En Australia el líder de la oposición laborista, por su parte, hizo un llamado a todos los australianos de "diferente origen cultural" a denunciar a los "terroristas" dentro de sus comunidades. [2] El ataque en contra de los Estados Unidos ha sido construido ideológicamente como un ataque en contra de todos los centros de poder del sistema imperial. Los gobiernos de Europa lo han planteado ya como un "ataque bárbaro contra la civilización". Por otra parte, se ha hecho uso de la presencia invisible e irrepresentable del "terrorista" como herramienta discursiva para justificar la intervención del terror estatal en los tejidos de la vida diaria. La idea del terrorista como una figura espectral y evasiva que se mueve por la sociedad sin restricciones no es sólo una justificación para restringir las libertades civiles e imponer la racionalización del terror sino que es usada también para promover el temor y la desconfianza como instrumento para dividir y desarmar a los movimientos sociales. Esta es la "estrategia de tensión" que, después de haber sido usada por muchos gobiernos en el ámbito interno durante los años ochenta y noventa, hoy alcanza una dimensión global.

La rebelión anticorporativa y anticapitalista iniciada con los Zapatistas en Méjico, y generalizada con la Batalla de Seattle en 1991, perturbó drásticamente el orden neoliberal. Los ataques en Nueva York y Washington, y la respuesta imperial a ellos es ciertamente un golpe a este emergente movimiento. No podemos continuar desarrollando el mismo tipo de activismo sin entender que todo el escenario político ha cambiado radicalmente después del 11 de septiembre. Un acto de terror de esta magnitud y la rabia y desesperación que desató, permitirá generar un considerable apoyo popular a la guerra, al menos dentro de los Estados Unidos en el corto plazo. Nuestras tácticas y estrategias necesitan ser repensadas. Lo que no nos van a arrebatar son los fundamentos de nuestra política: que la liberación de toda opresión será sólo el resultado de la organización colectiva y autónoma de las multitudes oprimidas. Una de las ideas centrales de la política autonomista es que nuestros medios de lucha están definidos por los objetivos de la lucha misma. Esto significa que no podemos luchar por la más absoluta democracia participativa valiéndonos de recursos antidemocráticos y autoritarios.

Nosotros no buscamos organizar un movimiento simplemente en función de un logro distante, por muy revolucionario que éste sea, ni siquiera en términos de una demanda reformista concreta. Más bien vemos al movimiento como un logro en sí mismo, un espacio donde podemos experimentar con nuevas relaciones sociales y políticas basadas en la solidaridad y la libertad como base principal para construir una sociedad cimentada en la cooperación, y no en la ganancia privada y la represión. Estos son los principios que hacen la política de un militante anticapitalista tan drásticamente diferente de aquellos que usa el terror para lograr fines políticos. El terrorismo, aun si está motivado por demandas genuinas, está basado en una acción individualista y desesperada que se inspira en estado profundo de carencia de poder. Si bien es cierto que las estructuras operacionales de una célula terrorista son a menudo descentralizadas y tienden a reproducir formas de organización autónomas y en redes como las que nosotros impulsamos, ellas al final del día están amarradas a la dirección de un comando centralizado que define las acciones desde arriba y sin ningún proceso de consulta, manteniendo la disciplina más estricta entre sus miembros. La separación funcional entre los medios y los objetivos y la carencia de democracia interna, necesariamente se traduce en una absoluta despreocupación por el costo social y humano del acto terrorista. La organización terrorista es una imagen especular del mismo Estado al que se ataca y, en consecuencia, una máquina completamente deshumanizada y deshumanizante. Al replicar las jerarquías y centralización del Estado dentro de su propio cuerpo político, la organización terrorista no cambia nada y sólo da excusas a los gobiernos para atacar a los movimientos sociales genuinos.

Ha sido una sorpresa para todos la capacidad de estos atentados para dañar el sistema, en particular su efectividad para crear caos político y pérdidas económicas masivas para el capitalismo, acelerando la recesión que ya venía en marcha. Sin embargo, la razón por la cual los activistas revolucionarios miran hacia las multitudes populares y a la autonomía obrera con todo su poderío colectivo como ruta para cambiar al mundo no es porque éstos tengan el poder social para llevar acabo esta transformación. Como queda claro con los recientes atentados, el poderío social contra el capital puede a menudo derivar de otras fuentes, no necesariamente de la acción autónoma de los trabajadores. La habilidad para detener el funcionamiento del sistema no es lo que hace a la clase obrera revolucionaria. Cualquier acto de terror puede causar ese efecto. Lo que hace a la clase obrera una clase revolucionaria no es solamente su capacidad para estar en contra sino más bien la de proponer el proyecto de poder proletario positivamente; en otras palabras, creando dentro de sus propias organizaciones los fundamentos de una nueva sociedad y una nueva vida. Esto es algo que ningún acto de terror es capaz de hacer, el terror sólo es capaz de destruir.

El imperialismo fue definido como un sistema de relaciones internacionales donde los estados nacionales, al centro del capitalismo mundial, expanden su inversión de capitales y su intervención militar mas allá de sus fronteras nacionales. [3] Este sistema global genera dos diferentes tipos de conflicto que, a su vez, están muy relacionados entre sí. Por un lado, un conflicto interimperialista entre las grandes potencias capitalistas que compiten por el control de recursos, mercados y los clientes políticos de los estados semicoloniales. Por otro lado, emergen también movimientos antiimperialistas y anticoloniales en los que los pueblos oprimidos de América Latina, África y Asia luchan por la constitución de estados nacionales que sean económica y políticamente independientes de los poderes imperialistas. Estos movimientos han sido conocidos como de liberación nacional.

Las transformaciones del capitalismo desde la segunda mitad del siglo XX, en particular en su fase neoliberal, han cambiado este sistema de relaciones internacionales. El capitalismo global ha entrado en su etapa imperial. La creación de bloques regionales como la Comunidad Económica Europea, el desarrollo de acuerdos económicos multilaterales, el fortalecimiento de instituciones económicas y políticas globales, la expansión de los medios de comunicación y la caída del "socialismo real" ha significado que el conflicto interimperialista haya sido remplazado por una alianza y consenso imperial, entre los estados nacionales más poderosos del planeta y las corporaciones multinacionales. Una nueva guerra entre potencias capitalistas al estilo de la Primera y Segunda Guerra Mundial es una posibilidad muy remota. Mientras bajo el imperialismo, el proceso de dominación capitalista estaba mediado por una red de estados nacionales, el nuevo sistema imperial no conoce fronteras o límites en sus procesos de administración y control de la vida: es inmediatamente global tanto en lo económico como en lo militar. Mientras dentro de este nuevo imperio los Estados Unidos juegan una posición dominante, esta posición es sólo posible a través de una sólida red de alianzas transnacionales que involucran a gobiernos y, también, a organizaciones no-gubernamentales. [4] Los movimientos de liberación nacional –desde el peronismo a la OLP–, finalmente han sido incapaces de forjar proyectos independientes de modernización económica y política, y han sido cooptados e integrados desde abajo como soportes de esta red imperial.

El crecimiento de nuevos movimientos nacionalistas y fundamentalistas en los últimos 20 años no son una expresión de resistencia al capital globalizado. Es precisamente la decadencia del Estado nacional como esfera de control político lo que ha creado las condiciones para que todo tipo de tiranos y elites locales –muchos de las cuales fueron alguna vez apoyados y financiados por los Estados Unidos– consoliden esferas regionales de poder dentro del sistema imperial. Osama Bin Laden o los talibán son producto del capitalismo global, no la alternativa democrática y revolucionaria que alguna vez los movimientos de liberación nacional intentaron ser. Si bien es cierto que estos nuevos poderes regionales pueden disfrutar del apoyo de capas pobres y marginadas, eso no los transforma en movimientos progresivos. El atentado a las torres gemelas no fue el resultado de la violencia de los oprimidos a la cual se le fue la mano, más bien fue una línea de fuga del mismo capitalismo que se tornó suicida.

La guerra que los Estados Unidos planea y prepara con el apoyo de todas las potencias es en verdad una guerra imperial. Como la retórica guerrera del gobierno norteamericano ha anunciado, esta será una guerra sin fronteras, peleada en frentes diferentes por un período prolongado de tiempo. Esta no será una guerra entre estados nacionales, pero sí será una guerra entre los poderes militares y policiales del orden imperial y aquellas comunidades que son percibidas dando amparo al "terrorismo". George W. Bush ya ha advertido al mundo que aquellos que se opongan a su nueva guerra serán clasificados como enemigos. Esto forzará a muchos gobiernos a intensificar la represión contra sus propias poblaciones con la excusa de luchar contra el terrorismo. La próxima guerra no será contra el terrorismo, será contra la humanidad.


Artículo enviado por su autor especialmente para nuestra revista.

[1] Sydney Morning Herald

, 15/09/01.

[2] Ibíd., 14/09/01

[3] V. I. Lenin, "Imperialism, the highest stage of capitalism", Collected Works, Volumen 22, Progress Publishers, Moscú, 1964, págs. 253-256.

[4] Michael Hardt & Antonio Negri, Empire, Harvard, Massachusetts, 1999.